Categoría: Iglesia católica

  • El poder, la autoridad, el servicio

    El poder, la autoridad, el servicio

    Es reseña de Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église (Éditions de l’Emmanuel, París 2024) <+info>.

    Quizá el progreso de los tiempos –que hay alguno en algún sentido, pese a tantas apariencias en contra– nos haya traído a enfrentarnos por fin directa y francamente con una de las lacras más terribles que grava nuestra historia: el abuso de poder (y sus variantes: el abuso espiritual y el abuso de conciencia). Es este un fenómeno tan extendido que sigue habiendo muchísima gente que lo ignora, de modo semejante a como dicen que los vecinos de una catarata no la oyen. Miremos a donde miremos, salta a la vista ya un poco avezada el abuso por todas partes. Desde luego, como abuso laboral, por más que haya que ir a ciertas zonas industriales del antes llamado Tercer Mundo para encontrar espectáculos como los de las fábricas inglesas del XIX, que conmovían tanto a Karl Marx –y, al parecer, no a una muchedumbre de empresarios–. Tiempo vital vendido a quien contrata para un oficio esclavo que recuerda a los trabajos de Sísifo; sueldos míseros que obligan a acudir a las colas de la caridad… También, en una forma derivada del abuso laboral, tasas de paro elevadísimas, dependencia económica de la familia de origen, dificultades múltiples para fundar la propia. Pero estalla diariamente algún caso de tortura psicológica o física en los centros de enseñanza, no solo porque a veces abusen los docentes, sino porque entre chicos muy jóvenes la crueldad está con frecuencia sin domeñar –¡vaya centros de enseñanza en que esto ocurre sistemáticamente!–; presiones parecidas es raro que no hayan sufrido en sus empleos bien remunerados los adultos, por más alto que sea el nivel social o “cultural” en que ocurran estos abusos.

    Es más terrible y está arraigado en el pasado lejano el abuso de poder y conciencia en el matrimonio y, más ampliamente, en la familia. Que no se recurra ya tanto a los palos, las bofetadas y los castigos no significa gran cosa. Hay tantas maneras de maleducar o de maltratar en la educación familiar que solo un psiquiatra experimentado podrá atreverse a clasificarlas grosso modo.

    No se está afrontando todos los sectores y todas las modalidades del abuso en este sentido, pero sí decididamente algunos, y está contribuyendo a este avance –y no solo a este– el descubrimiento universal de cómo se han dado abusos sexuales, derivados muchas veces de los abusos de conciencia, allí donde oficialmente más lejos se está de caer en estas bárbaras relaciones entre personas: dentro de las iglesias, en especial de la católica.

    Ya se reconoce casi en todos sitios que la pederastia eclesial es solo la parte visible de un gran bloque destructivo que ha ido navegando por esos mares y continúa haciéndolo. Lo tomen o no en cuenta los códigos penales, el abuso sexual a adultos que en principio no se clasifican como vulnerables es una realidad, pero asimismo lo es que en la mayoría de estos desastres hay una génesis compleja, que se inicia por el abuso de poder, culminado hasta el dominio de la otra persona: hasta su absorción por el seductor o la seductora. El paso final para estos narcisistas –enfermos o simplemente perversos– es el control completo del cuerpo del otro.

    El caso abigarrado de las comunidades religiosas, las congregaciones y las asociaciones de laicos bajo estatutos aprobados por Roma suministra un terreno penosamente adecuado para observar de cerca estos asuntos que nos llevan hasta el límite ínfimo de la humanidad. Es como un laboratorio en el que se juntan las soluciones bien halladas, los héroes, los santos y el infierno de los abusos extremos –seducción o tortura–: las víctimas y sus victimarios.

    De aquí que las reflexiones y los datos recogidos en estos ambientes que están a la base de aquellas enseñen mucho respecto de todo el conjunto de los abusos. Y ello tanto más cuanto que las armas para combatir esta batalla decisiva de la humanidad actual se hallan con toda la abundancia deseable en el evangelio y en lo mejor de las tradiciones de las iglesias cristianas.

    Pues bien, en España son frecuentes los lamentos sobre el hundimiento de la iglesia católica en Francia, que se emplean en la comparación con la que se piensa poder encomiar a la iglesia católica en España, que resistiría, dicen, mejor la crisis. Los que conocemos un poco el catolicismo francés no solo sentimos, sino que pensamos, lo contrario: tenemos experiencia directa de una práctica eclesial cristiana depurada, pasada de veras por el tamiz de la crítica y por las pruebas peculiares de este momento, concentradas en el surgimiento de un muy considerable y espantosamente vergonzoso problema de abusos.

    Hay en Francia grupos cristianos muy activos; periódicos, universidades y casas editoriales de orientación cristiana; congregaciones religiosas bastante jóvenes llenas de espíritu y que constituyen ejemplos auténticos de fraternidad. Una de ellas, que me es particularmente querida, es la Xavière, fundada hace casi exactamente un siglo por la enfermera y sindicalista Claire Monestès. No hay en España, por cierto, ninguna hermandad de la Xavière.

    Estas hermanas viven poniendo en común sus trabajos en medio del mundo, y son profesoras, médicas, juristas, teólogas, filósofas y filólogas, pero también mujeres dedicadas a trabajos que no tienen tanto prestigio social. Poco a poco van extendiéndose desde, por ejemplo, hospitales parisinos de cuidados paliativos a misiones complejas de servicio social y médico en el África francófona.

    En los últimos años, los miembros de la Xavière dedicadas preferentemente al trabajo intelectual se han decidido a emprender la publicación de una serie de breves libros esenciales en las Éditions de l’Emmanuel, de París. Cinco religiosas tratan un tema de actualidad valiéndose tanto de su rica experiencia vital como de sus estudios. Se repiten en estos libros los nombres de algunas que han servido de superior general de la congregación. Ahora aparece el tercer volumen, titulado Il a donné pouvoir à ses serviteurs. Cinq regards de femmes sur la gouvernance dans l’Église, con la novedad de haber reunido a las hermanas de la Xavière a una amiga que no está integrada a ellas –y que enseña en las facultades Loyola de París, que es el nuevo nombre del antiguo y conocido Centre Sèvres, de los jesuitas–. Los dos textos anteriores, que merecen también amplia recensión y más amplia acogida en España, llevaron los títulos: C’est maintenant le temps favorable y, pasando a máxima concreción, J’écouterai leur cri, en el que las cinco miradas de mujeres se fijan no en la crisis en general, sino en la crisis de los abusos en particular. (La Xavière me permitirá una crítica levísima: no veo razón para que estos libros tengan prólogo y a veces epílogo o de un obispo o de un jesuita; más bien veo muchas razones para prescindir de esos varones.)

    Como es evidente, el sínodo sobre la sinodalidad es el motivo próximo de este Ha dado poder a sus servidores. Llama, pues, menos la atención que se haya soslayado el asunto de los ministerios ordenados cerrados aún a las mujeres, pero que en cambio se hable, como el papa Francisco prefiere, de cómo los llamados ministerios instituidos podrían ampliar su número y, desde luego, son por ahora el medio de que vaya actualizándose –en qué modesta medida, por Dios– la toma de posiciones de gobierno por parte de las mujeres, y no necesariamente consagradas. En cualquier caso, la reflexión profunda y calma acerca de lo que significan poder, autoridad, servicio y ministerio en la iglesia católica –sin gestos explícitos a la ecúmene cristiana– se agradece mucho hoy.

    El punto de partida común a estas cinco miradas es, como no podía ser de otro modo, la prevención respecto de las estrategias que se facilitan a ellas mismas una justificación tan fácil como, sencillamente, usar ciertas divinas palabras en vez de las que suenan de inmediato como sospechosas. Este es el caso, sobre todo, de cambiar poder por servicio –en definitiva, dos términos que figuran en el evangelio y hasta en el título del libro que recensiono–. ¡Como si el servicio se contrapusiera al poder limpia y automáticamente! No hay tal cosa: ejercer un modo de servicio es con frecuencia ocupar un lugar de poder, y tanto más solapadamente cuanto más se insiste en que no se está haciendo otra cosa que no sea servir. A este respecto, el papa Francisco gusta de recordar que la palabra latina correspondiente, ministerium, procede de minus, o sea, de menor. Sin arraigar en este matiz significativo, un ministerio, ordenado o no, un servicio a otro es más parecido al sentido que tiene hoy la palabra ministro en la jerga de la administración y el gobierno.

    Es evidente, pues, que se precisan controles que al menos restrinjan esta posibilidad lamentable de presumir que se sirve cuando se quiere decir que se manda porque en última instancia se es indispensable.

    El primer punto decisivo es evocar que todo servicio en la peculiar comunidad de la Iglesia está sometido a la misión global de esta, a su esencia, que no es sino entrar en la relación de amor de Dios para con el mundo fomentándola, realizándola. Geneviève Comeau escribe, pues, esta frase decisiva, que tantas veces no encuentra eco ni comprensión alguna en muchos círculos cristianos: Lo que nos salva es el modo en que Cristo vivió su pasión, y no su sufrimiento mismo (p. 34). Dios es potencia ilimitada de borrarse a sí mismo –escribió François Varillon–, y es en esta forma como sirve realmente al mundo, a cada fragmento de su realidad y, en especial, a cada ser humano.

    Se echa de ver esto tanto más fuertemente cuando nos atenemos, por otra parte, al sentido original de auctoritas. La palabra procede del verbo augere, o sea, justamente, fomentar, crecer. Comeau escribe: La autoridad se distingue del poder en la medida en que está al servicio de las relaciones [interhumanas] y del crecimiento de las personas. De nuevo se trata de una expresión que merece grabarse a fuego en la conciencia de cualquiera con poder, pero, sobre todo, si este poder habita en la comunidad universal de la iglesia de Cristo.

    Que esto signifique autoridad en ella puede, sin embargo, llevarnos a otro extremo peligroso, en los antípodas del despotismo pagano: la pasividad incluso cuando se tiene el deber de ese servicio tan especial que es ordenar. En el periódico católico más conocido de Francia, La Croix, se comentaba hace apenas un año cómo hay muchas personas dispuestas a sufrir la Iglesia y pocas que se propongan seriamente reformarla. La pluma incisiva de Comeau encuentra otra fórmula muy perfecta: Querer cambiar los corazones sin cambiar las estructuras sería detenerse a medio camino. Sería justificar la pasividad (p. 41).

    Y no la hubo en los primeros siglos, como no la ha habido nunca en ciertas personalidades valientes e inteligentes –no es claro que la inteligencia y la valentía sean de veras realidades diferentes, y es, en cambio, evidente que ambas son virtudes–. El ensayo histórico de Joëlle Ferry expone hechos contundentes que hoy deberían ser muy útiles, dado el inevitable, el providencial momento de transformación que atraviesa la iglesia cristiana. Por ejemplo, hasta mediados del siglo III no se puede hablar de Gran Iglesia sino, más bien, de un archipiélago de comunidades, de iglesias fundamentalmente domésticas. Nuevo ejemplo muy instructivo: la asamblea plenaria de los discípulos, y no los Doce únicamente, eligen a los siete diáconos de que se habla en Hech 6; y allí mismo se ve cómo no se ha fijado aún el modo en que se reparten los servicios en la comunidad. Así continuó siendo, según el relato de Hechos. Tercer ejemplo de primer interés: la escucha del Espíritu se realiza intercambiando en el diálogo las diferentes opiniones de todos, incluidas las mujeres. Solo en las llamadas Cartas Pastorales –se recordará que no son de la mano de Pablo, sino décadas posteriores a la muerte del Apóstol– se delata el progresivo olvido de la novedad jesuánica respecto de la mujer, que, naturalmente, va de la mano de la adaptación paulatina a la práctica común del ambiente social no cristiano. Y todo ello es signo transparente de la vitalidad y la creatividad (p. 66) de las iglesias domésticas.

    ¿Cómo podría no haber sido así, cuando es el bautismo el fundamento de la identidad cristiana y, en consecuencia, esta va marcada por la fraternidad?

    La filósofa Agata Zielinski ofrece una meditación profunda, clara y novedosa sobre las relaciones que mantienen entre ellos los conceptos en torno de los cuales giran todas las miradas del libro. Su conclusión estriba en distinguir netamente el poder de y el poder sobre, para añadirles luego el poder juntos como desarrollo de la fecunda potencia de. Es evidente –de ahí parte Zielinski– que sin esta capacidad previa no cabe servir en nada a nadie. Pero es también evidente que quien aplica sus dotes a una tarea hacia los demás comienza ocupando un puesto de cierta preeminencia respecto de estos, que comporta el riesgo de convertirse en potestas, o sea, en poder sobre aquellos hacia los cuales se vierte la acción. Los ejemplos son fáciles e innumerables. No es sencillo señalar cuáles tienen que ser las barreras que ayuden a no cruzar de la potentia a la potestas. Ahora bien, recordando lo que llevamos ya recorrido en este breve sumario, la primera clave para salvaguardar del poder en su mal sentido a quien ejerce un ministerio cualquiera –no solo en una comunidad cristiana– es subrayar que servir remite a la capacidad de despojarse de sí mismo (p. 83), de tal modo que es imposible servicio alguno si no se mantiene diálogo auténtico con las personas a las que se dedica ese servicio, ya que de lo que se trata es de una responsabilidad. A lo que está llamado el servicio de buena ley es a volver actores a aquellos a los que se dirige. No consiste meramente en dar –creer lo contrario es parte central de las coartadas de los abusadores de poder–, sino también y más, en dejarse afectar o transformar por la relación; en aceptar recibir; en crear condiciones de reciprocidad (p. 88). La consecuencia será ese poder juntos que Zielinski apenas considerará una utopía, pero que es absolutamente necesario localizar en la realidad social si las comunidades de iure fraternales, como son las cristianas, han de conquistar un futuro que no sea mera conservación decadente.

    A Christine Danel ha tocado pensar la obediencia, que es, sin duda, el foco principal del cambio cultural fronteras adentro de la iglesia cristiana, a fin de reconocer el abuso espiritual, de poder y de conciencia, como paso imprescindible para tratar de eliminarlos. La tarea no es fácil, y quizá lo sea especialmente poco en la tradición ignaciana –que es donde se sitúa la Xavière–, cuando se evoca, en la estela de Ignacio mismo y su terminante exigencia de obediencia al superior perinde ac cadaver, que “las superioras ocupan para nosotras el lugar de Cristo” –expresión literal del número 148 de las Constituciones de la congregación, que es eco de muchísimas frases del mismo tenor en muchas otras Constituciones hasta el presente–. Danel pretende que la interpretación auténtica de estos textos nada tranquilizadores consiste en que el que obedece lo hace por Cristo. Es a Cristo a quien el religioso elige obedecer cuando obedece al superior. Y concluye con otra expresión clave, de las que, como se ve, abunda nuestro libro: La obediencia religiosa se apoya en el deseo de obedecer, en última instancia, a Dios (p. 102). De donde se sigue que toda autoridad en este terreno delicadísimo se ordena a la realización de la vocación de cada una de las personas a las que se refiere. La finalidad es que crezca la libertad interior para permitir a cada individuo ser más y más él mismo; para que fructifiquen sus talentos y sus dones en el medio general de la misión de la iglesia cristiana –que se recordará que quedó definido al principio de este ensayo–.

    Si para mí, laico viejo que trata de vivir en el espíritu, resuenan estas palabras con un aura de maravilla, de verdad decisiva, de futuro colmado de esperanza, puedo imaginar qué sentimiento multiplicado llenará los corazones de quienes se han integrado en comunidades religiosas mediante el voto de obediencia. Lo que no logro es imaginar el ascenso al infinito que experimentarán quienes estén viviendo la fraternidad, la autoridad y el servicio en la forma del abuso, quizá en comunidades de ambiente irrespirable, de incesto espiritual. Las hay, dicen los testigos, aunque no comprendamos cómo el seguimiento de Cristo puede errar por semejante locura. Danel solo escribe, con una seriedad tanto más impresionante cuanto más espartana, que este tipo del abuso de poder hace que las personas víctimas vean afectada su relación con Dios (p. 115). Se inicia ahí el terrible proceso del abuso espiritual estrictamente dicho, que pertenece directamente al mysterium iniquitatis.

  • Todavía hay tardes luminosas

    Todavía hay tardes luminosas

    A estas alturas ya saben todos los lectores los datos básicos de la biografía de León XIV, este norteamericano de nacionalidad peruana, de la orden agustina y nada alineado con los aires de lo que llaman democracia iliberal y que parece triunfar –puede ser una coyuntura que no dure tanto como tememos– a ambos lados del Atlántico.

    Yo escribo un momento después de haber oído la primera alocución del papa desde el balcón de San Pedro: emoción, lágrimas discretas, un cierto gesto de vértigo al estar ante un abismo de problemas, una serie de recuerdos importantes. Ante todo, el nombre escogido anuncia la profundización en los temas de justicia social y orden político, hacia el exterior pero también hacia el interior de la Iglesia católica. Luego ha habido la referencia a la gestión sinodal, que cada vez deberá más y más ser puesta en práctica, en lo que se refiere a la administración y el poder en la Iglesia. Naturalmente, esto va de la mano de las menciones al papa Francisco. En el trasfondo está el compromiso sin reservas de León XIV para combatir no ya solo los abusos sexuales sino también los de conciencia, como se ha demostrado bien recientemente en el conflicto del Sodalicio de Vida Cristiana, que ha acabado con la disolución de este grupo el mes pasado. Es este un ámbito muy delicado pero que está clamando por que se lo afronte.

    El ademán humilde y tímido del papa contrasta con la firmeza de la voz que saluda al pueblo con el saludo del Cristo resucitado y reza con él un Avemaría y lo bendice. Paz, unidad, amor, acogida a todos son las palabras que han aparecido y reaparecido constantemente en la breve alocución. Las anotaciones dejaban el lugar a esta especie de letanía, que ha seguido en español recordando a las gentes de Chiclayo, la ciudad cercana al Pacífico, en el norte del Perú, donde más ha trabajado el papa. Hay ocasiones en las que una excesiva habilidad con las palabras inspira desconfianza, pero este no ha sido en absoluto el caso.

    Finalmente ha comparecido en el discurso san Agustín, el gran teólogo de la interioridad y de la presencia de Dios más íntimo que lo más íntimo de cada ser humano. Todo esto es para mí señal de esperanza, y la esperanza pide ser compartida y no está dispuesta a sucumbir ante las primeras pruebas. Un matemático, especialista en Derecho Canónico –materia que espera desarrollos urgentes–, identificado con las gentes con las que su trabajo de misionero lo ha puesto en contacto: evoca la personalidad de Pablo VI, me atrevo a sentir, solo que adecuado a este tiempo ya tan distinto.

    No se debe olvidar, ahora que hemos tenido que leer tantas valoraciones únicamente políticas del pontificado de Francisco que lo esencial de un papa simplemente coincide con lo que es esencial para cualquier bautizado: el seguimiento radical, valiente e inteligente de Cristo. Una vida que se asemeje a los rasgos extraordinarios de Jesús de Nazaret mientras anduvo por esta tierra y que se entregue a la esperanza absoluta de que ya ahora la resurrección de Cristo tiene transformada la raíz de la naturaleza entera y de la historia, por más que apenas sepamos ninguno ver a nuestro alrededor tal maravilla. Un cristiano, incluso si lo eligen papa, no tiene necesidad de hablar y escribir sino las palabras evangélicas. Doctrina la hay abundante, pero no hay en cambio tanta práctica de ella. Los símbolos y los gestos importan –en esto el éxito real de Francisco no se puede poner en duda–, pero no tocan siempre el fondo de la vida y de la realidad. Se espera del papa que viaje, que escriba, que predique continuamente. Tendrá que satisfacer en alguna medida prudente estas expectativas, pero la gran cuestión no va por esa ruta.

    La Iglesia católica no tiene hoy la impresionante influencia social que aún tenía en el pontificado de León XIII, pero carga con la responsabilidad de purificarse –semper reformanda est– y de transmitir creíblemente al presente y al futuro su tesoro de amor y, muy en especial, de esperanza. Tiene que estar en la avanzadilla de cuanto es justo; tiene que fomentar el uso de la razón y el resto de las espléndidas capacidades de los seres humanos; tiene que confiar en que no es tan grave verse reducida a una minoría que se parezca a la levadura en la masa. Tiene poco sentido clasificar a un papa como continuista. Una cosa así sería un imposible.

    La prudencia, la experiencia y la oración tendrán que ayudar al papa a evitar que las disensiones tomen el vuelo de un cisma; pero acoger realmente a todos es un programa tan cristiano como audaz. Yo espero que, por el momento, aunque sea esto más bien, justamente, un símbolo, las mujeres y los laicos de todas las proveniencias llenen los puestos de responsabilidad en el organigrama eclesiástico.

    La marginación de las mujeres es, sin duda, uno de los factores que obstaculizan que se pueda realizar la misión de la Iglesia; pero esa no es la única marginación, como todos sabemos. Empecemos pensando modestamente en que se den pasos claros y rápidos para la unidad de las iglesias de Cristo.

    Finalmente, no se olvide que una grandísima parte de lo que debe hacerse nos toca a todos, cristianos y no cristianos, cuando el tiempo invita –tienta– a retirarse de la acción.

    Publicado en la Tribuna del diario La Razón del 12 de mayo de 2025.

  • El cristianismo agonístico de Francisco y la crisis de los abusos

    El cristianismo agonístico de Francisco y la crisis de los abusos

    Ante todo, creo muy adecuado, incluso necesario, transcribir dos expresiones clave de la pluma de Francisco: La fe siempre conserva un aspecto de cruz (Evangelii Gaudium, 42) y Basta un hombre bueno para que haya esperanza (Laudato si’, 71).

    No se encuentran en los textos y alocuciones de Francisco novedades doctrinales y avances teórico-teológicos. La novedad de este pontificado es el impulso decidido y constante –solo se le podría reprochar que no haya sido aún más radical y más rápido, porque las cosas urgen– a poner en práctica ejemplarmente las consecuencias cotidianas de la verdad evangélica. Lo que ha habido en Francisco es la encarnación del hecho de que el obispo de Roma es el siervo de los siervos de Cristo –lo que no cabe sino actualizando con absoluta radicalidad las actitudes esenciales de Cristo: acciones, afectos, signos–. En el terreno práctico es donde de veras se debe llevar a cabo la actividad positiva, propositiva y profética del pontífice romano, y es ahí donde descuella el modo de gobierno de Francisco. No se ama a Dios sino a través del amor de las realidades creadas y, fundamentalmente, a través del amor a las personas. No solo hay que amar al enemigo sino que no hay que responder al mal con ninguno de sus instrumentos.

    Justamente éste es el punto de máximo peso en el pontificado de Francisco y el que le ha valido ataques de una ferocidad que contradice ya de entrada al Espíritu del amor divino.

    Nuestro presente es tan espantosamente ambiguo y está tan sumergido en el pecado individual y el mal estructural, que dos de los aspectos más visibles de la acción de Francisco –vinculados, por cierto, entre sí– han llegado a ser la lucha contra los casos de abuso dentro del ámbito de la Iglesia y la promoción de la sinodalidad como estructura básica de la gerencia del poder en ella. El papa ha reconocido con plena claridad que la crisis suscitada por los abusos va de la mano de un sistema de ejercicio del peculiar poder eclesiástico que no previene suficientemente por sí solo contra las perversiones.

    En el combate contra los abusos se empezó por el abuso sexual localizado en menores y en personas llamadas vulnerables. Así aún en la revisión del documento básico, Vos estis lux mundi, en 2023. Pero ya en su inicio reconoce muy discretamente esta carta que el abuso se extiende con terrible peligro a la conciencia y a la desviada dirección espiritual. Ha sido más difícil que haya penetrado lo bastante en la Iglesia la evidencia de que hay también abuso sexual a adultos que no caben en la noción de vulnerabilidad que se ha venido manejando. Lentamente entramos ahora en la realidad de cómo la seducción puede formularse con la distinción entre ceder y consentir, porque el consentimiento es precisamente lo que está impedido por el proceso de seducción. Del combate imprescindible contra el abuso físico se va pasando a intensificar el combate contra el abuso espiritual, sin por ello minimizar los estragos del abuso sexual. El compromiso decidido, claro y efectivo de Francisco en este terreno tiene que redundar en la toma de conciencia de la sociedad entera respecto de la espantosa abundancia de los abusos intrafamiliares de todo tipo. Es, naturalmente, un terreno de límites muchísimo más imprecisos y difíciles de definir que el de los abusos sexuales. La Iglesia cristiana tiene el deber absoluto y urgentísimo de mantener el rigor de lo que habitualmente llamamos tolerancia cero, porque es en la actualidad una parte esencial de la renovación de la gran esperanza cristiana en la liberación y la promoción integral de lo humano.

    Que la confrontación con esta plaga no ha quedado en declaraciones emotivas y actos simbólicos aislados lo prueba la orden papal directa de abrir oficinas dedicadas a acoger denuncias en todas las diócesis del mundo. Ha habido enseguida, por ejemplo, en Madrid, un modo original y radicalmente cristiano de obedecer: convertir ese espacio en ámbito de acogida a las víctimas, de escucha y reparación psicológica y asesoramiento jurídico, y de formación dirigida a toda la sociedad. Y ello sin excluir la acogida a las víctimas llamadas secundarias y a los mismos abusadores, si dan el paso –muy raramente lo dan– de pedir ayuda. Estos espacios de vida cristiana herida y de cuidado interpersonal me consta –coordino el que hay desde hace cinco años en Madrid– que han estado muy cerca del corazón de Francisco. Deberán crecer mucho más por todos los rincones de la cristiandad, porque la crisis es uno de los signos de este tiempo y su lectura teológica es este tipo de acción.

    Ya señalé la dificultad de que los tiempos para realizar tales cambios vayan en la realidad acordes con lo que es el ideal; pero soy testigo de la profunda seriedad con la que la inspiración del papa mueve esta reacción. Siempre vemos tibiezas, retrasos, casos mal resueltos, disimulos, gentes que parecen estar al lado de lo que intentamos pero en realidad no lo están. Francisco ha planteado sin reservas este movimiento de cristianismo real, agónico y lleno de caridad auténtica, y no depende ya de él –ni dependió nunca solo de su impulso– que llegue hasta los confines más oscuros de la complejidad de la Iglesia. El papa que acaba de morir ha dado pasos que nadie se atreverá a borrar.

    Publicado en Agenda Pública el 24 de abril de 2025

  • Urgencia de comunión

    Urgencia de comunión

    La excelente teóloga Cristina Inogés, que ha hecho un papel tan destacado como inusual en el Sínodo reciente, y que lleva años y años de trabajo eclesial, ha reunido e inspirado a veintiún autores –entre ellos, el colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada– para presentar Para que tengan vida… todas las víctimas, el libro más completo de que disponemos en español sobre el terrible fenómeno de los abusos en la Iglesia –y fuera de ella–. Un tercio del texto, aproximadamente, no ha sido impreso sino que se lee en la página web de Khaf –este sector de Edelvives que va imponiéndose rápidamente como un punto clave de referencia en la literatura teológica de hoy–.

    Solo echo de menos en este magnífico repertorio tan amplio que no haya escrito en él Inogés más que un breve prólogo. Es, sin embargo, un texto vibrante y clarísimo, en que se habla de que atravesamos –confiemos en ello y en el Espíritu– “uno de los más gélidos inviernos eclesiales”, que obliga a que pidamos sin tregua y sin miedo “transparencia total”, puesto que sigue sin haberla. Encuentro atinadísima la fórmula en la que la teóloga afirma que de esta crisis “solo se sale como comunión”. A estas convicciones corresponde el hecho insólito de que los beneficios económicos que pueda reportar la venta del volumen se destinan íntegros a Repara, el órgano dedicado a la atención de las víctimas y la prevención de los abusos por la archidiócesis de Madrid. Personalmente, como coordinador de este grupo ya desde hace cinco años, o sea, desde que aún no había nacido, me ha emocionado este gesto colectivo. En efecto, Repara necesita aún más ayuda que la que está recibiendo de gentes generosas que entienden lo que describe Inogés tan concentradamente.

    Me gustaría disponer de varias veces el espacio que aquí tengo para analizar tantas contribuciones interesantes. Pido perdón a quienes no vaya a poder mencionar con justicia. Quizá habrá que dedicar atención pormenorizada de algún otro modo, en otra oportunidad, a la riqueza del libro. Ojalá no pase desapercibido, por más que, como a veces me han dicho al tener que hablar yo mismo de estos asuntos, son tan evidentemente desagradables que el lector potencial tendrá siempre que hacer de tripas corazón para pasar adelante.

    Si lo logra, quedará inmediatamente enganchado a la lectura por el fascinante y muy completo texto de Albert Llimós, bien conocido investigador, desde el periodismo en la mejor acepción de esta palabra, de una serie de casos que se remontan a los años 80. Llimós toca un número muy grande de los puntos candentes que se explicitan luego en otros capítulos. Pero creo que la repetición de algunos elementos no cansará a nadie.

    Ana Medina relata sobre todo varias experiencias de acompañamiento de víctimas que orientarán a quien se sienta movido a colaborar en el amplio movimiento de superación de la crisis que se va promoviendo por doquier. María Luisa Berzosa profundiza en las claves de la escucha a víctimas: acoger, acompañar, actuar. Es muy semejante el tema de la profunda aportación conmovedora de Rosa Ruiz, que complementa páginas adelante Fabrizia Raguso. (En los artículos adicionales hay incluso una sorprendente propuesta semilúdica, elaborada y aplicada en Chile, que no dejará de desconcertar y, también, de sugerir vías imprevistas). María Noel Firpo trata el asunto desde la práctica de la psicología, en la que lleva mucho tiempo siendo referente.

    El abuso sexual muestra, principalmente en los casos en que la víctima no es niño o adolescente muy joven, que es el último eslabón de una larga cadena de seducción que empieza en el abuso de poder y de conciencia. Este tema dolorosísimo, como el abuso espiritual estrictamente dicho, es ahora posiblemente lo que resulta más difícil de afrontar y lo que suscita mayores resistencias en quienes inmediatamente piensan, con una increíble superficialidad, que quienes entran en este ámbito solo están contribuyendo a la difamación de la Iglesia. Cristina Sánchez Aguilar ha escrito a este respecto unas páginas muy iluminadoras, que nadie debería pasar por alto. Lo mismo hay que decir de la contribución de Ianire Angulo, uno de cuyos apartados lleva el expresivo título La epidemia silenciosa de los abusos no sexuales. Jens Año Müller insiste en la importancia de mejorar la formación como medio imprescindible para prevenir abusos dentro de las congregaciones religiosas.

    Elena Alonso abre una línea diferente de la problemática en su prudente y muy informada Importancia de la coeducación afectivo-sexual en las aulas.

    El problema esencial de la adecuada imagen –y la adecuada experiencia correspondiente– del Dios cristiano, frente a las espantosas deformaciones que son el núcleo del abuso espiritual –del falso misticismo– lo inicia Rosa Ruiz y lo prolonga el estudio bíblico del pastor Sergio Rosell.

    El Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada afronta otra de estas cuestiones que ha cubierto el silencio hasta ahora mismo: los abusos eclesiales contra las personas LGTBIQ+. Cerca de ello está el segundo de los llamados ensayos adicionales, o sea, de los que no han sido impresos: el que dedica desde la psicología –y desde la experiencia directa– Alma Guadalupe Hernández a la diversidad sexual y la vocación religiosa. Se trata prácticamente de auténticas primicias, en lo que yo sé, dentro de la literatura en español. Es casi necio subrayar la falta que hacen introducciones de este tipo a un tema que requiere ser meditado a fondo.

    José Luis Pinilla y Jennifer Gómez se refieren a cómo las migraciones inciden en la vulnerabilidad. Mucho sobre esto conoce Repara cuando recibe casos de abuso intrafamiliar, en especial a través de la colaboración con Cáritas Madrid. Gonzalo Fernández Maíllo estudia como sociólogo la situación española: exclusión social, pobreza, trata, abusos de varia índole.

    Xiskya Valladares introduce, como no podía ser menos, en la discusión al mundo digital. Todos somos conscientes del peligro que representa ese ámbito de irresponsabilidad y anonimato, en especial para los más jóvenes.

    Todo esto es en realidad teología actual: un novedoso método para acompañar la oración personal y para incitar a todos a moverse hacia la comunión transformadora que necesitamos con urgencia.

    Es una versión ampliada de la reseña del libro Para que tengan vida… todas las víctimas (Cristina Inogés, coord.; Madrid, Ediciones Khaf, 2024), publicada en la revista Vida Nueva, núm. 3404, p. 40, marzo 2025.

  • Economías vaticanas. Breve introducción a las bases teóricas de Mensuram Bonam

    Economías vaticanas. Breve introducción a las bases teóricas de Mensuram Bonam

    El documento Mensuram bonam es una llamada a la conversión de cierta parte del tesoro de la Iglesia que suele quedar al margen de las exhortaciones vaticanas, pese a la larga y extraordinaria historia
    –no recordada en este texto– de las acciones de la Iglesia en el terreno de la economía.

    La primera base de MB es el recuerdo de una verdad elemental de la ética, no específicamente cristiana: que toda relación con las posesiones es un acto moral, o sea, calificable de bueno o malo moralmente, y nunca indiferente. Como es natural, esa relación puede ser o bien de mera conservación o bien de gasto o bien de inversión. MB trata de justificar cómo la mera conservación en realidad no es tal y, desde luego, entra en el terreno de lo inmoral a la vista de cómo está el mundo. MB recuerda una serie de parábolas jesuánicas, la más clara de las cuales es la de los talentos –recuérdese que un talento era un dineral–.

    La segunda base de MB es la afirmación de la igualdad y la dignidad suprema de cada individuo humano –de cada individuo, no de cada institución–. La fraternidad universal y la dignidad superlativa de cada persona es tesis común a la sabiduría griega y al cristianismo, pero es apresurado y muy optimista extenderla a todas las culturas –no ha sido así y aún hoy no lo es en el Extremo Oriente ni en África, por ejemplo, y, esperemos que en el pasado, tampoco en Suramérica precolombina–. Incluso dentro de la tradición general del Occidente ni el empirismo radical ni el racismo –y ni siquiera el marxismo– comparten este principio común a Atenas y Jerusalén. Este simple hecho concede a este segundo punto de apoyo de MB una dimensión utópica y profética, que se multiplica cuando se atiende a la situación real de la humanidad hoy, sometida a toda clase de miserias. Lo cual hace aún más cierto que gastar e invertir son mandatos morales que, eso sí, necesitan orientación y discernimiento.

    La tercera base de MB se refiere al carácter relacional del ser humano, más allá de los límites de los límites mismos de la humanidad. Se trata, claro está, de una verdad palmaria y muy importante, respecto de la cual hay que tomar ciertas cláusulas de interpretación que extraigo –subrayándolas– de MB.

    La primera es el subrayado –necesario, pero que nunca debe pasar a excesivo– del bien común. Recuérdese lo fácil que es amar al sobreprójimo y lo sencillo que es cambiar las leyes sin tocar a los individuos. El verdadero principio judeocristiano es el de Friedrich Gogarten, recientemente puesto en máximo valor por Knud Lögstrup y basado en la broma “socrática” de 1Jn 4,20: ἐάν τις εἴπῃ ὅτι Ἀγαπῶ τὸν θεόν, καὶ τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ μισῇ, ψεύστης ἐστίν· ὁ γὰρ μὴ ἀγαπῶν τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ ὃν ἑώρακεν, τὸν θεὸν ὃν οὐχ ἑώρακεν οὐ δύναται ἀγαπᾶν. El desarrollo humano integral no coincide con la promoción del bien común, salvo que se entienda este radicalizado, como sucede alguna vez en la enseñanza de los últimos papas, ya realmente alejada de Aristóteles –que no era precisamente un cristiano–.

    La segunda deriva que hay que prevenir es la posibilidad de subrayar por encima de lo justo la conexión del ser humano con la Naturaleza. El concepto de creación es bastante más complejo que esta deriva semi-estoica que tan frecuente es hoy. Es, de nuevo, más fácil cuidar del planeta que promocionar directa e inmediatamente a, por ejemplo que conozco, los pigmeos baka del oriente del Camerún. En este sentido, valoro radicalmente el esfuerzo por cubrir la ignorancia, por hacer avanzar en la conciencia, la libertad y el saber. Políticamente es esto tan difícil o más que crear condiciones de salubridad, pero da réditos esenciales. Poblaciones hoy marginadas no pueden salir de su estado solo por la mejora de sus condiciones económicas. Para decirlo con más violencia: los pobres culturalmente abandonados no son esa fuente de felicidad ingenua, de confianza en los seres humanos y de cristianismo popular que imaginan posturas extremas de la teología de la liberación. De ahí que sus posibilidades de progreso las vean antes en la violencia revolucionaria que en cualquier otro lugar: pueden desear para ellos lo que está siendo destructivo ya espiritualmente para sus opresores: dar culto al dinero. En otras palabras: la crisis de miseria material y moral de una enorme parte de la humanidad es más urgente aún que las crisis solamente ecológicas –las que afectan a la naturaleza–. Quizá se necesite un período de atención reduplicada a la promoción de los seres humanos, para luego poder pasar a atender radicalmente al problema de la degradación de la diversidad biológica y la polución de la naturaleza en general.

    Sobre estos fundamentos, aparece como una evidencia el deber de invertir del modo más justo y cristiano posible los bienes de la Iglesia y de cada una de sus instituciones y cada uno de sus individuos. No solo porque hacerlo es dar “una prueba de solidaridad con el género humano”, sino porque todas y cada una de las inversiones dan expresión tangible a valores que contribuyen al futuro o lo abandonan. Incluso es real y bueno que aparezcan vocaciones de inversores, ¿por qué no? Eso no es rendir culto simultáneo a Dios y a Mammón.

    No hay tampoco inversión moralmente neutra. La urgencia del discernimiento ético y cristiano acerca del invertir se echa de ver en que las teorías económicas predominantes no tienen en cuenta de veras los principios de MB. (Quizá en un futuro no lejano logre dar la Iglesia pautas técnicas sobre el régimen económico más justo, porque también esa audacia pertenece al núcleo de su misión.) Ya está habiendo ahora un crecimiento exponencial de fondos dedicados a fines idénticos o próximos a los que la justicia y el cristianismo piden, aunque corren el peligro de ser malamente instrumentalizados por falta de fundamentación suficiente.

    Un capítulo importante, solo rozado en MB, es que una parte de la actividad de los “inversores integrales” de nuevo cuño que se quiere suscitar debería dedicarse a construir y mantener vías de información realmente verídicas y no contaminadas ideológicamente ni comprometidas de manera oscura con la defensa a ultranza de la praxis de la Iglesia misma.  No es solo que no disponemos de métricas del desarrollo humano integral, precisamente porque la información está viciada en múltiples sentidos; es que ya la pequeña inversión que todos llevamos a cabo simplemente por tener dinero en el banco no la controla el inversor, que ignora cómo se desempeña su banco en cuestiones financieras de gran volumen. Esto crea un sentimiento vago de culpabilidad e irresponsabilidad que angustia a una parte importante y moralmente sana de la sociedad.

    MB insiste, como no podía ser menos, en que en este terreno que ella quiere animar y orientar no puede reinar en solitario la justicia conmutativa, sino aquella aplicación de la justicia distributiva que se derive del principio de subsidiariedad a las necesidades más apremiantes de los seres humanos. Y este punto está en conexión con el hecho perturbador pero claro de que en nuestro mundo hoy los negocios más sucios son los más rentables. Hay, pues, que huir de aferrarse al criterio de la máxima rentabilidad –pura justicia conmutativa, que entonces sería injusticia– ya solo en virtud de este factor. A la vez, habría que refutar lo que era la preocupación de Popper senil y que me manifestó tan rotundamente a mí mismo: debilitar la riqueza de los ricos solo comportará empobrecer los sistemas de promoción de los pobres. MB está en última instancia defendiendo que la noción de solidaridad pertenece al uso práctico de la razón y no al mero uso teórico de ella (como era el caso, muy probablemente, de esta insistencia de Popper).

    Anoto además una discusión a la que se abre muy prudentemente MB, pero que está iniciada en alguna encíclica del papa actual: las ventajas y los riesgos de una gobernanza universal que sirva, en primer término, para contener la avaricia de las corporaciones multinacionales y preserve así los derechos de los más pobres.