Conferencia, 16 de octubre de 2025
En el primer trimestre de este curso trataré de presentar a tres amigos que constituyen el núcleo de la aristocracia intelectual de la primera mitad del agitadísimo siglo XVI. Uno, Erasmo, es el maestro de los otros dos, que vienen a ser el pedagogo, Luis Vives, y el político, Tomás Moro, de la filosofía de Cristo.
Vives no tuvo desde la primera adolescencia momento de plena paz; Erasmo y Moro disfrutaron de una primera mitad de la vida relativamente apacible, aunque estrecha y pobre el primero y holgada y brillante el segundo. Cuando se adentraron en la segunda, respecto de los tres vale una terrible expresión que empleó Vives en una carta a Erasmo: no es ya lo que decimos y publicamos lo que nos pone en riesgos constantes y varios, sino que también lo hace sencillamente lo que pensamos.
Desentrañemos, en la medida de las fuerzas, el problema de estos héroes, en quienes se realiza la maravillosa frase con la que Karl Jaspers dio comienzo a su gran tratado Filosofía: que esta, la filosofía, es ante todo una audacia.
Antepongo al resto de mis palabras dos de las claves del corazón de Erasmo: No hay nadie tan violento a quien la razón no pueda doblegar ni dirigir hacia la virtud (Enquiridion, V); ¿Cómo podrá escucharte Dios si tú, hombre, no atiendes al hombre? (Ibid. VII).
Ni Erasmo mismo sabía en qué año había nacido. Era el segundo hijo de una pareja no casada, que sufrió luego una especie de broma pesada: mientras el padre del futuro Erasmo se encontraba trabajando en Roma, lo informaron erróneamente de la muerte de su mujer y decidió entonces entrar en religión. El niño, Geert, como su padre, resultó acogido en la escuela de un pueblo cercano a Rotterdam y pasó luego a Utrecht, al coro catedralicio. Con unos diez años, su madre lo ingresó en una institución de la que hablamos bastante el curso pasado: la casa en Deventer de los Hermanos de la Vida Común. De ese modo comenzó su formación en serio en humanidades y en la fe cristiana. Estamos situados aproximadamente en 1480. Cuatro años después, el chico es huérfano y sus codiciosos tutores lo trasladan a un convento a la antigua, donde vivió dos años amargos e infructuosos. Sus inútiles profesores no logran infundirle, desde luego, vocación por sumarse a su regla. Fue no mucho después un amigo quien lo convenció de que haciéndose monje dispondría de más tiempo y ocio para estudiar que escogiendo ninguna otra forma de vida. Le hizo caso, quizá a sus veinte años. La necesidad que le llevó a dar este paso tenía que ser angustiosa, dado que en una carta escribió a un amigo que “los hermanos no tenían otro propósito que destruir todos los dones naturales con golpes, reprimendas y severidades, para preparar las almas para el monasterio.”
Y comenzó su actividad literaria como debelador de los autores escolásticos, a los que llama directamente bárbaros por su estilo.
Cinco años después fue ordenado presbítero, pese a que el monasterio había obstaculizado mucho su salud con sus severidades ascéticas. Lo rescató del peligro de terminar sucumbiendo a ellas y a la oscuridad de su vida el obispo de Cambrai que lo hizo su secretario debido a su ya extenso conocimiento del latín. Cuando este obispo no lo siguió necesitando, lo dejó instalarse en París, de nuevo en condiciones penosísimas, que lo hicieron enfermar.
Una vez repuesto, obtuvo un oficio de instructor mucho más cómodo, entre aristócratas, aún en París. Para sus alumnos preparó textos como los que Luis Vives, poco después, compuso también y que siguen siendo muy interesantes para aprender latín a través de escenas y cuestiones de la vida cotidiana.
Quizá sea de esta época la adopción del nombre célebre Desiderio Erasmo. Ahí, primero en latín y luego en griego, se expresan el deseo y el amor, en la orientación de la filosofía neoplatónica que iba conociendo este eterno estudiante. (Erasmo había sido, en todo caso, su nombre de bautismo.) Ortega dice bellamente que este hijo natural se proclama así, en su nombre de predilección, hijo solo del amor.
Este período algo menos mísero lo llevó a Inglaterra, siempre gracias a mecenazgos irregulares. Conoció entonces a Tomás Moro, aún muy joven, al que llevaba una docena de años. Al correr de no mucho tiempo redactó en colaboración con este amigo una traducción del predilecto satírico cínico Luciano de Samosata.
Regresó a París, de donde lo expulsó una epidemia de peste en 1501.
Empezó a vivir en Lovaina y a publicar. Para entonces se sentía ya capaz de traducir del griego. De hecho, una sugerencia del humanista Lorenzo Valla –que se halló en un manuscrito lovaniense traspapelado, y que criticaba puntos de la Vulgata basándose en los originales griegos del Nuevo Testamento– estuvo en el inicio de la célebre traducción de este texto capital, que logró publicar, en medio de gran tormenta, años después.
En 1506, siempre en viaje por media Europa, se doctoró de teólogo en Turín. Pasó una época fecunda y feliz en casa del famoso impresor veneciano Aldo Manucio; y después, en Roma, aunque no logró avanzar en sus estudios de hebreo y arameo, continuó su red de relaciones interesantes y agradables, mientras su celebridad crecía.
En 1509 publicó el Elogio de la locura, dedicado a Tomás Moro, libro que amplió muchísimo tanto su fama como las sospechas en torno a su pensamiento. Tenía entonces cuarenta años. El libro llegó a las siete ediciones en muy poco espacio de tiempo.
Trabajó luego entre Cambridge y Londres en la mencionada traducción del Nuevo Testamento. Contaba incluso con la amistad de Enrique VIII y con una prebenda eclesiástica que cambió, no muy legalmente, por un sueldo anual.
Su siguiente puerto de acogimiento fue Basilea, debido a su amistad con el editor Froben. Recibió entonces, por fin, una renta casi rica como consejero del futuro emperador Carlos V, sin obligación ni siquiera de vivir cerca del monarca. En 1516 se publicó la traducción latina, completamente rehecha respecto de la versión de la Vulgata, del Nuevo Testamento.
Erasmo se estableció en Lovaina por un período algo más largo que tantos otros vividos en universidades inglesas, italianas y francesas. Allí organizó el Colegio Trilingüe. A la muerte enseguida de alguno de sus mayores proyectores, Erasmo se sintió justamente solo ante la crecida de críticos suyos de todo tipo, a la vez que Lutero concitaba cada vez más conflicto religioso. Intentó Lutero atraer a su partido a Erasmo antes de separarse de la Iglesia romana. Pese al tono calmado y pacificador de la obra de Erasmo, los tiempos solo permitieron en adelante luchas y malentendidos. Un catedrático de Alcalá, Diego López de Zúñiga, se erigió en máximo impugnador de Erasmo, en quien, al parecer, no encontraba nada sano ni válido. La posición exquisitamente neutral del pensador en esta época inicial de la Reforma logró que todo a su alrededor se volviera odio.
Erasmo se acogió a Basilea. Los peores ataques fueron cada vez más llegándole del partido luterano. 1526 fue un año especialmente turbulento, porque Lutero contestó al De libero arbitrio de Erasmo con su De servo arbitrio, del que hizo además intensa propaganda en lengua vernácula. Y a la vez comenzó el proceso de separación de Enrique VIII y Catalina, con lo que uno de los defensores católicos hasta entonces de Erasmo desapareció del tablero de la contienda generalizada.
Tuvo Erasmo que escapar de Basilea cuando la conquistó la Reforma y se acogió a la cercana y católica Friburgo.
Otro año clave para el anciano escritor es 1535, en que Tomás Moro fue decapitado en Londres y el nuevo papa, Pablo III, quiso nada menos que hacer cardenal a Erasmo. Ya para entonces había convertido este a la neutralidad y al empeño por la unidad de la Iglesia en las claves de su vida pública, de modo que rehusó el capelo e incluso se mudó otra vez a Basilea.
En julio de 1536 acabó con la vida del sabio su vieja enfermedad renal. Sus bienes se distribuyeron en gran medida a pobres y a estudiantes sin medios de la bella ciudad que hoy es suiza. Nada más natural que este rasgo de carácter, quizá mejor de conducta, que Ortega le atribuyó: “insolidaridad congénita con todos y con todo”. Yo preferiría suprimir este “todo”… El mismo Erasmo dijo que de nada se alegraba más que de no haberse unido nunca a un partido.
Trato de caracterizar ahora en general lo íntimo del pensamiento de Erasmo. Un capítulo de la brillante obra de Huizinga sobre nuestro autor comienza con estas palabras esenciales: “¿Qué hizo de Erasmo el hombre de quien esperaban los contemporáneos la salvación, el hombre de cuyos labios esperaban oír la palabra liberadora? Les parecía el portador de una nueva libertad mental, una nueva claridad, de la pureza y sencillez del conocimiento, de una nueva armonía vital justa y sana. Era para ellos como el sueño de una riqueza recientemente descubierta, que él solo debía distribuir.”
Opongamos a otras formas de pensar la palabra directa de Cristo, nada más y nada menos que la auténtica philosophia Christi, que quizá haya nacido con el designio de purificar la tradición, pero que también será capaz de pasar a uno de los fundamentos de la impugnación potente de ella que significó la Reforma. Se trata, ante todo, de una filosofía que ha de ser vivida, no argumentada. ¿O es que Cristo, además de signos y parábolas y diatribas, nos legó diálogos socráticos o lecciones de la Academia o el Liceo o el Pórtico?
Para comprender y saborear la filosofía de Cristo basta tener el corazón henchido de fe y las manos prontas a trabajar en favor de la realización de la esperanza.
La philosophia Christi no hacía, de hecho, sino elevar a estilo y dar forma racional a un sentimiento místico hondamente arraigado en la forma de vivir de, entre otros grupos, los Hermanos de la Vida Común. Nada tiene de extraño que Luis Vives, educado en aquella misma atmósfera, o, mejor, reeducado en ella tras su exilio traumático de la sociedad marrana de Valencia, se entregara también a ella con fervor, entrara en contacto personal con Erasmo, trabara con él una amistad entrañable, lo alabara y lo defendiera contra los ataques de sus adversarios, lo estimara con singular veneración y llegara a llamarlo, como Dante a Virgilio, su señor, su maestro y su padre.
La afirmación de la libertad frente a la autoridad y la tradición es el germen fecundo de todos los anhelos, los fervores, las esperanzas, las oposiciones, las luchas, las glorias y las catástrofes que se suceden en Europa desde los comienzos de la Modernidad, exclama Joaquín Xiráu en su librito sobre Vives; y ello en nadie es más evidente, ya entrado el siglo XVI, que en el pequeño grupo de los erasmistas.
Este modo de interpretación del cristianismo como filosofía estaba, en el sentir de Erasmo, tan profundamente unido a la necesidad de una radical reforma pedagógica –-exactamente como la soñó enseguida Luis Vives– que literalmente escribió cómo “el papel de un buen príncipe es el de no admirar nada de lo que glorifica el vulgo… Es vil e indigno de su parte sentir con el pueblo”. He aquí una indicación de que el erasmismo sobrevivió más bien en una zona de la Ilustración del XVIII que no en el caos del ancien régime que llenó de guerras terribles y horrendas paces Europa en los dos siglos anteriores..
Las bases del pensamiento de Erasmo están puestas en el libro inicial, de 1503, el Manual del caballero cristiano. Y el lector desprevenido sentirá inicialmente la sorpresa de que está leyendo algo que le recordará mucho a la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. En primer lugar, miles es soldado; y es que la vida aparece como una milicia, cuyo patrón es el santo Job. Este mundo está basado en el mal y de él vienen contra el alma escuadrones de vicios armados que la sitian y la bombardean. No dejemos de señalar un rasgo moderno en este arranque del tratado de ascética: la mujer de la primera tentación es en realidad la parte carnal del ser humano.
Hay en la vida mucho de invitación constante a hacer traición: a pactar y rendirse con apariencias honorables y pasar así a lo que entendemos que es una vida pacífica, cuando en realidad se trata de una vida que se ha pasado al bando contrario a Cristo. En realidad, es esto un remedo de vida y, en el fondo, tan solo muerte, porque la lejanía de Dios, que solo se obtiene mediante el uso perverso de la libertad, es exactamente ausentarse de la Vida. Por el cúmulo tremendo de traiciones a la verdad y al bien fue precisa la encarnación del Hijo divino.
La vida auténtica ha de ser alimentada, y aquí Erasmo deja ver un rasgo preluterano: este alimento no es la eucaristía primeramente, sino la Palabra divina, que la fe hace en realidad idéntica al Hijo, al Logos, al Verbo. La cuestión es que el alma retenga la Palabra y logre llevarla hasta lo más íntimo de sus entrañas. Si lo consigue, será prueba de salud y multiplicación de ella. Si está ya enferma, no la soportará y la vomitará. Por otra parte, la Palabra misma se ha igualado al amor. Con mucha más vehemencia que los sombríos textos de Kempis, Erasmo se acoge a esta realidad de que sean lo mismo la Palabra y el Amor y, por lo mismo, Dios. El combate de Job será dolorosísimo probablemente; pero es una lucha desde el amor y la vida, contra el odio y la muerte. Lo que muestra que solo en el interior del corazón humano se levanta esta muerte tan todavía peligrosa y como viva que es el afán de olvidar el combate en favor del bien arduo.
Y ¿cuáles son nuestras armas, es decir, todo aquello que nos acerca a la salud de la recepción de la Palabra? Aquí, de nuevo, un salto hacia el presente que a algunos nos emocionará: tales armas son la oración, desde luego, pero también la ciencia. La relación entre ambas es extraordinaria: “la oración pide, pero la ciencia sugiere lo que hay que pedir”, y ante todo, la ciencia dedicada a la Escritura, a las “letras sagradas”. El que se ejercita en ella y basa principalmente en ella su oración, concibe en su espíritu un “deseo ardiente”, el cual “hiere, como voz penetrante, los oídos de Dios”. Y, en efecto, Dios habla, Dios habló de una vez por todas en la aventura inconcebible de su Hijo.
Solo leer la Escritura no bastará -una nota de advertencia al luteranismo de izquierda, que enseguida estuvo en el centro de las guerras brutales que la primera Reforma suscitó en el interior de Alemania. La Escritura se puede comparar a la almendra: leerla sin más es quedarse en la dureza y la amargura de su cáscara; pero es que najo el sentido literal está el oculto, dulce y nutritivo como no lo es ninguna otra doctrina: “solo la doctrina de Cristo es toda pura, toda blanca, toda sincera”, a diferencia de las ideologías humanas. Ella es así en sí misma, pero esto lo descubre más el estudio que la mera audición desatenta o falta de toda erudición y de toda educación. Hay que abrirse los oídos para oír, porque de entrada el pecado de Adán nos los tiene cerrados para cuanto no sean ruidos del mundo.
Y de este modo vincula Erasmo el humanismo en su aspecto literario con el radical humanismo evangélico: ¿dónde, si no es en los estudios de la gran literatura clásica, aprenderemos a leer hondamente un texto? Claro que no es lo mismo Virgilio que Marcial, ni siquiera son lo mismo Horacio y Ovidio. Conviene aquí la discreción de maestros muy versados en las letras antiguas, pero el paso por los modelos latinos e incluso griegos no es excusable. La praeparatio evangelica supera la amargura de la cáscara y nos lleva hacia la almendra en la curiosa forma de la belleza y la verdad parcial contenidas en los paganos que buscaron con ardiente deseo justamente la verdad a través o de la mano de la belleza. La oración luego nos acendrará en las virtudes morales, sin las cuales tocar la Escritura es mancharla o arrojarla a perros. Erasmo cita a san Justino: ten en cuenta que cualquier parte de verdad que encuentres dondequiera es de Cristo. Y se refiere a san Agustín y, por su medio, a Platón, cuando enseña, consecuentemente, que nada es tan real como la doctrina de Cristo, por más que estemos habituados a creer realidad quizá únicamente lo que nuestros sentidos y un poco nuestra inteligencia elaborándolos nos ofrecen.
Evidentemente, la ciencia, hasta no obtener frutos profundos, mantiene al alma quizá más en el deseo que en el buen juicio, puesto que los falsos maestros están a la orden del día, tanto o más que las malas lecturas que todo lo tergiversan. Erasmo creó un lindo término para estos que luego se llamaron intelectuales a la violeta: son los morósofos, o sea, los sabios tontos, los sabios locos, de los que habrá que ocuparse más ampliamente en una sátira de enorme repercusión: el Enchomion moriae seu laus stultitiae (Elogio de la locura) (1511). Hoy resulta conmovedor y sangrante leer cómo las cualidades de los reyes son, sobre todo, saber mucho para no pecar por ignorancia y, luego, querer usar de las cosas rectas de manera que no puedan hacer nada injusto o contrario a la razón. Erasmo cierra esta descripción infinitamente contrafáctica diciendo sencillamente que el proclamado rey que no participa de estas virtudes debe ser considerado un ladrón… Y a propósito del optimismo bondadoso de Erasmo, recordemos que estaba seguro de que nada que el espíritu humano haya deseado con vehemencia ha dejado de cumplirse. Y, en este sentido, gran parte del cristianismo consiste en querer de todo corazón ser cristiano.
Esta misma verdad tan importante exige que Erasmo defienda cómo el ser humano se compone de espíritu y de carne, pero, además, en medio de ambos contrincantes, de alma. El espíritu nos hace dioses; la carne, bestias; el alma, hombres. Y ello es debido a que continuamente sufre las solicitaciones de sus compañeros y no puede dejar de inclinarse a favor de uno de ellos; ahora bien, en esta opción es libre. Y conviene tener en consideración, a la hora de elegir, que has igualado el dinero con Cristo si crees que aquel te puede hacer feliz o desgraciado. En consecuencia, debe cada cual pensar que los bienes nos son comunes a todos. La caridad cristiana no conoce la propiedad. Es Erasmo quien dice esto, no aún los campesinos que compusieron los artículos de Memmingen o que siguieron a Thomas Müntzer veinte años después.
Ahora bien, este Manual del soldado cristiano que hasta aquí he glosado decae en el fracaso reiterativo, aburrido, solo soportable en latín florido, del célebre Elogio de la necedad. Como si Erasmo previera el alud de locura, ignorancia y barbarie que iba a conocer tan de cerca a los pocos años, escribió en esta sátira al estilo de Luciano de Samosata, el cínico, hasta qué punto el mundo y los hombres merecen su desprecio. El nombre de Cristo solo se menciona de casualidad y sin relieve. Aparece, en cambio, repetidamente la expresión que figura en un momento clave de las Confesiones de san Agustín y será luego tema capital de Pascal: el taedium vitae, el insoportable aburrimiento de vivir, como si fuera ello el bajo continuo de la existencia. Y precisamente la necedad, la locura es quien traza divertidos dibujos sobre este fondo negro, nos concede olvidarlo, nos proporciona la felicidad y hace posibles todas las cosas que juzgamos buenas. La sátira brutal de La Rochefoucauld no pudo no inspirarse en este complemento ascético y muy malhumorado de los aparentemente apacibles Ensayos de Michel de Montaigne.
El infante y el anciano que ya ni habla son, por ejemplo, representaciones completas de la necedad y de la dicha que aporta. En un instante repulsivo -salvo que haya errata en mi texto latino-, Erasmo llega a decir que un niño pequeño, que siempre responde riendo, se porta ni más ni menos que como un alcahuete o algo peor. Los únicos que llegan como al desgaire a los Campos Elíseos son los que han vivido como imbéciles toda la vida y en la vejez no han tenido cabeza ni para temer sensatamente la muerte. Los sabios, en cambio, son la amargura de esta grande y estúpida fiesta universal. De hecho, menos mal que ya no se les confía el gobierno nunca, porque los intentos de hacerlo en el pasado solo muestran proyectos y fracasos funestos. Hasta lo que hacía Sócrates en las calles de Atenas tenía mucha parte de locura, como se ve por el final que tuvo este hombre. El hombre corriente dirá que, en efecto, nada humano le es ajeno; mientras que el sabio no acepta semejante cosa ni por todo el oro del mundo. Menos mal, leemos en XXV, que esta clase de hombres suele ser desdichada en todo, pero especialmente en la procreación de hijos…
Es una paradoja que sea la Estupidez la que trata de hablar inteligentemente de sí misma y de todo lo que existe. Por ahí se nos puede colar alguna esperanza respecto de los pensamientos de Erasmo. Pero es que, desde luego, la Locura, la Necedad lanza su sermón inacabable con momentos de fantástica lucidez. Por ejemplo, en XXXI leemos que cuanto menos motivo tienen las gentes para permanecer en la vida, tanto más les place vivir. Es la Inteligencia quien nos está instruyendo en este caso… Generalicemos: En la vida humana no hay nada que no sea una especie de juego de la estupidez (XXVII). Así que el pueblo no es más que una enorme bestia llena de fuerza. Imaginad, por otra parte, que fue la Necedad la que aconsejó a Dios que proveyera al varón estúpido el colmo de estupidez que es la mujer. Leo sobre ella el latín de XVII: animal stultum atque ineptum, verum ridiculum et suave. Y como al menos es suave, edulcora la fiereza necia del marido.
Hay un elemento central en la Necedad que sí puede servirnos para reflexiones actuales no tan ácidas y extremas. Y es que su principal sucursal en cada uno de nosotros es el amor que nos tenemos, la filautía, que sugiero que podría ladinamente traducirse por la elevada autoestima –se entiende que sin más justificación que el hecho de que gracias a ella no somos del todo presas del tedio de vivir y conseguimos hacer algo de vez en cuando–.
Otro factor de real interés es que, siendo en definitiva estupidez dejarse llevar por la carne –que abunda más en nosotros que el espíritu y que el alma–, a la hora de asignar un padre a la Necedad, a quien nos encontramos es a Pluto, o sea, al Dinero. Si juntamos autoestima ridícula, dinero y pasiones, obtenemos al morósofo de nuevo: a ese aparente profesor que lleva a las gentes a ahondar en la diversión de ser tontas.
Pero no cabe duda de que es el sector de la sátira que empieza en el capítulo XL el más leído, el más celebrado, el más picante y el que daba más munición, bastante en la estela de Guillermo de Ockham, a la crítica protestante a punto de estallar. Como quien perora sin tregua es la Necedad, Erasmo no parece haber temido aún que se le confundiera con un hereje husita o un agitador antipapista y con tendencias anárquicas; porque este fragmento de su libro arremete contra los supersticiosos, sin diferenciar demasiado entre manifestaciones de la religión popular admisibles y credulidad ridícula, ni entre tradiciones y prácticas que se le antojaban poco o nada humanas. De hecho, LIII y siguientes muestran la cercanía, poco marcada en el texto mismo, de los teólogos con la beatería ridícula y la morosofía pura, solo que los teólogos –a cuyas discusiones dice gustar mucho de asistir la Necedad– pueden además fulminar a cualquiera con el dicterio de herejía. Como es lógico, estas páginas tocan algo más la doctrina ascética del Manual y hasta la contradictoria amplia noción de la filosofía de Cristo que pueda albergar doña Necedad.
Y aquí el atrevimiento del moralista llega a veces realmente lejos, ya que va disfrazado de Locura. El culmen de la audacia consiste en atribuir a Necedad la mismísima encarnación del Cristo, por más que, en conjunto, esté claro que Erasmo-Locura prefiere centrarse en cómo tantas sutilezas, anatemas, cuestioncillas temerarias se alejan inmensamente de la predicación cristiana de la caridad. Pero mezcla críticas a pasajes de san Pablo y una furiosa debelación de monjes y religiosos, quizá divertida como una pintura de los infiernos del Bosco y que trae un aire a las danzas de la muerte. Las hordas de teólogos deberían ser enviadas a combatir al turco, porque lo ofuscarían horriblemente. Los espantosos coros de los monasterios y los conventos sirven de eco a los bramidos de los salmos que con voces de asno dicen que cantan los que los habitan. En realidad, como piensa esa turba que a más ignorancia, más santidad, no cabe asegurar que lo que chillan sean salmos, ya que no saben leer. No falta el toque brutal del satírico, que hace preguntarse a Cristo de dónde habrá salido esta nueva especie de judíos. Pasar de aquí a tratar de reyes y papas ya se entiende que produce páginas cada vez más aceptas a tantas corrientes de renovación que empezaban a hervir bien cerca de Lovaina y, más aún, de Basilea.
Pero lo transcendente, lo realmente admirable en Erasmo fue mantener el lugar más solitario, entre Lutero y los teólogos católicos que lo maltrataban. Su proeza fue la nueva traducción de las Escrituras cristianas, que pronto ya no sirvió ni a los Reformadores ni, por cierto, a Trento. En ese sentido representó una cima de libertad impugnada en cuya proximidad se respiraba el aliento de auténticas innovaciones espirituales y políticas que tardaron mucho en llegar al mundo algo menos inermes que el sabio aislado.
Indicaciones bibliográficas mínimas:
- Existe en la editorial Gredos (Madrid, 2014) un tomo antológico: Erasmo, que contiene el Manual, el Elogio y fragmentos de los Coloquios. Es el modo más fácil de tomar contacto directo con las palabras del mismo pensador. El académico Lorenzo Riber tradujo una selección parecida en Madrid, Aguilar, 1956.
Además:
- Bataillon, Marcel, Erasmo y erasmismo. Barcelona, Crítica, 2000.
——- Erasmo y España : estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI.
México y Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1966. - Clavería, Carlos, Erasmo, hombre de mundo: evasivo, suspicaz e impertinente. Madrid, Cátedra, 2018.
- Huizinga, Johan, Erasmo. Buenos Aires, Emecé, 1956.
- Zweig, Stefan,Erasmo de Rotterdam : triunfo y tragedia de un humanista. Barcelona, Paidós, 2005.

