Categoría: Filosofía

  • Empezar a leer a Levinas (1)

    Empezar a leer a Levinas (1)

    El tema inicial de la filosofía de Levinas es común con varias de las más interesantes obras del último siglo: el subrayado poderoso del valor cognoscitivo, práctico y existencial —incluso metafísico— de la afectividad, ese asunto tan descuidado en la época moderna de la filosofía. Desde luego, Levinas lo hereda directamente del Heidegger de Ser y tiempo, que a su vez lo ha recibido tanto de Max Scheler como de Søren Kierkegaard; y lo comparte con Michel Henry. Este punto no tiene nada que ver con abrir el paso a lo irracional, como Levinas se ha esforzado muchas veces de argumentar años adelante.1

    Desde muy pronto, captó Levinas la necesidad de enmendar a su “genial maestro” con carné del partido nazi, pero sin retroceder a ningún pasado —exceptuando las fuentes literarias y proféticas del sentido—. La filosofía radical o primera no debía obviar a Heidegger. Y la experiencia del hitlerismo, la drôle de guerre y el campo de internamiento en territorio del Reich, más la incertidumbre respecto del destino de su familia, obligaron al joven pensador a descender a enigmas que cumplían su objetivo de criticar las insuficiencias de Ser y tiempo —tales y tan grandes como para no haber impedido a un hombre inteligente estar del lado del horror en los años decisivos—.

    No es solo que en la afectividad, antes que en la especulación, se anuncien los temas candentes de cada época, y así el arte cuenta con la perenne posibilidad de introducirse el primero en los nuevos campos de la ontología; sino que una construcción filosófica que no arraiga en la afectividad degenera enseguida en un más o menos complejo juego de palabras. Entre los pensamientos filosóficos el mero diálogo no es realmente diálogo: tiene que comprometer el corazón de los interlocutores, entendiendo por tal, como en el origen de nuestra tradición, el centro mismo de la existencia individual.

    No es muy discutible que la alternativa más profunda entre los afectos humanos primordiales es la que ve nuestra realidad como esencialmente dependiente de la totalidad de las cosas reales y la que la experimenta como libertad tan extrema que se atreve a desatender esa totalidad. El sentimiento original de estas ramas de la alternativa básica se expresa pronto y sobre todo en la disyuntiva que separa las religiones de esa cultura religiosa peculiar que es el judaísmo. Schleiermacher describía al hombre religioso como un análogo del niño que se siente un mero momento del sagrado Uno y Todo, o sea, en una dependencia absoluta, y no hay mucha distancia entre este concepto y los utilizados tan brillantemente por Rudolf Otto: el hallarse en la presencia del misterio tremendo y fascinante —aunque en el trabajo de Otto ha influido ya intensamente su vocación de teólogo cristiano y, por ello mismo, heredero del judaísmo—.2

    Levinas no puede explicar con solo este esquema el milagro de la filosofía griega, precisamente como fase evolutiva tardía de la mitología —sigue siendo imprescindible en este sentido la filosofía de la madurez de Schelling—. Él, como es recurrente en los mejores pensadores de los dos últimos siglos, tiende a difuminar —yo califico esto de blasfemia— la originalidad maravillosa de los filósofos griegos, en especial Platón —y su Sócrates—. Esa falta de justicia histórica importa mucho a la hora de considerar, igual que tantos otros, el cristianismo como una combinación ambigua de Atenas y Jerusalén. Pero este es tema para un análisis extenso en otro momento.

    La tendencia del desarrollo secular de la ontología ha sido, desdichadamente, la de la progresiva alienación tanto de la religión como del sentimiento de radical libertad; al menos, es lo que ocurre en la cultura popular y, por tanto, en la lucha política. Hace un siglo, como en un verdadero fin de mundo, la escena la ocupaban el hitlerismo, el fascismo y el leninismo, frente a unas democracias liberales con terrible escasez de alma.

    El segundo asunto capital de la reflexión de Levinas se ha mantenido a todo lo largo de ella, aunque ha dado lugar a inflexiones múltiples, que se encuentran entre lo más original que Levinas ha propuesto: hay que comprender que no hay liberación más difícil que la que desprende el presente del pasado, o sea, aquella que no interpreta el presente más que como una consecuencia inevitable, deductiva incluso, del pasado; y ello, en el individuo mismo. Esta liberación ni consiste ni puede consistir en la supresión del pasado, sino que se trata en ella de que el presente tenga la capacidad de saltar a algo nuevo, inédito respecto de todo pasado.

    Eso es exactamente la libertad personal. Pero la gran cuestión es la de la condición que la hace posible. ¿Acaso no tiene la libertad que estar solicitada, sugerida, atraída, apelada? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿No es entonces la liberación el eco de la acogida de esta llamada, es decir, una respuesta, una responsabilidad elemental a propósito de lo que excita al presente a saltar por encima de la sombra del pasado? Y si es así, aquí hay un punto de sorprendente coincidencia con el sentimiento alternativo de la dependencia absoluta: me libero en la medida en que soy liberado o, por lo menos, convocado a liberarme, o sea, a poner en acto mi libertad. Dependo, pues, de lo otro o del otro, aunque sea en una forma muy diferente de la que recogía la descripción clásica de Schleiermacher. Levinas se encuentra en este punto entre Henri Bergson, que no ahonda en esta solicitación de la libertad, y Franz Rosenzweig, que directamente se refiere a que el ser humano se ve forzado a responder a una llamada — es claro que puede hacerlo prescindiendo de su libertad en el mismo instante en que la ve nacer, es decir, irresponsablemente—. Hay algo de ambos antecedentes en el pensamiento de Levinas, pero sin que eso disminuya la casi violenta dosis de novedad que ha introducido —y que es esencial en su noción del judaísmo, no solo de la filosofía primera—.

    De hecho, esta cuestión no se puede abordar más que desde otra, que fue la que centró la meditación de Levinas en la época del auge del hitlerismo y la estancia en el campo de prisioneros de guerra. Me refiero a la reconsideración radical que llevó a cabo a propósito de la llamada diferencia ontológica, o sea, de la distinción, tan insistentemente exigida por Heidegger, entre ente y ser.

    Aunque hay ya datos muy interesantes en De la evasión, de 1935, es en el genial texto imperfecto De la existencia al existente donde se sistematizan, si cabe decirlo así, por primera vez.

    Este libro, publicado en 1947, es el escrito más atractivo y lleno de originalidad —dicho sea, excepcionalmente, sin matiz peyorativo alguno — que jamás publicó Levinas. No hay explicaciones metodológicas en él, ni verdadero cierre de los hondos temas tratados. Sí hay hipérboles y descripciones en el límite de lo imposible, a las que suele llamar su autor no fenomenológicas, es decir, situadas allende los alcances de la fenomenología —pero exigidas por esta disciplina si se la practica con la radicalidad afectiva y moral que es su más esencial requisito—.

    La única observación que se podría denominar metodológica dice, sin más, que se trata de fouiller l’instant, de excavar en el hecho de que el instante (presente) no es atómico —como sí lo es en última instancia la famosa archiimpresión de las lecciones de Husserl sobre la conciencia interna del tiempo—. El instante presente es la hipóstasis, el continuo nacimiento del sujeto —es obvio que, como prácticamente todos los filósofos de lengua francesa, Levinas comenta a su muy peculiar modo a Descartes—. El sujeto dice en Descartes yo soy, y Levinas propone que lo que de veras dice es yo me soy. Esto significa que el instante presente está articulado —en un momento inspirado dice Levinas que esta articulación es una luxación— porque siempre consiste en un peculiar esfuerzo: yo cargo conmigo mismo, o, en términos heideggerianos, el ente que soy ejerce ahora dominación sobre su existencia, sobre su ser, pero precisamente en los términos yo (el sujeto) y mí mismo (el ser convertido en atributo del ente, del existente). Un raro dominio, porque la experiencia del instante presente tiene el sabor afectivo constante de estar contrayendo un contrato irremisible, indenunciable.

    Mí-mismo no es, evidentemente, lo mismo que el ser o la existencia. Tiene que entenderse como la existencia ontificada de alguna manera, incluida en la hipóstasis, pero a título de carga que hay que asumir. Yo cargo no con la existencia sino con mi existencia, que se ofrece tan mínimamente “ontificada” que permanece estática, que no cambia, que es el fondo de mí como identificación, autoidentificación constante y tediosa, literalmente cargante.

    La diferencia ontológica se vive, pues, ya modificada y en el instante, y este sentido de peso abrumador e irrenunciable muestra, cree Levinas, que la experiencia del ser claro que no es teórica ni angustiante, sino sencillamente nauseabunda, incómoda y molesta, sentida como un estar a punto de vomitar, de que el corazón se te salga por la boca. El encadenamiento más radical, que suscita la necesidad desgarradora de escapar de él, pero muestra la imposibilidad individual de esta fuga, se me impone como el hecho de que, en el instante, el yo es sí-mismo. De aquí que la frase final del trabajo sobre la Evasión afirme escandalosamente que aceptar el ser es la barbarie misma —de nuevo igualando el ser con el fondo de mí mismo, al que estoy, por decirlo de alguna manera, clavado—. Es preciso, entonces, concluir que el hecho esencial de la espiritualidad humana no se expone como in-der-Welt-sein, pese a la tesis común a Husserl y a Heidegger, sino como la relación en presente del yo con su mí-mismo. Este hecho esencial es, así, el horror de ser. Afortunadamente, tiene más lados.

    La relación con el mundo, en efecto, es una distracción, ya un cierto escape de esta terrible soledad que es la intimidad del todo inmediata de mí conmigo mismo. Sin embargo, el mundo no es aún lo otro verdaderamente, sino mi mundo, mi mundo-vida, como escribía el Husserl anciano.

    Menciono inmediatamente los otros dos momentos de la hipóstasis: el advenimiento de la conciencia y el hecho capital de la posición en el mundo, o sea, el cuerpo.

    La conciencia brota de la diferencia entre yo y mí mismo, que no puede ser insensible ni indolora ni asubjetiva. La posición o el cuerpo es la localización del existente, condición de posibilidad tanto de su estar en el mundo como de su poseer conciencia. Y aunque ni la conciencia ni el cuerpo son tampoco lo otro, lo preanuncian silenciosamente y contribuyen a su posibilidad inconcebible —literalmente inconcebible, como es inaccesible para mi soledad el territorio de una auténtica evasión —. La hipóstasis está localizada en el Lugar, mas no exactamente en el Tiempo. El Tiempo es, por cierto, lo Otro, o, mejor aún, El Otro y, quizá aún más perfectamente dicho, La Otra, si parto de la masculinidad de la soledad encerrada —y El Otro, sugiero, si parto de la feminidad encerrada; habiendo cuerpo, no puede no haber sexo—.

    Pero antes de intentar justificar esta serie prodigiosa de tesis, recordemos que la hipóstasis se describe como el momento de la conversión del verbo en sustantivo —esto es, en sujeto—. Por tanto, la sugerencia es la de un pliegue sobre sí de la existencia, un rizo o bucle, una protorreflexión. Y aquí continúo hablando de la existencia, pero deberé tratar de seguir a Levinas hasta algo aún menos subjetivo, que no es ni el ser ni la nada, sino solo que hay, el Hay, el Haber —verbo aún, para la lengua humana—. En el último fondo de la realidad no hay ser y ente, sino el caos primordial, el abismo de aguas sin forma, de aguas que ni siquiera conocen la dualidad dulce-salada. Tohu va-bohu.

  • Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Es reseña de «Tú no morirás», antología de textos de Gabriel Marcel, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2026), trad. Mercedes Huarte.

    Gabriel Marcel es uno de los no tan numerosos escritores que no cabe pasar por alto. Quizá resuena su nombre, para quien no ha frecuentado sus textos, con un eco de dulzura o tibieza, posiblemente repelente, que se asocie a la etiqueta de “existencialista cristiano”. Es preciso sacudirse este prejuicio, y bastará para ello mencionar cuáles son los dos puntos de partida de su literatura. Uno, que no comentaré aquí, es el dato cierto de que a la vez soy y no soy mi cuerpo, o sea, la impugnación de que esté clara la distinción antigua entre el alma y el cuerpo. El segundo lo recojo literalmente de su pluma: La desesperación y la traición nos acechan en todo momento. Y la muerte, al final de nuestra carrera visible, como una invitación permanente a la defección absoluta, como una incitación a proclamar que nada hay, que nada vale.

    La breve y esencial antología de fragmentos —sin indicación del lugar del que se toman— «Tú no morirás» comienza y acaba con una extraordinaria oración al Espíritu de metamorfosis: Cuando intentemos borrar la frontera de nubes que nos separan del otro reino, ¡guía nuestro entusiasmo de novatos! Y cuando suene la hora prescrita, ¡despierta en nosotros el gozo del caminante que cierra su mochila mientras, tras el cristal empañado, avanza la imprecisa eclosión de la aurora! Es difícil evocar más bella e intensamente la llegada de la muerte si se ha vivido en la esperanza, esa actividad creadora que quizá nadie haya descrito nunca con la hondura con que lo hizo el filósofo.

    Ha acertado plenamente Ediciones Sígueme al decidir esta traducción y encargarla a Mercedes Huarte. Marcel no es una lectura sencilla, pero será una lectura inevitable para cualquiera que se haya introducido en su pensamiento a través de estas pocas páginas. El estilo de un escritor que avanza, se detiene, retrocede, gira según exige su diario metafísico, no permite aconsejar por dónde se acometerá mejor la comprensión global. En realidad, Marcel desprecia esta comprensión global, demasiado parecida a erigir un sistema con un material que lo repudia por principio. Lo que interesa es la meditación de un día o la meditación de un tema que se prolonga unas semanas, desaparece, emerge de nuevo un poco a otra luz… Esto es obedecer a la mordedura de lo real y sentirla de veras. De hecho, solo la compañía, la comunidad —aquí, del autor y el lector—, abre en serio la vida espiritual: si no hablamos o leemos la mordedura concreta, presente, de lo real probablemente será que no nos ha llegado a la piel.

    La realidad es sobre todo y en primer término lo que no depende de nosotros. Cuando nos afecta, es un don que suscita, si nuestra reacción no es absurda, humildad. Podemos atrevernos a pronunciar tales palabras precisamente porque la realidad del mal, el misterio del mal, sí depende de nosotros como autores o como cómplices; y ante el mal sería horrendo responder con la humildad. El mal empieza por la amenaza, sigue por la turbación, nos apuñala luego por la espalda y es la inauguración de la muerte y de su colega inseparable: la desesperación. No de la muerte en la luz de la esperanza, sino de esa otra que nos causamos a nosotros mismos al entregarnos a la acción perversa como si así exorcizáramos la amenaza. Y no se puede escapar de la desesperación mortífera replegándose sobre uno mismo —eso es sencillamente asfixiarse—: mi único recurso es abrirme a una comunión más vasta y quizá infinita, dentro de la cual el Mal que me ha visitado cambia de alguna manera de naturaleza. Se transforma en nuestro mal; mucho más aún: pasa a ser el mal sobre el que has triunfado. Tú, no propiamente yo. Contra pocas falsedades se indigna tanto Marcel como contra la noción de un Dios-objeto; y nos hace gracia de detenerse en las vueltas y revueltas que da a Dios-objeto una zona de pobre filosofía que polemiza sobre su existencia en el magín de ciertos profesores. (Estoy escribiendo la tarde misma en que una pobre chica enferma y víctima de no sé cuántos y cuáles abusos brutales ha logrado que la maten —llamar a esto eutanasia es una locura—.)

    Pasemos de locuras. Así, con esa comunión más vasta, es como se ilumina la esperanza, el tema mayor del diario metafísico de Marcel: mucho más como un don que como una hazaña mía. El don, la gracia es una llamada a la que hay que responder y que encuentro que me ha cambiado desde dentro, ha actuado respecto de mí como un principio interior a mí mismo. Ahora bien, la esperanza es una paciente actividad, es una forma peculiar de la fidelidad, y es incluso la materia misma de la que está hecha nuestra alma. No dejemos atrás que este modo de existir es dialógico desde el principio. En un momento en que Marcel se representa muy vivamente cómo la esperanza la vive siempre alguien que es al mismo tiempo cautivo y está carente de otras armas para su liberación, la describe como un recurso desesperado a un aliado que es también amor. Evidentemente aquí la palabra desesperado solo se refiere al ímpetu, a la fiereza que está en el núcleo de la auténtica esperanza. Sin ella, el mundo se siente como estancamiento, como putrefacción. Y es terrible que así lo pueda experimentar no solo el perverso sino también, aunque con otro matiz, el desdichado. (Otra vez el pensamiento y la oración van junto a Noelia, recién muerta.)

    La fidelidad y esta especie suya que es la esperanza naciendo de las lindes del mal son profecía y no mero deseo. Es claramente así en lo que antes solemos llamar fidelidad, puesto que el compromiso que la constituye necesariamente pasa por encima de las cautelas que se diría que son consejos racionales y prudentes: Sé fiel a tus promesas, sí, pero solo si la persona a quien las haces se mantiene digna de que cumplas con ella, igual que ahora mismo es digna de que deposites en ella tu confianza. Y tú mismo no debes cerrarte a la posibilidad de cambiar tanto que ya no tenga sentido mantenerte en lo que hayas prometido hace mucho tiempo, cuando eras otro… Es esencial entender que los aparentes diálogos de esta clase no son en realidad tales, sino monólogos en los que no se deja resquicio a nadie que no sea mi propia estupidez o mi propia maldad. La esperanza, en cambio, es como una brecha a través del tiempo, o sea, la entrada en su presunta corriente cerrada de algo ajeno a ella, que otros llamamos la visita de la eternidad. Marcel escribe entonces que no podemos decir que la esperanza ve lo que será —precisamente si lo hiciera solo sería un desarrollo más del tiempo clausurado sobre sí mismo—, pero afirma como si lo viera: se diría que obtiene su autoridad de una visión oculta de la que se le ha concedido informar, pero sin gozar de ella.

    Es un enigma tenebroso que cueste tanto llegar a estas verdades por uno mismo, simplemente consultando con la vida que llevamos. Siempre es verdad aquella exclamación de Sócrates: No se puede vivir la vida sin examen; pero es que sobre su sagrado texto original se han depositado capas innumerables de residuos de pensamientos, dice Marcel, aportados por fuentes cotidianas e incesantes (los periódicos, las revistas, las conversaciones, la familia, la radio, la escuela, las películas). Marcel dictamina: En la mayoría de los casos habría sido mejor quemar estos residuos como se hace con las basuras domésticas, y no es una función menor del pensamiento filosófico proceder a esta suerte de incineración. ¡No pide una abstención, como es clásico en la fenomenología, porque esos restos espurios ejercen su peligro cuando se procede con tibieza contra ellos. Sin embargo, este fuego purificador hay que dirigirlo adentro de nosotros mismos, o sea, al misterio que somos y que solo una ciencia sin cerebro y una filosofía sin corazón se obstinan en negar. Acabamos así de nombrar a ciertos adversarios muy poderosos y de difícil diagnóstico. Esta dificultad tiene que acometerla la prudencia en una de sus acepciones más valiosas. Y su paradójica aliada es esta evidencia: Allí donde la reflexión se ejerce en plenitud, es llevada a reconocer que pende de algo que la supera y que la hace posible. Mi misterio está albergado en otro de orden superior, pero hablar de misterio no es hablar de oscuridad sino, más bien, de claridad excesiva, como termina diciendo espléndidamente Marcel: Esta certeza misteriosa se desprende de la luz, pues en cierto sentido ella es la luz.

  • Recensión de «Nueva carta sobre la apologética»

    Recensión de «Nueva carta sobre la apologética»

    La Nueva carta sobre la apologética de Emmanuel Falque no se contiene en el librito que ha titulado así y ha publicado hace pocos meses (París, Cerf, 2025). En esta nueva salida al público del impetuoso y fecundo pensador no hay apologética ninguna, sino más bien el registro de cómo su obra anterior, y en especial sus tres libros integrados en el Triduum philosophique (2015), configuran tomados en conjunto una apologética relativamente nueva. El aspecto menos simpático de nuestro simpático amigo es justamente este de dedicar muchas páginas a la autocita y el autocomentario, y esas páginas nos privan del placer de aquellas otras que podría emplear en nuevos desarrollos de sus interesantes ideas capitales. Falque escribe bien y solo un poco menos nerviosamente que como habla.

    Quizá lo más nuevo de esta peculiar Carta está en que toda ella se concibe como un diálogo con Henri de Lubac y, en menor medida, con Maurice Blondel, como renovadores de la apologética. Falque trata de prolongar las obras de ambos antepasados siguiendo parcialmente sus mismos principios, aunque es bien conciente de que su tesis esencial está en grave contradicción con la de Blondel y corrige profundamente alguno de los conceptos clave en Lubac. En realidad, Falque está explícitamente más de acuerdo con Jean-Yves Lacoste que con estos mentores que ha escogido.

    Estas concordancias y estas discordancias tienen que ver con el profundo anclaje que tanto Lacoste como Falque han hallado en Heidegger. Hay, sin embargo, una diferencia: para Lacoste, Heidegger —así me lo dijo directamente— es ante todo alguien que da que pensar, que hasta obliga en cierto modo a ello; para Falque es mucho más, porque aceptó desde el principio que las descripciones de la finitud en Ser y tiempo son el retrato adecuado del hombre tout court. Es algo cercano a la naturaleza pura de la que hablaron bastantes tomistas de hace más de un siglo.

    Cuando Blondel va abriendo en nuestra existencia —y en nuestra misma conciencia— la brecha entre la voluntad realmente querida y la voluntad realmente queriente, Falque no lo sigue. Con razón ha dejado esta vez sin mencionar a Miguel de Unamuno. Y así no nos queda de Blondel más que el buen deseo de partir desde abajo en su antropología y permanecer —el famoso método de inmanencia— en cómo vivimos, por decirlo con una peligrosa sencillez, en los prolegómenos de hacer la experiencia de alguna transcendencia divina. Falque no critica lo que aquí es claramente criticable: que cualquiera vive unitaria aunque inadecuadamente en el mero dominio de lo finito y en mucho más que el ansia de lo infinito. Lo que Falque no admite es que sea potencialmente universal esta ansia, porque entre la finitud desnuda y su metamorfosis lo que hay es que la resurrección de Cristo lo cambia todo —y el nuevo libro no es, desdichadamente, el lugar en que se expone cómo ocurre esto, puesto que reiteraría las partes segunda y tercera del mencionado triduum—.

    El célebre Drama del humanismo ateo, de Lubac, lleva la fecha de 1944 y no se hace eco de Heidegger. Estas décadas que han pasado desde entonces han cambiado el sentido del humanismo excluyente porque el actual se limita a no mencionar siquiera a Dios, falto de todo interés por él. En ese sentido, ofrecen otros muchos puntos de apoyo a Falque, que aquí no leeremos más que apenas enumerados: Deleuze, Badiou, Benoist, Foucault, incluso Merleau-Ponty —a diferencia de Sartre, Camus, Nietzsche, Marx, Comte—. Hubiera sido muy instructivo que, en vez de una lista, se nos ofreciera una polémica, aun con reiteraciones de cosas dichas en tantos otros libros previos. Y el reproche me atrevo a extenderlo a los aliados de Falque, que en realidad no lo son tanto si se atiende bien a sus obras: Marion, Levinas, Chrétien.

    Falque presupone desde la primera página la enseñanza de Ignacio de Loyola: que el buen cristiano ha de estar más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla. Es una declaración que abre el apetito intelectual y que luego nos pinta cara de decepción cuando acabamos la lectura. Es verdad: no se puede transformar uno a sí mismo —dejando al margen la metamorfosis que opera Dios mismo— más que asimilándose las proposiciones de esos prójimos. Al menos, aquí se enuncia una condición necesaria —hay más igual de necesarias y quizá algunas sean aún más importantes—. El método de la nueva apologética ha de ser, pues, el diálogo y, como buen deseo, la mutua transformación —y esto sí es blondeliano—.

    Hay otro principio general de la pretensión de Falque, igualmente verdadero, salvada la exageración que le echaría en cara seria y razonablemente Chrétien: si los que siguen creyendo en Dios ya no hablan de Dios, desaparecerá de la cultura tanto como del pensamiento: Dios ya no tendrá medios para encontrarnos, porque es empleando palabras humanas como viene para transformarnos.

    El punto que permite a Falque no reconocer en el arranque de su pensamiento que ha regresado al concepto nada teológico de naturaleza pura es precisamente lo que denomina pasar el Rubicón, es decir, apropiarse de tesis teológicas antes de tratar de justificarlas filosóficamente —en la medida en que esa imposibilidad tenga algún buen sentido—. La creación divina no se puede comprender sino como anticipo de la resurrección de Cristo, lo que implica recurrir a algo bien próximo a las ideas de otros ilustres colaboradores en su tarea: la presencia ignorada en el centro secreto, prepersonal, del ser humano de lo que un día se manifestará quizá como naturae desiderium (Tomás de Aquino) de ver a Dios. Falque ve en esta posibilidad la mejor exposición de su lema: cuanto más peso se da a la inmanencia del mundo, más potente se hace la transformación operada por la transcendencia de Dios.

  • Notas sobre el espíritu y su vida

    Notas sobre el espíritu y su vida

    Publicada en págs. 17-19 del número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    Hay un espléndido momento en el diario metafísico de Gabriel Marcel correspondiente al año 1931 —Ser y tener— en que repentinamente se atreve a definir la que él mismo llama vida espiritual: sería esta el desasimiento progresivo de cuanto se tiene, para reducirse a ser y, de esta manera, vacío de lastres, quedar en la plena disponibilidad respecto de cuanto sea real —y por real, sin duda no auténticamente malo ni dañino, aunque quizá sí doloroso y excesivo o enormemente gozoso, y, a lo mejor, desbordante, transcendente— y nos visite.

    Se ha usado hasta volverla insignificante esta pareja: ser y tener. Si nos arriesgamos a mirar su interior, veremos que ante todo tenemos necesidades, a las que debemos aplicar la honda división de Epicuro: muchas de ellas, aunque las llamemos así, no son verdaderamente necesarias; otras son carencias naturales que dan lugar a tendencias igual de naturales hacia lo que las calma; pero solo alguna de estas carencias naturales origina verdaderas necesidades de las que es absurdo desprenderse. El desasimiento progresivo, que iguala a la vida espiritual Marcel, deja fuera de su alcance tan solo a estas necesidades del tercer grupo. En los casos de las otras dos formas de carencia, tenemos, en efecto, tanto la necesidad como aquello con que la saciamos, y la necesidad renace continuamente, de modo que tratamos de encontrar una y otra vez el alimento que la aplaca por un poco de tiempo. Todo cuanto tenemos en estos dos sentidos muy próximos entre sí se puede emplear para describirnos con una serie de predicados que parecen una flora de mala índole que ha brotado a lo que de veras somos. Y entonces se ve que esto que somos —y que apenas nos describe como individuos, porque radicalmente lo compartimos con el resto de los humanos, aunque sea tan frecuente que pensemos que somos prácticamente lo que tenemos—, vemos que somos, digo, seres lábiles, indigentes, pero también dotados con el poder formidable de una libertad capaz de transformarnos hasta dejarnos como en carne viva, desasidos de lo que no sea real y, por tanto, disponibles abierta, casi absolutamente, ojalá que absolutamente a entrar en relación plena con toda la realidad.

    La primera bienaventuranza del Sermón del Monte se refiere a los pobres en cuanto al espíritu y les adjudica en presente —las demás bienaventuranzas están en futuro— la estancia en el reino de Dios, o sea, una vida albergada en el Dios que un día lo será todo en todos. En efecto, la humilde disponibilidad hace de nosotros un símbolo, en la acepción primitiva de ser nada más que un pedazo de cierto todo real. El otro pedazo es todo eso que existe fuera de nosotros y que van reconociendo nuestros ojos —los de la carne y los del alma— más y mejor a medida en que quedan limpios de lo que nos deja indisponibles para el ser. Si pudiéramos detenernos un momento en el estado de humilde disponibilidad total, veríamos que lo que es en sentido fuerte es lo demás, lo externo, mientras que nosotros, meras mitades anhelantes, solo — momento de elocuencia maravillosa de Marcel— sub-somos, sub-existimos. Tener es tener para sí y aislarse; ser es ser para lo otro, estar ya siendo en trama con lo otro, pero precisamente sin reducirlo a polo de nuestras necesidades no necesarias, sin teñirlo de nosotros mismos ya recubiertos de adherencias prescindibles. Lo que quiere decir que la realidad se deja hacer: o se enlaza a nuestro ser disponible para volverlo tan real de veras como ya lo es ella, o permite que parcialmente la transformen nuestras ignorancias y nuestros afectos incontrolados y se deje tener por nosotros. En este caso solo podemos creer que lo real soy yo mismo. Quien se detenga un espacio de tiempo suficiente sobre el significado de esta frase, notará cómo se le hiela la sangre en las venas y le viene el deseo de quebrar esa realidad única, sola, en constante crecimiento —como hinchándose salvajemente en cada instante de la vida—. La aparente muerte de la persona disponible —una como muerte, una como renuncia previa a la vida entramada con la realidad exterior— es, en cambio, su renacimiento: el comienzo de una vida realmente real, ansiosa de cosas auténticamente reales, cada vez menos tentada a hacer ofensa a la realidad rebajándola a algo que pueda yo tener, yo, el único que en ese caso soy —es decir, que ni es ahora, ni fue todavía nunca, ni podrá ser si no ejecuta una conversión tremendamente poderosa respecto del giro que ha dado a su vida—.

    Que la vida espiritual sea, pues, ejercicio de la libertad no la aparta de recibir una ayuda, un impulso inmenso desde lo exterior ya existente. La exagerada identificación del infante con su cuerpo recibe la sugerencia temprana de que no es verdadera, de que debe ser dejada atrás. Algo nos sugiere que somos libres e incluso que debemos empezar a realizar nuestra libertad, hasta entonces inexistente. Paradoja básica de la libertad: no existe más que cuando la iniciamos, así que es suponer demasiado afirmar que nacemos potencialmente libres. Más bien sucede que nacemos ayudados —per-donados— por la realidad, dentro de la cual somos naturalmente casi reales, en el sentido de las descripciones anteriores. Es imposible que no la acojamos desde que nacemos, dada la indigencia de nuestra naturaleza; pero ello es el inicio de que quede abierta la puerta para que nuestra relación con lo real desborde, casi solo por ella misma, los avatares de la posesión y el alimento. Hay problematicidad en la historia misma de este apoderarnos de lo que sentimos como alimento de nuestras carencias; y los problemas tiran de la razón, la activan. En un segundo momento, la razón distingue los meros problemas de otros aspectos de la realidad que ella misma nos dice que se encuentran en ámbitos diversos. Hay enigmas y su misión no es alimentarnos sino, más bien, como pasó a los humanos que primero recibieron el impacto de la presencia cercana de las Musas, convertirnos en seres puramente extasiados, que se olvidan de comer, beber y dormir y gastan lo que les queda de vida en cantar. La divinidad se apiada de ellos y los vuelve cigarras para que no tengan conciencia de la brevedad y la profunda inutilidad de sus vidas gastadas en el deslumbramiento de la belleza y de los abismos que se adivinan en los otros seres humanos. Y ya antes, seguramente, de este estado de perplejidad, curiosidad y gozo que no se parece al de alimentarse, se insinúan en la vida humana los misterios, que llamó perfectamente Karl Jaspers situaciones límite. No porque sean peak experiences, sino porque son los horizontes de todas las situaciones de la vida, aunque no se tenga noticia clara de ellos desde el principio. Posiblemente aún ahora el anciano no termina de reconocer nuevos horizontes a su situación, allende los ya experimentados.

    Cuando Marcel habla de la disponibilidad y cuando una corriente poderosa de la tradición teológica habla de la humildad, los correlatos de estas actitudes básicas de nuestra vida apenas son los problemas, sino casi únicamente los enigmas y los misterios. En ellos se realiza una, diríamos, concentración de lo que significa realidad. Es cierto que el que llamó Epicuro grito de la carne exige calor, agua y pan, pero él mismo era bien conciente de que grita además en nosotros, y con un vigor supremo, la voz que nos manda buscar verdad. La verdad que nos atrae es la difícil y recatada de cuanto es enigmático y de cuanto es misterioso. La gracia, el don enorme consiste, en primer término, no solo en que hayamos nacido sino en que, sin más método que abrir los ojos y adelantar oídos y manos, se mete en nuestra vida apenas existente la riqueza plural de la realidad y casi parece que ella misma formula, como en la sensibilidad, enigmas y misterios. Joseph Joubert escribió que la razón no razona, y es que la razón que despierta a su propia realidad resolviendo problemas no es el arma más útil para absorberse en lo enigmático y para responder no inadecuadamente a lo misterioso. La razón, pero sin razonar, quería decir el agudo observador de la vida, es la luz que nosotros echamos sobre estas maravillas en los bordes de la maravilla misteriosa de nuestra vida. Las argumentaciones solo preparan —cuando no enmarañan, entorpecen y posiblemente hasta impiden— las visiones del espíritu.

    La mitad, pues, de la que define Marcel como vida espiritual sucede ya fuera de nosotros y procura extraer de nuestra pasividad el ejercicio de la libertad para la visión intelectual de todo aquello de lo que pende aún más que del alimento nuestra existencia: la verdad, el enigma, el misterio. La naturaleza y la historia son ya vida espiritual, aunque no la colmen más que cuando queremos nosotros con toda nuestra alma aprender de esta vida las pautas de nuestra propia vida individual.

    Pero no solo de gracia vive el hombre; vive también gracias a su valentía, la cardinal entre las virtudes cardinales. No por efecto de algún acto aislado de valentía, sino como consecuencia del hábito que se va adquiriendo al hacer frente a cada situación de la vida. La Juana de Arco de Péguy, viéndose ya condenada y sin ayudas, en vez de lamentar el fraude que la ahogaba, exclama llena de convicción y de fuerza: por todas partes hay una cobardía infinita. Ella hace velozmente cómplices que intentan no darse cuenta de lo que les está sucediendo, y así se manifiesta el poder terrible de este mal que llevamos a cabo tantas veces sin ningún esfuerzo, como si surgiera de la naturaleza del alma en su apego al cuerpo y, al mismo tiempo, también del cuerpo en su control sobre el alma. Si se vive dentro del ejército inmenso cuya bandera es el miedo, queda cerrada la vía de cualquier vida espiritual.

    La cobardía no podría alcanzar a tanto si no fuera porque crece siempre a la sombra de la muerte, o sea, en el terreno mismo de lo que es misterio para todos nosotros. Aunque la historia de las religiones y cada una de las historias individuales de los seres humanos estén desbordantes de conjuros contra la muerte, evocar cómo ha sido posible, incomprensiblemente, haber no existido desde antes del principio del tiempo hasta ahora, es ya esbozar un gesto de burla hacia tales conjuros. Lo mismo que no eras antes de vivir serás después de morir, sugiere la cadena de los días insignificantes, que así remueven su falta de interés a base de llenar de aversión por la vida al pobre hombre. No es simple miedo a morir y a estar de nuevo muerto: es desesperación ante el recuerdo de que nada ni nadie permanecerá. Pero esta aversión y esta desesperación se consuelan iniciando la personal fuga lo más lejos posible de la muerte. De misterio que es, la convertimos entonces en el problema que debemos esquivar todo el tiempo que estamos vivos. Se trata de un movimiento estúpido y ya, propiamente, cobarde, que nos vuelve integralmente cobardes. En un segundo momento nos diremos que no solo hay que vivir rehuyendo la muerte, sino tratando de sacar el máximo partido, el máximo gozo a estos trechos que la muerte y la vida nos van por ahora concediendo. El fin último de nuestras acciones es la imposible perpetuación de mí mismo en el estado de más disfrute posible de los bienes que tango cerca. Ya soy yo para siempre —salvo que un milagro, un perdón lo remedie— lo único que venero, aquello a cuyo objetivo someto todo lo demás que existe: hombres y cosas. Convertí la desesperación en vulgar miedo y este me hizo dios de mí mismo. La cobardía que me impide afrontar la muerte como misterio es a la vez necesariamente crueldad: todos y todo han de estar al servicio de mi fuga por mitad de la existencia.

    Me tengo, pues, miedo a mí mismo. La vida me regala a manos llenas dones infinitos. Desde siempre he sido querido aquí en la Tierra; desde siempre he vivido al borde de los enigmas mayores, tocado por el genio de lo sensible, visitado continuamente por el genio de la inteligencia. Mi lengua materna es hermosa y tan rica como el mar. ¡Mi memoria mantiene enérgicas tantas experiencias! Yo, sin embargo, juego con los márgenes de lo oscuro y lo débil algunos días tristes, pesados como la melaza y el betún. No me sé estar quieto y dejar que la plena realidad santa me invada, me tenga, me duerma como en un ahogo. Siempre me encuentra haciendo alguna finta para no escuchar, para sentirme sin sentir las cosas que limpian de los sueños.

    Los buenos permiten que el Sol los bañe y que la sencilla verdad los respire y deshaga todas sus mínimas historias. Colaboran con la obra directa de la justicia amante y no se notan porque son enteramente esa obra misma que ellos no han diseñado.

    Cuando me indigno conmigo, las lágrimas abren la herida de que soy en el más profundo centro amor. Sacar esa raíz a través de los estratos y los fósiles de una vida inquieta parece más duro que excavar la roca. No quiero de ninguna manera la mitad de mis actos, agrios como un ácido que salpica a los cercanos y quema el suelo común. ¿De dónde tanta piedra negra y tanta agua venenosa? ¿Es que quiero dañar, destruir, matar? ¿Es que soy dos voces y hay en mí dos humanidades?

    No define al humano sino su obra, desde la santidad al crimen monstruoso y desde la pureza ingenua hasta la perversión más sucia. A cada instante se agranda esta definición imposible que toca a Dios y construye los infiernos, y a mí me lleva dentro de sí y yo también la dilato y meto en ella a mis hermanos desdichados y dichosos. Nadie puede parar esta tormenta que resuena desde hace un millón de años. Solo esos miles de kilómetros de hielo en los polos están en calma. Yo podría caer allí, donde no se puede vivir, y produciría una gota de horror en la existencia de los osos y los zorros. Vaya donde vaya, es más rápido mi viaje por dentro, sin espacio y en un tiempo únicamente mío, por el que cruzan los demás.

    Ser significa misterio; mundo significa enigma; otro semejante a mí es mi máxima diferencia y mi obsesión.

    En el momento culminante de la infancia descubrí lo irreversible de la vida y su final en la muerte. El niño quedó rodeado de misterios, y su existencia estuvo acechada, urgida y visitada, desde la revelación de la muerte, por lo Otro y el Otro.

    Por esto es la infancia el territorio de los sufrimientos más inconsolables: unas penas que ni siquiera pasan a oraciones: son soledad. La divinidad se va dibujando al fondo, como la figura del más mayor de los mayores, del último recurso en la solicitud desesperada de un abrigo en que resguardarse por completo otra vez; y es así justamente porque nadie ofrece resguardo completo, retorno a antes de haber nacido.

    La cuestión candente es para cada uno de nosotros luego la de decidir ahora qué respuesta tenemos que dar a las cosas que nos están pasando. Hay en lo que sucede mucho ya familiar, pero siempre algo de nuevo. La sorpresa de lo que se me viene encima desborda el marco de la regla. No hago nunca exactamente lo que sé ni lo que quiero.

    La vida ha tomado ya desde siempre una orientación inevitable hacia la plenitud de la dicha y del sentido; pero yo me he formado una figura de ellas, y esta idea global a la que he encomendado la guía de mis actos es quizá solo un error parcial.

    La sabiduría consiste en el regreso a la ingenuidad perfecta de la vida tal como ella se adentra, sin haberlo podido querer, en la realidad. Lo realmente real es lo no deformado por mi deficiente conocimiento y mi más que deficiente cadena de voliciones concretas. Me voy fabricando un mundo y no quisiera. Llega siempre el momento en que se me hace evidente que tengo que deformar la deformación que yo he introducido: hay que desaprender los males.

    Y sin embargo soy libre y tengo una extraordinaria capacidad de transformar el antemundo de mi nacimiento en un mundo de inédita belleza, plena utilidad y deslumbrante perfección moral. Estos ideales nos están propuestos al mismo tiempo al antemundo y a mí, la humanidad. Son nuestra gloria. La realidad básica de nosotros dos es la de ser potencias que, conjuntadas, anhelan un florecimiento, un acto enérgico que se encuentra preformado en el ser mismo de la humanidad y de la naturaleza.

    Este acto se llama amor: buscar ardiente, inagotable y constantemente el bien de otro.

    El amor busca sencillamente al otro mismo. Primero solo quiere su bien; después, se adelanta al otro como para cerciorarlo de que la plenitud de su bien es la plenitud de él mismo, y para contemplar lleno de gozo esa posibilidad. La esperanza y la contemplación del amante inspiran la esperanza del amado. El amante quiere esta plenitud, incluso si comporta que él, aunque haya contribuido en algo, quede atrás y olvidado. Yo te quería simplemente a ti en tu plenitud. Tú no eres tú mismo más que en la dicha perfecta que te corresponde.

    Llamo Dios a la fuente de la gracia, de la vida, de la presencia de los otros, del amor y de la libertad que derrota al miedo y sale de la desesperación. Dios habla y yo puedo y debo responderle. Su silencio es su manera de hablarme, y a mí me gusta emplear viejas palabras tradicionales para irle hablando también yo, aunque con menor constancia que la suya.

  • Una entrevista sobre literatura espiritual

    Una entrevista sobre literatura espiritual

    Encuesta publicada en el número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    1. ¿Cuáles han sido sus principales reflexiones sobre la experiencia espiritual en los últimos años?

    He pasado mi vida concentrado en este asunto. No puedo hablar, pues, de ninguna modificación real justo y solo en los últimos años. En todo caso, la muerte de Juan Martín Velasco me dejó sin mi maestro, sin una fuente de inspiración y de consulta o control que hacía veinte años que me estaba cercanísima. Y Juan señalaba indefectiblemente hacia los clásicos, en especial, a los místicos españoles del siglo XVI. En comparación con ellos, el presente aparecía como cosa liviana y más de aparato y sobra de palabras que de sustancia. Siempre prefiero a los grandes teólogos y los grandes metafísicos, que no a los escritores espirituales que hacen cierto ruido en el mundo de hoy. Jaspers, Jüngel, Barth, De Lubac… Viven hoy Jean-Yves Lacoste, Emmanuel Falque. Hace muy poco murió el extraordinario pensador Jean-Louis Chrétien.

    Por su novedad, los pensadores de la ortodoxia (Olivier Clément, Ioannis Zizioulas) y del judaísmo (Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig) aportan mucho. Los primeros, en el sentido de hacer ver la creación entera sobreelevada a un plano metafísico nuevo por la resurrección de Cristo. La edad del Espíritu se manifiesta como las primicias, ya experimentables, de lo escatológico. Y en cuanto a los grandes pensadores judíos, transforman el panorama de la acción con su captación de la alteridad radical del otro en la misma vida cotidiana. Gracias al otro, los mandamientos están encarnados constantemente en el paso de un tiempo lleno de acontecimientos de revelación, de profecías, de promesas.

    2. ¿Cree que la acentuada presencia del ensayo espiritual en el panorama editorial del siglo XXI tiene relación con las condiciones históricas y sociales de este tiempo concreto?

    He escrito en varias oportunidades que una historia que tiene que vérselas con la Shoá, la reiteración de los exterminios, la degradación de la naturaleza y la presencia de armas de destrucción total, además de con el fracaso criminal de las ideologías que se entendieron como liberadoras, no solo hace del siglo pasado el “cementerio del futuro”, sino que deja a los seres humanos el sabor desastroso —en gran parte injusto, pero en buena parte justo— del fracaso de los pilares de la civilización de Occidente y, por tanto, a la espera de dioses nuevos. Estos dioses se ha aceptado de modo bastante general que podían acercársenos desde el Lejano Oriente, aparentemente no contaminado ni cancelado por la sangrienta catástrofe de nuestras tradiciones. De ahí la amplitud con la que las técnicas y las ideas de las religiones de origen indio se han introducido en nuestro panorama. Hay ya reacciones judías y cristianas no eclécticas, pero en general creo que puede decirse que la ansiedad por tener una espiritualidad nueva, presuntamente inocente, es lo que está en las bases de que, en efecto, se haya acentuado la presencia de los llamados ensayos espirituales. Los cuales tienen habitualmente un nivel superior en Francia (por ejemplo, el joven Rémi-Michel Marin-Lamellet) y en Italia (en especial, Giuseppe Forlai) que entre nosotros, debo decir, salvando la gran excepción de las traducciones en Ediciones Sígueme de los maestros del Cercano Oriente antiguo y la Edad Media latina.

    3. Escoja un párrafo de su libro y coméntelo libremente.

    Si no queremos terminar, porque no podemos quererlo, pero tampoco queremos seguir para siempre así, porque tampoco podemos quererlo, ¿qué es entonces lo que queremos? ¿Qué es lo que calmaría la sed de nuestra existencia —tierra reseca que grita su necesidad de agua—? Porque —y éste es el otro aspecto esencial de nuestra experiencia ontológica— el caso es que nosotros andamos toda la vida queriendo, toda la vida inquietos y buscando, por más que nos sepamos encerrados en este dilema tremendo.

    No podemos querer la absoluta extinción de nosotros mismos, ni siquiera cuando nos hallamos en el fondo de la desesperación. En la más triste canción popular española se dice de pronto: «No quiero, si desaparezco, que nadie recuerde quién fui». Una imagen engañosa pero naturalísima de la paz del desesperado… Pero tampoco podemos querer que la forma actual que tiene nuestra vida dure para siempre. Menos mal que tenemos que morirnos, aunque jamás, como decía Unamuno, nos dé la gana de morirnos. Y tras la muerte esperamos lo que no cabe esperar: lo que no se imagina ni apenas se piensa, lo que no se ha visto, oído ni tocado; lo que ni siquiera constituye el anhelo más profundo y sincero del más puro corazón humano. Vida, sí, pero tan nueva que no tenga ya muerte y eso no la convierta en el espanto que sería que nuestra vida de hoy no pudiera morirse. La eternidad, Dios, el Amor como ámbito en que seguir siendo yo, pero de un modo que, gracias a Dios, no puedo representarme. Gracias a Dios, porque Dios existe en la misma medida en que es el objeto de nuestra esperanza en lo inesperable. Así es Dios transcendente y actuante en el fondo de mí ya hoy. Pero tememos demasiado la consideración de la muerte, ese muy bien que Dios pronunció sobre Adán recién creado.

  • El arte de Ruiz de Azúa

    El arte de Ruiz de Azúa

    Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.

    No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.

    No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.

    Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.

    De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.

    He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.

    Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.

    Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.

    Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.

    Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.

    El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.

    Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.

    La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.

  • El poder, la autoridad, el servicio

    El poder, la autoridad, el servicio

    Es reseña de Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église (Éditions de l’Emmanuel, París 2024) <+info>.

    Quizá el progreso de los tiempos –que hay alguno en algún sentido, pese a tantas apariencias en contra– nos haya traído a enfrentarnos por fin directa y francamente con una de las lacras más terribles que grava nuestra historia: el abuso de poder (y sus variantes: el abuso espiritual y el abuso de conciencia). Es este un fenómeno tan extendido que sigue habiendo muchísima gente que lo ignora, de modo semejante a como dicen que los vecinos de una catarata no la oyen. Miremos a donde miremos, salta a la vista ya un poco avezada el abuso por todas partes. Desde luego, como abuso laboral, por más que haya que ir a ciertas zonas industriales del antes llamado Tercer Mundo para encontrar espectáculos como los de las fábricas inglesas del XIX, que conmovían tanto a Karl Marx –y, al parecer, no a una muchedumbre de empresarios–. Tiempo vital vendido a quien contrata para un oficio esclavo que recuerda a los trabajos de Sísifo; sueldos míseros que obligan a acudir a las colas de la caridad… También, en una forma derivada del abuso laboral, tasas de paro elevadísimas, dependencia económica de la familia de origen, dificultades múltiples para fundar la propia. Pero estalla diariamente algún caso de tortura psicológica o física en los centros de enseñanza, no solo porque a veces abusen los docentes, sino porque entre chicos muy jóvenes la crueldad está con frecuencia sin domeñar –¡vaya centros de enseñanza en que esto ocurre sistemáticamente!–; presiones parecidas es raro que no hayan sufrido en sus empleos bien remunerados los adultos, por más alto que sea el nivel social o “cultural” en que ocurran estos abusos.

    Es más terrible y está arraigado en el pasado lejano el abuso de poder y conciencia en el matrimonio y, más ampliamente, en la familia. Que no se recurra ya tanto a los palos, las bofetadas y los castigos no significa gran cosa. Hay tantas maneras de maleducar o de maltratar en la educación familiar que solo un psiquiatra experimentado podrá atreverse a clasificarlas grosso modo.

    No se está afrontando todos los sectores y todas las modalidades del abuso en este sentido, pero sí decididamente algunos, y está contribuyendo a este avance –y no solo a este– el descubrimiento universal de cómo se han dado abusos sexuales, derivados muchas veces de los abusos de conciencia, allí donde oficialmente más lejos se está de caer en estas bárbaras relaciones entre personas: dentro de las iglesias, en especial de la católica.

    Ya se reconoce casi en todos sitios que la pederastia eclesial es solo la parte visible de un gran bloque destructivo que ha ido navegando por esos mares y continúa haciéndolo. Lo tomen o no en cuenta los códigos penales, el abuso sexual a adultos que en principio no se clasifican como vulnerables es una realidad, pero asimismo lo es que en la mayoría de estos desastres hay una génesis compleja, que se inicia por el abuso de poder, culminado hasta el dominio de la otra persona: hasta su absorción por el seductor o la seductora. El paso final para estos narcisistas –enfermos o simplemente perversos– es el control completo del cuerpo del otro.

    El caso abigarrado de las comunidades religiosas, las congregaciones y las asociaciones de laicos bajo estatutos aprobados por Roma suministra un terreno penosamente adecuado para observar de cerca estos asuntos que nos llevan hasta el límite ínfimo de la humanidad. Es como un laboratorio en el que se juntan las soluciones bien halladas, los héroes, los santos y el infierno de los abusos extremos –seducción o tortura–: las víctimas y sus victimarios.

    De aquí que las reflexiones y los datos recogidos en estos ambientes que están a la base de aquellas enseñen mucho respecto de todo el conjunto de los abusos. Y ello tanto más cuanto que las armas para combatir esta batalla decisiva de la humanidad actual se hallan con toda la abundancia deseable en el evangelio y en lo mejor de las tradiciones de las iglesias cristianas.

    Pues bien, en España son frecuentes los lamentos sobre el hundimiento de la iglesia católica en Francia, que se emplean en la comparación con la que se piensa poder encomiar a la iglesia católica en España, que resistiría, dicen, mejor la crisis. Los que conocemos un poco el catolicismo francés no solo sentimos, sino que pensamos, lo contrario: tenemos experiencia directa de una práctica eclesial cristiana depurada, pasada de veras por el tamiz de la crítica y por las pruebas peculiares de este momento, concentradas en el surgimiento de un muy considerable y espantosamente vergonzoso problema de abusos.

    Hay en Francia grupos cristianos muy activos; periódicos, universidades y casas editoriales de orientación cristiana; congregaciones religiosas bastante jóvenes llenas de espíritu y que constituyen ejemplos auténticos de fraternidad. Una de ellas, que me es particularmente querida, es la Xavière, fundada hace casi exactamente un siglo por la enfermera y sindicalista Claire Monestès. No hay en España, por cierto, ninguna hermandad de la Xavière.

    Estas hermanas viven poniendo en común sus trabajos en medio del mundo, y son profesoras, médicas, juristas, teólogas, filósofas y filólogas, pero también mujeres dedicadas a trabajos que no tienen tanto prestigio social. Poco a poco van extendiéndose desde, por ejemplo, hospitales parisinos de cuidados paliativos a misiones complejas de servicio social y médico en el África francófona.

    En los últimos años, los miembros de la Xavière dedicadas preferentemente al trabajo intelectual se han decidido a emprender la publicación de una serie de breves libros esenciales en las Éditions de l’Emmanuel, de París. Cinco religiosas tratan un tema de actualidad valiéndose tanto de su rica experiencia vital como de sus estudios. Se repiten en estos libros los nombres de algunas que han servido de superior general de la congregación. Ahora aparece el tercer volumen, titulado Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église, con la novedad de haber reunido a las hermanas de la Xavière a una amiga que no está integrada a ellas –y que enseña en las facultades Loyola de París, que es el nuevo nombre del antiguo y conocido Centre Sèvres, de los jesuitas–. Los dos textos anteriores, que merecen también amplia recensión y más amplia acogida en España, llevaron los títulos: C’est maintenant le temps favorable y, pasando a máxima concreción, J’écouterai leur cri, en el que las cinco miradas de mujeres se fijan no en la crisis en general, sino en la crisis de los abusos en particular. (La Xavière me permitirá una crítica levísima: no veo razón para que estos libros tengan prólogo y a veces epílogo o de un obispo o de un jesuita; más bien veo muchas razones para prescindir de esos varones.)

    Como es evidente, el sínodo sobre la sinodalidad es el motivo próximo de este Ha dado poder a sus servidores. Llama, pues, menos la atención que se haya soslayado el asunto de los ministerios ordenados cerrados aún a las mujeres, pero que en cambio se hable, como el papa Francisco prefiere, de cómo los llamados ministerios instituidos podrían ampliar su número y, desde luego, son por ahora el medio de que vaya actualizándose –en qué modesta medida, por Dios– la toma de posiciones de gobierno por parte de las mujeres, y no necesariamente consagradas. En cualquier caso, la reflexión profunda y calma acerca de lo que significan poder, autoridad, servicio y ministerio en la iglesia católica –sin gestos explícitos a la ecúmene cristiana– se agradece mucho hoy.

    El punto de partida común a estas cinco miradas es, como no podía ser de otro modo, la prevención respecto de las estrategias que se facilitan a ellas mismas una justificación tan fácil como, sencillamente, usar ciertas divinas palabras en vez de las que suenan de inmediato como sospechosas. Este es el caso, sobre todo, de cambiar poder por servicio –en definitiva, dos términos que figuran en el evangelio y hasta en el título del libro que recensiono–. ¡Como si el servicio se contrapusiera al poder limpia y automáticamente! No hay tal cosa: ejercer un modo de servicio es con frecuencia ocupar un lugar de poder, y tanto más solapadamente cuanto más se insiste en que no se está haciendo otra cosa que no sea servir. A este respecto, el papa Francisco gusta de recordar que la palabra latina correspondiente, ministerium, procede de minus, o sea, de menor. Sin arraigar en este matiz significativo, un ministerio, ordenado o no, un servicio a otro es más parecido al sentido que tiene hoy la palabra ministro en la jerga de la administración y el gobierno.

    Es evidente, pues, que se precisan controles que al menos restrinjan esta posibilidad lamentable de presumir que se sirve cuando se quiere decir que se manda porque en última instancia se es indispensable.

    El primer punto decisivo es evocar que todo servicio en la peculiar comunidad de la Iglesia está sometido a la misión global de esta, a su esencia, que no es sino entrar en la relación de amor de Dios para con el mundo fomentándola, realizándola. Geneviève Comeau escribe, pues, esta frase decisiva, que tantas veces no encuentra eco ni comprensión alguna en muchos círculos cristianos: Lo que nos salva es el modo en que Cristo vivió su pasión, y no su sufrimiento mismo (p. 34). Dios es potencia ilimitada de borrarse a sí mismo –escribió François Varillon–, y es en esta forma como sirve realmente al mundo, a cada fragmento de su realidad y, en especial, a cada ser humano.

    Se echa de ver esto tanto más fuertemente cuando nos atenemos, por otra parte, al sentido original de auctoritas. La palabra procede del verbo augere, o sea, justamente, fomentar, crecer. Comeau escribe: La autoridad se distingue del poder en la medida en que está al servicio de las relaciones [interhumanas] y del crecimiento de las personas. De nuevo se trata de una expresión que merece grabarse a fuego en la conciencia de cualquiera con poder, pero, sobre todo, si este poder habita en la comunidad universal de la iglesia de Cristo.

    Que esto signifique autoridad en ella puede, sin embargo, llevarnos a otro extremo peligroso, en los antípodas del despotismo pagano: la pasividad incluso cuando se tiene el deber de ese servicio tan especial que es ordenar. En el periódico católico más conocido de Francia, La Croix, se comentaba hace apenas un año cómo hay muchas personas dispuestas a sufrir la Iglesia y pocas que se propongan seriamente reformarla. La pluma incisiva de Comeau encuentra otra fórmula muy perfecta: Querer cambiar los corazones sin cambiar las estructuras sería detenerse a medio camino. Sería justificar la pasividad (p. 41).

    Y no la hubo en los primeros siglos, como no la ha habido nunca en ciertas personalidades valientes e inteligentes –no es claro que la inteligencia y la valentía sean de veras realidades diferentes, y es, en cambio, evidente que ambas son virtudes–. El ensayo histórico de Joëlle Ferry expone hechos contundentes que hoy deberían ser muy útiles, dado el inevitable, el providencial momento de transformación que atraviesa la iglesia cristiana. Por ejemplo, hasta mediados del siglo III no se puede hablar de Gran Iglesia sino, más bien, de un archipiélago de comunidades, de iglesias fundamentalmente domésticas. Nuevo ejemplo muy instructivo: la asamblea plenaria de los discípulos, y no los Doce únicamente, eligen a los siete diáconos de que se habla en Hech 6; y allí mismo se ve cómo no se ha fijado aún el modo en que se reparten los servicios en la comunidad. Así continuó siendo, según el relato de Hechos. Tercer ejemplo de primer interés: la escucha del Espíritu se realiza intercambiando en el diálogo las diferentes opiniones de todos, incluidas las mujeres. Solo en las llamadas Cartas Pastorales –se recordará que no son de la mano de Pablo, sino décadas posteriores a la muerte del Apóstol– se delata el progresivo olvido de la novedad jesuánica respecto de la mujer, que, naturalmente, va de la mano de la adaptación paulatina a la práctica común del ambiente social no cristiano. Y todo ello es signo transparente de la vitalidad y la creatividad (p. 66) de las iglesias domésticas.

    ¿Cómo podría no haber sido así, cuando es el bautismo el fundamento de la identidad cristiana y, en consecuencia, esta va marcada por la fraternidad?

    La filósofa Agata Zielinski ofrece una meditación profunda, clara y novedosa sobre las relaciones que mantienen entre ellos los conceptos en torno de los cuales giran todas las miradas del libro. Su conclusión estriba en distinguir netamente el poder de y el poder sobre, para añadirles luego el poder juntos como desarrollo de la fecunda potencia de. Es evidente –de ahí parte Zielinski– que sin esta capacidad previa no cabe servir en nada a nadie. Pero es también evidente que quien aplica sus dotes a una tarea hacia los demás comienza ocupando un puesto de cierta preeminencia respecto de estos, que comporta el riesgo de convertirse en potestas, o sea, en poder sobre aquellos hacia los cuales se vierte la acción. Los ejemplos son fáciles e innumerables. No es sencillo señalar cuáles tienen que ser las barreras que ayuden a no cruzar de la potentia a la potestas. Ahora bien, recordando lo que llevamos ya recorrido en este breve sumario, la primera clave para salvaguardar del poder en su mal sentido a quien ejerce un ministerio cualquiera –no solo en una comunidad cristiana– es subrayar que servir remite a la capacidad de despojarse de sí mismo (p. 83), de tal modo que es imposible servicio alguno si no se mantiene diálogo auténtico con las personas a las que se dedica ese servicio, ya que de lo que se trata es de una responsabilidad. A lo que está llamado el servicio de buena ley es a volver actores a aquellos a los que se dirige. No consiste meramente en dar –creer lo contrario es parte central de las coartadas de los abusadores de poder–, sino también y más, en dejarse afectar o transformar por la relación; en aceptar recibir; en crear condiciones de reciprocidad (p. 88). La consecuencia será ese poder juntos que Zielinski apenas considerará una utopía, pero que es absolutamente necesario localizar en la realidad social si las comunidades de iure fraternales, como son las cristianas, han de conquistar un futuro que no sea mera conservación decadente.

    A Christine Danel ha tocado pensar la obediencia, que es, sin duda, el foco principal del cambio cultural fronteras adentro de la iglesia cristiana, a fin de reconocer el abuso espiritual, de poder y de conciencia, como paso imprescindible para tratar de eliminarlos. La tarea no es fácil, y quizá lo sea especialmente poco en la tradición ignaciana –que es donde se sitúa la Xavière–, cuando se evoca, en la estela de Ignacio mismo y su terminante exigencia de obediencia al superior perinde ac cadaver, que “las superioras ocupan para nosotras el lugar de Cristo” –expresión literal del número 148 de las Constituciones de la congregación, que es eco de muchísimas frases del mismo tenor en muchas otras Constituciones hasta el presente–. Danel pretende que la interpretación auténtica de estos textos nada tranquilizadores consiste en que el que obedece lo hace por Cristo. Es a Cristo a quien el religioso elige obedecer cuando obedece al superior. Y concluye con otra expresión clave, de las que, como se ve, abunda nuestro libro: La obediencia religiosa se apoya en el deseo de obedecer, en última instancia, a Dios (p. 102). De donde se sigue que toda autoridad en este terreno delicadísimo se ordena a la realización de la vocación de cada una de las personas a las que se refiere. La finalidad es que crezca la libertad interior para permitir a cada individuo ser más y más él mismo; para que fructifiquen sus talentos y sus dones en el medio general de la misión de la iglesia cristiana –que se recordará que quedó definido al principio de este ensayo–.

    Si para mí, laico viejo que trata de vivir en el espíritu, resuenan estas palabras con un aura de maravilla, de verdad decisiva, de futuro colmado de esperanza, puedo imaginar qué sentimiento multiplicado llenará los corazones de quienes se han integrado en comunidades religiosas mediante el voto de obediencia. Lo que no logro es imaginar el ascenso al infinito que experimentarán quienes estén viviendo la fraternidad, la autoridad y el servicio en la forma del abuso, quizá en comunidades de ambiente irrespirable, de incesto espiritual. Las hay, dicen los testigos, aunque no comprendamos cómo el seguimiento de Cristo puede errar por semejante locura. Danel solo escribe, con una seriedad tanto más impresionante cuanto más espartana, que este tipo del abuso de poder hace que las personas víctimas vean afectada su relación con Dios (p. 115). Se inicia ahí el terrible proceso del abuso espiritual estrictamente dicho, que pertenece directamente al mysterium iniquitatis.

  • Juan Luis Vives y Tomás Moro

    Juan Luis Vives y Tomás Moro

    Conferencia, 27 de noviembre de 2025

    Pasamos a los erasmistas más filósofos y con mayor producción literaria. Como anuncié, son, sobre todo, respectivamente, el pedagogo y el político práctico –en quien se comprobó qué tremendo odio suscitará en general siempre un partidario real de la philosophia Christi–.

    Pero antepongo al resto de esta conferencia algunas muy verdaderas y no menos maravillosas frase de Vives en su De initiis, sectis et laudibus philosophiae (1518): “La filosofía es el don más grande y mejor que nos dieron los dioses: solo ella puede hacer perfectos a los hombres y conducirlos a vivir bien y bienaventuradamente, que es la cifra de todos los deseos… Por la filosofía nuestra vida se restituyó a su humanidad originaria… Un día solo vivido bien y con sujeción a sus preceptos debería anteponerse a toda la inmortalidad” (la cursiva es mía, desde luego).

    Moro era una docena de años mayor que Vives: nació este en el principio de 1493, cuando Moro cumplía los quince años. Invierto el orden de mi exposición en testimonio de mi amor superior al valenciano.

    El cuarto centenario de la muerte de Vives (1940) suscitó algunos trabajos sobre él en nuestro ámbito cultural, y en especial un par de trabajos de Ortega en la Argentina y una antología ligeramente comentada del trasterrado Joaquín Xiráu, en México, quizá suscitada por lo escrito por Ortega. El doctor Marañón añadió un libro que sorprende por su escaso interés, ya que la mayor parte de sus breves páginas está dedicada a cuestiones de medicina, dieta y patología. Marañón destaca que no hay hombre conocido del siglo XVI que no sufriera gota –en efecto, fue dolencia de nuestros pensadores de hoy, como de Erasmo, los reyes, papas y emperadores que se encuentran en los márgenes de nuestro relato…–. Y como Vives escribió unos maravillosos textos de vida cotidiana, que han sido mucho tiempo –y deberían seguir siendo– un método estupendo para ejercitarse en aprender latín, Marañón dispone de un muestrario muy rico sobre cómo comían, cuando podían comer, los personajes alcanzados por la gota.

    Xiráu, en cambio, proporcionó al público general una introducción al pensamiento de Vives que es en realidad una breve antología de la inmensa obra del humanista. Decía allí Xiráu que la filosofía del Renacimiento vale por las fecundas simientes que encierra, debido a que, lejos de ser un punto final se asemeja más bien a “un crisol henchido de cálidas esperanzas”. Esta última palabra se ajusta, ya vemos, mal a los sufrimientos y las decepciones, siempre en crecida, que tocaron a Erasmo y a sus discípulos, pero se corresponde en cambio bien con cuanto produjeron pese a todo.

    Xiráu se basaba en una interesante triple distinción entre humanismos. Hay, sostuvo, un humanismo italiano, esencialmente literario; otro germánico, mucho más propenso a la revuelta intelectual contra el pasado, y no solo crítico de su pretendida barbarie literaria; y otro tercero, este en el que estamos interesados nosotros, o sea, el que ahonda en la filosofía, la moral y la doctrina cristiana sin las alharacas de la herejía.

    Por cierto, Vives escribió siempre en latín; Moro escribió en latín su Utopía, pero en lengua vernácula el Diálogo sobre el consuelo en la tribulación y, desde luego, las cartas familiares desde la Torre de Londres.

    El lema escogido por Vives como enseña vital fue Sine querella. Veamos hasta qué punto cómo se trataba de la expresión de un deseo imposible.

    ¡Qué elogios encendidos dedica Vives a Valencia cuando tiene que vivir desterrado de ella, o sea, prácticamente toda su vida! Aún no hace muchos años que plumas exageradamente piadosas y chovinistas silenciaban e incluso camuflaban los orígenes familiares y las desgracias de los Vives, basándose en que hasta hace sesenta años no se tuvo constancia de la verdad. Alguna loa a Vives es sincerísima, me parece, en su rechazo de lo que hace esos pocos años no pasaba de la categoría de rumor. El meritorio traductor Lorenzo Riber, poeta mallorquín, sacerdote y miembro de la RAE, traductor de toda la obra del humanista, atendió para su negativa a hacerse eco del rumor a la verdad palmaria de las fuertes críticas de Vives al judaísmo y la intensidad cristiana de sus múltiples textos morales, filosóficos y apologéticos. Pero ahora ya no caben dudas: los Vives no solo eran marranos, sino que mantuvieron en casa una sinagoga, cuyo rabino era el primo del filósofo, y la Inquisición sorprendió a aquellas gentes en plena liturgia. El catastrófico resultado fue que el padre de Vives fue quemado en la hoguera, cuando el humanista tenía 30 años; siete años después, los restos de la madre –que había muerto hacía ya mucho, en una epidemia de peste– fueron desenterrados y quemados. Ambas barbaridades sucedieron en Valencia. Vives salió muy joven de ella para no regresar jamás y, de hecho, ni siquiera volvió a pisar suelo español.

    Había empezado sus estudios humanísticos en la nueva Universidad de Valencia. A medida que el proceso inquisitorial avanzaba, su padre tomó la providencia de mandarlo, en efecto, a la Sorbona, en París. Tres años después, el estudiante pasó a Brujas, de la que hizo su casa por largo tiempo. Ortega decía que Vives marchó a la Europa del Norte “para conseguir olvidar no poco de lo aprendido en Valencia y París”. Pero hay que saber que Ortega, como todo el mundo entonces, ignoraba la tragedia familiar. Por lo demás, es verdad que Vives necesitaba respirar fuera del ambiente aún escolástico cerrado de París. Él, como Erasmo, tenía horror ya simplemente a la expresión latina, bárbara, gótica del aristotelismo en sus varias modalidades universitarias.

    Trabajó de profesor doméstico de una familia de comerciantes valencianos y terminó casándose con la hija pequeña de la casa. Era entonces, al decir de Ortega, al mismo tiempo el primer latinista del mundo –no menor fue el elogio que Erasmo mismo hizo de su joven amigo– y el primer lancero en las huestes de Erasmo.

    Trabó amistad con este y con Moro en la Universidad de Lovaina, que lo atrajo con el formidable prestigio que estaba por entonces tomando esa casa de estudios. Allí gozó de la protección de personajes que también sostenían las economías de Erasmo. Fueron esos años los de viajes por las ciudades flamencas y las primeras obras; pero todo se ennegreció cuando, estando Vives cargado de deudas, murió en un accidente su mecenas. Se acogió de nuevo a Brujas y rechazó, consecuente con su miedo y, al parecer, su juramento de no volver a España, la cátedra en Alcalá que había defendido Antonio de Nebrija. No se le podía ofrecer nada superior a esto en los dominios de Carlos Quinto.

    En cambio de en Alcalá, en 1523 decidió instalarse en Corpus Christi, en Oxford, en un lectorado que le daba acceso a la corte y, pronto, a la amistad con la desdichada reina Catalina. De hecho, intervino sin habilidad en el problema del divorcio real, de modo que todas las circunstancias adversas terminaron por expulsarlo de Inglaterra y, contando con cierto liviano favor pecuniario del emperador Carlos, vivió sus años de mayor producción y menor salud en Brujas. Allí murió bastante prematuramente, en 1540. Era territorio dominado por la corona española, pero, aunque en él –y en cualquier parte de Europa– se sentía en peligro tanto si callaba como si hablaba, no fue molestado por sus ideas sociales, pedagógicas y religiosas. Llama, desde luego, la atención su acendrado cristianismo, siendo como fue su vida. También hay en esto un paralelo claro con la actitud, los peligros y los silencios de Erasmo, igualmente un cristiano radical contra los fenómenos históricos en los que se vio envuelto. En fin, ya vemos hasta qué punto fue elegante exageración disparatada la frase de Ortega acerca de que a Vives no le pasó nada en su vida, de modo que su biografía podría ser rápida: nació, estudió, escribió y murió; y que sintió todos los conflictos de su tiempo, pero no hizo sino estudiar y escribir.

    Ya en su época, cuando un joven flamenco escribió sobre la persona y la obra de Vives, lo llamó “antropólogo”, el primero entre los filósofos que merecería plenamente este apelativo. El juicio global de Ortega, que veía en Vives la pasión de la seriedad y la sinceridad, la mezcla rara de talento –no genial– y excelente buen sentido, es que se trató del “primer hombre en quien despierta ligerísimamente la sospecha de que más allá de la cultura medieval y de la seudocultura de su tiempo renovada en la antigüedad, hay otra cosa. Y entrevé, o más bien, a ciegas palpa que esa cosa, esa posible futura cultura, será una cultura inspirada en la utilidad de los saberes y no por ninguna estéril contemplación; en fin, que su método consistirá en la experiencia. La cultura habrá de ser sobria, útil y empírica.”

    En su Tratado sobre la concordia y la discordia proclama Vives que nada se necesita tanto como la primera. Lo que sucede es, además, que cabe hallarla, e incluso que ya hay un mundo entre los hombres en el que la paz es posible. Se está refiriendo al mínimo mundo de los intelectuales puros en mitad de las fabulosas turbulencias de la primera parte del siglo XVI, o, para ser más exactos, al círculo de los amigos de Erasmo, que en realidad eran todos discípulos del sabio y seguidores, con matices diferenciales, de la philosophia Christi que este enseñaba y practicaba.

    Pero es que la antropología que sostenía Vives –y que ya sabemos que tenía poco de experiencia vivida en primera persona– proclama, quizá más judaica que cristianamente, que el hombre es un animal santo. No creo que nadie más haya empleado esta expresión, aunque en lo concreto de su desarrollo está objetivamente muy en consonancia con aquello famoso de Maurice Blondel joven, casi cuatrocientos años después: que la filosofía debe ser la santidad de la razón.

    Porque, en efecto, semejante tesis se apoya en la convicción de que “la razón siempre instiga al amor”; aparte de que “no hay bondad si no hay conocimiento”. A lo que se añade que “el deleite es un verdadero gozo sin mezcla de dolor ni de tristeza y que dura mucho tiempo; lo dan sobre todo las cosas espirituales”.

    Es la voluntad la que puede hacer caso omiso de la razón, que no por eso cambiará nunca su discurso; pero la voluntad no puede rebelarse contra la razón si no nos despojamos antes de la dignidad humana. Pues la razón es la naturaleza misma de los humanos, así que renunciar a ella es volverse animal salvaje, por un lado, y por otro, inferir a Dios una ofensa. Es muy interesante observar que la palabra guerra, en latín, se dice bellum, que hay que admitir que está cercanamente emparentada con bellua, las bestias salvajes; pero el caso es que estas no conocen la perversión de hacer la guerra, mientras que el hombre degradado sí. En realidad, cuando un ser humano se atiene a la razón, o sea, somete a esta su voluntad, es sencillamente un cristiano: se ha restituido en su plena humanidad.

    Igual de esencial que la razón es en nosotros el lenguaje, otro don que no compartimos con el resto de los animales más que en alguna fase muy básica, previa a la plenitud de nuestra universal competencia en al menos una lengua. Pero es que tanto las palabras como el gesto del rostro son puros medios para entrar en comunicación con los demás.

    Eso sí: la degradación del hombre se ha iniciado por su deseo de ser mucho más de lo que es, por su deseo de ser Dios.

    Lo que a cada uno nos corresponde es elevar y dignificar a todos los seres humanos a los que tengamos acceso. La moral cristiana pone aquí los fines y la psicología, los medios.

    El interés de Vives por la paz pública no lo desvió nunca de su convicción esencial: esa paz presupone la paz interior de cada persona. Todos tenemos, pues, que empezar nuestro trabajo social apaciguando las pasiones desencadenadas. El arranque de la rebelión de todas ellas está, claro que sí, en la soberbia: “mientras pone todos sus conatos en ser más que ángel, viene así a ser menos que hombre”. El mecanismo es sencillo: la estupidez de la soberbia irá enseguida unida a la envidia, que no solo engendra la inútil ira, sino que pasa a la acción de la venganza en cuanto tiene ocasión. Con este ciclo infernal, la paz se hace imposible en todas sus formas.

    La consecuencia que más llamó la atención –por tanto, la que más suspicacias peligrosas despertó– es el rechazo tajante de Vives a cualquier guerra. Todas las guerras son civiles, proclamó, “y no hay hombre que pueda hacer lícitamente guerra a otro sin caer en pecado”. Hay que empezar por amar a los mismísimos turcos que no cejan en su amenaza destructiva. “No veas a un solo hombre en el mundo sin pensar que es tu hermano”. Y en lo que hace a la política interna de las naciones, la asistencia social es un deber. Hasta el punto de que para organizarla siquiera en Brujas diseñó un amplísimo programa de gran interés aún ahora. Un punto constante y central es en él que hay que dignificar al mísero dándole trabajo, de modo que el auxilio de la sociedad no cabe sin enrolar a quien lo recibe en un puesto productivo.

    Con estos fundamentos, ya se comprende la importancia que el desterrado valenciano concedió a la pedagogía, precisamente basada en la psicología empírica y científica. Por cierto que empieza advirtiendo tajantemente que “nunca será buena la enseñanza que se vende”…

    Cuanto hay en la ciencia estuvo primero encerrado en la naturaleza “de modo semejante a como las perlas se encuentran en las conchas o las piedras preciosas en la arena”. Y es bastante excepcional, aunque no tanto entre erasmistas, la universalidad con que se piensa todo ello: en el tratado sobre Los deberes del marido, dice Vives que no recuerda “haber visto ninguna mujer docta que fuera impura”.

    Veo la clave de la pasión pedagógica de Vives en un pasaje de su estupendo tratado De subventione pauperum (Del socorro de los pobres, en la elegante versión de Riber). Comenta en este lugar un maravilloso acierto del poeta latino Marcial, que calificaba al amor de magnes amoris (imán del amor). Vives escribe: “el amor de nada se ocasiona más verdaderamente que del amor”. Y podemos cerrar –tan provisionalmente, ay– este deleite de repasar textos de nuestro filósofo con esta aplicación osada de sus principios: “Como no hay cosa más agradable al hombre que el que se confíe en él, así tampoco ninguna es tan agradable a Dios”.

    Tomás Moro

    La verdad es que el mejor lema posible para empezar a hablar de Moro lo proporciona Vives en su Introductio ad sapientiam: “Lo que sabes no lo pregonen tus palabras sino tus obras”.

    La infancia de Tomás Moro transcurrió en un ambiente económico y social bien diferente del de los casos de Erasmo y Vives: en Londres, hijo de un juez y caballero, paje infantil del arzobispo de Canterbury, o sea, del lord canciller. Este personaje, John Morton, quiso que avanzaran sus estudios en Oxford, pero pronto Tomás regresó a Londres a formarse como jurista en las mismas instituciones en que había participado su padre. En 1496, cuando solo tenía dieciocho años, empezó a trabajar como abogado. Hubo enseguida un muy curioso paréntesis de cerca de tres años, 1501-1504, en que ingresó en la Tercera Orden de San Francisco y vivió en un monasterio cartujo, entregado a la práctica religiosa. Conservó de este período duros ejercicios ascéticos, pero en 1504 era ya miembro del Parlamento y hombre casado. Llegó a sheriff de la ciudad de Londres.

    Desde la coronación de Enrique VIII fue creciendo la amistad entre el rey y el jurista escritor, amigo y hasta colaborador de Erasmo y de Vives. En 1517 era miembro del Consejo Real y diplomático de la máxima confianza de Enrique. Después obtuvo los cargos de máximo honor de las universidades de Oxford y Cambridge, hasta que la cima de su carrera política fue el nombramiento de Lord Canciller en 1529, preferido al entonces arzobispo de Canterbury –lo que era rarísima excepción–.

    Es sobre todo en este momento cuando ocurren los acontecimientos más sombríos y debatidos de la vida de Moro: de las diatribas preferentemente literarias contra las cabezas intelectuales del protestantismo, pasó a la represión violenta, según la justicia vigente entonces. Hubo quemas de herejes, flagelaciones, cárceles. Moro protestó en favor de su escasa o indirecta participación en aquellas crueldades, que además contradicen sus principios filosóficos. Hay una expresión de reserva acerca de estos problemas en el escrito en que Juan Pablo II proclamaba a Moro patrón de los políticos.

    A partir de ahí, el célebre conflicto del divorcio del rey –habían escrito a dos manos incluso la defensa de los siete sacramentos, que tanto prestigio teológico concedió a Enrique, defensor fidei– significó el heroico declive y el terrible final de estas glorias: en 1530 no firmó la carta de nobles y prelados que solicitó al papa la anulación del matrimonio real; en 1532 renunció a su cargo de canciller; dos años después se negó a firmar el Acta de Supremacía que daba de hecho nacimiento a la Iglesia anglicana. Esta acción sabía bien Moro que lo condenaba, porque así constaba en el Acta misma que había de pasar a quienes se resistieran a la voluntad brutal de Enrique VIII. En efecto, en la primavera de 1535 quedó recluido en la Torre de Londres y fue decapitado el 6 de julio. Erasmo había escrito que No hay nada más tranquilo y alegre que la virtud, y enseguida dedicaremos el tiempo que sea posible al realmente hermoso tratado escrito en la Torre, Sobre el consuelo en la tribulación.

    Moro fue beatificado por la Iglesia católica en 1886 y fue canonizado como mártir en 1935 (se observará que nada menos de 400 años después de su ejecución). La Iglesia anglicana lo considera en la actualidad un mártir de la Reforma protestante, y lo ha incluido, bastante sorprendentemente, en 1980 en su santoral.

    La diferencia de veinte años en la redacción de los dos libros que paso a comentar muy ligeramente obra, desde luego, en favor de la madurez humana mucho mayor que me parece encontrar en el Diálogo. Utopía no es, lo confieso, un texto de mi agrado…

    Hay en este libro una incongruencia entre los principios de la Philosophia Christi y las recetas, a veces claramente totalitarias, con las que se recomienda un gobierno y un orden social perfectos. Me echa para atrás esta livianísima interpretación de Platón como genio inicial del totalitarismo, que se lee entre líneas por todas partes. Un error capital pero frecuentísimo en la interpretación de Platón.

    Por un lado, se está de acuerdo con la doctrina general del erasmismo sobre la bestialidad de las guerras, a lo que se añade que las que tendrían un verdadero motivo para ser declaradas precisamente no lo son, de tan claramente peligrosas para todos como resultarían. Y se reconoce que “Dios ama más a quien estudia su obra”; y que, como la vida humana está por encima de todas las riquezas del mundo, y en ocasiones no queda otra que ser ladrón, hay una básica injusticia y una manifiesta inutilidad en el derecho penal.

    También se defiende que la felicidad estriba en el libre cultivo de la inteligencia y que el dinero es casi necesariamente fuente de perversiones, de modo que se lo prohíbe en la isla bien ordenada –que parece una imagen del futuro de Gran Bretaña bajo un rey tan interesante como Enrique VIII–. Se alaba a la Creación y se está cerca del principio estoico de que se debe vivir adecuándose a la naturaleza, porque hay placeres de los que no se derivan males y, por tanto, es muy bueno gozarlos.

    En general, nada podría ser más conforme con el alma de Erasmo que escribir filosofía moral y política al margen de la impolítica e inútil filosofía de las escuelas regulares de ella en la universidad. Recién instalada la dinastía Tudor, hay cosas mucho más urgentes que hacer que dedicarse a comentar ex cathedra viejos textos.

    Pero hay el lado oscuro de esta república que crecerá quizá un día bajo los auspicios de la benéfica monarquía inglesa, aunque de momento se la piense ya mismo posible en el Nuevo Mundo –la exposición de la doctrina corre a cargo de un fantástico navegante más experimentado que Colón, Vespucio y, permítaseme el anacronismo, Magallanes–.

    Marx aplaudía ciertos rasgos ingenuos de esta Utopía, pero lo grave son sus lejanas consecuencias exageradas.

    En la isla perfecta futura nada es privado: hasta las casas se cambian por sorteo cada diez años. No hay abogados, supuesta la invulnerable moralidad de los individuos felices. Las medidas punitivas son, pues, automáticas: el que solicita un cargo, en vez de ser llamado a él por el Senado o sus delegados, queda eliminado del concurso para ocuparlo. O, por poner otro ejemplo de este automatismo: es claro que a nadie se le ocurrirá que vaya a ser discutido en los órganos administrativos correspondientes un asunto que se presenta el día mismo en que alguien intente aprobarlo o rechazarlo. Pero es que se librará a Utopía de todos los extranjeros; se establecerán para los matrimonios medidas públicas que recuerdan a las barbaridades que va dibujando socarronamente Sócrates ante los hermanos mayores de Platón en los libros de la Politeia platónica –tamizadas por un toque cristiano mínimo–. Se organiza, desde luego, un sistema estupendo de eutanasia que no queda en manos de los particulares. Todo el mundo –incluidas las mujeres– tiene que llevar su uniforme, aunque pueda variar este de oficio en oficio. La obligatoriedad del trabajo es cosa evidente, aunque se limita a seis horas la labor que compromete al cuerpo y se establece como principio que haya exención de estos ejercicios todo el tiempo que sea posible, a fin de que quepan horas de dedicación a la inteligencia –si bien no queda lejos la sugerencia de que tiene que haber un índice de libros prohibidos, claro está–. Y es elocuente cómo hay que salvaguardar el buen orden una vez logrado –y lleno de resortes que no tienen que ver con arbitrariedades personales–: se considerará delito capital deliberar sobre asuntos de interés común fuera del Senado o de los comicios públicos competentes.

    Se completan estas medidas con prescripciones peregrinas, de las que diríamos hoy que invaden el fuero interno de las personas: “antes de acudir al templo –cosa de la que no cabe zafarse– en los días de fiesta, las mujeres se echan en las casas a los pies de sus maridos y los hijos a los de sus padres, confesando sus pecados…y piden su perdón”. Por otra parte, la religión pública y oficial es absolutamente ecléctica, en un rasgo futurista que es bastante natural a la altura de 1516.

    Repárese en la intimación, de aspecto no antipático, que dice: “representa la obra que se te ha encomendado lo mejor que puedas y no trastornes su conjunto solo porque te acordaste de un fragmento más ingenioso de otra”. Si releemos, no nos quedarán a trasmano evocaciones muy perturbadoras.

    Pero la vida misma deparó a Moro mucha más sabiduría: le hizo experimentar un régimen tiránico antes de que se cerrara en república totalitaria, pero en camino de convertirse en puro régimen de terror. Corrió la suerte de Thomas Becket ante Enrique II siglos antes. Y la doctrina fue otra.

    Nos golpea en la primera página del Diálogo del consuelo en la tribulación la honda queja del joven asediado por el retorno de los otomanos a Hungría: “el mayor consuelo que un hombre puede tener es ver que pronto se irá de aquí”, a saber: de esta vida y este mundo. El desesperado pide a quien más sufre, su tío condenado, ánimos para soportar la vida, y los recibe con la abundancia de 300 páginas.

    Lo esencial es que, muy en la línea de Vives, se confíe en Dios, que no es lo mismo que tentarlo. La providencia tendrá siempre ante esta confianza dos caminos: o suscitará como de la nada consejeros y maestros convenientes, o ella misma, Dios mismo, enseñará al atribulado desde lo íntimo de este, conforme a la expresión de Agustín: Deus interior intimo meo. Posiblemente la exclamación más personal de todo este admirable texto es la que, ya cerca de su fin, dice que el suplicio que se está viviendo “no es ni la mitad de duro que si pudieran llevarme a un país tan desconocido que Dios no fuera capaz de saber dónde estaba ni de encontrar la manera de llegar a mí”.

    Lo segundo es advertir la distancia formidable y salvífica que separa al cuerpo del alma en la angustia: porque no hay manera de no sentir lo que se está sintiendo, pero el alma no está forzada, como lo está el cuerpo, a llenarse entonces del mismo sufrimiento. Hay recursos para ella, muchos recursos. Aunque sea una verdad de primer orden que quien no se apiada del dolor corporal que tiene delante, en su prójimo, es que apenas se compadece, diga lo que diga, del invisible sufrimiento del alma del otro. Incluso con dos citas clásicas se debe llevar esta verdad al extremo: Ambrosio escribió que matamos a quienes no ayudamos pudiendo hacerlo; y Agustín matizó con cierta ironía: da a todo el que te pida, pero no todo lo que te pida.

    El primero de tales recursos es quizá el más profundo y verdadero, juzgo yo: el consuelo inicial viene del hecho mismo de desear de veras que Dios nos consuele. Es terrible la acidia, el no hacer nada, el grado máximo del pecado de pereza, que es estar desconsolado y no buscar ni pedir consuelo. Ya así nos hemos elevado cien yardas por encima de las elocuencias fastidiosas de Boecio en su prisión. En efecto, quien se confía al divino consuelo hace algo mucho más razonable que exigir ser aliviado como a él primero se le ocurre. Deja a Dios el campo libre para que ayude como Él quiera, que siempre será infinitamente mejor que como yo creería ayudarme. Y en el mismo momento en que un hombre deposita así su anhelo en el amor divino, entiende realmente que, si persevera en la decisión justa que lo tiene esperando al verdugo, ya esto está transformando ahora “el dolor en gloria”. ¿O es que no lloró el Cristo, de quien no consta que riera, por más que lo haya sostenido espléndidamente Erasmo? Hay que perseverar incluso en las lágrimas. Marías escribió –y me decía en el retiro de su cuarto de trabajo– aquello tan cierto de que existen penas de las que no hay que consolarse –y en ello, añade Moro, está exactamente el consuelo de ellas–.

    Por otra parte, la vida humana alecciona siempre en el sentido de la paciencia, con una sabiduría superior a la nuestra. Bellísimamente escribe Moro que es verdad, claro está, que rezar es mejor que beber, que hacer el bien es mejor que dormir, que ayunar es mejor que comer; pero son estupendos deberes comer, beber y dormir cuando es el tiempo apropiado.

    Llega, con todo, la tentación: regresar a la honra de la corte y a la vida familiar renunciando a lo que es justo. En este caso el procedimiento tiene tres pasos sucesivos: se terminará también aquí por pedir ayuda, pero primero hay que resistir la tentación y luego hay que despreciarla reconociendo lo que realmente es: una treta solapada del enemigo, bien distinta de la pelea abierta en que consiste la persecución.

    En esto de despreciar la tentación Moro recurre a una sabiduría más antigua adaptándola con buen humor al caso fuerte presente: la realidad es que muchos se compran en esta vida el infierno con un dolor tal que, por menos de la mitad, podrían haberse comprado el cielo. Hay en Chesterton huellas de estos raptos joviales del pensador político. Y es que los seres humanos, siendo tan necios, nos creemos todos perfectamente sabios. Nos ocurre como a aquel caracol que no quiso acudir a la fiesta de Júpiter de bien que estaba en su casa. Como es natural, fue condenado a no abandonarla jamás.

    Un par de indicaciones bibliográficas:

    • Juan Luis Vives, Obras completas (trad. y com. Lorenzo Riber). Madrid, Aguilar, 1947-48. 2 Vols.
    • Xirau, Joaquín Xiráu, El pensamiento vivo de Juan Luis Vives. Buenos Aires, Losada, 1944.
    • Tomás Moro, Utopía (trad. Agustín Millares Carlo), en: Utopías del Renacimiento: Moro, Campanella, Bacon. (ed. Eugenio Ímaz: México, Fondo de Cultura Económica, 1941, pp. 37-140.)
    • Tomás Moro, Diálogo de la fortaleza contra la tribulación (trad. Álvaro de Silva). Madrid, Rialp, 1988.
    • Tomás Moro, Un hombre solo: cartas desde la Torre, 1534-1535 (ed. y com. Alvaro de Silva). Madrid, Rialp, 1988.
    • José Ortega y Gasset, Vives o el intelectual (ed. Paulino Garagorri), en: J. O. G., Mirabeau o el político, Contreras o el aventurero, Vives o el intelectual. Madrid, Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1986, pp. 77-146.
    • A companion to Juan Luis Vives (ed. Charles Fantazzi). Leiden y Boston, Brill, 2008.
    • Enrique García Hernán, Vives y Moro: la amistad en tiempos difíciles. Madrid, Cátedra, 2016.
    • José Luis Villacañas, Luis Vives. Barcelona, Taurus, 2020.
    • The Cambridge companion to Thomas More (ed. George M. Logan). Cambridge, Cambridge University Press, 2011.
    • Anthony Kenny, Tomás Moro (trad. Ángel Miguel Rendón). México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 2014.
  • Erasmo

    Erasmo

    Conferencia, 16 de octubre de 2025

    En el primer trimestre de este curso trataré de presentar a tres amigos que constituyen el núcleo de la aristocracia intelectual de la primera mitad del agitadísimo siglo XVI. Uno, Erasmo, es el maestro de los otros dos, que vienen a ser el pedagogo, Luis Vives, y el político, Tomás Moro, de la filosofía de Cristo.

    Vives no tuvo desde la primera adolescencia momento de plena paz; Erasmo y Moro disfrutaron de una primera mitad de la vida relativamente apacible, aunque estrecha y pobre el primero y holgada y brillante el segundo. Cuando se adentraron en la segunda, respecto de los tres vale una terrible expresión que empleó Vives en una carta a Erasmo: no es ya lo que decimos y publicamos lo que nos pone en riesgos constantes y varios, sino que también lo hace sencillamente lo que pensamos.

    Desentrañemos, en la medida de las fuerzas, el problema de estos héroes, en quienes se realiza la maravillosa frase con la que Karl Jaspers dio comienzo a su gran tratado Filosofía: que esta, la filosofía, es ante todo una audacia.

    Antepongo al resto de mis palabras dos de las claves del corazón de Erasmo: No hay nadie tan violento a quien la razón no pueda doblegar ni dirigir hacia la virtud (Enquiridion, V); ¿Cómo podrá escucharte Dios si tú, hombre, no atiendes al hombre? (Ibid. VII).

    Ni Erasmo mismo sabía en qué año había nacido. Era el segundo hijo de una pareja no casada, que sufrió luego una especie de broma pesada: mientras el padre del futuro Erasmo se encontraba trabajando en Roma, lo informaron erróneamente de la muerte de su mujer y decidió entonces entrar en religión. El niño, Geert, como su padre, resultó acogido en la escuela de un pueblo cercano a Rotterdam y pasó luego a Utrecht, al coro catedralicio. Con unos diez años, su madre lo ingresó en una institución de la que hablamos bastante el curso pasado: la casa en Deventer de los Hermanos de la Vida Común. De ese modo comenzó su formación en serio en humanidades y en la fe cristiana. Estamos situados aproximadamente en 1480. Cuatro años después, el chico es huérfano y sus codiciosos tutores lo trasladan a un convento a la antigua, donde vivió dos años amargos e infructuosos. Sus inútiles profesores no logran infundirle, desde luego, vocación por sumarse a su regla. Fue no mucho después un amigo quien lo convenció de que haciéndose monje dispondría de más tiempo y ocio para estudiar que escogiendo ninguna otra forma de vida. Le hizo caso, quizá a sus veinte años. La necesidad que le llevó a dar este paso tenía que ser angustiosa, dado que en una carta escribió a un amigo que “los hermanos no tenían otro propósito que destruir todos los dones naturales con golpes, reprimendas y severidades, para preparar las almas para el monasterio.”

    Y comenzó su actividad literaria como debelador de los autores escolásticos, a los que llama directamente bárbaros por su estilo.

    Cinco años después fue ordenado presbítero, pese a que el monasterio había obstaculizado mucho su salud con sus severidades ascéticas. Lo rescató del peligro de terminar sucumbiendo a ellas y a la oscuridad de su vida el obispo de Cambrai que lo hizo su secretario debido a su ya extenso conocimiento del latín. Cuando este obispo no lo siguió necesitando, lo dejó instalarse en París, de nuevo en condiciones penosísimas, que lo hicieron enfermar.

    Una vez repuesto, obtuvo un oficio de instructor mucho más cómodo, entre aristócratas, aún en París. Para sus alumnos preparó textos como los que Luis Vives, poco después, compuso también y que siguen siendo muy interesantes para aprender latín a través de escenas y cuestiones de la vida cotidiana.

    Quizá sea de esta época la adopción del nombre célebre Desiderio Erasmo. Ahí, primero en latín y luego en griego, se expresan el deseo y el amor, en la orientación de la filosofía neoplatónica que iba conociendo este eterno estudiante. (Erasmo había sido, en todo caso, su nombre de bautismo.) Ortega dice bellamente que este hijo natural se proclama así, en su nombre de predilección, hijo solo del amor.

    Este período algo menos mísero lo llevó a Inglaterra, siempre gracias a mecenazgos irregulares. Conoció entonces a Tomás Moro, aún muy joven, al que llevaba una docena de años. Al correr de no mucho tiempo redactó en colaboración con este amigo una traducción del predilecto satírico cínico Luciano de Samosata.

    Regresó a París, de donde lo expulsó una epidemia de peste en 1501.

    Empezó a vivir en Lovaina y a publicar. Para entonces se sentía ya capaz de traducir del griego. De hecho, una sugerencia del humanista Lorenzo Valla –que se halló en un manuscrito lovaniense traspapelado, y que criticaba puntos de la Vulgata basándose en los originales griegos del Nuevo Testamento– estuvo en el inicio de la célebre traducción de este texto capital, que logró publicar, en medio de gran tormenta, años después.

    En 1506, siempre en viaje por media Europa, se doctoró de teólogo en Turín. Pasó una época fecunda y feliz en casa del famoso impresor veneciano Aldo Manucio; y después, en Roma, aunque no logró avanzar en sus estudios de hebreo y arameo, continuó su red de relaciones interesantes y agradables, mientras su celebridad crecía.

    En 1509 publicó el Elogio de la locura, dedicado a Tomás Moro, libro que amplió muchísimo tanto su fama como las sospechas en torno a su pensamiento. Tenía entonces cuarenta años. El libro llegó a las siete ediciones en muy poco espacio de tiempo.

    Trabajó luego entre Cambridge y Londres en la mencionada traducción del Nuevo Testamento. Contaba incluso con la amistad de Enrique VIII y con una prebenda eclesiástica que cambió, no muy legalmente, por un sueldo anual.

    Su siguiente puerto de acogimiento fue Basilea, debido a su amistad con el editor Froben. Recibió entonces, por fin, una renta casi rica como consejero del futuro emperador Carlos V, sin obligación ni siquiera de vivir cerca del monarca. En 1516 se publicó la traducción latina, completamente rehecha respecto de la versión de la Vulgata, del Nuevo Testamento.

    Erasmo se estableció en Lovaina por un período algo más largo que tantos otros vividos en universidades inglesas, italianas y francesas. Allí organizó el Colegio Trilingüe. A la muerte enseguida de alguno de sus mayores proyectores, Erasmo se sintió justamente solo ante la crecida de críticos suyos de todo tipo, a la vez que Lutero concitaba cada vez más conflicto religioso. Intentó Lutero atraer a su partido a Erasmo antes de separarse de la Iglesia romana. Pese al tono calmado y pacificador de la obra de Erasmo, los tiempos solo permitieron en adelante luchas y malentendidos. Un catedrático de Alcalá, Diego López de Zúñiga, se erigió en máximo impugnador de Erasmo, en quien, al parecer, no encontraba nada sano ni válido. La posición exquisitamente neutral del pensador en esta época inicial de la Reforma logró que todo a su alrededor se volviera odio.

    Erasmo se acogió a Basilea. Los peores ataques fueron cada vez más llegándole del partido luterano. 1526 fue un año especialmente turbulento, porque Lutero contestó al De libero arbitrio de Erasmo con su De servo arbitrio, del que hizo además intensa propaganda en lengua vernácula. Y a la vez comenzó el proceso de separación de Enrique VIII y Catalina, con lo que uno de los defensores católicos hasta entonces de Erasmo desapareció del tablero de la contienda generalizada.

    Tuvo Erasmo que escapar de Basilea cuando la conquistó la Reforma y se acogió a la cercana y católica Friburgo.

    Otro año clave para el anciano escritor es 1535, en que Tomás Moro fue decapitado en Londres y el nuevo papa, Pablo III, quiso nada menos que hacer cardenal a Erasmo. Ya para entonces había convertido este a la neutralidad y al empeño por la unidad de la Iglesia en las claves de su vida pública, de modo que rehusó el capelo e incluso se mudó otra vez a Basilea.

    En julio de 1536 acabó con la vida del sabio su vieja enfermedad renal. Sus bienes se distribuyeron en gran medida a pobres y a estudiantes sin medios de la bella ciudad que hoy es suiza. Nada más natural que este rasgo de carácter, quizá mejor de conducta, que Ortega le atribuyó: “insolidaridad congénita con todos y con todo”. Yo preferiría suprimir este “todo”… El mismo Erasmo dijo que de nada se alegraba más que de no haberse unido nunca a un partido.

    Trato de caracterizar ahora en general lo íntimo del pensamiento de Erasmo. Un capítulo de la brillante obra de Huizinga sobre nuestro autor comienza con estas palabras esenciales: “¿Qué hizo de Erasmo el hombre de quien esperaban los contemporáneos la salvación, el hombre de cuyos labios esperaban oír la palabra liberadora? Les parecía el portador de una nueva libertad mental, una nueva claridad, de la pureza y sencillez del conocimiento, de una nueva armonía vital justa y sana. Era para ellos como el sueño de una riqueza recientemente descubierta, que él solo debía distribuir.”

    Opongamos a otras formas de pensar la palabra directa de Cristo, nada más y nada menos que la auténtica philosophia Christi, que quizá haya nacido con el designio de purificar la tradición, pero que también será capaz de pasar a uno de los fundamentos de la impugnación potente de ella que significó la Reforma. Se trata, ante todo, de una filosofía que ha de ser vivida, no argumentada. ¿O es que Cristo, además de signos y parábolas y diatribas, nos legó diálogos socráticos o lecciones de la Academia o el Liceo o el Pórtico?

    Para comprender y saborear la filosofía de Cristo basta tener el corazón henchido de fe y las manos prontas a trabajar en favor de la realización de la esperanza.

    La philosophia Christi no hacía, de hecho, sino elevar a estilo y dar forma racional a un sentimiento místico hondamente arraigado en la forma de vivir de, entre otros grupos, los Hermanos de la Vida Común. Nada tiene de extraño que Luis Vives, educado en aquella misma atmósfera, o, mejor, reeducado en ella tras su exilio traumático de la sociedad marrana de Valencia, se entregara también a ella con fervor, entrara en contacto personal con Erasmo, trabara con él una amistad entrañable, lo alabara y lo defendiera contra los ataques de sus adversarios, lo estimara con singular veneración y llegara a llamarlo, como Dante a Virgilio, su señor, su maestro y su padre.

    La afirmación de la libertad frente a la autoridad y la tradición es el germen fecundo de todos los anhelos, los fervores, las esperanzas, las oposiciones, las luchas, las glorias y las catástrofes que se suceden en Europa desde los comienzos de la Modernidad, exclama Joaquín Xiráu en su librito sobre Vives; y ello en nadie es más evidente, ya entrado el siglo XVI, que en el pequeño grupo de los erasmistas.

    Este modo de interpretación del cristianismo como filosofía estaba, en el sentir de Erasmo, tan profundamente unido a la necesidad de una radical reforma pedagógica –-exactamente como la soñó enseguida Luis Vives– que literalmente escribió cómo “el papel de un buen príncipe es el de no admirar nada de lo que glorifica el vulgo… Es vil e indigno de su parte sentir con el pueblo”. He aquí una indicación de que el erasmismo sobrevivió más bien en una zona de la Ilustración del XVIII que no en el caos del ancien régime que llenó de guerras terribles y horrendas paces Europa en los dos siglos anteriores..

    Las bases del pensamiento de Erasmo están puestas en el libro inicial, de 1503, el Manual del caballero cristiano. Y el lector desprevenido sentirá inicialmente la sorpresa de que está leyendo algo que le recordará mucho a la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. En primer lugar, miles es soldado; y es que la vida aparece como una milicia, cuyo patrón es el santo Job. Este mundo está basado en el mal y de él vienen contra el alma escuadrones de vicios armados que la sitian y la bombardean. No dejemos de señalar un rasgo moderno en este arranque del tratado de ascética: la mujer de la primera tentación es en realidad la parte carnal del ser humano.

    Hay en la vida mucho de invitación constante a hacer traición: a pactar y rendirse con apariencias honorables y pasar así a lo que entendemos que es una vida pacífica, cuando en realidad se trata de una vida que se ha pasado al bando contrario a Cristo. En realidad, es esto un remedo de vida y, en el fondo, tan solo muerte, porque la lejanía de Dios, que solo se obtiene mediante el uso perverso de la libertad, es exactamente ausentarse de la Vida. Por el cúmulo tremendo de traiciones a la verdad y al bien fue precisa la encarnación del Hijo divino.

    La vida auténtica ha de ser alimentada, y aquí Erasmo deja ver un rasgo preluterano: este alimento no es la eucaristía primeramente, sino la Palabra divina, que la fe hace en realidad idéntica al Hijo, al Logos, al Verbo. La cuestión es que el alma retenga la Palabra y logre llevarla hasta lo más íntimo de sus entrañas. Si lo consigue, será prueba de salud y multiplicación de ella. Si está ya enferma, no la soportará y la vomitará. Por otra parte, la Palabra misma se ha igualado al amor. Con mucha más vehemencia que los sombríos textos de Kempis, Erasmo se acoge a esta realidad de que sean lo mismo la Palabra y el Amor y, por lo mismo, Dios. El combate de Job será dolorosísimo probablemente; pero es una lucha desde el amor y la vida, contra el odio y la muerte. Lo que muestra que solo en el interior del corazón humano se levanta esta muerte tan todavía peligrosa y como viva que es el afán de olvidar el combate en favor del bien arduo.

    Y ¿cuáles son nuestras armas, es decir, todo aquello que nos acerca a la salud de la recepción de la Palabra? Aquí, de nuevo, un salto hacia el presente que a algunos nos emocionará: tales armas son la oración, desde luego, pero también la ciencia. La relación entre ambas es extraordinaria: “la oración pide, pero la ciencia sugiere lo que hay que pedir”, y ante todo, la ciencia dedicada a la Escritura, a las “letras sagradas”. El que se ejercita en ella y basa principalmente en ella su oración, concibe en su espíritu un “deseo ardiente”, el cual “hiere, como voz penetrante, los oídos de Dios”. Y, en efecto, Dios habla, Dios habló de una vez por todas en la aventura inconcebible de su Hijo.

    Solo leer la Escritura no bastará -una nota de advertencia al luteranismo de izquierda, que enseguida estuvo en el centro de las guerras brutales que la primera Reforma suscitó en el interior de Alemania. La Escritura se puede comparar a la almendra: leerla sin más es quedarse en la dureza y la amargura de su cáscara; pero es que najo el sentido literal está el oculto, dulce y nutritivo como no lo es ninguna otra doctrina: “solo la doctrina de Cristo es toda pura, toda blanca, toda sincera”, a diferencia de las ideologías humanas. Ella es así en sí misma, pero esto lo descubre más el estudio que la mera audición desatenta o falta de toda erudición y de toda educación. Hay que abrirse los oídos para oír, porque de entrada el pecado de Adán nos los tiene cerrados para cuanto no sean ruidos del mundo.

    Y de este modo vincula Erasmo el humanismo en su aspecto literario con el radical humanismo evangélico: ¿dónde, si no es en los estudios de la gran literatura clásica, aprenderemos a leer hondamente un texto? Claro que no es lo mismo Virgilio que Marcial, ni siquiera son lo mismo Horacio y Ovidio. Conviene aquí la discreción de maestros muy versados en las letras antiguas, pero el paso por los modelos latinos e incluso griegos no es excusable. La praeparatio evangelica supera la amargura de la cáscara y nos lleva hacia la almendra en la curiosa forma de la belleza y la verdad parcial contenidas en los paganos que buscaron con ardiente deseo justamente la verdad a través o de la mano de la belleza. La oración luego nos acendrará en las virtudes morales, sin las cuales tocar la Escritura es mancharla o arrojarla a perros. Erasmo cita a san Justino: ten en cuenta que cualquier parte de verdad que encuentres dondequiera es de Cristo. Y se refiere a san Agustín y, por su medio, a Platón, cuando enseña, consecuentemente, que nada es tan real como la doctrina de Cristo, por más que estemos habituados a creer realidad quizá únicamente lo que nuestros sentidos y un poco nuestra inteligencia elaborándolos nos ofrecen.

    Evidentemente, la ciencia, hasta no obtener frutos profundos, mantiene al alma quizá más en el deseo que en el buen juicio, puesto que los falsos maestros están a la orden del día, tanto o más que las malas lecturas que todo lo tergiversan. Erasmo creó un lindo término para estos que luego se llamaron intelectuales a la violeta: son los morósofos, o sea, los sabios tontos, los sabios locos, de los que habrá que ocuparse más ampliamente en una sátira de enorme repercusión: el Enchomion moriae seu laus stultitiae (Elogio de la locura) (1511). Hoy resulta conmovedor y sangrante leer cómo las cualidades de los reyes son, sobre todo, saber mucho para no pecar por ignorancia y, luego, querer usar de las cosas rectas de manera que no puedan hacer nada injusto o contrario a la razón. Erasmo cierra esta descripción infinitamente contrafáctica diciendo sencillamente que el proclamado rey que no participa de estas virtudes debe ser considerado un ladrón… Y a propósito del optimismo bondadoso de Erasmo, recordemos que estaba seguro de que nada que el espíritu humano haya deseado con vehemencia ha dejado de cumplirse. Y, en este sentido, gran parte del cristianismo consiste en querer de todo corazón ser cristiano.

    Esta misma verdad tan importante exige que Erasmo defienda cómo el ser humano se compone de espíritu y de carne, pero, además, en medio de ambos contrincantes, de alma. El espíritu nos hace dioses; la carne, bestias; el alma, hombres. Y ello es debido a que continuamente sufre las solicitaciones de sus compañeros y no puede dejar de inclinarse a favor de uno de ellos; ahora bien, en esta opción es libre. Y conviene tener en consideración, a la hora de elegir, que has igualado el dinero con Cristo si crees que aquel te puede hacer feliz o desgraciado. En consecuencia, debe cada cual pensar que los bienes nos son comunes a todos. La caridad cristiana no conoce la propiedad. Es Erasmo quien dice esto, no aún los campesinos que compusieron los artículos de Memmingen o que siguieron a Thomas Müntzer veinte años después.

    Ahora bien, este Manual del soldado cristiano que hasta aquí he glosado decae en el fracaso reiterativo, aburrido, solo soportable en latín florido, del célebre Elogio de la necedad. Como si Erasmo previera el alud de locura, ignorancia y barbarie que iba a conocer tan de cerca a los pocos años, escribió en esta sátira al estilo de Luciano de Samosata, el cínico, hasta qué punto el mundo y los hombres merecen su desprecio. El nombre de Cristo solo se menciona de casualidad y sin relieve. Aparece, en cambio, repetidamente la expresión que figura en un momento clave de las Confesiones de san Agustín y será luego tema capital de Pascal: el taedium vitae, el insoportable aburrimiento de vivir, como si fuera ello el bajo continuo de la existencia. Y precisamente la necedad, la locura es quien traza divertidos dibujos sobre este fondo negro, nos concede olvidarlo, nos proporciona la felicidad y hace posibles todas las cosas que juzgamos buenas. La sátira brutal de La Rochefoucauld no pudo no inspirarse en este complemento ascético y muy malhumorado de los aparentemente apacibles Ensayos de Michel de Montaigne.

    El infante y el anciano que ya ni habla son, por ejemplo, representaciones completas de la necedad y de la dicha que aporta. En un instante repulsivo -salvo que haya errata en mi texto latino-, Erasmo llega a decir que un niño pequeño, que siempre responde riendo, se porta ni más ni menos que como un alcahuete o algo peor. Los únicos que llegan como al desgaire a los Campos Elíseos son los que han vivido como imbéciles toda la vida y en la vejez no han tenido cabeza ni para temer sensatamente la muerte. Los sabios, en cambio, son la amargura de esta grande y estúpida fiesta universal. De hecho, menos mal que ya no se les confía el gobierno nunca, porque los intentos de hacerlo en el pasado solo muestran proyectos y fracasos funestos. Hasta lo que hacía Sócrates en las calles de Atenas tenía mucha parte de locura, como se ve por el final que tuvo este hombre. El hombre corriente dirá que, en efecto, nada humano le es ajeno; mientras que el sabio no acepta semejante cosa ni por todo el oro del mundo. Menos mal, leemos en XXV, que esta clase de hombres suele ser desdichada en todo, pero especialmente en la procreación de hijos…

    Es una paradoja que sea la Estupidez la que trata de hablar inteligentemente de sí misma y de todo lo que existe. Por ahí se nos puede colar alguna esperanza respecto de los pensamientos de Erasmo. Pero es que, desde luego, la Locura, la Necedad lanza su sermón inacabable con momentos de fantástica lucidez. Por ejemplo, en XXXI leemos que cuanto menos motivo tienen las gentes para permanecer en la vida, tanto más les place vivir. Es la Inteligencia quien nos está instruyendo en este caso… Generalicemos: En la vida humana no hay nada que no sea una especie de juego de la estupidez (XXVII). Así que el pueblo no es más que una enorme bestia llena de fuerza. Imaginad, por otra parte, que fue la Necedad la que aconsejó a Dios que proveyera al varón estúpido el colmo de estupidez que es la mujer. Leo sobre ella el latín de XVII: animal stultum atque ineptum, verum ridiculum et suave. Y como al menos es suave, edulcora la fiereza necia del marido.

    Hay un elemento central en la Necedad que sí puede servirnos para reflexiones actuales no tan ácidas y extremas. Y es que su principal sucursal en cada uno de nosotros es el amor que nos tenemos, la filautía, que sugiero que podría ladinamente traducirse por la elevada autoestima –se entiende que sin más justificación que el hecho de que gracias a ella no somos del todo presas del tedio de vivir y conseguimos hacer algo de vez en cuando–.

    Otro factor de real interés es que, siendo en definitiva estupidez dejarse llevar por la carne –que abunda más en nosotros que el espíritu y que el alma–, a la hora de asignar un padre a la Necedad, a quien nos encontramos es a Pluto, o sea, al Dinero. Si juntamos autoestima ridícula, dinero y pasiones, obtenemos al morósofo de nuevo: a ese aparente profesor que lleva a las gentes a ahondar en la diversión de ser tontas.

    Pero no cabe duda de que es el sector de la sátira que empieza en el capítulo XL el más leído, el más celebrado, el más picante y el que daba más munición, bastante en la estela de Guillermo de Ockham, a la crítica protestante a punto de estallar. Como quien perora sin tregua es la Necedad, Erasmo no parece haber temido aún que se le confundiera con un hereje husita o un agitador antipapista y con tendencias anárquicas; porque este fragmento de su libro arremete contra los supersticiosos, sin diferenciar demasiado entre manifestaciones de la religión popular admisibles y credulidad ridícula, ni entre tradiciones y prácticas que se le antojaban poco o nada humanas. De hecho, LIII y siguientes muestran la cercanía, poco marcada en el texto mismo, de los teólogos con la beatería ridícula y la morosofía pura, solo que los teólogos –a cuyas discusiones dice gustar mucho de asistir la Necedad– pueden además fulminar a cualquiera con el dicterio de herejía. Como es lógico, estas páginas tocan algo más la doctrina ascética del Manual y hasta la contradictoria amplia noción de la filosofía de Cristo que pueda albergar doña Necedad.

    Y aquí el atrevimiento del moralista llega a veces realmente lejos, ya que va disfrazado de Locura. El culmen de la audacia consiste en atribuir a Necedad la mismísima encarnación del Cristo, por más que, en conjunto, esté claro que Erasmo-Locura prefiere centrarse en cómo tantas sutilezas, anatemas, cuestioncillas temerarias se alejan inmensamente de la predicación cristiana de la caridad. Pero mezcla críticas a pasajes de san Pablo y una furiosa debelación de monjes y religiosos, quizá divertida como una pintura de los infiernos del Bosco y que trae un aire a las danzas de la muerte. Las hordas de teólogos deberían ser enviadas a combatir al turco, porque lo ofuscarían horriblemente. Los espantosos coros de los monasterios y los conventos sirven de eco a los bramidos de los salmos que con voces de asno dicen que cantan los que los habitan. En realidad, como piensa esa turba que a más ignorancia, más santidad, no cabe asegurar que lo que chillan sean salmos, ya que no saben leer. No falta el toque brutal del satírico, que hace preguntarse a Cristo de dónde habrá salido esta nueva especie de judíos. Pasar de aquí a tratar de reyes y papas ya se entiende que produce páginas cada vez más aceptas a tantas corrientes de renovación que empezaban a hervir bien cerca de Lovaina y, más aún, de Basilea.

    Pero lo transcendente, lo realmente admirable en Erasmo fue mantener el lugar más solitario, entre Lutero y los teólogos católicos que lo maltrataban. Su proeza fue la nueva traducción de las Escrituras cristianas, que pronto ya no sirvió ni a los Reformadores ni, por cierto, a Trento. En ese sentido representó una cima de libertad impugnada en cuya proximidad se respiraba el aliento de auténticas innovaciones espirituales y políticas que tardaron mucho en llegar al mundo algo menos inermes que el sabio aislado.

    Indicaciones bibliográficas mínimas:

    • Existe en la editorial Gredos (Madrid, 2014) un tomo antológico: Erasmo, que contiene el Manual, el Elogio y fragmentos de los Coloquios. Es el modo más fácil de tomar contacto directo con las palabras del mismo pensador. El académico Lorenzo Riber tradujo una selección parecida en Madrid, Aguilar, 1956.

    Además:

    • Bataillon, Marcel, Erasmo y erasmismo. Barcelona, Crítica, 2000.
      ——- Erasmo y España : estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI.
      México y Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1966.
    • Clavería, Carlos, Erasmo, hombre de mundo: evasivo, suspicaz e impertinente. Madrid, Cátedra, 2018.
    • Huizinga, Johan, Erasmo. Buenos Aires, Emecé, 1956.
    • Zweig, Stefan,Erasmo de Rotterdam : triunfo y tragedia de un humanista. Barcelona, Paidós, 2005.
  • Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

    Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

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    Sólo en apariencia Hermann Cohen carece de relevancia en nuestro presente. Como tantos otros filósofos profundos, su repercusión, simplemente, no es visible para miradas poco atentas.

    En su momento, o sea, en las décadas de gloria y fracaso que son las primeras de la historia turbulentísima de Alemania unida (murió al término de la Primera Guerra Mundial, después de haber ocupado en Marburgo una destacada cátedra de filosofía neokantiana, de modo que fue el primer filósofo judío de primera línea en recibir tales honores producto de la Emancipación), Cohen marcó con gran fuerza la coyuntura cultural de su país y representó –a veces, con maravillosa ingenuidad– la posibilidad próxima de una simbiosis muy honda y perfecta entre Ilustración alemana, protestantismo, socialismo no marxista y judaísmo. Como ejemplo de la extraordinaria irradiación de su cátedra, conviene recordar las referencias de José Ortega y Gasset a su estancia en ella: si un joven extranjero quería aprender lo más interesante de la filosofía alemana de la época, no podía dejar al margen de su viaje Marburgo. Allí, un judío asimilado enseñaba el pensamiento de Kant –con concesiones al idealismo hegeliano– como el más contemporáneo y útil de los mensajes para el presente que se podían extraer de todo el pasado filosófico. Kant era la esperanza de reducir las ciencias positivas a un sistema en el que la investigación filosófica siguiera desempeñando un cierto papel de reina: a ella corresponde averiguar y establecer con claridad las condiciones de la posibilidad del sistema entero de la cultura como, precisamente, cultura de la razón. La filosofía era en Marburgo una epistemología, pero con pretensiones mucho más grandiosas que la teoría de la ciencia que suele practicarse en el marco de la filosofía empirista y lingüística inspirada por Russell, Wittgenstein, Carnap e incluso el disidente Popper. Las condiciones sistemáticas y racionales que hacen posible los saberes particulares se ocultan, según se pensaba en la cátedra de Cohen, en las raíces esenciales de la subjetividad, entendida no como magnitud dentro de la historia universal, sino como soporte del sentido mismo de ésta y, por tanto, en alguna manera, en continuidad (difícil) con el ámbito de lo divino.

    Pero el éxito del neokantismo como empresa común judeo-alemana, característica clave de la cultura pujante de la nueva potencia centroeuropea, no importa ahora tanto como fenómeno de los años 1870-1925 cuanto como señal en una dirección que no deberá abandonar nunca la filosofía en ningún futuro, y que, en especial, es una necesidad –relativamente poco sentida– para la filosofía de la religión. Me refiero a la reivindicación, a la exaltación, incluso, de la razón no ya como instrumento de la ciencia y la filosofía, sino como clave de bóveda de toda la vida espiritual y órgano fundamental de la misma actividad religiosa.

    Cohen, de un modo que no esperaba el público culto de su patria, redescubrió además, en los años de su jubilación, después de comentar dos veces el sistema kantiano y de levantar sobre él el propio, como variante y mejora de lo heredado, las raíces esencialmente judías de su propuesta. El mesianismo ateo de Marx podía ser contestado por un socialismo que apelaba conscientemente a los profetas de Israel como fuente primera de inspiración y que los aunaba con la tradición luterano-pietista de Alemania, en una síntesis muy superior a la dispersión en el polvo de los hechos que tendía a mostrar por el mismo tiempo la filosofía de lengua inglesa y francesa. El resonante título del gran texto póstumo de Cohen fue, nada más y nada menos, que La Religión de la Razón a partir de las Fuentes del Judaísmo. Donde Kant sugería que no faltaba a esta religión más que su propia eutanasia, Cohen pensaba demostrar, en la tradición de los sabios del Talmud, que el cristianismo, además de propagar por todo el mundo las virtudes del judaísmo, había contraído compromisos graves con lo pagano, que el mundo contemporáneo necesitaba depurar. El resultado ya no es ni judío diaspórico ni cristiano, sino algo nuevo donde, eso sí, vive todo lo realmente vivo de la sabiduría y el culto del judaísmo.

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    Nuestro propio tiempo responde con demasiada frecuencia a la pregunta por la capacidad de religión en un sujeto con cosas tales como el sentimiento, la intuición, la fe…, donde, además, han degenerado, habitualmente, los significados primitivos y verdaderos de tales términos en relación con lo religioso. Kant y Cohen, como Maimónides y Tomás de Aquino, como san Agustín y Averroes, insistieron siempre, en la misma huella de los clásicos griegos, en que no es posible que, siendo la razón la marca distintiva, específica, del hombre, quede al margen o muy postergada en la actividad religiosa –salvo que se admita, con los agnósticos, los ateos y los escépticos, que la religión es un orden cultural o de segundo nivel o, sencillamente, ilusorio; a lo sumo, de interés pasajero en la atormentada historia de cómo el hombre aprende poco a poco a habitar el mundo de manera enteramente humana–.1

    No es demasiado difícil la definición general de la razón. En primer término, es la capacidad de argumentar. Pero como se supone en quien la desarrolla la facultad de entender con perfecta evidencia la ley lógica por la que la conclusión se sigue de las premisas, esta misma evidencia de los principios de la lógica (de las leyes del ser en general de cuanto hay) queda, inmediatamente, introducida también en el concepto moderno de razón. De aquí que Kant siempre haya relacionado la razón con la maravillosa capacidad humana –universal humana– de conocer verdades necesarias que, por ello mismo, son también universales. Cuando especifica Kant luego su noción de la razón, al comprender que la aptitud para argumentar exige que no paremos de demostrar hasta no llegar a los supuestos absolutamente últimos de toda demostración e, idealmente, hasta la más lejana conclusión que se siga de ellos, añade que la característica más propia de esta facultad del sujeto es pensar lo absoluto, lo incondicionado (los primeros supuestos son, por definición, lo incondicionado que lo condiciona todo). Lo normal es que los hombres no relacionemos con perfecta claridad nuestras ideas de lo incondicionado con el funcionamiento constante de ellas, que es nuestra razón argumentando; pero la reflexión radical que se emprende en una crítica de la razón pura, o sea, de la razón cuando se la considera aislada de la experiencia sensorial concreta, saca a la luz que, en efecto, nuestra misma manera de proceder construyendo argumentos nos lleva indefectiblemente a tener que comprender qué significan las formas en las que concebimos lo absoluto, que son: el alma sustancial, simple e inmortal –sería más prudente decir: el yo, o sea, el sujeto que no es objeto sino sólo sujeto–; en segundo lugar, la causa perfectamente libre y el mundo como conjunto infinito de lo que ella condiciona (de sus efectos); y, por fin, Dios, la suma de lo real puro y, al tiempo, la inteligencia perfecta.

    Pero Kant, distanciándose, como explica Cohen, de las influencias paganas, no admite que, ya porque todo ser pensante concibe las ideas de la razón (yo, libertad, Dios), haya que aceptar que el yo, la libertad y Dios existen. Que no podamos no concebirlos no significa que quede por ello mismo demostrada su existencia. Todo lo contrario: la meta de la Crítica de la Razón Pura es probar que el mero conocimiento no logra demostrar que existan estas tres realidades que piensa inevitablemente la razón finita por ser, sencillamente, razón finita; que quien cree que las meras ideas presentes en su razón demuestran ya la existencia de sus correspondientes objetos, es víctima de la más profunda ilusión que se encuentra en el dominio de la finitud (la llama “ilusión transcendental”). Y tan iluso es quien cree, en este sentido, haber probado la existencia de Dios, la libertad y la inmortalidad, como el que cree haber probado su inexistencia. El conocimiento riguroso no alcanza más que a explorar la naturaleza y, como dirá tiempo después el atípico kantiano que fue Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”; así que conviene callar acerca de todo lo meta-natural (la inmortalidad personal, la libertad, la existencia y el modo de ser de Dios).

    Pero Wittgenstein no pudo añadir nada más positivo sobre el terreno de lo que llamó, con notable exageración y falta de cuidado, lo místico; en cambio, Kant –y Cohen– pasan mucho más allá, porque la crítica de la razón quedaría mutilada peligrosísimamente si no contuviera también una crítica de la razón práctica.

    3

    Es imposible encarecer exageradamente la importancia de este momento, reconocido, sólo que sin consecuencias tan extraordinarias, desde Sócrates: que la acción humana está impregnada de razón y, precisamente, sabe que debe dejarse dirigir por la razón. En primer lugar, que cualquier acción, en cualquier ámbito que sea, es deducida, como una conclusión, de ciertas premisas; en segundo lugar, que es irrenunciable el derecho de la razón a dictarnos esas premisas, si es que queremos que nuestra acción nos lleve a donde decimos ir.

    Kant dividía los campos prácticos del hombre en tres. Por una parte, actuamos continuamente en un sentido que podemos bien llamar técnico: el que quiere guisar un plato, hacer un puente, aprobar unas oposiciones, conducir su coche hasta Toledo, sabe que tiene que plegarse, paso a paso, a las reglas que señalan cómo se debe, cómo deben todos los seres racionales, comportarse, a no ser que quieran, en el fondo, fracasar como cocineros, ingenieros o chóferes. Tienen los buenos técnicos que adaptar sus actos a unos principios (máximas) que se comprometen internamente a seguir siempre que se vean en las mismas circunstancias; y estos principios subjetivos que cada uno hace suyos en cada oportunidad –cuya asunción reiteramos cada vez que volvemos a obrar–, los dicta en este caso el simple conocimiento de la naturaleza: el estudio de la resistencia de los materiales exige que el buen ingeniero adopte las reglas que derivan de este conocimiento.

    Es evidente que la vocación o la ocasión conducirán a unos hombres sí y a otros no a perseguir determinados fines de este primer grupo. Por imperativo que sea obedecer a las reglas de la técnica, en cualquiera de estos sentidos, sólo nos pondremos bajo su alcance en la hipótesis de que verdaderamente, por la razón que sea, intentemos un logro de esta índole; pero es claro que no rige ley ninguna que ordene para todos los hombres en toda circunstancia escoger una profesión, emprender cierta obra…

    Hay, en cambio, dos clases de objetivos que sí perseguimos todos en todos los momentos de nuestra vida, excepto cuando entran en colisión irremediable –cosa que quizá debiera suceder con más frecuencia de la que experimentamos de hecho–: la felicidad y la bondad. Mejor sería decir que la felicidad la procuramos siempre y que la bondad moral deberíamos procurarla siempre; y que cuando este segundo fin no es compatible, en la medida en que podemos formarnos de ello un juicio, con conquistar también la dicha, tenemos que abandonarlo todo para ir tras la bondad moral.

    Esta descripción, que la entenderá siempre todo hombre y sentirá que debe honrarla como la más exacta, aunque él mismo casi nunca actúe como evidentemente se debe, muestra cómo no hay tampoco obligación estricta de ser feliz, precisamente porque sí la hay de ser bueno. En efecto, aunque no sea, afortunadamente, una constante de nuestra vida, sucede que hay, sin duda, momentos en los que el cumplimiento del deber se nos presenta como una posibilidad terrible: si la realizamos, grandes esperanzas que no eran ilícitas hasta ahora se verán comprometidas o del todo anuladas; si actuamos como debemos, quedaremos desacreditados, descubiertos, humillados, y cuanto aspirábamos a ser se reducirá a polvo. No queremos el bien, pero seguimos sintiendo su reclamación santa y, por lo mismo, de alguna manera sí que lo queremos, incluso en estas condiciones extremas. Él no nos va a forzar: se limita a llamarnos, como quien te pide, a lo lejos, que lo tires todo por la borda y vayas en su compañía no se sabe a dónde –o, precisamente, a donde no te habías propuesto antes ir ni ves que te pueda proporcionar ninguna clase de bienestar: a donde en principio menos acudirías motu proprio–.

    En comparación con esta llamada desprovista de todo atractivo que no sea el deber mismo, las ganas furiosas de desoírla sí son, en cambio, una especie de violencia. Kant las representaba como un muelle o poderoso resorte que salta desde nosotros mismos y es capaz de romper la aspiración santa al bien. Una inclinación, una tendencia, una coacción que brota también de mí y que suele multiplicarse, como bola de nieve en la pendiente cuesta abajo, si cedo a su violencia.

    El bien me llama desde la altura venerable de su aislamiento y no me promete otra cosa que él mismo –que me es desconocido–; el otro ímpetu no es una voz ni es venerable en absoluto: empuja, rompe, violenta, pero no dice nada sino que sólo absorbe, apoyado en mi recuerdo de los gozos que acostumbro a gustar, o incluso presentándose ya como un deleite que anticipa otros mucho mayores si me dejo ir.

    Pero en todo esto aparece una tercera figura: yo mismo, llamado por un lado y empujado por el otro. Se diría que me llaman de lejos y que me empujan desde dentro de mí mismo; pero también es verdad, y más verdad, que la llamada encuentra un eco hondísimo en mi interior y que no termino de poder decir que sólo entra y baja hacia mí como un imperativo de lo otro que yo, como heteronomía: una ley ajena en su origen a mí mismo.

    Para entender exactamente este punto es preciso tener en cuenta algunos detalles de importancia que aún no he expresado.

    El primero es reconocer que el conflicto entre felicidad y bondad puede en ciertas ocasiones presentarse efectivamente, como una incompatibilidad plena, a la que no se ve salida alguna. Sería rebajar el problema dulcificar las cosas hablando de la dicha del deber cumplido. Y no porque no la haya, sino porque no cabe experimentarla más que pasando a través de la puerta estrecha de la acción moral, más allá de la cual no se nos ha prometido nada –justamente para que sólo nos atraiga la rara belleza del bien a secas, de lo que es justo en sí mismo y nada más que justo, como ya lo había descrito, en el primer paso de nuestra historia espiritual común, Sócrates–.

    La segunda observación es que las reglas para la felicidad al margen de la bondad no son seguras. No hay recetas universales para ser feliz, como comprueban, sin desalentarse por ello hasta que el número de los reveses no es elevadísimo, quienes recurren, por ejemplo, hoy a los manuales de autoayuda, y ayer lo hacían a los textos en los que gente de experiencia relataba autobiográficamente cómo pensaban ellos que debería vivir cualquiera que quisiera lograr una vida de plenitud de gozos. Los libros sapienciales se remontan a las primeras épocas de la literatura egipcia y están presentes por doquier. En ellos suele hallarse una mezcla indigna –así la habría llamado sin duda Kant– de recetas para el buen éxito y de recomendaciones morales. Pero lo que es preciso anotar es que, a causa de que el empeño por ser felices no tenga orígenes tan altos como la reclamación del bien, las normas para intentar el éxito carecen de valor universal, digan lo que digan quienes escriben sobre ellas. Aunque sea desalentador, es instructivo ver la más antigua de las recomendaciones sapienciales egipcias que ha llegado a nuestras manos –la humanidad, en su extravío, llama sabiduría sobre todo a este tipo de gestos, al no concebir fines más altos y más humanos–. No se espere de este texto antiquísimo una extraordinaria profundidad sobre lo que es clave en la vida. El gran visir enseña a su hijo cómo prosperar, y por más que queramos dar vueltas a sus palabras en busca de otra cosa, lo único que realmente significan es este consejo: «Hijo mío, tú, ante tus jefes, guarda silencio». Y, aparte de sentirnos en cierto modo humillados, no dejaremos de notar que esta recomendación de ninguna manera es siempre válida, o sea, útil. Aunque nada más resulte este efecto de la también antigua propaganda contra la adulación, es claro que hay formas de adular de veras que no se valen del silencio sino del desparpajo y, en apariencia, del riesgo de ser sinceros y deslenguados con los jefes. Todo depende de la índole, la experiencia y el humor cotidiano de un jefe determinado…

    De aquí se deduce la tercera observación: aunque en cierto modo debemos ser felices –porque es una esencial ingratitud a la vida renunciar a gozarla con inocencia–, las máximas para lograrlo tienen menos generalidad que las mismas máximas técnicas. La resistencia de los materiales de construcción se puede conocer objetivamente, pero no hay conocimiento objetivo de la índole de un jefe de quien dependa tanto la prosperidad como dependía del faraón la del hijo del gran visir, allá por el siglo XXV antes de Cristo. Y es muy apropiado que no haya fórmulas universales para este tener las espaldas cubiertas, las necesidades satisfechas de aquí hasta que nos muramos, que es la felicidad mundana. Es muy apropiado, precisamente como contraste con las normas inflexibles, perfectamente universales, del bien, que sí son absolutamente universales porque están preparadas para enfrentarse victoriosamente con los consejos de falsa prudencia de los manuales sapienciales y de autoayuda (no hay tal “auto” en esta ayuda, cuando sólo la adquieres comprándola…).

    En otras palabras: por violento que sea el empujón que recibimos hacia el gozo del mundo olvidándonos del deber, nunca estaremos del todo fuera del ámbito al que llega la voz del bien. No podremos disculparnos en que nuestra primera infancia fue desastrosa, nuestra educación resultó al contrario de lo que debiera y, después, la mala fortuna de los encuentros nos hizo caer en una ignorancia invencible acerca de lo que debe hacerse en la vida. El optimismo ilustrado de la doctrina de Cohen confía hasta el final en que la condición empírica, casual, contingente, de la existencia de los hombres no obnubila por completo, salvo enfermedad que cancele el ejercicio efectivo de la humanidad por un tiempo, la voz santa de la conciencia moral resonando en el fondo, o sea, desde el fondo de nosotros mismos, los empujados violentamente por el afán de los placeres –el más fuerte de los cuales es el deseo de reconocimiento, de fama, de éxito social–.

    Así, la situación profunda se expresa en un rasgo relativamente de superficie y fenoménico: la muy superior exigencia del bien se manifiesta en imperativos de alcance universal, en órdenes que no admiten excepción –aunque sí admitan ser despreciadas por nosotros, los que no lograremos jamás dejarlas de oírlas aunque nunca las hayamos intentado seguir.

    4

    De donde se sigue la más importante y novedosa tesis de los kantianos sobre el bien moral y la voz de la conciencia (la llamada condición formal de su sistema ético-religioso, tan mal entendida por la generalidad de los lectores). Consiste en enseñar que, cuando queramos comprobar si una máxima moral que hemos hecho nuestra es realmente moral –o sea, si es verdadera o es auténticamente moral–, el camino que tenemos es el socrático sólo que expresado de otra manera que nos ahorra el trabajo del diálogo efectivo con los demás y los procesos retóricos de persuasión: basta que intentemos pensar que la regla que hemos hecho nuestra se volviera regla universal para todos los hombres en todas las situaciones. Si entendemos que hay un puro problema lógico en esta universalización (o sea, que caemos en contradicción, que literalmente no podemos querer que todos se comporten como nos hemos propuesto comportarnos nosotros), es que nuestra máxima es falsa e inmoral. Si, por el contrario, logramos penetrar intelectualmente en su validez sin excepciones pensables, entonces mismo sabremos que es verdadera. Sólo procede del bien si no se mezcla el egoísmo de nadie, o sea, el deseo particular y relativizante de ningún sujeto, de ningún grupo humano. Cualquier restricción de la universalidad de una máxima que creíamos moral enseña que, en realidad, se trata de una refinada fórmula del egoísmo, es decir, de la búsqueda de la dicha renunciando al bien y olvidándonos, si hace falta, de los derechos de los demás imponiéndose como otros tantos límites infranqueables a nuestra persecución de la felicidad.

    El gozo del mundo nos aísla, afloja nuestros vínculos con los demás, justamente porque su origen está en el amor egoísta a nosotros mismos –que no merecería el alto título del amor–. La aventura del bien nos funde en la raíz de la humanidad de todos los hombres, nos solidariza en lo más hondo con ellos todos, aunque aparentemente lo que suceda es que nos quedamos también, aunque muy de otro modo, solos, incomprendidos, crucificados si hace falta.

    No asesines, dice el quinto mandamiento; no mientas, no codicies el bien ajeno, no uses el nombre de Dios en vacío. Superficialmente, son prohibiciones; realmente, vías a lo desconocido que nos liberan del peso abrumador de nuestro egoísmo. Como dicen los kantianos: los imperativos morales se nos presentan, en el primer momento, como constricciones porque estamos deseando un compromiso imposible con nuestro afán de éxito en el mundo y de placeres de toda índole; pero si se logra el casi milagro de que, sólo por la universalidad del deber mismo, sólo por respeto religioso y veneración a su mandato incondicional, probemos una vez a obedecerlos, entonces, atreviéndonos también por una sola vez a hablar como si nosotros hubiéramos franqueado efectivamente esta frontera y realizado el casi milagro –nunca más osaremos tal cosa–, diremos que el sabor real de nuestra experiencia es el más poderoso sentimiento de liberación: ¡libertad respecto del propio egoísmo! Y más vale inmediatamente callar, porque del cielo sólo hablará quien llegue a él y nadie debe jactarse de ser bueno, aunque ahora hayamos pactado por una vez con la indiscreción.

    Cohen comparte entusiásticamente este modo de plantear la cuestión del bien y de entender, por tanto, la forma tercera y más alta de la vida en la acción, más allá de las búsquedas, siempre hipotéticas y, por ello, no absolutamente humanizadoras, de los bienes de orden técnico y de orden pragmático. Hay, en efecto, la vida de la santidad, de la pureza del bien, que coincide con la vida en la plenitud de la razón y con el fomento de la humanidad misma del hombre. Porque la razón es el antiegoísmo: es lo mío que también es de todos, sin acepción de personas, sin favores inmotivados. Un hombre no es valioso en lo decisivo porque posea determinados dones de naturaleza o de fortuna. Da igual que así lo estime el mundo. El único valor es el que un hombre conquista cuando obedece a su razón y pospone, por seguirla, las violencias de la naturaleza, que lo reclaman a gozar de su juventud, de su belleza, de sus talentos, de sus relaciones en la sociedad, antes y con desprecio de las exigencias del deber santo.

    Sólo la acción nos hace valiosos, y la acción más potente es aquella en la que realmente optamos por una máxima auténticamente moral y despreciamos otra que está infectada de egoísmo en cualquier sentido. Esta elección es ya lo mismo que obrar en consecuencia: es ya acción, y lo es supremamente. La existencia se decide ahí. La razón práctica es la fuerza íntima y, al tiempo, universalmente humana, en donde reside, para decir las cosas en los términos de la teología cristiana, la gracia de Dios; o, para hablar el lenguaje de los viejos profetas de Judá y de Israel, donde sopla el espíritu del Señor.

    La razón en su uso meramente teórico, cognoscitivo, no apura la verdad final de lo real –la cosa en sí–, ni aun cuando la volvemos reflexivamente sobre nuestra propia condición. Tanto mejor. Un hombre debe ignorar su posición respecto de Dios si quiere poder actuar santamente. No ha de conocer si está cerca o lejos de Dios por su existencia ya pasada –y eso significa el auténtico conocimiento profundo de sí mismo–, o será materialmente imposible que siga actuando con total desinterés, en virtud tan sólo del reclamo santo, venerable, infinitamente imperativo e infinitamente no violento del deber. No hay mayor violencia que la que el gozo y su deseo nos imponen, y no la hay menor que la que brota de la mera razón, de la razón pura –purificada de añadidos espurios no racionales–.

    No es que Kant partiera a la construcción de la filosofía teórica con ningún prejuicio; pero no cabe duda de que los resultados que obtuvo en ese trabajo fomentan extraordinariamente bien la ruda exigencia absoluta de la santidad, que repudia toda apoyatura exterior, que sólo ofrece el atractivo tremendo, tremendum et fascinans, del deber a secas, puro, sin más promesas ni adornos. Y la habitual resistencia a las ideas de Kant no puede ocultarnos el hecho de que su descripción del verdadero rostro del bien, cuando es avistado desde esta ladera de la historia humana, contiene fragmentos de verdad impresionantes y se adecua a su objeto mucho mejor que infinidad de otras tentativas de azucarar el aspecto de la perfección, cuando en realidad tan sólo la impurifican y la rebajan.

    5

    En efecto, si revisamos el conjunto de lo que llevamos dicho y lo consideramos desde lados desatendidos hasta ahora, nos encontramos con que la situación que dibujan los kantianos, Cohen siempre incluido, es ésta: un hombre que logra entender que la ciencia y la reflexión sobre la ciencia no se extienden, metafísicamente hablando, hasta el conocimiento de cómo es en sí lo real (la cosa en sí); que, por lo mismo, no dispone de ningún argumento científico ni de ninguna experiencia rigurosa de la libertad; y que, sin embargo, no debe desconfiar de que, junto al ámbito de la razón teórica, hay el de la razón práctica, y la razón práctica significa lo mismo que la libertad.

    Se debe creer, por razones morales, en la libertad, justamente en la ausencia de apoyos extramorales de orden científico o metafísico. Quien confunda la existencia humana con el territorio de lo que la ciencia abarca (la naturaleza en su legalidad de orden necesario, en tercera persona o, mejor dicho, impersonal y neutra), ése ha optado por la inmoralidad.

    Es evidente que esta doctrina tiene su punto flaco más notable en el hecho de que ha de darse alguna clase de experiencia indudable de la diferencia entre existencia y ciencia, entre teoría y práctica. No se puede también confiar en vacío en que ocurre esta diferencia, aunque su acontecimiento no pertenezca al orden del saber científico mismo ni se pueda confundir con una creencia cotidiana sometida a toda clase de críticas epistemológicas posibles. Es precisa alguna experiencia transcendental de la existencia como punto de reunión de lo práctico y lo teórico, para que el resto de estas enseñanzas cobre pleno sentido; pero la idea de semejante experiencia equivale, para todo buen kantiano, a un hierro de madera o a un fuego de agua.

    Pues bien, aquí es donde Cohen introdujo una cuña hipercrítica en el kantismo, que, a la larga, cuando miramos las consecuencias que trajo consigo en la obra, por ejemplo, de Franz Rosenzweig –un discípulo íntimo pero no fácilmente reconocible de Cohen–, vino a derribar toda la estructura del idealismo transcendental con más efectividad que como pensó lograrlo Hegel.

    En primer término, Cohen reparó genialmente en otra carencia, en otro salto injustificado en este edificio espiritual que tanto admiraba y dentro del cual había vivido y trabajado con inmensa laboriosidad toda su larga vida. Y es que el sujeto individual no puede reprimir en sí mismo lo egoísta en nombre de lo universal si antes no se abre paso hasta la posibilidad de concebir realmente la totalidad de todos nosotros, los seres racionales, todos universalmente obligados en conciencia a adoptar una determinada máxima moral y rechazar sus contrincantes.

    Se habla con demasiada facilidad de la universalidad que la razón opera por sí sola; pero para que la razón práctica pueda ser origen de universalidad práctica –idea sin la cual, como hemos visto, se volatiliza el sentido de los mandamientos morales–, ha de haber conseguido la representación de todos nosotros. Pues bien, si la experiencia del y la del él –un segundo tú basta para que el primero, naturalmente, pase a ser él– no ocurren, son imposibles las experiencias del nosotros y del ellos. Un cuarto sujeto que comparezca, ya sea en la forma del tú o en la del él, inicia, a lo mejor, la noción del vosotros, que debe, en cualquier caso, sustanciarse en seguida, si ha de tener plena consistencia la posibilidad del imperativo categórico.

    Pero, naturalmente, estas experiencias tienen que poseer de nuevo un peso muy superior al meramente empírico: han de ser también transcendentales. De otra manera, nunca podrían arrastrar una carga significativa tan grave, que lo decide todo en materia de ética y de religión. Sin embargo, no hay nada en la Crítica de la Razón Pura que señale en esta dirección. En principio, aunque yo pertenezca al dominio de lo transcendental –tanto como unidad pura de la apercepción de todo el contenido de mi conciencia, cuanto como idea de la razón, aunque en dos formas distintas–, no recibe ninguna consideración de este rango en la filosofía original de Kant. Fichte, por ello, hubo de introducir en los primeros pasos de la doctrina transcendental del derecho la deducción pura del tú.

    Pero Cohen no se refugia en ninguna deducción del tú. Da por entendido que se necesita en este lugar central de la filosofía un choque más consistente con la alteridad que la mera idea general de su necesidad –que, por otra parte, es evidente, como hemos visto al analizar la fórmula del imperativo categórico–.

    Aquí es donde el lector comprende que Cohen gira en busca de otra posibilidad dejada, ésta sí, abierta por Kant. Se trata de los sentimientos, que de ninguna manera se restringen a notar placer y disgusto, como muchas veces se desprende de los textos kantianos. En definitiva, hemos considerado antes ya dos sentimientos que poseen necesariamente mucho más valor que el agrado y el desagrado, por el hecho de que no son a posteriori, o sea, no siguen a la consulta de lo empírico. El primero y más a la vista es el del respeto, la veneración al deber como cosa santa; el segundo es el de la liberación cuando el hombre hace cuanto está en su mano por soltarse de la horrible tutela violenta de la inclinación.

    Cohen ve con maravillosa perspicacia que la veneración a la santidad del deber supone ya otro sentimiento, no menos apriórico que éste, ya que el deber se presenta también como respeto a la condición de fin sagrado que el otro hombre ha de tener para mí. Si no descubro en algún sentimiento de este mismo orden supremo la alteridad, la intersubjetividad, no cabe que la afirme sencillamente.

    Pues bien, anterior a la experiencia de un tú es, según el espléndido texto El Concepto de Religión, de Cohen, la revelación del vosotros en el afecto de la compasión: la compasión ante el hecho de que vosotros, todos vosotros, siempre, traéis a mí la noticia de que vuestra situación me impone cargas de orden moral y práctico porque, de algún modo, yo me descubro respecto de uno cualquiera de vosotros que se me acerque –mi prójimo del caso concreto dado– una esencial menesterosidad. Da lo mismo en qué situación me encuentre, a mi vez, yo: siempre puedo y debo prestar socorro al otro próximo, sea como sea éste, nada más que porque se destaca junto a mí del horizonte de los pobres, los inocentes, todos aquellos de cuyas culpas, de cuyo mal radical, no sé íntimamente nada; mientras que acerca de mí mismo no puedo ignorar el combate entre máximas y opciones que me muestra un pecador –y hablo ya ahora el fuerte lenguaje de los profetas de los antiguos reinos de Israel y de Judá, en cuyas huellas sitúa Cohen, cada vez con mayor conciencia, su propia protesta dentro del mundo de la filosofía kantiana–.

    La experiencia excesiva –que luego describió Martin Buber como sin sospechar sus peligros– del tú singular, individuo absoluto, no puede reemplazar en el ámbito de la moral y la religión la experiencia del mero, del puro prójimo. El tú singularísimo no es el objeto inmediato del amor religioso y del cuidado moral, sino del amor pasional, que empieza, como señalaba Kierkegaard, haciendo, desde luego, la más decidida acepción de personas, la más exclusivista de las elecciones sobre el objeto del amor. No es así como se vive la religión, tan alejada, por eso, del gozo pasional de un Don Juan. Las obras del amor deben prodigarse en todas direcciones, sobre amigos y enemigos, sobre hombres de mérito y sobre criminales; en definitiva, sobre todos vosotros, los que con vuestra presencia indudable en el mundo de lo real suscitáis mi compasión activa. Porque tampoco se trata de que yo realice un acto de empatía, o sea, de conocimiento del otro, del prójimo. La carga gravita sobre la responsabilidad inmediata, inapelable, obligatoria y sagrada, que reclama la presencia de uno cualquiera de vosotros, los compadecidos por este yo que hasta ahora, en su soledad, era un punto de soberbia.

    De aquí que recaiga sobre lo afectivo de la experiencia de la intersubjetividad el acento ético-religioso: antes que el espectáculo de la humanidad como a distancia de mi ojo solitario, son la queja, la presentación de agravios, la solicitud que me manda sin duda, sin dilación, sin dejarme espacio para que sopese si me conviene o no someterme a su voz. Descubrir al prójimo es estarle ya entregando algo mío y que él necesita; aunque en un segundo momento, quizá rapidísimamente surgido, yo invierta la dirección de este don y ejercite cualquier clase de violencia sobre el otro; y la primordial será la de simplemente observarlo, clasificarlo, estudiarlo de alguna manera, sin ceder en absoluto a su mandamiento –lo que, sin duda, es ya violar éste–.

    Si Kant reducía la religión a la conciencia de lo absoluto de la imposición moral como voz del mismo Dios, Cohen la concentra en la relación social misma, según la acertada expresión que usó cincuenta años después Emmanuel Levinas, también en las huellas del viejo pensador neokantiano. Me descubro, en efecto, individuo moral absoluto, propiamente tal, en la misma medida en que acato la orden rigurosa del bien como concerniéndome ahora a mí solo –al modo en el que el buen samaritano que tropieza con el herido en mitad del desierto no puede ni por un instante fingir que la responsabilidad del socorro incumbe a uno cualquiera de los que pasan por allí y no, ya mismo, a él solo, aunque quizá no lleve en las alforjas nada muy útil para el caso–. Pero sin el descubrimiento de esta individualidad moral fuerte, no hay presencia ante Dios, o sea, ante el santo perfecto.

    6

    El hecho de que Cohen no absorba, sin embargo, en la justicia y la solidaridad para con el prójimo todo el contenido de la religión, se funda en que la compasión, en una fase necesariamente segunda, puede y tiene que volverse incluso sobre mí mismo. Una vez que haya gastado mis fuerzas en la lucha contra el mal social, trabajando por el rescate de cada uno de mis prójimos concretísimos –jamás huyendo a los puros males estructurales, sino siempre haciendo pasar mi acción política por el cuidado compasivo de cada uno de los cercanos–, también tendré el deber de compadecerme de mi propia pobreza como trabajador casi inútil en la divina obra. Porque a lo que no tengo, en cambio, derecho alguno es al pesimismo y al optimismo.

    No lo tengo al pesimismo, debido a que no hay tiempo, en el servicio del prójimo, para proyectar duda ninguna sobre mi eficacia, siendo yo un pecador. Da lo mismo que lo sea o que no lo sea, por más que conozca que lo soy: el trabajo se impone ahora a mí con absoluta seriedad, sin cálculos respecto de su posible fracaso. Pero aún sería peor que sólo lo cumpliera llevado en alas de una jactancia estúpida, que me hiciera pensar que, en efecto, yo soy el más indicado y el más experto para que esta ayuda a la que me dedico cure infalible y rápidamente la desgracia social de cada uno de todos vosotros. La realidad es que la historia seguirá mostrando un rostro gris, quizá más terrible después que antes de mi entrega a sus tareas; pero tampoco esto puede importarme ni detenerme. Sólo me debe inspirar compasión, al fin, por mí mismo, a quien debo cuidar precisamente estando alerta para que ninguna confusión se introduzca en este campo tan delicado. Que no penetren en él las ilusiones visionarias de la metafísica, que me derribarían en el sentido o del pesimismo o del optimismo. La gracia de Dios no es sino la fuerza autónoma, mía, pero increíblemente vigorosa para proceder sólo de un pecador, con la que a cada hora vuelvo a recibir, por la presencia de la injusticia, el mandamiento pleno de eficacia –que me vuelve a mí mismo un agente casi absurdamente eficaz, si logro mantenerme a salvo de las asechanzas que siempre rodean las obras de la justicia–.

    La compasión dirigida hacía mí mismo lícitamente me deja solo ante Dios, en el ámbito de su perdón que renueva a cada momento el tiempo y que me envía en todos los ahoras a la labor del mundo.

    Cohen ha estudiado larga, prolijamente, todos los factores de la religión de Israel partiendo de este foco central. Él mismo es lo que aún hoy nos importa decisivamente, incluso cuando la historia de la teoría de la verdad ha dejado atrás los fragmentos de kantismo que sobrevivían en los escritos de Cohen hasta los últimos días de su vida. La religión de los profetas, que pivota sobre la compasión interhumana, es la fuente de la moral.

    Notas

    1 Una impugnación directa y muy ingeniosa, suscitada por estas defensas clásicas, es aquella de Miguel de Unamuno en las primeras páginas del Sentimiento Trágico de la Vida, cuando escribe que ha visto más veces razonar que no llorar a un gato…

    Texto publicado en págs. 25-40 de Pensadores judíos: de Filón de Alejandría a Walter Benjamin, 2011.