Categoría: Filosofía política

  • Juan Luis Vives y Tomás Moro

    Juan Luis Vives y Tomás Moro

    Conferencia, 27 de noviembre de 2025

    Pasamos a los erasmistas más filósofos y con mayor producción literaria. Como anuncié, son, sobre todo, respectivamente, el pedagogo y el político práctico –en quien se comprobó qué tremendo odio suscitará en general siempre un partidario real de la philosophia Christi–.

    Pero antepongo al resto de esta conferencia algunas muy verdaderas y no menos maravillosas frase de Vives en su De initiis, sectis et laudibus philosophiae (1518): “La filosofía es el don más grande y mejor que nos dieron los dioses: solo ella puede hacer perfectos a los hombres y conducirlos a vivir bien y bienaventuradamente, que es la cifra de todos los deseos… Por la filosofía nuestra vida se restituyó a su humanidad originaria… Un día solo vivido bien y con sujeción a sus preceptos debería anteponerse a toda la inmortalidad” (la cursiva es mía, desde luego).

    Moro era una docena de años mayor que Vives: nació este en el principio de 1493, cuando Moro cumplía los quince años. Invierto el orden de mi exposición en testimonio de mi amor superior al valenciano.

    El cuarto centenario de la muerte de Vives (1940) suscitó algunos trabajos sobre él en nuestro ámbito cultural, y en especial un par de trabajos de Ortega en la Argentina y una antología ligeramente comentada del trasterrado Joaquín Xiráu, en México, quizá suscitada por lo escrito por Ortega. El doctor Marañón añadió un libro que sorprende por su escaso interés, ya que la mayor parte de sus breves páginas está dedicada a cuestiones de medicina, dieta y patología. Marañón destaca que no hay hombre conocido del siglo XVI que no sufriera gota –en efecto, fue dolencia de nuestros pensadores de hoy, como de Erasmo, los reyes, papas y emperadores que se encuentran en los márgenes de nuestro relato…–. Y como Vives escribió unos maravillosos textos de vida cotidiana, que han sido mucho tiempo –y deberían seguir siendo– un método estupendo para ejercitarse en aprender latín, Marañón dispone de un muestrario muy rico sobre cómo comían, cuando podían comer, los personajes alcanzados por la gota.

    Xiráu, en cambio, proporcionó al público general una introducción al pensamiento de Vives que es en realidad una breve antología de la inmensa obra del humanista. Decía allí Xiráu que la filosofía del Renacimiento vale por las fecundas simientes que encierra, debido a que, lejos de ser un punto final se asemeja más bien a “un crisol henchido de cálidas esperanzas”. Esta última palabra se ajusta, ya vemos, mal a los sufrimientos y las decepciones, siempre en crecida, que tocaron a Erasmo y a sus discípulos, pero se corresponde en cambio bien con cuanto produjeron pese a todo.

    Xiráu se basaba en una interesante triple distinción entre humanismos. Hay, sostuvo, un humanismo italiano, esencialmente literario; otro germánico, mucho más propenso a la revuelta intelectual contra el pasado, y no solo crítico de su pretendida barbarie literaria; y otro tercero, este en el que estamos interesados nosotros, o sea, el que ahonda en la filosofía, la moral y la doctrina cristiana sin las alharacas de la herejía.

    Por cierto, Vives escribió siempre en latín; Moro escribió en latín su Utopía, pero en lengua vernácula el Diálogo sobre el consuelo en la tribulación y, desde luego, las cartas familiares desde la Torre de Londres.

    El lema escogido por Vives como enseña vital fue Sine querella. Veamos hasta qué punto cómo se trataba de la expresión de un deseo imposible.

    ¡Qué elogios encendidos dedica Vives a Valencia cuando tiene que vivir desterrado de ella, o sea, prácticamente toda su vida! Aún no hace muchos años que plumas exageradamente piadosas y chovinistas silenciaban e incluso camuflaban los orígenes familiares y las desgracias de los Vives, basándose en que hasta hace sesenta años no se tuvo constancia de la verdad. Alguna loa a Vives es sincerísima, me parece, en su rechazo de lo que hace esos pocos años no pasaba de la categoría de rumor. El meritorio traductor Lorenzo Riber, poeta mallorquín, sacerdote y miembro de la RAE, traductor de toda la obra del humanista, atendió para su negativa a hacerse eco del rumor a la verdad palmaria de las fuertes críticas de Vives al judaísmo y la intensidad cristiana de sus múltiples textos morales, filosóficos y apologéticos. Pero ahora ya no caben dudas: los Vives no solo eran marranos, sino que mantuvieron en casa una sinagoga, cuyo rabino era el primo del filósofo, y la Inquisición sorprendió a aquellas gentes en plena liturgia. El catastrófico resultado fue que el padre de Vives fue quemado en la hoguera, cuando el humanista tenía 30 años; siete años después, los restos de la madre –que había muerto hacía ya mucho, en una epidemia de peste– fueron desenterrados y quemados. Ambas barbaridades sucedieron en Valencia. Vives salió muy joven de ella para no regresar jamás y, de hecho, ni siquiera volvió a pisar suelo español.

    Había empezado sus estudios humanísticos en la nueva Universidad de Valencia. A medida que el proceso inquisitorial avanzaba, su padre tomó la providencia de mandarlo, en efecto, a la Sorbona, en París. Tres años después, el estudiante pasó a Brujas, de la que hizo su casa por largo tiempo. Ortega decía que Vives marchó a la Europa del Norte “para conseguir olvidar no poco de lo aprendido en Valencia y París”. Pero hay que saber que Ortega, como todo el mundo entonces, ignoraba la tragedia familiar. Por lo demás, es verdad que Vives necesitaba respirar fuera del ambiente aún escolástico cerrado de París. Él, como Erasmo, tenía horror ya simplemente a la expresión latina, bárbara, gótica del aristotelismo en sus varias modalidades universitarias.

    Trabajó de profesor doméstico de una familia de comerciantes valencianos y terminó casándose con la hija pequeña de la casa. Era entonces, al decir de Ortega, al mismo tiempo el primer latinista del mundo –no menor fue el elogio que Erasmo mismo hizo de su joven amigo– y el primer lancero en las huestes de Erasmo.

    Trabó amistad con este y con Moro en la Universidad de Lovaina, que lo atrajo con el formidable prestigio que estaba por entonces tomando esa casa de estudios. Allí gozó de la protección de personajes que también sostenían las economías de Erasmo. Fueron esos años los de viajes por las ciudades flamencas y las primeras obras; pero todo se ennegreció cuando, estando Vives cargado de deudas, murió en un accidente su mecenas. Se acogió de nuevo a Brujas y rechazó, consecuente con su miedo y, al parecer, su juramento de no volver a España, la cátedra en Alcalá que había defendido Antonio de Nebrija. No se le podía ofrecer nada superior a esto en los dominios de Carlos Quinto.

    En cambio de en Alcalá, en 1523 decidió instalarse en Corpus Christi, en Oxford, en un lectorado que le daba acceso a la corte y, pronto, a la amistad con la desdichada reina Catalina. De hecho, intervino sin habilidad en el problema del divorcio real, de modo que todas las circunstancias adversas terminaron por expulsarlo de Inglaterra y, contando con cierto liviano favor pecuniario del emperador Carlos, vivió sus años de mayor producción y menor salud en Brujas. Allí murió bastante prematuramente, en 1540. Era territorio dominado por la corona española, pero, aunque en él –y en cualquier parte de Europa– se sentía en peligro tanto si callaba como si hablaba, no fue molestado por sus ideas sociales, pedagógicas y religiosas. Llama, desde luego, la atención su acendrado cristianismo, siendo como fue su vida. También hay en esto un paralelo claro con la actitud, los peligros y los silencios de Erasmo, igualmente un cristiano radical contra los fenómenos históricos en los que se vio envuelto. En fin, ya vemos hasta qué punto fue elegante exageración disparatada la frase de Ortega acerca de que a Vives no le pasó nada en su vida, de modo que su biografía podría ser rápida: nació, estudió, escribió y murió; y que sintió todos los conflictos de su tiempo, pero no hizo sino estudiar y escribir.

    Ya en su época, cuando un joven flamenco escribió sobre la persona y la obra de Vives, lo llamó “antropólogo”, el primero entre los filósofos que merecería plenamente este apelativo. El juicio global de Ortega, que veía en Vives la pasión de la seriedad y la sinceridad, la mezcla rara de talento –no genial– y excelente buen sentido, es que se trató del “primer hombre en quien despierta ligerísimamente la sospecha de que más allá de la cultura medieval y de la seudocultura de su tiempo renovada en la antigüedad, hay otra cosa. Y entrevé, o más bien, a ciegas palpa que esa cosa, esa posible futura cultura, será una cultura inspirada en la utilidad de los saberes y no por ninguna estéril contemplación; en fin, que su método consistirá en la experiencia. La cultura habrá de ser sobria, útil y empírica.”

    En su Tratado sobre la concordia y la discordia proclama Vives que nada se necesita tanto como la primera. Lo que sucede es, además, que cabe hallarla, e incluso que ya hay un mundo entre los hombres en el que la paz es posible. Se está refiriendo al mínimo mundo de los intelectuales puros en mitad de las fabulosas turbulencias de la primera parte del siglo XVI, o, para ser más exactos, al círculo de los amigos de Erasmo, que en realidad eran todos discípulos del sabio y seguidores, con matices diferenciales, de la philosophia Christi que este enseñaba y practicaba.

    Pero es que la antropología que sostenía Vives –y que ya sabemos que tenía poco de experiencia vivida en primera persona– proclama, quizá más judaica que cristianamente, que el hombre es un animal santo. No creo que nadie más haya empleado esta expresión, aunque en lo concreto de su desarrollo está objetivamente muy en consonancia con aquello famoso de Maurice Blondel joven, casi cuatrocientos años después: que la filosofía debe ser la santidad de la razón.

    Porque, en efecto, semejante tesis se apoya en la convicción de que “la razón siempre instiga al amor”; aparte de que “no hay bondad si no hay conocimiento”. A lo que se añade que “el deleite es un verdadero gozo sin mezcla de dolor ni de tristeza y que dura mucho tiempo; lo dan sobre todo las cosas espirituales”.

    Es la voluntad la que puede hacer caso omiso de la razón, que no por eso cambiará nunca su discurso; pero la voluntad no puede rebelarse contra la razón si no nos despojamos antes de la dignidad humana. Pues la razón es la naturaleza misma de los humanos, así que renunciar a ella es volverse animal salvaje, por un lado, y por otro, inferir a Dios una ofensa. Es muy interesante observar que la palabra guerra, en latín, se dice bellum, que hay que admitir que está cercanamente emparentada con bellua, las bestias salvajes; pero el caso es que estas no conocen la perversión de hacer la guerra, mientras que el hombre degradado sí. En realidad, cuando un ser humano se atiene a la razón, o sea, somete a esta su voluntad, es sencillamente un cristiano: se ha restituido en su plena humanidad.

    Igual de esencial que la razón es en nosotros el lenguaje, otro don que no compartimos con el resto de los animales más que en alguna fase muy básica, previa a la plenitud de nuestra universal competencia en al menos una lengua. Pero es que tanto las palabras como el gesto del rostro son puros medios para entrar en comunicación con los demás.

    Eso sí: la degradación del hombre se ha iniciado por su deseo de ser mucho más de lo que es, por su deseo de ser Dios.

    Lo que a cada uno nos corresponde es elevar y dignificar a todos los seres humanos a los que tengamos acceso. La moral cristiana pone aquí los fines y la psicología, los medios.

    El interés de Vives por la paz pública no lo desvió nunca de su convicción esencial: esa paz presupone la paz interior de cada persona. Todos tenemos, pues, que empezar nuestro trabajo social apaciguando las pasiones desencadenadas. El arranque de la rebelión de todas ellas está, claro que sí, en la soberbia: “mientras pone todos sus conatos en ser más que ángel, viene así a ser menos que hombre”. El mecanismo es sencillo: la estupidez de la soberbia irá enseguida unida a la envidia, que no solo engendra la inútil ira, sino que pasa a la acción de la venganza en cuanto tiene ocasión. Con este ciclo infernal, la paz se hace imposible en todas sus formas.

    La consecuencia que más llamó la atención –por tanto, la que más suspicacias peligrosas despertó– es el rechazo tajante de Vives a cualquier guerra. Todas las guerras son civiles, proclamó, “y no hay hombre que pueda hacer lícitamente guerra a otro sin caer en pecado”. Hay que empezar por amar a los mismísimos turcos que no cejan en su amenaza destructiva. “No veas a un solo hombre en el mundo sin pensar que es tu hermano”. Y en lo que hace a la política interna de las naciones, la asistencia social es un deber. Hasta el punto de que para organizarla siquiera en Brujas diseñó un amplísimo programa de gran interés aún ahora. Un punto constante y central es en él que hay que dignificar al mísero dándole trabajo, de modo que el auxilio de la sociedad no cabe sin enrolar a quien lo recibe en un puesto productivo.

    Con estos fundamentos, ya se comprende la importancia que el desterrado valenciano concedió a la pedagogía, precisamente basada en la psicología empírica y científica. Por cierto que empieza advirtiendo tajantemente que “nunca será buena la enseñanza que se vende”…

    Cuanto hay en la ciencia estuvo primero encerrado en la naturaleza “de modo semejante a como las perlas se encuentran en las conchas o las piedras preciosas en la arena”. Y es bastante excepcional, aunque no tanto entre erasmistas, la universalidad con que se piensa todo ello: en el tratado sobre Los deberes del marido, dice Vives que no recuerda “haber visto ninguna mujer docta que fuera impura”.

    Veo la clave de la pasión pedagógica de Vives en un pasaje de su estupendo tratado De subventione pauperum (Del socorro de los pobres, en la elegante versión de Riber). Comenta en este lugar un maravilloso acierto del poeta latino Marcial, que calificaba al amor de magnes amoris (imán del amor). Vives escribe: “el amor de nada se ocasiona más verdaderamente que del amor”. Y podemos cerrar –tan provisionalmente, ay– este deleite de repasar textos de nuestro filósofo con esta aplicación osada de sus principios: “Como no hay cosa más agradable al hombre que el que se confíe en él, así tampoco ninguna es tan agradable a Dios”.

    Tomás Moro

    La verdad es que el mejor lema posible para empezar a hablar de Moro lo proporciona Vives en su Introductio ad sapientiam: “Lo que sabes no lo pregonen tus palabras sino tus obras”.

    La infancia de Tomás Moro transcurrió en un ambiente económico y social bien diferente del de los casos de Erasmo y Vives: en Londres, hijo de un juez y caballero, paje infantil del arzobispo de Canterbury, o sea, del lord canciller. Este personaje, John Morton, quiso que avanzaran sus estudios en Oxford, pero pronto Tomás regresó a Londres a formarse como jurista en las mismas instituciones en que había participado su padre. En 1496, cuando solo tenía dieciocho años, empezó a trabajar como abogado. Hubo enseguida un muy curioso paréntesis de cerca de tres años, 1501-1504, en que ingresó en la Tercera Orden de San Francisco y vivió en un monasterio cartujo, entregado a la práctica religiosa. Conservó de este período duros ejercicios ascéticos, pero en 1504 era ya miembro del Parlamento y hombre casado. Llegó a sheriff de la ciudad de Londres.

    Desde la coronación de Enrique VIII fue creciendo la amistad entre el rey y el jurista escritor, amigo y hasta colaborador de Erasmo y de Vives. En 1517 era miembro del Consejo Real y diplomático de la máxima confianza de Enrique. Después obtuvo los cargos de máximo honor de las universidades de Oxford y Cambridge, hasta que la cima de su carrera política fue el nombramiento de Lord Canciller en 1529, preferido al entonces arzobispo de Canterbury –lo que era rarísima excepción–.

    Es sobre todo en este momento cuando ocurren los acontecimientos más sombríos y debatidos de la vida de Moro: de las diatribas preferentemente literarias contra las cabezas intelectuales del protestantismo, pasó a la represión violenta, según la justicia vigente entonces. Hubo quemas de herejes, flagelaciones, cárceles. Moro protestó en favor de su escasa o indirecta participación en aquellas crueldades, que además contradicen sus principios filosóficos. Hay una expresión de reserva acerca de estos problemas en el escrito en que Juan Pablo II proclamaba a Moro patrón de los políticos.

    A partir de ahí, el célebre conflicto del divorcio del rey –habían escrito a dos manos incluso la defensa de los siete sacramentos, que tanto prestigio teológico concedió a Enrique, defensor fidei– significó el heroico declive y el terrible final de estas glorias: en 1530 no firmó la carta de nobles y prelados que solicitó al papa la anulación del matrimonio real; en 1532 renunció a su cargo de canciller; dos años después se negó a firmar el Acta de Supremacía que daba de hecho nacimiento a la Iglesia anglicana. Esta acción sabía bien Moro que lo condenaba, porque así constaba en el Acta misma que había de pasar a quienes se resistieran a la voluntad brutal de Enrique VIII. En efecto, en la primavera de 1535 quedó recluido en la Torre de Londres y fue decapitado el 6 de julio. Erasmo había escrito que No hay nada más tranquilo y alegre que la virtud, y enseguida dedicaremos el tiempo que sea posible al realmente hermoso tratado escrito en la Torre, Sobre el consuelo en la tribulación.

    Moro fue beatificado por la Iglesia católica en 1886 y fue canonizado como mártir en 1935 (se observará que nada menos de 400 años después de su ejecución). La Iglesia anglicana lo considera en la actualidad un mártir de la Reforma protestante, y lo ha incluido, bastante sorprendentemente, en 1980 en su santoral.

    La diferencia de veinte años en la redacción de los dos libros que paso a comentar muy ligeramente obra, desde luego, en favor de la madurez humana mucho mayor que me parece encontrar en el Diálogo. Utopía no es, lo confieso, un texto de mi agrado…

    Hay en este libro una incongruencia entre los principios de la Philosophia Christi y las recetas, a veces claramente totalitarias, con las que se recomienda un gobierno y un orden social perfectos. Me echa para atrás esta livianísima interpretación de Platón como genio inicial del totalitarismo, que se lee entre líneas por todas partes. Un error capital pero frecuentísimo en la interpretación de Platón.

    Por un lado, se está de acuerdo con la doctrina general del erasmismo sobre la bestialidad de las guerras, a lo que se añade que las que tendrían un verdadero motivo para ser declaradas precisamente no lo son, de tan claramente peligrosas para todos como resultarían. Y se reconoce que “Dios ama más a quien estudia su obra”; y que, como la vida humana está por encima de todas las riquezas del mundo, y en ocasiones no queda otra que ser ladrón, hay una básica injusticia y una manifiesta inutilidad en el derecho penal.

    También se defiende que la felicidad estriba en el libre cultivo de la inteligencia y que el dinero es casi necesariamente fuente de perversiones, de modo que se lo prohíbe en la isla bien ordenada –que parece una imagen del futuro de Gran Bretaña bajo un rey tan interesante como Enrique VIII–. Se alaba a la Creación y se está cerca del principio estoico de que se debe vivir adecuándose a la naturaleza, porque hay placeres de los que no se derivan males y, por tanto, es muy bueno gozarlos.

    En general, nada podría ser más conforme con el alma de Erasmo que escribir filosofía moral y política al margen de la impolítica e inútil filosofía de las escuelas regulares de ella en la universidad. Recién instalada la dinastía Tudor, hay cosas mucho más urgentes que hacer que dedicarse a comentar ex cathedra viejos textos.

    Pero hay el lado oscuro de esta república que crecerá quizá un día bajo los auspicios de la benéfica monarquía inglesa, aunque de momento se la piense ya mismo posible en el Nuevo Mundo –la exposición de la doctrina corre a cargo de un fantástico navegante más experimentado que Colón, Vespucio y, permítaseme el anacronismo, Magallanes–.

    Marx aplaudía ciertos rasgos ingenuos de esta Utopía, pero lo grave son sus lejanas consecuencias exageradas.

    En la isla perfecta futura nada es privado: hasta las casas se cambian por sorteo cada diez años. No hay abogados, supuesta la invulnerable moralidad de los individuos felices. Las medidas punitivas son, pues, automáticas: el que solicita un cargo, en vez de ser llamado a él por el Senado o sus delegados, queda eliminado del concurso para ocuparlo. O, por poner otro ejemplo de este automatismo: es claro que a nadie se le ocurrirá que vaya a ser discutido en los órganos administrativos correspondientes un asunto que se presenta el día mismo en que alguien intente aprobarlo o rechazarlo. Pero es que se librará a Utopía de todos los extranjeros; se establecerán para los matrimonios medidas públicas que recuerdan a las barbaridades que va dibujando socarronamente Sócrates ante los hermanos mayores de Platón en los libros de la Politeia platónica –tamizadas por un toque cristiano mínimo–. Se organiza, desde luego, un sistema estupendo de eutanasia que no queda en manos de los particulares. Todo el mundo –incluidas las mujeres– tiene que llevar su uniforme, aunque pueda variar este de oficio en oficio. La obligatoriedad del trabajo es cosa evidente, aunque se limita a seis horas la labor que compromete al cuerpo y se establece como principio que haya exención de estos ejercicios todo el tiempo que sea posible, a fin de que quepan horas de dedicación a la inteligencia –si bien no queda lejos la sugerencia de que tiene que haber un índice de libros prohibidos, claro está–. Y es elocuente cómo hay que salvaguardar el buen orden una vez logrado –y lleno de resortes que no tienen que ver con arbitrariedades personales–: se considerará delito capital deliberar sobre asuntos de interés común fuera del Senado o de los comicios públicos competentes.

    Se completan estas medidas con prescripciones peregrinas, de las que diríamos hoy que invaden el fuero interno de las personas: “antes de acudir al templo –cosa de la que no cabe zafarse– en los días de fiesta, las mujeres se echan en las casas a los pies de sus maridos y los hijos a los de sus padres, confesando sus pecados…y piden su perdón”. Por otra parte, la religión pública y oficial es absolutamente ecléctica, en un rasgo futurista que es bastante natural a la altura de 1516.

    Repárese en la intimación, de aspecto no antipático, que dice: “representa la obra que se te ha encomendado lo mejor que puedas y no trastornes su conjunto solo porque te acordaste de un fragmento más ingenioso de otra”. Si releemos, no nos quedarán a trasmano evocaciones muy perturbadoras.

    Pero la vida misma deparó a Moro mucha más sabiduría: le hizo experimentar un régimen tiránico antes de que se cerrara en república totalitaria, pero en camino de convertirse en puro régimen de terror. Corrió la suerte de Thomas Becket ante Enrique II siglos antes. Y la doctrina fue otra.

    Nos golpea en la primera página del Diálogo del consuelo en la tribulación la honda queja del joven asediado por el retorno de los otomanos a Hungría: “el mayor consuelo que un hombre puede tener es ver que pronto se irá de aquí”, a saber: de esta vida y este mundo. El desesperado pide a quien más sufre, su tío condenado, ánimos para soportar la vida, y los recibe con la abundancia de 300 páginas.

    Lo esencial es que, muy en la línea de Vives, se confíe en Dios, que no es lo mismo que tentarlo. La providencia tendrá siempre ante esta confianza dos caminos: o suscitará como de la nada consejeros y maestros convenientes, o ella misma, Dios mismo, enseñará al atribulado desde lo íntimo de este, conforme a la expresión de Agustín: Deus interior intimo meo. Posiblemente la exclamación más personal de todo este admirable texto es la que, ya cerca de su fin, dice que el suplicio que se está viviendo “no es ni la mitad de duro que si pudieran llevarme a un país tan desconocido que Dios no fuera capaz de saber dónde estaba ni de encontrar la manera de llegar a mí”.

    Lo segundo es advertir la distancia formidable y salvífica que separa al cuerpo del alma en la angustia: porque no hay manera de no sentir lo que se está sintiendo, pero el alma no está forzada, como lo está el cuerpo, a llenarse entonces del mismo sufrimiento. Hay recursos para ella, muchos recursos. Aunque sea una verdad de primer orden que quien no se apiada del dolor corporal que tiene delante, en su prójimo, es que apenas se compadece, diga lo que diga, del invisible sufrimiento del alma del otro. Incluso con dos citas clásicas se debe llevar esta verdad al extremo: Ambrosio escribió que matamos a quienes no ayudamos pudiendo hacerlo; y Agustín matizó con cierta ironía: da a todo el que te pida, pero no todo lo que te pida.

    El primero de tales recursos es quizá el más profundo y verdadero, juzgo yo: el consuelo inicial viene del hecho mismo de desear de veras que Dios nos consuele. Es terrible la acidia, el no hacer nada, el grado máximo del pecado de pereza, que es estar desconsolado y no buscar ni pedir consuelo. Ya así nos hemos elevado cien yardas por encima de las elocuencias fastidiosas de Boecio en su prisión. En efecto, quien se confía al divino consuelo hace algo mucho más razonable que exigir ser aliviado como a él primero se le ocurre. Deja a Dios el campo libre para que ayude como Él quiera, que siempre será infinitamente mejor que como yo creería ayudarme. Y en el mismo momento en que un hombre deposita así su anhelo en el amor divino, entiende realmente que, si persevera en la decisión justa que lo tiene esperando al verdugo, ya esto está transformando ahora “el dolor en gloria”. ¿O es que no lloró el Cristo, de quien no consta que riera, por más que lo haya sostenido espléndidamente Erasmo? Hay que perseverar incluso en las lágrimas. Marías escribió –y me decía en el retiro de su cuarto de trabajo– aquello tan cierto de que existen penas de las que no hay que consolarse –y en ello, añade Moro, está exactamente el consuelo de ellas–.

    Por otra parte, la vida humana alecciona siempre en el sentido de la paciencia, con una sabiduría superior a la nuestra. Bellísimamente escribe Moro que es verdad, claro está, que rezar es mejor que beber, que hacer el bien es mejor que dormir, que ayunar es mejor que comer; pero son estupendos deberes comer, beber y dormir cuando es el tiempo apropiado.

    Llega, con todo, la tentación: regresar a la honra de la corte y a la vida familiar renunciando a lo que es justo. En este caso el procedimiento tiene tres pasos sucesivos: se terminará también aquí por pedir ayuda, pero primero hay que resistir la tentación y luego hay que despreciarla reconociendo lo que realmente es: una treta solapada del enemigo, bien distinta de la pelea abierta en que consiste la persecución.

    En esto de despreciar la tentación Moro recurre a una sabiduría más antigua adaptándola con buen humor al caso fuerte presente: la realidad es que muchos se compran en esta vida el infierno con un dolor tal que, por menos de la mitad, podrían haberse comprado el cielo. Hay en Chesterton huellas de estos raptos joviales del pensador político. Y es que los seres humanos, siendo tan necios, nos creemos todos perfectamente sabios. Nos ocurre como a aquel caracol que no quiso acudir a la fiesta de Júpiter de bien que estaba en su casa. Como es natural, fue condenado a no abandonarla jamás.

    Un par de indicaciones bibliográficas:

    • Juan Luis Vives, Obras completas (trad. y com. Lorenzo Riber). Madrid, Aguilar, 1947-48. 2 Vols.
    • Xirau, Joaquín Xiráu, El pensamiento vivo de Juan Luis Vives. Buenos Aires, Losada, 1944.
    • Tomás Moro, Utopía (trad. Agustín Millares Carlo), en: Utopías del Renacimiento: Moro, Campanella, Bacon. (ed. Eugenio Ímaz: México, Fondo de Cultura Económica, 1941, pp. 37-140.)
    • Tomás Moro, Diálogo de la fortaleza contra la tribulación (trad. Álvaro de Silva). Madrid, Rialp, 1988.
    • Tomás Moro, Un hombre solo: cartas desde la Torre, 1534-1535 (ed. y com. Alvaro de Silva). Madrid, Rialp, 1988.
    • José Ortega y Gasset, Vives o el intelectual (ed. Paulino Garagorri), en: J. O. G., Mirabeau o el político, Contreras o el aventurero, Vives o el intelectual. Madrid, Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1986, pp. 77-146.
    • A companion to Juan Luis Vives (ed. Charles Fantazzi). Leiden y Boston, Brill, 2008.
    • Enrique García Hernán, Vives y Moro: la amistad en tiempos difíciles. Madrid, Cátedra, 2016.
    • José Luis Villacañas, Luis Vives. Barcelona, Taurus, 2020.
    • The Cambridge companion to Thomas More (ed. George M. Logan). Cambridge, Cambridge University Press, 2011.
    • Anthony Kenny, Tomás Moro (trad. Ángel Miguel Rendón). México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 2014.
  • Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    § 1 Tensión entre socialismo y romanticismo

    El concepto de persona no recibe trato alguno de favor en el pensamiento judío actual, con la excepción notoria de Martin Buber, y, sin embargo, cabe perfectamente decir que a pocas corrientes filosóficas contemporáneas debe tanto lo que, con cierta benéfica vaguedad, llamamos personalismo como a la serie, nada uniforme, de filósofos que, partiendo todos de algún modo de la obra tardía de Hermann Cohen y habiendo recibido, en maneras diversas, el impacto de la profunda originalidad de Franz Rosenzweig, desarrollan libremente gérmenes muy distintos de ideas e intuiciones, procedentes de orígenes incluso religiosamente diversos, pero que se refieren positiva y explícitamente a la inspiración talmúdica. La situación es análoga a la que concierne a Simone Weil: a la vez la crítica más dura del personalismo sensu stricto y una de las fuentes más profundas de la filosofía que suele llamarse aún personalista.

    Hermann Cohen mismo, tan arraigado en Kant incluso en los años finales de su larga biografía, dedicados a recuperar temáticamente la religión de la razón a partir de las fuentes del judaísmo, tiene relativamente pocas reservas a la hora de emplear el concepto de persona como sujeto moral.

    Para cualquiera que siga interesado en el idealismo crítico como pensamiento orientador fundamental, los trabajos de la vejez de Cohen han de adquirir extraordinario relieve, porque, cifrados en una expresión máximamente resumida, tienen por tema central la elaboración de una filosofía de la intersubjetividad transcendental cuyo núcleo está en el espléndido descubrimiento de que cada uno de los pronombres personales remite a un significado que, habiendo sido descuidado por completo en la Crítica de la Razón Pura, es, sin embargo, básico para la construcción completa de un sistema de la filosofía crítica.

    En otras palabras, la más valiosa de las ideas de Cohen puede describirse como consistiendo en la elaboración de una reflexión transcendental que dilucida el lugar, dentro de la arquitectónica de la razón pura, que corresponde a cada uno de los referentes de los pronombres personales, tanto en singular como en plural (aunque sería exagerado decir que también el análisis llega a distinguir los significados masculinos y femeninos).

    Mientras que en las críticas originales de Kant se presta atención filosófica propia sólo a la noción de yo, bien sea para desconstruir la psicología racional mostrando sus paralogismos, bien sea para ahondar en la necesidad de la apercepción transcendental como punto polar de unidad sin el cual carece de posibilidad la sistemática misma de la razón, y él, nosotros, vosotros y ellos, con la excepción, en todo caso, del pronombre plural de la primera persona, no son tomados en cuenta ni como intuiciones, ni como conceptos, ni como ideas merecedores de especial estudio. Se deja entender, a lo sumo, a través del silencio, que , por ejemplo, es un concepto empírico, edificado sobre un suelo intuitivo que tampoco reclama mayor atención. En realidad, nuestra protesta podría elevarse hasta echar de menos un tratamiento pormenorizado de los respectivos lugares transcendentales que corresponden a la mismidad y la alteridad, por no mencionar que tampoco se desarrollen análisis acerca de la diferencia entre mismidad en general e ipseidad. Es, en el fondo, el propio aliquid transcendentale de la tradición ontológica de la Escuela que resulta muy mal parado en las Críticas, aunque en seguida le esté reservado un papel de primerísimo orden en los desarrollos idealistas de la filosofía crítica (si bien quizá siempre más como mè on que como héteron en cuanto tal).

    Cohen ha acentuado con fina perspicacia que, pese a este antecedente venerable de su propia posición filosófica (aunque sin duda gracias a las luces indirectas que Fichte, Hegel o Humboldt prestan en la perspectiva de cien años de historia especulativa), todos los pronombres personales plantean de principio otros tantos problemas de capital interés para la reflexión transcendental, que, de no ser acometidos y respondidos, dejarán un hueco imposible en el sistema de la razón, amenazado, por ello mismo, de ruina.

    En verdad, el desprestigio o la poca repercusión cultural que, relativamente, ha tenido el kantismo a lo largo del XIX, se ha debido –puede seguramente leerse entre líneas de Cohen y en las líneas mismas de Natorp– a la nula capacidad de conectarlo de modo preciso con la pedagogía social de las nuevas tradiciones de radicalismo crítico, en especial, el socialismo. La magnífica propuesta germinalmente personalista de Kant ha quedado en gran medida sin desarrollar, abandonada en las manos mucho menos sutiles de la izquierda hegeliana, por culpa de la dificultad de trasladar su rigorismo ético a moldes religiosos capaces de recibir amplia audiencia. El kantismo no ha logrado, por las mismas dificultades de su interno inacabamiento, influir en la medida en que debería haberlo hecho ni sobre la teología evangélica, ni sobre la ideología revolucionaria. Y un síntoma masivo de cuánto se ha perdido, lamentablemente, por el camino es que el panorama cultural europeo más avanzado dé muestras inequívocas y hasta feroces de incapacidad para asimilar de veras, democráticamente, el fenómeno de la persistencia del judaísmo rabínico dentro de su cuerpo social.

    Desde la propuesta kantiana de autoeutanasia del judaísmo, pasando por las desaforadas proposiciones de Marx acerca de la esencia judía, y a la vista de que no ha existido un duro romanticismo projudío hasta el mismo arranque del siglo XX (por cierto en paralelo con la obra tardía de Cohen, que reacciona críticamente, sobre todo, contra este romanticismo de nuevo cuño que es el sionismo de Herzl), el resultado ha sido la imposibilidad de la normalización democrática de la vida judía tradicional y su radical mala comprensión por parte de todas los demás fuerzas sociales de peso. El asunto Dreyfus es sólo la parte visible del enorme bloque de hielo.

    Buber, por ejemplo, apoyó, publicísticamente ya antes de la aparición de los libros de Cohen que aquí nos interesan, el romanticismo judío con su recuperación peculiar de la herencia espiritual del jasidismo. Lo que hay de muy particular en esta relectura salta a la vista cuando se la compara con la que otros autores, éstos, además, personal y familiarmente insertos en la tradición viva (y asesinada) del judaísmo oriental, han podido hacer de los mismos relatos después de la Shoá. Buber tiende a subrayar los aspectos del folklore cabalístico aún mucho más que como Wiesel tiende a que su personal subrayado haga ver que es patente que Kafka o Benjamin proceden, con o sin conciencia de ello, de esas mismas tradiciones que para Buber parecen carecer de toda seria carga crítica.

    Pues bien, de una manera que ha sido luego determinante para el porvenir de la filosofía judía en el siglo XX, Cohen sostiene que religión es aquella forma de la cultura que soporta de hecho la condición de posibilidad de la moral porque a ella compete la constitución transcendental de la intersubjetividad.

    § 2 La reentrada de la compasión en la filosofía primera

    Para la moral no hay más que el sujeto colectivo todos nosotros, que empieza por ser todos ellos, enfrentado al yo. De esta lucha ha de salir siempre la aniquilación de lo meramente empírico en el yo singular, porque el imperativo categórico ordena exactamente actuar en cada circunstancia no como mejor plazca al egoísmo sino como la humanidad racional, la persona racional, o sea, la totalidad genérica de los actores racionales posibles (todos ellos) ha de actuar sobre la base del común fundamento de determinación, que en todos los casos es la forma universal, ad omnes, del mandamiento. Y cuando un individuo se ve personalmente concernido por el mandamiento, cae, por decirlo de algún modo, en la sumisión a la totalidad racional, que pasa a ser el todos nosotros que explícitamente lo integra ya a él también, el antiguo disidente o rebelde que permanecía fuera de la comunidad ideal del reino de los fines.

    El problema religioso es, pues, el descubrimiento del significado transcendental del prójimo, o sea, de aquel sin el cual el mandamiento moral se vacía de todo sentido, puesto que cada acción toma siempre la figura de un deber que, aunque a veces se refiera a mí mismo, comúnmente lo es para con el tú próximo. Y Cohen añade un dato de decisiva importancia: en realidad, el singular se destaca de la colectividad primordial de un vosotros al que se dirige en primer término la moral. La religión, como dictaminará Levinas cincuenta años después, es la relación social, ya en el texto de Cohen; pero esta relación no comienza sin la manifestación transcendental de vosotros, todos aquellos respecto de los cuales estoy bajo el yugo de múltiples deberes incondicionales. Vosotros los santos, que me obligáis con la mera certeza de vuestra presencia cerca.

    ¿Qué modo de manifestación es el único posible para este vosotros de alcance transcendental? ¿Qué modo de manifestación corresponderá luego al tú individual de la situación de proximidad? A partir de este punto, Cohen ha de empezar a romper la sistemática de las críticas de Kant e incluso la de sus propias construcciones personales anteriores a este descubrimiento.

    Una intuición empírica no puede ser la respuesta adecuada, ya que los fenómenos no pueden poseer la carga racional que por principio toca al vosotros de la obligación moral. Pero tampoco cabe pensar en un hacer hueco apropiado en mitad de la tabla de las categorías a este aparentemente nuevo concepto del entendimiento. Más bien se trata de una idea de la razón; pero la construcción del sistema fichteano del derecho natural tampoco satisface a Cohen en este sentido, puesto la tarea no consiste en postular el yo absoluto y la contraposición del no yo como principios del pensamiento de la libertad. De hecho, el yo de la religión no es simplemente aquel para quien existís vosotros los santos, sino que es, al mismo tiempo e inseparablemente, el individuo perfectamente delimitado por sus deberes, que lo fijan a la situación existencial determinada, en relación con el prójimo en ella, de tal manera que nadie podría sustituirlo. Es, pues, el individuo cuyo aislamiento en cierto modo absoluto no puede tener más correlato auténtico que el Tú absoluto, es decir, el Tú divino, respecto del cual es mediación y símbolo el tú finito.

    Ya, desde luego, esta manera de afrontar filosóficamente las situaciones de relevancia moral reclama a gritos innovaciones de larguísimo alcance en el idealismo crítico kantiano, que lo han de hacer derivar hacia una filosofía de la existencia semejante en muchos aspectos a la que diseñó de hecho Jaspers pocos años después (aparentemente, sin conocimiento del libro póstumo de Cohen). Pero lo esencial está en que Cohen, como acabo de decir, no cree legítimo saltar sencillamente a la proclamación de que el vosotros de la religión y su tú correspondiente ensanchen el repertorio de las ideas racionales, entre otras cosas porque no se ve qué ilusión transcendental podría afectarlos. Recurrió, en definitiva, a un situación existencial, aunque sin denominarla así. Pensó no estar haciendo quizá mucho más que algo paralelo a lo que el propio Kant ya había emprendido al reconocer el valor transcendental del sentimiento de respeto o veneración por la voz del mandamiento, que al mismo tiempo se deja interpretar como veneración por la persona misma, por las personas mismas, en tanto que fines en sí dotados de dignidad intocable y jamás reducidos a la condición de cosas con precio.

    De hecho, ante todo en los textos de las lecciones sobre teoría filosófica de la religión, destinadas a teólogos, Kant había concedido a ésta verdaderos derechos transcendentales, al admitir, en modo más explícito y pascaliano que como ocurre en la Crítica de la Razón Práctica o en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, que no hay resorte humano para la moral que no esté mediado por la religión, o sea, por el sentimiento de veneración a la santidad de la ley y de la persona racional que es su portadora (en el sentido de llevar escrito sobre su frente un primordial No asesinarás, No me dañarás).

    Cohen se resuelve, pues, también él, por un sentimiento. No puede, en realidad, escoger para empezar el mismo que Kant, porque él busca aquel sentimiento que directamente se refiere al vosotros, los santos, dignos en absoluto de mi cuidado y mi veneración. El cuidado moral de los prójimos finitos que se destacan, en la situación concreta, de la situación general en la que se revelan, ha de inspirarse en el sentimiento de la compasión, entre otros motivos, porque yo mismo terminaré por ser abarcado en la comunidad del todos nosotros, los dignos de mi cuidado –quien no se cuida moralmente a sí mismo, es falso que se haya olvidado de sí en los otros: sencillamente, no ama con amor práctico a nadie al no amarse con esta clase de amor de auténtica benevolencia ni siquiera a sí mismo–.

    Pero la compasión que es el sentimiento religioso primordial sólo se puede sentir por los inocentes que sufren, e incluso por los inocentes que sufren de alguna manera debido a su inocencia misma. Sólo, se puede así decir, sufren en el sentido profundo del término los inocentes, y sólo este sufrimiento, que es un sufrimiento social, que es el dolor de los pobres, los huérfanos y las viudas, o sea, de los desamparados, de los anawim o ebionim de la Biblia, de aquellos para quienes ya no queda más recurso que el auxilio de Dios mismo; sólo este sufrimiento es digno de la compasión religiosa en la que se enciende la evidencia de cómo concierne ahora mismo al yo el imperativo moral y santo.

    La aparente paradoja es múltiple, y a Cohen le gusta recogerla de los textos de Ezequiel morosamente. Por una parte, los pobres de Dios sólo pueden ya esperar de Dios mismo su socorro, pero el grito de la profecía coloca a los hombres sus prójimos, a quienes no son tan pobres y no son santos, en el lugar mismo del servicio religioso, de la redención divina. Por otra parte, los pobres dolientes son aquellos que precisamente no merecen sufrir en absoluto, cuando, a la vez, conllevan el dolor del mundo, de cierta manera, tan sólo ellos, los únicos capaces de sufrir sin justificación de ninguna clase. Su misma inocencia los carga, como siervos u obreros de Dios, obadim adonái, con todas las consecuencias del mal moral, respecto del cual han de ser interpretados por el yo como meros sujetos pasivos. Levinas dará a esta situación una lectura inolvidable: aquel que justifica el dolor del prójimo comete el pecado extremo.

    No, pues, respecto de cualquiera, en principio, se siente la compasión religiosa, fuente de acceso a la humanidad de cuanto es santo, y fuente de la correlación individuo-Dios a la que se llama luego en plenitud religión. Esta compasión no es real ni es pura más que suscitada por la injusticia social que clama al cielo (y desde el cielo rebota en mandamiento de solidaridad hasta el final, hasta la entrega de sí mismo integral).

    Aquel hombre que carece de sensibilidad para la injusticia social, carece de toda relación con el bien santo, está fuera del ámbito de la religión y, diga lo que quiera de sus delicados sentimientos y sus terribles íntimas tragedias, aún no ha entrado en el dominio o estadio ético de la existencia. Es tan sólo un esteta, un jugador, un niño o un cínico y, por cierto, un necio, como el del salmo, que confunde a Dios con algo infinitamente diferente de Él y, por supuesto, cuando está algo lúcido, que es pocas veces, niega que este Dios de pacotilla exista. (¡Peor, muchísimo peor, es cuando semejante sujeto dice que cree en Dios!)

    En un primer momento, yo mismo quedo excluido, estoy excluido, ya sólo por ser y decirme yo, del círculo de los santos dolientes necesitados de cuidado infinitamente generoso. Yo sé de mí mismo en todos los casos que no soy ningún santo. Cohen, que acaba de pasar por encima, tranquilamente, de las diatribas de Nietzsche sobre el sentimiento de compasión, no tiene tampoco ningún empacho en hablar de culpa moral en el origen mismo del concepto de yo, y hasta piensa que el cristianismo paulino, en la medida en que apuntaba al luteranismo, ha rendido al mundo el servicio de universalizar racionalmente estos elementos de la profecía de Israel (el cristianismo que no es paganismo, a los ojos de Cohen se muestra como un instrumento en manos de su corazón judío).

    Yo, pues, que sé perfectamente en cuántos varios sentidos soy moralmente culpable, nunca puedo ver mi sufrimiento absolutamente carente de justificación. Levinas preferirá en seguida tomar por guía de su propia situación a Dostoievski y aquella afirmación convenientemente hiperbólica, conforme a la cual es de justicia que el yo eche sobre sí de alguna manera la responsabilidad de todos los males del mundo, dado que una sola culpa profunda repercute infinita y misteriosamente en la historia. El yo es contrario a la noción del inocente y, por ello mismo, en principio, al concepto de doliente y al de justo. El yo necesita redención no de su dolor sino de su culpa. La única vía accesible es dejar a un lado ésta y sus posibles secuelas de pesimismo y neurosis (el pesimismo es directamente el mal moral, grita Cohen con voz de profeta, prácticamente en el mismo sentido en que había clamado Unamuno contra la pereza unos pocos años antes).

    Seamos como seamos, la compasión por los santos inocentes sometidos a un sufrimiento en cuyo origen estamos nosotros mismos siempre de alguna manera (yo mismo siempre), ha de dinamizarnos por entero. Aunque hayamos sido hasta aquí hipócritas y criminales en un grado terrible, el deber de caridad social urge absoluta, incondicionadamente.

    El primer paso no es ir a pedir perdón, porque ya no tenemos en realidad a quién pedirlo: el perjudicado quedó cargado con su daño irreversiblemente. El trabajo social y moral es la única redención pensable, y se ha de entrar en él olvidando el pasado, entregándolo en otras manos –que en última instancia son las de Dios–.

    Naturalmente, el efecto, para quien sea un poco lúcido, del trabajo político y moral, en seguida se revela decepcionante. Jamás se da la talla cuando la reclamación del deber es atendida. No sólo sucede que el trabajo se descubre indefinidamente largo (postulado de la inmortalidad, o, como decía Unamuno, necesidad de pensar el mismísimo cielo como un purgatorio en el que siga sintiendo la universal compasión y se siga realizando el infinito trabajo de las obras del amor); es que también se comprenden dos cosas, que ha sido sobre todo Rosenzweig, el atentísimo alumno de Cohen, quien mejor las ha subrayado (y que no están en absoluto ajenas a la tradición cristiana de, por ejemplo, Kierkegaard, a quien sí había leído Rosenzweig). La primera es que nuestra devoción político-religiosa siempre es demasiado tibia y siempre se queda muy corta respecto de la intensidad que debería tener y respecto del éxito que cabe legítimamente esperar de ella en la circunstancia concreta presente. La segunda fuente del remordimiento y el consiguiente arrepentimiento es la creciente conciencia de haber empezado demasiado tarde los trabajos que nos esperaban. ¡Tarde te amé! La triste exclamación de Agustín sirve para todos los momentos de la vida moral, o sea, política, o sea, religiosa; y además tiene que combinarse con un indudable Y sigo amándote mal y poco.

    Pero se mantiene en pie, ahora más que nunca, la prohibición de pesimismo, que también ocupó tan intensamente a Kant. Aunque nos sepamos malos, eso no nos exime de un ápice siquiera de labor; no nos libera ni de una yod de la divina Ley.

    Cada presente se convierte, pues, en un ahora de culpa y de redención simultánea. Como si se tratara de un diálogo místico –y es la forma en que de hecho lo describe en las maravillosas páginas centrales de La Estrella de la Redención Rosenzweig, comentando el Cantar de Cantares, que toma como modelo primordial de toda situación dialógica en la existencia–. Cada ahora es una peculiar confesión de amor y de arrepentimiento, o de amor que renace intacto del arrepentimiento. Y por eso mismo, cada ahora está bajo la llamada previa, constante, bajo la esencial revelación de todos los momentos, en la que resuena la voz de lo absoluto, de lo santo, llamando al individuo por su nombre propio, como a Samuel en la noche. No parece que sea Dios, sino que tomamos su voz por la de cualquier prójimo que requiere de nosotros un servicio, y así debemos oírla mientras no aprendemos algo más profundo del contacto diario con el trabajo moral. Luego entendemos que se trata de un imperativo continuo, de un potentísimo ¡Ámame!, que resuena acompañado por nuestro nombre propio, que nos fuerza a responder porque no hay rincón alguno en donde nos podamos ocultar hasta no oír el grito del ahora.

    Y este grito imperativo nos libera de la culpa porque nos capacita para seguir sin mirar atrás en nuestro trabajo religioso. Al cogito apacible de la duda teórica sustituye aquí Rosenzweig un encuentro erótico inagotable entre el alma amada y su amante divino, que no puede, por cierto, prolongarse más allá de la noche, porque todo su efecto es entregar, en el día abierto, en el horizonte luminoso del mundo, una tarea infinita al alma amada. En realidad, esta alma amada, sale de su tienda en el desierto hacia las cosas como el amante del mundo entero: como el sujeto personal de toda la responsabilidad por el cuidado de todos los entes. Y si pretende prolongar la noche en las horas diurnas, entonces malogra por completo el sentido de todas las cosas y decae en un sueño religioso que es realmente una ilusión mortal y una violencia, por omisión, contra la creación entera.

    He aquí, entonces, por qué la compasión ha de extenderse, sin sensiblería que quite su nervio a la responsabilidad moral y el trabajo santo, hasta incluir al propio sujeto de la compasión respecto de los pobres de Dios. Existe el deber del amor práctico a sí mismo, persona limitada, que lucha y no puede por menos que fracasar parcialmente, pero que se recupera en seguida de cualquier desfallecimiento y continúa adelante. Este héroe desvalido es natural y es conveniente que se integre en el conjunto de los hombres por cuya redención ora a su Dios él mismo en medio de la pelea. Y de este fenómeno surge en verdad el individuo que vive su existencia en correlación con el Dios de Ezequiel y de Oseas.

    La gracia divina no consiste en ningún suplemento mágico de efectividad para nuestra acción, de la misma manera que lo sacramental o lo sacrificial no permite alianza alguna con la representación panteísta de que se encarna el Santo en la realidad mundanal o humana para sumar sus fuerzas a las de su adorador. Lejos de cualquiera de estas imágenes o ideas propias del politeísmo antiguo y que, en la opinión de Cohen, contaminan el cristianismo menos en su versión evangélica liberal, gracia es la asombrosa capacidad de eficacia de la lucha del hombre contra las consecuencias de la culpa. Asombrosa, literalmente, puesto que ningún síntoma empírico ilusorio de éxito ni de fracaso consigue perturbar al obediente al mandamiento.

    Cohen limpia así de restos de estoicismo la ética de Kant, aunque también en este sentido las verdaderas secuelas de sus tesis lleven tan lejos como para acabar de facto con el idealismo crítico y orientar a los lectores más originales en direcciones filosóficas enteramente distintas e incluso divergentes entre ellas. Cohen, efectivamente, está proféticamente penetrado de indignación, de santa cólera, contra la propuesta moral de aquellos que, únicamente preocupados por el sí mismo acogido a la divinidad del Todo de la Naturaleza, se ven impelidos por sus dogmas teóricos a considerar que el mal de los otros hombres es de suyo algo adiáphoron, un indiferente, que a lo sumo mueve la praxis del sabio si es que su cercanía molesta al ejercicio de la vida eupática de éste. Por el contrario, sólo el dolor y, en definitiva, la miseria de los demás encienden de verdad la conciencia racional en sentido práctico. No es, por tanto, de ninguna manera, la autarquía, el bastarse a sí mismo, la señal de la sabiduría, sino su estricto contrario: el desvelo permanente, acucioso, obsesivo incluso, por el bien, en todos los órdenes, de los otros hombres, jerarquizados sencillamente según el orden de su proximidad a mi existencia.

    Y, en el mismo sentido, al sufrimiento inocente es inevitable –incluso cuando se da en mí mismo parcialmente– achacarle una misteriosa, pero no mística, significación redentora, como dolor vicario que carga con el dolor que correspondería a otros, los cuales, sorprendentemente, son indignos de soportarlo. Nadie más duro contra las aspiraciones de la mística y el neoplatonismo que Cohen, pero esta visión del sufrimiento que redime se recoge en su texto como consecuencia inevitable de los fenómenos elementales de la moral. Así, aunque de ninguna manera se debe perseguir el dolor como meta, su llegada tampoco debe ser repudiada como si se tratara de la marca de la condena. Job, desde luego, tiene razón frente a su mujer y sus amigos.

    Naturalmente, no quiere decirse que entonces haya que aminorar la guerra contra la miseria, puesto que sufrir se interpreta, en última instancia, como una altísima dignidad. Otra vez se hace valer aquí el mismo principio que antes: no hay derecho ético alguno a atribuir justificaciones consoladoras y enervantes al sufrimiento ajeno, sea como sea la cualidad de la vivencia personal, nuestra, del dolor. Únicamente el amor práctico redime, porque sólo él, entre todas las realidades, tiene relación real con lo santo y el Santo. Sucede, sencillamente, que este amor práctico, como todas las formas de la inocencia, posee también, dadas las condiciones de intolerable pereza moral en las que todavía vive sumida la mayor parte de la humanidad, un vínculo irremediable con el sufrimiento.

    Dios, pues, es literalmente el Fuerte de los débiles, la Roca de los perdidos y, sobre todo, el Vengador o Redentor (la palabra es la misma en el Primer Testamento) de los pobres.

    § 3 El pacto entre socialismo y romanticismo

    Ha sido, justamente, esta visión de la persona en su realización moral y religiosa, no como una sustancia en vías de autorrelización, sino como un progresivo desvivirse en el trabajo por los inocentes que habitan, de una u otra forma, en la casa de los muertos, en las tierras de la penumbra, lo que más hondamente ha servido para caracterizar la noción peculiar de lo que nos hemos atrevido a llamar globalmente la forma judía contemporánea del personalismo.

    Por ejemplo, Buber y Levinas, en su cercanía nada exenta de diferencias que el segundo ha remarcado más de una vez, dependen muy directa, si no muy explícitamente, de la doctrina de Cohen, en general a través de la lectura profundamente subversiva o creativa de Rosenzweig. De hecho, Buber puede entenderse como una divulgación simplificadora de las abruptas perspectivas de Rosenzweig. Debe recordarse, a este respecto, cómo la visión del mundo desde la correlación yo-ello, predominante en toda la historia del pensamiento postmítico pero, sobre todo, triunfadora en la modernidad, es siempre, para Buber, una modificación, una tergiversación o culpable olvido, del par original yo-tú. El sujeto que no es capaz de ver en torno de sí nada que iguale su propia condición, de modo que convierte el conjunto entero de lo real en puro término de su representación, o sea, de su imaginación, de modo que queda ya todo ahí instalado, expuesto, preparado desde el principio para servir a los fines del yo y someterse a todas sus técnicas, es de nacimiento completamente distinto. Buber lanza, aún más claramente que Cohen, un puente hacia Rousseau, que, dadas las circunstancias históricas que le tocaron, terminó por convertirlo en uno de los más destacados partidarios del socialismo utópico de raíces saintsimonianas y fuertemente antimarxistas, en tiempos de victoria en medio mundo del presunto socialismo científico. Su fuente en Cohen, Rosenzweig y Rousseau, además de en la mística de la Cábala y la cordialidad de la devekut jasídica, permitieron a Buber, en los principios de la guerra fría, plantear la posibilidad de que existieran pronto sólo dos Mecas bien distintas del socialismo en el mundo: o Moscú o Jerusalem, o el koljós o el kibbutz.

    Porque la conciencia del hombre nace llamada por la voz del tú que, con sus palabras, termina logrando respuesta de palabras. No es el mundo de los objetos el que consigue, a fuerza de representaciones impersonales, de asaltos de sensaciones atómicas, poner al fin en marcha la pesada estatua de Condillac, que devuelve sus andanadas técnicas al mundo que la ha construido y la ha dotado de conciencia. Se nace del río de las palabras históricas y en medio de la tradición de una lengua literalmente materna, y por ello se reacciona primitivamente a la realidad como siempre dotada de personalidad y, desde luego, de boca y réplicas adecuadas. Se piensa en agradecimiento y por apelación; se interviene en la evolución del pueblo por haber sido suscitado en medio de él como un nuevo individuo marcado a fuego por el nombre personal que se oye pronunciar todo el día en torno a uno. El hombre es, antes que ojos, oídos y lengua, y cuanto es esencial se recibe y se causa en el medio de la palabra, el cual jamás es sino relacional, compartido, situado en cierto entre del que depende toda su significación.

    Es cierto que Buber malentendió el carácter originario de acontecimiento que corresponde al nacer del hombre cuando, en la fase avanzada de su teoría, propuso comprender el tú como una estructura apriórica del yo. Pero las cosas son diferentes en los comienzos de su carrera literaria. En ellos, el problema mayor es el de cómo particularizar, pluralizar y, en último término, hacer finito al tú, puesto que el sujeto de la llamada que suscita nuestra existencia al pronunciar nuestro nombre ha de ser captado como Tú Infinito. La dificultad es, más bien, la de cómo escapar del capullo de la mística y volar en un ámbito de auténticas relaciones interpersonales, donde no se está prendido y superacogido en el seno del divino Tú.

    La respuesta de Buber no creo que alcanzara nunca un estatuto especulativo suficiente. Ocurre que se aprende a diferenciar una muchedumbre de voces personales de distinto timbre, todas las cuales me llaman, pero nunca de manera continua. La continuidad la establece más bien mi conciencia, una vez despertada por este coro normalmente armonioso. Sin embargo, el problema vuelve a ser que cualquier tú, por momentáneo que después se revele, cuando entra en acción acapara todo el horizonte, se infinitiza, por así decir. La existencia aparece bajo la figura de una serie abrupta e ininteligiblemente discontinua de encuentros excesivos, de éxtasis de amor que no sólo nos transforman, como es propio de todos los acontecimientos propiamente tales, sino que nos hechizan por entero, aunque sea para en seguida defraudarnos cruelmente.

    De aquí que Buber sea más bien una interesantísima, hermosa, estación de paso hacia Levinas y Rosenzweig, y una arenga poderosa, que un reparo consistente para las exigencias de las dificultades en la teoría.

    § 4 El séptimo pronombre personal

    Levinas supo ver desde los comienzos de su producción filosófica que, en verdad, todo tú siempre es finito. Su problema es el inverso que el sufrido por la doctrina de Buber. Si para éste cualquier realidad que reclama al sujeto corre el riesgo extraordinario de ser vivida como un Dios, como Dios mismo, porque ésa es la plenitud del Tú, para Levinas Dios no puede jamás ser tú y, sin embargo, la subjetividad del hombre sigue teniendo que ser interpretada como, precisa y literalmente, sujeta a los demás, a vosotros, a tú el prójimo, de un modo principialmente absoluto, que, sin embargo, no se debe entender en términos de ontología sino, como Cohen –tan adversario de la metafísica, en la que veía una continua tentación pagana–, en términos de religión, o sea, de política de la paz y la santidad, de política del divino y profético shalom.

    La vela obsesionante del sujeto que ni siquiera piensa en sí, sino que piensa, al pie de la letra, ya en otro, en el otro, no tiene escape escéptico posible. Realiza las funciones del cogito sin emprender el camino de la representación. Es experiencia pero no evidencia; es revelación pero no aumento de poder y disponibilidad para el empleo de ninguna técnica; es noticia sin distancia que cree un ambiente para que muchos la escuchen.

    Levinas ha debatido consigo mismo largamente de qué modo fijar en conceptos esta responsabilidad previa a la libertad, esta recepción del mandamiento y toda la Torá que no concede momento de reflexión para el posible rechazo. Se ha decidido fundamentalmente a describirla –como recogiendo sus ecos a través del comentario infinito, siempre por concluir, con el que responden los hombres– en la forma de un descubrírsenos el tú próximo como santo pero no como el Santo mismo, sin que por eso debamos echar mano de ninguna variante novedosa del neoplatonismo.

    El servicio de este tú llega a los extremos hiperbólicos de la locura, pero no borra una brecha mínima, en principio no consciente, por la que se ha de colar un día un segundo tú, que empieza por ser él y que inmediatamente convierte al tú primero en un él (no el mismo que se acaba de adelantar a reemplazarlo como tú próximo). Y otra vez se repite la dificultad de que la voz imperativa de este segundo tú y, por lo mismo, de cualquier él que sea posible como futuro o como pasado tú, posee fuerza incoercible, absoluta, santa, pero ningún él es el Santo.

    Toda relación social es religión en su núcleo primero, pero ninguna relación social real es ya el divino shalom, la eternidad de la paz, el objeto de la esperanza o, como se dice en Totalidad e Infinito, del deseo metafísico, más allá, otro, que toda necesidad.

    Y desde luego que lo absolutamente santo o el absolutamente santo (su mismo carácter personal, intersubjetivo, correlativo del individuo que trabaja en el mundo, está aquí en serias dificultades) no es yo. Dicho con una fórmula que subraya convenientemente la novedad de esta situación, Dios ocupa en este pensamiento el lugar, permítaseme señalarlo así, del séptimo pronombre personal, inefable: descanso o shabat del lenguaje, distancia transcendente por excelencia y, al mismo tiempo, impulso de todas las tramas e intrigas de lo real.

    Levinas no se ha atrevido a esta fórmula, que habría manifestado con mucha claridad lo nuevo de su presuntamente clásico talmudismo, y ha preferido hablar de una illeitas según la cual Dios es algo así como el él de todo él. De su imposible presencia, de su alteridad respecto de toda sincronía, no se puede decir que queden sino huellas enigmáticas, porque el Bien es esencialmente ajeno a toda fenomenicidad; pero él, que inspira en todo momento la rebelión escéptica y la epojé que es, en definitiva, la existencia de un hombre cualquiera, al mismo tiempo (no se puede evitar este mínimo de sincronía, pace Levinas) no es susceptible de desconexión escéptica ni de ser acallado o muerto por el más decidido ateísmo del sujeto. En efecto, precisamente la huella enigmática de la paz y la santidad sí funciona como el objeto de la memoria platónica y agustiniana, en el sentido de que inquieta definitivamente, absolutamente o, si se prefiere, de otro modo que cualquier inquietud o desvelamiento. El fenómeno es la revelación, fundamentalmente auditiva, del rostro del otro finito y pobre. El enigma se diría que es el silencio sin el cual esa manifestación de una voz no puede ni empezar ni durar. No sólo es cierto que no hay huella del enigma si no hay fenómeno (y no meramente fenómenos intencionales y mundo, sino alteridad imperativa), sino que también es cierto que no hay fenómeno que no suponga el enigma, que no emerja o proceda de él, que no venga pronunciado desde él.

    De aquí que el rostro mismo del otro se pueda leer como lo dicho por un decir silente en cuyo poder está la última clave del sentido. Nada dicho, ya sea humano ya sea mundano, es directamente inequívoco, es claro y distinto, porque el decir se reserva su reinterpretación y, si así es preciso, su destrucción o desconstrucción. El oír, que es lo propio de la vela obsesiva del sujeto, del yo, es algo semejante (de nuevo estamos en los mismos bordes de resucitar a Platón contra la voluntad expresa de Levinas) a una imitación del decir original, porque se escucha incoando la respuesta, de modo que, según Heidegger enseñaba, no hay escucha, no hay comprensión, que no sea una interpretación, en riesgo de no coincidir con aquella enigmática que esté siendo la propia del decir puramente tal, del decir de la illeitas divina (la cual, incapaz de auténtica sincronía con ningún oído humano, guarda su escatológica reserva, su eterna verdad no humana –como Rosenzweig había entendido–).

    La brecha de la situación de vigilia respecto del tú finito por la que se introduce el tercero y se oye el eco de silencio del Enigma, es, justamente, la hipérbole de la vigilia, por cuya virtud Levinas piensa el nacimiento del yo como una situación de acusativo irremediablemente convertida en situación de dativo, aunque capaz de revertirse en un nominativo violento.

    La subjetividad es, de entrada, apelada, acusada, y su respuesta inevitable es donación, aunque no se crea tener nada que dar y aunque no se tenga nada. La costumbre de inmenso arraigo, conforme a la cual forjamos nuestros conceptos tomándolos todos del mundo –y en la modernidad, procurando, incluso, configurarlos según el mundo de la ciencia exacta de la naturaleza: en el sistema de eso tan de suyo imposible que es un lenguaje artificial, una lógica artificial–, cosifica siempre, sustancializa siempre el yo como ego en nominativo y última instancia de las referencias intencionales. Pero la situación de los orígenes inmemoriales, an-árquicos, no es sino algo muy próximo a lo que Michel Henry ha descrito como nacimiento transcendental del hombre en la ipseidad de lo absoluto.

    El joven Levinas forjó para esto mismo un extraño término, que parece significar lo contrario de aquello que está llamado a captar. Habló, en efecto, de la hipóstasis, o sea, de la personalización y sustantivación del yo como un violento emerger, sorprendente, casi imposible, sin acomodo, en el seno del hay, que abarca en su bordoneo impersonal, en su esenciarse sin pronombres personales, tanto el ser como la nada y es, pues, sencillamente el Todo. El hombre es, en esta descripción extraordinaria aunque lastrada con problemas filosóficos que son para otro lugar, aquello que difiere casi absurdamente del hay, justo porque es de índole personal. Su propio horror a la soledad, a la excepcionalidad, a la angustia indecible de ser lo otro dentro, de algún modo, del Hay, puede llegar al extremo de hacerle olvidar su condición y lograr su acomodo tranquilo en el interior de la totalidad. Pero el anhelo central, el tono afectivo básico de la humanidad del hombre, será en todo caso, sea o no explícito para su propio portador, la evasión, el deseo inaudito e incomprensible no de transcender hasta lo más alto o central de cuanto hay, sino de ex-cender, de saltar fuera hacia ningún fuera: de no haber nacido ahora que ya se ha nacido, o de una aventura todavía superior a ésa…

    La persona, la hipóstasis, es de otro modo que como se es, de otro modo que un ente, precisamente debido a que no puede pertenecer sin íntima protesta al hay, al esenciarse del ser de todos los entes.

    No es que la persona pertenezca a otro mundo y haya decaído hasta este; más bien sucede que la bíblica bondad de la creación está sellada, en su culmen, por alguien para quien sólo debe ser trono de su acción, campo de su trabajo y territorio de la libertad. Toda persona nace en la condición peregrina del amor que describió Platón, o sea, como la inquietud del mundo por la eternidad, como una sed inagotable de alteración, de alteridad, de otredad. En el fondo, sólo se puede reprochar a la determinación platónica del ser del hombre no haber sabido descubrir la radical ex-cendencia o evasión, sin resto de cobardía o irresponsabilidad o irrealismo, que lo marca, hasta el extremo de que ni siquiera esté del todo justificado hablar de ser para esta criatura –como tampoco lo estará trasladar ese título tradicional al Creador o al proceso mismo de creación–. La causalidad intraóntica no constituye ninguna explicación inteligible de las relaciones interpersonales, así como sólo la ética es, si se permite la expresión, la ontología de lo personal.

    Por esto mismo, las características de la existencia o ex-cendencia de la hipóstasis no tienen descripción que no sea en términos de una situación de mitzvá o, como se dice castizamente, mandamiento. La misma noción de la posibilidad existencial, como las ideas de alternativa, salto, paso entre estadios, no son ontológicas sino éticas, aunque ya la palabra ethos sugiera un exceso de resonancias ontológicas. Incluso la temporalidad y su temporización –Heidegger es el objeto que desconstruir por excelencia– han de comprenderse desde el fenómeno de la alteridad y el enigma del Bien eterno.

    De modo que el principal reproche precisamente ético que se ha de hacer a Levinas es el nulo coste moral que atribuye al acogimiento de la revelación divina o, si se quiere, a la entrada efectiva del hombre en un estadio existencial más alto que el que denominó Kierkegaard meramente estético. Sobre el modelo de la donación repentina, pura gracia incoercible, de la Torá, es como piensa Levinas la donación para la hipóstasis de la alteridad interhumana, y algunos penamos que, en este caso señaladísimo, el drama moral de una persona es todavía algunas vueltas más complicado que como Levinas nos lo describe.

    En estos asuntos, la voz de Cohen llega al texto de Levinas matizada por la interpretación de Rosenzweig, de quien ciertamente es deudor, desde la época de De la Existencia al Existente, en tanta medida como reconoció, de una vez por todas, en el prólogo a Totalidad e Infinito.

    § 5 La confianza en la vida múltiple

    Fue Rosenzweig –la mención ya quedó antes recogida– quien universalizó por completo la situación dialógica del Cantar de Cantares y, con ello, el mismo concepto bíblico de revelación. No hay realmente humanidad que no viva en la luz brillante del gran día del Señor, o sea, con el mundo y los demás y Dios mismo entregados a él en la luz primordial de la misma existencia. La comprensión original de todas las realidades las mantiene separadas (Dios, Hombre, Mundo) de modo análogo a como conviene recuperarlas ahora, en la época final de la filosofía, después de que Hegel haya procedido a rematar la tarea milenaria de ésta, para dejar que todos descubran de qué modo circular ha hurtado la filosofía el bulto al problema por cuya fuerza trágica nació. La espera de que podría curar ese pensamiento la herida de la existencia, la schellinguiana desdicha de existir, termina en el momento en que es patente que la filosofía no puede dar ya un paso más. La promesa que siguió prometiendo una generación tras otra, desde Jonia a la universidad de Jena contemporánea de la campaña napoleónica, no se ha cumplido. El ciclo se cierra, más bien, echando sal en la misma llaga que se decía estar cerrando poco a poco. Y las realidades pre-filosóficas emergen ahora de nuevo, como meta-filosóficas.

    La ambición sistemática de Rosenzweig no era menor que las de sus inspiradores, los maestros de la generación de 1800 (y los de la generación neokantiana de 1880). Lo que la vieja filosofía no ha sabido alterar, lo ha movido, sin embargo, mientras tanto, la historia misma, fundamentalmente la historia de las religiones y las artes (no puedo dejar de observar, al paso, la alergia, permítaseme esta expresión por ahora, de Rosenzweig respecto del socialismo de su íntimo colaborador, Buber). Si se quiere leer el libro de la evolución real de los problemas humanos, debe tomarse entre las manos estas historias, porque incluso sólo como un episodio desviado a partir de cierto instante de su desarrollo es como cabe entender con más hondura la realidad del modo de pensamiento llamado filosofía. (Tampoco puedo evitar mencionar cuánto recuerdan a la relación entre fálsafa y kâlam, en los siglos de oro de la cultura islámica, pero muy especialmente en Algazel y Haleví, estas ideas de Rosenzweig acerca de la cultura y la historia. Nada más natural que la cada vez más plenamente asumida imitación suya personal del destino del poeta judío medieval.)

    Pero ¿cuál es la diferencia que separa más claramente a la filosofía vieja del nuevo pensamiento, o sea, del más antiguo y que ahora florece, según la historia real de la cultura, en aquellos fenómenos que, al modo de Hegel, trata sólo de conceptuar, jamás de suscitar, la pluma de Rosenzweig moviéndose en las trincheras y los hospitales de campaña del frente del Este desde 1916? No otra que la distancia entre las nociones filosófica y religiosa, o sea, objetivista y existencial, de la eternidad y, si se quiere decir en palabra menos especulativa, del punto de fuga del anhelo metafísico humano: del objeto auténtico de la esperanza –que al mismo tiempo es el contraobjeto del espanto más profundo–.

    Y es que siempre es el hombre un ser terrenal e histórico, enredado en un laberinto de cuidados dedicados al mundo y a las personas y a lo divino, que permanece a la luz difícil de la muerte. La muerte trata de enseñar al hombre que la verdad última de todas las cosas es la forma impersonal de ser, como si el cadáver fuera la mariposa de la humana crisálida. Y caben dos clases de respuestas al enigma de la existencia: una requiere paciencia y la otra es impaciencia pura.

    Esta segunda hace el gesto inútil, soñador, vanamente utópico, de detener, porque ella así lo quiere, la existencia, para exigirle ya mismo, aquí mismo, sus credenciales y sus secretos, antes de continuar danzando en ella la danza de la muerte.

    La primera forma de respuesta acepta que la vida del hombre es constante precariedad, vida en el enigma, búsqueda de sentido sobre la base de roca de la confianza en que la vida misma es la maestra, no el propio hombre que quiere pararla y sacar de su chistera las contestaciones, olvidándose de que sólo si a sabiendas las ha escondido allí primero podrá luego hallarlas.

    La historia de la existencia personal, en el marco de la historia universal, es la trama divina entre las realidades pre-históricas que son el hombre, el mundo y Dios. La máxima fidelidad a todo cuanto de verdad es fenómeno en esta trama, equivale a la más alta forma de existencia y, al tiempo, de pensamiento. Resulta inútil e incluso pernicioso un –ismo cualquiera aplicado a las variantes del pensamiento así entendido. Y entre tales –ismos falaces están las mismas palabras religión o teología o pensamiento, por no referirnos, desde luego, a budismo, cristianismo y judaísmo, paralelos a idealismo, empirismo y criticismo. No hay sino la nuda vida humana, en medio de un paisaje ninguno de cuyos detalles vivos ha de ser negado; sólo que el hombre cae continuamente en la tentación de reducir, en la tentación, jugando un poco con la palabra, del reduccionismo. La vida del hombre es ser simultáneamente en el mundo, entre los hombres y ante Dios. Recortar lados a esta pluralidad, dedicar el esfuerzo a alguna forma del monismo o del dualismo, es malograr las fuerzas de lucidez que se nos han dado.

    Pero la lucha por ver en toda su riqueza el paisaje en torno al viaje de la vida no debe presuponer ni siquiera que todas las épocas históricas obedecen a la misma estructura y se abren a las mismas noticias. Hay, precisamente, que dejar abierta la noción de posibles épocas, de posibles eones globales, en correspondencia con los eones que experimentamos en nuestra existencia personal. Así es como debe recogerse la herencia del concepto de filosofía positiva que elaboró el viejo Schelling, el cual es, de hecho, la aurora histórica del nuevo pensamiento, porque sin las ideas de las divinas potencias primordiales y sus inversiones no se deja pensar este realismo de cuño muy original al que Rosenzweig dedicó sus energías de hombre en trance de lenta muerte, a lo largo de los quince años últimos de su vida.

    Hay un modo de pensar que ahoga en la falsa eternidad todas las diferencias, o sea, el tiempo mismo, la separación y peculiar conjunción del mundo, del hombre y Dios, los dramas de la existencia y la ciencia y la creencia. El miedo paralizante a existir sin tener en la mano, gracias a la evidencia, los resortes del poder sobre la vida, es la partera, y no Sócrates, de esta eternidad del monismo –ya sea monismo del mundo, de Dios o del hombre– que ha sido sucesivamente la historia de la filosofía.

    Y hay otro modo de pensar, que es, de entrada, pensar con, en y desde la lengua materna e histórica –que ya es difícil de no reducir a una sola de sus dimensiones, dado que hay que aceptarla, asimilarla y usarla en toda la riqueza de su contexto que hoy llamaríamos pragmático, y ésa es obra del más fino espíritu de finura que nos cabe–. Aquí la cuestión espinosa consiste en no eludir los espinos, por más peligrosos que sean; no vaya a ser que la exigencia de sentido que es la vida que grita su no a la muerte, vaya a apagársenos entre las manos por la indiscreción, o sea, por el miedo, de cualquier cortocircuito intelectual, que en este dominio es cualquier religión particular (judaísmo y cristianismo no son religiones, podría decirse –pero Rosenzweig desdeña la palabra misma–, sino las dos modalidades de la existencia lúcida y paciente, que nunca alcanza, como en la fábula de Lessing, la posesión de la verdad eterna, justamente porque la eternidad no entra invasoramente, como cuerpo extraño, en la historia, ni siquiera para declararla el velo de Maya).

    La eternidad de las promesas auténticas va en correlación con pensar que, en efecto, cada hombre porta en sí tanto sentido a cada momento como para estar maduro en todos ellos si es que Dios quiere ya juzgarlo. La eternidad real es el porvenir siempre viniendo, del que no está en nuestro poder adelantar o retrasar la llegada. No es el futuro histórico el juez del sentido de cada realidad individual; sino que cada una de ellas, cada uno de los hombres, está completo o manco en su sentido por sí mismo y sólo según viva la serie dramática, la trama de sus relaciones múltiples con las demás realidades. El hombre no está hecho para disolverse ni en el mundo ni en Dios, de la misma manera que ninguno de estos otros dos polos de la realidad está hecho para una disolución semejante en alguno de los demás. Los tres viven, cada uno en su forma, desde la creación a la redención, como denomina el realismo bíblico al comienzo de antes de todo comienzo temporal y al final de después de todo fin temporal.

    De aquí que tampoco sea posible conformarse con sostener que el hombre aspira a la misma humanidad que ahora ya tiene. Tal cosa sería olvidarse de que queda mucho futuro, mucho futuro futuro, a la trama trazada entre un hombre y los demás seres, uno de los cuales es el Dios de cuya mano debemos volver a aprender siempre cómo ir andando en paz infantil por el Jardín que más bien nos parece Exilio.

    * * *

    Es extraño que el mensaje común del peculiar personalismo de todos estos discípulos de Hermann Cohen nos sepa, ante todo, si se permite palabra tan ajena a la filosofía, a optimismo hiperbólico, justamente cuando la primera razón del interés por ellos será, casi siempre y con toda justicia, la necesidad saludable de escuchar las voces de los testigos de la Catástrofe.

    Creo, sin embargo, que el pensamiento capital de que la humanidad del hombre se apoya en cierta alianza inmemorial que quiso pactar con ella el Bien perfecto, no ha surtido en estos autores efectos de deslumbramiento que tiendan a borrar los perfiles terribles del mal. Para todos ellos vale la palabra de Cohen: Anatema sea la desesperación política.

    Texto publicado en págs. 47-66 de Religión y Persona (ponencia en las Jornadas de Diálogo Filosófico, 2005).

  • En el origen fue la Ciudad (y en el final será la Ciudad)

    En el origen fue la Ciudad (y en el final será la Ciudad)

    La palabra más antigua que se conserva del esfuerzo de los pensadores solitarios –los filósofos– por alcanzar la verdad de las cosas se refiere a lo necesario y a lo justo. Dice que hay que afirmar que todo nace desde el mismo lugar hacia donde todo muere, o sea, que la realidad, en su conjunto inmenso, está constituida por dos sectores, sólo uno de los cuales vemos y nos llena de interrogantes, mientras que el otro, el insondable, el dominante, explica todos los problemas y todas las apariencias entre las que nos hallamos cotidianamente. La zona de lo real que nos está más próxima y de la que formamos parte es un constante cambiar entre los acontecimientos oscuros del nacimiento y la muerte. Ser es este cambiar que dispone de un tiempo limitado pero ordenado. Otra cosa, que propiamente no es porque no nace ni muere ni se deja ver o tocar, se reserva la fuente del sentido de este cielo abigarrado, sorprendente, demasiado vario como para que los poetas y sus diosas inspiradoras nos lo describan de veras en sus causas secretas.

    La idea inicial de la filosofía, cuando se llamaba a sí misma historia natural, está tácitamente inspirada por la ciudad, a la vez que, también tácitamente, aspira ya a renovarla y quizá hasta a revolucionarla.

    En efecto: este arcaico genio, Anaximandro de Mileto, considera la realidad escindida en dos niveles que reproducen la situación de la ciudad de los hombres, sólo que idealizándola. Lo Dominante (arché) y Originario, lo Inmutable y archidivino (porque los dioses nacen y no mueren, y Arché no muere, pero tampoco nace, y tampoco existe cambiando o teniendo historias y matrimonios): esto superior, que no se llama ningún nombre de cosa nacida, sino sólo Indeterminado (ápeiron), abraza todo lo restante, le impone el orden de sus tiempos y lo rige, en definitiva, según lo necesario; y esta necesidad, por la que la duración concedida a cada cosa es justicia, y es justicia también, por lo mismo, la muerte de cada cosa, a fin de dejar paso al nacimiento de otra nueva, controla y decide sobre todo lo que cambia. Al conjunto de lo nacido, o sea, a la Naturaleza (physis), le impone su ley inexorable y justa el Principio. Cuanto ocurre y vemos, pero no nos explicamos a esta primera vista, sucede porque el Principio así lo tiene dispuesto desde que dictó el orden (taxis) de los tiempos y puso a cuanto de él se desprendió (como un óvulo se desprende de las paredes de la Matriz de toda la naturaleza) bajo lo Necesario. El Principio, el Príncipe, no es la Necesidad de la naturaleza, no es el Tiempo ni es la Justicia que imparte vidas, suertes y muertes a la Naturaleza; no es la Ley (la palabra la omite nuestra reliquia del libro de Anaximandro, quizá porque no le gustaría ser tan consciente del modelo que había tomado el atrevido ascenso de su mente). El Príncipe, la Matriz, lo Insondable e Infinito, está por encima de toda ley e impone todas las leyes. Es la fuente de la ley, bajo la cual se encuentra todo lo nacido de él, todo lo que regresará al morir a él.

    Anaximandro vio la Ciudad humana, en la que seguramente él mismo fue un aristócrata de estirpe regia; vio que la antigua tiranía de los monarcas se había disuelto en Derecho, Gobierno, instituciones incipientamente democráticas, y que este avance respecto de los viejos Agamenones y Aquiles traía consigo no la guerra de Troya sino el adelanto comercial, los inventos, el control del calendario, los inicios de la ciencia e incluso una organización federativa que podía por el momento triunfar de la barbarie caótica de los imperios orientales. Claro que este orden justo, al que ya había cantado Hesíodo, no era perfecto, pero era maravilloso. Y cuando el pensador ingeniero, que diseñaba relojes de sol o medía el instante del solsticio y el del equinoccio, y sabía en qué año preciso ocurriría el próximo eclipse de sol, miraba el mar, las nubes, los campos, los animales, los hombres, aunque no podía ver junto a todas estas cosas la ley que las permitía y las organizaba, elevaba su pensamiento hasta ella y hasta su fuente más allá de los bordes del cielo más lejano.

    Los hombres vivimos gracias a las leyes, que han establecido para nosotros el limitado paraíso de la ciudad en mitad de los campos inhóspitos. Desde la Ciudad, cultivamos, como jardines, porciones de estos campos, porque sabemos, después de inmensos siglos de titubeos, que hasta lo salvaje, controlado por la ley, produce multiplicadamente los frutos que se vuelven nuestros alimentos y los ganados que hacen casi fácil nuestra existencia de viajeros, comerciantes, soldados. Al explorar según la ley ciudadana los movimientos de la naturaleza que nos rodea, observamos una correspondencia extraordinaria: la Naturaleza, ciertamente, gusta de ocultarse, porque en realidad, su apariencia de incomprensible Fuego o de pura Guerra (todo cambia constantemente, nada se repite, todo lo que vive está matando algo y trasformándolo en otra cosa) esconde una Proporción (logos) conforme a la cual todo sucede. Hasta la música, inspiradora de la locura sagrada (manía), en la que los hombres se ponen fuera de sí (éxtasis) y se unen a la Vida de Dióniso, es en realidad proporción numérica.

    De este modo, inspirados por la realidad salvadora del Derecho en la Ciudad (el Derecho hace la Ciudad, pero también se diría que la Ciudad hace el Derecho, y no es posible decidir humanamente qué fue primero), los filósofos arcaicos preguntaron a la Naturaleza si también ella vivía por el Derecho, y hallaron que la respuesta era que sí. Y también en este caso cabía la duda de si el superior Derecho que impregna la Naturaleza es anterior a ésta o si ésta fue su cuna. Pero en seguida la cuestión quedó zanjada: en la Ciudad, jueces y reyes, por cuya boca veía Hesíodo manar la leche y la miel de la Ley, cabe la corrupción de lo Justo; en la Naturaleza, no. Hay, pues, una posibilidad de que el Derecho cívico haya sido establecido por los hombres mismos (nomos) según cierto pacto que las necesidades de la supervivencia forzaron; pero la Naturaleza misma ha nacido ya bajo lo Necesario, el Orden, la Proporción, a todo lo cual se llamará Autoridad (arché), pero no Convención (nomos). Ahora bien, si los hombres mismos en sus ciudades formaban parte, como es indudable, de la Naturaleza sometida a la insondable y absolutamente justa Autoridad, y si sus vidas privadas obedecen no a la ley de las ciudades sino a la común de la Naturaleza en cada detalle y cada avatar, ¿cómo no surgirá desde los principios mismos de la filosofía la idea grandiosa –y peligrosa, de tan grande– de buscar que la Convención ciudadana, a fin de cuentas tan variada como las fronteras de las múltiples Ciudades, se ajuste (harmonía) poco a poco o de una vez a la Proporción divina del Cielo?

    El filósofo arcaico tardó algún tiempo en reflexionar radicalmente sobre el hecho asombroso de que él, mera parte de la Naturaleza, supiera tanto sobre la ley impuesta por la Autoridad más que divina; pero desde el principio de esta reflexión entendió que su sabiduría, que en el fondo deberá ser patrimonio común de la humanidad, al escalar los cielos y más allá de ellos (metafísica), trae de vuelta a la Ciudad el plano de su Revolución. Una revolución –deberás ajustarte a la ley divina de la Naturaleza y prescindirás, para ello, de tus caprichos individuales, egoístas, diseñados sobre todo para justificar tus guerras contra las Ciudades que te están próximas– que en realidad es una reforma: una enmienda del estado de cosas de hoy, que ya se ha alejado demasiado de la justicia según la Naturaleza, para que regrese a su primer origen, del que, quizá misteriosamente, sólo los hombres nos hemos separado, como si hubiéramos salido del Paraíso inicial, de modo que ahora andamos perdidos por el mundo, aunque, maravillosamente inspirados por la fuerza natural de las cosas, hayamos ya emprendido el retorno a la Naturaleza gracias precisamente a la fundación de la Ciudad.

    Ya se ve que este programa, según el cual la Metafísica es siempre reforma revolucionaria, implica curiosas derivas, algunas de las cuales determinaron el destino histórico de los filósofos arcaicos. La Ciudad no debe disolverse en la Naturaleza, precisamente porque el Hombre es el único entre los seres sublunares que no simplemente está en la Naturaleza sino que, además, la conoce como tal, o sea, a la luz de su Autoridad. En consecuencia, la Ciudad debería reflejar un orden más cercano al de lo divino que al orden que observamos en los seres sin conciencia de la Ley. Un hombre que se abandona a la Naturaleza, así, sin más, es de hecho del todo inviable: el vástago humano al que no recoge o levanta del suelo ningún germen de Ciudad, muere en cuestión de horas. Esto es excepcional en el seno de la Naturaleza. Está claro que esta extraña forma natural que es el ser humano, justamente caracterizada porque tiene conocimiento de la Proporción que rige todo (zoon logon echon, animal rationale), se encuentra en la cima de la Naturaleza y, para decirlo mejor, como a mitad (metaxý, palabra central de la filosofía socrático-platónica) entre el Principio y la Naturaleza. El conocimiento, que lo reúne en la forma superior de Naturaleza llamada Ciudad (polis), es la base misma de su posibilidad de vivir. La Ciudad es ya, pues, de alguna manera, lo Divino trasladado a copia natural o, mejor dicho, humana y sólo humana. ¡No comparemos a la Ciudad de estos maravillosos Seres Intermedios que somos nosotros con las colmenas o los hormigueros! Eso es una blasfemia. La Ciudad ha nacido para que este casi Demon que es el hombre, este vínculo entre lo Divino y lo Bajo de la Tierra, quizá más cercano a los cielos y sus astros-dioses que a los animales y las plantas, realice poco a poco una humanización de la Naturaleza que, sin violar sus leyes, la haga fructificar de la mejor manera posible. El construir humano no podrá ser otra cosa, si se entiende rectamente a sí mismo desde la Verdad de la Filosofía, que un poner en tensión explícita a la Tierra con lo Divino. Esto no significa lanzar a la Tierra a la servidumbre de los meros deseos del hombre, porque por ellos es por donde más conectamos con la mera vida animal y hasta con la mera vida vegetativa. La primera filosofía no propuso la explotación técnica de la Naturaleza como su consecuencia irremediable. Al contrario, pensó en algo que la teología cristiana medieval encontró sumamente afín con sus designios: la humanización profunda de la Naturaleza, pero según los criterios de la Mente, que, como decía Séneca, es Dios que vive de huésped en el cuerpo humano; lo cual significa un hacer regresar la Naturaleza a Dios, en cuyo trabajo también el Hombre se pone en camino de este mismo regreso, de esta elevación (redditio) o recapitulación. En el trabajo de humanización de la Tierra se cumple una parte fundamental de la colaboración del hombre con la Redención, y este trabajo se realiza conforme al modelo de otro preliminar: la edificación de la Ciudad propiamente humana, o sea, divino-humana.

    Cuando fray Luis de León ensalza los campos libres como reflejo de la belleza creacional de Dios y lugar privilegiado para la oración, está ya mirándolos a la luz de esta tarea de consagración que los hombres llevamos a cabo, muchas veces sin conciencia y otras contra toda conciencia, por el medio humilde de construir nuestras ciudades.

    La arquitectura no lleva, pues, casualmente este nombre de Arte Primera, Arte Dominadora.

    Publicado en Las ciudades del siglo XXI: ensayo sobre sus fundamentos socioeconómicos, tecnológicos, energéticos y climáticos, 2012, págs. 23-26.

  • La eternidad desciende al tiempo

    La eternidad desciende al tiempo

    1 Un fragmento de ontología

    Hemos perdido en español lo primero que debe saberse acerca del perdón; y ello es que significa don extraordinario, superior, desbordante. No tiene importancia que se discrepe respecto de la etimología exacta, sino que solo se necesita hacer hincapié en que desde que la palabra comenzó a circular, básicamente se la usó en el sentido dicho. Después se disolvió este núcleo del término y no hace mucho que se invierte algún esfuerzo en recuperarlo.

    Sucede esto cuando se reconoce la inmensa importancia que tiene la constelación de actos, estados y acontecimientos que rodean al perdón, empezando, desde luego, por necesitarlo, pedirlo, recibirlo y no poder pedirlo o no recibirlo, y pasando luego a la posibilidad de considerar el perdón como relación entre dos individuos, como posible relación respecto de todo un grupo y como asimismo posible relación con Dios; y además hay el extraordinario fenómeno de la intercesión suplicando el perdón para otro.

    Enseguida se recordará que Vladímir Jankélévitch separó en su magistral trabajo los similiperdones y los cuasiperdones del perdón auténtico, y los clasificó y ejemplarizó con una riqueza admirable. Es sorprendente que un tema de tanta relevancia teológica haya sido explorado tan a fondo por alguien que se califica de agnóstico, cuando me temo que no habían llegado ni a la mitad del recorrido de su investigación legiones de teólogos y filósofos.

    En buena medida, mi contribución aquí debe mucho a la combinación de Jankélévitch con Kierkegaard.

    Pero en el comienzo el perdón es el gesto inicial del don sobreabundante de que haya mundo y, más aún, vida y, en definitiva, mi vida: regalo esencial, solo sobre el cual caben los restantes posibles dones y perdones.

    El asombro respecto de que haya realidad en vez de no haber nada brota del gesto ontológico primordial de dar la realidad inmensa. Es gibt, mejor que Il y a. Lo que nos hace recordar cómo el don más perfecto es aquel tras el cual se oculta por completo el donante, hasta el punto de que quepa siempre interpretar como ser de suyo y no don, por ejemplo, el conjunto de la realidad. Porque si el donante ha impreso con claridad su nombre sobre el regalo que hace, entonces el destinatario se ve compelido a reconocer una deuda respecto del donante aún más grande que el tamaño de lo que ha recibido; y ya por ello mismo el sentido desbordante del per-dón queda obnubilado y transformado a partes iguales en don muy grande y deuda muy pesante y enorme.

    Levinas prolongó esta idea cuando escribió en uno de sus cuadernos de notas estando en cautividad que “el perdón es la estructura misma del ser”. Lo dice porque en esa época consideraba que “el tiempo es el fondo del ser”; y el tiempo es “la posibilidad para lo definitivo… de ser no definitivo, de volver a empezar” –y critica desde esta tesis a Hegel, a Bergson y a Heidegger–.1

    Reunamos estas dos ideas iniciales: la realidad –la podemos concentrar en nuestra vida personal, para mayores concreción y claridad– es el don de dones. Pero es que además la base misma de lo real, que es el tiempo, ofrece, al matar posibilidades, al deshacer identidades empedernidas, al permitir que se inicien series nuevas de realidades, la condición de poder recomenzar. Lo real comenzó y la vida en la esfera del perdón re-comienza. Empezar es surgir como dado, regalado, adonado. De aquí que en Totalidad e infinito escribiera el mismo Levinas que el perdón es “el último acontecimiento del ser”.2 Esta frase tiene connotaciones que el mismo Levinas llama escatológicas, pero no tanto porque se hallen referidas a un quizá mítico fin de la historia, sino porque son primordiales, an-árquicas, y completan la creación del ser humano.

    Levinas piensa primordialmente en eso que llamó el Hay –y que ocupa en su obra el lugar sistemático que la Totalidad en La estrella de la redención, el libro-vida de Franz Rosenzweig– bajo las especies del Tohu-bohu previo a la creación divina que introduce el capítulo primero del Génesis. Es el totum revolutum que se describía mitológicamente como abismo de aguas saladas y dulces en mezcla indiscernible y sin forma alguna de continente –y el Téhom, este abismo de la mitología babilonia, aparece asimismo en esta página del primer libro de Moisés y de la Torá–. Es, pues, un pensamiento que ayuda a pensar al Dios que interviene sobre esa informe infinitud para convertirla en su creación; es un correlato vacío de la realidad suprema e inicial del Dios. Con la creación divina ha desaparecido, así como la Totalidad queda rota porque interviene Dios –o sea, porque desde la eternidad ya ha intervenido siempre Dios–.

    Levinas encarna la divina intervención en el momento intrahistórico, en todo momento histórico, como una posibilidad, como un acercamiento de lo eterno al tiempo indiferente y ajeno a toda cualidad –él mismo, imagen perdurante del Hay, del Caos, del Abismo–. En efecto, no hay momento del tiempo sin cualidad en el que no amenace al ser humano la posibilidad y aun la inminencia de un poder brutal que deshace su casa (su êthos), su moral (su morada). El mero homo bene moratus se considera a sí mismo, tácitamente, tan solo una parte de la Totalidad; pero es en cada momento posible que advenga desde fuera de esta tranquila estancia moral una impugnación que moviliza la calma, la apacible mismidad moral de una persona. Pero justamente entonces se manifiesta la posibilidad de que esa persona sea libre, o sea, que pueda hacer frente a cualquier perversa intrusión de la mayor fuerza de movilización que se pueda pensar. Viene el caso serio y revela la banalidad de la moral y la convierte en bajeza, cobardía, maldad y, en definitiva, despersonalización, desindividuación, subsunción de nuevo en el caos primordial, en el Hay, en la Totalidad; pero lo hace porque en ese mismo instante comparece también, por fugazmente que sea, la posibilidad de permanecer en la absoluta resistencia. Si se obra así o, al menos, si se intenta con todas las fuerzas obrar así, la que antes podía quizá creerse mera morada manifiesta ser como la casa de cimientos firmísimos, a la que la galerna no desbarata. El hombre al que la violencia no arrebata no poseía tan solo una morada social, sino que, posiblemente sin saberlo, ocupaba una morada a salvo de la historia y del tiempo sin cualidad y del Caos y la Violencia.

    La persona que no es arrebatada por la corriente de la historia sufre, desde luego, la violencia de hallarse en principio situada como un ente más en el Todo: si eso es ser, entonces el ser se revela como poder incoercible que desmantela toda provisional mismidad moral. Muestra que no existía tal mismidad sino por relación a la sociedad, y la sociedad jamás es la paz. Pero si cuando alguien realiza los actos que le exige la Violencia del ser pierde así la posibilidad de todo acto de veras personal y se convierte en una más de esas tejas sueltas que vuelan con el viento y pueden matar a un viandante desprevenido –de las que habla Simone Weil–, quien continúa existiendo gracias a que lleva a cabo el acto que rechaza toda movilización violenta no es ya que se amarre al existir, al ser, dando prueba de que este no es solo el horror de la guerra: es que ya estaba en una relación con el ser que era no meramente de costumbres, sino ya ética en la acepción plena de esta palabra. Ya había ahí realmente un Mismo que no estaba identificado más que consigo mismo, es decir, que se había aliado con otro aspecto del ser, más fundamental y primario que la Violencia de la Totalidad; un aspecto que representa el Otro pero, precisamente en berit, en alianza. El Ser es, pues, o bien la única real mismidad que deslíe enseguida toda moral en su gesto de remoción o movilización universal –que se puede experimentar como Guerra–, o bien el Otro respecto del cual existe, es también la personalidad ética, la auténtica mismidad no caótica ni líquida del ser humano singular.

    Es al llegar a esta encrucijada cuando Levinas mismo decide distinguir entre dos caras del ser: la que se hace patente en la situación humana guerra y la que se insinúa, llena de misterio, en la conciencia moral, basada en la certeza de la paz. La conciencia moral precisa de una “relación original y originaria con el ser” (14), o sea, con otra o la otra cara del ser. Es verdad que inmediatamente trata de establecer Levinas la diferencia en términos de ontología de la guerra frente a escatología de la paz mesiánica; pero unas líneas adelante escribe también que “la escatología pone en relación con el ser más allá de la totalidad o la historia… Como si la totalidad objetiva no colmara la verdadera medida del ser” (15)3. Es audaz y quizá contraproducente usar la palabra cara todavía para esto, o sea, para lo infinito, solo que “lo infinito es tan original como la totalidad”.

    El acontecimiento de la resistencia perfecta a la violencia del ser como guerra ha tenido, debido a lo que acaba de afirmar el filósofo, una presencia secreta ya antes, quizá ya siempre, en lo inmemorial o an-árquico, en la alianza creacional. Levinas lo expresa diciendo que lo infinito “se refleja en el interior” de la historia, es decir, de la totalidad, porque el héroe resistente no es, por cierto, cuando acontece su hazaña, la primera vez que ha sido suscitado a plena responsabilidad. En modo alguno. Ya ha habido en el pasado del héroe ético instantes con plena significación, es decir, arrebatados al imperio de la historia y capaces de influir, sin embargo, en el interior de ella. En esos instantes el correlato era ya, aunque sobre todo tácitamente, lo infinito. Y cuando ahora volvemos a tratar de describir este que acabamos de denominar reflejo intrahistórico de lo infinito, capaz de levantarnos al instante que la historia no domina, Levinas salta eufórico, como David ante el arca, y lo llama esta vez resplandor de la exterioridad, de la transcendencia; y lo fija, como es bien sabido, en el fenómeno asombroso y a la vez cotidiano del rostro humano (17). Lo escatológico no pierde su relación con el ser, no está “cortado del ser” (19). Evidentemente, puesto que el rostro, insisto, surge en medio de la historia, más consistente que la “dura ley de la guerra”, violencia esta vez sí esencial: el rostro, resplandor histórico de lo infinito, es “el último acontecimiento del ser” (19) en la articulación compleja de mí, el prójimo humano y el producirse en su rostro –o sea, en la relación de Mismo y Otro– lo Infinito. Producirse, recuérdese, no significa aquí nacer u originarse, sino algo así como salir a la palestra, combatir en su mismo terreno contra la Historia: combatir contra la guerra.

    Y ¿por qué? Son varios los factores fenoménicos que obligan a hablar así. El más destacado es el modo, él mismo evidente, en que el rostro o el prójimo escapa de las determinaciones del saber objetivo y, en esa misma fuga, exige de Mí Mismo, como decimos mucho en mi tierra murciana, lo que literalmente no está escrito. Levinas dijo años adelante que me convierte en su rehén, que me obsesiona; pero en un rehén viajero, que va colgado de su señor a donde quiera que este vaya, aunque puede escapar en otras direcciones a medida que se multiplican los encuentros con otros rostros –que siempre habría que llamar el Rostro, pese a que en cada momento contenga matices accidentales diferentes–. Experimento una exigencia total que jamás lograré satisfacer plenamente y que, además, no me violenta con la misma violencia que la guerra, sino con esa otra superior pero no armada a la que acabo de aludir.

    Pero es que a la infinición de lo infinito en el margen mismo de la historia se añade de mi parte, de la parte de Mismo, una hospitalidad desmesurada, y ello en varios sentidos. El primero: nunca agotaré, por más numerosos que sean los que se me presenten, el número de los prójimos, del Rostro. El segundo: mi capacidad de dar a tantos tanto hace que yo, el huésped, me desviva –y más aún– por mis hospedados. Saco de mí tesoros que no estaban en mí antes del Rostro. O me los guardo, pero solo por la vía de negar el Rostro, de objetivar radicalmente al Otro, de ahogarme en mi avaricia. Hospitalidad casi tan infinita como la infinición de lo infinito a través del Rostro. Como escribe líricamente Levinas, puesta su pluma bajo las especies de Chestov y de Bloy, la verdad de lo Infinito y del Rostro humano no es un des-cubrir y traer a la luz, sino un drama nocturno – a su vez, desde luego, una “coyuntura” en el ser (21). Aquí la verdad es principalmente “respeto” y, aunque la palabra no es de Levinas, incesante trabajo, amor ético y, con la debida licencia, paz en la guerra. Amor ético que comparece ya en el simple establecimiento de un diálogo, porque este hecho supone reconocer que el rostro me inviste de singularidad ética, no de mera situación moral social; lo cual se encarna en que me ha hablado, me ha convocado y me ha hecho abrir esta boca mía, solo mía, que no puede recurrir a seguir siendo boca de ganso, a seguir hablando solo langue de bois, a no ser más que una de las cabezas inagotables de la Hidra de la historia. No hay más poderosa forma de manifestación del perdón.

    De la concepción excesivamente benévola del tiempo en los Cuadernos del Cautiverio, Levinas se ha trasladado a una posición muy cercana a la que sostuvo Kierkegaard en su momento. De este modo culmina lo que se puede denominar el tratamiento ontológico del perdón.

    2 Un fragmento de teología

    La transición que ahora conviene hacer, en dirección a la petición y la donación de perdón interpersonales puede comenzar tomando en cuenta ciertas espléndidas descripciones que insertó Jean-Louis Chrétien en su primer libro, Lueur du secret.

    El punto de partida está en San Juan de la Cruz, que ha insistido, en palabras del pensador francés, en que el don de Dios siempre es a la medida de Dios, no a la nuestra. En este sentido, no hay ni teofánica ni teocríptica que no sean constantemente perdones. Es lo único que tiene Dios para con nosotros. Por eso escribe Chrétien: “No puede haber un prólogo humano silencioso para el diálogo de Dios y el hombre; no hay terreno neutro que el amor no haya ya siempre devastado. El exceso es lo primero. Desde siempre nos vemos confrontados con una historia de amor que no es únicamente nuestra y que sobrepasa nuestras posibilidades.” De aquí que ocurra que “para saber que he transgredido la ley, yo me basto; pero hace falta que el amado me perdone para que me dé cuenta de hasta qué punto he faltado al amor” (11) –siendo así que todo el relato cristiano no es sino el del amor incondicional de Dios, o sea, todo él estriba en la realidad del perdón en un modo concreto que las descripciones de Levinas que hemos considerado no podían captar plenamente–. En efecto, no habíamos aún tomado en cuenta un carácter general del don que introduce la tragedia en la historia humana; y es que “el don, para ser don, debe poder ser rechazado” (56), hasta el punto de que “no hay posible ingratitud sin don”. Y no hay que olvidar que “la bondad que no incluye la justicia se vuelve mala, y la justicia que no incluye la bondad se vuelve injusta” (72). De aquí que el amor sea superior cuando es capaz de cólera, y “si Dios no fuera capaz de esta cólera, tampoco sería capaz de perdonar”. La situación es la misma que describe Schelling para cerrar su tratado sobre la libertad: si borramos hasta la posibilidad del mal moral de la historia y de la naturaleza, lo que estamos es negando lo primordial del amor divino y la sustancia misma de la revelación del Dios trinitario inmiscuido en el mundo de los hombres y crucificado.

    La teología de la ortodoxia cristiana insiste con gran hondura en cómo todo el tiempo y todo el mundo posteriores a la Pascua de Cristo han sido elevados por el perdón de la cruz y la resurrección a un estado ontológico pre-paradisiaco o pre-parusía. Los humanos no captamos esta realidad metafísica –que afecta al universo entero– y nos empeñamos en seguir viviendo reducidos a una débil fe, un pobre ejercicio de la razón, una esperanza que apenas se puede llamar así y, sobre todo, aún al margen de la historia del gran perdón del fin de los tiempos que ya se nos ha entregado. Un perdón, por cierto, que nos fuerza a un intenso e incesante trabajo de acogerlo.4

    Y veamos a partir de este punto cómo se presenta esta acogida.

    Nuestro perdón va, ya vemos, precedido por el de Dios, que además es el modelo de lo que nosotros podemos hacer por iniciativa de nuestra libertad.

    Ante todo, resulta ahora evidente que se puede estar perdonado ya antes de pedir perdón, e incluso que es en el ámbito del amor originario y perdonador de Dios en donde nos movemos y existimos. Cristo tuvo que subrayar este hecho pidiendo a su Padre el perdón de los sayones que lo crucificaban, porque realmente no sabían lo que hacían, y prometiendo el Reino poco después para quien regresaba al ámbito de la gratitud en la hora undécima de su vida, colgado del madero junto al Cristo.

    He ahí el fenómeno extraordinario de la intercesión, que se extrema cuando alguien pide a Dios que sea perdonada por Él una persona que ha muerto sin haber pedido perdón por una culpa grave, de las que catalogamos atrevidamente de imperdonables. En apariencia, no puede darse una situación así más que por desconocimiento de lo que es la esencia del perdón; en realidad sucede exactamente lo contrario: el amor de otro no se resigna con la muerte y la culpa criminal, y se atreve a descubrir la realidad de Dios precisamente en el instante en que toma en sus manos la prerrogativa divina de perdonar a quien ya no puede solicitar el perdón de su culpa. Justo porque se es entonces consciente como nunca de la capacidad del amor para modificar hasta lo inmodificable, se es también a la vez consciente de la pobreza del amor humano, que salta hasta atarse al amor divino implorando que este le deje sumirse en su corriente eterna. La intercesión en este límite de humildad amante obtiene lo que suplica e incluso sabe que lo obtiene. En realidad, es un ascenso místico perfecto hasta el amor primordial. Y aunque el caso de la intercesión auténtica –vivida de modo continuo en la experiencia cristiana– ya manifiesta, bien mirado, la naturaleza última del perdón, no exime de recorrer el resto de los fenómenos de la constelación del perdón.

    Pero es precisamente por lo que acabo de exponer por lo que se tiene que vivir activamente cuanto se refiere al perdón: hay que adelantarse a pedirlo, casi hay que adelantarse a que el ofendido sepa que ha sido ofendido por nosotros; hay que apresurarse a concederlo, incluso secretamente, sin que se nos haya pedido perdón. El otro deberá pasar por el trance de pedirnos perdón, pero no está de más que llegue a ese momento en buena parte porque esté ya experimentando que lo hemos perdonado de antemano. Debe él hacer ese camino solo para no volver ineficaz mi perdón, pero yo no necesito para mí ni por mí que el otro pase por las horcas caudinas de humillarse a pedir de veras que yo lo perdone.

    Por lo mismo, si he ofendido estoy absolutamente obligado a ir hasta el otro y suplicarle que me perdone. Él es en este caso figura Christi, de modo que no me vale el subterfugio de pedir, creería yo que directamente, perdón a Dios. Mi prójimo no es mi Dios pero sí, evocando una palabra de Lutero, el pan mío de cada día e incluso más cuando ha sido ofendido por mí, o sea, cuando he abusado de él en cualquiera de las mil maneras del abuso.

    3 Un fragmento de ética

    ¿Qué se busca al sentir la necesidad de perdón y moverse hasta la presencia del ofendido y pedirlo, bien con palabras o bien con actitudes y gestos? Si no se trata de un similiperdón, no cabe que se tenga a la vista en primer lugar el restablecimiento de algo así como la propia paz interior. Lo primordial aquí solo puede ser testimoniar el respeto que la dignidad incólume de la persona ofendida suscita en mí. Muestro mi arrepentimiento, o sea, reconozco un error moral grave, una culpa; al arrepentirme, tengo que exteriorizar que vuelvo al reconocimiento pleno de la santidad del otro, al menos en la medida en que fue pública mi ofensa. Esta mostró mi desprecio por el otro, como inferior en dignidad a mí, y ahora he regresado a la verdad y corrijo tanto mi transgresión como la infamia que he lanzado contra otra persona.

    Aquí es muy posible que no haya habido intención mía de menospreciar y rebajar, pero es el otro quien ha de interpretar mis actos para con él. Si no hay culpa en mí por más que indague mi conciencia, el perdón que pido se refiere solo a la perturbación y al daño o el dolor que haya causado simplemente por seguir adelante con mis obras de amor moral. El empeñado en esta clase de obras de suyo santas quizá no ve o no aprecia bien cómo deja expuestos a algunos contra los que tiene que dirigir el sentido de sus actos, incluso el de los requeridos por la moral. No estamos aquí ante un cuasiperdón por el hecho de faltar mi culpa, porque el daño, el dolor, la desorientación e incluso la envidia que he suscitado obrando el bien han trastornado otras vidas, con independencia de que merecieran o no ser trastornadas. Eso sí, este tipo de petición de perdón por el bien llevado a término es peculiar por el hecho de que va dirigida a todos los que han formado parte de mi entorno humano, pero no cabe escoger de ese entorno a nadie singular y pedir perdón a este en representación de tantos. Se trata del único caso en que es más importante la actitud de reconocimiento ante Dios de las propias hazañas –con sus indelicadezas adjuntas– que el dirigir una petición de perdón a un prójimo de los que se cuentan en mi entorno. Yo no puedo pedir perdón a alguien concreto cuando no tengo culpa, aunque haya influido en su ánimo y hasta en su destino. Si pidiera semejante perdón, lo estaría haciendo solo por apaciguar a quien me aborrece ya que se ha sentido perjudicado por mis acciones y mis elecciones; pero estaría blasfemando contra el bien que realmente hice, llevado por mi deseo de no seguir cayendo mal a nadie, de no suscitar envidia, recelos, odio, murmuraciones y difamaciones. Me interesa moralmente, sin duda, la paz de espíritu de quien piensa sinceramente que le debo pedir perdón por algo que yo no puedo reconocer como culpa a su respecto; pero hay que preferir el interés por la verdad antes que este espurio remedo de paz y reconciliación. En realidad, llevo a cabo un movimiento de conceder perdón ahora mismo a quien me maltrata exigiéndome una petición de perdón que por mucho que él la considere necesaria, yo no puedo tenerla por justa. Y sin embargo, sí debo expresar de alguna manera no secreta y ante Dios que imploro perdón por las reacciones estúpidas o perversas que mi afán moral ha despertado en otros. Un hombre santo no puede soportar la idea de salir de este mundo sin tomar en consideración a aquellos para los que su hermosa vida ha sido la principal tortura de la suya. Cuando surge el Cristo, el mundo se llena de diablos que salen de sus escondrijos, a la vez que de curados, de perdonados una vez más. El más grave o pesante de todos los pensamientos, ha escrito Chrétien, es que “el infierno mismo está referido al misterio del amor”.5

    No habrá que destacar que no es preciso que el ofendido se sepa ofendido para que yo, si soy culpable respecto de él, deba ir a pedirle perdón. Quizá su falta de conciencia de mi ofensa dificulte o retrase la concesión de perdón, porque despierte en esa víctima mía inocente la sospecha de que pueda estar yo mencionando la menor de mis culpas a su respecto. Buscará asombrado si lo que de repente estoy haciendo no es el modo pérfido de enterrar en la inconciencia definitiva una serie de daños y culpas mucho mayor y más terrible, porque cuesta trabajo confiar en alguien que pida perdón en semejante circunstancia. Pero lo que sí es interesante es comprender que diferir la concesión de perdón, también en este caso, siempre, pues, no tiene valor moral añadido, porque haya que meditar muy mucho si no será ligereza a su vez imperdonable perdonar sin reflexión pormenorizada sobre el conjunto de lo sucedido: la ofensa, el daño recibido, la espera hasta que llega la solicitud de perdón –diría uno, impaciente y ansioso, que no vendrá ya jamás…–, el gesto y las palabras con que se expresa esta petición. No. El perdón otorgado con premeditación es solo un similiperdón. La inmediatez concediendo perdón ante una solicitud que se siente ya al pronto como sincera y motivada, es la que añade valor moral al acto de quien perdona. La causa está a la vista: si debo todo al perdón divino previo a mi existencia y que la acompaña constantemente, tengo que estar en la disposición de haber ya otorgado mi perdón a todos los que me lo vengan a pedir y también a todos los que, para su desgracia –que me llena de tristeza a mí también–, no vendrán jamás. Solo un gesto, como es ver venir a lo lejos al hijo pródigo, bastará para que el padre preocupado, que sale a diario a otear el camino, salte de alegría perdonando. Hace bien el hijo, desbordado por el perdón inmediato, en recitar la retahíla de culpas que su arrepentimiento le ha dictado, pero eso es solo para completar la mutua dicha del reencuentro: yo, el hijo pródigo, no me guardo una reserva de egoísmo y orgullo y tú, el padre generoso, ves en mí una bondad que solo mi viaje de regreso no expresaba por completo.

    Tratar de la petición de perdón no cierra lo que es esencial decir sobre el perdón mismo. Pide uno perdón, restituye, en lo que de él, el ofensor, depende, la integridad del ofendido; pero he aquí que este ofendido concede realmente –no cuasi, no de modo análogo– este perdón. Se produce entonces un extraordinario trastorno en el perdonado, que deja muy atrás el hondo cambio en que maduraron su arrepentimiento y su viaje hasta el ofendido y su solicitud del perdón de este. Aun si se había previsto que este perdón fuera concedido, el hecho de recibirlo revoluciona la situación del perdonado. Para quien perdona no hay sino el alivio de ver que otra persona se restablece en su verdadera dimensión moral; pero el perdonado experimenta que cae sobre él el amor del otro, como anuncio de que sigue siempre en pie el amor-perdón de Dios respecto de la realidad entera. He aquí que acoger el amor de otro no es nada sencillo.

    El efecto real de este amor con el que no se podía contar, con el que no se estaba viviendo, sobrepasa absolutamente el momento presente. No es lo que sucede al escuchar una declaración de amor que nos llega desde alguien a quien no hemos antes dañado. Esta declaración no mira lo pasado y no se fija en el presente, sino que salta al futuro. Lo que dice es que dos personas que antes no han enlazado sus vidas quedan ahora en posición de comunicarse profundamente y, por tanto, de iniciar algo inédito. Pero cuando recibo el perdón del ofendido, la prueba de este amor atraviesa el momento y destruye el pasado. Realiza el milagro que algunos teólogos apresurados –o sea, que no llegaron a serlo aunque se creyeran ya tales– han afirmado que ni Dios puede hacer: cambiar el pasado. Y esta transformación tiene por autor no a Dios sino a otro humano –aunque esta persona ha dejado, al conceder su perdón, que un rayo divino la traspase y traspase también al perdonado, porque si la estructura del universo no fuera como he tratado de describirla usando la categoría del perdón, no sería posible el milagro de que el otro cambie mi pasado o yo cambie los pasados de otros–.

    Ante todo, incluso si admito que Dios no deja de amarme pese a mis culpas, el perdón que el ofendido me otorga me sorprende con la noticia de que soy amado como si mi pasado no contuviera males y vergüenzas. Mi reacción será de incredulidad, y no tanto porque dude de que ese cambio milagroso se haya producido en mí, sino porque su magnitud es tal que dudo de que se me esté perdonando, como solemos decir, de todo corazón. Mi impresión es: no resulta posible que alguien me ame con este amor pura energía; será o que no me conoce lo suficiente o que está fingiendo que me perdona de veras.

    En un segundo momento, miraré a mi intimidad y dudaré también del estado en que se encuentra. He aquí un factor esencial en el conjunto de esta descripción: necesito que se corrobore en el tiempo la realidad de que he sido perdonado. Y hay modos variadísimos de esta corroboración que dura y no es mero instante: desde el no volver a encontrar a la persona que me ha perdonado –pero esta desaparición es garantía de que no queda en ella rastro de afán de venganza–, hasta permanecer cerca de ella y ver la naturalidad con la que me trata precisamente porque sí ha perdonado. No lucirá ante mí su gesto como una prueba de generosidad inaudita y heroica, pero tampoco dejará ver en su conducta que recela de mí. Su perdón se ha basado en la certeza de que los seres humanos somos susceptibles de cambio, más si se nos cambia desde fuera de nosotros mismos, pero también a veces por nuestra iniciativa. El antiguamente ofendido sabe que su perdón ha curado mi corazón y no piensa siquiera en que aún se vean en él cicatrices –estas cicatrices tiendo yo mismo a verlas, de modo que hago bien plausible desde la experiencia de mi corazón la admirable noción teológica del purgatorio–. Dios, en cambio, y quien me ha perdonado, no saben nada de cicatrices: he ahí que el amor que inició el mundo e inició cada vida, hace nueva ahora una existencia.

    La transformación del universo que significa en su bellísimo título Olivier ClémentCristo, tierra de los vivos– se realiza palpablemente en este acontecimiento de la desaparición, en mi pasado, de cierta culpa, de un mal que yo jamás podía sanar, porque nadie puede perdonarse a sí mismo –solo cabe, a duras penas, soportarse a sí mismo cuando se está demasiado cargado de mal auténtico, es decir, de males morales–. No es quimérico pensar que antes del advenimiento del Cristo no pudiera el perdón llegar a sondear y limpiar el fondo del corazón. Las culturas antiguas están llenas de testimonios de la precaución con la que se trata al otro que es nuestro deudor o que parece habernos perdonado. Las alianzas están ahí exteriorizadas en protocolos de garantías y en series de amenazas si son violadas. Aristóteles solo quiere perdonar el mal que va acompañado por eximentes o por atenuantes muy grandes; Zenón de Citio, según el recuerdo que de él hace Cicerón, pensaba que sólo perdona alguien stultus et levis (o sea, estúpido y frívolo, es decir, desconocedor de la verdad y desconocedor de las normas morales vigentes). Todavía en la muy estoica moral del racionalismo clásico europeo no hay modo más poderoso de auxiliar a otro que manteniéndonos ante él incólumes en nuestra propia grandeza moral, para ejemplo de todos, y sin perdonar nunca. Como el cínico, no me vengaré –que sería asunto de imbéciles y frívolos– de mi ofensor, pero pondré su nombre sobre la herida que me ha hecho, a la vista de todos. Sócrates, como Kierkegaard lo veía, más que ejercer el perdón simplemente no juzgaba de ningún corazón pero practicaba constantemente su convicción de que no hay nadie que no pueda ser transformado por la verdad. La idea de que justamente lo imperdonable sea el blanco del perdón surge plenamente en la historia a raíz del caso del Cristo. Posiblemente ya la doctrina de un Jeremías haya influido en el mismo sentido en el judaísmo esenio y fariseo de los dos siglos anteriores al Cristo. La cruz de este es la realización de cómo el objetivo del perdón es ante todo lo imperdonable, sin exigir realmente nada de aquel a quien se perdona –sí algo: que su futuro, una vez limpio su pasado, no se viva una segunda vez–. Este núcleo del judeocristianismo ha penetrado la cultura en casi todas las regiones de nuestro mundo, de modo que no perdonar recibe un reproche inmenso en todas partes. Hasta se da lugar a la complicada noción de perdones colectivos a través de comisiones de la verdad que expurgan –eso pretenden– un pasado histórico colectivo de injusticia espantosa. En realidad, tal tipo de perdón es únicamente un cuasiperdón, como se ve por sus efectos ambiguos en las sociedades en que se lo ha aplicado, desde Sudáfrica a Argentina, desde Chile a Colombia.

    El pasado no puede ser modificado y hasta borrado más que si el tiempo no es como la columna vertebral de la realidad, sino que ese puesto lo ocupa algo que domina el tiempo, que se cruza con él, que revela en él su supremo poder ontológico y, sobre todo, su santidad, y que bien puede tanto crearlo como acabarlo, es decir, redimirlo, perdonarlo enteramente. Más real que el tiempo es este señor que lo envuelve y en el que están las raíces de la vida humana. Si lo nombramos con neutralidad teológica, lo llamamos la eternidad.

    NOTAS

    1 Emmanuel Levinas, Carnets de captivité et autres inédits, en Oeuvres I (ed. Rodolphe Calin). París, Bernard Grasset / Imec, 2009. P. 134.

    2 Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito (trad. Miguel García-Baró). Salamanca, Sígueme, 2012. P. 19.

    3 Este número y los siguientes, hasta que se advierta otra cosa, remiten a mi traducción de Totalidad e infinito (Salamanca, Sígueme, 2012).

    4 Considero de máxima importancia en este sentido el libro de Olivier Clément, Cristo, tierra de los vivos (trad. Mercedes Huarte). Salamanca, Sígueme, 2024.

    5 Op. cit., p. 56.

    Texto de la ponencia pronunciada el 25 de marzo de 2025 en el Congreso Perdón y Reconciliación, Universidad Francisco de Victoria.

  • Economías vaticanas. Breve introducción a las bases teóricas de Mensuram Bonam

    Economías vaticanas. Breve introducción a las bases teóricas de Mensuram Bonam

    El documento Mensuram bonam es una llamada a la conversión de cierta parte del tesoro de la Iglesia que suele quedar al margen de las exhortaciones vaticanas, pese a la larga y extraordinaria historia
    –no recordada en este texto– de las acciones de la Iglesia en el terreno de la economía.

    La primera base de MB es el recuerdo de una verdad elemental de la ética, no específicamente cristiana: que toda relación con las posesiones es un acto moral, o sea, calificable de bueno o malo moralmente, y nunca indiferente. Como es natural, esa relación puede ser o bien de mera conservación o bien de gasto o bien de inversión. MB trata de justificar cómo la mera conservación en realidad no es tal y, desde luego, entra en el terreno de lo inmoral a la vista de cómo está el mundo. MB recuerda una serie de parábolas jesuánicas, la más clara de las cuales es la de los talentos –recuérdese que un talento era un dineral–.

    La segunda base de MB es la afirmación de la igualdad y la dignidad suprema de cada individuo humano –de cada individuo, no de cada institución–. La fraternidad universal y la dignidad superlativa de cada persona es tesis común a la sabiduría griega y al cristianismo, pero es apresurado y muy optimista extenderla a todas las culturas –no ha sido así y aún hoy no lo es en el Extremo Oriente ni en África, por ejemplo, y, esperemos que en el pasado, tampoco en Suramérica precolombina–. Incluso dentro de la tradición general del Occidente ni el empirismo radical ni el racismo –y ni siquiera el marxismo– comparten este principio común a Atenas y Jerusalén. Este simple hecho concede a este segundo punto de apoyo de MB una dimensión utópica y profética, que se multiplica cuando se atiende a la situación real de la humanidad hoy, sometida a toda clase de miserias. Lo cual hace aún más cierto que gastar e invertir son mandatos morales que, eso sí, necesitan orientación y discernimiento.

    La tercera base de MB se refiere al carácter relacional del ser humano, más allá de los límites de los límites mismos de la humanidad. Se trata, claro está, de una verdad palmaria y muy importante, respecto de la cual hay que tomar ciertas cláusulas de interpretación que extraigo –subrayándolas– de MB.

    La primera es el subrayado –necesario, pero que nunca debe pasar a excesivo– del bien común. Recuérdese lo fácil que es amar al sobreprójimo y lo sencillo que es cambiar las leyes sin tocar a los individuos. El verdadero principio judeocristiano es el de Friedrich Gogarten, recientemente puesto en máximo valor por Knud Lögstrup y basado en la broma “socrática” de 1Jn 4,20: ἐάν τις εἴπῃ ὅτι Ἀγαπῶ τὸν θεόν, καὶ τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ μισῇ, ψεύστης ἐστίν· ὁ γὰρ μὴ ἀγαπῶν τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ ὃν ἑώρακεν, τὸν θεὸν ὃν οὐχ ἑώρακεν οὐ δύναται ἀγαπᾶν. El desarrollo humano integral no coincide con la promoción del bien común, salvo que se entienda este radicalizado, como sucede alguna vez en la enseñanza de los últimos papas, ya realmente alejada de Aristóteles –que no era precisamente un cristiano–.

    La segunda deriva que hay que prevenir es la posibilidad de subrayar por encima de lo justo la conexión del ser humano con la Naturaleza. El concepto de creación es bastante más complejo que esta deriva semi-estoica que tan frecuente es hoy. Es, de nuevo, más fácil cuidar del planeta que promocionar directa e inmediatamente a, por ejemplo que conozco, los pigmeos baka del oriente del Camerún. En este sentido, valoro radicalmente el esfuerzo por cubrir la ignorancia, por hacer avanzar en la conciencia, la libertad y el saber. Políticamente es esto tan difícil o más que crear condiciones de salubridad, pero da réditos esenciales. Poblaciones hoy marginadas no pueden salir de su estado solo por la mejora de sus condiciones económicas. Para decirlo con más violencia: los pobres culturalmente abandonados no son esa fuente de felicidad ingenua, de confianza en los seres humanos y de cristianismo popular que imaginan posturas extremas de la teología de la liberación. De ahí que sus posibilidades de progreso las vean antes en la violencia revolucionaria que en cualquier otro lugar: pueden desear para ellos lo que está siendo destructivo ya espiritualmente para sus opresores: dar culto al dinero. En otras palabras: la crisis de miseria material y moral de una enorme parte de la humanidad es más urgente aún que las crisis solamente ecológicas –las que afectan a la naturaleza–. Quizá se necesite un período de atención reduplicada a la promoción de los seres humanos, para luego poder pasar a atender radicalmente al problema de la degradación de la diversidad biológica y la polución de la naturaleza en general.

    Sobre estos fundamentos, aparece como una evidencia el deber de invertir del modo más justo y cristiano posible los bienes de la Iglesia y de cada una de sus instituciones y cada uno de sus individuos. No solo porque hacerlo es dar “una prueba de solidaridad con el género humano”, sino porque todas y cada una de las inversiones dan expresión tangible a valores que contribuyen al futuro o lo abandonan. Incluso es real y bueno que aparezcan vocaciones de inversores, ¿por qué no? Eso no es rendir culto simultáneo a Dios y a Mammón.

    No hay tampoco inversión moralmente neutra. La urgencia del discernimiento ético y cristiano acerca del invertir se echa de ver en que las teorías económicas predominantes no tienen en cuenta de veras los principios de MB. (Quizá en un futuro no lejano logre dar la Iglesia pautas técnicas sobre el régimen económico más justo, porque también esa audacia pertenece al núcleo de su misión.) Ya está habiendo ahora un crecimiento exponencial de fondos dedicados a fines idénticos o próximos a los que la justicia y el cristianismo piden, aunque corren el peligro de ser malamente instrumentalizados por falta de fundamentación suficiente.

    Un capítulo importante, solo rozado en MB, es que una parte de la actividad de los “inversores integrales” de nuevo cuño que se quiere suscitar debería dedicarse a construir y mantener vías de información realmente verídicas y no contaminadas ideológicamente ni comprometidas de manera oscura con la defensa a ultranza de la praxis de la Iglesia misma.  No es solo que no disponemos de métricas del desarrollo humano integral, precisamente porque la información está viciada en múltiples sentidos; es que ya la pequeña inversión que todos llevamos a cabo simplemente por tener dinero en el banco no la controla el inversor, que ignora cómo se desempeña su banco en cuestiones financieras de gran volumen. Esto crea un sentimiento vago de culpabilidad e irresponsabilidad que angustia a una parte importante y moralmente sana de la sociedad.

    MB insiste, como no podía ser menos, en que en este terreno que ella quiere animar y orientar no puede reinar en solitario la justicia conmutativa, sino aquella aplicación de la justicia distributiva que se derive del principio de subsidiariedad a las necesidades más apremiantes de los seres humanos. Y este punto está en conexión con el hecho perturbador pero claro de que en nuestro mundo hoy los negocios más sucios son los más rentables. Hay, pues, que huir de aferrarse al criterio de la máxima rentabilidad –pura justicia conmutativa, que entonces sería injusticia– ya solo en virtud de este factor. A la vez, habría que refutar lo que era la preocupación de Popper senil y que me manifestó tan rotundamente a mí mismo: debilitar la riqueza de los ricos solo comportará empobrecer los sistemas de promoción de los pobres. MB está en última instancia defendiendo que la noción de solidaridad pertenece al uso práctico de la razón y no al mero uso teórico de ella (como era el caso, muy probablemente, de esta insistencia de Popper).

    Anoto además una discusión a la que se abre muy prudentemente MB, pero que está iniciada en alguna encíclica del papa actual: las ventajas y los riesgos de una gobernanza universal que sirva, en primer término, para contener la avaricia de las corporaciones multinacionales y preserve así los derechos de los más pobres.