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  • No ocuparse de sí mismo

    No ocuparse de sí mismo

    Quinto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Cuando rabí Jaim de Zans casó a su hijo con la hija de rabí Elieser, fue al día siguiente de la boda a casa del padre de la novia y le dijo: “Consuegro, ahora estamos cerca uno del otro y puedo decirte lo que apena mi corazón. Mira cómo mi cabeza y mi barba se han llenado de canas y sigo sin hacer penitencia.” “Ay, consuegro —le contestó rabí Elieser—, solo piensas en ti. Olvídate y piensa en el mundo.”

    Estas palabras dan la impresión de contradecir todo lo que hasta ahora he dicho acerca de la doctrina del jasidismo. Hemos oído que cada cual tiene que ahondar en el conocimiento de sí mismo, que escoger su particular camino, que unificar su ser, que empezar por sí mismo; y ahora se nos dice que tenemos que olvidarnos de nosotros. Pero si escuchamos más atentamente, estas palabras no solo concuerdan con aquellas otras sino que se les añaden como un miembro necesario, como un estadio necesario que se acopla perfectamente en el todo. Basta con preguntarse: “¿Para qué?” ¿Para qué debo conocerme a fondo a mí mismo, escoger mi camino particular y unificar mi ser? Y la respuesta es: no para mí mismo. De aquí que en el capítulo anterior se dijera: empezar por uno mismo. Empezar por uno mismo, pero no acabar por uno mismo; partir de uno mismo, pero no poner en uno mismo la meta; captar quiénes somos, pero no ocuparnos nada más que con nosotros mismos.

    Vemos aquí a un saddic, a un hombre sabio, piadoso, entregado, que se reprocha en su ancianidad no haberse aún convertido de veras. Tras la respuesta que recibe es evidente que se encuentra la idea de que sobreestima sus pecados y subestima la penitencia que lleva hecha por ellos. Pero lo que se le dice va más allá. Significa, de modo general: “No tienes que estarte siempre atormentando por tus errores, sino que debes emplear la fuerza anímica que gastas en esos reproches a ti mismo en actividad en el mundo, que es a lo que estás destinado. No tienes que ocuparte contigo sino con el mundo.”

    Lo primero es entender correctamente en qué concierne esto a la conversión. Ya se sabe que esta, el tikkún, está en el núcleo de la concepción judía sobre el camino del hombre. Puede renovarlo desde dentro y cambiar su sitio en el mundo de Dios, de modo que el que regresa y se convierte se eleva por encima del saddic perfecto, que no conoce el abismo del pecado. Tikkún significa mucho más que arrepentimiento y actos de penitencia, y es que el hombre que se ha perdido en el laberinto de la búsqueda de sí mismo, en la que él siempre era su propia meta, encuentra al convertir su ser entero un camino hacia Dios, es decir, el camino para cumplir la tarea especial a la que Dios lo ha destinado a él, a este hombre especial. El arrepentimiento solo es el primer impulso hacia este giro tan activo. El que se angustia en un arrepentimiento interminable y se tortura porque no le parecen bastantes las obras de su penitencia, está quitando a su conversión lo más de su fuerza. El rabí de Ger advierte con palabras intensas y atrevidas, predicando en Yom Kippur,1 contra darse tortura a sí mismo: “El que no hace más que hablar de un mal que hizo y darle vueltas —dijo—, jamás deja de pensar en su repulsiva acción; y el hombre está en eso que anda pensando, su alma está enteramente en ello; así, ese hombre se encuentra en la infamia. Es seguro que no podrá convertirse, pues su espíritu se ha hecho grosero y su corazón se ha emponzoñado. Se deja invadir por la melancolía. ¿Qué quieres? Estás venga a manejar excrementos y en eso quedas en adelante: en mero excremento. Pecaste, no pecaste, ¿qué importa eso en el cielo? En ese tiempo de mis cavilaciones podría haber amontonado perlas para alegría del cielo. Por eso está escrito: “Apártate del mal y haz el bien”. Quítate de una vez del mal, no sigas pensando en él, y haz el bien. ¿Hiciste lo que no debías? Opón a eso el hacer ahora lo que debes.”

    Sin embargo, lo que enseña nuestro relato va más allá. Al que no se cansa de torturarse porque la penitencia que ha hecho sigue siempre siéndole insuficiente, lo que esencialmente le importa es salvar su alma, o sea, cuál será su suerte particular en la eternidad. El jasidismo, cuando rechaza el proponerse esta finalidad, se limita a sacar una consecuencia de lo que enseña en general el judaísmo. Se trata de uno de los puntos principales en los que el cristianismo se ha separado del judaísmo: aquel pone como meta suprema de cada ser humano la salvación de su alma. Para el judaísmo, el alma de un hombre es un miembro al servicio de la creación de Dios, la cual debe llegar a ser el reino de Dios gracias a lo que haga el hombre. No es, pues, la meta de ningún alma ella misma, su propia salvación. Claro que nos tenemos que conocer, que purificar, que perfeccionarnos, pero no con vistas a nosotros mismos. Y así como todo ello no lo haremos por nuestra dicha en esta tierra, tampoco por nuestra felicidad eterna, sino por la obra que hay que llevar a cabo en el mundo de Dios. Debe uno olvidarse de sí y poner su pensamiento en el mundo.

    Apuntar a la salvación de la propia alma es sencillamente la figura más sublime del poner en uno mismo la meta. Nada rechaza con tanto énfasis el jasidismo, y en especial respecto de aquel hombre que se ha encontrado y formado a sí mismo. Rabí Bunam enseñaba: “Está escrito: “Tomó a Qóraj.” ¿Y qué es lo que tomó? Lo que quería era tomarse a sí mismo, con lo que ya no servirían sus actos para nada.” Por eso contrapuso al eterno Qóraj el eterno Moisés, el “humilde”, el hombre que no piensa en él mismo haciendo lo que hace. “En cada generación —decía—, vuelven el alma de Moisés y el alma de Qóraj, y cuando el alma de Qóraj se somete voluntariamente al alma de Moisés, Qóraj queda redimido.” Rabí Bunam viene a contemplar la historia del género humano de camino a la redención como un proceso en el que intervienen estos dos tipos humanos: el soberbio, cuya meta es él mismo, siquiera sea en una forma sublime, y el humilde, cuya meta es en todo el mundo. Solo cuando la soberbia se inclina ante la humildad queda el ser humano redimido; y solo cuando el hombre es redimido puede el mundo ser redimido.

    Cuando rabí Bunam murió, uno de sus discípulos, el rabí de Ger, de cuyo discurso en Yom Kippur cité antes un fragmento, dijo: “Rabí Bunam poseía la llave de todos los cielos. ¿Y cómo no, puesto que al hombre que no piensa en sí mismo se le dan todas las llaves?”

    Y el mayor de los discípulos de rabí Bunam, la figura auténticamente más trágica entre todos los saddiqim, rabí Méndel de Kozk, se dirigió así un día a su comunidad reunida: “¿Qué exijo de vosotros? Solo tres cosas: que no os volváis bizcos, que no miréis de través a los demás y que no penséis en vosotros mismos.” El significado era este: lo primero, que cada cual debe salvaguardar y santificar su alma según su peculiar índole y en el sitio en que está, sin envidiar ni otros caracteres ni otros lugares; en segundo lugar, cada cual debe respetar el secreto del alma de su prójimo y no penetrar en ella con insolente curiosidad y luego utilizarla; y en tercer lugar, que cada uno, viviendo consigo y viviendo con el mundo, tiene que cuidarse de no ponerse a él mismo como su propia meta.

    NOTAS:

    1 El Día de la Expiación, la mayor fiesta de la liturgia judía.

  • Decisión

    Decisión

    Tercer capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Un jasid del “Vidente de Lublin” ayunaba de sábado a sábado. A media tarde de un viernes le sobrevino una sed tan espantosa que pensó morir. Vio un pozo y se acercó a él con ánimo de beber, pero inmediatamente caviló en que por una hora escasa que le quedaba por aguantar iba a destruir cuanto había trabajado toda aquella semana. No bebió y se alejó del pozo. Y se jactaba, orgulloso por haber superado la prueba; y cuando se dio cuenta de cómo se sentía, se dijo: “Más vale que vaya y beba, que no que mi corazón caiga en la soberbia.” Regresó y llegó hasta el pozo. Cuando ya se inclinaba para sacar agua, notó que su sed había desaparecido. Al empezar el sábado, entró en la casa de su maestro, y este, al verlo en el umbral, le gritó: “¡Qué chapuza!”

    Cuando oí por primera vez esta historia siendo joven me chocó lo duramente que trata en ella un maestro a un alumno tan celoso y aplicado. Había hecho este un esfuerzo ascético extraordinario; se había sentido tentado a romperlo; había superado la tentación; y lo único que cosechó después de todo ello fue un juicio despectivo del maestro. El primer obstáculo había surgido del poder del cuerpo sobre el alma —un poder que hay que vencer—, pero el segundo había surgido del motivo más noble: mejor el fracaso que caer en la soberbia por tener éxito. ¿Cómo cabe regañar a alguien que ha sostenido tal combate interior? ¿No es exigirle demasiado?

    Mucho después, como unos veinte años más tarde, cuando yo mismo me puse a la tarea de pasar la tradición contando esta historia, comprendí que en ella no se trata de exigirle nada a nadie. El saddic de Lublin era precisamente conocido como amigo de la ascética y lo que se propuso su jasid no lo hizo, por cierto, para agradarle sino porque esperaba subir por ese camino a un nivel superior de su alma; y que el ayuno puede servir para este fin en el estadio inicial del desarrollo personal y luego en ciertos momentos críticos, lo había escuchado de la boca del “Vidente”. Pero lo que este dijo a su alumno tras observar, sin duda con perfecta comprensión, cómo se habían desarrollado los acontecimientos de aquella empresa audaz, significaba realmente: “De esta manera no se llega a un nivel superior.” Advertía a su alumno sobre algo que necesariamente le impedía obtener su propósito. Está bastante claro de qué se trataba. La censura se dirigía a que se hacían avances y luego se echaba uno atrás; lo que no estaba bien era este ir y venir en zigzag de la acción. Lo que se opone a la “chapuza” es el trabajo que va directo adelante sin titubeos. Pero ¿cómo se lleva a cabo un trabajo así? Con un alma unificada.

    De nuevo nos asalta la pregunta de si no se ha tratado con esto demasiado duramente a un hombre. Porque las cosas en nuestro mundo van de tal modo que uno —dígalo como quiera: por “naturaleza” o por “gracia”— tiene un alma unificada, un alma que va derecha adelante sin titubeos y lleva a cabo por ello obras unitarias, obras de un solo trazo directo, porque así se lo concede un alma que tiene esa condición y lo hace capaz de tales obras. Otro, en cambio, tiene un alma múltiple, compleja y contradictoria, que determina, claro está, cómo actúa: los obstáculos y las perturbaciones que experimenta proceden de los obstáculos y las perturbaciones de su alma: la inconsistencia de ella se plasma en la inconsistencia de ese hombre. ¿Qué puede hacer un hombre nacido así más que esforzarse por superar las tentaciones que se le presentan cuando se encamina a cualquier fin que se haya propuesto? ¿Qué otra cosa puede hacer que, en mitad de su acción, como suele decirse, procurar “concentrarse”, o sea, reunir una y otra vez su alma dispersa para dirigirla a su fin y estar dispuesto, como el jasid de nuestra historia, a sacrificar su fin para salvar su alma cuando lo invade la soberbia?

    Analicemos de nuevo desde estos puntos de vista la historia. Vemos entonces enseguida la doctrina que se oculta en la crítica del “Vidente”. Y es que el hombre sí puede unificar su alma. Un hombre con el alma múltiple, compleja y contradictoria no está perdido: lo más íntimo de ella, la fuerza de Dios en lo hondo del alma, puede actuar eficazmente y cambiarla; puede atar unas a otras a las fuerzas que se combaten mutuamente en ella; puede fundir los elementos que pugnan en direcciones opuestas y así unificarlos. Esta unificación tiene que llevarse a cabo antes de que un hombre emprenda un trabajo fuera de lo común. Solo con el alma unificada conseguirá que su obra no sea una chapuza sino que esté hecha directamente y sin titubeos. El reproche que el “Vidente” hizo al jasid es, pues, que se lanzó a su audaz intento con el alma dispersa, y ya en medio de él no se consigue unificarla. No hay que creer que la ascesis puede aportar esta unificación; puede limpiar y concentrar, pero no hacer que esto que sí consigue se preserve hasta lograr la meta. No puede proteger al alma de sus propias contradicciones.

    No hay que perder de vista además que no existe una unificación del alma que sea definitiva. Igual que el alma que ya desde el nacimiento está muy unida se ve asaltada a veces por dificultades interiores, tampoco la que lucha más duramente por su unidad llegará jamás perfectamente a ella. Sin embargo, toda obra que realizo partiendo de un alma unida, tiene su efecto sobre mi misma alma: es eficaz a propósito de una unificación nueva y más alta. Toda obra de esta naturaleza me lleva, aunque sea dando rodeos, a una unidad más estable que la que la precedió. Se llega así a un momento en el que dejamos a su aire a nuestra alma porque ya tiene tal unidad que supera sus contradicciones como quien juega. Hay que seguir estando también entonces alerta, pero en una alerta distendida.

    Uno de los días de Janucá1 llegó inesperadamente rabí Nahum, uno de los hijos del rabí de Rizin, a la casa de estudio y encontró a sus alumnos jugando a las damas, que estaban de moda en aquella época. Cuando vieron entrar al saddic, se detuvieron confusos. Él les hizo, sin embargo, un gesto amable y les preguntó: “¿Conocéis las leyes del juego de las damas?” Y como la vergüenza y el respeto no les dejaban abrir la boca, continuó: “Os diré cuáles son las leyes del juego de las damas. La primera es que no se pueden dar dos pasos a la vez; la segunda, que siempre hay que avanzar y nunca que retroceder; y la tercera, que cuando se llega arriba ya puede una dama moverse a donde quiera.”

    Se entendería radicalmente mal lo que significa la unificación del alma si se tomara por “alma” algo que no sea el hombre entero, cuerpo y espíritu. El alma no está realmente unificada si no lo están todas las fuerzas del cuerpo y todos sus miembros. El versículo: «Todo lo que tu mano encuentra que hacer, hazlo con tu fuerza» lo explicaba así el Baal Shem: lo que uno hace, debe hacerlo con todos sus miembros, o sea, que tiene que participar en la acción el cuerpo entero; nada de él debe quedar al margen. La obra del hombre que ha llegado a ser tal unión de cuerpo y espíritu es la que se hace toda recta, de una vez y sin titubeos.

    NOTAS:

    1 Que conmemora la dedicación (janukká) del Segundo Templo y evoca la rebelión macabea contra los reyes griegos de Siria.