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Categoría: Cultura
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Entrevista sobre “Celebrar la vida”
Entrevista en Radio Sefarad, en el programa «Sefer: de libros y autores», en la que abordo los principales temas del libro “Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera” del rabino Jonathan Sacks, cuyo prólogo ha quedado publicado en una entrada anterior.
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Montaigne filma en Roma
He estado muy recientemente en una mesa redonda interesante, tranquila, llena de intercambios de opinión. Era en el Círculo de Bellas Artes y la organizaba VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos). El centro de las preocupaciones de muchos de los presentes era cómo animar a partes significativas de la sociedad a gozar del arte: a gozar intelectivamente, como pienso que diría nuestro Zubiri. Apenas un par de días después he encontrado una pieza artística que puede alcanzar esa meta: la última película de Paolo Sorrentino, La grazia –traducción menos equívoca sería el indulto, pero es muy preferible mantener los varios sentidos de la gracia– . Digo última también en la idea de que aquí se contiene una cima de madurez en la reflexión sobre la vejez y la retirada a lo privado, de modo que por esta dirección ya no cabe que el autor llegue más allá –salvo si sufre una transformación no esperable– . No he visto más que tres obras de Sorrentino y forman una subida hacia este lugar que es la estación término.
Era imposible que no se hiciera amplio espacio en La gracia a la belleza de Roma, vista sobre todo desde los techos del palacio del Quirinal. El bagaje cultural del director se refleja en cada plano y parece llevarlo sobre los hombros este actor del que Sorrentino no se sabe separar cuando reflexiona en serio (Toni Servillo). Pero dejamos a un lado los excesos de color y sorpresa de La gran belleza, sin renunciar a sorpresas varias. Hay una deliciosa carga de ironía que no estorba en absoluto sino que subraya, como un condimento en un plato exquisito, todo el contenido de los pasos que va dando el guion. ¡Y qué bien escritos están los diálogos!
El mínimo argumento es el relato de los últimos meses en que ocupa la presidencia de la República Italiana un gran jurista que ha logrado –ironía básica– la admiración y el apoyo de la inmensa mayoría de la gente. Es un viudo inconsolable después de cuarenta años de matrimonio. Es además alguien que se atiene a las verdades y las exactitudes del Derecho, porque fuera de los códigos la verdad jamás es exacta. Esta obra de arte la ha rodado Michel de Montaigne, solo que adecuadamente disfrazado de romano lleno de melancolía, ansias y hasta afanes de venganza –está convencido de que su amadísima Aurora lo traicionó una vez, hace mil años, y ha de haber sido con algún amigo próximo, de todos esos, también juristas, de los que no se puede nadie fiar, y necesita hacer su justicia con ese canalla que ha envenenado sus horas de felicidad–. Por otra parte, este Jefe del Estado que se jubila es católico y no tiene más confidente que un papa de raza indefinida –pero nada de caucásico, como ahora se dice– y que anda en un scooter con la larga coleta de su pelo al viento. Utiliza a su hija, también abogada, como su mano derecha, mientras que el hijo hizo las américas para componer música pop. El final de la magistratura tiene pendientes dos asuntos: otorgar o denegar el indulto a dos asesinos de sus respectivas parejas y firmar o dejar correr una ley sobre la eutanasia a la que va proponiendo el gran abogado enmiendas constantes.
Un momento espléndido que el espectador verá solo casualmente es cómo lo primero que hace el señor De Santis al reintegrarse a su viejo piso en el centro de Roma, por allá alrededor de Plaza Navona, es colgarse al cuello un rosario que allí yacía guardado pero a mano. En general, cuando rezaba en el Quirinal lo vencía pronto el sueño; ahora quizá lo haya abandonado.
El jubilado cena frecuentemente en su cocina con una amiga de su edad, que es atea, de la que intenta desesperadamente obtener la información que deje de atormentarlo.
Lentamente va el espectador entrando en su alma al ritmo de las meditaciones, las conversaciones y los rezos del señor De Santis. La hija sondea en la cárcel a la mujer joven que mató a su marido por amor, según dice, y el Presidente la imita yendo luego a ver a la cárcel al viejo profesor rural que hizo lo mismo –según dice, claro– con su anciana mujer. Todo el pueblo, menos el alcalde y su esposa, han firmado la petición de indulto. Los diálogos sacarán probablemente la verdad y obligarán a los juristas a precisar su apego a la ley en el rango de sus demás apegos.
¿De quién es nuestra vida?, pregunta reiteradamente la abnegada y agotada hija del Presidente. Aquí está el quicio de la obra. Parece que si se responde que mi vida es mía y la de cada uno es de cada uno, se margina cualquier visión cristiana. No va Sorrentino a acudir estúpidamente con la respuesta final. En absoluto: lo que se afirma es tan solo que cuesta un enorme esfuerzo decir que mi vida realmente es mía. En otras palabras: hay que ser muy valiente para llegar a la lucidez de que yo, en principio en soledad, controlo mi vida libremente y bajo la advertencia de tener que ser responsable; ello, naturalmente, junto a la evidencia de cómo las circunstancias se nos imponen por ellas solas. Lo que en realidad hacen es forzarnos, mejor dicho, casi forzarnos a ser en serio personas libres con auténtica vida moral que forje en lo esencial toda nuestra concepción del mundo.
Sin querer insultar ni a la condición humana ni a la sociedad de hoy, simplemente se recuerda que es precisa una orientación propia, una voz que no sea el repetidor de una tendencia o una fuerza que nos arrastra siempre, porque estamos exageradamente sometidos a la tentación de olvidar la realidad –nuestra realidad antes que cualquier otra –.
Se va probando a las personas y a las cosas; se va induciendo cómo corregir el sentido de las acciones; se mantiene uno en un delicado punto de incertidumbre respecto de todo porque no se tiene certeza ni sobre lo que se esconde aún en el alma, ni sobre las contingencias providenciales que confiesa este Montaigne contemporáneo que nos vienen de todos los frentes.
El Corso con sus gentes de todos los estilos –y sus lamentables nuevas franquicias de ropa y zapatillas–; el sol del barrio del Panteón, velado por los estores del viejo apartamento; el humo de los pitillos prohibidos; la misteriosa noche llena de torres que se avista desde la colina del Quirinal: belleza y no belleza que expresan la trama de la vida cuando se tiene la prudencia de no someterla a unos pocos conceptos violentos y, en definitiva, mentirosos. -

Una entrevista sobre literatura espiritual
Encuesta publicada en el número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.
1. ¿Cuáles han sido sus principales reflexiones sobre la experiencia espiritual en los últimos años?
He pasado mi vida concentrado en este asunto. No puedo hablar, pues, de ninguna modificación real justo y solo en los últimos años. En todo caso, la muerte de Juan Martín Velasco me dejó sin mi maestro, sin una fuente de inspiración y de consulta o control que hacía veinte años que me estaba cercanísima. Y Juan señalaba indefectiblemente hacia los clásicos, en especial, a los místicos españoles del siglo XVI. En comparación con ellos, el presente aparecía como cosa liviana y más de aparato y sobra de palabras que de sustancia. Siempre prefiero a los grandes teólogos y los grandes metafísicos, que no a los escritores espirituales que hacen cierto ruido en el mundo de hoy. Jaspers, Jüngel, Barth, De Lubac… Viven hoy Jean-Yves Lacoste, Emmanuel Falque. Hace muy poco murió el extraordinario pensador Jean-Louis Chrétien.
Por su novedad, los pensadores de la ortodoxia (Olivier Clément, Ioannis Zizioulas) y del judaísmo (Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig) aportan mucho. Los primeros, en el sentido de hacer ver la creación entera sobreelevada a un plano metafísico nuevo por la resurrección de Cristo. La edad del Espíritu se manifiesta como las primicias, ya experimentables, de lo escatológico. Y en cuanto a los grandes pensadores judíos, transforman el panorama de la acción con su captación de la alteridad radical del otro en la misma vida cotidiana. Gracias al otro, los mandamientos están encarnados constantemente en el paso de un tiempo lleno de acontecimientos de revelación, de profecías, de promesas.
2. ¿Cree que la acentuada presencia del ensayo espiritual en el panorama editorial del siglo XXI tiene relación con las condiciones históricas y sociales de este tiempo concreto?
He escrito en varias oportunidades que una historia que tiene que vérselas con la Shoá, la reiteración de los exterminios, la degradación de la naturaleza y la presencia de armas de destrucción total, además de con el fracaso criminal de las ideologías que se entendieron como liberadoras, no solo hace del siglo pasado el “cementerio del futuro”, sino que deja a los seres humanos el sabor desastroso —en gran parte injusto, pero en buena parte justo— del fracaso de los pilares de la civilización de Occidente y, por tanto, a la espera de dioses nuevos. Estos dioses se ha aceptado de modo bastante general que podían acercársenos desde el Lejano Oriente, aparentemente no contaminado ni cancelado por la sangrienta catástrofe de nuestras tradiciones. De ahí la amplitud con la que las técnicas y las ideas de las religiones de origen indio se han introducido en nuestro panorama. Hay ya reacciones judías y cristianas no eclécticas, pero en general creo que puede decirse que la ansiedad por tener una espiritualidad nueva, presuntamente inocente, es lo que está en las bases de que, en efecto, se haya acentuado la presencia de los llamados ensayos espirituales. Los cuales tienen habitualmente un nivel superior en Francia (por ejemplo, el joven Rémi-Michel Marin-Lamellet) y en Italia (en especial, Giuseppe Forlai) que entre nosotros, debo decir, salvando la gran excepción de las traducciones en Ediciones Sígueme de los maestros del Cercano Oriente antiguo y la Edad Media latina.
3. Escoja un párrafo de su libro y coméntelo libremente.
Si no queremos terminar, porque no podemos quererlo, pero tampoco queremos seguir para siempre así, porque tampoco podemos quererlo, ¿qué es entonces lo que queremos? ¿Qué es lo que calmaría la sed de nuestra existencia —tierra reseca que grita su necesidad de agua—? Porque —y éste es el otro aspecto esencial de nuestra experiencia ontológica— el caso es que nosotros andamos toda la vida queriendo, toda la vida inquietos y buscando, por más que nos sepamos encerrados en este dilema tremendo.
No podemos querer la absoluta extinción de nosotros mismos, ni siquiera cuando nos hallamos en el fondo de la desesperación. En la más triste canción popular española se dice de pronto: «No quiero, si desaparezco, que nadie recuerde quién fui». Una imagen engañosa pero naturalísima de la paz del desesperado… Pero tampoco podemos querer que la forma actual que tiene nuestra vida dure para siempre. Menos mal que tenemos que morirnos, aunque jamás, como decía Unamuno, nos dé la gana de morirnos. Y tras la muerte esperamos lo que no cabe esperar: lo que no se imagina ni apenas se piensa, lo que no se ha visto, oído ni tocado; lo que ni siquiera constituye el anhelo más profundo y sincero del más puro corazón humano. Vida, sí, pero tan nueva que no tenga ya muerte y eso no la convierta en el espanto que sería que nuestra vida de hoy no pudiera morirse. La eternidad, Dios, el Amor como ámbito en que seguir siendo yo, pero de un modo que, gracias a Dios, no puedo representarme. Gracias a Dios, porque Dios existe en la misma medida en que es el objeto de nuestra esperanza en lo inesperable. Así es Dios transcendente y actuante en el fondo de mí ya hoy. Pero tememos demasiado la consideración de la muerte, ese muy bien que Dios pronunció sobre Adán recién creado.
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El arte de Ruiz de Azúa
Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.
No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.
No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.
Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.
De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.
He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.
Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.
Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.
Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.
Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.
El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.
Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.
La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.
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El poder, la autoridad, el servicio
Es reseña de Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église (Éditions de l’Emmanuel, París 2024) <+info>.
Quizá el progreso de los tiempos –que hay alguno en algún sentido, pese a tantas apariencias en contra– nos haya traído a enfrentarnos por fin directa y francamente con una de las lacras más terribles que grava nuestra historia: el abuso de poder (y sus variantes: el abuso espiritual y el abuso de conciencia). Es este un fenómeno tan extendido que sigue habiendo muchísima gente que lo ignora, de modo semejante a como dicen que los vecinos de una catarata no la oyen. Miremos a donde miremos, salta a la vista ya un poco avezada el abuso por todas partes. Desde luego, como abuso laboral, por más que haya que ir a ciertas zonas industriales del antes llamado Tercer Mundo para encontrar espectáculos como los de las fábricas inglesas del XIX, que conmovían tanto a Karl Marx –y, al parecer, no a una muchedumbre de empresarios–. Tiempo vital vendido a quien contrata para un oficio esclavo que recuerda a los trabajos de Sísifo; sueldos míseros que obligan a acudir a las colas de la caridad… También, en una forma derivada del abuso laboral, tasas de paro elevadísimas, dependencia económica de la familia de origen, dificultades múltiples para fundar la propia. Pero estalla diariamente algún caso de tortura psicológica o física en los centros de enseñanza, no solo porque a veces abusen los docentes, sino porque entre chicos muy jóvenes la crueldad está con frecuencia sin domeñar –¡vaya centros de enseñanza en que esto ocurre sistemáticamente!–; presiones parecidas es raro que no hayan sufrido en sus empleos bien remunerados los adultos, por más alto que sea el nivel social o “cultural” en que ocurran estos abusos.
Es más terrible y está arraigado en el pasado lejano el abuso de poder y conciencia en el matrimonio y, más ampliamente, en la familia. Que no se recurra ya tanto a los palos, las bofetadas y los castigos no significa gran cosa. Hay tantas maneras de maleducar o de maltratar en la educación familiar que solo un psiquiatra experimentado podrá atreverse a clasificarlas grosso modo.
No se está afrontando todos los sectores y todas las modalidades del abuso en este sentido, pero sí decididamente algunos, y está contribuyendo a este avance –y no solo a este– el descubrimiento universal de cómo se han dado abusos sexuales, derivados muchas veces de los abusos de conciencia, allí donde oficialmente más lejos se está de caer en estas bárbaras relaciones entre personas: dentro de las iglesias, en especial de la católica.
Ya se reconoce casi en todos sitios que la pederastia eclesial es solo la parte visible de un gran bloque destructivo que ha ido navegando por esos mares y continúa haciéndolo. Lo tomen o no en cuenta los códigos penales, el abuso sexual a adultos que en principio no se clasifican como vulnerables es una realidad, pero asimismo lo es que en la mayoría de estos desastres hay una génesis compleja, que se inicia por el abuso de poder, culminado hasta el dominio de la otra persona: hasta su absorción por el seductor o la seductora. El paso final para estos narcisistas –enfermos o simplemente perversos– es el control completo del cuerpo del otro.
El caso abigarrado de las comunidades religiosas, las congregaciones y las asociaciones de laicos bajo estatutos aprobados por Roma suministra un terreno penosamente adecuado para observar de cerca estos asuntos que nos llevan hasta el límite ínfimo de la humanidad. Es como un laboratorio en el que se juntan las soluciones bien halladas, los héroes, los santos y el infierno de los abusos extremos –seducción o tortura–: las víctimas y sus victimarios.
De aquí que las reflexiones y los datos recogidos en estos ambientes que están a la base de aquellas enseñen mucho respecto de todo el conjunto de los abusos. Y ello tanto más cuanto que las armas para combatir esta batalla decisiva de la humanidad actual se hallan con toda la abundancia deseable en el evangelio y en lo mejor de las tradiciones de las iglesias cristianas.
Pues bien, en España son frecuentes los lamentos sobre el hundimiento de la iglesia católica en Francia, que se emplean en la comparación con la que se piensa poder encomiar a la iglesia católica en España, que resistiría, dicen, mejor la crisis. Los que conocemos un poco el catolicismo francés no solo sentimos, sino que pensamos, lo contrario: tenemos experiencia directa de una práctica eclesial cristiana depurada, pasada de veras por el tamiz de la crítica y por las pruebas peculiares de este momento, concentradas en el surgimiento de un muy considerable y espantosamente vergonzoso problema de abusos.
Hay en Francia grupos cristianos muy activos; periódicos, universidades y casas editoriales de orientación cristiana; congregaciones religiosas bastante jóvenes llenas de espíritu y que constituyen ejemplos auténticos de fraternidad. Una de ellas, que me es particularmente querida, es la Xavière, fundada hace casi exactamente un siglo por la enfermera y sindicalista Claire Monestès. No hay en España, por cierto, ninguna hermandad de la Xavière.
Estas hermanas viven poniendo en común sus trabajos en medio del mundo, y son profesoras, médicas, juristas, teólogas, filósofas y filólogas, pero también mujeres dedicadas a trabajos que no tienen tanto prestigio social. Poco a poco van extendiéndose desde, por ejemplo, hospitales parisinos de cuidados paliativos a misiones complejas de servicio social y médico en el África francófona.
En los últimos años, los miembros de la Xavière dedicadas preferentemente al trabajo intelectual se han decidido a emprender la publicación de una serie de breves libros esenciales en las Éditions de l’Emmanuel, de París. Cinco religiosas tratan un tema de actualidad valiéndose tanto de su rica experiencia vital como de sus estudios. Se repiten en estos libros los nombres de algunas que han servido de superior general de la congregación. Ahora aparece el tercer volumen, titulado Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église, con la novedad de haber reunido a las hermanas de la Xavière a una amiga que no está integrada a ellas –y que enseña en las facultades Loyola de París, que es el nuevo nombre del antiguo y conocido Centre Sèvres, de los jesuitas–. Los dos textos anteriores, que merecen también amplia recensión y más amplia acogida en España, llevaron los títulos: C’est maintenant le temps favorable y, pasando a máxima concreción, J’écouterai leur cri, en el que las cinco miradas de mujeres se fijan no en la crisis en general, sino en la crisis de los abusos en particular. (La Xavière me permitirá una crítica levísima: no veo razón para que estos libros tengan prólogo y a veces epílogo o de un obispo o de un jesuita; más bien veo muchas razones para prescindir de esos varones.)
Como es evidente, el sínodo sobre la sinodalidad es el motivo próximo de este Ha dado poder a sus servidores. Llama, pues, menos la atención que se haya soslayado el asunto de los ministerios ordenados cerrados aún a las mujeres, pero que en cambio se hable, como el papa Francisco prefiere, de cómo los llamados ministerios instituidos podrían ampliar su número y, desde luego, son por ahora el medio de que vaya actualizándose –en qué modesta medida, por Dios– la toma de posiciones de gobierno por parte de las mujeres, y no necesariamente consagradas. En cualquier caso, la reflexión profunda y calma acerca de lo que significan poder, autoridad, servicio y ministerio en la iglesia católica –sin gestos explícitos a la ecúmene cristiana– se agradece mucho hoy.
El punto de partida común a estas cinco miradas es, como no podía ser de otro modo, la prevención respecto de las estrategias que se facilitan a ellas mismas una justificación tan fácil como, sencillamente, usar ciertas divinas palabras en vez de las que suenan de inmediato como sospechosas. Este es el caso, sobre todo, de cambiar poder por servicio –en definitiva, dos términos que figuran en el evangelio y hasta en el título del libro que recensiono–. ¡Como si el servicio se contrapusiera al poder limpia y automáticamente! No hay tal cosa: ejercer un modo de servicio es con frecuencia ocupar un lugar de poder, y tanto más solapadamente cuanto más se insiste en que no se está haciendo otra cosa que no sea servir. A este respecto, el papa Francisco gusta de recordar que la palabra latina correspondiente, ministerium, procede de minus, o sea, de menor. Sin arraigar en este matiz significativo, un ministerio, ordenado o no, un servicio a otro es más parecido al sentido que tiene hoy la palabra ministro en la jerga de la administración y el gobierno.
Es evidente, pues, que se precisan controles que al menos restrinjan esta posibilidad lamentable de presumir que se sirve cuando se quiere decir que se manda porque en última instancia se es indispensable.
El primer punto decisivo es evocar que todo servicio en la peculiar comunidad de la Iglesia está sometido a la misión global de esta, a su esencia, que no es sino entrar en la relación de amor de Dios para con el mundo fomentándola, realizándola. Geneviève Comeau escribe, pues, esta frase decisiva, que tantas veces no encuentra eco ni comprensión alguna en muchos círculos cristianos: Lo que nos salva es el modo en que Cristo vivió su pasión, y no su sufrimiento mismo (p. 34). Dios es potencia ilimitada de borrarse a sí mismo –escribió François Varillon–, y es en esta forma como sirve realmente al mundo, a cada fragmento de su realidad y, en especial, a cada ser humano.
Se echa de ver esto tanto más fuertemente cuando nos atenemos, por otra parte, al sentido original de auctoritas. La palabra procede del verbo augere, o sea, justamente, fomentar, crecer. Comeau escribe: La autoridad se distingue del poder en la medida en que está al servicio de las relaciones [interhumanas] y del crecimiento de las personas. De nuevo se trata de una expresión que merece grabarse a fuego en la conciencia de cualquiera con poder, pero, sobre todo, si este poder habita en la comunidad universal de la iglesia de Cristo.
Que esto signifique autoridad en ella puede, sin embargo, llevarnos a otro extremo peligroso, en los antípodas del despotismo pagano: la pasividad incluso cuando se tiene el deber de ese servicio tan especial que es ordenar. En el periódico católico más conocido de Francia, La Croix, se comentaba hace apenas un año cómo hay muchas personas dispuestas a sufrir la Iglesia y pocas que se propongan seriamente reformarla. La pluma incisiva de Comeau encuentra otra fórmula muy perfecta: Querer cambiar los corazones sin cambiar las estructuras sería detenerse a medio camino. Sería justificar la pasividad (p. 41).
Y no la hubo en los primeros siglos, como no la ha habido nunca en ciertas personalidades valientes e inteligentes –no es claro que la inteligencia y la valentía sean de veras realidades diferentes, y es, en cambio, evidente que ambas son virtudes–. El ensayo histórico de Joëlle Ferry expone hechos contundentes que hoy deberían ser muy útiles, dado el inevitable, el providencial momento de transformación que atraviesa la iglesia cristiana. Por ejemplo, hasta mediados del siglo III no se puede hablar de Gran Iglesia sino, más bien, de un archipiélago de comunidades, de iglesias fundamentalmente domésticas. Nuevo ejemplo muy instructivo: la asamblea plenaria de los discípulos, y no los Doce únicamente, eligen a los siete diáconos de que se habla en Hech 6; y allí mismo se ve cómo no se ha fijado aún el modo en que se reparten los servicios en la comunidad. Así continuó siendo, según el relato de Hechos. Tercer ejemplo de primer interés: la escucha del Espíritu se realiza intercambiando en el diálogo las diferentes opiniones de todos, incluidas las mujeres. Solo en las llamadas Cartas Pastorales –se recordará que no son de la mano de Pablo, sino décadas posteriores a la muerte del Apóstol– se delata el progresivo olvido de la novedad jesuánica respecto de la mujer, que, naturalmente, va de la mano de la adaptación paulatina a la práctica común del ambiente social no cristiano. Y todo ello es signo transparente de la vitalidad y la creatividad (p. 66) de las iglesias domésticas.
¿Cómo podría no haber sido así, cuando es el bautismo el fundamento de la identidad cristiana y, en consecuencia, esta va marcada por la fraternidad?
La filósofa Agata Zielinski ofrece una meditación profunda, clara y novedosa sobre las relaciones que mantienen entre ellos los conceptos en torno de los cuales giran todas las miradas del libro. Su conclusión estriba en distinguir netamente el poder de y el poder sobre, para añadirles luego el poder juntos como desarrollo de la fecunda potencia de. Es evidente –de ahí parte Zielinski– que sin esta capacidad previa no cabe servir en nada a nadie. Pero es también evidente que quien aplica sus dotes a una tarea hacia los demás comienza ocupando un puesto de cierta preeminencia respecto de estos, que comporta el riesgo de convertirse en potestas, o sea, en poder sobre aquellos hacia los cuales se vierte la acción. Los ejemplos son fáciles e innumerables. No es sencillo señalar cuáles tienen que ser las barreras que ayuden a no cruzar de la potentia a la potestas. Ahora bien, recordando lo que llevamos ya recorrido en este breve sumario, la primera clave para salvaguardar del poder en su mal sentido a quien ejerce un ministerio cualquiera –no solo en una comunidad cristiana– es subrayar que servir remite a la capacidad de despojarse de sí mismo (p. 83), de tal modo que es imposible servicio alguno si no se mantiene diálogo auténtico con las personas a las que se dedica ese servicio, ya que de lo que se trata es de una responsabilidad. A lo que está llamado el servicio de buena ley es a volver actores a aquellos a los que se dirige. No consiste meramente en dar –creer lo contrario es parte central de las coartadas de los abusadores de poder–, sino también y más, en dejarse afectar o transformar por la relación; en aceptar recibir; en crear condiciones de reciprocidad (p. 88). La consecuencia será ese poder juntos que Zielinski apenas considerará una utopía, pero que es absolutamente necesario localizar en la realidad social si las comunidades de iure fraternales, como son las cristianas, han de conquistar un futuro que no sea mera conservación decadente.
A Christine Danel ha tocado pensar la obediencia, que es, sin duda, el foco principal del cambio cultural fronteras adentro de la iglesia cristiana, a fin de reconocer el abuso espiritual, de poder y de conciencia, como paso imprescindible para tratar de eliminarlos. La tarea no es fácil, y quizá lo sea especialmente poco en la tradición ignaciana –que es donde se sitúa la Xavière–, cuando se evoca, en la estela de Ignacio mismo y su terminante exigencia de obediencia al superior perinde ac cadaver, que “las superioras ocupan para nosotras el lugar de Cristo” –expresión literal del número 148 de las Constituciones de la congregación, que es eco de muchísimas frases del mismo tenor en muchas otras Constituciones hasta el presente–. Danel pretende que la interpretación auténtica de estos textos nada tranquilizadores consiste en que el que obedece lo hace por Cristo. Es a Cristo a quien el religioso elige obedecer cuando obedece al superior. Y concluye con otra expresión clave, de las que, como se ve, abunda nuestro libro: La obediencia religiosa se apoya en el deseo de obedecer, en última instancia, a Dios (p. 102). De donde se sigue que toda autoridad en este terreno delicadísimo se ordena a la realización de la vocación de cada una de las personas a las que se refiere. La finalidad es que crezca la libertad interior para permitir a cada individuo ser más y más él mismo; para que fructifiquen sus talentos y sus dones en el medio general de la misión de la iglesia cristiana –que se recordará que quedó definido al principio de este ensayo–.
Si para mí, laico viejo que trata de vivir en el espíritu, resuenan estas palabras con un aura de maravilla, de verdad decisiva, de futuro colmado de esperanza, puedo imaginar qué sentimiento multiplicado llenará los corazones de quienes se han integrado en comunidades religiosas mediante el voto de obediencia. Lo que no logro es imaginar el ascenso al infinito que experimentarán quienes estén viviendo la fraternidad, la autoridad y el servicio en la forma del abuso, quizá en comunidades de ambiente irrespirable, de incesto espiritual. Las hay, dicen los testigos, aunque no comprendamos cómo el seguimiento de Cristo puede errar por semejante locura. Danel solo escribe, con una seriedad tanto más impresionante cuanto más espartana, que este tipo del abuso de poder hace que las personas víctimas vean afectada su relación con Dios (p. 115). Se inicia ahí el terrible proceso del abuso espiritual estrictamente dicho, que pertenece directamente al mysterium iniquitatis.
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Dificultad y necesidad del espíritu de finura
Las dos primeras reglas del profesor son éstas: 1) Nunca suponer que el alumno lo ignora todo; 2) Nunca dejarse llevar de las apariencias (en parte, precisamente porque suele parecer que el alumno, en efecto, lo ignora todo). Casi tan importante como las anteriores es la tercera regla: 3) Siempre pensar en clase en voz alta y mirando a los ojos a todos los oyentes. Lo que implica otra: 4) Estar siempre preparado para corregir un error, sobre todo cuando alguno de los presentes lo hace ver (pero también cuando uno mismo lo advierte al seguir pensando y hablando). Naturalmente, la propia corrección debe mostrar, cuando es posible hacerlo, que lo que no se dijo antes bien tampoco era una perfecta tontería (que demostraría que hablábamos sin pensar, y entonces, merecidamente, adiós a cualquier clase de autoridad –y a cualquier clase de autoestima–).
Hablo desde la experiencia de enseñar filosofía en la universidad (también he hecho alguna práctica breve en enseñanza media, y he dado clases de griego y de español). Pero creo que se puede extrapolar lo que digo a cualquier tipo de docencia. Hasta en matemáticas y en lenguas extranjeras es peor que temerario intentar enseñar presuponiendo una absoluta ignorancia en el alumno.
Porque se trata en realidad de tomar plenamente en serio a la persona que se tiene delante, sea de la edad que sea (lo que comporta, desde luego, una empatía a veces muy difícil por tener nosotros mismos muy perdida la memoria de nuestra infancia y nuestra adolescencia). Hay que recordar siempre que necesitamos destruir la situación que describió Chesterton en sus memorias y que con gran probabilidad encontraremos también en las nuestras a poco que rebusquemos: la escuela era inicialmente un lugar poco acogedor, donde, sobre todo, un señor que yo no conocía quería hacerme aprender cosas que yo no quería conocer. Y cuando alguien no quiere que le enseñemos lo que tenemos que enseñarle según nuestro contrato de trabajo, nos hará la vida difícil o hasta imposible, pero logrará su objetivo y hasta conseguirá que casi nadie en el aula aprenda nada, tanto si estaba predispuesto a hacerlo como si no.
Esto de tomar en serio a quien se tiene delante, que es norma fundamental de todo diálogo y todo encuentro, va de la mano con lograr que no sea simplemente al grupo entero y en masa a quien nos dirigimos, porque es cierto que ese sujeto de treinta cabezas es más bien Nadie que Todos. Por mucho que sea obvio que nos encargamos de un grupo entero, es necesario que saquemos a cada uno de ese tantas veces abstracto y acorazado nicho social: para que haya en él auténtico compañerismo, lo primero es que se aflojen mucho los vínculos de pertenencia (y dependencia) de unos con otros. Igual que en la calle o en casa, también en el aula cada uno ha de ser cada uno; y sólo cada uno, junto a otro que también se siente individuo, puede establecer una relación adecuada con el profesor y con los problemas y temas que se tratan.
Llegamos a la regla 5): Siempre empezar por la pregunta y por al menos una parte del proceso que llevó a contestarla, pero nunca por la escueta respuesta misma.
Pero conviene reparar sobre todo en la amplitud de lo que se contiene en las reglas 1) y 2).
Una persona que está en la infancia o en la primera adolescencia es alguien que, en la mayoría de los casos, ha recibido ya o está justo entonces, justo ahora, recibiendo el impacto de algunas de las experiencias más duras de toda su vida. Es posible también que esté atravesando por alguna otra de las más dulces e inolvidables que le va a estar permitidas. La escuela –tomemos esta palabra espléndida para referirnos a cualquier clase de enseñanza– tiene como primer deber ser significativa en la existencia del alumno (y en la del profesor), a ser posible a cada minuto que se pase en ella. En la escuela manda por entero el espíritu de finura, que exige intentar atender a todos los lados de la vida de todos, por más ideal y exagerado que esto suene. Fracasaremos inevitablemente, pero, por lo pronto, habremos evitado el fracaso más amargo y más profundo, que es el que se deriva, con absoluta certeza, sin fallar jamás, de la mera aplicación a nuestras clases de una especie de protocolo general, gracias al cual creemos a veces cumplir aseadamente (¡vaya palabra en este contexto!) nuestro deber, no nos inmiscuimos en la vida de nadie y ayudamos a aprender técnicas, habilidades y capacidades en un perfecto ambiente neutral, objetivo, como luego es la vida profesional… Nada de eso. No diremos una sola palabra con verdadero sentido mientras no veamos delante de nosotros a personas que en realidad ya están acuciadas por dificultades y por alegrías terriblemente profundas y serias. Nuestro trabajo consiste en mostrarles que todas las regiones de la realidad y la verdad están conectadas, pero no situadas en el mismo nivel, y que, por esto, todas guardan alguna relación con los misterios centrales de la existencia, y no sólo con sus problemas más o menos laterales.
Echemos, pues, mano de nuestra regla 2): no lo parece casi nunca; se diría que hablamos a la pared, que perdemos las horas, las fuerzas y la salud para muy poco o nada… Máximo error. Es increíblemente frecuente que una actitud que cualquiera diría que es distanciada o distraída, oculte una atención profunda. Quienes nunca nos dijeron nada personal en el tiempo en que fueron nuestros alumnos, un día nos llaman a su propia clase, pasados tantos años que nosotros no los reconocemos, porque guardan un recuerdo imborrable de algo que sucedió aquel lejano curso y que hemos olvidado. Quienes diríamos que más han seguido nuestra enseñanza tanto en sus contenidos como en lo que se refiere a la actitud que queríamos suscitar en ellos, cabe que nos sorprendan haciendo una barbaridad el día menos pensado. Lo corriente es no tener ninguna idea de quiénes han sido nuestros auténticos alumnos. Y así debe ser, porque, en el fondo, ningún hombre enseña propiamente nada a otro; o, mejor dicho –para corregir a Sócrates con un poco de Levinas–, lo que principalmente se enseña es tan sólo que hay de veras otras personas junto a ti, tan misteriosas, tan complicadas, tan llenas y tan vacías, por lo menos, como tú mismo.
Seríamos perfectamente ilusos, unos tontos redomados y, por supuesto, unos pedagogos ridículos a más no poder, si nos olvidáramos de que aquellos con los que trabajamos se enfrentan en silencio al enigma de la muerte y el valor global de la vida, al riesgo loco del primer amor, al sufrimiento terrible de la primera traición de la amistad, a la tentación de la violencia y las drogas, al peso apenas soportable de la herencia familiar, a la posibilidad excesiva de decidir el futuro profesional para siempre, a la enormidad de absorber la historia del saber y del arte para poder gozar profundamente del mundo. Pero esta seriedad tremenda que está como remansada en el fondo de cada alma joven necesita ponerse muchas máscaras. Cuanto más solo se vive –y los jóvenes viven más solos que los adultos, muchísimo más solos–, menos es posible mostrarse tal y como se es. Lo grave se ha de combinar con la payasada, de la misma manera que no cabe pensar de verdad más que si una buena dosis de humor respecto de nosotros mismos nos hace el favor de podernos observar a alguna distancia.
He aquí la regla 6): Que se aprenda con nosotros que no existe vida del espíritu cuando es el miedo quien en última instancia nos dicta lo que debemos creer. Del aula tiene que estar ausente el miedo en todas sus formas innumerables. Miedo al fracaso, por parte de alumnos y profesores; pero mucho más importante: miedo a la vida, necesidad de pensar lo que hay que pensar para no sufrir, deseo de ser un esclavo para poder bandearse por la vida sin tropiezos.
La virtud de la fortaleza es la cardinal entre las virtudes cardinales, y tengo para mí que nada sería mejor que ejercitarla y aprenderla, si es menester, en el aula, como su mejor fruto. Sea lo que sea lo que se enseñe, el espíritu de la libertad, de la franqueza, de la investigación tiene que dominar las relaciones, por asimétricas que parezca que han de ser. En realidad, un alumno debería poder recordar siempre que tuvo en sus primeros años la experiencia inolvidable de cómo abrirse a coro a la búsqueda valiente de la verdad es haber gozado, por una vez siquiera, de la paz auténtica. Una demostración bien hecha, una definición perfecta, un cuadro sinóptico que satisface toda curiosidad llenan no sólo de alegría sino incluso de fortaleza a todos los que participamos de estas maravillas que tan poco se dan fuera de las aulas y las bibliotecas.
He olvidado la regla Alfa y Omega: Que a nosotros mismos nos apasione la enseñanza, nos interese locamente lo que enseñamos y, sobre todo, nos brote con espontaneidad, en cuanto estamos en presencia del grupo nuevo de cada año, un absurdo cariño por esas personas desconocidas, con pocas ganas de conocernos, pero que guardan todas un tesoro de ansia que está destinado a saltar hasta la eternidad.Publicado en la revista Padres y Maestros, n.º 343, de 2012



