Etiqueta: vida espiritual

  • Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida, del rabino lord Jonathan Sacks (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).

    What we have loved,
    Others will love, and we will teach them how.

    A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.

    Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.

    Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.

    El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.

    La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.

    La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.

    Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.

    Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.

    La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.

    Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.

    Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.

    Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.

    Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.

  • Notas sobre el espíritu y su vida

    Notas sobre el espíritu y su vida

    Publicada en págs. 17-19 del número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    Hay un espléndido momento en el diario metafísico de Gabriel Marcel correspondiente al año 1931 —Ser y tener— en que repentinamente se atreve a definir la que él mismo llama vida espiritual: sería esta el desasimiento progresivo de cuanto se tiene, para reducirse a ser y, de esta manera, vacío de lastres, quedar en la plena disponibilidad respecto de cuanto sea real —y por real, sin duda no auténticamente malo ni dañino, aunque quizá sí doloroso y excesivo o enormemente gozoso, y, a lo mejor, desbordante, transcendente— y nos visite.

    Se ha usado hasta volverla insignificante esta pareja: ser y tener. Si nos arriesgamos a mirar su interior, veremos que ante todo tenemos necesidades, a las que debemos aplicar la honda división de Epicuro: muchas de ellas, aunque las llamemos así, no son verdaderamente necesarias; otras son carencias naturales que dan lugar a tendencias igual de naturales hacia lo que las calma; pero solo alguna de estas carencias naturales origina verdaderas necesidades de las que es absurdo desprenderse. El desasimiento progresivo, que iguala a la vida espiritual Marcel, deja fuera de su alcance tan solo a estas necesidades del tercer grupo. En los casos de las otras dos formas de carencia, tenemos, en efecto, tanto la necesidad como aquello con que la saciamos, y la necesidad renace continuamente, de modo que tratamos de encontrar una y otra vez el alimento que la aplaca por un poco de tiempo. Todo cuanto tenemos en estos dos sentidos muy próximos entre sí se puede emplear para describirnos con una serie de predicados que parecen una flora de mala índole que ha brotado a lo que de veras somos. Y entonces se ve que esto que somos —y que apenas nos describe como individuos, porque radicalmente lo compartimos con el resto de los humanos, aunque sea tan frecuente que pensemos que somos prácticamente lo que tenemos—, vemos que somos, digo, seres lábiles, indigentes, pero también dotados con el poder formidable de una libertad capaz de transformarnos hasta dejarnos como en carne viva, desasidos de lo que no sea real y, por tanto, disponibles abierta, casi absolutamente, ojalá que absolutamente a entrar en relación plena con toda la realidad.

    La primera bienaventuranza del Sermón del Monte se refiere a los pobres en cuanto al espíritu y les adjudica en presente —las demás bienaventuranzas están en futuro— la estancia en el reino de Dios, o sea, una vida albergada en el Dios que un día lo será todo en todos. En efecto, la humilde disponibilidad hace de nosotros un símbolo, en la acepción primitiva de ser nada más que un pedazo de cierto todo real. El otro pedazo es todo eso que existe fuera de nosotros y que van reconociendo nuestros ojos —los de la carne y los del alma— más y mejor a medida en que quedan limpios de lo que nos deja indisponibles para el ser. Si pudiéramos detenernos un momento en el estado de humilde disponibilidad total, veríamos que lo que es en sentido fuerte es lo demás, lo externo, mientras que nosotros, meras mitades anhelantes, solo — momento de elocuencia maravillosa de Marcel— sub-somos, sub-existimos. Tener es tener para sí y aislarse; ser es ser para lo otro, estar ya siendo en trama con lo otro, pero precisamente sin reducirlo a polo de nuestras necesidades no necesarias, sin teñirlo de nosotros mismos ya recubiertos de adherencias prescindibles. Lo que quiere decir que la realidad se deja hacer: o se enlaza a nuestro ser disponible para volverlo tan real de veras como ya lo es ella, o permite que parcialmente la transformen nuestras ignorancias y nuestros afectos incontrolados y se deje tener por nosotros. En este caso solo podemos creer que lo real soy yo mismo. Quien se detenga un espacio de tiempo suficiente sobre el significado de esta frase, notará cómo se le hiela la sangre en las venas y le viene el deseo de quebrar esa realidad única, sola, en constante crecimiento —como hinchándose salvajemente en cada instante de la vida—. La aparente muerte de la persona disponible —una como muerte, una como renuncia previa a la vida entramada con la realidad exterior— es, en cambio, su renacimiento: el comienzo de una vida realmente real, ansiosa de cosas auténticamente reales, cada vez menos tentada a hacer ofensa a la realidad rebajándola a algo que pueda yo tener, yo, el único que en ese caso soy —es decir, que ni es ahora, ni fue todavía nunca, ni podrá ser si no ejecuta una conversión tremendamente poderosa respecto del giro que ha dado a su vida—.

    Que la vida espiritual sea, pues, ejercicio de la libertad no la aparta de recibir una ayuda, un impulso inmenso desde lo exterior ya existente. La exagerada identificación del infante con su cuerpo recibe la sugerencia temprana de que no es verdadera, de que debe ser dejada atrás. Algo nos sugiere que somos libres e incluso que debemos empezar a realizar nuestra libertad, hasta entonces inexistente. Paradoja básica de la libertad: no existe más que cuando la iniciamos, así que es suponer demasiado afirmar que nacemos potencialmente libres. Más bien sucede que nacemos ayudados —per-donados— por la realidad, dentro de la cual somos naturalmente casi reales, en el sentido de las descripciones anteriores. Es imposible que no la acojamos desde que nacemos, dada la indigencia de nuestra naturaleza; pero ello es el inicio de que quede abierta la puerta para que nuestra relación con lo real desborde, casi solo por ella misma, los avatares de la posesión y el alimento. Hay problematicidad en la historia misma de este apoderarnos de lo que sentimos como alimento de nuestras carencias; y los problemas tiran de la razón, la activan. En un segundo momento, la razón distingue los meros problemas de otros aspectos de la realidad que ella misma nos dice que se encuentran en ámbitos diversos. Hay enigmas y su misión no es alimentarnos sino, más bien, como pasó a los humanos que primero recibieron el impacto de la presencia cercana de las Musas, convertirnos en seres puramente extasiados, que se olvidan de comer, beber y dormir y gastan lo que les queda de vida en cantar. La divinidad se apiada de ellos y los vuelve cigarras para que no tengan conciencia de la brevedad y la profunda inutilidad de sus vidas gastadas en el deslumbramiento de la belleza y de los abismos que se adivinan en los otros seres humanos. Y ya antes, seguramente, de este estado de perplejidad, curiosidad y gozo que no se parece al de alimentarse, se insinúan en la vida humana los misterios, que llamó perfectamente Karl Jaspers situaciones límite. No porque sean peak experiences, sino porque son los horizontes de todas las situaciones de la vida, aunque no se tenga noticia clara de ellos desde el principio. Posiblemente aún ahora el anciano no termina de reconocer nuevos horizontes a su situación, allende los ya experimentados.

    Cuando Marcel habla de la disponibilidad y cuando una corriente poderosa de la tradición teológica habla de la humildad, los correlatos de estas actitudes básicas de nuestra vida apenas son los problemas, sino casi únicamente los enigmas y los misterios. En ellos se realiza una, diríamos, concentración de lo que significa realidad. Es cierto que el que llamó Epicuro grito de la carne exige calor, agua y pan, pero él mismo era bien conciente de que grita además en nosotros, y con un vigor supremo, la voz que nos manda buscar verdad. La verdad que nos atrae es la difícil y recatada de cuanto es enigmático y de cuanto es misterioso. La gracia, el don enorme consiste, en primer término, no solo en que hayamos nacido sino en que, sin más método que abrir los ojos y adelantar oídos y manos, se mete en nuestra vida apenas existente la riqueza plural de la realidad y casi parece que ella misma formula, como en la sensibilidad, enigmas y misterios. Joseph Joubert escribió que la razón no razona, y es que la razón que despierta a su propia realidad resolviendo problemas no es el arma más útil para absorberse en lo enigmático y para responder no inadecuadamente a lo misterioso. La razón, pero sin razonar, quería decir el agudo observador de la vida, es la luz que nosotros echamos sobre estas maravillas en los bordes de la maravilla misteriosa de nuestra vida. Las argumentaciones solo preparan —cuando no enmarañan, entorpecen y posiblemente hasta impiden— las visiones del espíritu.

    La mitad, pues, de la que define Marcel como vida espiritual sucede ya fuera de nosotros y procura extraer de nuestra pasividad el ejercicio de la libertad para la visión intelectual de todo aquello de lo que pende aún más que del alimento nuestra existencia: la verdad, el enigma, el misterio. La naturaleza y la historia son ya vida espiritual, aunque no la colmen más que cuando queremos nosotros con toda nuestra alma aprender de esta vida las pautas de nuestra propia vida individual.

    Pero no solo de gracia vive el hombre; vive también gracias a su valentía, la cardinal entre las virtudes cardinales. No por efecto de algún acto aislado de valentía, sino como consecuencia del hábito que se va adquiriendo al hacer frente a cada situación de la vida. La Juana de Arco de Péguy, viéndose ya condenada y sin ayudas, en vez de lamentar el fraude que la ahogaba, exclama llena de convicción y de fuerza: por todas partes hay una cobardía infinita. Ella hace velozmente cómplices que intentan no darse cuenta de lo que les está sucediendo, y así se manifiesta el poder terrible de este mal que llevamos a cabo tantas veces sin ningún esfuerzo, como si surgiera de la naturaleza del alma en su apego al cuerpo y, al mismo tiempo, también del cuerpo en su control sobre el alma. Si se vive dentro del ejército inmenso cuya bandera es el miedo, queda cerrada la vía de cualquier vida espiritual.

    La cobardía no podría alcanzar a tanto si no fuera porque crece siempre a la sombra de la muerte, o sea, en el terreno mismo de lo que es misterio para todos nosotros. Aunque la historia de las religiones y cada una de las historias individuales de los seres humanos estén desbordantes de conjuros contra la muerte, evocar cómo ha sido posible, incomprensiblemente, haber no existido desde antes del principio del tiempo hasta ahora, es ya esbozar un gesto de burla hacia tales conjuros. Lo mismo que no eras antes de vivir serás después de morir, sugiere la cadena de los días insignificantes, que así remueven su falta de interés a base de llenar de aversión por la vida al pobre hombre. No es simple miedo a morir y a estar de nuevo muerto: es desesperación ante el recuerdo de que nada ni nadie permanecerá. Pero esta aversión y esta desesperación se consuelan iniciando la personal fuga lo más lejos posible de la muerte. De misterio que es, la convertimos entonces en el problema que debemos esquivar todo el tiempo que estamos vivos. Se trata de un movimiento estúpido y ya, propiamente, cobarde, que nos vuelve integralmente cobardes. En un segundo momento nos diremos que no solo hay que vivir rehuyendo la muerte, sino tratando de sacar el máximo partido, el máximo gozo a estos trechos que la muerte y la vida nos van por ahora concediendo. El fin último de nuestras acciones es la imposible perpetuación de mí mismo en el estado de más disfrute posible de los bienes que tango cerca. Ya soy yo para siempre —salvo que un milagro, un perdón lo remedie— lo único que venero, aquello a cuyo objetivo someto todo lo demás que existe: hombres y cosas. Convertí la desesperación en vulgar miedo y este me hizo dios de mí mismo. La cobardía que me impide afrontar la muerte como misterio es a la vez necesariamente crueldad: todos y todo han de estar al servicio de mi fuga por mitad de la existencia.

    Me tengo, pues, miedo a mí mismo. La vida me regala a manos llenas dones infinitos. Desde siempre he sido querido aquí en la Tierra; desde siempre he vivido al borde de los enigmas mayores, tocado por el genio de lo sensible, visitado continuamente por el genio de la inteligencia. Mi lengua materna es hermosa y tan rica como el mar. ¡Mi memoria mantiene enérgicas tantas experiencias! Yo, sin embargo, juego con los márgenes de lo oscuro y lo débil algunos días tristes, pesados como la melaza y el betún. No me sé estar quieto y dejar que la plena realidad santa me invada, me tenga, me duerma como en un ahogo. Siempre me encuentra haciendo alguna finta para no escuchar, para sentirme sin sentir las cosas que limpian de los sueños.

    Los buenos permiten que el Sol los bañe y que la sencilla verdad los respire y deshaga todas sus mínimas historias. Colaboran con la obra directa de la justicia amante y no se notan porque son enteramente esa obra misma que ellos no han diseñado.

    Cuando me indigno conmigo, las lágrimas abren la herida de que soy en el más profundo centro amor. Sacar esa raíz a través de los estratos y los fósiles de una vida inquieta parece más duro que excavar la roca. No quiero de ninguna manera la mitad de mis actos, agrios como un ácido que salpica a los cercanos y quema el suelo común. ¿De dónde tanta piedra negra y tanta agua venenosa? ¿Es que quiero dañar, destruir, matar? ¿Es que soy dos voces y hay en mí dos humanidades?

    No define al humano sino su obra, desde la santidad al crimen monstruoso y desde la pureza ingenua hasta la perversión más sucia. A cada instante se agranda esta definición imposible que toca a Dios y construye los infiernos, y a mí me lleva dentro de sí y yo también la dilato y meto en ella a mis hermanos desdichados y dichosos. Nadie puede parar esta tormenta que resuena desde hace un millón de años. Solo esos miles de kilómetros de hielo en los polos están en calma. Yo podría caer allí, donde no se puede vivir, y produciría una gota de horror en la existencia de los osos y los zorros. Vaya donde vaya, es más rápido mi viaje por dentro, sin espacio y en un tiempo únicamente mío, por el que cruzan los demás.

    Ser significa misterio; mundo significa enigma; otro semejante a mí es mi máxima diferencia y mi obsesión.

    En el momento culminante de la infancia descubrí lo irreversible de la vida y su final en la muerte. El niño quedó rodeado de misterios, y su existencia estuvo acechada, urgida y visitada, desde la revelación de la muerte, por lo Otro y el Otro.

    Por esto es la infancia el territorio de los sufrimientos más inconsolables: unas penas que ni siquiera pasan a oraciones: son soledad. La divinidad se va dibujando al fondo, como la figura del más mayor de los mayores, del último recurso en la solicitud desesperada de un abrigo en que resguardarse por completo otra vez; y es así justamente porque nadie ofrece resguardo completo, retorno a antes de haber nacido.

    La cuestión candente es para cada uno de nosotros luego la de decidir ahora qué respuesta tenemos que dar a las cosas que nos están pasando. Hay en lo que sucede mucho ya familiar, pero siempre algo de nuevo. La sorpresa de lo que se me viene encima desborda el marco de la regla. No hago nunca exactamente lo que sé ni lo que quiero.

    La vida ha tomado ya desde siempre una orientación inevitable hacia la plenitud de la dicha y del sentido; pero yo me he formado una figura de ellas, y esta idea global a la que he encomendado la guía de mis actos es quizá solo un error parcial.

    La sabiduría consiste en el regreso a la ingenuidad perfecta de la vida tal como ella se adentra, sin haberlo podido querer, en la realidad. Lo realmente real es lo no deformado por mi deficiente conocimiento y mi más que deficiente cadena de voliciones concretas. Me voy fabricando un mundo y no quisiera. Llega siempre el momento en que se me hace evidente que tengo que deformar la deformación que yo he introducido: hay que desaprender los males.

    Y sin embargo soy libre y tengo una extraordinaria capacidad de transformar el antemundo de mi nacimiento en un mundo de inédita belleza, plena utilidad y deslumbrante perfección moral. Estos ideales nos están propuestos al mismo tiempo al antemundo y a mí, la humanidad. Son nuestra gloria. La realidad básica de nosotros dos es la de ser potencias que, conjuntadas, anhelan un florecimiento, un acto enérgico que se encuentra preformado en el ser mismo de la humanidad y de la naturaleza.

    Este acto se llama amor: buscar ardiente, inagotable y constantemente el bien de otro.

    El amor busca sencillamente al otro mismo. Primero solo quiere su bien; después, se adelanta al otro como para cerciorarlo de que la plenitud de su bien es la plenitud de él mismo, y para contemplar lleno de gozo esa posibilidad. La esperanza y la contemplación del amante inspiran la esperanza del amado. El amante quiere esta plenitud, incluso si comporta que él, aunque haya contribuido en algo, quede atrás y olvidado. Yo te quería simplemente a ti en tu plenitud. Tú no eres tú mismo más que en la dicha perfecta que te corresponde.

    Llamo Dios a la fuente de la gracia, de la vida, de la presencia de los otros, del amor y de la libertad que derrota al miedo y sale de la desesperación. Dios habla y yo puedo y debo responderle. Su silencio es su manera de hablarme, y a mí me gusta emplear viejas palabras tradicionales para irle hablando también yo, aunque con menor constancia que la suya.

  • Una entrevista sobre literatura espiritual

    Una entrevista sobre literatura espiritual

    Encuesta publicada en el número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    1. ¿Cuáles han sido sus principales reflexiones sobre la experiencia espiritual en los últimos años?

    He pasado mi vida concentrado en este asunto. No puedo hablar, pues, de ninguna modificación real justo y solo en los últimos años. En todo caso, la muerte de Juan Martín Velasco me dejó sin mi maestro, sin una fuente de inspiración y de consulta o control que hacía veinte años que me estaba cercanísima. Y Juan señalaba indefectiblemente hacia los clásicos, en especial, a los místicos españoles del siglo XVI. En comparación con ellos, el presente aparecía como cosa liviana y más de aparato y sobra de palabras que de sustancia. Siempre prefiero a los grandes teólogos y los grandes metafísicos, que no a los escritores espirituales que hacen cierto ruido en el mundo de hoy. Jaspers, Jüngel, Barth, De Lubac… Viven hoy Jean-Yves Lacoste, Emmanuel Falque. Hace muy poco murió el extraordinario pensador Jean-Louis Chrétien.

    Por su novedad, los pensadores de la ortodoxia (Olivier Clément, Ioannis Zizioulas) y del judaísmo (Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig) aportan mucho. Los primeros, en el sentido de hacer ver la creación entera sobreelevada a un plano metafísico nuevo por la resurrección de Cristo. La edad del Espíritu se manifiesta como las primicias, ya experimentables, de lo escatológico. Y en cuanto a los grandes pensadores judíos, transforman el panorama de la acción con su captación de la alteridad radical del otro en la misma vida cotidiana. Gracias al otro, los mandamientos están encarnados constantemente en el paso de un tiempo lleno de acontecimientos de revelación, de profecías, de promesas.

    2. ¿Cree que la acentuada presencia del ensayo espiritual en el panorama editorial del siglo XXI tiene relación con las condiciones históricas y sociales de este tiempo concreto?

    He escrito en varias oportunidades que una historia que tiene que vérselas con la Shoá, la reiteración de los exterminios, la degradación de la naturaleza y la presencia de armas de destrucción total, además de con el fracaso criminal de las ideologías que se entendieron como liberadoras, no solo hace del siglo pasado el “cementerio del futuro”, sino que deja a los seres humanos el sabor desastroso —en gran parte injusto, pero en buena parte justo— del fracaso de los pilares de la civilización de Occidente y, por tanto, a la espera de dioses nuevos. Estos dioses se ha aceptado de modo bastante general que podían acercársenos desde el Lejano Oriente, aparentemente no contaminado ni cancelado por la sangrienta catástrofe de nuestras tradiciones. De ahí la amplitud con la que las técnicas y las ideas de las religiones de origen indio se han introducido en nuestro panorama. Hay ya reacciones judías y cristianas no eclécticas, pero en general creo que puede decirse que la ansiedad por tener una espiritualidad nueva, presuntamente inocente, es lo que está en las bases de que, en efecto, se haya acentuado la presencia de los llamados ensayos espirituales. Los cuales tienen habitualmente un nivel superior en Francia (por ejemplo, el joven Rémi-Michel Marin-Lamellet) y en Italia (en especial, Giuseppe Forlai) que entre nosotros, debo decir, salvando la gran excepción de las traducciones en Ediciones Sígueme de los maestros del Cercano Oriente antiguo y la Edad Media latina.

    3. Escoja un párrafo de su libro y coméntelo libremente.

    Si no queremos terminar, porque no podemos quererlo, pero tampoco queremos seguir para siempre así, porque tampoco podemos quererlo, ¿qué es entonces lo que queremos? ¿Qué es lo que calmaría la sed de nuestra existencia —tierra reseca que grita su necesidad de agua—? Porque —y éste es el otro aspecto esencial de nuestra experiencia ontológica— el caso es que nosotros andamos toda la vida queriendo, toda la vida inquietos y buscando, por más que nos sepamos encerrados en este dilema tremendo.

    No podemos querer la absoluta extinción de nosotros mismos, ni siquiera cuando nos hallamos en el fondo de la desesperación. En la más triste canción popular española se dice de pronto: «No quiero, si desaparezco, que nadie recuerde quién fui». Una imagen engañosa pero naturalísima de la paz del desesperado… Pero tampoco podemos querer que la forma actual que tiene nuestra vida dure para siempre. Menos mal que tenemos que morirnos, aunque jamás, como decía Unamuno, nos dé la gana de morirnos. Y tras la muerte esperamos lo que no cabe esperar: lo que no se imagina ni apenas se piensa, lo que no se ha visto, oído ni tocado; lo que ni siquiera constituye el anhelo más profundo y sincero del más puro corazón humano. Vida, sí, pero tan nueva que no tenga ya muerte y eso no la convierta en el espanto que sería que nuestra vida de hoy no pudiera morirse. La eternidad, Dios, el Amor como ámbito en que seguir siendo yo, pero de un modo que, gracias a Dios, no puedo representarme. Gracias a Dios, porque Dios existe en la misma medida en que es el objeto de nuestra esperanza en lo inesperable. Así es Dios transcendente y actuante en el fondo de mí ya hoy. Pero tememos demasiado la consideración de la muerte, ese muy bien que Dios pronunció sobre Adán recién creado.

  • Sobre adquirir competencia espiritual y otros desvaríos

    Sobre adquirir competencia espiritual y otros desvaríos

    Hay ocasiones en que parece que se abre una puerta de esperanza, nos lanzamos por ella y comprobamos luego que hemos caído en una ilusión o, por lo menos, que nuestra expectativa se ha quedado en confusión y aumento de la confusión ya existente. Yo temo, en este sentido, cada vez más a los intentos de hacer explícito, objetivo, intersubjetivo y oficial aquello que afecta profundamente a lo secreto del alma del hombre. Recuerdo siempre, en cuestiones de esta índole y, en general, en problemas pedagógicos graves, cómo alababa Kierkegaard a Sócrates porque el viejo filósofo había descubierto que la relación suprema entre hombres, cuando no se está hablando de cristianismo, es la relación de hermandad. Y esto lo aplicaba Kierkegaard sobre todo al caso de la relación maestro-discípulo, porque el auténtico maestro no se debe saber tanto enseñante como ocasión: oportunidad para que su interlocutor, el alumno, aprenda por sí mismo, desde sí mismo y muy dentro de sí mismo aquello que más importa. Cristo enseña; Sócrates es una puerta trasparente, que atravesará quizá quien con él conversa, pero sólo por su propio pie, aunque, desde luego, atraído por su maestro.

    En principio, el término competencia espiritual tiene bastante, mucho incluso, de oxímoron. Primero, porque el espíritu, más o menos dormido, despierto o soñador, debe suponerse ya en todas las personas; segundo, porque el espíritu es justamente lo no cuantificable por excelencia, lo que por excelencia no se puede conocer desde fuera en nadie.

    Definir qué es lo espiritual resulta enormemente arduo. Una orientación, sin embargo, la obtenemos cuando pensamos en aquellos sentimientos que, en vez de encontrarse por debajo de la razón –como el placer y el dolor meramente sensibles, por ejemplo–, la alimentan, le dan que pensar no ya porque le ofrezcan temas que ella por sí sola no descubre, sino, más bien, porque llevan a toda la persona a una situación (a un temple del ánimo) afectiva, estimativa y volitiva que es la única que está en consonancia con la altura de ciertos asuntos. Estos asuntos que podemos llamar espirituales en el sentido más pleno son los misterios, a diferencia de los problemas y de las aporías, pero muy cerca de estas últimas.

    Un misterio es aquello que exigirá de por vida nuestra atención, que atrae y fascina a la vez que da cierto miedo peculiar; algo, además, que jamás desaparecerá porque nuestro esfuerzo por recorrerlo y resolverlo logre alguna vez su eliminación. Los misterios son los estimulantes de la razón, mientras que los problemas son los estimulantes del mero entendimiento (y las aporías estimulan la razón pero suelen tener solución mediante el entendimiento, ya que en ellas se trata de problemas que, durante un espacio de tiempo, no ofrecen salida ninguna). Es fundamental que entendamos en pedagogía la razón como relacionada con los misterios de la vida, no tanto con cuestiones de cualquier índole. Seremos en esto discípulos de Kant, así que no temeremos andar en muy mala compañía. Mientras no consideremos central este concepto de razón y lo mantengamos excesivamente vinculado a lo cuantitativo y lo objetivo, estaremos corriendo peligros de máxima gravedad como educadores y como planificadores de modelos educativos. Pero ésta es materia para desarrollarla más en otro momento.

    Los misterios se nos presentan desde muy pronto, en la infancia, y nos acompañan, cerca o lejos de la piel de la conciencia, para siempre; pero se acumulan y corrigen a medida que nuestra experiencia de la vida avanza. En realidad, se podría y se debería decir que avanzar en la experiencia de la vida es precisamente almacenar y sobrellevar nuevos misterios, más misterios. Ser competente en misterios, si pudiéramos permitirnos hablar por una vez con tanta impropiedad, es ser un anciano sabio.

    Estoy, pues, no ya sugiriendo sino afirmando decididamente que en la formación de una persona, desde muy pronto, hay que respetar una distinción que ya ella hace en su vida cotidiana, fuera de la escuela, y que justamente la escuela no debe contribuir a que se borre o se difumine. El precio de esto último es volver irrelevante a la escuela o incluso convertirla en un instrumento de barbarie. Que nunca suceda en las aulas aquello chestertoniano de que alguien a quien yo no conozco se empeña en enseñarme algo que yo no quiero conocer (o sea, algo que importa poquísimo en la vida, dado que ésta me ha confrontado ya con misterios y es, por tanto, muchísimo más apasionante y maestra que aquélla). Para que las instituciones pedagógicas sean relevantes, lo primero que tienen que conseguir es estar insertadas en la vida real de todos los que las habitan, ya sean docentes, ya sean discentes.

    Nadie puede crear en nadie una “competencia espiritual”, porque de eso se encarga la vida y, más aún, se encarga Dios; pero sí es factible que, desde la posición de humildad adecuada –el maestro ayuda, el maestro puerta trasparente, el maestro hermano en misterios y algo más avanzado en ellos que su discípulo–, se fomente el sentido de que, en efecto, como ya el niño sabe vagamente –o clarísima y dolorosamente–, en la vida hay misterios y no se puede aprender nada que valga la pena si se les da la espalda de entrada y para siempre, si se los deja colgados de la percha de los abrigos al entrar en clase.

    No quiero, adrede, porque no es el papel mío y porque ahí sí que no soy competente, entrar en los detalles descriptivos de cómo estructurar o no esta famosa y debatida competencia; pero hay elementos del asunto sobre los que estoy cierto, a base de mi propia experiencia no ya como profesor (muchos cientos de alumnos en mis clases, de todas las edades), sino como alumno y padre.

    Lo misterioso de la vida se da a conocer como irreversible, permanente, como aquello que se presenta de pronto y de improviso y nos cambia el mundo, nos cambia a nosotros mismos, y quizá nos impulsa a distraernos de ello y procurar en vano olvidarlo. La distracción se logra, por cierto, gracias al juego, pero también gracias a enfrascarse mucho en la resolución de meros problemas y el aprendizaje de variadas técnicas de toda índole. Lo misterioso es como un secreto a voces, pero precisamente la persona que aún no tiene apenas experiencia de la vida tenderá a sentir que la llegada de lo misterioso la aísla, la deja sola, porque justamente de misterios es de lo que menos se habla ni en familia, ni entre amigos, ni en la calle, ni en el aula.

    Lo primero que conviene hacer es, pues, deshacer con infinita delicadeza la impresión abrumadora, seguramente temerosa y paralizante, de que lo misterioso sólo nos concierne a nosotros, nunca nadie lo vivió también. Recuerdo una aparente banalidad que figuraba en el guión de una película, Shadowlands, sobre la renuencia de un escritor “espiritual”, C.S. Lewis, a reconocer el misterio, hasta que éste lo golpeaba brutalmente. Allí, un estudiante al que precisamente aburrían las clases sin misterio del profesor de… literatura medieval (¡toda ella misterio!), decía de pronto que su padre, un maestro de escuela, repetía que los hombres leemos para saber que no estamos solos. Y no es banalidad, sólo que es más adecuado aplicarla a los adolescentes y los niños, casi más que a los adultos. Es esencial que el arte nos haga sentir desde muy pronto que no estamos solos con el misterio y los misterios (la muerte, la traición, el primer amor, la alegría absurda de la amistad, el aburrimiento, la curiosidad intelectual, la liturgia).

    El arte que nos viene y el arte, por pobre que sea, que sale de nosotros; porque si es importantísimo educar en el roce del misterio en medio de los versos, la música, los cuadros o los paisajes, no menos importante es incitar a escribir. Más a escribir que a pintar; más a tocar música que a pintar. Por la sencilla razón de que cualquier monigote rápido y sin interés ya basta para cubrir el expediente de un ejercicio práctico, pero hacer una frase bien construida es un esfuerzo estupendo de estructuración de la propia cabeza y del mundo en torno, y sacar unas cuantas notas melodiosas (aunque sea de una flauta de plástico) es un logro sorprendente de colaboración de la boca, los dedos, el cuerpo entero y un oscuro despertar del sentimiento de lo bello. Sin despreciar el dibujo (más que el color) y sin despreciar el color mismo en la pintura.

    Publicado en 2014

  • Unas pocas palabras sobre el abuso de conciencia y el abuso espiritual

    Unas pocas palabras sobre el abuso de conciencia y el abuso espiritual

    El lamentable territorio del abuso es evidente que se extiende a muchas relaciones entre personas que no contienen ningún elemento de directo abuso físico. Aunque hay variedad de propuestas, creo que lo mejor, lo más claro, es distinguir entre abuso de poder, de conciencia y espiritual. Va a ser esta la tarea inmediata de la nueva cátedra extraordinaria Pro+Tejer, de la Facultad de Educación en la Complutense.

    El primero es sencillamente la coacción, el chantaje, la amenaza, el desprecio. Sin proponérmelo, he nombrado en orden de peor a menos horrible esta serie de deprimentes encuentros cotidianos. Ignorar más o menos ofensivamente al otro es, desde luego, un poco menos violento que amenazarlo de manera explícita. La realización de aquello con lo que se amenazó es o el chantaje o una presión aún más irresistible, que termina forzando a un acto que no se quería cometer.

    Pero todo esto no compromete aún la libertad íntima, que es lo espantoso de lo que sucede cuando se consuman los abusos de conciencia y el abuso espiritual en su acepción estricta. Se abusa del alma de otra persona cuando se la seduce hasta el punto de que pone ella la dirección del centro de su vida en las manos del seductor o de la seductora. Al hacerlo, quedará una cierta memoria de que fue libremente como se renunció a parcelas decisivas de la propia libertad o incluso a toda ella, y este recuerdo vago –puesto que la seducción es un largo proceso lento, astuto, minucioso, y no hay quizá nunca la posibilidad de fijar el momento en que se consuma– es uno de los factores que atormentarán en el futuro, cuando empiece su recuperación, a la víctima. Hasta que no entienda cómo es la seducción la que destruye la libertad del otro, creerá la víctima que tiene ella parte al menos de la culpa de lo ocurrido. Por lo menos, se acusará de necia, de ciega, si es que no de cómplice del abusador. Esta herida es una de las secuelas más tristes, más injustas de toda la acción perversa de quien abusa sibilinamente al través de lo que en general deberíamos llamar siempre seducción. El dolor de quien no consigue aún alejar de sí hasta el más pequeño rincón de sombra de esta creencia en alguna clase de complicidad es una de las variantes de la desdicha en el sentido técnico que dio a este término la genial descripción de Simone Weil. Pero es que ver la desdicha y sentir la compasión de caridad –no es preciso eliminar esta palabra y cambiarla por empatía– por el desdichado son actitudes difíciles, que ejercitan los llamados escuchas de duelo cuando acompañan a este género de víctimas. Actitudes, por cierto, que van aprendiendo caso a caso, de la experiencia del sufrimiento y del abrirse, pese a todo, ante él vías de escape.

    Quien siente la repugnante pasión de manipular almas tiene aún un terreno de mayor violencia, de daño abismal y, para él, es de suponer, de sucio gozo que supera al que logra en el resto de las formas de seducción; y es reemplazar en la conciencia de un creyente a Dios mismo, dicho en cristiano, al Espíritu Santo.

    Una vocación de entrega religiosa tiene un ímpetu de generosidad y de abnegación que le son esenciales, pero que la someten a un riesgo enorme. Para alguien con este impulso de atenerse a Dios a través del amor al prójimo y aún más allá, es precisa la paternidad o maternidad espiritual, o sea, aprender a encauzar toda esa vitalidad religiosa por los caminos que la tradición ha ido enseñando que son los idóneos; y este aprendizaje requiere un maestro espiritual. No un director, sino un maestro, una madre.

    Una manifestación contemporánea de la tiranía espiritual es el hecho reiterado –recogido a veces literalmente en alguna constitución– de que quien funda un grupo religioso nuevo a veces interpreta locamente ese nuevo carisma como una presencia en su persona del Espíritu hasta el punto de una identificación práctica, que ha solido derivar en la perpetuación del fundador como máxima autoridad del instituto que ha creado. A esta persona –estoy recordando frases literales– se le debe todo. El Espíritu y ella hablan con la misma voz y deciden sobre la situación de un alma en su relación con Dios. Esa persona hace de pantalla que se entromete decisivamente en el sancta sanctorum del aprendiz y filtra a su modo o sencillamente impide la vida de oración. Un instante de reflexión sobre lo que se dice así de rápidamente nos hará caer en un vértigo repugnante y, al mismo tiempo, en una indignación muy difícil de contener.

    Hay que tomar como ejemplos muy valiosos a los grupos –pienso sobre todo en monasterios y conventos– que han sabido interpretar sanamente todo lo que se refiere a la regla de la obediencia y han distinguido con pulcritud lo sagrado del fuero interno de cada cual. Esos grupos están llamados a seguir enseñando a quienes cuidan los terribles duelos de los abusos de conciencia y espíritu y, desde luego, a influir en la sanación de otros lugares que la necesitan.

    Pero lo primordial es tener cada vez más presente que solo la libertad plena de cada persona es el camino que determina Dios para que se suba a Él con amor responsable. Las autoridades religiosas van destacando esta verdad de máxima importancia y se la suele encontrar en la boca del papa Francisco y en los textos luminosos de Benedicto XVI, para citar solo la actualidad. Sin embargo, parece que aún falta mucho hasta que se encuentre universalmente el equilibrio entre obediencia y libertad plena. Lo hay, evidentemente, pero necesitamos en todas partes exhortar a este segundo miembro de la balanza, que por mucho tiempo ha sido desatendido. Los adjetivos con los que califico esta desatención parece que, por fortuna, no caben en el espacio de este texto.

    Texto publicado en el nº 4139 de la revista Ecclesia, pág. 61ss.