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  • Breve iniciación a las maravillas y los problemas de la filosofía de Maurice Blondel

    Breve iniciación a las maravillas y los problemas de la filosofía de Maurice Blondel

    La pretensión de Blondel eleva a la filosofía a ser la única forma de vida verdaderamente plena, quizá la única que merece llamarse de veras vida porque es la que no desobedece al mandamiento que va implícito en toda existencia humana. Si el Sócrates platónico dijo en el tercer discurso de su defensa aquello de que la vida sin examen no la podemos vivir, Blondel va mucho más allá en la misma dirección y tendría que decir que la vida sin filosofía queda necesariamente malograda.

    El examen socrático acompañará también cada jornada de cada individuo, pero su misión es, ante todo, lograr que cada acción corresponda a la finalidad global de alcanzar la bondad más perfecta; mientras que Blondel inserta la filosofía en el núcleo mismo de la vitalidad, de modo que una existencia humana al margen de la filosofía solo puede degenerar. Claro que en el caso de Sócrates filosofar es, en su base, dialogar acerca del bien supremo con todo y con todos, incluido, desde luego, uno mismo; en Blondel la filosofía debe constituirse muy laboriosamente en un sistema que es al mismo tiempo la vida completamente lograda. Aquí el problema no es el bien y la orientación a él sino un crecimiento constante de la verdad, que no puede acabarse antes de la muerte, o sea, un sistema de verdades y actos en aproximación asintótica a la meta que únicamente está allende la muerte.

    Por simpática que sea esta tesis, conviene no solo fundamentarla bien sino verle su envés y sus inconvenientes.

    El suelo del que ha partido Blondel —mucho más claramente expuesto en su ensayo de 1906 El punto de partida de la investigación filosófica que en La acción de 1893— es la distinción entre los dos modos esencialmente distintos del conocimiento, ambos perfectamente naturales, por cierto, y, por ello mismo, destinados a una colaboración que no se plantea como fácil cuando se los empieza a conocer con algún detalle. Uno es el propio del conocimiento inmediato, directo, que llamaremos también prospección; el otro es el conocimiento inverso, o sea, la reflexión.

    Ya para la descripción de la prospección —en algún momento la llama Blondel circunspección, que es término que se corresponde del todo con el que usa Heidegger en Ser y tiempo, Umschau, para referirse a lo mismo, sin la cortesía de mencionar su más que probable fuente— necesitamos una pieza doctrinal de una fuerza que tengo que considerar excesiva y que se solapa con la teoría metafísica de Aristóteles acerca del fin natural, de la causa final que al tiempoes causa formal del ser humano: que nuestra vida tiende de suyo y desde siempre a cierta meta que no conoce de manera lúcida; que la vida es un ímpetu orientado natural o esencialmente, y, añadamos aún, que ese ímpetu se traduce desde alguna temprana edad en la que denominamos nuestra voz de la conciencia —en la conciencia moral—. El objetivo inevitable y constante de la vida es su plenitud, su excelencia, su dicha, su bien. Y si Aristóteles consideraba muy importante empezar su tematización de la dicha —eudaimonía— reflexionando sobre en qué podría y, sobre todo, en qué no podría consistir, Blondel justamente niega con rotundidad que sirva aquí para algo la reflexión, como no sea para perturbar la certeza teleológica de nuestra vida. Esta certeza se manifiesta de alguna manera en la prospección, que en la infancia solo puede estar enlazada con una pulsión tan incoercible como ininteligible, es decir, precisamente no accesible al conocimiento reflexivo. Este es el que la ciencia utiliza; así que hay que sostener que no hay ciencia de la meta de la vida, aunque, como veremos, la haya de los medios que las situaciones concretas necesitan para irla a buscar. La prospección no basta siempre para encontrar los idóneos.

    En efecto, el conocimiento directo e inmediato obedece a la teleología natural, tanto si resuena esta ya en la voz de la conciencia como si todavía no lo hace. Notemos que la voz de la conciencia es hondamente silenciosa, puesto que coincide con el ímpetu básico de nuestra vida. No es fácil entender por qué, pero es evidente que sobre este impulso —que Blondel llamaba la voluntad que quiere— pueden imponerse una volición e incluso una acción —la voluntad querida— que se separen de la teleología natural.

    Como es lógico, el conocimiento directo ni siquiera se advierte atentamente, porque lo usamos como un medio de nuestras acciones. No las llevamos a cabo a ciegas, ciertamente, pero lo que propiamente mentamos es el fin al que estamos subordinando una serie de cosas, instrumentos o personas simplemente presentes, tenidas en cuenta cognoscitivamente en una verdadera circum-spectio rápida, incluso quizá momentánea. Blondel prefiere no llamarla espontánea e irrefleja, precisamente porque la advertimos —esto es evidente, aunque en realidad lo que advertimos primordialmente son sus términos objetivos; pero también podemos notar si es demasiado imperfecta, por ejemplo, y pasaremos a procurar mejorarla o nos equivocaremos fiándonos de ella sin más—.

    El conocimiento inverso, en cambio, es nuestro detenernos a analizar lo que hemos logrado actuando y, en consecuencia, la validez del método empleado. En realidad, es claro que no podemos parar la acción, sino que elevamos sobre la que seguimos llevando a cabo otra peculiar, que no fluye sino que considera objetivamente —aquí sí está adecuadamente introducido este adverbio— lo que hemos hecho en alguna acción que damos por terminada y lo obtenido gracias a ella. Aunque no estemos constantemente aplicando la reflexión, sin duda es natural que evaluemos objetivamente y que descompongamos en sus elementos muchas realidades. Para aumentar el éxito más adelante, es preciso utilizar la reflexión y lanzarla a muchos de los factores de la acción ya realizada. Lo que no es compatible es aunar en perfecto solapamiento acción —o sea, en lo que aquí interesa, prospección— y reflexión. Poner un cuidado extremo en lo que estamos haciendo no consiste, yendo al fondo del análisis, en estar objetivando la acción misma que llevamos a cabo. Es conocimiento conocido, pero no conocimiento conociente y actuante. Lo que sucede es que los resultados de la reflexión sirven luego de muchas maneras diferentes al conocimiento conociente.

    La reflexión siempre generaliza, porque, en el momento en que convierte un acto en un hecho, lo está ya clasificando, es decir, comparando con otros hechos y buscando mediante la abstracción en qué género y qué especie colocarlo. Habitualmente no captamos —es preciso insistir sobre ello, ya que es una aportación notabilísima de Blondel— la singularidad absoluta de la acción, o sea, tendemos a creer a pies juntillas en que el hecho no es sino la verdad del acto, o el acto trasladado al departamento de nuestra vida —o de nuestra conciencia— a cuyo cargo corre el conocimiento propiamente dicho. Otorgamos así a la reflexión un papel que no le corresponde. Parece que es darle demasiada importancia, pero en realidad es un modo de despotenciarla al desconocerla. En un hecho todas las partes distinguibles son capaces de repetirse indefinidamente, o sea, son casos de especies e incluso sencillamente especies últimas —a Brentano le gustaba decir, con cierta equivocidad, diferencias últimas—. Una acción no tiene propiamente partes: es un continuo en el que se dan fases con acumulaciones bien diferentes de riqueza en los matices fluyentes. Todo en la acción —y en la prospección, por tanto— es singular, irrepetible. Aunque tendremos que pedir a Blondel que reconozca que esa singularidad fluyente, pragmática y lúcida es naturalmente apta para conceder a la reflexión su materia sensible e inteligible.

    Que lo que nos rinde la reflexión sirva tanto luego a la acción y a su prospección da que pensar. Seguramente la causa última de ello está en que la vida, abandonada a su ímpetu, yerra casi de manera infalible su meta. En este sentido habría que calificar a la prospección y a la reflexión como las dos variedades de la razón, una con vocación práctica y otra con vocación teórica. Pero en todo caso la realidad misma no es objeto sino vida: vida, pues, ya siempre lúcida, incluso en sus concreciones extrahumanas, porque no podemos concebir la teleología natural tan solo en nuestra existencia, en nuestra acción, separando enteramente existencia y acción humanas del resto de lo real. Incluso si creyéramos que este resto es únicamente materia para la acción del hombre, no lograremos privar a tal materia de movimiento teleológico propio.

    No hemos estado leyendo el comienzo de Ser y tiempo, pero alguien podría creer lo contrario.

    Tema central para la discusión es el papel que se reserva a la alteridad transcendente en esta sistemática que pretende, sin más recursos que al principio de inmanencia, demostrar que no hay elemento de nuestra existencia que no surja en ella en el movimiento general de hallar la necesidad de todo —la percepción, la ciencia, la intersubjetividad— superando la inquietud básica del corazón: nuestra escisión primordial entre lo que de veras quiere en nosotros la voluntad santa y lo que de hecho queremos con nuestros errores prácticos no santos. Todo lo que no entendemos y se nos ofrece como contingencia más o menos brutal debe al final ser comprendido como un factor de la inmensa dialéctica de la acción —si es que no de la vida, incluso de la que se desarrolla fuera de lo humano—. (Nótese que en sus últimos años pudo escribir Blondel un grueso texto sobre El pensamiento que no comienza precisamente en los seres humanos, sino muchísimo antes de que ellos aparecieran.)

    Al principio del tercer artículo de la Carta sobre las exigencias del pensamiento contemporáneo en materia de apologética y sobre el método de la filosofía en el estudio del problema religioso, diez años antes, en 1896, leemos: Nada puede entrar en el hombre que no salga de él y no corresponda de alguna manera a una necesidad de expansión. Ni como hecho histórico, ni como enseñanza tradicional, ni como obligación añadida de fuera, no hay para el hombre verdad que cuente y precepto admisible que no sea de alguna manera autónomo y autóctono. Ahora bien, por otra parte, nada hay cristiano, católico salvo lo que es SOBRENATURAL —no solo transcendente en el simple sentido metafísico de la palabra…

  • Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera, del rabino lord Jonathan Sacks, (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).

    What we have loved,
    Others will love, and we will teach them how.

    A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.

    Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.

    Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.

    El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.

    La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.

    La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.

    Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.

    Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.

    La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.

    Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.

    Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.

    Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.

    Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.