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  • Empezar por uno mismo

    Empezar por uno mismo

    Cuarto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Ciertos grandes de Israel se hospedaban una vez en casa de rabí Itsjaq de Worki. Hablaban de cuánto valía para dirigir una casa un sirviente honrado y hábil: cuando es bueno, todo marcha bien, como se ve en el caso de José, en cuyas manos todo florecía. Rabí Itsjaq les llevó la contraria. “Lo mismo pensé yo en otro tiempo —dijo—, pero luego mi maestro me mostró que todo depende del dueño de casa. Cuando era joven mi mujer me daba muchos quebraderos de cabeza, y aunque yo podía soportarlos, me compadecía del servicio. Así que me fui a ver a mi maestro, rabí David de Lelow, y le pregunté si debía hacer frente a mi mujer. Me respondió: “¿Pero por qué me lo dices a mí? ¡Dítelo a ti mismo!” Tuve que meditar estas palabras por un tiempo antes de entenderlas, y las comprendí cuando recordé otras del Baal Shem: “Hay pensamientos, palabras y acciones. Los pensamientos se corresponden con la esposa, las palabras, con los hijos, y las acciones, con los servidores. El que dispone debidamente estas tres cosas verá que todo le va bien.” Entonces entendí lo que había querido decir mi maestro: que todo depende de mí mismo.”

    Esta historia toca uno de los problemas más hondos y más graves de nuestra vida: el verdadero origen de los conflictos entre los seres humanos.

    Cuando surge un conflicto, empezamos explicándonoslo por los motivos de los que son concientes los que disputan que han causado su pelea, y por las situaciones objetivas y los acontecimientos que están a la base de esos motivos y en los que se han visto envueltos ambos contrincantes. O bien procedemos psicoanalíticamente y tratamos de explorar los complejos inconcientes de los que esos motivos son únicamente los síntomas, al modo en que una enfermedad ocasiona perjuicios orgánicos. La doctrina jasídica tiene en común con esta idea el ver en los problemas de la vida al exterior signos de los que se hallan en la vida interior. Se distingue, sin embargo, del psicoanálisis en dos puntos esenciales, uno teórico y otro, aún más importante, práctico.

    La diferencia teórica estriba en que la doctrina jasídica no investiga enredos anímicos particulares, sino que se refiere al hombre entero. Esta diferencia no es en absoluto cuantitativa. De lo que más bien se trata es de reconocer que desprender elementos y procesos parciales de su todo siempre es un impedimento para captar este todo, cuando es así que solo captar el todo como tal puede llevar a un cambio auténtico, a una auténtica curación que empezará por el individuo pero luego lo será de la relación entre él y sus prójimos. (Expresado paradójicamente: buscar el punto capital lo desplaza y hace fracasar todo el intento de superar el problema.) No quiere decirse que no haya que tomar en consideración todos los fenómenos del alma, pero no hay que poner ninguno tan en el centro como si todos los demás se hubieran de derivar de él. Hay más bien que hacer hincapié en todos los puntos, y no en cada uno por separado, sino precisamente en sus relaciones vitales mutuas.

    La diferencia práctica consiste, sin embargo, en que no se trata aquí en absoluto al ser humano como un objeto de investigación, sino que se lo exhorta a enmendar su vida. Lo primero que tiene que reconocer un hombre es que las situaciones conflictivas entre él y los demás son consecuencia de las situaciones conflictivas dentro de su propia alma, de modo que tiene que tratar de superar este conflicto íntimo para salir luego al encuentro de los otros cambiado y pacificado y poder entablar con ellos unas relaciones nuevas y transformadas.

    Desde luego que por naturaleza procura el hombre evitar este cambio decisivo, sin el que su relación cotidiana con el mundo es muy enfermiza, replicando a quien lo exhorta —o a su propia alma, si es ella la que lo exhorta— que en todo conflicto son dos los implicados; si se le exige a él que afronte su conflicto íntimo, hay que exigir lo mismo a la otra parte. Pero esta manera de ver las cosas, en la que cada uno se contempla a sí mismo como si fuera un individuo al que afrontan otros individuos, y no como una auténtica persona cuyos cambios ayudan a que cambie el mundo, es precisamente el error fundamental al que se opone la doctrina jasídica. Lo único que en última instancia importa es empezar por uno mismo, y en el momento de inicio no tengo que preocuparme de nada en el mundo más que del propio inicio. Si me pongo a tomar una u otra actitud respecto de algo distinto, me desvío de mi comienzo, debilito mi iniciativa y frustro toda mi valiente y poderosa empresa. El punto arquimédico desde el que puedo, permaneciendo en mi sitio, mover el mundo es cambiarme a mí mismo. Si en vez de él pongo dos puntos arquimédicos, uno aquí en mi alma y otro allá, en el alma del prójimo con quien tengo un conflicto, inmediatamente pierdo de vista aquello que había empezado a vislumbrar.

    Rabí Bunam enseñaba: «Nuestros sabios dicen: “Busca la paz en tu sitio.” No hay que buscar la paz en parte alguna más que en uno mismo, hasta hallarla ahí. El salmo dice: “No hay paz en mis huesos desde mi pecado.” Solo una vez que ha encontrado el hombre la paz en sí puede salir a buscarla en el mundo entero.»

    Pero la historia de la que he partido no se conforma con indicar de una manera general que el verdadero origen de los conflictos exteriores es el conflicto íntimo. En las palabras del Baal Shem que cita nuestro relato se dice con toda precisión en qué consiste este decisivo conflicto íntimo: es el que se entabla entre tres principios del ser y la vida del hombre: el del pensamiento, el de la palabra, el de la acción. El origen de todos mis conflictos con mis prójimos es que no digo lo que pienso y que no hago lo que digo. Así es como se vuelve cada vez más confusa y envenenada la situación entre nosotros, y al estar yo en pedazos en mi interior pierdo por completo la capacidad de controlarla y me convierto, por más ilusiones en contra que me haga, en su esclavo contra mi voluntad. Nuestra contradicción y nuestra mentira alimentan las situaciones conflictivas y les dan tanto poder que terminan esclavizándonos. Ya no queda más salida que reconocer que hay que cambiar —todo depende de mí mismo— y querer de veras cambiar: quiero enmendarme.

    Pero para que uno llegue a tan gran cosa lo primero que tiene que hacer es cortar el jaleo caótico de su vida y llegar hasta sí mismo. Tiene que encontrarse consigo; pero no con ese yo que se da por supuesto y es únicamente el individuo egocéntrico, sino con la profunda intimidad que es la persona que vive con el mundo. Todos nuestros hábitos combaten este movimiento.

    Acabaré este capítulo con un antiguo chiste que ha renovado la boca de cierto saddic.

    Rabí Janoj contaba: «Había una vez un tonto al que llamaban el Gólem de lo estúpido que era. Cuando se levantaba por la mañana le era tan difícil encontrar todas las piezas de su vestimenta que al anochecer, pensando en tal problema, solía darle miedo irse a dormir. Una noche se resolvió por fin a coger papel y lápiz y a apuntar dónde iba dejando cada parte de su atuendo. A la mañana siguiente, encantado de la vida, tomó el papel y leyó: “La gorra —y allí estaba y se la puso—, el pantalón —allí estaba y fue a por él—, y así hasta tener ya todo. “Muy bien, pero ¿dónde estoy yo? —se preguntó muy angustiado— ¿Dónde me dejé a mí mismo?” Buscó y buscó en vano y no pudo encontrarse». Y el rabí concluía: “Así nos sigue pasando.”