Categoría: Judaísmo

  • Una enmienda histórica necesaria

    Una enmienda histórica necesaria

    Es reseña de «Los fariseos. En los Evangelios y en la historia», de Mireille Hadas-Lebel, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2026), trad. Fernando Bermejo-Rubio y Ramiro Moar Calviño (originalmente: París, Albin Michel, 2021).

    La autora de este breve espléndido libro es una anciana historiadora judía que ha enseñado en la Sorbona muchos años y ha dedicado prácticamente todas sus publicaciones al período que va desde el dominio seléucida sobre la tierra de Israel hasta la derrota de la rebelión de Bar Kojbá contra Roma a mediados del siglo II.
    Empiezo reconociendo en Hadas-Lebel y su trabajo un parentesco emocionante: es la vicepresidenta de la Amistad Judeocristiana de Francia y yo podría llamarme con ese mismo título —en mi caso, extraoficialmente— de la organización española hermana, entre 1983 y 2013. Probablemente habré coincidido sin saberlo con la señora Hadas-Lebel en algún congreso del International Council for Christian and Jews (ICCJ).
    La preocupación de este brillante trabajo suyo es, pues, tanto estrictamente científica como irenista en el mejor sentido del término. Por cierto, no cabe este tipo de irenismo si no se basa en la labor de la ciencia rigurosa.
    Para muchos hispanohablantes ilustrados, la imagen de los fariseos ya no es la que recoge la conciencia popular: hipócritas incurables y dispuestos a perseguir sanguinariamente a sus oponentes, en especial, a Jesús de Nazaret y a sus seguidores. Esta conciencia está arraigada sobre todo en una serie de textos del Evangelio de Mateo, que probablemente era de origen fariseo él mismo, como desde luego lo era san Pablo. Se encuentran ecos de esa calumnia no tan populares y muy desasosegantes en los lugares donde menos querríamos verlos. Por ejemplo, en las primeras páginas de su monumental Ética, Max Scheler caracteriza el fariseísmo como el vicio de catalogar en su valor moral a otra persona simplemente porque pertenezca a un determinado grupo (político, cultural, étnico…). Si se piensa en la extensión —contemporánea de este exabrupto— de la necedad del Jesús ario, sentiremos un escalofrío penosísimo. Conviene revisar, en este sentido, los capítulos finales del libro de Hadas-Lebel y los anexos. Se leerá entre estos Los diez puntos de Seelisberg (1947), acordados entre judíos, protestantes y católicos, como corrección imprescindible y urgente de la presentación cristiana del judaísmo. Quien retiene los ataques a los fariseos como tema recurrente en Mateo, está tentado a extenderlos a todos los judíos —peligro de una lectura simplista del Evangelio de Juan—, y la historia lo demuestra con terrible certeza.
    De aquí que sea especialmente interesante estudiar la hipótesis, más que plausible, del origen del Evangelio de Mateo en una Antioquía dividida entre el proselitismo judío y el cristiano, muy poco después de la destrucción del Segundo Templo y en el mismo momento en que se introduce en el rezo cotidiano, del lado fariseo, la plegaria contra los herejes. Es la duodécima de las Dieciocho “bendiciones”. Hadas-Lebel resume así este punto álgido: “Un conflicto interno entre hermanos enemigos, nacido en un pequeño rincón del Mediterráneo oriental, iba a engendrar odios seculares”; cuando la realidad es que de ningún otro grupo judío estuvo Jesús de Nazaret más cerca que de los fariseos —si el lector no conoce el espléndido libro de Gerd Theissen, La sombra del Galileo, de hace cuarenta años, no deje de leerlo—; y cuando los demás evangelistas —no Mateo, por cierto— muestran que los fariseos no participaron en el juicio y la condena de Jesús. Jesús, probablemente ensalzado por algunas gentes de la tierra como profeta, no fue tampoco un fariseo, entre otras razones porque al fariseo no le gustaba aparecer como un maestro sin maestro y recurría siempre a una enseñanza que pretendía citar “en los precisos términos en que la había escuchado”.
    Por lo demás, precisamente en el Evangelio de Mateo se muestra bien cómo Jesús utilizaba métodos e imágenes que eran característicamente farisaicos.
    La profesora Hadas-Lebel es una gran experta en Flavio Josefo y en la literatura judía intertestamentaria, como se suele decir, además de conocer a fondo a Filón de Alejandría y la literatura cristiana primitiva. De estas fuentes extrae su cuidadosa presentación de la historia de los fariseos y de la pluralidad del judaísmo en los dos siglos anteriores a la era común. Sin embargo, lo que resultará más nuevo y más estimulante en su libro sin duda será el capítulo quinto, que trata de la práctica farisea en el siglo I. Espero no destruir esos estímulos si paso a recoger algunas de las sorpresas que se hallarán en este capítulo:
    Los fariseos recriminaron a Jesús por haber permitido a sus discípulos coger en sábado algunas espigas cuando atravesaban hambrientos un campo de trigo. Pero es que Filón escribió que el descanso sabático se extiende a los árboles y las plantas: “no es lícito cortar una rama, una ramita, ni siquiera una hoja, ni recoger el menor fruto, pues tienen un día libre el sábado”.
    La Misná prohibe aceptar limosna de un recaudador de impuestos, porque el dinero que está en poder de alguien así se considera robado. De ahí la prevención de los fariseos a que Jesús acogiera la compañía de tales gentes.
    El signo más evidente de la independencia o al menos la autonomía de un país era el derecho a acuñar su propia moneda; lo que ayuda a entender la célebre pregunta que se plantea a Jesús sobre el odiado pago del tributo a César, frente al obligatorio y a la vez voluntario pago religioso de los diezmos —cuyo complejo sistema resume claramente Hadas-Lebel.
    Cosas semejantes se encontrarán respecto de las leyes de la kashrut en la alimentación o las abluciones, y a propósito del ayuno, el divorcio, el juramento y el sábado. He aquí dos frases procedentes del Talmud de Babilonia y de la Mekiltá de rabí Israel: “La salvación de una vida humana tiene prioridad sobre el sábado”; “se os ha dado el sábado a vosotros, y no vosotros al sábado”.
    Por cierto, pese a la literalidad de Mt 5, 43, no hay ningún versículo en la Biblia hebrea —ni hay referencias parecidas en la tradición misnaica— que ordene odiar al enemigo.

  • De cómo la Biblia es inagotable

    De cómo la Biblia es inagotable

    Son notabilísimas las 80 páginas que dedica Christian Brüning a la cuestión del mal en el Antiguo Testamento dentro del libro que ha escrito en colaboración con Robert Vorholt en 2018 y ha sido muy recientemente traducido por Roberto H. Bernet y publicado por Ediciones Sígueme, de Salamanca, en 2025. El título de la edición española es: La cuestión del mal. Aportaciones del Antiguo y del Nuevo Testamento para la teología. En realidad no se trata solo de la teología…

    El monje benedictino Brüning resume, ya en edad avanzada, sus búsquedas en este terreno de la siguiente manera:

    Quizá lo esencial es que los sujetos de los relatos, los poemas y las lamentaciones bíblicos admiten de entrada que el problema del origen del mal los sobrepasa y ellos no están dispuestos a sacar de sí mismos un fantasma de respuesta que vendría a ser entrar en alguna clase de pacto con el mal. Llevados de su confianza en Dios, incluso Job, que sabe muy bien que callar su miedo y su rebeldía sería el camino más directo a la resignación y la depresión, todo lo que desea es que Dios mismo aclare de qué manera se puede conciliar el mal con Su bondad, su justicia y su sabiduría. El divino nombre significa, en efecto, Yo estaré ahí para vosotros como aquel que estará ahí segura e inmutablemente; mientras que el de Job quiere a su vez decir ¿Dónde está el padre? Pues bien, Dios responde en realidad con un acercamiento amoroso que proporciona a Job una sensación de protección a pesar y en medio de todo el sufrimiento, y no con una teoría. A lo que Dios induce es a vivir con la pregunta aún y siempre abierta. Hasta tal punto es así que se lee en este prodigioso libro bíblico que Dios no considera en absoluto necesario eliminar al Leviatán de su creación. ¡Incluso este ser terrible le importa! Y, de hecho, el enemigo por excelencia es Šeol–tanto un espacio como un poder: el poder de la muerte–. Una palabra que no lleva jamás artículo y que no aparece en lugares tan relevantes para el problema del mal como los Salmos. Šeol estará situado cerca del fondo del mar…

    En general, cambian muchas cosas si se recuerda que la conjunción lamma, tan frecuente en la boca del orante que eleva sus quejas a Dios, no debería traducirse ¿por qué?, sino ¿con qué fin? Y ello no resta terrible hondura a que Jesús grite el salmo 22 en la cruz.

    Brüning se detiene además sobre todo en Gn 3 y en Is 45. Muestra en detalle cómo el relato de la caída en el pecado lo que hace es contar la exacta contrapartida de la creación. Dios creó al hombre como su tú y para la integridad, y esto es lo que el hombre rompió. Dios entonces se limita a permitir, registrar y aceptar los daños que se han producido y, en vez de condenar, se esfuerza por encontrar algo que beneficie a los humanos, incluso pasando por encima del incumplimiento de su palabra –¡no mueren!–.

    En el célebre capítulo enigmático del Deútero Isaías se llega a sostener que lo único que Dios ha creado muy adrede, del todo a propósito, es precisamente el mal. Pero lo decisivo es que el profeta se dirige a una comunidad que está a punto de sucumbir a la fascinación de la cultura babilónica y los dioses de ella. Tanto aquí como en los notables pasajes en que el Antiguo Testamento habla de que Dios mismo endurece los corazones, lo que se percibe de forma muy patente, asegura el exegeta, no es sino que “esta severidad contiene una apelación desesperada a que los hombres le ayuden a abrir de nuevo la tapiada puerta del perdón”. Porque hay que tener bien presente que en la alianza que Dios cierra con Noé tras el diluvio los seres humanos no quedan obligados a nada, es decir, no pueden violar el pacto; solamente Dios se obliga a sí mismo.

    En p. 65 de su breve, denso y apasionante ensayo, Brüning resume lo extraído del Antiguo Testamento en una serie de proposiciones, la primera de las cuales recuerda que los únicos autores posibles del mal son Dios y los hombres –no la serpiente, no el satán, no Leviatán ni siquiera Šeol–. Hace luego el hombre realidad el mal, mientras que Dios es el señor soberano del bien y del mal, que ha admitido la posibilidad del mal y vigila sus consecuencias y hasta puede servirse del mal para salvar. Esas consecuencias, sin embargo, no las sufre solo el hombre, sino que alcanzan al mismo Dios, celoso y apasionado, “que carga en lo más íntimo, en su corazón, con la pregunta decisiva por el ser y el no ser, por la vida y la muerte”. Él es bueno porque termina decidiéndose siempre, una y otra vez, en favor del hombre; no que esta decisión sea obvia, sino que simplemente es cierta y segura.

    La segunda mitad del volumen que comento es menos original y menos clara, aunque esté llena de informaciones que hacen que en absoluto sea desdeñable.

    Vorholt ha organizado de un modo no demasiado transparente su ensayo. Dada la formidable cantidad de apariciones y menciones a Satanás, sobre todo en los reiterados exorcismos practicados por Jesús, queda dicho desde el comienzo que en el Nuevo Testamento el diablo y los demonios ya no pueden ser entendidos como figuras literarias, conforme a la lectura que hace Brüning del Antiguo Testamento. Vorholt no se detiene con algún cuidado en la razón de esta quiebra de la continuidad, aunque, claro está la atribuye a la influencia de lo helenístico y del “judaísmo temprano”, que es como se ha traducido Frühjudentum en este libro. (Es de esperar que el término desconcierte considerablemente, más que oriente, al lector poco avezado en estas materias, ya que a lo que fundamentalmente se refiere es a la literatura que otros denominan intertestamentaria: Qumrán, la apocalíptica que no fue acogida en la biblia hebrea, los escritos prototalmúdicos y protomisnaicos; y también a la variedad interna del judaísmo sobre todo en los tres siglos anteriores a la era común.)

    De aquí que, aunque sea el corazón del hombre el lugar en el que el mal se origina –y hasta él no llega el daño que otros nos infligen–, las fuerzas diabólicas desempeñen un papel oscuro para posibilitarlo y facilitarlo. Ocurre ello sobre todo en la forma de la tentación, que hace que el relato de las tentaciones sufridas por Jesús en el desierto adquiera un lugar capital –y la exégesis se lleva a cabo teniendo en cuenta las diferencias entre los tres relatos sinópticos–. El mal ha sido ya privado de su poder: la promesa de esta victoria se encuentra en estos relatos, y su consumación, en la cruz. Tal es, sin duda, el mensaje esencial del Nuevo Testamento sobre la cuestión del mal.

    Lo que no suprime que sigan presentándose después de la cruz tentaciones y atentados contra Dios y sus criaturas, o sea, pecados. En este aspecto de la presencia todavía del mal en la historia y en cada persona destacan los análisis de Pablo y de la literatura deútero paulina. Solo cuando haya llegado a su plenitud el reinado de Dios desaparecerán Satanás y los demonios. “Al diablo le apetece matar porque quiere matar la verdad”. Si carece de rostro es justamente porque su invisibilidad expresa su peligro.

    En este sentido, “los exorcismos y las curaciones no son milagros porque se salten las leyes de la naturaleza, sino porque es el mismo Dios amante de los hombres el que, a través de ellos, se muestra como el Admirable”. Abren paso a que la cruz se convierta paradójicamente en el fundamento más profundo de la esperanza humana.

    Es reseña de «La cuestión del mal. Aportaciones del Antiguo y del Nuevo Testamento para la teología», de Chr. Brüning y R. Vorholt, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2025).

  • Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

    Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

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    Sólo en apariencia Hermann Cohen carece de relevancia en nuestro presente. Como tantos otros filósofos profundos, su repercusión, simplemente, no es visible para miradas poco atentas.

    En su momento, o sea, en las décadas de gloria y fracaso que son las primeras de la historia turbulentísima de Alemania unida (murió al término de la Primera Guerra Mundial, después de haber ocupado en Marburgo una destacada cátedra de filosofía neokantiana, de modo que fue el primer filósofo judío de primera línea en recibir tales honores producto de la Emancipación), Cohen marcó con gran fuerza la coyuntura cultural de su país y representó –a veces, con maravillosa ingenuidad– la posibilidad próxima de una simbiosis muy honda y perfecta entre Ilustración alemana, protestantismo, socialismo no marxista y judaísmo. Como ejemplo de la extraordinaria irradiación de su cátedra, conviene recordar las referencias de José Ortega y Gasset a su estancia en ella: si un joven extranjero quería aprender lo más interesante de la filosofía alemana de la época, no podía dejar al margen de su viaje Marburgo. Allí, un judío asimilado enseñaba el pensamiento de Kant –con concesiones al idealismo hegeliano– como el más contemporáneo y útil de los mensajes para el presente que se podían extraer de todo el pasado filosófico. Kant era la esperanza de reducir las ciencias positivas a un sistema en el que la investigación filosófica siguiera desempeñando un cierto papel de reina: a ella corresponde averiguar y establecer con claridad las condiciones de la posibilidad del sistema entero de la cultura como, precisamente, cultura de la razón. La filosofía era en Marburgo una epistemología, pero con pretensiones mucho más grandiosas que la teoría de la ciencia que suele practicarse en el marco de la filosofía empirista y lingüística inspirada por Russell, Wittgenstein, Carnap e incluso el disidente Popper. Las condiciones sistemáticas y racionales que hacen posible los saberes particulares se ocultan, según se pensaba en la cátedra de Cohen, en las raíces esenciales de la subjetividad, entendida no como magnitud dentro de la historia universal, sino como soporte del sentido mismo de ésta y, por tanto, en alguna manera, en continuidad (difícil) con el ámbito de lo divino.

    Pero el éxito del neokantismo como empresa común judeo-alemana, característica clave de la cultura pujante de la nueva potencia centroeuropea, no importa ahora tanto como fenómeno de los años 1870-1925 cuanto como señal en una dirección que no deberá abandonar nunca la filosofía en ningún futuro, y que, en especial, es una necesidad –relativamente poco sentida– para la filosofía de la religión. Me refiero a la reivindicación, a la exaltación, incluso, de la razón no ya como instrumento de la ciencia y la filosofía, sino como clave de bóveda de toda la vida espiritual y órgano fundamental de la misma actividad religiosa.

    Cohen, de un modo que no esperaba el público culto de su patria, redescubrió además, en los años de su jubilación, después de comentar dos veces el sistema kantiano y de levantar sobre él el propio, como variante y mejora de lo heredado, las raíces esencialmente judías de su propuesta. El mesianismo ateo de Marx podía ser contestado por un socialismo que apelaba conscientemente a los profetas de Israel como fuente primera de inspiración y que los aunaba con la tradición luterano-pietista de Alemania, en una síntesis muy superior a la dispersión en el polvo de los hechos que tendía a mostrar por el mismo tiempo la filosofía de lengua inglesa y francesa. El resonante título del gran texto póstumo de Cohen fue, nada más y nada menos, que La Religión de la Razón a partir de las Fuentes del Judaísmo. Donde Kant sugería que no faltaba a esta religión más que su propia eutanasia, Cohen pensaba demostrar, en la tradición de los sabios del Talmud, que el cristianismo, además de propagar por todo el mundo las virtudes del judaísmo, había contraído compromisos graves con lo pagano, que el mundo contemporáneo necesitaba depurar. El resultado ya no es ni judío diaspórico ni cristiano, sino algo nuevo donde, eso sí, vive todo lo realmente vivo de la sabiduría y el culto del judaísmo.

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    Nuestro propio tiempo responde con demasiada frecuencia a la pregunta por la capacidad de religión en un sujeto con cosas tales como el sentimiento, la intuición, la fe…, donde, además, han degenerado, habitualmente, los significados primitivos y verdaderos de tales términos en relación con lo religioso. Kant y Cohen, como Maimónides y Tomás de Aquino, como san Agustín y Averroes, insistieron siempre, en la misma huella de los clásicos griegos, en que no es posible que, siendo la razón la marca distintiva, específica, del hombre, quede al margen o muy postergada en la actividad religiosa –salvo que se admita, con los agnósticos, los ateos y los escépticos, que la religión es un orden cultural o de segundo nivel o, sencillamente, ilusorio; a lo sumo, de interés pasajero en la atormentada historia de cómo el hombre aprende poco a poco a habitar el mundo de manera enteramente humana–.1

    No es demasiado difícil la definición general de la razón. En primer término, es la capacidad de argumentar. Pero como se supone en quien la desarrolla la facultad de entender con perfecta evidencia la ley lógica por la que la conclusión se sigue de las premisas, esta misma evidencia de los principios de la lógica (de las leyes del ser en general de cuanto hay) queda, inmediatamente, introducida también en el concepto moderno de razón. De aquí que Kant siempre haya relacionado la razón con la maravillosa capacidad humana –universal humana– de conocer verdades necesarias que, por ello mismo, son también universales. Cuando especifica Kant luego su noción de la razón, al comprender que la aptitud para argumentar exige que no paremos de demostrar hasta no llegar a los supuestos absolutamente últimos de toda demostración e, idealmente, hasta la más lejana conclusión que se siga de ellos, añade que la característica más propia de esta facultad del sujeto es pensar lo absoluto, lo incondicionado (los primeros supuestos son, por definición, lo incondicionado que lo condiciona todo). Lo normal es que los hombres no relacionemos con perfecta claridad nuestras ideas de lo incondicionado con el funcionamiento constante de ellas, que es nuestra razón argumentando; pero la reflexión radical que se emprende en una crítica de la razón pura, o sea, de la razón cuando se la considera aislada de la experiencia sensorial concreta, saca a la luz que, en efecto, nuestra misma manera de proceder construyendo argumentos nos lleva indefectiblemente a tener que comprender qué significan las formas en las que concebimos lo absoluto, que son: el alma sustancial, simple e inmortal –sería más prudente decir: el yo, o sea, el sujeto que no es objeto sino sólo sujeto–; en segundo lugar, la causa perfectamente libre y el mundo como conjunto infinito de lo que ella condiciona (de sus efectos); y, por fin, Dios, la suma de lo real puro y, al tiempo, la inteligencia perfecta.

    Pero Kant, distanciándose, como explica Cohen, de las influencias paganas, no admite que, ya porque todo ser pensante concibe las ideas de la razón (yo, libertad, Dios), haya que aceptar que el yo, la libertad y Dios existen. Que no podamos no concebirlos no significa que quede por ello mismo demostrada su existencia. Todo lo contrario: la meta de la Crítica de la Razón Pura es probar que el mero conocimiento no logra demostrar que existan estas tres realidades que piensa inevitablemente la razón finita por ser, sencillamente, razón finita; que quien cree que las meras ideas presentes en su razón demuestran ya la existencia de sus correspondientes objetos, es víctima de la más profunda ilusión que se encuentra en el dominio de la finitud (la llama “ilusión transcendental”). Y tan iluso es quien cree, en este sentido, haber probado la existencia de Dios, la libertad y la inmortalidad, como el que cree haber probado su inexistencia. El conocimiento riguroso no alcanza más que a explorar la naturaleza y, como dirá tiempo después el atípico kantiano que fue Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”; así que conviene callar acerca de todo lo meta-natural (la inmortalidad personal, la libertad, la existencia y el modo de ser de Dios).

    Pero Wittgenstein no pudo añadir nada más positivo sobre el terreno de lo que llamó, con notable exageración y falta de cuidado, lo místico; en cambio, Kant –y Cohen– pasan mucho más allá, porque la crítica de la razón quedaría mutilada peligrosísimamente si no contuviera también una crítica de la razón práctica.

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    Es imposible encarecer exageradamente la importancia de este momento, reconocido, sólo que sin consecuencias tan extraordinarias, desde Sócrates: que la acción humana está impregnada de razón y, precisamente, sabe que debe dejarse dirigir por la razón. En primer lugar, que cualquier acción, en cualquier ámbito que sea, es deducida, como una conclusión, de ciertas premisas; en segundo lugar, que es irrenunciable el derecho de la razón a dictarnos esas premisas, si es que queremos que nuestra acción nos lleve a donde decimos ir.

    Kant dividía los campos prácticos del hombre en tres. Por una parte, actuamos continuamente en un sentido que podemos bien llamar técnico: el que quiere guisar un plato, hacer un puente, aprobar unas oposiciones, conducir su coche hasta Toledo, sabe que tiene que plegarse, paso a paso, a las reglas que señalan cómo se debe, cómo deben todos los seres racionales, comportarse, a no ser que quieran, en el fondo, fracasar como cocineros, ingenieros o chóferes. Tienen los buenos técnicos que adaptar sus actos a unos principios (máximas) que se comprometen internamente a seguir siempre que se vean en las mismas circunstancias; y estos principios subjetivos que cada uno hace suyos en cada oportunidad –cuya asunción reiteramos cada vez que volvemos a obrar–, los dicta en este caso el simple conocimiento de la naturaleza: el estudio de la resistencia de los materiales exige que el buen ingeniero adopte las reglas que derivan de este conocimiento.

    Es evidente que la vocación o la ocasión conducirán a unos hombres sí y a otros no a perseguir determinados fines de este primer grupo. Por imperativo que sea obedecer a las reglas de la técnica, en cualquiera de estos sentidos, sólo nos pondremos bajo su alcance en la hipótesis de que verdaderamente, por la razón que sea, intentemos un logro de esta índole; pero es claro que no rige ley ninguna que ordene para todos los hombres en toda circunstancia escoger una profesión, emprender cierta obra…

    Hay, en cambio, dos clases de objetivos que sí perseguimos todos en todos los momentos de nuestra vida, excepto cuando entran en colisión irremediable –cosa que quizá debiera suceder con más frecuencia de la que experimentamos de hecho–: la felicidad y la bondad. Mejor sería decir que la felicidad la procuramos siempre y que la bondad moral deberíamos procurarla siempre; y que cuando este segundo fin no es compatible, en la medida en que podemos formarnos de ello un juicio, con conquistar también la dicha, tenemos que abandonarlo todo para ir tras la bondad moral.

    Esta descripción, que la entenderá siempre todo hombre y sentirá que debe honrarla como la más exacta, aunque él mismo casi nunca actúe como evidentemente se debe, muestra cómo no hay tampoco obligación estricta de ser feliz, precisamente porque sí la hay de ser bueno. En efecto, aunque no sea, afortunadamente, una constante de nuestra vida, sucede que hay, sin duda, momentos en los que el cumplimiento del deber se nos presenta como una posibilidad terrible: si la realizamos, grandes esperanzas que no eran ilícitas hasta ahora se verán comprometidas o del todo anuladas; si actuamos como debemos, quedaremos desacreditados, descubiertos, humillados, y cuanto aspirábamos a ser se reducirá a polvo. No queremos el bien, pero seguimos sintiendo su reclamación santa y, por lo mismo, de alguna manera sí que lo queremos, incluso en estas condiciones extremas. Él no nos va a forzar: se limita a llamarnos, como quien te pide, a lo lejos, que lo tires todo por la borda y vayas en su compañía no se sabe a dónde –o, precisamente, a donde no te habías propuesto antes ir ni ves que te pueda proporcionar ninguna clase de bienestar: a donde en principio menos acudirías motu proprio–.

    En comparación con esta llamada desprovista de todo atractivo que no sea el deber mismo, las ganas furiosas de desoírla sí son, en cambio, una especie de violencia. Kant las representaba como un muelle o poderoso resorte que salta desde nosotros mismos y es capaz de romper la aspiración santa al bien. Una inclinación, una tendencia, una coacción que brota también de mí y que suele multiplicarse, como bola de nieve en la pendiente cuesta abajo, si cedo a su violencia.

    El bien me llama desde la altura venerable de su aislamiento y no me promete otra cosa que él mismo –que me es desconocido–; el otro ímpetu no es una voz ni es venerable en absoluto: empuja, rompe, violenta, pero no dice nada sino que sólo absorbe, apoyado en mi recuerdo de los gozos que acostumbro a gustar, o incluso presentándose ya como un deleite que anticipa otros mucho mayores si me dejo ir.

    Pero en todo esto aparece una tercera figura: yo mismo, llamado por un lado y empujado por el otro. Se diría que me llaman de lejos y que me empujan desde dentro de mí mismo; pero también es verdad, y más verdad, que la llamada encuentra un eco hondísimo en mi interior y que no termino de poder decir que sólo entra y baja hacia mí como un imperativo de lo otro que yo, como heteronomía: una ley ajena en su origen a mí mismo.

    Para entender exactamente este punto es preciso tener en cuenta algunos detalles de importancia que aún no he expresado.

    El primero es reconocer que el conflicto entre felicidad y bondad puede en ciertas ocasiones presentarse efectivamente, como una incompatibilidad plena, a la que no se ve salida alguna. Sería rebajar el problema dulcificar las cosas hablando de la dicha del deber cumplido. Y no porque no la haya, sino porque no cabe experimentarla más que pasando a través de la puerta estrecha de la acción moral, más allá de la cual no se nos ha prometido nada –justamente para que sólo nos atraiga la rara belleza del bien a secas, de lo que es justo en sí mismo y nada más que justo, como ya lo había descrito, en el primer paso de nuestra historia espiritual común, Sócrates–.

    La segunda observación es que las reglas para la felicidad al margen de la bondad no son seguras. No hay recetas universales para ser feliz, como comprueban, sin desalentarse por ello hasta que el número de los reveses no es elevadísimo, quienes recurren, por ejemplo, hoy a los manuales de autoayuda, y ayer lo hacían a los textos en los que gente de experiencia relataba autobiográficamente cómo pensaban ellos que debería vivir cualquiera que quisiera lograr una vida de plenitud de gozos. Los libros sapienciales se remontan a las primeras épocas de la literatura egipcia y están presentes por doquier. En ellos suele hallarse una mezcla indigna –así la habría llamado sin duda Kant– de recetas para el buen éxito y de recomendaciones morales. Pero lo que es preciso anotar es que, a causa de que el empeño por ser felices no tenga orígenes tan altos como la reclamación del bien, las normas para intentar el éxito carecen de valor universal, digan lo que digan quienes escriben sobre ellas. Aunque sea desalentador, es instructivo ver la más antigua de las recomendaciones sapienciales egipcias que ha llegado a nuestras manos –la humanidad, en su extravío, llama sabiduría sobre todo a este tipo de gestos, al no concebir fines más altos y más humanos–. No se espere de este texto antiquísimo una extraordinaria profundidad sobre lo que es clave en la vida. El gran visir enseña a su hijo cómo prosperar, y por más que queramos dar vueltas a sus palabras en busca de otra cosa, lo único que realmente significan es este consejo: «Hijo mío, tú, ante tus jefes, guarda silencio». Y, aparte de sentirnos en cierto modo humillados, no dejaremos de notar que esta recomendación de ninguna manera es siempre válida, o sea, útil. Aunque nada más resulte este efecto de la también antigua propaganda contra la adulación, es claro que hay formas de adular de veras que no se valen del silencio sino del desparpajo y, en apariencia, del riesgo de ser sinceros y deslenguados con los jefes. Todo depende de la índole, la experiencia y el humor cotidiano de un jefe determinado…

    De aquí se deduce la tercera observación: aunque en cierto modo debemos ser felices –porque es una esencial ingratitud a la vida renunciar a gozarla con inocencia–, las máximas para lograrlo tienen menos generalidad que las mismas máximas técnicas. La resistencia de los materiales de construcción se puede conocer objetivamente, pero no hay conocimiento objetivo de la índole de un jefe de quien dependa tanto la prosperidad como dependía del faraón la del hijo del gran visir, allá por el siglo XXV antes de Cristo. Y es muy apropiado que no haya fórmulas universales para este tener las espaldas cubiertas, las necesidades satisfechas de aquí hasta que nos muramos, que es la felicidad mundana. Es muy apropiado, precisamente como contraste con las normas inflexibles, perfectamente universales, del bien, que sí son absolutamente universales porque están preparadas para enfrentarse victoriosamente con los consejos de falsa prudencia de los manuales sapienciales y de autoayuda (no hay tal “auto” en esta ayuda, cuando sólo la adquieres comprándola…).

    En otras palabras: por violento que sea el empujón que recibimos hacia el gozo del mundo olvidándonos del deber, nunca estaremos del todo fuera del ámbito al que llega la voz del bien. No podremos disculparnos en que nuestra primera infancia fue desastrosa, nuestra educación resultó al contrario de lo que debiera y, después, la mala fortuna de los encuentros nos hizo caer en una ignorancia invencible acerca de lo que debe hacerse en la vida. El optimismo ilustrado de la doctrina de Cohen confía hasta el final en que la condición empírica, casual, contingente, de la existencia de los hombres no obnubila por completo, salvo enfermedad que cancele el ejercicio efectivo de la humanidad por un tiempo, la voz santa de la conciencia moral resonando en el fondo, o sea, desde el fondo de nosotros mismos, los empujados violentamente por el afán de los placeres –el más fuerte de los cuales es el deseo de reconocimiento, de fama, de éxito social–.

    Así, la situación profunda se expresa en un rasgo relativamente de superficie y fenoménico: la muy superior exigencia del bien se manifiesta en imperativos de alcance universal, en órdenes que no admiten excepción –aunque sí admitan ser despreciadas por nosotros, los que no lograremos jamás dejarlas de oírlas aunque nunca las hayamos intentado seguir.

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    De donde se sigue la más importante y novedosa tesis de los kantianos sobre el bien moral y la voz de la conciencia (la llamada condición formal de su sistema ético-religioso, tan mal entendida por la generalidad de los lectores). Consiste en enseñar que, cuando queramos comprobar si una máxima moral que hemos hecho nuestra es realmente moral –o sea, si es verdadera o es auténticamente moral–, el camino que tenemos es el socrático sólo que expresado de otra manera que nos ahorra el trabajo del diálogo efectivo con los demás y los procesos retóricos de persuasión: basta que intentemos pensar que la regla que hemos hecho nuestra se volviera regla universal para todos los hombres en todas las situaciones. Si entendemos que hay un puro problema lógico en esta universalización (o sea, que caemos en contradicción, que literalmente no podemos querer que todos se comporten como nos hemos propuesto comportarnos nosotros), es que nuestra máxima es falsa e inmoral. Si, por el contrario, logramos penetrar intelectualmente en su validez sin excepciones pensables, entonces mismo sabremos que es verdadera. Sólo procede del bien si no se mezcla el egoísmo de nadie, o sea, el deseo particular y relativizante de ningún sujeto, de ningún grupo humano. Cualquier restricción de la universalidad de una máxima que creíamos moral enseña que, en realidad, se trata de una refinada fórmula del egoísmo, es decir, de la búsqueda de la dicha renunciando al bien y olvidándonos, si hace falta, de los derechos de los demás imponiéndose como otros tantos límites infranqueables a nuestra persecución de la felicidad.

    El gozo del mundo nos aísla, afloja nuestros vínculos con los demás, justamente porque su origen está en el amor egoísta a nosotros mismos –que no merecería el alto título del amor–. La aventura del bien nos funde en la raíz de la humanidad de todos los hombres, nos solidariza en lo más hondo con ellos todos, aunque aparentemente lo que suceda es que nos quedamos también, aunque muy de otro modo, solos, incomprendidos, crucificados si hace falta.

    No asesines, dice el quinto mandamiento; no mientas, no codicies el bien ajeno, no uses el nombre de Dios en vacío. Superficialmente, son prohibiciones; realmente, vías a lo desconocido que nos liberan del peso abrumador de nuestro egoísmo. Como dicen los kantianos: los imperativos morales se nos presentan, en el primer momento, como constricciones porque estamos deseando un compromiso imposible con nuestro afán de éxito en el mundo y de placeres de toda índole; pero si se logra el casi milagro de que, sólo por la universalidad del deber mismo, sólo por respeto religioso y veneración a su mandato incondicional, probemos una vez a obedecerlos, entonces, atreviéndonos también por una sola vez a hablar como si nosotros hubiéramos franqueado efectivamente esta frontera y realizado el casi milagro –nunca más osaremos tal cosa–, diremos que el sabor real de nuestra experiencia es el más poderoso sentimiento de liberación: ¡libertad respecto del propio egoísmo! Y más vale inmediatamente callar, porque del cielo sólo hablará quien llegue a él y nadie debe jactarse de ser bueno, aunque ahora hayamos pactado por una vez con la indiscreción.

    Cohen comparte entusiásticamente este modo de plantear la cuestión del bien y de entender, por tanto, la forma tercera y más alta de la vida en la acción, más allá de las búsquedas, siempre hipotéticas y, por ello, no absolutamente humanizadoras, de los bienes de orden técnico y de orden pragmático. Hay, en efecto, la vida de la santidad, de la pureza del bien, que coincide con la vida en la plenitud de la razón y con el fomento de la humanidad misma del hombre. Porque la razón es el antiegoísmo: es lo mío que también es de todos, sin acepción de personas, sin favores inmotivados. Un hombre no es valioso en lo decisivo porque posea determinados dones de naturaleza o de fortuna. Da igual que así lo estime el mundo. El único valor es el que un hombre conquista cuando obedece a su razón y pospone, por seguirla, las violencias de la naturaleza, que lo reclaman a gozar de su juventud, de su belleza, de sus talentos, de sus relaciones en la sociedad, antes y con desprecio de las exigencias del deber santo.

    Sólo la acción nos hace valiosos, y la acción más potente es aquella en la que realmente optamos por una máxima auténticamente moral y despreciamos otra que está infectada de egoísmo en cualquier sentido. Esta elección es ya lo mismo que obrar en consecuencia: es ya acción, y lo es supremamente. La existencia se decide ahí. La razón práctica es la fuerza íntima y, al tiempo, universalmente humana, en donde reside, para decir las cosas en los términos de la teología cristiana, la gracia de Dios; o, para hablar el lenguaje de los viejos profetas de Judá y de Israel, donde sopla el espíritu del Señor.

    La razón en su uso meramente teórico, cognoscitivo, no apura la verdad final de lo real –la cosa en sí–, ni aun cuando la volvemos reflexivamente sobre nuestra propia condición. Tanto mejor. Un hombre debe ignorar su posición respecto de Dios si quiere poder actuar santamente. No ha de conocer si está cerca o lejos de Dios por su existencia ya pasada –y eso significa el auténtico conocimiento profundo de sí mismo–, o será materialmente imposible que siga actuando con total desinterés, en virtud tan sólo del reclamo santo, venerable, infinitamente imperativo e infinitamente no violento del deber. No hay mayor violencia que la que el gozo y su deseo nos imponen, y no la hay menor que la que brota de la mera razón, de la razón pura –purificada de añadidos espurios no racionales–.

    No es que Kant partiera a la construcción de la filosofía teórica con ningún prejuicio; pero no cabe duda de que los resultados que obtuvo en ese trabajo fomentan extraordinariamente bien la ruda exigencia absoluta de la santidad, que repudia toda apoyatura exterior, que sólo ofrece el atractivo tremendo, tremendum et fascinans, del deber a secas, puro, sin más promesas ni adornos. Y la habitual resistencia a las ideas de Kant no puede ocultarnos el hecho de que su descripción del verdadero rostro del bien, cuando es avistado desde esta ladera de la historia humana, contiene fragmentos de verdad impresionantes y se adecua a su objeto mucho mejor que infinidad de otras tentativas de azucarar el aspecto de la perfección, cuando en realidad tan sólo la impurifican y la rebajan.

    5

    En efecto, si revisamos el conjunto de lo que llevamos dicho y lo consideramos desde lados desatendidos hasta ahora, nos encontramos con que la situación que dibujan los kantianos, Cohen siempre incluido, es ésta: un hombre que logra entender que la ciencia y la reflexión sobre la ciencia no se extienden, metafísicamente hablando, hasta el conocimiento de cómo es en sí lo real (la cosa en sí); que, por lo mismo, no dispone de ningún argumento científico ni de ninguna experiencia rigurosa de la libertad; y que, sin embargo, no debe desconfiar de que, junto al ámbito de la razón teórica, hay el de la razón práctica, y la razón práctica significa lo mismo que la libertad.

    Se debe creer, por razones morales, en la libertad, justamente en la ausencia de apoyos extramorales de orden científico o metafísico. Quien confunda la existencia humana con el territorio de lo que la ciencia abarca (la naturaleza en su legalidad de orden necesario, en tercera persona o, mejor dicho, impersonal y neutra), ése ha optado por la inmoralidad.

    Es evidente que esta doctrina tiene su punto flaco más notable en el hecho de que ha de darse alguna clase de experiencia indudable de la diferencia entre existencia y ciencia, entre teoría y práctica. No se puede también confiar en vacío en que ocurre esta diferencia, aunque su acontecimiento no pertenezca al orden del saber científico mismo ni se pueda confundir con una creencia cotidiana sometida a toda clase de críticas epistemológicas posibles. Es precisa alguna experiencia transcendental de la existencia como punto de reunión de lo práctico y lo teórico, para que el resto de estas enseñanzas cobre pleno sentido; pero la idea de semejante experiencia equivale, para todo buen kantiano, a un hierro de madera o a un fuego de agua.

    Pues bien, aquí es donde Cohen introdujo una cuña hipercrítica en el kantismo, que, a la larga, cuando miramos las consecuencias que trajo consigo en la obra, por ejemplo, de Franz Rosenzweig –un discípulo íntimo pero no fácilmente reconocible de Cohen–, vino a derribar toda la estructura del idealismo transcendental con más efectividad que como pensó lograrlo Hegel.

    En primer término, Cohen reparó genialmente en otra carencia, en otro salto injustificado en este edificio espiritual que tanto admiraba y dentro del cual había vivido y trabajado con inmensa laboriosidad toda su larga vida. Y es que el sujeto individual no puede reprimir en sí mismo lo egoísta en nombre de lo universal si antes no se abre paso hasta la posibilidad de concebir realmente la totalidad de todos nosotros, los seres racionales, todos universalmente obligados en conciencia a adoptar una determinada máxima moral y rechazar sus contrincantes.

    Se habla con demasiada facilidad de la universalidad que la razón opera por sí sola; pero para que la razón práctica pueda ser origen de universalidad práctica –idea sin la cual, como hemos visto, se volatiliza el sentido de los mandamientos morales–, ha de haber conseguido la representación de todos nosotros. Pues bien, si la experiencia del y la del él –un segundo tú basta para que el primero, naturalmente, pase a ser él– no ocurren, son imposibles las experiencias del nosotros y del ellos. Un cuarto sujeto que comparezca, ya sea en la forma del tú o en la del él, inicia, a lo mejor, la noción del vosotros, que debe, en cualquier caso, sustanciarse en seguida, si ha de tener plena consistencia la posibilidad del imperativo categórico.

    Pero, naturalmente, estas experiencias tienen que poseer de nuevo un peso muy superior al meramente empírico: han de ser también transcendentales. De otra manera, nunca podrían arrastrar una carga significativa tan grave, que lo decide todo en materia de ética y de religión. Sin embargo, no hay nada en la Crítica de la Razón Pura que señale en esta dirección. En principio, aunque yo pertenezca al dominio de lo transcendental –tanto como unidad pura de la apercepción de todo el contenido de mi conciencia, cuanto como idea de la razón, aunque en dos formas distintas–, no recibe ninguna consideración de este rango en la filosofía original de Kant. Fichte, por ello, hubo de introducir en los primeros pasos de la doctrina transcendental del derecho la deducción pura del tú.

    Pero Cohen no se refugia en ninguna deducción del tú. Da por entendido que se necesita en este lugar central de la filosofía un choque más consistente con la alteridad que la mera idea general de su necesidad –que, por otra parte, es evidente, como hemos visto al analizar la fórmula del imperativo categórico–.

    Aquí es donde el lector comprende que Cohen gira en busca de otra posibilidad dejada, ésta sí, abierta por Kant. Se trata de los sentimientos, que de ninguna manera se restringen a notar placer y disgusto, como muchas veces se desprende de los textos kantianos. En definitiva, hemos considerado antes ya dos sentimientos que poseen necesariamente mucho más valor que el agrado y el desagrado, por el hecho de que no son a posteriori, o sea, no siguen a la consulta de lo empírico. El primero y más a la vista es el del respeto, la veneración al deber como cosa santa; el segundo es el de la liberación cuando el hombre hace cuanto está en su mano por soltarse de la horrible tutela violenta de la inclinación.

    Cohen ve con maravillosa perspicacia que la veneración a la santidad del deber supone ya otro sentimiento, no menos apriórico que éste, ya que el deber se presenta también como respeto a la condición de fin sagrado que el otro hombre ha de tener para mí. Si no descubro en algún sentimiento de este mismo orden supremo la alteridad, la intersubjetividad, no cabe que la afirme sencillamente.

    Pues bien, anterior a la experiencia de un tú es, según el espléndido texto El Concepto de Religión, de Cohen, la revelación del vosotros en el afecto de la compasión: la compasión ante el hecho de que vosotros, todos vosotros, siempre, traéis a mí la noticia de que vuestra situación me impone cargas de orden moral y práctico porque, de algún modo, yo me descubro respecto de uno cualquiera de vosotros que se me acerque –mi prójimo del caso concreto dado– una esencial menesterosidad. Da lo mismo en qué situación me encuentre, a mi vez, yo: siempre puedo y debo prestar socorro al otro próximo, sea como sea éste, nada más que porque se destaca junto a mí del horizonte de los pobres, los inocentes, todos aquellos de cuyas culpas, de cuyo mal radical, no sé íntimamente nada; mientras que acerca de mí mismo no puedo ignorar el combate entre máximas y opciones que me muestra un pecador –y hablo ya ahora el fuerte lenguaje de los profetas de los antiguos reinos de Israel y de Judá, en cuyas huellas sitúa Cohen, cada vez con mayor conciencia, su propia protesta dentro del mundo de la filosofía kantiana–.

    La experiencia excesiva –que luego describió Martin Buber como sin sospechar sus peligros– del tú singular, individuo absoluto, no puede reemplazar en el ámbito de la moral y la religión la experiencia del mero, del puro prójimo. El tú singularísimo no es el objeto inmediato del amor religioso y del cuidado moral, sino del amor pasional, que empieza, como señalaba Kierkegaard, haciendo, desde luego, la más decidida acepción de personas, la más exclusivista de las elecciones sobre el objeto del amor. No es así como se vive la religión, tan alejada, por eso, del gozo pasional de un Don Juan. Las obras del amor deben prodigarse en todas direcciones, sobre amigos y enemigos, sobre hombres de mérito y sobre criminales; en definitiva, sobre todos vosotros, los que con vuestra presencia indudable en el mundo de lo real suscitáis mi compasión activa. Porque tampoco se trata de que yo realice un acto de empatía, o sea, de conocimiento del otro, del prójimo. La carga gravita sobre la responsabilidad inmediata, inapelable, obligatoria y sagrada, que reclama la presencia de uno cualquiera de vosotros, los compadecidos por este yo que hasta ahora, en su soledad, era un punto de soberbia.

    De aquí que recaiga sobre lo afectivo de la experiencia de la intersubjetividad el acento ético-religioso: antes que el espectáculo de la humanidad como a distancia de mi ojo solitario, son la queja, la presentación de agravios, la solicitud que me manda sin duda, sin dilación, sin dejarme espacio para que sopese si me conviene o no someterme a su voz. Descubrir al prójimo es estarle ya entregando algo mío y que él necesita; aunque en un segundo momento, quizá rapidísimamente surgido, yo invierta la dirección de este don y ejercite cualquier clase de violencia sobre el otro; y la primordial será la de simplemente observarlo, clasificarlo, estudiarlo de alguna manera, sin ceder en absoluto a su mandamiento –lo que, sin duda, es ya violar éste–.

    Si Kant reducía la religión a la conciencia de lo absoluto de la imposición moral como voz del mismo Dios, Cohen la concentra en la relación social misma, según la acertada expresión que usó cincuenta años después Emmanuel Levinas, también en las huellas del viejo pensador neokantiano. Me descubro, en efecto, individuo moral absoluto, propiamente tal, en la misma medida en que acato la orden rigurosa del bien como concerniéndome ahora a mí solo –al modo en el que el buen samaritano que tropieza con el herido en mitad del desierto no puede ni por un instante fingir que la responsabilidad del socorro incumbe a uno cualquiera de los que pasan por allí y no, ya mismo, a él solo, aunque quizá no lleve en las alforjas nada muy útil para el caso–. Pero sin el descubrimiento de esta individualidad moral fuerte, no hay presencia ante Dios, o sea, ante el santo perfecto.

    6

    El hecho de que Cohen no absorba, sin embargo, en la justicia y la solidaridad para con el prójimo todo el contenido de la religión, se funda en que la compasión, en una fase necesariamente segunda, puede y tiene que volverse incluso sobre mí mismo. Una vez que haya gastado mis fuerzas en la lucha contra el mal social, trabajando por el rescate de cada uno de mis prójimos concretísimos –jamás huyendo a los puros males estructurales, sino siempre haciendo pasar mi acción política por el cuidado compasivo de cada uno de los cercanos–, también tendré el deber de compadecerme de mi propia pobreza como trabajador casi inútil en la divina obra. Porque a lo que no tengo, en cambio, derecho alguno es al pesimismo y al optimismo.

    No lo tengo al pesimismo, debido a que no hay tiempo, en el servicio del prójimo, para proyectar duda ninguna sobre mi eficacia, siendo yo un pecador. Da lo mismo que lo sea o que no lo sea, por más que conozca que lo soy: el trabajo se impone ahora a mí con absoluta seriedad, sin cálculos respecto de su posible fracaso. Pero aún sería peor que sólo lo cumpliera llevado en alas de una jactancia estúpida, que me hiciera pensar que, en efecto, yo soy el más indicado y el más experto para que esta ayuda a la que me dedico cure infalible y rápidamente la desgracia social de cada uno de todos vosotros. La realidad es que la historia seguirá mostrando un rostro gris, quizá más terrible después que antes de mi entrega a sus tareas; pero tampoco esto puede importarme ni detenerme. Sólo me debe inspirar compasión, al fin, por mí mismo, a quien debo cuidar precisamente estando alerta para que ninguna confusión se introduzca en este campo tan delicado. Que no penetren en él las ilusiones visionarias de la metafísica, que me derribarían en el sentido o del pesimismo o del optimismo. La gracia de Dios no es sino la fuerza autónoma, mía, pero increíblemente vigorosa para proceder sólo de un pecador, con la que a cada hora vuelvo a recibir, por la presencia de la injusticia, el mandamiento pleno de eficacia –que me vuelve a mí mismo un agente casi absurdamente eficaz, si logro mantenerme a salvo de las asechanzas que siempre rodean las obras de la justicia–.

    La compasión dirigida hacía mí mismo lícitamente me deja solo ante Dios, en el ámbito de su perdón que renueva a cada momento el tiempo y que me envía en todos los ahoras a la labor del mundo.

    Cohen ha estudiado larga, prolijamente, todos los factores de la religión de Israel partiendo de este foco central. Él mismo es lo que aún hoy nos importa decisivamente, incluso cuando la historia de la teoría de la verdad ha dejado atrás los fragmentos de kantismo que sobrevivían en los escritos de Cohen hasta los últimos días de su vida. La religión de los profetas, que pivota sobre la compasión interhumana, es la fuente de la moral.

    Notas

    1 Una impugnación directa y muy ingeniosa, suscitada por estas defensas clásicas, es aquella de Miguel de Unamuno en las primeras páginas del Sentimiento Trágico de la Vida, cuando escribe que ha visto más veces razonar que no llorar a un gato…

    Texto publicado en págs. 25-40 de Pensadores judíos: de Filón de Alejandría a Walter Benjamin, 2011.

  • Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    § 1 Tensión entre socialismo y romanticismo

    El concepto de persona no recibe trato alguno de favor en el pensamiento judío actual, con la excepción notoria de Martin Buber, y, sin embargo, cabe perfectamente decir que a pocas corrientes filosóficas contemporáneas debe tanto lo que, con cierta benéfica vaguedad, llamamos personalismo como a la serie, nada uniforme, de filósofos que, partiendo todos de algún modo de la obra tardía de Hermann Cohen y habiendo recibido, en maneras diversas, el impacto de la profunda originalidad de Franz Rosenzweig, desarrollan libremente gérmenes muy distintos de ideas e intuiciones, procedentes de orígenes incluso religiosamente diversos, pero que se refieren positiva y explícitamente a la inspiración talmúdica. La situación es análoga a la que concierne a Simone Weil: a la vez la crítica más dura del personalismo sensu stricto y una de las fuentes más profundas de la filosofía que suele llamarse aún personalista.

    Hermann Cohen mismo, tan arraigado en Kant incluso en los años finales de su larga biografía, dedicados a recuperar temáticamente la religión de la razón a partir de las fuentes del judaísmo, tiene relativamente pocas reservas a la hora de emplear el concepto de persona como sujeto moral.

    Para cualquiera que siga interesado en el idealismo crítico como pensamiento orientador fundamental, los trabajos de la vejez de Cohen han de adquirir extraordinario relieve, porque, cifrados en una expresión máximamente resumida, tienen por tema central la elaboración de una filosofía de la intersubjetividad transcendental cuyo núcleo está en el espléndido descubrimiento de que cada uno de los pronombres personales remite a un significado que, habiendo sido descuidado por completo en la Crítica de la Razón Pura, es, sin embargo, básico para la construcción completa de un sistema de la filosofía crítica.

    En otras palabras, la más valiosa de las ideas de Cohen puede describirse como consistiendo en la elaboración de una reflexión transcendental que dilucida el lugar, dentro de la arquitectónica de la razón pura, que corresponde a cada uno de los referentes de los pronombres personales, tanto en singular como en plural (aunque sería exagerado decir que también el análisis llega a distinguir los significados masculinos y femeninos).

    Mientras que en las críticas originales de Kant se presta atención filosófica propia sólo a la noción de yo, bien sea para desconstruir la psicología racional mostrando sus paralogismos, bien sea para ahondar en la necesidad de la apercepción transcendental como punto polar de unidad sin el cual carece de posibilidad la sistemática misma de la razón, y él, nosotros, vosotros y ellos, con la excepción, en todo caso, del pronombre plural de la primera persona, no son tomados en cuenta ni como intuiciones, ni como conceptos, ni como ideas merecedores de especial estudio. Se deja entender, a lo sumo, a través del silencio, que , por ejemplo, es un concepto empírico, edificado sobre un suelo intuitivo que tampoco reclama mayor atención. En realidad, nuestra protesta podría elevarse hasta echar de menos un tratamiento pormenorizado de los respectivos lugares transcendentales que corresponden a la mismidad y la alteridad, por no mencionar que tampoco se desarrollen análisis acerca de la diferencia entre mismidad en general e ipseidad. Es, en el fondo, el propio aliquid transcendentale de la tradición ontológica de la Escuela que resulta muy mal parado en las Críticas, aunque en seguida le esté reservado un papel de primerísimo orden en los desarrollos idealistas de la filosofía crítica (si bien quizá siempre más como mè on que como héteron en cuanto tal).

    Cohen ha acentuado con fina perspicacia que, pese a este antecedente venerable de su propia posición filosófica (aunque sin duda gracias a las luces indirectas que Fichte, Hegel o Humboldt prestan en la perspectiva de cien años de historia especulativa), todos los pronombres personales plantean de principio otros tantos problemas de capital interés para la reflexión transcendental, que, de no ser acometidos y respondidos, dejarán un hueco imposible en el sistema de la razón, amenazado, por ello mismo, de ruina.

    En verdad, el desprestigio o la poca repercusión cultural que, relativamente, ha tenido el kantismo a lo largo del XIX, se ha debido –puede seguramente leerse entre líneas de Cohen y en las líneas mismas de Natorp– a la nula capacidad de conectarlo de modo preciso con la pedagogía social de las nuevas tradiciones de radicalismo crítico, en especial, el socialismo. La magnífica propuesta germinalmente personalista de Kant ha quedado en gran medida sin desarrollar, abandonada en las manos mucho menos sutiles de la izquierda hegeliana, por culpa de la dificultad de trasladar su rigorismo ético a moldes religiosos capaces de recibir amplia audiencia. El kantismo no ha logrado, por las mismas dificultades de su interno inacabamiento, influir en la medida en que debería haberlo hecho ni sobre la teología evangélica, ni sobre la ideología revolucionaria. Y un síntoma masivo de cuánto se ha perdido, lamentablemente, por el camino es que el panorama cultural europeo más avanzado dé muestras inequívocas y hasta feroces de incapacidad para asimilar de veras, democráticamente, el fenómeno de la persistencia del judaísmo rabínico dentro de su cuerpo social.

    Desde la propuesta kantiana de autoeutanasia del judaísmo, pasando por las desaforadas proposiciones de Marx acerca de la esencia judía, y a la vista de que no ha existido un duro romanticismo projudío hasta el mismo arranque del siglo XX (por cierto en paralelo con la obra tardía de Cohen, que reacciona críticamente, sobre todo, contra este romanticismo de nuevo cuño que es el sionismo de Herzl), el resultado ha sido la imposibilidad de la normalización democrática de la vida judía tradicional y su radical mala comprensión por parte de todas los demás fuerzas sociales de peso. El asunto Dreyfus es sólo la parte visible del enorme bloque de hielo.

    Buber, por ejemplo, apoyó, publicísticamente ya antes de la aparición de los libros de Cohen que aquí nos interesan, el romanticismo judío con su recuperación peculiar de la herencia espiritual del jasidismo. Lo que hay de muy particular en esta relectura salta a la vista cuando se la compara con la que otros autores, éstos, además, personal y familiarmente insertos en la tradición viva (y asesinada) del judaísmo oriental, han podido hacer de los mismos relatos después de la Shoá. Buber tiende a subrayar los aspectos del folklore cabalístico aún mucho más que como Wiesel tiende a que su personal subrayado haga ver que es patente que Kafka o Benjamin proceden, con o sin conciencia de ello, de esas mismas tradiciones que para Buber parecen carecer de toda seria carga crítica.

    Pues bien, de una manera que ha sido luego determinante para el porvenir de la filosofía judía en el siglo XX, Cohen sostiene que religión es aquella forma de la cultura que soporta de hecho la condición de posibilidad de la moral porque a ella compete la constitución transcendental de la intersubjetividad.

    § 2 La reentrada de la compasión en la filosofía primera

    Para la moral no hay más que el sujeto colectivo todos nosotros, que empieza por ser todos ellos, enfrentado al yo. De esta lucha ha de salir siempre la aniquilación de lo meramente empírico en el yo singular, porque el imperativo categórico ordena exactamente actuar en cada circunstancia no como mejor plazca al egoísmo sino como la humanidad racional, la persona racional, o sea, la totalidad genérica de los actores racionales posibles (todos ellos) ha de actuar sobre la base del común fundamento de determinación, que en todos los casos es la forma universal, ad omnes, del mandamiento. Y cuando un individuo se ve personalmente concernido por el mandamiento, cae, por decirlo de algún modo, en la sumisión a la totalidad racional, que pasa a ser el todos nosotros que explícitamente lo integra ya a él también, el antiguo disidente o rebelde que permanecía fuera de la comunidad ideal del reino de los fines.

    El problema religioso es, pues, el descubrimiento del significado transcendental del prójimo, o sea, de aquel sin el cual el mandamiento moral se vacía de todo sentido, puesto que cada acción toma siempre la figura de un deber que, aunque a veces se refiera a mí mismo, comúnmente lo es para con el tú próximo. Y Cohen añade un dato de decisiva importancia: en realidad, el singular se destaca de la colectividad primordial de un vosotros al que se dirige en primer término la moral. La religión, como dictaminará Levinas cincuenta años después, es la relación social, ya en el texto de Cohen; pero esta relación no comienza sin la manifestación transcendental de vosotros, todos aquellos respecto de los cuales estoy bajo el yugo de múltiples deberes incondicionales. Vosotros los santos, que me obligáis con la mera certeza de vuestra presencia cerca.

    ¿Qué modo de manifestación es el único posible para este vosotros de alcance transcendental? ¿Qué modo de manifestación corresponderá luego al tú individual de la situación de proximidad? A partir de este punto, Cohen ha de empezar a romper la sistemática de las críticas de Kant e incluso la de sus propias construcciones personales anteriores a este descubrimiento.

    Una intuición empírica no puede ser la respuesta adecuada, ya que los fenómenos no pueden poseer la carga racional que por principio toca al vosotros de la obligación moral. Pero tampoco cabe pensar en un hacer hueco apropiado en mitad de la tabla de las categorías a este aparentemente nuevo concepto del entendimiento. Más bien se trata de una idea de la razón; pero la construcción del sistema fichteano del derecho natural tampoco satisface a Cohen en este sentido, puesto la tarea no consiste en postular el yo absoluto y la contraposición del no yo como principios del pensamiento de la libertad. De hecho, el yo de la religión no es simplemente aquel para quien existís vosotros los santos, sino que es, al mismo tiempo e inseparablemente, el individuo perfectamente delimitado por sus deberes, que lo fijan a la situación existencial determinada, en relación con el prójimo en ella, de tal manera que nadie podría sustituirlo. Es, pues, el individuo cuyo aislamiento en cierto modo absoluto no puede tener más correlato auténtico que el Tú absoluto, es decir, el Tú divino, respecto del cual es mediación y símbolo el tú finito.

    Ya, desde luego, esta manera de afrontar filosóficamente las situaciones de relevancia moral reclama a gritos innovaciones de larguísimo alcance en el idealismo crítico kantiano, que lo han de hacer derivar hacia una filosofía de la existencia semejante en muchos aspectos a la que diseñó de hecho Jaspers pocos años después (aparentemente, sin conocimiento del libro póstumo de Cohen). Pero lo esencial está en que Cohen, como acabo de decir, no cree legítimo saltar sencillamente a la proclamación de que el vosotros de la religión y su tú correspondiente ensanchen el repertorio de las ideas racionales, entre otras cosas porque no se ve qué ilusión transcendental podría afectarlos. Recurrió, en definitiva, a un situación existencial, aunque sin denominarla así. Pensó no estar haciendo quizá mucho más que algo paralelo a lo que el propio Kant ya había emprendido al reconocer el valor transcendental del sentimiento de respeto o veneración por la voz del mandamiento, que al mismo tiempo se deja interpretar como veneración por la persona misma, por las personas mismas, en tanto que fines en sí dotados de dignidad intocable y jamás reducidos a la condición de cosas con precio.

    De hecho, ante todo en los textos de las lecciones sobre teoría filosófica de la religión, destinadas a teólogos, Kant había concedido a ésta verdaderos derechos transcendentales, al admitir, en modo más explícito y pascaliano que como ocurre en la Crítica de la Razón Práctica o en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, que no hay resorte humano para la moral que no esté mediado por la religión, o sea, por el sentimiento de veneración a la santidad de la ley y de la persona racional que es su portadora (en el sentido de llevar escrito sobre su frente un primordial No asesinarás, No me dañarás).

    Cohen se resuelve, pues, también él, por un sentimiento. No puede, en realidad, escoger para empezar el mismo que Kant, porque él busca aquel sentimiento que directamente se refiere al vosotros, los santos, dignos en absoluto de mi cuidado y mi veneración. El cuidado moral de los prójimos finitos que se destacan, en la situación concreta, de la situación general en la que se revelan, ha de inspirarse en el sentimiento de la compasión, entre otros motivos, porque yo mismo terminaré por ser abarcado en la comunidad del todos nosotros, los dignos de mi cuidado –quien no se cuida moralmente a sí mismo, es falso que se haya olvidado de sí en los otros: sencillamente, no ama con amor práctico a nadie al no amarse con esta clase de amor de auténtica benevolencia ni siquiera a sí mismo–.

    Pero la compasión que es el sentimiento religioso primordial sólo se puede sentir por los inocentes que sufren, e incluso por los inocentes que sufren de alguna manera debido a su inocencia misma. Sólo, se puede así decir, sufren en el sentido profundo del término los inocentes, y sólo este sufrimiento, que es un sufrimiento social, que es el dolor de los pobres, los huérfanos y las viudas, o sea, de los desamparados, de los anawim o ebionim de la Biblia, de aquellos para quienes ya no queda más recurso que el auxilio de Dios mismo; sólo este sufrimiento es digno de la compasión religiosa en la que se enciende la evidencia de cómo concierne ahora mismo al yo el imperativo moral y santo.

    La aparente paradoja es múltiple, y a Cohen le gusta recogerla de los textos de Ezequiel morosamente. Por una parte, los pobres de Dios sólo pueden ya esperar de Dios mismo su socorro, pero el grito de la profecía coloca a los hombres sus prójimos, a quienes no son tan pobres y no son santos, en el lugar mismo del servicio religioso, de la redención divina. Por otra parte, los pobres dolientes son aquellos que precisamente no merecen sufrir en absoluto, cuando, a la vez, conllevan el dolor del mundo, de cierta manera, tan sólo ellos, los únicos capaces de sufrir sin justificación de ninguna clase. Su misma inocencia los carga, como siervos u obreros de Dios, obadim adonái, con todas las consecuencias del mal moral, respecto del cual han de ser interpretados por el yo como meros sujetos pasivos. Levinas dará a esta situación una lectura inolvidable: aquel que justifica el dolor del prójimo comete el pecado extremo.

    No, pues, respecto de cualquiera, en principio, se siente la compasión religiosa, fuente de acceso a la humanidad de cuanto es santo, y fuente de la correlación individuo-Dios a la que se llama luego en plenitud religión. Esta compasión no es real ni es pura más que suscitada por la injusticia social que clama al cielo (y desde el cielo rebota en mandamiento de solidaridad hasta el final, hasta la entrega de sí mismo integral).

    Aquel hombre que carece de sensibilidad para la injusticia social, carece de toda relación con el bien santo, está fuera del ámbito de la religión y, diga lo que quiera de sus delicados sentimientos y sus terribles íntimas tragedias, aún no ha entrado en el dominio o estadio ético de la existencia. Es tan sólo un esteta, un jugador, un niño o un cínico y, por cierto, un necio, como el del salmo, que confunde a Dios con algo infinitamente diferente de Él y, por supuesto, cuando está algo lúcido, que es pocas veces, niega que este Dios de pacotilla exista. (¡Peor, muchísimo peor, es cuando semejante sujeto dice que cree en Dios!)

    En un primer momento, yo mismo quedo excluido, estoy excluido, ya sólo por ser y decirme yo, del círculo de los santos dolientes necesitados de cuidado infinitamente generoso. Yo sé de mí mismo en todos los casos que no soy ningún santo. Cohen, que acaba de pasar por encima, tranquilamente, de las diatribas de Nietzsche sobre el sentimiento de compasión, no tiene tampoco ningún empacho en hablar de culpa moral en el origen mismo del concepto de yo, y hasta piensa que el cristianismo paulino, en la medida en que apuntaba al luteranismo, ha rendido al mundo el servicio de universalizar racionalmente estos elementos de la profecía de Israel (el cristianismo que no es paganismo, a los ojos de Cohen se muestra como un instrumento en manos de su corazón judío).

    Yo, pues, que sé perfectamente en cuántos varios sentidos soy moralmente culpable, nunca puedo ver mi sufrimiento absolutamente carente de justificación. Levinas preferirá en seguida tomar por guía de su propia situación a Dostoievski y aquella afirmación convenientemente hiperbólica, conforme a la cual es de justicia que el yo eche sobre sí de alguna manera la responsabilidad de todos los males del mundo, dado que una sola culpa profunda repercute infinita y misteriosamente en la historia. El yo es contrario a la noción del inocente y, por ello mismo, en principio, al concepto de doliente y al de justo. El yo necesita redención no de su dolor sino de su culpa. La única vía accesible es dejar a un lado ésta y sus posibles secuelas de pesimismo y neurosis (el pesimismo es directamente el mal moral, grita Cohen con voz de profeta, prácticamente en el mismo sentido en que había clamado Unamuno contra la pereza unos pocos años antes).

    Seamos como seamos, la compasión por los santos inocentes sometidos a un sufrimiento en cuyo origen estamos nosotros mismos siempre de alguna manera (yo mismo siempre), ha de dinamizarnos por entero. Aunque hayamos sido hasta aquí hipócritas y criminales en un grado terrible, el deber de caridad social urge absoluta, incondicionadamente.

    El primer paso no es ir a pedir perdón, porque ya no tenemos en realidad a quién pedirlo: el perjudicado quedó cargado con su daño irreversiblemente. El trabajo social y moral es la única redención pensable, y se ha de entrar en él olvidando el pasado, entregándolo en otras manos –que en última instancia son las de Dios–.

    Naturalmente, el efecto, para quien sea un poco lúcido, del trabajo político y moral, en seguida se revela decepcionante. Jamás se da la talla cuando la reclamación del deber es atendida. No sólo sucede que el trabajo se descubre indefinidamente largo (postulado de la inmortalidad, o, como decía Unamuno, necesidad de pensar el mismísimo cielo como un purgatorio en el que siga sintiendo la universal compasión y se siga realizando el infinito trabajo de las obras del amor); es que también se comprenden dos cosas, que ha sido sobre todo Rosenzweig, el atentísimo alumno de Cohen, quien mejor las ha subrayado (y que no están en absoluto ajenas a la tradición cristiana de, por ejemplo, Kierkegaard, a quien sí había leído Rosenzweig). La primera es que nuestra devoción político-religiosa siempre es demasiado tibia y siempre se queda muy corta respecto de la intensidad que debería tener y respecto del éxito que cabe legítimamente esperar de ella en la circunstancia concreta presente. La segunda fuente del remordimiento y el consiguiente arrepentimiento es la creciente conciencia de haber empezado demasiado tarde los trabajos que nos esperaban. ¡Tarde te amé! La triste exclamación de Agustín sirve para todos los momentos de la vida moral, o sea, política, o sea, religiosa; y además tiene que combinarse con un indudable Y sigo amándote mal y poco.

    Pero se mantiene en pie, ahora más que nunca, la prohibición de pesimismo, que también ocupó tan intensamente a Kant. Aunque nos sepamos malos, eso no nos exime de un ápice siquiera de labor; no nos libera ni de una yod de la divina Ley.

    Cada presente se convierte, pues, en un ahora de culpa y de redención simultánea. Como si se tratara de un diálogo místico –y es la forma en que de hecho lo describe en las maravillosas páginas centrales de La Estrella de la Redención Rosenzweig, comentando el Cantar de Cantares, que toma como modelo primordial de toda situación dialógica en la existencia–. Cada ahora es una peculiar confesión de amor y de arrepentimiento, o de amor que renace intacto del arrepentimiento. Y por eso mismo, cada ahora está bajo la llamada previa, constante, bajo la esencial revelación de todos los momentos, en la que resuena la voz de lo absoluto, de lo santo, llamando al individuo por su nombre propio, como a Samuel en la noche. No parece que sea Dios, sino que tomamos su voz por la de cualquier prójimo que requiere de nosotros un servicio, y así debemos oírla mientras no aprendemos algo más profundo del contacto diario con el trabajo moral. Luego entendemos que se trata de un imperativo continuo, de un potentísimo ¡Ámame!, que resuena acompañado por nuestro nombre propio, que nos fuerza a responder porque no hay rincón alguno en donde nos podamos ocultar hasta no oír el grito del ahora.

    Y este grito imperativo nos libera de la culpa porque nos capacita para seguir sin mirar atrás en nuestro trabajo religioso. Al cogito apacible de la duda teórica sustituye aquí Rosenzweig un encuentro erótico inagotable entre el alma amada y su amante divino, que no puede, por cierto, prolongarse más allá de la noche, porque todo su efecto es entregar, en el día abierto, en el horizonte luminoso del mundo, una tarea infinita al alma amada. En realidad, esta alma amada, sale de su tienda en el desierto hacia las cosas como el amante del mundo entero: como el sujeto personal de toda la responsabilidad por el cuidado de todos los entes. Y si pretende prolongar la noche en las horas diurnas, entonces malogra por completo el sentido de todas las cosas y decae en un sueño religioso que es realmente una ilusión mortal y una violencia, por omisión, contra la creación entera.

    He aquí, entonces, por qué la compasión ha de extenderse, sin sensiblería que quite su nervio a la responsabilidad moral y el trabajo santo, hasta incluir al propio sujeto de la compasión respecto de los pobres de Dios. Existe el deber del amor práctico a sí mismo, persona limitada, que lucha y no puede por menos que fracasar parcialmente, pero que se recupera en seguida de cualquier desfallecimiento y continúa adelante. Este héroe desvalido es natural y es conveniente que se integre en el conjunto de los hombres por cuya redención ora a su Dios él mismo en medio de la pelea. Y de este fenómeno surge en verdad el individuo que vive su existencia en correlación con el Dios de Ezequiel y de Oseas.

    La gracia divina no consiste en ningún suplemento mágico de efectividad para nuestra acción, de la misma manera que lo sacramental o lo sacrificial no permite alianza alguna con la representación panteísta de que se encarna el Santo en la realidad mundanal o humana para sumar sus fuerzas a las de su adorador. Lejos de cualquiera de estas imágenes o ideas propias del politeísmo antiguo y que, en la opinión de Cohen, contaminan el cristianismo menos en su versión evangélica liberal, gracia es la asombrosa capacidad de eficacia de la lucha del hombre contra las consecuencias de la culpa. Asombrosa, literalmente, puesto que ningún síntoma empírico ilusorio de éxito ni de fracaso consigue perturbar al obediente al mandamiento.

    Cohen limpia así de restos de estoicismo la ética de Kant, aunque también en este sentido las verdaderas secuelas de sus tesis lleven tan lejos como para acabar de facto con el idealismo crítico y orientar a los lectores más originales en direcciones filosóficas enteramente distintas e incluso divergentes entre ellas. Cohen, efectivamente, está proféticamente penetrado de indignación, de santa cólera, contra la propuesta moral de aquellos que, únicamente preocupados por el sí mismo acogido a la divinidad del Todo de la Naturaleza, se ven impelidos por sus dogmas teóricos a considerar que el mal de los otros hombres es de suyo algo adiáphoron, un indiferente, que a lo sumo mueve la praxis del sabio si es que su cercanía molesta al ejercicio de la vida eupática de éste. Por el contrario, sólo el dolor y, en definitiva, la miseria de los demás encienden de verdad la conciencia racional en sentido práctico. No es, por tanto, de ninguna manera, la autarquía, el bastarse a sí mismo, la señal de la sabiduría, sino su estricto contrario: el desvelo permanente, acucioso, obsesivo incluso, por el bien, en todos los órdenes, de los otros hombres, jerarquizados sencillamente según el orden de su proximidad a mi existencia.

    Y, en el mismo sentido, al sufrimiento inocente es inevitable –incluso cuando se da en mí mismo parcialmente– achacarle una misteriosa, pero no mística, significación redentora, como dolor vicario que carga con el dolor que correspondería a otros, los cuales, sorprendentemente, son indignos de soportarlo. Nadie más duro contra las aspiraciones de la mística y el neoplatonismo que Cohen, pero esta visión del sufrimiento que redime se recoge en su texto como consecuencia inevitable de los fenómenos elementales de la moral. Así, aunque de ninguna manera se debe perseguir el dolor como meta, su llegada tampoco debe ser repudiada como si se tratara de la marca de la condena. Job, desde luego, tiene razón frente a su mujer y sus amigos.

    Naturalmente, no quiere decirse que entonces haya que aminorar la guerra contra la miseria, puesto que sufrir se interpreta, en última instancia, como una altísima dignidad. Otra vez se hace valer aquí el mismo principio que antes: no hay derecho ético alguno a atribuir justificaciones consoladoras y enervantes al sufrimiento ajeno, sea como sea la cualidad de la vivencia personal, nuestra, del dolor. Únicamente el amor práctico redime, porque sólo él, entre todas las realidades, tiene relación real con lo santo y el Santo. Sucede, sencillamente, que este amor práctico, como todas las formas de la inocencia, posee también, dadas las condiciones de intolerable pereza moral en las que todavía vive sumida la mayor parte de la humanidad, un vínculo irremediable con el sufrimiento.

    Dios, pues, es literalmente el Fuerte de los débiles, la Roca de los perdidos y, sobre todo, el Vengador o Redentor (la palabra es la misma en el Primer Testamento) de los pobres.

    § 3 El pacto entre socialismo y romanticismo

    Ha sido, justamente, esta visión de la persona en su realización moral y religiosa, no como una sustancia en vías de autorrelización, sino como un progresivo desvivirse en el trabajo por los inocentes que habitan, de una u otra forma, en la casa de los muertos, en las tierras de la penumbra, lo que más hondamente ha servido para caracterizar la noción peculiar de lo que nos hemos atrevido a llamar globalmente la forma judía contemporánea del personalismo.

    Por ejemplo, Buber y Levinas, en su cercanía nada exenta de diferencias que el segundo ha remarcado más de una vez, dependen muy directa, si no muy explícitamente, de la doctrina de Cohen, en general a través de la lectura profundamente subversiva o creativa de Rosenzweig. De hecho, Buber puede entenderse como una divulgación simplificadora de las abruptas perspectivas de Rosenzweig. Debe recordarse, a este respecto, cómo la visión del mundo desde la correlación yo-ello, predominante en toda la historia del pensamiento postmítico pero, sobre todo, triunfadora en la modernidad, es siempre, para Buber, una modificación, una tergiversación o culpable olvido, del par original yo-tú. El sujeto que no es capaz de ver en torno de sí nada que iguale su propia condición, de modo que convierte el conjunto entero de lo real en puro término de su representación, o sea, de su imaginación, de modo que queda ya todo ahí instalado, expuesto, preparado desde el principio para servir a los fines del yo y someterse a todas sus técnicas, es de nacimiento completamente distinto. Buber lanza, aún más claramente que Cohen, un puente hacia Rousseau, que, dadas las circunstancias históricas que le tocaron, terminó por convertirlo en uno de los más destacados partidarios del socialismo utópico de raíces saintsimonianas y fuertemente antimarxistas, en tiempos de victoria en medio mundo del presunto socialismo científico. Su fuente en Cohen, Rosenzweig y Rousseau, además de en la mística de la Cábala y la cordialidad de la devekut jasídica, permitieron a Buber, en los principios de la guerra fría, plantear la posibilidad de que existieran pronto sólo dos Mecas bien distintas del socialismo en el mundo: o Moscú o Jerusalem, o el koljós o el kibbutz.

    Porque la conciencia del hombre nace llamada por la voz del tú que, con sus palabras, termina logrando respuesta de palabras. No es el mundo de los objetos el que consigue, a fuerza de representaciones impersonales, de asaltos de sensaciones atómicas, poner al fin en marcha la pesada estatua de Condillac, que devuelve sus andanadas técnicas al mundo que la ha construido y la ha dotado de conciencia. Se nace del río de las palabras históricas y en medio de la tradición de una lengua literalmente materna, y por ello se reacciona primitivamente a la realidad como siempre dotada de personalidad y, desde luego, de boca y réplicas adecuadas. Se piensa en agradecimiento y por apelación; se interviene en la evolución del pueblo por haber sido suscitado en medio de él como un nuevo individuo marcado a fuego por el nombre personal que se oye pronunciar todo el día en torno a uno. El hombre es, antes que ojos, oídos y lengua, y cuanto es esencial se recibe y se causa en el medio de la palabra, el cual jamás es sino relacional, compartido, situado en cierto entre del que depende toda su significación.

    Es cierto que Buber malentendió el carácter originario de acontecimiento que corresponde al nacer del hombre cuando, en la fase avanzada de su teoría, propuso comprender el tú como una estructura apriórica del yo. Pero las cosas son diferentes en los comienzos de su carrera literaria. En ellos, el problema mayor es el de cómo particularizar, pluralizar y, en último término, hacer finito al tú, puesto que el sujeto de la llamada que suscita nuestra existencia al pronunciar nuestro nombre ha de ser captado como Tú Infinito. La dificultad es, más bien, la de cómo escapar del capullo de la mística y volar en un ámbito de auténticas relaciones interpersonales, donde no se está prendido y superacogido en el seno del divino Tú.

    La respuesta de Buber no creo que alcanzara nunca un estatuto especulativo suficiente. Ocurre que se aprende a diferenciar una muchedumbre de voces personales de distinto timbre, todas las cuales me llaman, pero nunca de manera continua. La continuidad la establece más bien mi conciencia, una vez despertada por este coro normalmente armonioso. Sin embargo, el problema vuelve a ser que cualquier tú, por momentáneo que después se revele, cuando entra en acción acapara todo el horizonte, se infinitiza, por así decir. La existencia aparece bajo la figura de una serie abrupta e ininteligiblemente discontinua de encuentros excesivos, de éxtasis de amor que no sólo nos transforman, como es propio de todos los acontecimientos propiamente tales, sino que nos hechizan por entero, aunque sea para en seguida defraudarnos cruelmente.

    De aquí que Buber sea más bien una interesantísima, hermosa, estación de paso hacia Levinas y Rosenzweig, y una arenga poderosa, que un reparo consistente para las exigencias de las dificultades en la teoría.

    § 4 El séptimo pronombre personal

    Levinas supo ver desde los comienzos de su producción filosófica que, en verdad, todo tú siempre es finito. Su problema es el inverso que el sufrido por la doctrina de Buber. Si para éste cualquier realidad que reclama al sujeto corre el riesgo extraordinario de ser vivida como un Dios, como Dios mismo, porque ésa es la plenitud del Tú, para Levinas Dios no puede jamás ser tú y, sin embargo, la subjetividad del hombre sigue teniendo que ser interpretada como, precisa y literalmente, sujeta a los demás, a vosotros, a tú el prójimo, de un modo principialmente absoluto, que, sin embargo, no se debe entender en términos de ontología sino, como Cohen –tan adversario de la metafísica, en la que veía una continua tentación pagana–, en términos de religión, o sea, de política de la paz y la santidad, de política del divino y profético shalom.

    La vela obsesionante del sujeto que ni siquiera piensa en sí, sino que piensa, al pie de la letra, ya en otro, en el otro, no tiene escape escéptico posible. Realiza las funciones del cogito sin emprender el camino de la representación. Es experiencia pero no evidencia; es revelación pero no aumento de poder y disponibilidad para el empleo de ninguna técnica; es noticia sin distancia que cree un ambiente para que muchos la escuchen.

    Levinas ha debatido consigo mismo largamente de qué modo fijar en conceptos esta responsabilidad previa a la libertad, esta recepción del mandamiento y toda la Torá que no concede momento de reflexión para el posible rechazo. Se ha decidido fundamentalmente a describirla –como recogiendo sus ecos a través del comentario infinito, siempre por concluir, con el que responden los hombres– en la forma de un descubrírsenos el tú próximo como santo pero no como el Santo mismo, sin que por eso debamos echar mano de ninguna variante novedosa del neoplatonismo.

    El servicio de este tú llega a los extremos hiperbólicos de la locura, pero no borra una brecha mínima, en principio no consciente, por la que se ha de colar un día un segundo tú, que empieza por ser él y que inmediatamente convierte al tú primero en un él (no el mismo que se acaba de adelantar a reemplazarlo como tú próximo). Y otra vez se repite la dificultad de que la voz imperativa de este segundo tú y, por lo mismo, de cualquier él que sea posible como futuro o como pasado tú, posee fuerza incoercible, absoluta, santa, pero ningún él es el Santo.

    Toda relación social es religión en su núcleo primero, pero ninguna relación social real es ya el divino shalom, la eternidad de la paz, el objeto de la esperanza o, como se dice en Totalidad e Infinito, del deseo metafísico, más allá, otro, que toda necesidad.

    Y desde luego que lo absolutamente santo o el absolutamente santo (su mismo carácter personal, intersubjetivo, correlativo del individuo que trabaja en el mundo, está aquí en serias dificultades) no es yo. Dicho con una fórmula que subraya convenientemente la novedad de esta situación, Dios ocupa en este pensamiento el lugar, permítaseme señalarlo así, del séptimo pronombre personal, inefable: descanso o shabat del lenguaje, distancia transcendente por excelencia y, al mismo tiempo, impulso de todas las tramas e intrigas de lo real.

    Levinas no se ha atrevido a esta fórmula, que habría manifestado con mucha claridad lo nuevo de su presuntamente clásico talmudismo, y ha preferido hablar de una illeitas según la cual Dios es algo así como el él de todo él. De su imposible presencia, de su alteridad respecto de toda sincronía, no se puede decir que queden sino huellas enigmáticas, porque el Bien es esencialmente ajeno a toda fenomenicidad; pero él, que inspira en todo momento la rebelión escéptica y la epojé que es, en definitiva, la existencia de un hombre cualquiera, al mismo tiempo (no se puede evitar este mínimo de sincronía, pace Levinas) no es susceptible de desconexión escéptica ni de ser acallado o muerto por el más decidido ateísmo del sujeto. En efecto, precisamente la huella enigmática de la paz y la santidad sí funciona como el objeto de la memoria platónica y agustiniana, en el sentido de que inquieta definitivamente, absolutamente o, si se prefiere, de otro modo que cualquier inquietud o desvelamiento. El fenómeno es la revelación, fundamentalmente auditiva, del rostro del otro finito y pobre. El enigma se diría que es el silencio sin el cual esa manifestación de una voz no puede ni empezar ni durar. No sólo es cierto que no hay huella del enigma si no hay fenómeno (y no meramente fenómenos intencionales y mundo, sino alteridad imperativa), sino que también es cierto que no hay fenómeno que no suponga el enigma, que no emerja o proceda de él, que no venga pronunciado desde él.

    De aquí que el rostro mismo del otro se pueda leer como lo dicho por un decir silente en cuyo poder está la última clave del sentido. Nada dicho, ya sea humano ya sea mundano, es directamente inequívoco, es claro y distinto, porque el decir se reserva su reinterpretación y, si así es preciso, su destrucción o desconstrucción. El oír, que es lo propio de la vela obsesiva del sujeto, del yo, es algo semejante (de nuevo estamos en los mismos bordes de resucitar a Platón contra la voluntad expresa de Levinas) a una imitación del decir original, porque se escucha incoando la respuesta, de modo que, según Heidegger enseñaba, no hay escucha, no hay comprensión, que no sea una interpretación, en riesgo de no coincidir con aquella enigmática que esté siendo la propia del decir puramente tal, del decir de la illeitas divina (la cual, incapaz de auténtica sincronía con ningún oído humano, guarda su escatológica reserva, su eterna verdad no humana –como Rosenzweig había entendido–).

    La brecha de la situación de vigilia respecto del tú finito por la que se introduce el tercero y se oye el eco de silencio del Enigma, es, justamente, la hipérbole de la vigilia, por cuya virtud Levinas piensa el nacimiento del yo como una situación de acusativo irremediablemente convertida en situación de dativo, aunque capaz de revertirse en un nominativo violento.

    La subjetividad es, de entrada, apelada, acusada, y su respuesta inevitable es donación, aunque no se crea tener nada que dar y aunque no se tenga nada. La costumbre de inmenso arraigo, conforme a la cual forjamos nuestros conceptos tomándolos todos del mundo –y en la modernidad, procurando, incluso, configurarlos según el mundo de la ciencia exacta de la naturaleza: en el sistema de eso tan de suyo imposible que es un lenguaje artificial, una lógica artificial–, cosifica siempre, sustancializa siempre el yo como ego en nominativo y última instancia de las referencias intencionales. Pero la situación de los orígenes inmemoriales, an-árquicos, no es sino algo muy próximo a lo que Michel Henry ha descrito como nacimiento transcendental del hombre en la ipseidad de lo absoluto.

    El joven Levinas forjó para esto mismo un extraño término, que parece significar lo contrario de aquello que está llamado a captar. Habló, en efecto, de la hipóstasis, o sea, de la personalización y sustantivación del yo como un violento emerger, sorprendente, casi imposible, sin acomodo, en el seno del hay, que abarca en su bordoneo impersonal, en su esenciarse sin pronombres personales, tanto el ser como la nada y es, pues, sencillamente el Todo. El hombre es, en esta descripción extraordinaria aunque lastrada con problemas filosóficos que son para otro lugar, aquello que difiere casi absurdamente del hay, justo porque es de índole personal. Su propio horror a la soledad, a la excepcionalidad, a la angustia indecible de ser lo otro dentro, de algún modo, del Hay, puede llegar al extremo de hacerle olvidar su condición y lograr su acomodo tranquilo en el interior de la totalidad. Pero el anhelo central, el tono afectivo básico de la humanidad del hombre, será en todo caso, sea o no explícito para su propio portador, la evasión, el deseo inaudito e incomprensible no de transcender hasta lo más alto o central de cuanto hay, sino de ex-cender, de saltar fuera hacia ningún fuera: de no haber nacido ahora que ya se ha nacido, o de una aventura todavía superior a ésa…

    La persona, la hipóstasis, es de otro modo que como se es, de otro modo que un ente, precisamente debido a que no puede pertenecer sin íntima protesta al hay, al esenciarse del ser de todos los entes.

    No es que la persona pertenezca a otro mundo y haya decaído hasta este; más bien sucede que la bíblica bondad de la creación está sellada, en su culmen, por alguien para quien sólo debe ser trono de su acción, campo de su trabajo y territorio de la libertad. Toda persona nace en la condición peregrina del amor que describió Platón, o sea, como la inquietud del mundo por la eternidad, como una sed inagotable de alteración, de alteridad, de otredad. En el fondo, sólo se puede reprochar a la determinación platónica del ser del hombre no haber sabido descubrir la radical ex-cendencia o evasión, sin resto de cobardía o irresponsabilidad o irrealismo, que lo marca, hasta el extremo de que ni siquiera esté del todo justificado hablar de ser para esta criatura –como tampoco lo estará trasladar ese título tradicional al Creador o al proceso mismo de creación–. La causalidad intraóntica no constituye ninguna explicación inteligible de las relaciones interpersonales, así como sólo la ética es, si se permite la expresión, la ontología de lo personal.

    Por esto mismo, las características de la existencia o ex-cendencia de la hipóstasis no tienen descripción que no sea en términos de una situación de mitzvá o, como se dice castizamente, mandamiento. La misma noción de la posibilidad existencial, como las ideas de alternativa, salto, paso entre estadios, no son ontológicas sino éticas, aunque ya la palabra ethos sugiera un exceso de resonancias ontológicas. Incluso la temporalidad y su temporización –Heidegger es el objeto que desconstruir por excelencia– han de comprenderse desde el fenómeno de la alteridad y el enigma del Bien eterno.

    De modo que el principal reproche precisamente ético que se ha de hacer a Levinas es el nulo coste moral que atribuye al acogimiento de la revelación divina o, si se quiere, a la entrada efectiva del hombre en un estadio existencial más alto que el que denominó Kierkegaard meramente estético. Sobre el modelo de la donación repentina, pura gracia incoercible, de la Torá, es como piensa Levinas la donación para la hipóstasis de la alteridad interhumana, y algunos penamos que, en este caso señaladísimo, el drama moral de una persona es todavía algunas vueltas más complicado que como Levinas nos lo describe.

    En estos asuntos, la voz de Cohen llega al texto de Levinas matizada por la interpretación de Rosenzweig, de quien ciertamente es deudor, desde la época de De la Existencia al Existente, en tanta medida como reconoció, de una vez por todas, en el prólogo a Totalidad e Infinito.

    § 5 La confianza en la vida múltiple

    Fue Rosenzweig –la mención ya quedó antes recogida– quien universalizó por completo la situación dialógica del Cantar de Cantares y, con ello, el mismo concepto bíblico de revelación. No hay realmente humanidad que no viva en la luz brillante del gran día del Señor, o sea, con el mundo y los demás y Dios mismo entregados a él en la luz primordial de la misma existencia. La comprensión original de todas las realidades las mantiene separadas (Dios, Hombre, Mundo) de modo análogo a como conviene recuperarlas ahora, en la época final de la filosofía, después de que Hegel haya procedido a rematar la tarea milenaria de ésta, para dejar que todos descubran de qué modo circular ha hurtado la filosofía el bulto al problema por cuya fuerza trágica nació. La espera de que podría curar ese pensamiento la herida de la existencia, la schellinguiana desdicha de existir, termina en el momento en que es patente que la filosofía no puede dar ya un paso más. La promesa que siguió prometiendo una generación tras otra, desde Jonia a la universidad de Jena contemporánea de la campaña napoleónica, no se ha cumplido. El ciclo se cierra, más bien, echando sal en la misma llaga que se decía estar cerrando poco a poco. Y las realidades pre-filosóficas emergen ahora de nuevo, como meta-filosóficas.

    La ambición sistemática de Rosenzweig no era menor que las de sus inspiradores, los maestros de la generación de 1800 (y los de la generación neokantiana de 1880). Lo que la vieja filosofía no ha sabido alterar, lo ha movido, sin embargo, mientras tanto, la historia misma, fundamentalmente la historia de las religiones y las artes (no puedo dejar de observar, al paso, la alergia, permítaseme esta expresión por ahora, de Rosenzweig respecto del socialismo de su íntimo colaborador, Buber). Si se quiere leer el libro de la evolución real de los problemas humanos, debe tomarse entre las manos estas historias, porque incluso sólo como un episodio desviado a partir de cierto instante de su desarrollo es como cabe entender con más hondura la realidad del modo de pensamiento llamado filosofía. (Tampoco puedo evitar mencionar cuánto recuerdan a la relación entre fálsafa y kâlam, en los siglos de oro de la cultura islámica, pero muy especialmente en Algazel y Haleví, estas ideas de Rosenzweig acerca de la cultura y la historia. Nada más natural que la cada vez más plenamente asumida imitación suya personal del destino del poeta judío medieval.)

    Pero ¿cuál es la diferencia que separa más claramente a la filosofía vieja del nuevo pensamiento, o sea, del más antiguo y que ahora florece, según la historia real de la cultura, en aquellos fenómenos que, al modo de Hegel, trata sólo de conceptuar, jamás de suscitar, la pluma de Rosenzweig moviéndose en las trincheras y los hospitales de campaña del frente del Este desde 1916? No otra que la distancia entre las nociones filosófica y religiosa, o sea, objetivista y existencial, de la eternidad y, si se quiere decir en palabra menos especulativa, del punto de fuga del anhelo metafísico humano: del objeto auténtico de la esperanza –que al mismo tiempo es el contraobjeto del espanto más profundo–.

    Y es que siempre es el hombre un ser terrenal e histórico, enredado en un laberinto de cuidados dedicados al mundo y a las personas y a lo divino, que permanece a la luz difícil de la muerte. La muerte trata de enseñar al hombre que la verdad última de todas las cosas es la forma impersonal de ser, como si el cadáver fuera la mariposa de la humana crisálida. Y caben dos clases de respuestas al enigma de la existencia: una requiere paciencia y la otra es impaciencia pura.

    Esta segunda hace el gesto inútil, soñador, vanamente utópico, de detener, porque ella así lo quiere, la existencia, para exigirle ya mismo, aquí mismo, sus credenciales y sus secretos, antes de continuar danzando en ella la danza de la muerte.

    La primera forma de respuesta acepta que la vida del hombre es constante precariedad, vida en el enigma, búsqueda de sentido sobre la base de roca de la confianza en que la vida misma es la maestra, no el propio hombre que quiere pararla y sacar de su chistera las contestaciones, olvidándose de que sólo si a sabiendas las ha escondido allí primero podrá luego hallarlas.

    La historia de la existencia personal, en el marco de la historia universal, es la trama divina entre las realidades pre-históricas que son el hombre, el mundo y Dios. La máxima fidelidad a todo cuanto de verdad es fenómeno en esta trama, equivale a la más alta forma de existencia y, al tiempo, de pensamiento. Resulta inútil e incluso pernicioso un –ismo cualquiera aplicado a las variantes del pensamiento así entendido. Y entre tales –ismos falaces están las mismas palabras religión o teología o pensamiento, por no referirnos, desde luego, a budismo, cristianismo y judaísmo, paralelos a idealismo, empirismo y criticismo. No hay sino la nuda vida humana, en medio de un paisaje ninguno de cuyos detalles vivos ha de ser negado; sólo que el hombre cae continuamente en la tentación de reducir, en la tentación, jugando un poco con la palabra, del reduccionismo. La vida del hombre es ser simultáneamente en el mundo, entre los hombres y ante Dios. Recortar lados a esta pluralidad, dedicar el esfuerzo a alguna forma del monismo o del dualismo, es malograr las fuerzas de lucidez que se nos han dado.

    Pero la lucha por ver en toda su riqueza el paisaje en torno al viaje de la vida no debe presuponer ni siquiera que todas las épocas históricas obedecen a la misma estructura y se abren a las mismas noticias. Hay, precisamente, que dejar abierta la noción de posibles épocas, de posibles eones globales, en correspondencia con los eones que experimentamos en nuestra existencia personal. Así es como debe recogerse la herencia del concepto de filosofía positiva que elaboró el viejo Schelling, el cual es, de hecho, la aurora histórica del nuevo pensamiento, porque sin las ideas de las divinas potencias primordiales y sus inversiones no se deja pensar este realismo de cuño muy original al que Rosenzweig dedicó sus energías de hombre en trance de lenta muerte, a lo largo de los quince años últimos de su vida.

    Hay un modo de pensar que ahoga en la falsa eternidad todas las diferencias, o sea, el tiempo mismo, la separación y peculiar conjunción del mundo, del hombre y Dios, los dramas de la existencia y la ciencia y la creencia. El miedo paralizante a existir sin tener en la mano, gracias a la evidencia, los resortes del poder sobre la vida, es la partera, y no Sócrates, de esta eternidad del monismo –ya sea monismo del mundo, de Dios o del hombre– que ha sido sucesivamente la historia de la filosofía.

    Y hay otro modo de pensar, que es, de entrada, pensar con, en y desde la lengua materna e histórica –que ya es difícil de no reducir a una sola de sus dimensiones, dado que hay que aceptarla, asimilarla y usarla en toda la riqueza de su contexto que hoy llamaríamos pragmático, y ésa es obra del más fino espíritu de finura que nos cabe–. Aquí la cuestión espinosa consiste en no eludir los espinos, por más peligrosos que sean; no vaya a ser que la exigencia de sentido que es la vida que grita su no a la muerte, vaya a apagársenos entre las manos por la indiscreción, o sea, por el miedo, de cualquier cortocircuito intelectual, que en este dominio es cualquier religión particular (judaísmo y cristianismo no son religiones, podría decirse –pero Rosenzweig desdeña la palabra misma–, sino las dos modalidades de la existencia lúcida y paciente, que nunca alcanza, como en la fábula de Lessing, la posesión de la verdad eterna, justamente porque la eternidad no entra invasoramente, como cuerpo extraño, en la historia, ni siquiera para declararla el velo de Maya).

    La eternidad de las promesas auténticas va en correlación con pensar que, en efecto, cada hombre porta en sí tanto sentido a cada momento como para estar maduro en todos ellos si es que Dios quiere ya juzgarlo. La eternidad real es el porvenir siempre viniendo, del que no está en nuestro poder adelantar o retrasar la llegada. No es el futuro histórico el juez del sentido de cada realidad individual; sino que cada una de ellas, cada uno de los hombres, está completo o manco en su sentido por sí mismo y sólo según viva la serie dramática, la trama de sus relaciones múltiples con las demás realidades. El hombre no está hecho para disolverse ni en el mundo ni en Dios, de la misma manera que ninguno de estos otros dos polos de la realidad está hecho para una disolución semejante en alguno de los demás. Los tres viven, cada uno en su forma, desde la creación a la redención, como denomina el realismo bíblico al comienzo de antes de todo comienzo temporal y al final de después de todo fin temporal.

    De aquí que tampoco sea posible conformarse con sostener que el hombre aspira a la misma humanidad que ahora ya tiene. Tal cosa sería olvidarse de que queda mucho futuro, mucho futuro futuro, a la trama trazada entre un hombre y los demás seres, uno de los cuales es el Dios de cuya mano debemos volver a aprender siempre cómo ir andando en paz infantil por el Jardín que más bien nos parece Exilio.

    * * *

    Es extraño que el mensaje común del peculiar personalismo de todos estos discípulos de Hermann Cohen nos sepa, ante todo, si se permite palabra tan ajena a la filosofía, a optimismo hiperbólico, justamente cuando la primera razón del interés por ellos será, casi siempre y con toda justicia, la necesidad saludable de escuchar las voces de los testigos de la Catástrofe.

    Creo, sin embargo, que el pensamiento capital de que la humanidad del hombre se apoya en cierta alianza inmemorial que quiso pactar con ella el Bien perfecto, no ha surtido en estos autores efectos de deslumbramiento que tiendan a borrar los perfiles terribles del mal. Para todos ellos vale la palabra de Cohen: Anatema sea la desesperación política.

    Texto publicado en págs. 47-66 de Religión y Persona (ponencia en las Jornadas de Diálogo Filosófico, 2005).

  • Confortar al leproso

    Confortar al leproso

    La filosofía desaparece. La cultura pretende un ingenuismo imposible, como suprimiéndose a sí misma. Las sociedades de economía avanzada ensayan un estilo de vida en el que es frecuente que el único sobreentendido sea romper con todos los que históricamente configuraron el mundo hasta las terribles tragedias de las que está sobrado el último siglo. De modos que a veces son conscientes y con más frecuencia no llegan a serlo, se rechaza hoy toda presunta sabiduría del pasado como necesariamente conducente a un paisaje de campos de exterminio, ciudades arrasadas por bombas de poder ilimitado, playas inundadas de basuras que no se degradarán biológicamente por sí solas, calles en las que yacen los nuevos esclavos. Si se nos ofreciera vida en el planeta Marte, inmediatamente la aceptaríamos; mientras no hay posibilidad de un cambio tan completo, huimos de todo lo conocido hacia los ashram de la India, las logias teosóficas o las iglesias de la cienciología.

    Si hubiera demostración de que el pensamiento es el causante principal del estado contemporáneo de las cosas, salvaríamos quizá un par de sus productos derivados (la ciencia económica, la medicina, la ingeniería) y condenaríamos las raíces espirituales de todo lo demás. Estaríamos obligados a hacerlo, aunque no tuviéramos idea de a dónde nos llevaría semejante renuncia. Y es muy probable que la carga de la mala conciencia, la certeza de no haber discriminado cuidadosamente los orígenes radicales de la barbarie moderna, actúe con eficacia en el trasfondo de muchas actitudes que, de otra manera, serían incomprensibles.

    Recordemos sólo dos acontecimientos que caracterizan la peor zona de sombra de la modernidad –y que por sí solos son capaces de hacernos aborrecer hasta las prácticas científicas y técnicas que acabo de catalogar de salvables dentro del posible naufragio general de la cultura–. Considérese la contribución básica que ha aportado a la riqueza de nuestro mundo actual la esclavización de los africanos llevados a América. Sin esta mano de obra infinitamente barata y abundante, quizá habría sido imposible asentar los cimientos del capitalismo avanzado. Gentes cuya condición humana plena era puesta en tela de juicio por los hombres cultos del mundo aún cristiano –o, al menos, teísta ilustrado–, precisamente porque defendían el recinto bien cerrado de la humanidad de la que formaban parte. La mera situación de nacimiento de todos esos hombres era ya suficiente para que se los considerara destinados providencialmente a la ruptura violenta de todos sus vínculos familiares y culturales; su único horizonte, su único significado digno, era el de instrumentos puros del trabajo agotador o víctimas de lo que exigía el bienestar de las sociedades realmente desarrolladas de la cristiandad (o del islam, que había iniciado esta práctica monstruosa siglos antes que los europeos). ¿Se encuentran auténticas voces de protesta en la filosofía y la teología de los siglos barrocos? ¿Podemos olvidar que la misma caridad de Las Casas recomendaba esta política para la salvación de los indígenas americanos? ¿Hubo suficientes controversias jurídicas y antropológicas contemporáneas a aquellos crímenes, como al menos las hubo en la Escuela de Salamanca cuando se planteó la legitimidad de la conquista de las Indias Occidentales sin casus belli ninguno?

    Por más que reconozcamos que los desniveles históricos producen graves ilusiones de interpretación, el silencio solemne de los poetas y los santos nos abruma. Cualquier mínimo asomo de compasión y de inteligencia que hallamos en ellos lo anotamos y celebramos como un consuelo que pedíamos a gritos.

    El segundo ejemplo es la Catástrofe vivida por los judíos (mejor dicho, por quienes el nazismo consideró y, en muchos casos, hizo judíos). Como en este asunto se ha insistido mucho, es cada vez más frecuente que se cierren los oídos a lo que tiene de único y que se alegue que la política de Israel y de los lobbies judíos en los círculos de mayor poder de Occidente, habiendo nacido aquel Estado directamente a consecuencia de la Catástrofe, exige callar de una vez sobre esta cuestión o revolverla contra quienes la usan con repugnante hipocresía para hacer invulnerables a la crítica ciertas prácticas crueles. Pero el hecho es que no se había conocido aún la condena a muerte de todo un gran grupo humano hiciera lo que hiciera. Sin posibilidad de rendición ni huida, sin posibilidad de traición; sin que la pertenencia a la multitud de los reos la determinara más cosa que haber tenido un abuelo judío; sin que el delito prescribiera nunca. La misma imaginación de gentes perseguidas por más de mil años no fue capaz de admitir una posibilidad así, ni siquiera cuando ya estaba en vías de realización desde hacía tiempo –como fue el caso de los deportados húngaros en 1944–. Una persecución de estas características no es un genocidio sencillamente. Por fortuna, tampoco se ha repetido todavía, aunque el odio a las víctimas de los nazis revive de vez en cuando en formas demasiado parecidas a las de los años 30 y 40 del siglo XX. La ideología de la que se deduce un crimen de esta naturaleza no sólo rebaja a una parte del género humano a la condición de subhombres: en realidad, los trata como a bichos y se complace, por ello mismo, en ensayar métodos que los obliguen, antes de morir, a degradarse a sí mismos, a confesar que son la clase de alimañas que ha decidido el torturador que son realmente.

    Cuando se rechaza el pensamiento de que quepa en el corazón humano la perversidad diabólica, o sea, la voluntad y el gozo de hacer el mal tan sólo por el mal mismo, rememorar estos hechos de extrema vergüenza es la piedra de toque. Por lo menos, ellos obligan a dejar en suspenso la consoladora teoría de que sea imposible la maldad en estado puro.

    La perversidad de los males nuevos del siglo pasado que se prolongan en éste debe denominarse, en proximidad con el derecho internacional que se empieza a elaborar, el crimen contra la humanidad: el condenado no lo es sino por ser, por ser el que es; y la condena es al exterminio. En casos algo menos extremos, pero de consecuencias enteramente semejantes, se trata de la violencia absoluta ejercida no ya contra una clase entera de seres humanos sino con una subclase de ellos. Los armenios exterminados en el Imperio Otomano a principios del siglo XX eran sólo los que estorbaban físicamente los proyectos de limpieza étnica y religiosa de una parte importante de territorio, no todos los del mundo en absoluto; y lo mismo se puede decir de cuantos grupos humanos son eliminados por completo a no ser que se exilien o satisfagan unas condiciones de supervivencia que en realidad los transforman en algo absolutamente distinto.

    En la actualidad, el desvío de recursos o su mera retención rentista provoca miseria catastrófica en una porción insufriblemente grande de la población del planeta, que en realidad no tiene escape alguno mientras los dispositivos legales, movidos quizá por una revolución moral de muy complicada gestación, no prohíban definitivamente estas formas de guerra de crueldad infinita.

    Ya antes de 1930, sólo como consecuencia de la Gran Guerra, Franz Rosenzweig había comprendido que la que él llamaba vieja filosofía (el idealismo, el materialismo y, en definitiva, todos los -ismos, que siempre reducen la riqueza de lo real a un único principio explicativo y, por lo mismo, empobrecen, cercenan lo que de verdad existe; y esta operación no sale gratis) no consistía sino en un “humo azul” que intentaba en vano distraer a los mortales de sus angustias y sus deseos esenciales convenciéndolos de que el terreno de lo inmediato existencial, donde el dolor y el gozo se dan en plenitud, debía siempre ser dejado atrás, en beneficio del pensar puro, para el cual sólo existe lo intemporal o sólo existen los elementos que postulan las ciencias matemáticas de la naturaleza.

    Su discípulo discrepante Emil Fackenheim llegó, en cambio, a decir que, puesto que en medio del ascenso absoluto de la barbarie había habido resistentes que se rebelaron (y murieron) en nombre de ciertos sectores de esa “vieja filosofía”, este hecho la redimía a ella misma parcialmente, incluso si el resto de la descripción de Rosenzweig era fiel a la verdad, e incluso si otros habían ejecutado y dirigido el crimen amparándose con algún grado de sinceridad en esos mismos pensamientos que a los héroes les sirvieron de aliento en su martirio.

    Es una situación paradójica, pero que en cierto modo vive la humanidad desde el pasado más remoto: puesto que lo que creemos saber sobre las cosas y las personas y lo divino es la base de nuestra acción, si comprendemos que dañaremos inevitablemente todo, y también a nosotros mismos, como no sea que nos preocupemos activamente por la verdad comprobada personalmente de nuestras actitudes más hondas y más determinantes, no se entiende que la humanidad no practique un fuerte ejercicio de búsqueda de la verdad, de aventura personal y abierta con la verdad. Ningún hombre tiene derecho a vivir sin examen su vida, sea cual sea su situación, si desea la dicha y la bondad, si simplemente desea combatir el mal que por todos lados, quizá, lo aprieta; pero es difícil reprimir la idea de que en realidad se constata que apenas nadie decide salir de la impersonalidad y la uniformidad de las opiniones recibidas y mostrencas para lograr otras mejores y que se adecuan mejor a la lucha por el bien, ampliamente entendido, al que ve referida su vida.

    No se puede poner seriamente en duda que la ciencia en la Modernidad es un instrumento de extraordinaria potencia para combatir males gravísimos de la existencia humana. Descubrir los mecanismos de acuerdo con los cuales vive y se desarrolla la naturaleza es, como decía Francis Bacon, un modo de obediencia y atención a la realidad que es el único que garantiza el éxito que el hombre obtiene cuando invierte su actitud respecto del mundo y pasa a exigirle obediencia. El detalle de la cura de la enfermedad, la rapidez y la seguridad en los viajes, la multiplicación de la fecundidad de las fuentes principales de recursos para el consumo, son los aspectos más destacados de este progreso, con el que soñaron ya los primeros filósofos de Grecia. Localizaron ellos el mal en la ignorancia de las normas inflexibles que a la naturaleza le tiene dictadas su principio dominante. Identificaron a éste con algo absolutamente distinto de una arbitrariedad siempre temible; cerraron así el paso a los procedimientos mágicos y rituales de dominio sobre lo amenazador, y consolaron relativamente a la humanidad forzándola a que aceptara la necesidad de los hechos mientras no era todavía posible predecir y, menos, enmendar, la marcha de las cosas naturales. Al menos, perder terror a los ataques repentinos y absurdos de las divinidades parecía a aquellos filósofos cuestión de primera magnitud en el logro de una cierta estabilidad, de la seguridad, incluso, en nuestra existencia.

    La fragilidad de este consuelo se comprueba atendiendo a las explosiones de superstición que han acompañado siempre a los momentos de mayor expansión de las ciencias particulares, tanto en la Antigüedad como ahora. Una lectura preciosa que me atrevo a recomendar como una receta muy hermosa y clara para el conocimiento de estos aspectos tenebrosos del alma humana es, por ejemplo, la de los amplios textos del padre Benito Feijoo, en el siglo de las Luces, analizando una a una las caras de lo irracional que afloraban por todos lados justamente en ese instante histórico. Si se comparan, por ejemplo, con las reiteradas pruebas medievales de la inanidad de la astrología –fundadas en los ataques de san Agustín, que fue primero astrólogo expertísimo–, una cierta tristeza sobre la dificultad terrible con la que los avances morales se abren paso será, creo, del todo inevitable.

    Pero la ciencia ha ido adentrándose en lo que Edmund Husserl se atrevió a llamar una gran crisis, que no afecta ya tanto a que parte de su material conceptual esté poco aclarado racionalmente, como sucedió, sin duda, a principios del siglo XX, sino a que el atractivo de lo pragmático ha creado la tendencia a interpretar que la verdad sobre lo real no puede ser otra que la obtenida en las ciencias particulares.

    En realidad, esta tesis es tan sólo una interpretación extracientífica de la ciencia: una filosofía de la ciencia que dice precisamente, engañándose a sí misma, que ninguna ciencia necesita interpretación filosófica alguna.

    Si la ciencia particular se deja atraer excesivamente por las metas pragmáticas, corre el riesgo de abandonar la base misma de su sentido: el conocimiento preciso, en la plena concreción de su sentido, de cada sector o región de la realidad. Pero el verdadero peligro no está tanto en esta que denomina Heidegger falta de pensamiento en la ciencia misma como tal, sino en la actitud de reverencia sin reservas que adoptan muchas veces respecto de las ciencias tanto el hombre de la calle como el especialista. Cuando éste recapacita en las debilidades siempre inherentes a la fundamentación epistemológica de sus resultados, puede ser incluso un escéptico, un relativista al estilo de Feyerabend; pero cuando se inhibe de tales reflexiones que no conciernen al lado pragmático y muy fecundo de su actividad, lo más frecuente es que adopte la actitud de quien ni siquiera concibe que la filosofía, ese saber que él tiene por impreciso e infinitamente problemático, tenga algún papel ni grande ni pequeño en la mediación hermenéutica entre las tesis tecnológicas y técnicas de la ciencia y la conducción y la interpretación de su vida y de la historia. Estará entonces erigiendo al conjunto enciclopédico de las ciencias particulares en la filosofía primera, en la metafísica.

    Un par de ejemplos servirá para entender mejor que esta desconexión de la filosofía ni es posible ni es deseable. El primero lo tomo del texto completo quizá más antiguo de toda la literatura filosófica de Occidente: Hipias Menor, el breve diálogo platónico en el que se presenta al hombre que lo sabe todo y se analiza si este saber monstruoso será, en efecto, la clave para tapar enteramente la presencia del mal en el mundo. Como el saber capacita para hacer mejor que nadie una cosa y también, desde luego, para hacerla peor que nadie, el mal técnica y pérfidamente perfecto sólo lo podrá cometer el que sabe y precisamente en el momento en que pone en acto su saber.

    El segundo ejemplo lo tomo de las clases de Sofística y Retórica que Juan de Mairena, un complejo pensador andaluz que se inventó como alter ego el poeta Antonio Machado, impartía a los chicos de un pueblo. Se refería a cómo es indudable que la vida moral está basada, en su mayor parte, en el precepto del amor y el cuidado del prójimo. Una vez bien asentada esta premisa y comprobado que, en efecto, casi todos los deberes que tenemos se refieren a los demás, Juan de Mairena interrumpía bruscamente el hilo de sus reflexiones y pedía a sus alumnos que le demostraran científicamente, por favor, que existía siquiera un prójimo; porque es evidente –concluía– que sólo tendremos el deber de amar a aquel que sea científicamente cierto que exista junto a nosotros.

    De aquí que haya sido posible, como un complemento subversivo de esta hermosa ingenuidad de que la ciencia natural salvará al hombre del mal, toda una corriente histórica constante de pensadores del egoísmo, la soledad radical del ser humano y el pesimismo respecto de cualquier mejora sustancial de lo que de verdad resulta ser situación existencial nuestra. Estos pensadores que sabotean el carácter primordial de la ciencia localizan el mal, el peligro, precisamente en el prójimo, porque sólo de su reconocimiento se puede vivir. Aquel que no lo obtenga de nadie en absoluto, caerá fuera de los márgenes de la vida social: rechazado por todos, insignificante, marginal, indefenso frente a todos los ataques –aun los más salvajes, que el Gorgias platónico concentra en que se le dé a alguien inerme el vergonzoso suplicio de la cruz, sello y culmen del desprecio y la desgracia–, se convertirá en el desdichado absoluto, en la figura que más debe temerse para uno mismo. La vida es invisible, pues, sin seducción, y da igual que haya buen o mal fundamento o ninguno en absoluto, para esta seducción que hace que quienes nos están cerca sirvan nuestras finalidades tan a gusto como si fueran las de ellos mismos.

    La alternativa es o bien tratar de reducir artera y subrepticiamente a los demás cercanos a la condición de meros medios para mí, el único fin que reconozco, o estar en el contacto interhumano con la conciencia alerta de que cada uno, como yo mismo, somos de derecho fines, fines últimos incluso, o sea, realidades que de ninguna manera se deben rebajar al nivel de medios para otros fines, es decir, para los fines de otro u otros. En la primera rama de la alternativa, el imperativo que de verdad se desprendería de la naturaleza del ser humano dice: Ten tantos deseos como pueda admitirlos tu naturaleza y procúrate todos los recursos necesarios para satisfacerlos. Pascal, que contemplaba en este endiosamiento del yo que centra el universo en torno de sí la verdad de la terrible condición caída del hombre, no podía describir al individuo antes de ser alcanzado y casi fulminado por la gracia más que como una punta de lanza o flecha siempre dirigida contra los otros: le moi est haïssable, el yo es odioso; y todos lo sabemos, pero, naturalmente, hemos todos decidido disimularlo, para darnos la satisfacción ambigua de la vida social, que es también una necesidad, a fin de cuentas. De aquí que este pesimista no pueda concebir la sustancia de la vida intersubjetiva sino como hipocresía: las puntas de espada de nuestras almas se tapan, como en la esgrima deportiva, con una goma, salvo que el duelo se presente de pronto en toda su realidad. Y Hobbes, se recordará, veía la única salvación de nuestro género en que nos decidamos todos, calculando cuál es nuestra auténtica conveniencia, a conceder el uso de la violencia sólo a uno, sólo al soberano –casi un dios, en todo caso, un monstruo–, por más duras que esta renuncia y sus consecuencias puedan sernos.

    La segunda alternativa, la socrática y kantiana, que reconoce la intangibilidad santa de las personas, nos pone ya en contacto con la tercera y decisiva concepción del mal, el dolor y el pensamiento, según la cual no es el peor de los males el que se me hace sino el que hago y me hago; no es el mal pleno el que me asalta sino el que introduzco yo con una asombrosa perversidad que se disfraza de ignorancia, pero que ya Sócrates identificó como ignorancia culpable y responsable.

    Para que el encanto de lo sagrado salvaje no hunda a los restos de la humanidad en una horrenda edad oscura que parece haber ya empezado en los márgenes de las grandes ciudades, es preciso rescatar por esta vía la especificad de lo santo. Lo santo comienza allí donde una conciencia descubre con perfecta certeza que hay acciones que no deben llevarse a cabo aunque el precio sea la muerte, y que hay otras que vienen exigidas por el bien aunque también su precio sea la marginación absoluta o, en definitiva, la forma contemporánea de la cruz.

    La religión vivida esquematiza racionalmente, como escribía Rudolf Otto, la experiencia del Misterio inobjetivo, presente en el centro de la persona y de cada cosa –y de la historia del mundo–. El Misterio tremendo y fascinante exige ser pensado, y la primera idea esencial que logramos sobre él es la de su santa justicia que llega a los límites locos del amor puro, absoluto.

    (2008)