Sexto y último capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.
A los discípulos que venían a verlo por primera vez solía contarles rabí Bunam la historia de Áisik, el hijo de Yékel de Cracovia. Después de años de terrible pobreza que no conmovieron su confianza en Dios, se le ordenó en sueños buscar un tesoro en Praga, bajo el puente que lleva al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Áisik lo obedeció y marchó a Praga. Pero en el puente había día y noche guardias, de modo que no se atrevió a cavar bajo él. Iba todas las mañanas al puente y merodeaba por allí hasta la noche.
Ya un día, el capitán de la guardia, al que aquellos paseos le habían llamado la atención, le preguntó amistosamente si estaba buscando algo o esperando a alguien. Áisik le contó el sueño que lo había traído desde su lejano país. El capitán se echó a reír: “Y tú, pobre chico, ¿has destrozado tus botas en semejante peregrinación a causa de un sueño? Pero ¿quién se fía de los sueños? Yo habría tenido entonces que lanzarme al camino cuando un sueño me mandó una noche marchar a Cracovia y cavar en busca de un tesoro bajo la estufa del cuarto de un judío que había de llamarse Áisik, hijo de Yékel. ¡Áisik, hijo de Yékel! Fíjate, tendría yo allí, donde la mitad de los judíos se llaman Áisik y la otra mitad Yékel, que ir asaltando casa por casa.”
Y reía y reía. Áisik le hizo una reverencia, regresó a su hogar, desenterró el tesoro y construyó la sinagoga que se llama la escuela de rev Áisik, hijo de rev Yékel.
“Atiende bien a esta historia —solía añadir rabí Bunam— y comprende lo que te está diciendo: hay algo que no puedes hallar en ninguna parte del mundo, pero hay un lugar en que lo puedes encontrar.”
Se trata de un cuento muy viejo, que conocemos por diversas literaturas populares, pero que unos labios jasídicos lo cuentan verdaderamente renovado. No ha sido trasplantado al mundo judío por pura casualidad y superficialmente, sino que ha quedado refundido por la melodía jasídica en la que se narra, aunque esto no es lo decisivo; lo decisivo es que así se ha vuelto como transparente y en él se revela una verdad jasídica. No es que se le haya colgado una moraleja, sino que más bien el sabio que ha vuelto a contarlo ha descubierto al fin su auténtico sentido y lo ha manifestado.
Hay algo que solo puede hallarse en un único lugar del mundo. Es un gran tesoro que cabe llamar el logro de la existencia. Y el sitio en que se lo puede encontrar es el sitio en el que uno está.
La mayor parte de nosotros solo llegamos en raros momentos a la plena conciencia del hecho de que no hemos conseguido gustar la plenitud de la existencia; que nuestra vida no tiene parte en la existencia verdaderamente lograda; que la hemos vivido como pasando al margen de la auténtica existencia. Pero notamos siempre cierta carencia y en cierta medida nos esforzamos por encontrar donde sea lo que nos falta. Donde sea: en cualquier rincón del mundo o del espíritu, pero precisamente no donde estamos, donde se nos ha puesto; pero justo aquí y en ningún otro lugar hay que encontrar el tesoro. El entorno que siento como mi ámbito natural, la situación que el destino me adjudica, lo que tropiezo a diario, las exigencias cotidianas: esta es mi tarea esencial y aquí está el logro de la existencia que me espera.
De un maestro del Talmud cuenta la tradición que se le iluminaron las calles del cielo igual que las de su ciudad natal, Nejardea. El jasidismo cambia el relato: lo realmente grande es que a uno se le iluminen las calles de su ciudad como lo están las del cielo; porque aquí, en nuestro sitio, es donde hay que dejar que brille y luzca la vida divina escondida.
Y si nos apoderáramos de los confines de la Tierra, no llegaríamos a la existencia lograda, que es lo que sí nos puede conceder una apacible relación de entrega a lo que vive cerca de nosotros. Aunque conociéramos los arcanos de los mundos superiores, no participaríamos por eso tan auténticamente de la verdadera existencia como cuando, en medio de la vida cotidiana, hacemos con santa intención la obra que se nos impone. Nuestro tesoro está enterrado bajo el horno de casa.
Enseña el Baal Shem que en el curso de nuestra vida no hay encuentro alguno con un ser o una cosa que no encierre un significado secreto. Los hombres con los que vivimos o con los que alguna vez nos encontramos, los animales que nos ayudan en nuestros trabajos o para nuestro sustento, el suelo sobre el que edificamos, las materias naturales que elaboramos, los aparatos que utilizamos, todo alberga una secreta sustancia anímica que nos necesita para llegar a su forma pura, a su perfección. Si descuidamos esta sustancia anímica que se nos ha enviado a nuestro camino, solo tomamos en cuenta nuestros fines del momento y no desplegamos una relación auténtica con los seres y las cosas en cuya vida debemos participar como ellos en la nuestra: desperdiciamos nosotros mismos la existencia verdadera y lograda.
Yo creo que esta doctrina es esencialmente verdadera. Por más alta cultura a que llegue el alma, quedará fundamentalmente árida e infecunda si de estos pequeños encuentros cotidianos a los que damos lo que les toca, no mana agua de vida que fluya al alma, del mismo modo que un inmenso poder es íntimamente impotencia si no se vincula secretamente a estos contactos —a la vez tan humildes y tan útiles— con los seres que nos son ajenos pero muy próximos.
Hay religiones que niegan a nuestra estancia en la Tierra el carácter de verdadera vida. O bien enseñan que todo lo que aquí se nos muestra es solo apariencia que tenemos que traspasar, o bien que ahora se trata de la mera antesala del verdadero mundo —una antesala por la que hay circular sin poner demasiada atención en ella—. De ninguna manera enseña esto el judaísmo. Lo que hace de santo un hombre aquí y ahora no es menos importante ni menos verdadero que la vida del mundo futuro. Esta doctrina se plasmó con máximo vigor en el jasidismo.
Rabí Janoj de Alexánder dijo: “También los gentiles creen que hay dos mundos, y por eso hablan del “mundo aquel”. La diferencia está en que ellos se refieren a que esos mundos están separados, cortados el uno del otro, mientras que Israel confiesa que ambos en verdad son uno y que han de llegar a ser uno solo con plena realidad de tal.”
En su verdad más íntima, estos dos mundos son un único mundo. Solo es como si se hubieran separado, pero tienen que volver a ser una unidad. Para ello fue creado el hombre: para que una ambos mundos. Y actúa en favor de esta unidad viviendo santamente con el mundo en que ha sido puesto y en el sitio en que está.
Una vez hablaban en presencia de rabí Pinjás de Korez de la terrible miseria de los pobres. Él escuchaba con creciente furor. Levantó de pronto la cabeza y gritó: “¡Atraigamos a Dios al mundo y todo eso se mitigará!”
Pero ¿acaso cabe atraer a Dios al mundo? ¿No es una idea disparatada y loca? ¿Cómo se atreve el gusano de tierra a tocar lo que solo descansa en la gracia de Dios? ¡Con todo lo que Dios disfruta de su creación!
También en este punto se opone la doctrina judía a la de otras religiones, y es en el jasidismo donde más hondamente lo hace. Lo que creemos es que precisamente la gracia de Dios consiste en dejarse ganar por el hombre, en que es como si se hubiera puesto en manos del hombre. Dios quiere venir a su mundo, pero quiere venir a su mundo a través del ser humano. Tal es el misterio de nuestra existencia y la suerte más que humana que se concede al género humano.
Rabí Méndel de Kozk sorprendió una vez a ciertos eruditos que se hospedaban en su casa preguntándoles: “¿Dónde vive Dios?” Los interpelados se echaron a reír: “Pero ¡qué dices! ¿No está el mundo lleno de su gloria?” Él entonces se respondió a sí mismo: “Dios vive donde se le deja entrar.”
Esto es lo que al final importa: dejar entrar a Dios. Pero solo podemos dejarlo entrar allí donde estamos, donde realmente estamos, donde vivimos, donde vive la vida verdadera. Si nosotros tratamos santamente con el pequeño mundo que se nos ha confiado, si ayudamos a la santa sustancia del alma a llegar a su perfección en el dominio de la creación con la que vivimos, estamos construyendo en este lugar nuestro un sitio para que Dios lo habite: estamos dejando entrar a Dios.

