Es reseña de «Los fariseos. En los Evangelios y en la historia», de Mireille Hadas-Lebel, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2026), trad. Fernando Bermejo-Rubio y Ramiro Moar Calviño (originalmente: París, Albin Michel, 2021).
La autora de este breve espléndido libro es una anciana historiadora judía que ha enseñado en la Sorbona muchos años y ha dedicado prácticamente todas sus publicaciones al período que va desde el dominio seléucida sobre la tierra de Israel hasta la derrota de la rebelión de Bar Kojbá contra Roma a mediados del siglo II.
Empiezo reconociendo en Hadas-Lebel y su trabajo un parentesco emocionante: es la vicepresidenta de la Amistad Judeocristiana de Francia y yo podría llamarme con ese mismo título —en mi caso, extraoficialmente— de la organización española hermana, entre 1983 y 2013. Probablemente habré coincidido sin saberlo con la señora Hadas-Lebel en algún congreso del International Council for Christian and Jews (ICCJ).
La preocupación de este brillante trabajo suyo es, pues, tanto estrictamente científica como irenista en el mejor sentido del término. Por cierto, no cabe este tipo de irenismo si no se basa en la labor de la ciencia rigurosa.
Para muchos hispanohablantes ilustrados, la imagen de los fariseos ya no es la que recoge la conciencia popular: hipócritas incurables y dispuestos a perseguir sanguinariamente a sus oponentes, en especial, a Jesús de Nazaret y a sus seguidores. Esta conciencia está arraigada sobre todo en una serie de textos del Evangelio de Mateo, que probablemente era de origen fariseo él mismo, como desde luego lo era san Pablo. Se encuentran ecos de esa calumnia no tan populares y muy desasosegantes en los lugares donde menos querríamos verlos. Por ejemplo, en las primeras páginas de su monumental Ética, Max Scheler caracteriza el fariseísmo como el vicio de catalogar en su valor moral a otra persona simplemente porque pertenezca a un determinado grupo (político, cultural, étnico…). Si se piensa en la extensión —contemporánea de este exabrupto— de la necedad del Jesús ario, sentiremos un escalofrío penosísimo. Conviene revisar, en este sentido, los capítulos finales del libro de Hadas-Lebel y los anexos. Se leerá entre estos Los diez puntos de Seelisberg (1947), acordados entre judíos, protestantes y católicos, como corrección imprescindible y urgente de la presentación cristiana del judaísmo. Quien retiene los ataques a los fariseos como tema recurrente en Mateo, está tentado a extenderlos a todos los judíos —peligro de una lectura simplista del Evangelio de Juan—, y la historia lo demuestra con terrible certeza.
De aquí que sea especialmente interesante estudiar la hipótesis, más que plausible, del origen del Evangelio de Mateo en una Antioquía dividida entre el proselitismo judío y el cristiano, muy poco después de la destrucción del Segundo Templo y en el mismo momento en que se introduce en el rezo cotidiano, del lado fariseo, la plegaria contra los herejes. Es la duodécima de las Dieciocho “bendiciones”. Hadas-Lebel resume así este punto álgido: “Un conflicto interno entre hermanos enemigos, nacido en un pequeño rincón del Mediterráneo oriental, iba a engendrar odios seculares”; cuando la realidad es que de ningún otro grupo judío estuvo Jesús de Nazaret más cerca que de los fariseos —si el lector no conoce el espléndido libro de Gerd Theissen, La sombra del Galileo, de hace cuarenta años, no deje de leerlo—; y cuando los demás evangelistas —no Mateo, por cierto— muestran que los fariseos no participaron en el juicio y la condena de Jesús. Jesús, probablemente ensalzado por algunas gentes de la tierra como profeta, no fue tampoco un fariseo, entre otras razones porque al fariseo no le gustaba aparecer como un maestro sin maestro y recurría siempre a una enseñanza que pretendía citar “en los precisos términos en que la había escuchado”.
Por lo demás, precisamente en el Evangelio de Mateo se muestra bien cómo Jesús utilizaba métodos e imágenes que eran característicamente farisaicos.
La profesora Hadas-Lebel es una gran experta en Flavio Josefo y en la literatura judía intertestamentaria, como se suele decir, además de conocer a fondo a Filón de Alejandría y la literatura cristiana primitiva. De estas fuentes extrae su cuidadosa presentación de la historia de los fariseos y de la pluralidad del judaísmo en los dos siglos anteriores a la era común. Sin embargo, lo que resultará más nuevo y más estimulante en su libro sin duda será el capítulo quinto, que trata de la práctica farisea en el siglo I. Espero no destruir esos estímulos si paso a recoger algunas de las sorpresas que se hallarán en este capítulo:
Los fariseos recriminaron a Jesús por haber permitido a sus discípulos coger en sábado algunas espigas cuando atravesaban hambrientos un campo de trigo. Pero es que Filón escribió que el descanso sabático se extiende a los árboles y las plantas: “no es lícito cortar una rama, una ramita, ni siquiera una hoja, ni recoger el menor fruto, pues tienen un día libre el sábado”.
La Misná prohibe aceptar limosna de un recaudador de impuestos, porque el dinero que está en poder de alguien así se considera robado. De ahí la prevención de los fariseos a que Jesús acogiera la compañía de tales gentes.
El signo más evidente de la independencia o al menos la autonomía de un país era el derecho a acuñar su propia moneda; lo que ayuda a entender la célebre pregunta que se plantea a Jesús sobre el odiado pago del tributo a César, frente al obligatorio y a la vez voluntario pago religioso de los diezmos —cuyo complejo sistema resume claramente Hadas-Lebel.
Cosas semejantes se encontrarán respecto de las leyes de la kashrut en la alimentación o las abluciones, y a propósito del ayuno, el divorcio, el juramento y el sábado. He aquí dos frases procedentes del Talmud de Babilonia y de la Mekiltá de rabí Israel: “La salvación de una vida humana tiene prioridad sobre el sábado”; “se os ha dado el sábado a vosotros, y no vosotros al sábado”.
Por cierto, pese a la literalidad de Mt 5, 43, no hay ningún versículo en la Biblia hebrea —ni hay referencias parecidas en la tradición misnaica— que ordene odiar al enemigo.




