Entrevista en Radio Sefarad, en el programa «Sefer: de libros y autores», en la que abordo los principales temas del libro “Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera” del rabino Jonathan Sacks, cuyo prólogo ha quedado publicado en una entrada anterior.
Categoría: Reflexiones
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Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»
Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera, del rabino lord Jonathan Sacks, (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).
What we have loved,
Others will love, and we will teach them how.A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.
Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.
Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.
El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.
La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.
La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.
Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.
Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.
La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.
Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.
Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.
Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.
Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.
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Una entrevista sobre literatura espiritual
Encuesta publicada en el número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.
1. ¿Cuáles han sido sus principales reflexiones sobre la experiencia espiritual en los últimos años?
He pasado mi vida concentrado en este asunto. No puedo hablar, pues, de ninguna modificación real justo y solo en los últimos años. En todo caso, la muerte de Juan Martín Velasco me dejó sin mi maestro, sin una fuente de inspiración y de consulta o control que hacía veinte años que me estaba cercanísima. Y Juan señalaba indefectiblemente hacia los clásicos, en especial, a los místicos españoles del siglo XVI. En comparación con ellos, el presente aparecía como cosa liviana y más de aparato y sobra de palabras que de sustancia. Siempre prefiero a los grandes teólogos y los grandes metafísicos, que no a los escritores espirituales que hacen cierto ruido en el mundo de hoy. Jaspers, Jüngel, Barth, De Lubac… Viven hoy Jean-Yves Lacoste, Emmanuel Falque. Hace muy poco murió el extraordinario pensador Jean-Louis Chrétien.
Por su novedad, los pensadores de la ortodoxia (Olivier Clément, Ioannis Zizioulas) y del judaísmo (Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig) aportan mucho. Los primeros, en el sentido de hacer ver la creación entera sobreelevada a un plano metafísico nuevo por la resurrección de Cristo. La edad del Espíritu se manifiesta como las primicias, ya experimentables, de lo escatológico. Y en cuanto a los grandes pensadores judíos, transforman el panorama de la acción con su captación de la alteridad radical del otro en la misma vida cotidiana. Gracias al otro, los mandamientos están encarnados constantemente en el paso de un tiempo lleno de acontecimientos de revelación, de profecías, de promesas.
2. ¿Cree que la acentuada presencia del ensayo espiritual en el panorama editorial del siglo XXI tiene relación con las condiciones históricas y sociales de este tiempo concreto?
He escrito en varias oportunidades que una historia que tiene que vérselas con la Shoá, la reiteración de los exterminios, la degradación de la naturaleza y la presencia de armas de destrucción total, además de con el fracaso criminal de las ideologías que se entendieron como liberadoras, no solo hace del siglo pasado el “cementerio del futuro”, sino que deja a los seres humanos el sabor desastroso —en gran parte injusto, pero en buena parte justo— del fracaso de los pilares de la civilización de Occidente y, por tanto, a la espera de dioses nuevos. Estos dioses se ha aceptado de modo bastante general que podían acercársenos desde el Lejano Oriente, aparentemente no contaminado ni cancelado por la sangrienta catástrofe de nuestras tradiciones. De ahí la amplitud con la que las técnicas y las ideas de las religiones de origen indio se han introducido en nuestro panorama. Hay ya reacciones judías y cristianas no eclécticas, pero en general creo que puede decirse que la ansiedad por tener una espiritualidad nueva, presuntamente inocente, es lo que está en las bases de que, en efecto, se haya acentuado la presencia de los llamados ensayos espirituales. Los cuales tienen habitualmente un nivel superior en Francia (por ejemplo, el joven Rémi-Michel Marin-Lamellet) y en Italia (en especial, Giuseppe Forlai) que entre nosotros, debo decir, salvando la gran excepción de las traducciones en Ediciones Sígueme de los maestros del Cercano Oriente antiguo y la Edad Media latina.
3. Escoja un párrafo de su libro y coméntelo libremente.
Si no queremos terminar, porque no podemos quererlo, pero tampoco queremos seguir para siempre así, porque tampoco podemos quererlo, ¿qué es entonces lo que queremos? ¿Qué es lo que calmaría la sed de nuestra existencia —tierra reseca que grita su necesidad de agua—? Porque —y éste es el otro aspecto esencial de nuestra experiencia ontológica— el caso es que nosotros andamos toda la vida queriendo, toda la vida inquietos y buscando, por más que nos sepamos encerrados en este dilema tremendo.
No podemos querer la absoluta extinción de nosotros mismos, ni siquiera cuando nos hallamos en el fondo de la desesperación. En la más triste canción popular española se dice de pronto: «No quiero, si desaparezco, que nadie recuerde quién fui». Una imagen engañosa pero naturalísima de la paz del desesperado… Pero tampoco podemos querer que la forma actual que tiene nuestra vida dure para siempre. Menos mal que tenemos que morirnos, aunque jamás, como decía Unamuno, nos dé la gana de morirnos. Y tras la muerte esperamos lo que no cabe esperar: lo que no se imagina ni apenas se piensa, lo que no se ha visto, oído ni tocado; lo que ni siquiera constituye el anhelo más profundo y sincero del más puro corazón humano. Vida, sí, pero tan nueva que no tenga ya muerte y eso no la convierta en el espanto que sería que nuestra vida de hoy no pudiera morirse. La eternidad, Dios, el Amor como ámbito en que seguir siendo yo, pero de un modo que, gracias a Dios, no puedo representarme. Gracias a Dios, porque Dios existe en la misma medida en que es el objeto de nuestra esperanza en lo inesperable. Así es Dios transcendente y actuante en el fondo de mí ya hoy. Pero tememos demasiado la consideración de la muerte, ese muy bien que Dios pronunció sobre Adán recién creado.
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El arte de Ruiz de Azúa
Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.
No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.
No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.
Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.
De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.
He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.
Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.
Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.
Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.
Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.
El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.
Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.
La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.
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Dificultad y necesidad del espíritu de finura
Las dos primeras reglas del profesor son éstas: 1) Nunca suponer que el alumno lo ignora todo; 2) Nunca dejarse llevar de las apariencias (en parte, precisamente porque suele parecer que el alumno, en efecto, lo ignora todo). Casi tan importante como las anteriores es la tercera regla: 3) Siempre pensar en clase en voz alta y mirando a los ojos a todos los oyentes. Lo que implica otra: 4) Estar siempre preparado para corregir un error, sobre todo cuando alguno de los presentes lo hace ver (pero también cuando uno mismo lo advierte al seguir pensando y hablando). Naturalmente, la propia corrección debe mostrar, cuando es posible hacerlo, que lo que no se dijo antes bien tampoco era una perfecta tontería (que demostraría que hablábamos sin pensar, y entonces, merecidamente, adiós a cualquier clase de autoridad –y a cualquier clase de autoestima–).
Hablo desde la experiencia de enseñar filosofía en la universidad (también he hecho alguna práctica breve en enseñanza media, y he dado clases de griego y de español). Pero creo que se puede extrapolar lo que digo a cualquier tipo de docencia. Hasta en matemáticas y en lenguas extranjeras es peor que temerario intentar enseñar presuponiendo una absoluta ignorancia en el alumno.
Porque se trata en realidad de tomar plenamente en serio a la persona que se tiene delante, sea de la edad que sea (lo que comporta, desde luego, una empatía a veces muy difícil por tener nosotros mismos muy perdida la memoria de nuestra infancia y nuestra adolescencia). Hay que recordar siempre que necesitamos destruir la situación que describió Chesterton en sus memorias y que con gran probabilidad encontraremos también en las nuestras a poco que rebusquemos: la escuela era inicialmente un lugar poco acogedor, donde, sobre todo, un señor que yo no conocía quería hacerme aprender cosas que yo no quería conocer. Y cuando alguien no quiere que le enseñemos lo que tenemos que enseñarle según nuestro contrato de trabajo, nos hará la vida difícil o hasta imposible, pero logrará su objetivo y hasta conseguirá que casi nadie en el aula aprenda nada, tanto si estaba predispuesto a hacerlo como si no.
Esto de tomar en serio a quien se tiene delante, que es norma fundamental de todo diálogo y todo encuentro, va de la mano con lograr que no sea simplemente al grupo entero y en masa a quien nos dirigimos, porque es cierto que ese sujeto de treinta cabezas es más bien Nadie que Todos. Por mucho que sea obvio que nos encargamos de un grupo entero, es necesario que saquemos a cada uno de ese tantas veces abstracto y acorazado nicho social: para que haya en él auténtico compañerismo, lo primero es que se aflojen mucho los vínculos de pertenencia (y dependencia) de unos con otros. Igual que en la calle o en casa, también en el aula cada uno ha de ser cada uno; y sólo cada uno, junto a otro que también se siente individuo, puede establecer una relación adecuada con el profesor y con los problemas y temas que se tratan.
Llegamos a la regla 5): Siempre empezar por la pregunta y por al menos una parte del proceso que llevó a contestarla, pero nunca por la escueta respuesta misma.
Pero conviene reparar sobre todo en la amplitud de lo que se contiene en las reglas 1) y 2).
Una persona que está en la infancia o en la primera adolescencia es alguien que, en la mayoría de los casos, ha recibido ya o está justo entonces, justo ahora, recibiendo el impacto de algunas de las experiencias más duras de toda su vida. Es posible también que esté atravesando por alguna otra de las más dulces e inolvidables que le va a estar permitidas. La escuela –tomemos esta palabra espléndida para referirnos a cualquier clase de enseñanza– tiene como primer deber ser significativa en la existencia del alumno (y en la del profesor), a ser posible a cada minuto que se pase en ella. En la escuela manda por entero el espíritu de finura, que exige intentar atender a todos los lados de la vida de todos, por más ideal y exagerado que esto suene. Fracasaremos inevitablemente, pero, por lo pronto, habremos evitado el fracaso más amargo y más profundo, que es el que se deriva, con absoluta certeza, sin fallar jamás, de la mera aplicación a nuestras clases de una especie de protocolo general, gracias al cual creemos a veces cumplir aseadamente (¡vaya palabra en este contexto!) nuestro deber, no nos inmiscuimos en la vida de nadie y ayudamos a aprender técnicas, habilidades y capacidades en un perfecto ambiente neutral, objetivo, como luego es la vida profesional… Nada de eso. No diremos una sola palabra con verdadero sentido mientras no veamos delante de nosotros a personas que en realidad ya están acuciadas por dificultades y por alegrías terriblemente profundas y serias. Nuestro trabajo consiste en mostrarles que todas las regiones de la realidad y la verdad están conectadas, pero no situadas en el mismo nivel, y que, por esto, todas guardan alguna relación con los misterios centrales de la existencia, y no sólo con sus problemas más o menos laterales.
Echemos, pues, mano de nuestra regla 2): no lo parece casi nunca; se diría que hablamos a la pared, que perdemos las horas, las fuerzas y la salud para muy poco o nada… Máximo error. Es increíblemente frecuente que una actitud que cualquiera diría que es distanciada o distraída, oculte una atención profunda. Quienes nunca nos dijeron nada personal en el tiempo en que fueron nuestros alumnos, un día nos llaman a su propia clase, pasados tantos años que nosotros no los reconocemos, porque guardan un recuerdo imborrable de algo que sucedió aquel lejano curso y que hemos olvidado. Quienes diríamos que más han seguido nuestra enseñanza tanto en sus contenidos como en lo que se refiere a la actitud que queríamos suscitar en ellos, cabe que nos sorprendan haciendo una barbaridad el día menos pensado. Lo corriente es no tener ninguna idea de quiénes han sido nuestros auténticos alumnos. Y así debe ser, porque, en el fondo, ningún hombre enseña propiamente nada a otro; o, mejor dicho –para corregir a Sócrates con un poco de Levinas–, lo que principalmente se enseña es tan sólo que hay de veras otras personas junto a ti, tan misteriosas, tan complicadas, tan llenas y tan vacías, por lo menos, como tú mismo.
Seríamos perfectamente ilusos, unos tontos redomados y, por supuesto, unos pedagogos ridículos a más no poder, si nos olvidáramos de que aquellos con los que trabajamos se enfrentan en silencio al enigma de la muerte y el valor global de la vida, al riesgo loco del primer amor, al sufrimiento terrible de la primera traición de la amistad, a la tentación de la violencia y las drogas, al peso apenas soportable de la herencia familiar, a la posibilidad excesiva de decidir el futuro profesional para siempre, a la enormidad de absorber la historia del saber y del arte para poder gozar profundamente del mundo. Pero esta seriedad tremenda que está como remansada en el fondo de cada alma joven necesita ponerse muchas máscaras. Cuanto más solo se vive –y los jóvenes viven más solos que los adultos, muchísimo más solos–, menos es posible mostrarse tal y como se es. Lo grave se ha de combinar con la payasada, de la misma manera que no cabe pensar de verdad más que si una buena dosis de humor respecto de nosotros mismos nos hace el favor de podernos observar a alguna distancia.
He aquí la regla 6): Que se aprenda con nosotros que no existe vida del espíritu cuando es el miedo quien en última instancia nos dicta lo que debemos creer. Del aula tiene que estar ausente el miedo en todas sus formas innumerables. Miedo al fracaso, por parte de alumnos y profesores; pero mucho más importante: miedo a la vida, necesidad de pensar lo que hay que pensar para no sufrir, deseo de ser un esclavo para poder bandearse por la vida sin tropiezos.
La virtud de la fortaleza es la cardinal entre las virtudes cardinales, y tengo para mí que nada sería mejor que ejercitarla y aprenderla, si es menester, en el aula, como su mejor fruto. Sea lo que sea lo que se enseñe, el espíritu de la libertad, de la franqueza, de la investigación tiene que dominar las relaciones, por asimétricas que parezca que han de ser. En realidad, un alumno debería poder recordar siempre que tuvo en sus primeros años la experiencia inolvidable de cómo abrirse a coro a la búsqueda valiente de la verdad es haber gozado, por una vez siquiera, de la paz auténtica. Una demostración bien hecha, una definición perfecta, un cuadro sinóptico que satisface toda curiosidad llenan no sólo de alegría sino incluso de fortaleza a todos los que participamos de estas maravillas que tan poco se dan fuera de las aulas y las bibliotecas.
He olvidado la regla Alfa y Omega: Que a nosotros mismos nos apasione la enseñanza, nos interese locamente lo que enseñamos y, sobre todo, nos brote con espontaneidad, en cuanto estamos en presencia del grupo nuevo de cada año, un absurdo cariño por esas personas desconocidas, con pocas ganas de conocernos, pero que guardan todas un tesoro de ansia que está destinado a saltar hasta la eternidad.Publicado en la revista Padres y Maestros, n.º 343, de 2012
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Todavía hay tardes luminosas

A estas alturas ya saben todos los lectores los datos básicos de la biografía de León XIV, este norteamericano de nacionalidad peruana, de la orden agustina y nada alineado con los aires de lo que llaman democracia iliberal y que parece triunfar –puede ser una coyuntura que no dure tanto como tememos– a ambos lados del Atlántico.
Yo escribo un momento después de haber oído la primera alocución del papa desde el balcón de San Pedro: emoción, lágrimas discretas, un cierto gesto de vértigo al estar ante un abismo de problemas, una serie de recuerdos importantes. Ante todo, el nombre escogido anuncia la profundización en los temas de justicia social y orden político, hacia el exterior pero también hacia el interior de la Iglesia católica. Luego ha habido la referencia a la gestión sinodal, que cada vez deberá más y más ser puesta en práctica, en lo que se refiere a la administración y el poder en la Iglesia. Naturalmente, esto va de la mano de las menciones al papa Francisco. En el trasfondo está el compromiso sin reservas de León XIV para combatir no ya solo los abusos sexuales sino también los de conciencia, como se ha demostrado bien recientemente en el conflicto del Sodalicio de Vida Cristiana, que ha acabado con la disolución de este grupo el mes pasado. Es este un ámbito muy delicado pero que está clamando por que se lo afronte.
El ademán humilde y tímido del papa contrasta con la firmeza de la voz que saluda al pueblo con el saludo del Cristo resucitado y reza con él un Avemaría y lo bendice. Paz, unidad, amor, acogida a todos son las palabras que han aparecido y reaparecido constantemente en la breve alocución. Las anotaciones dejaban el lugar a esta especie de letanía, que ha seguido en español recordando a las gentes de Chiclayo, la ciudad cercana al Pacífico, en el norte del Perú, donde más ha trabajado el papa. Hay ocasiones en las que una excesiva habilidad con las palabras inspira desconfianza, pero este no ha sido en absoluto el caso.
Finalmente ha comparecido en el discurso san Agustín, el gran teólogo de la interioridad y de la presencia de Dios más íntimo que lo más íntimo de cada ser humano. Todo esto es para mí señal de esperanza, y la esperanza pide ser compartida y no está dispuesta a sucumbir ante las primeras pruebas. Un matemático, especialista en Derecho Canónico –materia que espera desarrollos urgentes–, identificado con las gentes con las que su trabajo de misionero lo ha puesto en contacto: evoca la personalidad de Pablo VI, me atrevo a sentir, solo que adecuado a este tiempo ya tan distinto.
No se debe olvidar, ahora que hemos tenido que leer tantas valoraciones únicamente políticas del pontificado de Francisco que lo esencial de un papa simplemente coincide con lo que es esencial para cualquier bautizado: el seguimiento radical, valiente e inteligente de Cristo. Una vida que se asemeje a los rasgos extraordinarios de Jesús de Nazaret mientras anduvo por esta tierra y que se entregue a la esperanza absoluta de que ya ahora la resurrección de Cristo tiene transformada la raíz de la naturaleza entera y de la historia, por más que apenas sepamos ninguno ver a nuestro alrededor tal maravilla. Un cristiano, incluso si lo eligen papa, no tiene necesidad de hablar y escribir sino las palabras evangélicas. Doctrina la hay abundante, pero no hay en cambio tanta práctica de ella. Los símbolos y los gestos importan –en esto el éxito real de Francisco no se puede poner en duda–, pero no tocan siempre el fondo de la vida y de la realidad. Se espera del papa que viaje, que escriba, que predique continuamente. Tendrá que satisfacer en alguna medida prudente estas expectativas, pero la gran cuestión no va por esa ruta.
La Iglesia católica no tiene hoy la impresionante influencia social que aún tenía en el pontificado de León XIII, pero carga con la responsabilidad de purificarse –semper reformanda est– y de transmitir creíblemente al presente y al futuro su tesoro de amor y, muy en especial, de esperanza. Tiene que estar en la avanzadilla de cuanto es justo; tiene que fomentar el uso de la razón y el resto de las espléndidas capacidades de los seres humanos; tiene que confiar en que no es tan grave verse reducida a una minoría que se parezca a la levadura en la masa. Tiene poco sentido clasificar a un papa como continuista. Una cosa así sería un imposible.
La prudencia, la experiencia y la oración tendrán que ayudar al papa a evitar que las disensiones tomen el vuelo de un cisma; pero acoger realmente a todos es un programa tan cristiano como audaz. Yo espero que, por el momento, aunque sea esto más bien, justamente, un símbolo, las mujeres y los laicos de todas las proveniencias llenen los puestos de responsabilidad en el organigrama eclesiástico.
La marginación de las mujeres es, sin duda, uno de los factores que obstaculizan que se pueda realizar la misión de la Iglesia; pero esa no es la única marginación, como todos sabemos. Empecemos pensando modestamente en que se den pasos claros y rápidos para la unidad de las iglesias de Cristo.
Finalmente, no se olvide que una grandísima parte de lo que debe hacerse nos toca a todos, cristianos y no cristianos, cuando el tiempo invita –tienta– a retirarse de la acción.
Publicado en la Tribuna del diario La Razón del 12 de mayo de 2025.
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El cristianismo agonístico de Francisco y la crisis de los abusos
Ante todo, creo muy adecuado, incluso necesario, transcribir dos expresiones clave de la pluma de Francisco: La fe siempre conserva un aspecto de cruz (Evangelii Gaudium, 42) y Basta un hombre bueno para que haya esperanza (Laudato si’, 71).
No se encuentran en los textos y alocuciones de Francisco novedades doctrinales y avances teórico-teológicos. La novedad de este pontificado es el impulso decidido y constante –solo se le podría reprochar que no haya sido aún más radical y más rápido, porque las cosas urgen– a poner en práctica ejemplarmente las consecuencias cotidianas de la verdad evangélica. Lo que ha habido en Francisco es la encarnación del hecho de que el obispo de Roma es el siervo de los siervos de Cristo –lo que no cabe sino actualizando con absoluta radicalidad las actitudes esenciales de Cristo: acciones, afectos, signos–. En el terreno práctico es donde de veras se debe llevar a cabo la actividad positiva, propositiva y profética del pontífice romano, y es ahí donde descuella el modo de gobierno de Francisco. No se ama a Dios sino a través del amor de las realidades creadas y, fundamentalmente, a través del amor a las personas. No solo hay que amar al enemigo sino que no hay que responder al mal con ninguno de sus instrumentos.
Justamente éste es el punto de máximo peso en el pontificado de Francisco y el que le ha valido ataques de una ferocidad que contradice ya de entrada al Espíritu del amor divino.
Nuestro presente es tan espantosamente ambiguo y está tan sumergido en el pecado individual y el mal estructural, que dos de los aspectos más visibles de la acción de Francisco –vinculados, por cierto, entre sí– han llegado a ser la lucha contra los casos de abuso dentro del ámbito de la Iglesia y la promoción de la sinodalidad como estructura básica de la gerencia del poder en ella. El papa ha reconocido con plena claridad que la crisis suscitada por los abusos va de la mano de un sistema de ejercicio del peculiar poder eclesiástico que no previene suficientemente por sí solo contra las perversiones.
En el combate contra los abusos se empezó por el abuso sexual localizado en menores y en personas llamadas vulnerables. Así aún en la revisión del documento básico, Vos estis lux mundi, en 2023. Pero ya en su inicio reconoce muy discretamente esta carta que el abuso se extiende con terrible peligro a la conciencia y a la desviada dirección espiritual. Ha sido más difícil que haya penetrado lo bastante en la Iglesia la evidencia de que hay también abuso sexual a adultos que no caben en la noción de vulnerabilidad que se ha venido manejando. Lentamente entramos ahora en la realidad de cómo la seducción puede formularse con la distinción entre ceder y consentir, porque el consentimiento es precisamente lo que está impedido por el proceso de seducción. Del combate imprescindible contra el abuso físico se va pasando a intensificar el combate contra el abuso espiritual, sin por ello minimizar los estragos del abuso sexual. El compromiso decidido, claro y efectivo de Francisco en este terreno tiene que redundar en la toma de conciencia de la sociedad entera respecto de la espantosa abundancia de los abusos intrafamiliares de todo tipo. Es, naturalmente, un terreno de límites muchísimo más imprecisos y difíciles de definir que el de los abusos sexuales. La Iglesia cristiana tiene el deber absoluto y urgentísimo de mantener el rigor de lo que habitualmente llamamos tolerancia cero, porque es en la actualidad una parte esencial de la renovación de la gran esperanza cristiana en la liberación y la promoción integral de lo humano.
Que la confrontación con esta plaga no ha quedado en declaraciones emotivas y actos simbólicos aislados lo prueba la orden papal directa de abrir oficinas dedicadas a acoger denuncias en todas las diócesis del mundo. Ha habido enseguida, por ejemplo, en Madrid, un modo original y radicalmente cristiano de obedecer: convertir ese espacio en ámbito de acogida a las víctimas, de escucha y reparación psicológica y asesoramiento jurídico, y de formación dirigida a toda la sociedad. Y ello sin excluir la acogida a las víctimas llamadas secundarias y a los mismos abusadores, si dan el paso –muy raramente lo dan– de pedir ayuda. Estos espacios de vida cristiana herida y de cuidado interpersonal me consta –coordino el que hay desde hace cinco años en Madrid– que han estado muy cerca del corazón de Francisco. Deberán crecer mucho más por todos los rincones de la cristiandad, porque la crisis es uno de los signos de este tiempo y su lectura teológica es este tipo de acción.
Ya señalé la dificultad de que los tiempos para realizar tales cambios vayan en la realidad acordes con lo que es el ideal; pero soy testigo de la profunda seriedad con la que la inspiración del papa mueve esta reacción. Siempre vemos tibiezas, retrasos, casos mal resueltos, disimulos, gentes que parecen estar al lado de lo que intentamos pero en realidad no lo están. Francisco ha planteado sin reservas este movimiento de cristianismo real, agónico y lleno de caridad auténtica, y no depende ya de él –ni dependió nunca solo de su impulso– que llegue hasta los confines más oscuros de la complejidad de la Iglesia. El papa que acaba de morir ha dado pasos que nadie se atreverá a borrar.
Publicado en Agenda Pública el 24 de abril de 2025
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Dispositivos digitales y educación: un debate que no debería ser político
Para asuntos muy complicados y de gran importancia no están indicadas las normas tajantes, sobre todo si estas normas son prohibiciones que no llevan adjunta una fundamentación suficiente. Tal es el principio general en el que primero pensaremos. En un segundo momento, dejando a un lado si hay motivaciones políticas partidistas –ya hablar de motivaciones políticas en nuestro enrarecido ambiente es ponerse en lo peor–, claro está que defenderemos las gentes sensatas que haya una familiaridad temprana con las nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, que esto no signifique un monopolio del uso de ellas en la educación, sobre todo en lo que se refiere a las edades más tiernas y en las que toda influencia deja una huella muy profunda.
Leer y escribir son actividades diferentes cuando se usa una máquina y cuando se usan papel y lápiz. No tiene lo primero que ser necesariamente perjudicial, salvo que lo segundo simplemente se haya suprimido. El cuerpo e incluso la mente no operan en estos casos de la misma manera. En la experiencia de lectores maduros, es muy claro que un libro permite una reflexión, un volver atrás, un saltar lo superfluo que son mucho más embarazosos cuando lo que se maneja es un e-libro (e-book, mejor dicho…). Tener una letra no ya hermosa sino sencillamente legible supone un esfuerzo de cabeza, brazo e incluso del cuerpo entero que, además de las ventajas estéticas de lo bien manuscrito, rinde una suerte de armonía global de la persona que recuerda a la que siente quien está tocando un instrumento musical.
Insistir en que nadie debe ahora salir de la escuela sin haber tenido contacto con un recurso digital es una pérdida de tiempo. Pero resulta difícil sostener que el uso indiscriminado y prolongado de dispositivos electrónicos favorezca el desarrollo neuropsicológico y socioemocional en los niños; y cuanto más pequeños son, más claro podrá ser el perjuicio a muchos niveles. En los términos precisos de una amiga especialista: desde el punto de vista de la Neuropsicología, parece ser que las aplicaciones que se utilizan en los dispositivos móviles están diseñadas para generar cierta adicción, por el sistema de recompensa inmediata que ofrecen, y así interfieren en la maduración del córtex prefrontal, si el uso de estos aparatos es masivo. Esto impedirá que el niño aprenda a esperar y a controlar sus impulsos, aprenda a analizar antes de responder. Las consecuencias para el aprendizaje y la conducta están claras: impulsividad, dificultad para manejar la ansiedad cuando no hay un dispositivo a mano, menor uso de la memoria auditiva y dificultades de atención y concentración en ausencia de una retroalimentación constante.
El mundo que forma parte de mi vida es sensible, corporal, lleno de cualidades que imitan los artilugios de la llamada realidad virtual. El paso a la intimidad personal se lleva a cabo a través del cuerpo y, en especial, de sus placeres y de sus dolores y carencias.
En fin, si se abre por algún milagro un debate no político sobre esta cuestión, habrá que profundizar en el diagnóstico y la cura de los males en general de la educación básica en España.
La lentitud exagerada del aprendizaje de la lectura y del buen manejo de la comunicación oral pone unos cimientos peor que débiles para el interés que necesita tener un alumno en lo que sucede en el aula. Y ahí no es fácil ver las ventajas que los dispositivos digitales aportan. No aburrir a los niños no significa no enseñarles a activar su memoria. Un colega fue llevado ante la dirección de su centro porque su curso estaba escandalizado: ¡aquel profesor les hablaba! No les mandaba todo el rato juegos a través de la máquina. Una niña de mi pueblo, que, como ocurre tantas veces, aprendió a leer por sí sola a los cuatro años, se hartó y enseñó a leer a sus amigas para que pudieran continuar siéndolo. Un nieto mío de esa edad se duerme, por lo visto, casi a diario en el colegio: le van a enseñar cinco letras en todo el curso, y sigue en la misma aula, con los mismos pocos compañeros y el mismo educador. Un día le preguntaron cuál sería el superpoder que escogería. Respondió que la telequinesia.
Probemos a que las escaramuzas políticas no metan las garras en este delicado asunto; probemos a equilibrar la memoria, la armonía del cuerpo y el espíritu, la disciplina y la alegría del aprendizaje. Séneca escribió que cada vez que de veras aprendía algo, sentía la necesidad de salir a encontrarse con alguien para comunicárselo. Cara a cara, con el gesto y la palabra, después de haber leído con calma.
Firmo este breve texto, pero lo debo mucho más a mis amigos que a mi experiencia.
Publicado en la Tribuna del diario La Razón del 4 de abril de 2025.



