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  • El camino particular

    El camino particular

    Segundo capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Una vez, rabí Bär de Radoschitz pidió a su maestro, el “Vidente” de Lublin: “¡Enséñame un camino universal para servir a Dios!” El saddic contestó: “No conviene decir a un hombre qué camino debe seguir, porque hay un camino que es servir a Dios enseñando; otro, mediante la oración; otro, por el ayuno; y otro por la comida. Cada uno ha de atender a qué camino lo atrae su corazón y luego debe decidirse por él con todas sus fuerzas.”

    Estas palabras hablan en primer lugar de nuestra relación con el servicio auténtico de Dios que ha habido antes de nosotros. Tenemos que venerarlo, tenemos que aprender de él; pero no debemos seguirlo tal cual. Lo que de grande y de santo se ha hecho es para nosotros ejemplo porque pone ante nuestros ojos lo que son la grandeza y la santidad; pero no se trata de un modelo que tengamos que repetir. Por poca cosa que sea lo que consigamos rendir nosotros, si lo medimos con el metro de lo que nuestros padres hicieron, su valor está en que lo hemos llevado a cabo a nuestro modo y con nuestras propias fuerzas.

    Un jasid preguntó al maguid1 de Zloczow: “Está escrito que todos en Israel estamos obligados a preguntarnos cuándo alcanzarán nuestras obras a las de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob. ¿Cómo hay que entenderlo? ¿Acaso nos es lícito atrevernos a pensar que podemos igualarnos con los Padres?” El maguid le explicó: “De la misma manera que los Padres fundaron nuevos modos del servicio divino, y cada uno el suyo conforme a su naturaleza —uno el del amor, otro el de la fuerza, otro el del esplendor—, así también debemos nosotros innovar, cada uno conforme a su naturaleza, a la luz de la doctrina y del servicio, para no hacer lo que ya se ha hecho, sino lo que hay que hacer.”

    Con cada ser humano queda puesto en el mundo algo nuevo, algo que aún no ha habido, algo serio y único. “Es deber de cada cual en Israel saber y meditar que él tiene una índole que es única en el mundo, que aún no ha habido sobre este mundo nadie igual a él, porque si ya lo hubiera habido, no habría tenido necesidad de venir al mundo. Cada individuo es un ser nuevo en el mundo y debe en él realizar perfectamente lo que él es. Porque, en verdad, el hecho de que no es así es lo que retrasa la venida del Mesías.” Este ser uno y único es nuestra tarea configurarlo y ponerlo en obra, mientras que no lo es hacer de nuevo lo que otro, por grande que fuera, llevó a cabo. Ya anciano, cuando se había quedado ciego, dijo una vez el sabio rabí Bunam: “No querría cambiarme por el padre Abraham. ¿Qué sacaría Dios en limpio si nuestro padre Abraham se convirtiera en el ciego Bunam y el ciego Bunam en Abraham?” Y aún con más fuerza dijo lo mismo rabí Susia, cuando exclamó poco antes de morir: “En el mundo que viene no se me preguntará por qué no he sido Moisés: lo que se me preguntará es por qué no he sido Susia.”

    He aquí una doctrina que se basa en el hecho de que los hombres son de suyo distintos y, en consecuencia, no quiere que hagan lo mismo. Todos los seres humanos tienen su acceso a Dios, pero cada uno uno diferente. Es precisamente en esta variedad de los hombres, en la diferencia de cómo son y a qué tienden, en la que estriba la gran oportunidad concedida a nuestra especie. La inmensidad de Dios que todo lo abarca se despliega en la infinita multiplicidad de los caminos que llevan a Él, cada uno de los cuales está abierto para una sola persona.

    Cuando algunos discípulos de un saddic que murió vinieron al “Vidente” de Lublin y quedaron perplejos al ver que sus costumbres no eran como las de su maestro, él les dijo: “¡Vaya un Dios sería el que no tuviera más que un camino por el que se le pudiera servir!” Pero al poder ir cada hombre a Dios desde el punto que ocupa, desde lo que es de suyo, es el género humano como tal el que logra llegar a Dios avanzando por todos los caminos.

    Dios no dice: “Este es el camino que lleva a mí y este no”, sino que dice: “Todo lo que haces puede ser un camino hacia mí siempre que lo hagas para que te traiga a mí.” Pero qué sea esto que puede y debe hacer este preciso hombre y ningún otro, solo se le revela desde él mismo. Solo puede desviar aquí, como queda dicho, el ponerse a mirar lo lejos que otro ha llegado y tratar de imitarlo. Haciendo esto pierde un hombre cuál es la vocación única que solo a él ha sido dada. El Baal Shem dice: “Cada cual debe conducirse según el nivel que tiene. Pero si no es así y uno se piensa puesto en el nivel de otro viajero y desecha el propio, no podrá llevar a término ninguno de los dos.”

    Nada puede, pues, decir a un ser humano por qué camino llegará a Dios, sino el conocimiento de lo que él mismo es, de su índole propia y de a qué se inclina. “En cada uno hay algo precioso que no está en ningún otro.” Pero qué sea esto “precioso” en él solo podrá descubrirlo si capta de verdad qué siente con más fuerza, que desea más que nada, qué es lo que mueve lo más íntimo que hay en él.

    Es cierto que con frecuencia reconoce el hombre lo que siente con más fuerza solo en la figura de una pasión especial: en la figura del “impulso malo” que quiere seducirlo. Lo natural es que el ansia más poderosa de un hombre empiece lanzándose por el ansia de las cosas en torno que prometen calmársela. Lo que importa es que dirija a lo absoluto la fuerza de ese mismo sentimiento; que oriente este ímpetu de lo contingente a lo necesario, de lo relativo a lo absoluto. Así es como encuentra su camino.

    Un saddic enseña: “Cuando termina el libro del Eclesiastés, está escrito: “Al final es cuando se entiende la totalidad de las cosas: ¡teme a Dios!” Cuando llegues al final de lo que sea, justo al acabarlo, escucharás esta sola palabra: ¡Teme a Dios!, y ella es la totalidad. No hay nada en el mundo que no te muestre un camino hacia el temor de Dios y hacia Su servicio. Todo es mandamiento.” De ninguna manera puede ser nuestra auténtica tarea en el mundo en el que se nos ha puesto dar la espalda a las cosas y los seres con que nos encontramos y que atraen a ellos nuestro corazón; lo que tenemos es que entrar en contacto con todo esto, con cuanto en todo se revela de belleza, de gozo, de placer, santificando nuestra relación con el mundo. El jasidismo enseña que la alegría por este mundo, cuando lo santificamos con todo nuestro ser, lleva a la alegría por Dios.

    En el relato del “Vidente” parece que hay la contradicción de que entre los caminos se pone los ejemplos del que pasa por comer y el que pasa por ayunar. Pero si tomamos en consideración el conjunto entero de la enseñanza jasídica, vemos que alejarse de la naturaleza, abstenerse de la vida natural puede, desde luego, alguna vez ser el inicio del camino de un hombre, e incluso que puede serlo en las encrucijadas de la vida un necesario aislamiento; pero no cabe que sea así todo el camino. Hay quien puede comenzar ayunando y estar repitiendo su ayuno una y otra vez porque no tenga más remedio que liberarse mediante la ascesis de su estar esclavizado al mundo y porque solo por este medio pueda llegar a conocerse de veras profundamente a sí mismo y, partiendo de ambas cosas, a unirse a lo absoluto; pero jamás le es lícito al ejercicio ascético reclamar una posición de dominio sobre la vida de un ser humano. El hombre solo debe alejarse de la naturaleza para regresar a ella renovado y hallar el camino a Dios a través del contacto santificado con ella.

    La frase de la Escritura que dice de Abraham cuando recibe a los ángeles como sus huéspedes: “Estaba sobre ellos bajo el árbol y ellos comían” la interpretaba rabí Susia en el sentido de que el hombre está sobre los ángeles porque conoce, y ellos la ignoran, la intención de la comida que la santifica. A los ángeles, que jamás habían comido, Abraham les lleva ventaja por la intención con la que solía siempre consagrar a Dios la comida. Toda acción natural lleva, cuando se la santifica, a Dios, y la naturaleza necesita del hombre para que realice en ella lo que ningún ángel puede llevar a cabo: santificarla.

    NOTAS:

    1 Maggid es predicador.

  • Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»

    Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida, del rabino lord Jonathan Sacks (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).

    What we have loved,
    Others will love, and we will teach them how.

    A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.

    Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.

    Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.

    El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.

    La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.

    La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.

    Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.

    Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.

    La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.

    Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.

    Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.

    Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.

    Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.