Publicada en págs. 17-19 del número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.
Hay un espléndido momento en el diario metafísico de Gabriel Marcel correspondiente al año 1931 —Ser y tener— en que repentinamente se atreve a definir la que él mismo llama vida espiritual: sería esta el desasimiento progresivo de cuanto se tiene, para reducirse a ser y, de esta manera, vacío de lastres, quedar en la plena disponibilidad respecto de cuanto sea real —y por real, sin duda no auténticamente malo ni dañino, aunque quizá sí doloroso y excesivo o enormemente gozoso, y, a lo mejor, desbordante, transcendente— y nos visite.
Se ha usado hasta volverla insignificante esta pareja: ser y tener. Si nos arriesgamos a mirar su interior, veremos que ante todo tenemos necesidades, a las que debemos aplicar la honda división de Epicuro: muchas de ellas, aunque las llamemos así, no son verdaderamente necesarias; otras son carencias naturales que dan lugar a tendencias igual de naturales hacia lo que las calma; pero solo alguna de estas carencias naturales origina verdaderas necesidades de las que es absurdo desprenderse. El desasimiento progresivo, que iguala a la vida espiritual Marcel, deja fuera de su alcance tan solo a estas necesidades del tercer grupo. En los casos de las otras dos formas de carencia, tenemos, en efecto, tanto la necesidad como aquello con que la saciamos, y la necesidad renace continuamente, de modo que tratamos de encontrar una y otra vez el alimento que la aplaca por un poco de tiempo. Todo cuanto tenemos en estos dos sentidos muy próximos entre sí se puede emplear para describirnos con una serie de predicados que parecen una flora de mala índole que ha brotado a lo que de veras somos. Y entonces se ve que esto que somos —y que apenas nos describe como individuos, porque radicalmente lo compartimos con el resto de los humanos, aunque sea tan frecuente que pensemos que somos prácticamente lo que tenemos—, vemos que somos, digo, seres lábiles, indigentes, pero también dotados con el poder formidable de una libertad capaz de transformarnos hasta dejarnos como en carne viva, desasidos de lo que no sea real y, por tanto, disponibles abierta, casi absolutamente, ojalá que absolutamente a entrar en relación plena con toda la realidad.
La primera bienaventuranza del Sermón del Monte se refiere a los pobres en cuanto al espíritu y les adjudica en presente —las demás bienaventuranzas están en futuro— la estancia en el reino de Dios, o sea, una vida albergada en el Dios que un día lo será todo en todos. En efecto, la humilde disponibilidad hace de nosotros un símbolo, en la acepción primitiva de ser nada más que un pedazo de cierto todo real. El otro pedazo es todo eso que existe fuera de nosotros y que van reconociendo nuestros ojos —los de la carne y los del alma— más y mejor a medida en que quedan limpios de lo que nos deja indisponibles para el ser. Si pudiéramos detenernos un momento en el estado de humilde disponibilidad total, veríamos que lo que es en sentido fuerte es lo demás, lo externo, mientras que nosotros, meras mitades anhelantes, solo — momento de elocuencia maravillosa de Marcel— sub-somos, sub-existimos. Tener es tener para sí y aislarse; ser es ser para lo otro, estar ya siendo en trama con lo otro, pero precisamente sin reducirlo a polo de nuestras necesidades no necesarias, sin teñirlo de nosotros mismos ya recubiertos de adherencias prescindibles. Lo que quiere decir que la realidad se deja hacer: o se enlaza a nuestro ser disponible para volverlo tan real de veras como ya lo es ella, o permite que parcialmente la transformen nuestras ignorancias y nuestros afectos incontrolados y se deje tener por nosotros. En este caso solo podemos creer que lo real soy yo mismo. Quien se detenga un espacio de tiempo suficiente sobre el significado de esta frase, notará cómo se le hiela la sangre en las venas y le viene el deseo de quebrar esa realidad única, sola, en constante crecimiento —como hinchándose salvajemente en cada instante de la vida—. La aparente muerte de la persona disponible —una como muerte, una como renuncia previa a la vida entramada con la realidad exterior— es, en cambio, su renacimiento: el comienzo de una vida realmente real, ansiosa de cosas auténticamente reales, cada vez menos tentada a hacer ofensa a la realidad rebajándola a algo que pueda yo tener, yo, el único que en ese caso soy —es decir, que ni es ahora, ni fue todavía nunca, ni podrá ser si no ejecuta una conversión tremendamente poderosa respecto del giro que ha dado a su vida—.
Que la vida espiritual sea, pues, ejercicio de la libertad no la aparta de recibir una ayuda, un impulso inmenso desde lo exterior ya existente. La exagerada identificación del infante con su cuerpo recibe la sugerencia temprana de que no es verdadera, de que debe ser dejada atrás. Algo nos sugiere que somos libres e incluso que debemos empezar a realizar nuestra libertad, hasta entonces inexistente. Paradoja básica de la libertad: no existe más que cuando la iniciamos, así que es suponer demasiado afirmar que nacemos potencialmente libres. Más bien sucede que nacemos ayudados —per-donados— por la realidad, dentro de la cual somos naturalmente casi reales, en el sentido de las descripciones anteriores. Es imposible que no la acojamos desde que nacemos, dada la indigencia de nuestra naturaleza; pero ello es el inicio de que quede abierta la puerta para que nuestra relación con lo real desborde, casi solo por ella misma, los avatares de la posesión y el alimento. Hay problematicidad en la historia misma de este apoderarnos de lo que sentimos como alimento de nuestras carencias; y los problemas tiran de la razón, la activan. En un segundo momento, la razón distingue los meros problemas de otros aspectos de la realidad que ella misma nos dice que se encuentran en ámbitos diversos. Hay enigmas y su misión no es alimentarnos sino, más bien, como pasó a los humanos que primero recibieron el impacto de la presencia cercana de las Musas, convertirnos en seres puramente extasiados, que se olvidan de comer, beber y dormir y gastan lo que les queda de vida en cantar. La divinidad se apiada de ellos y los vuelve cigarras para que no tengan conciencia de la brevedad y la profunda inutilidad de sus vidas gastadas en el deslumbramiento de la belleza y de los abismos que se adivinan en los otros seres humanos. Y ya antes, seguramente, de este estado de perplejidad, curiosidad y gozo que no se parece al de alimentarse, se insinúan en la vida humana los misterios, que llamó perfectamente Karl Jaspers situaciones límite. No porque sean peak experiences, sino porque son los horizontes de todas las situaciones de la vida, aunque no se tenga noticia clara de ellos desde el principio. Posiblemente aún ahora el anciano no termina de reconocer nuevos horizontes a su situación, allende los ya experimentados.
Cuando Marcel habla de la disponibilidad y cuando una corriente poderosa de la tradición teológica habla de la humildad, los correlatos de estas actitudes básicas de nuestra vida apenas son los problemas, sino casi únicamente los enigmas y los misterios. En ellos se realiza una, diríamos, concentración de lo que significa realidad. Es cierto que el que llamó Epicuro grito de la carne exige calor, agua y pan, pero él mismo era bien conciente de que grita además en nosotros, y con un vigor supremo, la voz que nos manda buscar verdad. La verdad que nos atrae es la difícil y recatada de cuanto es enigmático y de cuanto es misterioso. La gracia, el don enorme consiste, en primer término, no solo en que hayamos nacido sino en que, sin más método que abrir los ojos y adelantar oídos y manos, se mete en nuestra vida apenas existente la riqueza plural de la realidad y casi parece que ella misma formula, como en la sensibilidad, enigmas y misterios. Joseph Joubert escribió que la razón no razona, y es que la razón que despierta a su propia realidad resolviendo problemas no es el arma más útil para absorberse en lo enigmático y para responder no inadecuadamente a lo misterioso. La razón, pero sin razonar, quería decir el agudo observador de la vida, es la luz que nosotros echamos sobre estas maravillas en los bordes de la maravilla misteriosa de nuestra vida. Las argumentaciones solo preparan —cuando no enmarañan, entorpecen y posiblemente hasta impiden— las visiones del espíritu.
La mitad, pues, de la que define Marcel como vida espiritual sucede ya fuera de nosotros y procura extraer de nuestra pasividad el ejercicio de la libertad para la visión intelectual de todo aquello de lo que pende aún más que del alimento nuestra existencia: la verdad, el enigma, el misterio. La naturaleza y la historia son ya vida espiritual, aunque no la colmen más que cuando queremos nosotros con toda nuestra alma aprender de esta vida las pautas de nuestra propia vida individual.
Pero no solo de gracia vive el hombre; vive también gracias a su valentía, la cardinal entre las virtudes cardinales. No por efecto de algún acto aislado de valentía, sino como consecuencia del hábito que se va adquiriendo al hacer frente a cada situación de la vida. La Juana de Arco de Péguy, viéndose ya condenada y sin ayudas, en vez de lamentar el fraude que la ahogaba, exclama llena de convicción y de fuerza: por todas partes hay una cobardía infinita. Ella hace velozmente cómplices que intentan no darse cuenta de lo que les está sucediendo, y así se manifiesta el poder terrible de este mal que llevamos a cabo tantas veces sin ningún esfuerzo, como si surgiera de la naturaleza del alma en su apego al cuerpo y, al mismo tiempo, también del cuerpo en su control sobre el alma. Si se vive dentro del ejército inmenso cuya bandera es el miedo, queda cerrada la vía de cualquier vida espiritual.
La cobardía no podría alcanzar a tanto si no fuera porque crece siempre a la sombra de la muerte, o sea, en el terreno mismo de lo que es misterio para todos nosotros. Aunque la historia de las religiones y cada una de las historias individuales de los seres humanos estén desbordantes de conjuros contra la muerte, evocar cómo ha sido posible, incomprensiblemente, haber no existido desde antes del principio del tiempo hasta ahora, es ya esbozar un gesto de burla hacia tales conjuros. Lo mismo que no eras antes de vivir serás después de morir, sugiere la cadena de los días insignificantes, que así remueven su falta de interés a base de llenar de aversión por la vida al pobre hombre. No es simple miedo a morir y a estar de nuevo muerto: es desesperación ante el recuerdo de que nada ni nadie permanecerá. Pero esta aversión y esta desesperación se consuelan iniciando la personal fuga lo más lejos posible de la muerte. De misterio que es, la convertimos entonces en el problema que debemos esquivar todo el tiempo que estamos vivos. Se trata de un movimiento estúpido y ya, propiamente, cobarde, que nos vuelve integralmente cobardes. En un segundo momento nos diremos que no solo hay que vivir rehuyendo la muerte, sino tratando de sacar el máximo partido, el máximo gozo a estos trechos que la muerte y la vida nos van por ahora concediendo. El fin último de nuestras acciones es la imposible perpetuación de mí mismo en el estado de más disfrute posible de los bienes que tango cerca. Ya soy yo para siempre —salvo que un milagro, un perdón lo remedie— lo único que venero, aquello a cuyo objetivo someto todo lo demás que existe: hombres y cosas. Convertí la desesperación en vulgar miedo y este me hizo dios de mí mismo. La cobardía que me impide afrontar la muerte como misterio es a la vez necesariamente crueldad: todos y todo han de estar al servicio de mi fuga por mitad de la existencia.
Me tengo, pues, miedo a mí mismo. La vida me regala a manos llenas dones infinitos. Desde siempre he sido querido aquí en la Tierra; desde siempre he vivido al borde de los enigmas mayores, tocado por el genio de lo sensible, visitado continuamente por el genio de la inteligencia. Mi lengua materna es hermosa y tan rica como el mar. ¡Mi memoria mantiene enérgicas tantas experiencias! Yo, sin embargo, juego con los márgenes de lo oscuro y lo débil algunos días tristes, pesados como la melaza y el betún. No me sé estar quieto y dejar que la plena realidad santa me invada, me tenga, me duerma como en un ahogo. Siempre me encuentra haciendo alguna finta para no escuchar, para sentirme sin sentir las cosas que limpian de los sueños.
Los buenos permiten que el Sol los bañe y que la sencilla verdad los respire y deshaga todas sus mínimas historias. Colaboran con la obra directa de la justicia amante y no se notan porque son enteramente esa obra misma que ellos no han diseñado.
Cuando me indigno conmigo, las lágrimas abren la herida de que soy en el más profundo centro amor. Sacar esa raíz a través de los estratos y los fósiles de una vida inquieta parece más duro que excavar la roca. No quiero de ninguna manera la mitad de mis actos, agrios como un ácido que salpica a los cercanos y quema el suelo común. ¿De dónde tanta piedra negra y tanta agua venenosa? ¿Es que quiero dañar, destruir, matar? ¿Es que soy dos voces y hay en mí dos humanidades?
No define al humano sino su obra, desde la santidad al crimen monstruoso y desde la pureza ingenua hasta la perversión más sucia. A cada instante se agranda esta definición imposible que toca a Dios y construye los infiernos, y a mí me lleva dentro de sí y yo también la dilato y meto en ella a mis hermanos desdichados y dichosos. Nadie puede parar esta tormenta que resuena desde hace un millón de años. Solo esos miles de kilómetros de hielo en los polos están en calma. Yo podría caer allí, donde no se puede vivir, y produciría una gota de horror en la existencia de los osos y los zorros. Vaya donde vaya, es más rápido mi viaje por dentro, sin espacio y en un tiempo únicamente mío, por el que cruzan los demás.
Ser significa misterio; mundo significa enigma; otro semejante a mí es mi máxima diferencia y mi obsesión.
En el momento culminante de la infancia descubrí lo irreversible de la vida y su final en la muerte. El niño quedó rodeado de misterios, y su existencia estuvo acechada, urgida y visitada, desde la revelación de la muerte, por lo Otro y el Otro.
Por esto es la infancia el territorio de los sufrimientos más inconsolables: unas penas que ni siquiera pasan a oraciones: son soledad. La divinidad se va dibujando al fondo, como la figura del más mayor de los mayores, del último recurso en la solicitud desesperada de un abrigo en que resguardarse por completo otra vez; y es así justamente porque nadie ofrece resguardo completo, retorno a antes de haber nacido.
La cuestión candente es para cada uno de nosotros luego la de decidir ahora qué respuesta tenemos que dar a las cosas que nos están pasando. Hay en lo que sucede mucho ya familiar, pero siempre algo de nuevo. La sorpresa de lo que se me viene encima desborda el marco de la regla. No hago nunca exactamente lo que sé ni lo que quiero.
La vida ha tomado ya desde siempre una orientación inevitable hacia la plenitud de la dicha y del sentido; pero yo me he formado una figura de ellas, y esta idea global a la que he encomendado la guía de mis actos es quizá solo un error parcial.
La sabiduría consiste en el regreso a la ingenuidad perfecta de la vida tal como ella se adentra, sin haberlo podido querer, en la realidad. Lo realmente real es lo no deformado por mi deficiente conocimiento y mi más que deficiente cadena de voliciones concretas. Me voy fabricando un mundo y no quisiera. Llega siempre el momento en que se me hace evidente que tengo que deformar la deformación que yo he introducido: hay que desaprender los males.
Y sin embargo soy libre y tengo una extraordinaria capacidad de transformar el antemundo de mi nacimiento en un mundo de inédita belleza, plena utilidad y deslumbrante perfección moral. Estos ideales nos están propuestos al mismo tiempo al antemundo y a mí, la humanidad. Son nuestra gloria. La realidad básica de nosotros dos es la de ser potencias que, conjuntadas, anhelan un florecimiento, un acto enérgico que se encuentra preformado en el ser mismo de la humanidad y de la naturaleza.
Este acto se llama amor: buscar ardiente, inagotable y constantemente el bien de otro.
El amor busca sencillamente al otro mismo. Primero solo quiere su bien; después, se adelanta al otro como para cerciorarlo de que la plenitud de su bien es la plenitud de él mismo, y para contemplar lleno de gozo esa posibilidad. La esperanza y la contemplación del amante inspiran la esperanza del amado. El amante quiere esta plenitud, incluso si comporta que él, aunque haya contribuido en algo, quede atrás y olvidado. Yo te quería simplemente a ti en tu plenitud. Tú no eres tú mismo más que en la dicha perfecta que te corresponde.
Llamo Dios a la fuente de la gracia, de la vida, de la presencia de los otros, del amor y de la libertad que derrota al miedo y sale de la desesperación. Dios habla y yo puedo y debo responderle. Su silencio es su manera de hablarme, y a mí me gusta emplear viejas palabras tradicionales para irle hablando también yo, aunque con menor constancia que la suya.