Es reseña de Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église (Éditions de l’Emmanuel, París 2024) <+info>.
Quizá el progreso de los tiempos –que hay alguno en algún sentido, pese a tantas apariencias en contra– nos haya traído a enfrentarnos por fin directa y francamente con una de las lacras más terribles que grava nuestra historia: el abuso de poder (y sus variantes: el abuso espiritual y el abuso de conciencia). Es este un fenómeno tan extendido que sigue habiendo muchísima gente que lo ignora, de modo semejante a como dicen que los vecinos de una catarata no la oyen. Miremos a donde miremos, salta a la vista ya un poco avezada el abuso por todas partes. Desde luego, como abuso laboral, por más que haya que ir a ciertas zonas industriales del antes llamado Tercer Mundo para encontrar espectáculos como los de las fábricas inglesas del XIX, que conmovían tanto a Karl Marx –y, al parecer, no a una muchedumbre de empresarios–. Tiempo vital vendido a quien contrata para un oficio esclavo que recuerda a los trabajos de Sísifo; sueldos míseros que obligan a acudir a las colas de la caridad… También, en una forma derivada del abuso laboral, tasas de paro elevadísimas, dependencia económica de la familia de origen, dificultades múltiples para fundar la propia. Pero estalla diariamente algún caso de tortura psicológica o física en los centros de enseñanza, no solo porque a veces abusen los docentes, sino porque entre chicos muy jóvenes la crueldad está con frecuencia sin domeñar –¡vaya centros de enseñanza en que esto ocurre sistemáticamente!–; presiones parecidas es raro que no hayan sufrido en sus empleos bien remunerados los adultos, por más alto que sea el nivel social o “cultural” en que ocurran estos abusos.
Es más terrible y está arraigado en el pasado lejano el abuso de poder y conciencia en el matrimonio y, más ampliamente, en la familia. Que no se recurra ya tanto a los palos, las bofetadas y los castigos no significa gran cosa. Hay tantas maneras de maleducar o de maltratar en la educación familiar que solo un psiquiatra experimentado podrá atreverse a clasificarlas grosso modo.
No se está afrontando todos los sectores y todas las modalidades del abuso en este sentido, pero sí decididamente algunos, y está contribuyendo a este avance –y no solo a este– el descubrimiento universal de cómo se han dado abusos sexuales, derivados muchas veces de los abusos de conciencia, allí donde oficialmente más lejos se está de caer en estas bárbaras relaciones entre personas: dentro de las iglesias, en especial de la católica.
Ya se reconoce casi en todos sitios que la pederastia eclesial es solo la parte visible de un gran bloque destructivo que ha ido navegando por esos mares y continúa haciéndolo. Lo tomen o no en cuenta los códigos penales, el abuso sexual a adultos que en principio no se clasifican como vulnerables es una realidad, pero asimismo lo es que en la mayoría de estos desastres hay una génesis compleja, que se inicia por el abuso de poder, culminado hasta el dominio de la otra persona: hasta su absorción por el seductor o la seductora. El paso final para estos narcisistas –enfermos o simplemente perversos– es el control completo del cuerpo del otro.
El caso abigarrado de las comunidades religiosas, las congregaciones y las asociaciones de laicos bajo estatutos aprobados por Roma suministra un terreno penosamente adecuado para observar de cerca estos asuntos que nos llevan hasta el límite ínfimo de la humanidad. Es como un laboratorio en el que se juntan las soluciones bien halladas, los héroes, los santos y el infierno de los abusos extremos –seducción o tortura–: las víctimas y sus victimarios.
De aquí que las reflexiones y los datos recogidos en estos ambientes que están a la base de aquellas enseñen mucho respecto de todo el conjunto de los abusos. Y ello tanto más cuanto que las armas para combatir esta batalla decisiva de la humanidad actual se hallan con toda la abundancia deseable en el evangelio y en lo mejor de las tradiciones de las iglesias cristianas.
Pues bien, en España son frecuentes los lamentos sobre el hundimiento de la iglesia católica en Francia, que se emplean en la comparación con la que se piensa poder encomiar a la iglesia católica en España, que resistiría, dicen, mejor la crisis. Los que conocemos un poco el catolicismo francés no solo sentimos, sino que pensamos, lo contrario: tenemos experiencia directa de una práctica eclesial cristiana depurada, pasada de veras por el tamiz de la crítica y por las pruebas peculiares de este momento, concentradas en el surgimiento de un muy considerable y espantosamente vergonzoso problema de abusos.
Hay en Francia grupos cristianos muy activos; periódicos, universidades y casas editoriales de orientación cristiana; congregaciones religiosas bastante jóvenes llenas de espíritu y que constituyen ejemplos auténticos de fraternidad. Una de ellas, que me es particularmente querida, es la Xavière, fundada hace casi exactamente un siglo por la enfermera y sindicalista Claire Monestès. No hay en España, por cierto, ninguna hermandad de la Xavière.
Estas hermanas viven poniendo en común sus trabajos en medio del mundo, y son profesoras, médicas, juristas, teólogas, filósofas y filólogas, pero también mujeres dedicadas a trabajos que no tienen tanto prestigio social. Poco a poco van extendiéndose desde, por ejemplo, hospitales parisinos de cuidados paliativos a misiones complejas de servicio social y médico en el África francófona.
En los últimos años, los miembros de la Xavière dedicadas preferentemente al trabajo intelectual se han decidido a emprender la publicación de una serie de breves libros esenciales en las Éditions de l’Emmanuel, de París. Cinco religiosas tratan un tema de actualidad valiéndose tanto de su rica experiencia vital como de sus estudios. Se repiten en estos libros los nombres de algunas que han servido de superior general de la congregación. Ahora aparece el tercer volumen, titulado Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église, con la novedad de haber reunido a las hermanas de la Xavière a una amiga que no está integrada a ellas –y que enseña en las facultades Loyola de París, que es el nuevo nombre del antiguo y conocido Centre Sèvres, de los jesuitas–. Los dos textos anteriores, que merecen también amplia recensión y más amplia acogida en España, llevaron los títulos: C’est maintenant le temps favorable y, pasando a máxima concreción, J’écouterai leur cri, en el que las cinco miradas de mujeres se fijan no en la crisis en general, sino en la crisis de los abusos en particular. (La Xavière me permitirá una crítica levísima: no veo razón para que estos libros tengan prólogo y a veces epílogo o de un obispo o de un jesuita; más bien veo muchas razones para prescindir de esos varones.)
Como es evidente, el sínodo sobre la sinodalidad es el motivo próximo de este Ha dado poder a sus servidores. Llama, pues, menos la atención que se haya soslayado el asunto de los ministerios ordenados cerrados aún a las mujeres, pero que en cambio se hable, como el papa Francisco prefiere, de cómo los llamados ministerios instituidos podrían ampliar su número y, desde luego, son por ahora el medio de que vaya actualizándose –en qué modesta medida, por Dios– la toma de posiciones de gobierno por parte de las mujeres, y no necesariamente consagradas. En cualquier caso, la reflexión profunda y calma acerca de lo que significan poder, autoridad, servicio y ministerio en la iglesia católica –sin gestos explícitos a la ecúmene cristiana– se agradece mucho hoy.
El punto de partida común a estas cinco miradas es, como no podía ser de otro modo, la prevención respecto de las estrategias que se facilitan a ellas mismas una justificación tan fácil como, sencillamente, usar ciertas divinas palabras en vez de las que suenan de inmediato como sospechosas. Este es el caso, sobre todo, de cambiar poder por servicio –en definitiva, dos términos que figuran en el evangelio y hasta en el título del libro que recensiono–. ¡Como si el servicio se contrapusiera al poder limpia y automáticamente! No hay tal cosa: ejercer un modo de servicio es con frecuencia ocupar un lugar de poder, y tanto más solapadamente cuanto más se insiste en que no se está haciendo otra cosa que no sea servir. A este respecto, el papa Francisco gusta de recordar que la palabra latina correspondiente, ministerium, procede de minus, o sea, de menor. Sin arraigar en este matiz significativo, un ministerio, ordenado o no, un servicio a otro es más parecido al sentido que tiene hoy la palabra ministro en la jerga de la administración y el gobierno.
Es evidente, pues, que se precisan controles que al menos restrinjan esta posibilidad lamentable de presumir que se sirve cuando se quiere decir que se manda porque en última instancia se es indispensable.
El primer punto decisivo es evocar que todo servicio en la peculiar comunidad de la Iglesia está sometido a la misión global de esta, a su esencia, que no es sino entrar en la relación de amor de Dios para con el mundo fomentándola, realizándola. Geneviève Comeau escribe, pues, esta frase decisiva, que tantas veces no encuentra eco ni comprensión alguna en muchos círculos cristianos: Lo que nos salva es el modo en que Cristo vivió su pasión, y no su sufrimiento mismo (p. 34). Dios es potencia ilimitada de borrarse a sí mismo –escribió François Varillon–, y es en esta forma como sirve realmente al mundo, a cada fragmento de su realidad y, en especial, a cada ser humano.
Se echa de ver esto tanto más fuertemente cuando nos atenemos, por otra parte, al sentido original de auctoritas. La palabra procede del verbo augere, o sea, justamente, fomentar, crecer. Comeau escribe: La autoridad se distingue del poder en la medida en que está al servicio de las relaciones [interhumanas] y del crecimiento de las personas. De nuevo se trata de una expresión que merece grabarse a fuego en la conciencia de cualquiera con poder, pero, sobre todo, si este poder habita en la comunidad universal de la iglesia de Cristo.
Que esto signifique autoridad en ella puede, sin embargo, llevarnos a otro extremo peligroso, en los antípodas del despotismo pagano: la pasividad incluso cuando se tiene el deber de ese servicio tan especial que es ordenar. En el periódico católico más conocido de Francia, La Croix, se comentaba hace apenas un año cómo hay muchas personas dispuestas a sufrir la Iglesia y pocas que se propongan seriamente reformarla. La pluma incisiva de Comeau encuentra otra fórmula muy perfecta: Querer cambiar los corazones sin cambiar las estructuras sería detenerse a medio camino. Sería justificar la pasividad (p. 41).
Y no la hubo en los primeros siglos, como no la ha habido nunca en ciertas personalidades valientes e inteligentes –no es claro que la inteligencia y la valentía sean de veras realidades diferentes, y es, en cambio, evidente que ambas son virtudes–. El ensayo histórico de Joëlle Ferry expone hechos contundentes que hoy deberían ser muy útiles, dado el inevitable, el providencial momento de transformación que atraviesa la iglesia cristiana. Por ejemplo, hasta mediados del siglo III no se puede hablar de Gran Iglesia sino, más bien, de un archipiélago de comunidades, de iglesias fundamentalmente domésticas. Nuevo ejemplo muy instructivo: la asamblea plenaria de los discípulos, y no los Doce únicamente, eligen a los siete diáconos de que se habla en Hech 6; y allí mismo se ve cómo no se ha fijado aún el modo en que se reparten los servicios en la comunidad. Así continuó siendo, según el relato de Hechos. Tercer ejemplo de primer interés: la escucha del Espíritu se realiza intercambiando en el diálogo las diferentes opiniones de todos, incluidas las mujeres. Solo en las llamadas Cartas Pastorales –se recordará que no son de la mano de Pablo, sino décadas posteriores a la muerte del Apóstol– se delata el progresivo olvido de la novedad jesuánica respecto de la mujer, que, naturalmente, va de la mano de la adaptación paulatina a la práctica común del ambiente social no cristiano. Y todo ello es signo transparente de la vitalidad y la creatividad (p. 66) de las iglesias domésticas.
¿Cómo podría no haber sido así, cuando es el bautismo el fundamento de la identidad cristiana y, en consecuencia, esta va marcada por la fraternidad?
La filósofa Agata Zielinski ofrece una meditación profunda, clara y novedosa sobre las relaciones que mantienen entre ellos los conceptos en torno de los cuales giran todas las miradas del libro. Su conclusión estriba en distinguir netamente el poder de y el poder sobre, para añadirles luego el poder juntos como desarrollo de la fecunda potencia de. Es evidente –de ahí parte Zielinski– que sin esta capacidad previa no cabe servir en nada a nadie. Pero es también evidente que quien aplica sus dotes a una tarea hacia los demás comienza ocupando un puesto de cierta preeminencia respecto de estos, que comporta el riesgo de convertirse en potestas, o sea, en poder sobre aquellos hacia los cuales se vierte la acción. Los ejemplos son fáciles e innumerables. No es sencillo señalar cuáles tienen que ser las barreras que ayuden a no cruzar de la potentia a la potestas. Ahora bien, recordando lo que llevamos ya recorrido en este breve sumario, la primera clave para salvaguardar del poder en su mal sentido a quien ejerce un ministerio cualquiera –no solo en una comunidad cristiana– es subrayar que servir remite a la capacidad de despojarse de sí mismo (p. 83), de tal modo que es imposible servicio alguno si no se mantiene diálogo auténtico con las personas a las que se dedica ese servicio, ya que de lo que se trata es de una responsabilidad. A lo que está llamado el servicio de buena ley es a volver actores a aquellos a los que se dirige. No consiste meramente en dar –creer lo contrario es parte central de las coartadas de los abusadores de poder–, sino también y más, en dejarse afectar o transformar por la relación; en aceptar recibir; en crear condiciones de reciprocidad (p. 88). La consecuencia será ese poder juntos que Zielinski apenas considerará una utopía, pero que es absolutamente necesario localizar en la realidad social si las comunidades de iure fraternales, como son las cristianas, han de conquistar un futuro que no sea mera conservación decadente.
A Christine Danel ha tocado pensar la obediencia, que es, sin duda, el foco principal del cambio cultural fronteras adentro de la iglesia cristiana, a fin de reconocer el abuso espiritual, de poder y de conciencia, como paso imprescindible para tratar de eliminarlos. La tarea no es fácil, y quizá lo sea especialmente poco en la tradición ignaciana –que es donde se sitúa la Xavière–, cuando se evoca, en la estela de Ignacio mismo y su terminante exigencia de obediencia al superior perinde ac cadaver, que “las superioras ocupan para nosotras el lugar de Cristo” –expresión literal del número 148 de las Constituciones de la congregación, que es eco de muchísimas frases del mismo tenor en muchas otras Constituciones hasta el presente–. Danel pretende que la interpretación auténtica de estos textos nada tranquilizadores consiste en que el que obedece lo hace por Cristo. Es a Cristo a quien el religioso elige obedecer cuando obedece al superior. Y concluye con otra expresión clave, de las que, como se ve, abunda nuestro libro: La obediencia religiosa se apoya en el deseo de obedecer, en última instancia, a Dios (p. 102). De donde se sigue que toda autoridad en este terreno delicadísimo se ordena a la realización de la vocación de cada una de las personas a las que se refiere. La finalidad es que crezca la libertad interior para permitir a cada individuo ser más y más él mismo; para que fructifiquen sus talentos y sus dones en el medio general de la misión de la iglesia cristiana –que se recordará que quedó definido al principio de este ensayo–.
Si para mí, laico viejo que trata de vivir en el espíritu, resuenan estas palabras con un aura de maravilla, de verdad decisiva, de futuro colmado de esperanza, puedo imaginar qué sentimiento multiplicado llenará los corazones de quienes se han integrado en comunidades religiosas mediante el voto de obediencia. Lo que no logro es imaginar el ascenso al infinito que experimentarán quienes estén viviendo la fraternidad, la autoridad y el servicio en la forma del abuso, quizá en comunidades de ambiente irrespirable, de incesto espiritual. Las hay, dicen los testigos, aunque no comprendamos cómo el seguimiento de Cristo puede errar por semejante locura. Danel solo escribe, con una seriedad tanto más impresionante cuanto más espartana, que este tipo del abuso de poder hace que las personas víctimas vean afectada su relación con Dios (p. 115). Se inicia ahí el terrible proceso del abuso espiritual estrictamente dicho, que pertenece directamente al mysterium iniquitatis.

