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    Decisión

    Segundo capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Un jasid del “Vidente de Lublin” ayunaba de sábado a sábado. A media tarde de un viernes le sobrevino una sed tan espantosa que pensó morir. Vio un pozo y se acercó a él con ánimo de beber, pero inmediatamente caviló en que por una hora escasa que le quedaba por aguantar iba a destruir cuanto había trabajado toda aquella semana. No bebió y se alejó del pozo. Y se jactaba, orgulloso por haber superado la prueba; y cuando se dio cuenta de cómo se sentía, se dijo: “Más vale que vaya y beba, que no que mi corazón caiga en la soberbia.” Regresó y llegó hasta el pozo. Cuando ya se inclinaba para sacar agua, notó que su sed había desaparecido. Al empezar el sábado, entró en la casa de su maestro, y este, al verlo en el umbral, le gritó: “¡Qué chapuza!”

    Cuando oí por primera vez esta historia siendo joven me chocó lo duramente que trata en ella un maestro a un alumno tan celoso y aplicado. Había hecho este un esfuerzo ascético extraordinario; se había sentido tentado a romperlo; había superado la tentación; y lo único que cosechó después de todo ello fue un juicio despectivo del maestro. El primer obstáculo había surgido del poder del cuerpo sobre el alma —un poder que hay que vencer—, pero el segundo había surgido del motivo más noble: mejor el fracaso que caer en la soberbia por tener éxito. ¿Cómo cabe regañar a alguien que ha sostenido tal combate interior? ¿No es exigirle demasiado?

    Mucho después, como unos veinte años más tarde, cuando yo mismo me puse a la tarea de pasar la tradición contando esta historia, comprendí que en ella no se trata de exigirle nada a nadie. El saddic de Lublin era precisamente conocido como amigo de la ascética y lo que se propuso su jasid no lo hizo, por cierto, para agradarle sino porque esperaba subir por ese camino a un nivel superior de su alma; y que el ayuno puede servir para este fin en el estadio inicial del desarrollo personal y luego en ciertos momentos críticos, lo había escuchado de la boca del “Vidente”. Pero lo que este dijo a su alumno tras observar, sin duda con perfecta comprensión, cómo se habían desarrollado los acontecimientos de aquella empresa audaz, significaba realmente: “De esta manera no se llega a un nivel superior.” Advertía a su alumno sobre algo que necesariamente le impedía obtener su propósito. Está bastante claro de qué se trataba. La censura se dirigía a que se hacían avances y luego se echaba uno atrás; lo que no estaba bien era este ir y venir en zigzag de la acción. Lo que se opone a la “chapuza” es el trabajo que va directo adelante sin titubeos. Pero ¿cómo se lleva a cabo un trabajo así? Con un alma unificada.

    De nuevo nos asalta la pregunta de si no se ha tratado con esto demasiado duramente a un hombre. Porque las cosas en nuestro mundo van de tal modo que uno —dígalo como quiera: por “naturaleza” o por “gracia”— tiene un alma unificada, un alma que va derecha adelante sin titubeos y lleva a cabo por ello obras unitarias, obras de un solo trazo directo, porque así se lo concede un alma que tiene esa condición y lo hace capaz de tales obras. Otro, en cambio, tiene un alma múltiple, compleja y contradictoria, que determina, claro está, cómo actúa: los obstáculos y las perturbaciones que experimenta proceden de los obstáculos y las perturbaciones de su alma: la inconsistencia de ella se plasma en la inconsistencia de ese hombre. ¿Qué puede hacer un hombre nacido así más que esforzarse por superar las tentaciones que se le presentan cuando se encamina a cualquier fin que se haya propuesto? ¿Qué otra cosa puede hacer que, en mitad de su acción, como suele decirse, procurar “concentrarse”, o sea, reunir una y otra vez su alma dispersa para dirigirla a su fin y estar dispuesto, como el jasid de nuestra historia, a sacrificar su fin para salvar su alma cuando lo invade la soberbia?

    Analicemos de nuevo desde estos puntos de vista la historia. Vemos entonces enseguida la doctrina que se oculta en la crítica del “Vidente”. Y es que el hombre sí puede unificar su alma. Un hombre con el alma múltiple, compleja y contradictoria no está perdido: lo más íntimo de ella, la fuerza de Dios en lo hondo del alma, puede actuar eficazmente y cambiarla; puede atar unas a otras a las fuerzas que se combaten mutuamente en ella; puede fundir los elementos que pugnan en direcciones opuestas y así unificarlos. Esta unificación tiene que llevarse a cabo antes de que un hombre emprenda un trabajo fuera de lo común. Solo con el alma unificada conseguirá que su obra no sea una chapuza sino que esté hecha directamente y sin titubeos. El reproche que el “Vidente” hizo al jasid es, pues, que se lanzó a su audaz intento con el alma dispersa, y ya en medio de él no se consigue unificarla. No hay que creer que la ascesis puede aportar esta unificación; puede limpiar y concentrar, pero no hacer que esto que sí consigue se preserve hasta lograr la meta. No puede proteger al alma de sus propias contradicciones.

    No hay que perder de vista además que no existe una unificación del alma que sea definitiva. Igual que el alma que ya desde el nacimiento está muy unida se ve asaltada a veces por dificultades interiores, tampoco la que lucha más duramente por su unidad llegará jamás perfectamente a ella. Sin embargo, toda obra que realizo partiendo de un alma unida, tiene su efecto sobre mi misma alma: es eficaz a propósito de una unificación nueva y más alta. Toda obra de esta naturaleza me lleva, aunque sea dando rodeos, a una unidad más estable que la que la precedió. Se llega así a un momento en el que dejamos a su aire a nuestra alma porque ya tiene tal unidad que supera sus contradicciones como quien juega. Hay que seguir estando también entonces alerta, pero en una alerta distendida.

    Uno de los días de Janucá1 llegó inesperadamente rabí Nahum, uno de los hijos del rabí de Rizin, a la casa de estudio y encontró a sus alumnos jugando a las damas, que estaban de moda en aquella época. Cuando vieron entrar al saddic, se detuvieron confusos. Él les hizo, sin embargo, un gesto amable y les preguntó: “¿Conocéis las leyes del juego de las damas?” Y como la vergüenza y el respeto no les dejaban abrir la boca, continuó: “Os diré cuáles son las leyes del juego de las damas. La primera es que no se pueden dar dos pasos a la vez; la segunda, que siempre hay que avanzar y nunca que retroceder; y la tercera, que cuando se llega arriba ya puede una dama moverse a donde quiera.”

    Se entendería radicalmente mal lo que significa la unificación del alma si se tomara por “alma” algo que no sea el hombre entero, cuerpo y espíritu. El alma no está realmente unificada si no lo están todas las fuerzas del cuerpo y todos sus miembros. El versículo: «Todo lo que tu mano encuentra que hacer, hazlo con tu fuerza» lo explicaba así el Baal Shem: lo que uno hace, debe hacerlo con todos sus miembros, o sea, que tiene que participar en la acción el cuerpo entero; nada de él debe quedar al margen. La obra del hombre que ha llegado a ser tal unión de cuerpo y espíritu es la que se hace toda recta, de una vez y sin titubeos.

    NOTAS:

    1 Que conmemora la dedicación (janukká) del Segundo Templo y evoca la rebelión macabea contra los reyes griegos de Siria.