Entrevista en Radio Sefarad, en el programa «Sefer: de libros y autores», en la que abordo los principales temas del libro “Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera” del rabino Jonathan Sacks, cuyo prólogo ha quedado publicado en una entrada anterior.
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Aquí, donde estamos
Sexto y último capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.
A los discípulos que venían a verlo por primera vez solía contarles rabí Bunam la historia de Áisik, el hijo de Yékel de Cracovia. Después de años de terrible pobreza que no conmovieron su confianza en Dios, se le ordenó en sueños buscar un tesoro en Praga, bajo el puente que lleva al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Áisik lo obedeció y marchó a Praga. Pero en el puente había día y noche guardias, de modo que no se atrevió a cavar bajo él. Iba todas las mañanas al puente y merodeaba por allí hasta la noche.
Ya un día, el capitán de la guardia, al que aquellos paseos le habían llamado la atención, le preguntó amistosamente si estaba buscando algo o esperando a alguien. Áisik le contó el sueño que lo había traído desde su lejano país. El capitán se echó a reír: “Y tú, pobre chico, ¿has destrozado tus botas en semejante peregrinación a causa de un sueño? Pero ¿quién se fía de los sueños? Yo habría tenido entonces que lanzarme al camino cuando un sueño me mandó una noche marchar a Cracovia y cavar en busca de un tesoro bajo la estufa del cuarto de un judío que había de llamarse Áisik, hijo de Yékel. ¡Áisik, hijo de Yékel! Fíjate, tendría yo allí, donde la mitad de los judíos se llaman Áisik y la otra mitad Yékel, que ir asaltando casa por casa.”
Y reía y reía. Áisik le hizo una reverencia, regresó a su hogar, desenterró el tesoro y construyó la sinagoga que se llama la escuela de rev Áisik, hijo de rev Yékel.
“Atiende bien a esta historia —solía añadir rabí Bunam— y comprende lo que te está diciendo: hay algo que no puedes hallar en ninguna parte del mundo, pero hay un lugar en que lo puedes encontrar.”
Se trata de un cuento muy viejo, que conocemos por diversas literaturas populares, pero que unos labios jasídicos lo cuentan verdaderamente renovado. No ha sido trasplantado al mundo judío por pura casualidad y superficialmente, sino que ha quedado refundido por la melodía jasídica en la que se narra, aunque esto no es lo decisivo; lo decisivo es que así se ha vuelto como transparente y en él se revela una verdad jasídica. No es que se le haya colgado una moraleja, sino que más bien el sabio que ha vuelto a contarlo ha descubierto al fin su auténtico sentido y lo ha manifestado.
Hay algo que solo puede hallarse en un único lugar del mundo. Es un gran tesoro que cabe llamar el logro de la existencia. Y el sitio en que se lo puede encontrar es el sitio en el que uno está.
La mayor parte de nosotros solo llegamos en raros momentos a la plena conciencia del hecho de que no hemos conseguido gustar la plenitud de la existencia; que nuestra vida no tiene parte en la existencia verdaderamente lograda; que la hemos vivido como pasando al margen de la auténtica existencia. Pero notamos siempre cierta carencia y en cierta medida nos esforzamos por encontrar donde sea lo que nos falta. Donde sea: en cualquier rincón del mundo o del espíritu, pero precisamente no donde estamos, donde se nos ha puesto; pero justo aquí y en ningún otro lugar hay que encontrar el tesoro. El entorno que siento como mi ámbito natural, la situación que el destino me adjudica, lo que tropiezo a diario, las exigencias cotidianas: esta es mi tarea esencial y aquí está el logro de la existencia que me espera.
De un maestro del Talmud cuenta la tradición que se le iluminaron las calles del cielo igual que las de su ciudad natal, Nejardea. El jasidismo cambia el relato: lo realmente grande es que a uno se le iluminen las calles de su ciudad como lo están las del cielo; porque aquí, en nuestro sitio, es donde hay que dejar que brille y luzca la vida divina escondida.
Y si nos apoderáramos de los confines de la Tierra, no llegaríamos a la existencia lograda, que es lo que sí nos puede conceder una apacible relación de entrega a lo que vive cerca de nosotros. Aunque conociéramos los arcanos de los mundos superiores, no participaríamos por eso tan auténticamente de la verdadera existencia como cuando, en medio de la vida cotidiana, hacemos con santa intención la obra que se nos impone. Nuestro tesoro está enterrado bajo el horno de casa.
Enseña el Baal Shem que en el curso de nuestra vida no hay encuentro alguno con un ser o una cosa que no encierre un significado secreto. Los hombres con los que vivimos o con los que alguna vez nos encontramos, los animales que nos ayudan en nuestros trabajos o para nuestro sustento, el suelo sobre el que edificamos, las materias naturales que elaboramos, los aparatos que utilizamos, todo alberga una secreta sustancia anímica que nos necesita para llegar a su forma pura, a su perfección. Si descuidamos esta sustancia anímica que se nos ha enviado a nuestro camino, solo tomamos en cuenta nuestros fines del momento y no desplegamos una relación auténtica con los seres y las cosas en cuya vida debemos participar como ellos en la nuestra: desperdiciamos nosotros mismos la existencia verdadera y lograda.
Yo creo que esta doctrina es esencialmente verdadera. Por más alta cultura a que llegue el alma, quedará fundamentalmente árida e infecunda si de estos pequeños encuentros cotidianos a los que damos lo que les toca, no mana agua de vida que fluya al alma, del mismo modo que un inmenso poder es íntimamente impotencia si no se vincula secretamente a estos contactos —a la vez tan humildes y tan útiles— con los seres que nos son ajenos pero muy próximos.
Hay religiones que niegan a nuestra estancia en la Tierra el carácter de verdadera vida. O bien enseñan que todo lo que aquí se nos muestra es solo apariencia que tenemos que traspasar, o bien que ahora se trata de la mera antesala del verdadero mundo —una antesala por la que hay circular sin poner demasiada atención en ella—. De ninguna manera enseña esto el judaísmo. Lo que hace de santo un hombre aquí y ahora no es menos importante ni menos verdadero que la vida del mundo futuro. Esta doctrina se plasmó con máximo vigor en el jasidismo.
Rabí Janoj de Alexánder dijo: “También los gentiles creen que hay dos mundos, y por eso hablan del “mundo aquel”. La diferencia está en que ellos se refieren a que esos mundos están separados, cortados el uno del otro, mientras que Israel confiesa que ambos en verdad son uno y que han de llegar a ser uno solo con plena realidad de tal.”
En su verdad más íntima, estos dos mundos son un único mundo. Solo es como si se hubieran separado, pero tienen que volver a ser una unidad. Para ello fue creado el hombre: para que una ambos mundos. Y actúa en favor de esta unidad viviendo santamente con el mundo en que ha sido puesto y en el sitio en que está.
Una vez hablaban en presencia de rabí Pinjás de Korez de la terrible miseria de los pobres. Él escuchaba con creciente furor. Levantó de pronto la cabeza y gritó: “¡Atraigamos a Dios al mundo y todo eso se mitigará!”
Pero ¿acaso cabe atraer a Dios al mundo? ¿No es una idea disparatada y loca? ¿Cómo se atreve el gusano de tierra a tocar lo que solo descansa en la gracia de Dios? ¡Con todo lo que Dios disfruta de su creación!
También en este punto se opone la doctrina judía a la de otras religiones, y es en el jasidismo donde más hondamente lo hace. Lo que creemos es que precisamente la gracia de Dios consiste en dejarse ganar por el hombre, en que es como si se hubiera puesto en manos del hombre. Dios quiere venir a su mundo, pero quiere venir a su mundo a través del ser humano. Tal es el misterio de nuestra existencia y la suerte más que humana que se concede al género humano.
Rabí Méndel de Kozk sorprendió una vez a ciertos eruditos que se hospedaban en su casa preguntándoles: “¿Dónde vive Dios?” Los interpelados se echaron a reír: “Pero ¡qué dices! ¿No está el mundo lleno de su gloria?” Él entonces se respondió a sí mismo: “Dios vive donde se le deja entrar.”
Esto es lo que al final importa: dejar entrar a Dios. Pero solo podemos dejarlo entrar allí donde estamos, donde realmente estamos, donde vivimos, donde vive la vida verdadera. Si nosotros tratamos santamente con el pequeño mundo que se nos ha confiado, si ayudamos a la santa sustancia del alma a llegar a su perfección en el dominio de la creación con la que vivimos, estamos construyendo en este lugar nuestro un sitio para que Dios lo habite: estamos dejando entrar a Dios.
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Montaigne filma en Roma
He estado muy recientemente en una mesa redonda interesante, tranquila, llena de intercambios de opinión. Era en el Círculo de Bellas Artes y la organizaba VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos). El centro de las preocupaciones de muchos de los presentes era cómo animar a partes significativas de la sociedad a gozar del arte: a gozar intelectivamente, como pienso que diría nuestro Zubiri. Apenas un par de días después he encontrado una pieza artística que puede alcanzar esa meta: la última película de Paolo Sorrentino, La grazia –traducción menos equívoca sería el indulto, pero es muy preferible mantener los varios sentidos de la gracia– . Digo última también en la idea de que aquí se contiene una cima de madurez en la reflexión sobre la vejez y la retirada a lo privado, de modo que por esta dirección ya no cabe que el autor llegue más allá –salvo si sufre una transformación no esperable– . No he visto más que tres obras de Sorrentino y forman una subida hacia este lugar que es la estación término.
Era imposible que no se hiciera amplio espacio en La gracia a la belleza de Roma, vista sobre todo desde los techos del palacio del Quirinal. El bagaje cultural del director se refleja en cada plano y parece llevarlo sobre los hombros este actor del que Sorrentino no se sabe separar cuando reflexiona en serio (Toni Servillo). Pero dejamos a un lado los excesos de color y sorpresa de La gran belleza, sin renunciar a sorpresas varias. Hay una deliciosa carga de ironía que no estorba en absoluto sino que subraya, como un condimento en un plato exquisito, todo el contenido de los pasos que va dando el guion. ¡Y qué bien escritos están los diálogos!
El mínimo argumento es el relato de los últimos meses en que ocupa la presidencia de la República Italiana un gran jurista que ha logrado –ironía básica– la admiración y el apoyo de la inmensa mayoría de la gente. Es un viudo inconsolable después de cuarenta años de matrimonio. Es además alguien que se atiene a las verdades y las exactitudes del Derecho, porque fuera de los códigos la verdad jamás es exacta. Esta obra de arte la ha rodado Michel de Montaigne, solo que adecuadamente disfrazado de romano lleno de melancolía, ansias y hasta afanes de venganza –está convencido de que su amadísima Aurora lo traicionó una vez, hace mil años, y ha de haber sido con algún amigo próximo, de todos esos, también juristas, de los que no se puede nadie fiar, y necesita hacer su justicia con ese canalla que ha envenenado sus horas de felicidad–. Por otra parte, este Jefe del Estado que se jubila es católico y no tiene más confidente que un papa de raza indefinida –pero nada de caucásico, como ahora se dice– y que anda en un scooter con la larga coleta de su pelo al viento. Utiliza a su hija, también abogada, como su mano derecha, mientras que el hijo hizo las américas para componer música pop. El final de la magistratura tiene pendientes dos asuntos: otorgar o denegar el indulto a dos asesinos de sus respectivas parejas y firmar o dejar correr una ley sobre la eutanasia a la que va proponiendo el gran abogado enmiendas constantes.
Un momento espléndido que el espectador verá solo casualmente es cómo lo primero que hace el señor De Santis al reintegrarse a su viejo piso en el centro de Roma, por allá alrededor de Plaza Navona, es colgarse al cuello un rosario que allí yacía guardado pero a mano. En general, cuando rezaba en el Quirinal lo vencía pronto el sueño; ahora quizá lo haya abandonado.
El jubilado cena frecuentemente en su cocina con una amiga de su edad, que es atea, de la que intenta desesperadamente obtener la información que deje de atormentarlo.
Lentamente va el espectador entrando en su alma al ritmo de las meditaciones, las conversaciones y los rezos del señor De Santis. La hija sondea en la cárcel a la mujer joven que mató a su marido por amor, según dice, y el Presidente la imita yendo luego a ver a la cárcel al viejo profesor rural que hizo lo mismo –según dice, claro– con su anciana mujer. Todo el pueblo, menos el alcalde y su esposa, han firmado la petición de indulto. Los diálogos sacarán probablemente la verdad y obligarán a los juristas a precisar su apego a la ley en el rango de sus demás apegos.
¿De quién es nuestra vida?, pregunta reiteradamente la abnegada y agotada hija del Presidente. Aquí está el quicio de la obra. Parece que si se responde que mi vida es mía y la de cada uno es de cada uno, se margina cualquier visión cristiana. No va Sorrentino a acudir estúpidamente con la respuesta final. En absoluto: lo que se afirma es tan solo que cuesta un enorme esfuerzo decir que mi vida realmente es mía. En otras palabras: hay que ser muy valiente para llegar a la lucidez de que yo, en principio en soledad, controlo mi vida libremente y bajo la advertencia de tener que ser responsable; ello, naturalmente, junto a la evidencia de cómo las circunstancias se nos imponen por ellas solas. Lo que en realidad hacen es forzarnos, mejor dicho, casi forzarnos a ser en serio personas libres con auténtica vida moral que forje en lo esencial toda nuestra concepción del mundo.
Sin querer insultar ni a la condición humana ni a la sociedad de hoy, simplemente se recuerda que es precisa una orientación propia, una voz que no sea el repetidor de una tendencia o una fuerza que nos arrastra siempre, porque estamos exageradamente sometidos a la tentación de olvidar la realidad –nuestra realidad antes que cualquier otra –.
Se va probando a las personas y a las cosas; se va induciendo cómo corregir el sentido de las acciones; se mantiene uno en un delicado punto de incertidumbre respecto de todo porque no se tiene certeza ni sobre lo que se esconde aún en el alma, ni sobre las contingencias providenciales que confiesa este Montaigne contemporáneo que nos vienen de todos los frentes.
El Corso con sus gentes de todos los estilos –y sus lamentables nuevas franquicias de ropa y zapatillas–; el sol del barrio del Panteón, velado por los estores del viejo apartamento; el humo de los pitillos prohibidos; la misteriosa noche llena de torres que se avista desde la colina del Quirinal: belleza y no belleza que expresan la trama de la vida cuando se tiene la prudencia de no someterla a unos pocos conceptos violentos y, en definitiva, mentirosos. -

Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»
Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera, del rabino lord Jonathan Sacks, (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).
What we have loved,
Others will love, and we will teach them how.A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.
Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.
Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.
El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.
La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.
La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.
Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.
Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.
La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.
Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.
Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.
Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.
Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.
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Silencio de Navidad
Dios es el nombre que damos a lo que nos es imposible por exageradamente bueno. Anhelamos cosas que no tienen la menor probabilidad de realizarse, pero precisamente eso es anhelar. Ni siquiera nos atrevemos a levantar acta de los anhelos, como si fuera una pérdida de tiempo darnos bien cuenta de lo que a nosotros no nos es posible pero llenaría la vida y el mundo de una dicha y una belleza inimaginables e impensables. Atrevámonos hoy, cuando empieza la semana en que celebramos lo que no cabe en cabeza ni en corazón humanos.
Viene en primer lugar nada más y nada menos que la esperanza absoluta. No una esperanza concreta y accesible, sino la esperanza infinita, abierta, como un inmenso sí. Para empezar: que la muerte no lo acabe todo; que la muerte de las personas que más queremos no signifique que se vuelven a la nada que fueron antes de nacer. Que quienes murieron en la soledad, inadvertidos, se conserven en el mar abismal de la memoria de Dios. Que haya esta Memoria en la que todo continúa vivo, pero que esta continuación se deba al cuidado amoroso de la Vida absoluta. Que el último sentido de toda la realidad no sea una Cosa, quizá una sopa de bosones y fermiones, sino algo semejante a una persona, solo que consistente en mero amor: una eternidad de amor. Una eternidad de amor no permanecerá insensible; justamente al contrario, se ocupará sin descanso de cuanto existe.
Y que la perversidad de la que desbordan nuestra historia y nuestro mundo sea borrada para siempre; que el odio muera enteramente. Que las lágrimas de sus víctimas, las lágrimas que ahora mismo se están derramando sin consuelo, sean consoladas. Y que la vida que anhelamos más allá de la muerte y de los dolores no tenga fin ni tedio, por más que no entendamos cómo podría ser eso.
La Navidad invierte los términos: es Dios quien se mueve y actúa y quien hace lo imposible. Dios muestra que un ser humano es una maravilla que Él mismo puede adoptar como Persona de su misterioso ser trinitario. Esa Persona deja fuera toda maldad, pero nada más que la maldad. Muestra que es magnífico el cuerpo humano; que es magnífica -divina- la vida humana, sobre todo en comunidad y en la forma de la infancia al cuidado de unos padres, de la adolescencia luego, de la madurez del trabajo que favorece las vidas de los cercanos y que participa del culto antiguo mostrando su constante sentido -la esperanza absoluta, la liberación plena-.
Nada es más improbable que el hecho de que nazca en la pobreza un niño judío que sea el Dios que se hace presente en una aldea cualquiera del brutal imperio romano, dentro de la jurisdicción delegada de un reyezuelo viejo y criminal, descendiente del desierto. Seguramente, el año 6 antes de la era común, en que hubo raras conjunciones de planetas y pocas guerras.
Un niño en pañales llora, reclama atención, duerme, come y, poco a poco, aprende a sonreír y a reconocer a su madre. Salvo por la indefensión absoluta y la ternura protectora que despierta en quien no es un enfermo, desde luego que no hay nada divino que aparezca en esa criatura. Ahí solo se ve inocencia, ignorancia, espera del futuro, la dificultad de ir aprendiendo. No hay un contraste mayor que el que separa al Dios que imaginamos de ese niño judío; y así seguirá siendo muchos años, en la vida secreta de la aldea de cuevas que es la Nazaret de esa época. Alguna vez hay que visitar el mísero pozo de ese pueblo antiguo, en un hoyo muy hondo, que es testigo de la existencia secreta de la familia de Jesús. En las alturas, cerca, una ciudad helenística próspera, que no menciona el Nuevo Testamento, pero que daría de qué vivir a los aldeanos de Nazaret. La imaginería del cine neorrealista italiano quizá aproxima un poco a nuestra sensibilidad este misterio de silencio.
Silencio lleno de cuidado entre las personas de la familia. Sin este cuidado amoroso, ¿cómo puede madurar la vida humana? Hoy tenemos noticia de modos de lo que llamamos resiliencia que son hazañas extremas del anhelo por la vida buena, aunque se haya sido víctima de abusos inconcebibles. Pero quizá no haya esa supervivencia milagrosa más que cuando alguien, siquiera una sola persona, miró con cariño maternal al niño.
La necesidad que tenemos unos de otros es también el lugar en el que nacen los anhelos que no podemos amputarnos si queremos ser plenamente humanos. No es necesidad de alimento y abrigo, sino antes de amor. En el núcleo familiar, que se presta a criar tantas enfermedades del espíritu, es donde debería alimentarse de amor, de deseo de cuidar a los demás y de esperanza toda vida humana. El secreto de la familia de Nazaret nos lo recuerda, si logramos oír su silencio entre la barahúnda de ruidos y luces y muñecos barbudos vestidos de colorado.


