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  • Confortar al leproso

    Confortar al leproso

    La filosofía desaparece. La cultura pretende un ingenuismo imposible, como suprimiéndose a sí misma. Las sociedades de economía avanzada ensayan un estilo de vida en el que es frecuente que el único sobreentendido sea romper con todos los que históricamente configuraron el mundo hasta las terribles tragedias de las que está sobrado el último siglo. De modos que a veces son conscientes y con más frecuencia no llegan a serlo, se rechaza hoy toda presunta sabiduría del pasado como necesariamente conducente a un paisaje de campos de exterminio, ciudades arrasadas por bombas de poder ilimitado, playas inundadas de basuras que no se degradarán biológicamente por sí solas, calles en las que yacen los nuevos esclavos. Si se nos ofreciera vida en el planeta Marte, inmediatamente la aceptaríamos; mientras no hay posibilidad de un cambio tan completo, huimos de todo lo conocido hacia los ashram de la India, las logias teosóficas o las iglesias de la cienciología.

    Si hubiera demostración de que el pensamiento es el causante principal del estado contemporáneo de las cosas, salvaríamos quizá un par de sus productos derivados (la ciencia económica, la medicina, la ingeniería) y condenaríamos las raíces espirituales de todo lo demás. Estaríamos obligados a hacerlo, aunque no tuviéramos idea de a dónde nos llevaría semejante renuncia. Y es muy probable que la carga de la mala conciencia, la certeza de no haber discriminado cuidadosamente los orígenes radicales de la barbarie moderna, actúe con eficacia en el trasfondo de muchas actitudes que, de otra manera, serían incomprensibles.

    Recordemos sólo dos acontecimientos que caracterizan la peor zona de sombra de la modernidad –y que por sí solos son capaces de hacernos aborrecer hasta las prácticas científicas y técnicas que acabo de catalogar de salvables dentro del posible naufragio general de la cultura–. Considérese la contribución básica que ha aportado a la riqueza de nuestro mundo actual la esclavización de los africanos llevados a América. Sin esta mano de obra infinitamente barata y abundante, quizá habría sido imposible asentar los cimientos del capitalismo avanzado. Gentes cuya condición humana plena era puesta en tela de juicio por los hombres cultos del mundo aún cristiano –o, al menos, teísta ilustrado–, precisamente porque defendían el recinto bien cerrado de la humanidad de la que formaban parte. La mera situación de nacimiento de todos esos hombres era ya suficiente para que se los considerara destinados providencialmente a la ruptura violenta de todos sus vínculos familiares y culturales; su único horizonte, su único significado digno, era el de instrumentos puros del trabajo agotador o víctimas de lo que exigía el bienestar de las sociedades realmente desarrolladas de la cristiandad (o del islam, que había iniciado esta práctica monstruosa siglos antes que los europeos). ¿Se encuentran auténticas voces de protesta en la filosofía y la teología de los siglos barrocos? ¿Podemos olvidar que la misma caridad de Las Casas recomendaba esta política para la salvación de los indígenas americanos? ¿Hubo suficientes controversias jurídicas y antropológicas contemporáneas a aquellos crímenes, como al menos las hubo en la Escuela de Salamanca cuando se planteó la legitimidad de la conquista de las Indias Occidentales sin casus belli ninguno?

    Por más que reconozcamos que los desniveles históricos producen graves ilusiones de interpretación, el silencio solemne de los poetas y los santos nos abruma. Cualquier mínimo asomo de compasión y de inteligencia que hallamos en ellos lo anotamos y celebramos como un consuelo que pedíamos a gritos.

    El segundo ejemplo es la Catástrofe vivida por los judíos (mejor dicho, por quienes el nazismo consideró y, en muchos casos, hizo judíos). Como en este asunto se ha insistido mucho, es cada vez más frecuente que se cierren los oídos a lo que tiene de único y que se alegue que la política de Israel y de los lobbies judíos en los círculos de mayor poder de Occidente, habiendo nacido aquel Estado directamente a consecuencia de la Catástrofe, exige callar de una vez sobre esta cuestión o revolverla contra quienes la usan con repugnante hipocresía para hacer invulnerables a la crítica ciertas prácticas crueles. Pero el hecho es que no se había conocido aún la condena a muerte de todo un gran grupo humano hiciera lo que hiciera. Sin posibilidad de rendición ni huida, sin posibilidad de traición; sin que la pertenencia a la multitud de los reos la determinara más cosa que haber tenido un abuelo judío; sin que el delito prescribiera nunca. La misma imaginación de gentes perseguidas por más de mil años no fue capaz de admitir una posibilidad así, ni siquiera cuando ya estaba en vías de realización desde hacía tiempo –como fue el caso de los deportados húngaros en 1944–. Una persecución de estas características no es un genocidio sencillamente. Por fortuna, tampoco se ha repetido todavía, aunque el odio a las víctimas de los nazis revive de vez en cuando en formas demasiado parecidas a las de los años 30 y 40 del siglo XX. La ideología de la que se deduce un crimen de esta naturaleza no sólo rebaja a una parte del género humano a la condición de subhombres: en realidad, los trata como a bichos y se complace, por ello mismo, en ensayar métodos que los obliguen, antes de morir, a degradarse a sí mismos, a confesar que son la clase de alimañas que ha decidido el torturador que son realmente.

    Cuando se rechaza el pensamiento de que quepa en el corazón humano la perversidad diabólica, o sea, la voluntad y el gozo de hacer el mal tan sólo por el mal mismo, rememorar estos hechos de extrema vergüenza es la piedra de toque. Por lo menos, ellos obligan a dejar en suspenso la consoladora teoría de que sea imposible la maldad en estado puro.

    La perversidad de los males nuevos del siglo pasado que se prolongan en éste debe denominarse, en proximidad con el derecho internacional que se empieza a elaborar, el crimen contra la humanidad: el condenado no lo es sino por ser, por ser el que es; y la condena es al exterminio. En casos algo menos extremos, pero de consecuencias enteramente semejantes, se trata de la violencia absoluta ejercida no ya contra una clase entera de seres humanos sino con una subclase de ellos. Los armenios exterminados en el Imperio Otomano a principios del siglo XX eran sólo los que estorbaban físicamente los proyectos de limpieza étnica y religiosa de una parte importante de territorio, no todos los del mundo en absoluto; y lo mismo se puede decir de cuantos grupos humanos son eliminados por completo a no ser que se exilien o satisfagan unas condiciones de supervivencia que en realidad los transforman en algo absolutamente distinto.

    En la actualidad, el desvío de recursos o su mera retención rentista provoca miseria catastrófica en una porción insufriblemente grande de la población del planeta, que en realidad no tiene escape alguno mientras los dispositivos legales, movidos quizá por una revolución moral de muy complicada gestación, no prohíban definitivamente estas formas de guerra de crueldad infinita.

    Ya antes de 1930, sólo como consecuencia de la Gran Guerra, Franz Rosenzweig había comprendido que la que él llamaba vieja filosofía (el idealismo, el materialismo y, en definitiva, todos los -ismos, que siempre reducen la riqueza de lo real a un único principio explicativo y, por lo mismo, empobrecen, cercenan lo que de verdad existe; y esta operación no sale gratis) no consistía sino en un “humo azul” que intentaba en vano distraer a los mortales de sus angustias y sus deseos esenciales convenciéndolos de que el terreno de lo inmediato existencial, donde el dolor y el gozo se dan en plenitud, debía siempre ser dejado atrás, en beneficio del pensar puro, para el cual sólo existe lo intemporal o sólo existen los elementos que postulan las ciencias matemáticas de la naturaleza.

    Su discípulo discrepante Emil Fackenheim llegó, en cambio, a decir que, puesto que en medio del ascenso absoluto de la barbarie había habido resistentes que se rebelaron (y murieron) en nombre de ciertos sectores de esa “vieja filosofía”, este hecho la redimía a ella misma parcialmente, incluso si el resto de la descripción de Rosenzweig era fiel a la verdad, e incluso si otros habían ejecutado y dirigido el crimen amparándose con algún grado de sinceridad en esos mismos pensamientos que a los héroes les sirvieron de aliento en su martirio.

    Es una situación paradójica, pero que en cierto modo vive la humanidad desde el pasado más remoto: puesto que lo que creemos saber sobre las cosas y las personas y lo divino es la base de nuestra acción, si comprendemos que dañaremos inevitablemente todo, y también a nosotros mismos, como no sea que nos preocupemos activamente por la verdad comprobada personalmente de nuestras actitudes más hondas y más determinantes, no se entiende que la humanidad no practique un fuerte ejercicio de búsqueda de la verdad, de aventura personal y abierta con la verdad. Ningún hombre tiene derecho a vivir sin examen su vida, sea cual sea su situación, si desea la dicha y la bondad, si simplemente desea combatir el mal que por todos lados, quizá, lo aprieta; pero es difícil reprimir la idea de que en realidad se constata que apenas nadie decide salir de la impersonalidad y la uniformidad de las opiniones recibidas y mostrencas para lograr otras mejores y que se adecuan mejor a la lucha por el bien, ampliamente entendido, al que ve referida su vida.

    No se puede poner seriamente en duda que la ciencia en la Modernidad es un instrumento de extraordinaria potencia para combatir males gravísimos de la existencia humana. Descubrir los mecanismos de acuerdo con los cuales vive y se desarrolla la naturaleza es, como decía Francis Bacon, un modo de obediencia y atención a la realidad que es el único que garantiza el éxito que el hombre obtiene cuando invierte su actitud respecto del mundo y pasa a exigirle obediencia. El detalle de la cura de la enfermedad, la rapidez y la seguridad en los viajes, la multiplicación de la fecundidad de las fuentes principales de recursos para el consumo, son los aspectos más destacados de este progreso, con el que soñaron ya los primeros filósofos de Grecia. Localizaron ellos el mal en la ignorancia de las normas inflexibles que a la naturaleza le tiene dictadas su principio dominante. Identificaron a éste con algo absolutamente distinto de una arbitrariedad siempre temible; cerraron así el paso a los procedimientos mágicos y rituales de dominio sobre lo amenazador, y consolaron relativamente a la humanidad forzándola a que aceptara la necesidad de los hechos mientras no era todavía posible predecir y, menos, enmendar, la marcha de las cosas naturales. Al menos, perder terror a los ataques repentinos y absurdos de las divinidades parecía a aquellos filósofos cuestión de primera magnitud en el logro de una cierta estabilidad, de la seguridad, incluso, en nuestra existencia.

    La fragilidad de este consuelo se comprueba atendiendo a las explosiones de superstición que han acompañado siempre a los momentos de mayor expansión de las ciencias particulares, tanto en la Antigüedad como ahora. Una lectura preciosa que me atrevo a recomendar como una receta muy hermosa y clara para el conocimiento de estos aspectos tenebrosos del alma humana es, por ejemplo, la de los amplios textos del padre Benito Feijoo, en el siglo de las Luces, analizando una a una las caras de lo irracional que afloraban por todos lados justamente en ese instante histórico. Si se comparan, por ejemplo, con las reiteradas pruebas medievales de la inanidad de la astrología –fundadas en los ataques de san Agustín, que fue primero astrólogo expertísimo–, una cierta tristeza sobre la dificultad terrible con la que los avances morales se abren paso será, creo, del todo inevitable.

    Pero la ciencia ha ido adentrándose en lo que Edmund Husserl se atrevió a llamar una gran crisis, que no afecta ya tanto a que parte de su material conceptual esté poco aclarado racionalmente, como sucedió, sin duda, a principios del siglo XX, sino a que el atractivo de lo pragmático ha creado la tendencia a interpretar que la verdad sobre lo real no puede ser otra que la obtenida en las ciencias particulares.

    En realidad, esta tesis es tan sólo una interpretación extracientífica de la ciencia: una filosofía de la ciencia que dice precisamente, engañándose a sí misma, que ninguna ciencia necesita interpretación filosófica alguna.

    Si la ciencia particular se deja atraer excesivamente por las metas pragmáticas, corre el riesgo de abandonar la base misma de su sentido: el conocimiento preciso, en la plena concreción de su sentido, de cada sector o región de la realidad. Pero el verdadero peligro no está tanto en esta que denomina Heidegger falta de pensamiento en la ciencia misma como tal, sino en la actitud de reverencia sin reservas que adoptan muchas veces respecto de las ciencias tanto el hombre de la calle como el especialista. Cuando éste recapacita en las debilidades siempre inherentes a la fundamentación epistemológica de sus resultados, puede ser incluso un escéptico, un relativista al estilo de Feyerabend; pero cuando se inhibe de tales reflexiones que no conciernen al lado pragmático y muy fecundo de su actividad, lo más frecuente es que adopte la actitud de quien ni siquiera concibe que la filosofía, ese saber que él tiene por impreciso e infinitamente problemático, tenga algún papel ni grande ni pequeño en la mediación hermenéutica entre las tesis tecnológicas y técnicas de la ciencia y la conducción y la interpretación de su vida y de la historia. Estará entonces erigiendo al conjunto enciclopédico de las ciencias particulares en la filosofía primera, en la metafísica.

    Un par de ejemplos servirá para entender mejor que esta desconexión de la filosofía ni es posible ni es deseable. El primero lo tomo del texto completo quizá más antiguo de toda la literatura filosófica de Occidente: Hipias Menor, el breve diálogo platónico en el que se presenta al hombre que lo sabe todo y se analiza si este saber monstruoso será, en efecto, la clave para tapar enteramente la presencia del mal en el mundo. Como el saber capacita para hacer mejor que nadie una cosa y también, desde luego, para hacerla peor que nadie, el mal técnica y pérfidamente perfecto sólo lo podrá cometer el que sabe y precisamente en el momento en que pone en acto su saber.

    El segundo ejemplo lo tomo de las clases de Sofística y Retórica que Juan de Mairena, un complejo pensador andaluz que se inventó como alter ego el poeta Antonio Machado, impartía a los chicos de un pueblo. Se refería a cómo es indudable que la vida moral está basada, en su mayor parte, en el precepto del amor y el cuidado del prójimo. Una vez bien asentada esta premisa y comprobado que, en efecto, casi todos los deberes que tenemos se refieren a los demás, Juan de Mairena interrumpía bruscamente el hilo de sus reflexiones y pedía a sus alumnos que le demostraran científicamente, por favor, que existía siquiera un prójimo; porque es evidente –concluía– que sólo tendremos el deber de amar a aquel que sea científicamente cierto que exista junto a nosotros.

    De aquí que haya sido posible, como un complemento subversivo de esta hermosa ingenuidad de que la ciencia natural salvará al hombre del mal, toda una corriente histórica constante de pensadores del egoísmo, la soledad radical del ser humano y el pesimismo respecto de cualquier mejora sustancial de lo que de verdad resulta ser situación existencial nuestra. Estos pensadores que sabotean el carácter primordial de la ciencia localizan el mal, el peligro, precisamente en el prójimo, porque sólo de su reconocimiento se puede vivir. Aquel que no lo obtenga de nadie en absoluto, caerá fuera de los márgenes de la vida social: rechazado por todos, insignificante, marginal, indefenso frente a todos los ataques –aun los más salvajes, que el Gorgias platónico concentra en que se le dé a alguien inerme el vergonzoso suplicio de la cruz, sello y culmen del desprecio y la desgracia–, se convertirá en el desdichado absoluto, en la figura que más debe temerse para uno mismo. La vida es invisible, pues, sin seducción, y da igual que haya buen o mal fundamento o ninguno en absoluto, para esta seducción que hace que quienes nos están cerca sirvan nuestras finalidades tan a gusto como si fueran las de ellos mismos.

    La alternativa es o bien tratar de reducir artera y subrepticiamente a los demás cercanos a la condición de meros medios para mí, el único fin que reconozco, o estar en el contacto interhumano con la conciencia alerta de que cada uno, como yo mismo, somos de derecho fines, fines últimos incluso, o sea, realidades que de ninguna manera se deben rebajar al nivel de medios para otros fines, es decir, para los fines de otro u otros. En la primera rama de la alternativa, el imperativo que de verdad se desprendería de la naturaleza del ser humano dice: Ten tantos deseos como pueda admitirlos tu naturaleza y procúrate todos los recursos necesarios para satisfacerlos. Pascal, que contemplaba en este endiosamiento del yo que centra el universo en torno de sí la verdad de la terrible condición caída del hombre, no podía describir al individuo antes de ser alcanzado y casi fulminado por la gracia más que como una punta de lanza o flecha siempre dirigida contra los otros: le moi est haïssable, el yo es odioso; y todos lo sabemos, pero, naturalmente, hemos todos decidido disimularlo, para darnos la satisfacción ambigua de la vida social, que es también una necesidad, a fin de cuentas. De aquí que este pesimista no pueda concebir la sustancia de la vida intersubjetiva sino como hipocresía: las puntas de espada de nuestras almas se tapan, como en la esgrima deportiva, con una goma, salvo que el duelo se presente de pronto en toda su realidad. Y Hobbes, se recordará, veía la única salvación de nuestro género en que nos decidamos todos, calculando cuál es nuestra auténtica conveniencia, a conceder el uso de la violencia sólo a uno, sólo al soberano –casi un dios, en todo caso, un monstruo–, por más duras que esta renuncia y sus consecuencias puedan sernos.

    La segunda alternativa, la socrática y kantiana, que reconoce la intangibilidad santa de las personas, nos pone ya en contacto con la tercera y decisiva concepción del mal, el dolor y el pensamiento, según la cual no es el peor de los males el que se me hace sino el que hago y me hago; no es el mal pleno el que me asalta sino el que introduzco yo con una asombrosa perversidad que se disfraza de ignorancia, pero que ya Sócrates identificó como ignorancia culpable y responsable.

    Para que el encanto de lo sagrado salvaje no hunda a los restos de la humanidad en una horrenda edad oscura que parece haber ya empezado en los márgenes de las grandes ciudades, es preciso rescatar por esta vía la especificad de lo santo. Lo santo comienza allí donde una conciencia descubre con perfecta certeza que hay acciones que no deben llevarse a cabo aunque el precio sea la muerte, y que hay otras que vienen exigidas por el bien aunque también su precio sea la marginación absoluta o, en definitiva, la forma contemporánea de la cruz.

    La religión vivida esquematiza racionalmente, como escribía Rudolf Otto, la experiencia del Misterio inobjetivo, presente en el centro de la persona y de cada cosa –y de la historia del mundo–. El Misterio tremendo y fascinante exige ser pensado, y la primera idea esencial que logramos sobre él es la de su santa justicia que llega a los límites locos del amor puro, absoluto.

    (2008)

  • El dolor no enseña siempre

    El dolor no enseña siempre

    Los antiguos poetas de Grecia, hombres inspirados, describían nuestra existencia con una serie de rasgos entre los que no solían olvidar, como si éste los resumiera todos por fin, el de el ser que aguanta. No nos atribuían inteligencia, ni práctica ni teórica; tampoco nos concedían potencia para llevar a cabo nuestros planes; menos aún, vida sin fin. Pensaban, más bien, de nosotros que somos soberbios y que la soberbia nos ofusca, y que somos supersticiosos, crueles, avariciosos. No hacían del hombre un retrato halagüeño, pero, al menos, no tenían más remedio que admirar la capacidad de aguante de este pobre habitante de la tierra. Y cuando la consideraban, comprendían que había sólo un mal al que no habríamos podido resistir y que por eso, con un asomo de piedad, quedó sin escapar de la caja de Pandora: la espera. No la esperanza, el bien de la esperanza; sino la espera, el mal terrible de la espera. O sea, el saber a ciencia cierta, desde cualquier punto de la vida, lo que nos aguarda en el porvenir. Si incluso esta desgracia nos hubiera sobrevenido, habríamos hace mucho muerto todos.
    Sólo de la sorpresa vive, pues, el hombre: de hallar lo inesperado y tener que afrontarlo ya mismo. Parece que es dura esta situación, pero, en realidad, resulta infinitamente más suave que la que se seguiría de eliminar la improvisación maravillosa con la que los sucesos nos llegan. De aquí que los estoicos propusieran que la sabiduría y la virtud consisten en intentar sospechar todos los males que aún nos pueden ocurrir, para irnos ejercitando en la respuesta apropiada, si es que al fin se presentan. Que el ser que aguanta pase a convertirse en invulnerable, en imperturbable, aunque lo asalten un tsunami de desgracia o una pleamar de felicidades y buenas suertes. A lo que añadían que tener la oportunidad de volvernos invulnerables es estar en una posición más elevada, en la escala de los seres, que los viejos dioses míticos: la virtud arduamente conseguida es mucho más sabia (no sólo más meritoria) que la que se posee por naturaleza.
    Decían esto porque no les cabía duda de que el hombre debe progresar, o sea, aprender, fortalecerse. Una vida humana que no contenga progreso, enseñanza y virtud, es una vida desperdiciada. Pero no hay modo de progresar más que superando los obstáculos. La mera facilidad no dice nada interesante o importante a nadie. Sólo llego a sacar de mí la plenitud de mis capacidades cuando me encuentro con algo que no parece posible vencer, que me niega profunda y enteramente; pero, a base de tiempo, sagacidad y empeño, termino por dominarlo. Es entonces como si me hubiera subido encima de mi adversario y se abriera ante mí un horizonte ampliado, al que se dirigirán mis fuerzas renovadas ahora con la victoria. Tenemos que aguantar tanto –ésta era la consecuencia que sacaban aquellos moralistas– porque sólo de esta manera subimos a la cima de nuestra condición, que no es sino la de dioses, partecitas de dios, chispas de la divinidad. Sólo sufriendo se aprende, pathei mathos, como se lee en un fragmento de Sófocles. La mera lectura, incluso la mera visión de los combates que los otros libran con los sucesos inesperados de la existencia, no es disciplina bastante. Tienen las cosas que afectarnos directa e individualmente, para que, como han repetido algunos formuladores de teodiceas también recientes y cristianas, la providencia nos dé la oportunidad de esculpir la hermosa estatua de nosotros mismos. Cuando dios desprecia a un ser humano, no le envía dolores y, por consiguiente, ese hombre no pasa de ser una larva de tal, un bicho más de la tierra, ignorante de que nació con la semilla de dios.
    Hay una buena parte de contradicción en esto de tratar de ensayarse en la desgracia irreal para cuando llegue la desgracia real, ya que se admite que sólo ésta enseña de veras; por ejemplo, que sólo sufrirla nos enseña de verdad que debemos irnos preparando para las venideras.
    Pero con esta enseñanza –que es a la vez triste, heroica, desesperanzada y estimulante– se roza ya lo que constituye, sin duda, el punto central de la vida del espíritu (también, por cierto, de la nuestra hoy): que el miedo, ceder al miedo, es la negación misma del espíritu; que vivir guiado por el miedo (lo que suele pasar en la miedosa ignorancia de reconocer que así son las cosas, o sea, sin conciencia clara) es tirar la vida a la basura. Que cuando lo que se pretende es vivir egoístamente, para la propia felicidad, es que se está en las manos del miedo: del terror de no ser feliz.
    Interrumpamos aquí, en apariencia, esta serie de ideas y saltemos, en apariencia también, a lo más esencial. Luego veremos qué sucede con el asesino llamado miedo.
    El cristianismo sólo conoce un mal: el pecado, o sea, la desesperación. Y como el dolor es la experiencia del mal en su maldad, sólo la experiencia del pecado como tal puede ser dolor o, mejor dicho, la cima del dolor.
    El pecado es la negación real de que exista el bien perfecto, es decir, de que exista Dios. Una negación real no se hace sólo con los labios; quizá con ellos es con lo último con que se niega la verdad de lo real. La clase de negación profunda, auténtica, completa, que es el pecado, se lleva a cabo con toda la existencia, con el movimiento central de la existencia; lo que se puede simplificar diciendo, como han hecho el Talmud, san Bernardo y tantos otros sabios santos, que pecar es querer de verdad que Dios no exista.
    Querer de verdad que no haya el bien perfecto es vivir como si no lo hubiera, lo cual exige hasta olvidar, cuando se actúa, la misma posibilidad de que exista y, desde luego, toda nostalgia por él, toda sensación poderosa de la desdicha de su ausencia. Y cuando se llega al mismo olvido intelectual, afectivo y práctico del bien perfecto, lo único que queda es el mundo, el tiempo en el mundo, mi tiempo o nuestro tiempo en nuestro mundo. Para el pecador, se trata del verdadero Todo, despojado de fantasmas, abierto ante él como un océano libre y casi desconocido, por el que la humanidad no se ha atrevido a viajar, ya que ha estado dominada por los dioses, por dioses de toda calaña, desde el principio de los tiempos –y cuando hay dioses, hay la certeza de que existe algo más que este tiempo de nuestro mundo, sea como sea que una religión o una metafísica se representen en concreto este algo más–.
    He utilizado ahora palabras que evocan adrede cierto pasaje de Nietzsche, pero el entusiasmo por la verdad a secas, por la dureza de la verdad, que guiaba a este escritor, no se parece en absoluto al pecado sino, justamente al revés, a la cólera del destructor de ídolos. Simone Weil advertía que nadie está obligado a adorar a Dios, si no lo ha encontrado, si no ha sido encontrado por Dios conscientemente; pero que todos tenemos un deber rigurosísimo de no adorar ídolo alguno. Y es evidente que los ídolos más peligrosos surgen de la confusión de Dios, bien perfecto, con cualquier otra cosa, aunque sea muy buena.
    La situación de estar haciendo el mal y persistir luego en hacerlo, o sea, el pecado, tiene dos posibilidades generales. La primera es la que he empezado a describir; la segunda, menos mortal, como dice la tradición con mucha más exactitud de la que solemos suponer, es la de una negación parcial, eventual, del bien perfecto, pero a sabiendas de que existe y de que, en este momento o este tiempo, no vivimos de acuerdo con ese conocimiento sino en contradicción con él y, por tanto, inconsecuentemente, en contradicción también con nosotros mismos. A esto se refiere Pablo con la célebre afirmación de que ni siquiera él mismo hace el bien que quiere, sino, muchas veces, el mal que no quiere (pero que termina queriéndolo, a pesar de la dirección hacia Dios que ha tomado ya su vida).
    Cuando hay conciencia de esta contradicción dolorosa y vergonzosa, hay también remordimiento y, por tanto, queda el camino abierto hacia el pedir perdón (a los demás perjudicados, en primer término, y a Dios como en el trasfondo de mí y de ellos y de todo). Y si no se toma la vía del arrepentimiento efectivo, crece el dolor por la debilidad de la voluntad (la verdadera miseria de la condición humana, en frase del mismo san Bernardo). Este sufrimiento es el característicamente cristiano: aunque deseo afirmar con todas mis fuerzas que es verdad que amo con todo mi ser a Dios, al prójimo, a mí mismo, a la Creación entera, porque toda mi vida no tiene más sentido que dirigirse al bien perfecto y mostrar a todas las cosas que evidentemente existe, justo porque no se lo encuentra en ninguna de ellas y tampoco en mí, vivo ahora al revés, retorcido respecto del sentido que reconozco en todo, per-versus, como dice con precisión la metáfora tan querida por san Agustín. Necesito una penitencia que no termino de aceptar; me torturo viendo que doy testimonio en contra de la verdad, precisamente cuando esta verdad hace una falta infinita a todos y debería ser servida siempre por testigos a los que nada hiciera retroceder. Lo que funda mi vida y todas las vidas está siendo ridículamente olvidado por quien no lo olvida ni un instante. ¿Qué poder hay en mí que se rebela así contra la verdad, contra mi anhelo, contra lo que espero? Somos todos los seres creados –incluyo a los animales, a las plantas, a las rocas, el mar, los cielos y los astros– como gargantas sedientas de bien, de paz, de gozo; pero una extrañísima debilidad (basar, sarx, caro, carne) induce a algo rebelde en nosotros a ordenarnos que nos quedemos quietos, como si la sed terrible estuviera calmada.
    Es una desgracia –¡tantas cosas son desgracia!– que el cristianismo haya confundido con frecuencia esta noción de la carne con el cuerpo, y haya además confundido la carne con el pecado, hasta situar en el cuerpo la fuente del pecado y llegar cerquísima de la vieja concepción órfica, la verdadera tradición dualista dentro de las bases de nuestra cultura: que el cuerpo, soma, es como el sepulcro y su podredumbre, sema, porque procede de las cenizas de los demonios –los Titanes– a los que fulminó Dios Padre cuando atentaron contra su Hijo (Dióniso). Hay algo directamente divino en nosotros, sigue el relato órfico, pero también y sobre todo hay algo diabólico que rodea, ciega y perturba la divina chispa del alma. Y considerad que el orfismo no dice que el ser humano sea a imagen de Dios (en su unidad de ser humano), sino que afirma que realmente el alma del hombre es divina y el cuerpo del hombre es demoníaco. El cristianismo jamás se atreverá a decir ni una cosa ni la otra, mientras se comprenda aún un poco a sí mismo (aunque hay que reconocer que las dos cosas, con apenas matices y distingos, sí las han dicho algunos escritores cristianos, y con ellas han influido sobre el espíritu de una parte de la historia cristiana –como una superstición pervive en el fondo, como el paganismo resiste siempre por debajo de lo cristiano).
    Cuando llamé, como hace Kierkegaard, desesperación al mal más profundo del pecado, no me estaba refiriendo directamente a esa forma del mal que no es ya mortal porque vive en plena conciencia de contradicción, dolorosamente, con un sentimiento justo de angustia, o incluso en el límite del agnosticismo –y entonces el sentimiento es trágico: ni siquiera sé si creo de veras en la posibilidad del bien perfecto, y las acciones de mi vida no se unifican en ninguna dirección clara, como si por momentos deseara que todo fuera muerte y por momentos luchara de verdad contra la muerte de todas las cosas y, por tanto, en la confianza real sobre la existencia posible del bien perfecto–.
    La desesperación no es ni la angustia de la contradicción ni la tragedia del agnosticismo real, sino la calma con la que se está cuando se ha abandonado de verdad todo combate por el bien ideal. El mal llena la vida, pero disimulado, sin aflorar en el dolor, sino, a lo sumo, en algún estado de tedio que luego se disipa con cualquier distracción. Cuando el mal está presente, pero no como mal sino disfrazado, entonces, sin dolor, es cuando nada tiene sentido, pero el hombre no sufre por ello, no experimenta el estado al que, con cierto abuso, llamamos desesperación habitualmente. Desesperar es no esperar nada realmente nuevo, sin que para ello haga falta sentirse desdichado. Al contrario, cuando la desesperación empieza a doler, su remedio empieza a estar al alcance. Un remedio trágico o un remedio angustiado, pero ya no esta calma, esta seguridad idiota en que se ha estado dañando a todo y a todos, sobre todo, a sí mismo, en la certeza de que nada vale la pena, ninguna pena, porque el amor en todas sus formas no es más que un afecto adolescente que no sirve para mayor cosa que para suspirar y, a lo sumo, para conquistar una breve posesión de un cuerpo.
    Si nos preguntamos ahora por el verdadero origen del mal, lo primero con lo que nos encontraremos es siempre con el miedo: miedo a la aventura, miedo a la entrega, miedo a subir en las alas de Eros, miedo a los demás (que parece que nos matan en vida con su desprecio). Por tanto, miedo a la pobreza, miedo a la mala fama, miedo a la muerte en cualquiera de sus muchas formas. Sólo que el miedo es un afecto insufrible, que tiende por naturaleza a convertirse en calma, a olvidarse de sí mismo, a renegar de sí y revestirse con las ropas de su contrario: la crueldad, la audacia, la falta absoluta de compasión o entrañas, la huida de toda situación en que se vea bien claro que la justicia ha sido violada y está exigiendo a voz en grito que alguien la repare.
    En el miedo (miedo a la vida en toda su amplitud divina) se anuncia la llegada del mal, y por eso duele tanto y se enmascara tanto. Cuando el mal se apodera del lugar, todo su esfuerzo consiste en disimularse, en que no haya conciencia de lo que está pasando.
    Sentirse trágicamente un posible aliado de la muerte, cuando desearía uno aliarse absolutamente con la vida y el amor contra la muerte, es un duro sufrimiento, parecido al de Prometeo a solas con su buitre, crucificado allá en el desierto de las cimas del Cáucaso. Sentirse angustiado y avergonzado porque los pequeños miedos de la vida cotidiana (al hambre, al desprecio, a los golpes, a la enfermedad, a la decrepitud, a la muerte –permitidme llamar pequeño al miedo a la muerte y hasta disminuir lo doloroso del miedo a la decadencia física y mental–) nos han hecho caer en contradicción, es también muchas veces una dura pena. Pero el reconocimiento de la propia debilidad, que debería acompañar siempre estos dolores, es ya una oración, es ya la adoración del Bien Perfecto.

    Publicado en la revista Crítica, Año 62, Nº. 981, 2012, págs. 27-31.