Categoría: Filosofía griega

  • En el origen fue la Ciudad (y en el final será la Ciudad)

    En el origen fue la Ciudad (y en el final será la Ciudad)

    La palabra más antigua que se conserva del esfuerzo de los pensadores solitarios –los filósofos– por alcanzar la verdad de las cosas se refiere a lo necesario y a lo justo. Dice que hay que afirmar que todo nace desde el mismo lugar hacia donde todo muere, o sea, que la realidad, en su conjunto inmenso, está constituida por dos sectores, sólo uno de los cuales vemos y nos llena de interrogantes, mientras que el otro, el insondable, el dominante, explica todos los problemas y todas las apariencias entre las que nos hallamos cotidianamente. La zona de lo real que nos está más próxima y de la que formamos parte es un constante cambiar entre los acontecimientos oscuros del nacimiento y la muerte. Ser es este cambiar que dispone de un tiempo limitado pero ordenado. Otra cosa, que propiamente no es porque no nace ni muere ni se deja ver o tocar, se reserva la fuente del sentido de este cielo abigarrado, sorprendente, demasiado vario como para que los poetas y sus diosas inspiradoras nos lo describan de veras en sus causas secretas.

    La idea inicial de la filosofía, cuando se llamaba a sí misma historia natural, está tácitamente inspirada por la ciudad, a la vez que, también tácitamente, aspira ya a renovarla y quizá hasta a revolucionarla.

    En efecto: este arcaico genio, Anaximandro de Mileto, considera la realidad escindida en dos niveles que reproducen la situación de la ciudad de los hombres, sólo que idealizándola. Lo Dominante (arché) y Originario, lo Inmutable y archidivino (porque los dioses nacen y no mueren, y Arché no muere, pero tampoco nace, y tampoco existe cambiando o teniendo historias y matrimonios): esto superior, que no se llama ningún nombre de cosa nacida, sino sólo Indeterminado (ápeiron), abraza todo lo restante, le impone el orden de sus tiempos y lo rige, en definitiva, según lo necesario; y esta necesidad, por la que la duración concedida a cada cosa es justicia, y es justicia también, por lo mismo, la muerte de cada cosa, a fin de dejar paso al nacimiento de otra nueva, controla y decide sobre todo lo que cambia. Al conjunto de lo nacido, o sea, a la Naturaleza (physis), le impone su ley inexorable y justa el Principio. Cuanto ocurre y vemos, pero no nos explicamos a esta primera vista, sucede porque el Principio así lo tiene dispuesto desde que dictó el orden (taxis) de los tiempos y puso a cuanto de él se desprendió (como un óvulo se desprende de las paredes de la Matriz de toda la naturaleza) bajo lo Necesario. El Principio, el Príncipe, no es la Necesidad de la naturaleza, no es el Tiempo ni es la Justicia que imparte vidas, suertes y muertes a la Naturaleza; no es la Ley (la palabra la omite nuestra reliquia del libro de Anaximandro, quizá porque no le gustaría ser tan consciente del modelo que había tomado el atrevido ascenso de su mente). El Príncipe, la Matriz, lo Insondable e Infinito, está por encima de toda ley e impone todas las leyes. Es la fuente de la ley, bajo la cual se encuentra todo lo nacido de él, todo lo que regresará al morir a él.

    Anaximandro vio la Ciudad humana, en la que seguramente él mismo fue un aristócrata de estirpe regia; vio que la antigua tiranía de los monarcas se había disuelto en Derecho, Gobierno, instituciones incipientamente democráticas, y que este avance respecto de los viejos Agamenones y Aquiles traía consigo no la guerra de Troya sino el adelanto comercial, los inventos, el control del calendario, los inicios de la ciencia e incluso una organización federativa que podía por el momento triunfar de la barbarie caótica de los imperios orientales. Claro que este orden justo, al que ya había cantado Hesíodo, no era perfecto, pero era maravilloso. Y cuando el pensador ingeniero, que diseñaba relojes de sol o medía el instante del solsticio y el del equinoccio, y sabía en qué año preciso ocurriría el próximo eclipse de sol, miraba el mar, las nubes, los campos, los animales, los hombres, aunque no podía ver junto a todas estas cosas la ley que las permitía y las organizaba, elevaba su pensamiento hasta ella y hasta su fuente más allá de los bordes del cielo más lejano.

    Los hombres vivimos gracias a las leyes, que han establecido para nosotros el limitado paraíso de la ciudad en mitad de los campos inhóspitos. Desde la Ciudad, cultivamos, como jardines, porciones de estos campos, porque sabemos, después de inmensos siglos de titubeos, que hasta lo salvaje, controlado por la ley, produce multiplicadamente los frutos que se vuelven nuestros alimentos y los ganados que hacen casi fácil nuestra existencia de viajeros, comerciantes, soldados. Al explorar según la ley ciudadana los movimientos de la naturaleza que nos rodea, observamos una correspondencia extraordinaria: la Naturaleza, ciertamente, gusta de ocultarse, porque en realidad, su apariencia de incomprensible Fuego o de pura Guerra (todo cambia constantemente, nada se repite, todo lo que vive está matando algo y trasformándolo en otra cosa) esconde una Proporción (logos) conforme a la cual todo sucede. Hasta la música, inspiradora de la locura sagrada (manía), en la que los hombres se ponen fuera de sí (éxtasis) y se unen a la Vida de Dióniso, es en realidad proporción numérica.

    De este modo, inspirados por la realidad salvadora del Derecho en la Ciudad (el Derecho hace la Ciudad, pero también se diría que la Ciudad hace el Derecho, y no es posible decidir humanamente qué fue primero), los filósofos arcaicos preguntaron a la Naturaleza si también ella vivía por el Derecho, y hallaron que la respuesta era que sí. Y también en este caso cabía la duda de si el superior Derecho que impregna la Naturaleza es anterior a ésta o si ésta fue su cuna. Pero en seguida la cuestión quedó zanjada: en la Ciudad, jueces y reyes, por cuya boca veía Hesíodo manar la leche y la miel de la Ley, cabe la corrupción de lo Justo; en la Naturaleza, no. Hay, pues, una posibilidad de que el Derecho cívico haya sido establecido por los hombres mismos (nomos) según cierto pacto que las necesidades de la supervivencia forzaron; pero la Naturaleza misma ha nacido ya bajo lo Necesario, el Orden, la Proporción, a todo lo cual se llamará Autoridad (arché), pero no Convención (nomos). Ahora bien, si los hombres mismos en sus ciudades formaban parte, como es indudable, de la Naturaleza sometida a la insondable y absolutamente justa Autoridad, y si sus vidas privadas obedecen no a la ley de las ciudades sino a la común de la Naturaleza en cada detalle y cada avatar, ¿cómo no surgirá desde los principios mismos de la filosofía la idea grandiosa –y peligrosa, de tan grande– de buscar que la Convención ciudadana, a fin de cuentas tan variada como las fronteras de las múltiples Ciudades, se ajuste (harmonía) poco a poco o de una vez a la Proporción divina del Cielo?

    El filósofo arcaico tardó algún tiempo en reflexionar radicalmente sobre el hecho asombroso de que él, mera parte de la Naturaleza, supiera tanto sobre la ley impuesta por la Autoridad más que divina; pero desde el principio de esta reflexión entendió que su sabiduría, que en el fondo deberá ser patrimonio común de la humanidad, al escalar los cielos y más allá de ellos (metafísica), trae de vuelta a la Ciudad el plano de su Revolución. Una revolución –deberás ajustarte a la ley divina de la Naturaleza y prescindirás, para ello, de tus caprichos individuales, egoístas, diseñados sobre todo para justificar tus guerras contra las Ciudades que te están próximas– que en realidad es una reforma: una enmienda del estado de cosas de hoy, que ya se ha alejado demasiado de la justicia según la Naturaleza, para que regrese a su primer origen, del que, quizá misteriosamente, sólo los hombres nos hemos separado, como si hubiéramos salido del Paraíso inicial, de modo que ahora andamos perdidos por el mundo, aunque, maravillosamente inspirados por la fuerza natural de las cosas, hayamos ya emprendido el retorno a la Naturaleza gracias precisamente a la fundación de la Ciudad.

    Ya se ve que este programa, según el cual la Metafísica es siempre reforma revolucionaria, implica curiosas derivas, algunas de las cuales determinaron el destino histórico de los filósofos arcaicos. La Ciudad no debe disolverse en la Naturaleza, precisamente porque el Hombre es el único entre los seres sublunares que no simplemente está en la Naturaleza sino que, además, la conoce como tal, o sea, a la luz de su Autoridad. En consecuencia, la Ciudad debería reflejar un orden más cercano al de lo divino que al orden que observamos en los seres sin conciencia de la Ley. Un hombre que se abandona a la Naturaleza, así, sin más, es de hecho del todo inviable: el vástago humano al que no recoge o levanta del suelo ningún germen de Ciudad, muere en cuestión de horas. Esto es excepcional en el seno de la Naturaleza. Está claro que esta extraña forma natural que es el ser humano, justamente caracterizada porque tiene conocimiento de la Proporción que rige todo (zoon logon echon, animal rationale), se encuentra en la cima de la Naturaleza y, para decirlo mejor, como a mitad (metaxý, palabra central de la filosofía socrático-platónica) entre el Principio y la Naturaleza. El conocimiento, que lo reúne en la forma superior de Naturaleza llamada Ciudad (polis), es la base misma de su posibilidad de vivir. La Ciudad es ya, pues, de alguna manera, lo Divino trasladado a copia natural o, mejor dicho, humana y sólo humana. ¡No comparemos a la Ciudad de estos maravillosos Seres Intermedios que somos nosotros con las colmenas o los hormigueros! Eso es una blasfemia. La Ciudad ha nacido para que este casi Demon que es el hombre, este vínculo entre lo Divino y lo Bajo de la Tierra, quizá más cercano a los cielos y sus astros-dioses que a los animales y las plantas, realice poco a poco una humanización de la Naturaleza que, sin violar sus leyes, la haga fructificar de la mejor manera posible. El construir humano no podrá ser otra cosa, si se entiende rectamente a sí mismo desde la Verdad de la Filosofía, que un poner en tensión explícita a la Tierra con lo Divino. Esto no significa lanzar a la Tierra a la servidumbre de los meros deseos del hombre, porque por ellos es por donde más conectamos con la mera vida animal y hasta con la mera vida vegetativa. La primera filosofía no propuso la explotación técnica de la Naturaleza como su consecuencia irremediable. Al contrario, pensó en algo que la teología cristiana medieval encontró sumamente afín con sus designios: la humanización profunda de la Naturaleza, pero según los criterios de la Mente, que, como decía Séneca, es Dios que vive de huésped en el cuerpo humano; lo cual significa un hacer regresar la Naturaleza a Dios, en cuyo trabajo también el Hombre se pone en camino de este mismo regreso, de esta elevación (redditio) o recapitulación. En el trabajo de humanización de la Tierra se cumple una parte fundamental de la colaboración del hombre con la Redención, y este trabajo se realiza conforme al modelo de otro preliminar: la edificación de la Ciudad propiamente humana, o sea, divino-humana.

    Cuando fray Luis de León ensalza los campos libres como reflejo de la belleza creacional de Dios y lugar privilegiado para la oración, está ya mirándolos a la luz de esta tarea de consagración que los hombres llevamos a cabo, muchas veces sin conciencia y otras contra toda conciencia, por el medio humilde de construir nuestras ciudades.

    La arquitectura no lleva, pues, casualmente este nombre de Arte Primera, Arte Dominadora.

    Publicado en Las ciudades del siglo XXI: ensayo sobre sus fundamentos socioeconómicos, tecnológicos, energéticos y climáticos, 2012, págs. 23-26.

  • El dolor no enseña siempre

    El dolor no enseña siempre

    Los antiguos poetas de Grecia, hombres inspirados, describían nuestra existencia con una serie de rasgos entre los que no solían olvidar, como si éste los resumiera todos por fin, el de el ser que aguanta. No nos atribuían inteligencia, ni práctica ni teórica; tampoco nos concedían potencia para llevar a cabo nuestros planes; menos aún, vida sin fin. Pensaban, más bien, de nosotros que somos soberbios y que la soberbia nos ofusca, y que somos supersticiosos, crueles, avariciosos. No hacían del hombre un retrato halagüeño, pero, al menos, no tenían más remedio que admirar la capacidad de aguante de este pobre habitante de la tierra. Y cuando la consideraban, comprendían que había sólo un mal al que no habríamos podido resistir y que por eso, con un asomo de piedad, quedó sin escapar de la caja de Pandora: la espera. No la esperanza, el bien de la esperanza; sino la espera, el mal terrible de la espera. O sea, el saber a ciencia cierta, desde cualquier punto de la vida, lo que nos aguarda en el porvenir. Si incluso esta desgracia nos hubiera sobrevenido, habríamos hace mucho muerto todos.
    Sólo de la sorpresa vive, pues, el hombre: de hallar lo inesperado y tener que afrontarlo ya mismo. Parece que es dura esta situación, pero, en realidad, resulta infinitamente más suave que la que se seguiría de eliminar la improvisación maravillosa con la que los sucesos nos llegan. De aquí que los estoicos propusieran que la sabiduría y la virtud consisten en intentar sospechar todos los males que aún nos pueden ocurrir, para irnos ejercitando en la respuesta apropiada, si es que al fin se presentan. Que el ser que aguanta pase a convertirse en invulnerable, en imperturbable, aunque lo asalten un tsunami de desgracia o una pleamar de felicidades y buenas suertes. A lo que añadían que tener la oportunidad de volvernos invulnerables es estar en una posición más elevada, en la escala de los seres, que los viejos dioses míticos: la virtud arduamente conseguida es mucho más sabia (no sólo más meritoria) que la que se posee por naturaleza.
    Decían esto porque no les cabía duda de que el hombre debe progresar, o sea, aprender, fortalecerse. Una vida humana que no contenga progreso, enseñanza y virtud, es una vida desperdiciada. Pero no hay modo de progresar más que superando los obstáculos. La mera facilidad no dice nada interesante o importante a nadie. Sólo llego a sacar de mí la plenitud de mis capacidades cuando me encuentro con algo que no parece posible vencer, que me niega profunda y enteramente; pero, a base de tiempo, sagacidad y empeño, termino por dominarlo. Es entonces como si me hubiera subido encima de mi adversario y se abriera ante mí un horizonte ampliado, al que se dirigirán mis fuerzas renovadas ahora con la victoria. Tenemos que aguantar tanto –ésta era la consecuencia que sacaban aquellos moralistas– porque sólo de esta manera subimos a la cima de nuestra condición, que no es sino la de dioses, partecitas de dios, chispas de la divinidad. Sólo sufriendo se aprende, pathei mathos, como se lee en un fragmento de Sófocles. La mera lectura, incluso la mera visión de los combates que los otros libran con los sucesos inesperados de la existencia, no es disciplina bastante. Tienen las cosas que afectarnos directa e individualmente, para que, como han repetido algunos formuladores de teodiceas también recientes y cristianas, la providencia nos dé la oportunidad de esculpir la hermosa estatua de nosotros mismos. Cuando dios desprecia a un ser humano, no le envía dolores y, por consiguiente, ese hombre no pasa de ser una larva de tal, un bicho más de la tierra, ignorante de que nació con la semilla de dios.
    Hay una buena parte de contradicción en esto de tratar de ensayarse en la desgracia irreal para cuando llegue la desgracia real, ya que se admite que sólo ésta enseña de veras; por ejemplo, que sólo sufrirla nos enseña de verdad que debemos irnos preparando para las venideras.
    Pero con esta enseñanza –que es a la vez triste, heroica, desesperanzada y estimulante– se roza ya lo que constituye, sin duda, el punto central de la vida del espíritu (también, por cierto, de la nuestra hoy): que el miedo, ceder al miedo, es la negación misma del espíritu; que vivir guiado por el miedo (lo que suele pasar en la miedosa ignorancia de reconocer que así son las cosas, o sea, sin conciencia clara) es tirar la vida a la basura. Que cuando lo que se pretende es vivir egoístamente, para la propia felicidad, es que se está en las manos del miedo: del terror de no ser feliz.
    Interrumpamos aquí, en apariencia, esta serie de ideas y saltemos, en apariencia también, a lo más esencial. Luego veremos qué sucede con el asesino llamado miedo.
    El cristianismo sólo conoce un mal: el pecado, o sea, la desesperación. Y como el dolor es la experiencia del mal en su maldad, sólo la experiencia del pecado como tal puede ser dolor o, mejor dicho, la cima del dolor.
    El pecado es la negación real de que exista el bien perfecto, es decir, de que exista Dios. Una negación real no se hace sólo con los labios; quizá con ellos es con lo último con que se niega la verdad de lo real. La clase de negación profunda, auténtica, completa, que es el pecado, se lleva a cabo con toda la existencia, con el movimiento central de la existencia; lo que se puede simplificar diciendo, como han hecho el Talmud, san Bernardo y tantos otros sabios santos, que pecar es querer de verdad que Dios no exista.
    Querer de verdad que no haya el bien perfecto es vivir como si no lo hubiera, lo cual exige hasta olvidar, cuando se actúa, la misma posibilidad de que exista y, desde luego, toda nostalgia por él, toda sensación poderosa de la desdicha de su ausencia. Y cuando se llega al mismo olvido intelectual, afectivo y práctico del bien perfecto, lo único que queda es el mundo, el tiempo en el mundo, mi tiempo o nuestro tiempo en nuestro mundo. Para el pecador, se trata del verdadero Todo, despojado de fantasmas, abierto ante él como un océano libre y casi desconocido, por el que la humanidad no se ha atrevido a viajar, ya que ha estado dominada por los dioses, por dioses de toda calaña, desde el principio de los tiempos –y cuando hay dioses, hay la certeza de que existe algo más que este tiempo de nuestro mundo, sea como sea que una religión o una metafísica se representen en concreto este algo más–.
    He utilizado ahora palabras que evocan adrede cierto pasaje de Nietzsche, pero el entusiasmo por la verdad a secas, por la dureza de la verdad, que guiaba a este escritor, no se parece en absoluto al pecado sino, justamente al revés, a la cólera del destructor de ídolos. Simone Weil advertía que nadie está obligado a adorar a Dios, si no lo ha encontrado, si no ha sido encontrado por Dios conscientemente; pero que todos tenemos un deber rigurosísimo de no adorar ídolo alguno. Y es evidente que los ídolos más peligrosos surgen de la confusión de Dios, bien perfecto, con cualquier otra cosa, aunque sea muy buena.
    La situación de estar haciendo el mal y persistir luego en hacerlo, o sea, el pecado, tiene dos posibilidades generales. La primera es la que he empezado a describir; la segunda, menos mortal, como dice la tradición con mucha más exactitud de la que solemos suponer, es la de una negación parcial, eventual, del bien perfecto, pero a sabiendas de que existe y de que, en este momento o este tiempo, no vivimos de acuerdo con ese conocimiento sino en contradicción con él y, por tanto, inconsecuentemente, en contradicción también con nosotros mismos. A esto se refiere Pablo con la célebre afirmación de que ni siquiera él mismo hace el bien que quiere, sino, muchas veces, el mal que no quiere (pero que termina queriéndolo, a pesar de la dirección hacia Dios que ha tomado ya su vida).
    Cuando hay conciencia de esta contradicción dolorosa y vergonzosa, hay también remordimiento y, por tanto, queda el camino abierto hacia el pedir perdón (a los demás perjudicados, en primer término, y a Dios como en el trasfondo de mí y de ellos y de todo). Y si no se toma la vía del arrepentimiento efectivo, crece el dolor por la debilidad de la voluntad (la verdadera miseria de la condición humana, en frase del mismo san Bernardo). Este sufrimiento es el característicamente cristiano: aunque deseo afirmar con todas mis fuerzas que es verdad que amo con todo mi ser a Dios, al prójimo, a mí mismo, a la Creación entera, porque toda mi vida no tiene más sentido que dirigirse al bien perfecto y mostrar a todas las cosas que evidentemente existe, justo porque no se lo encuentra en ninguna de ellas y tampoco en mí, vivo ahora al revés, retorcido respecto del sentido que reconozco en todo, per-versus, como dice con precisión la metáfora tan querida por san Agustín. Necesito una penitencia que no termino de aceptar; me torturo viendo que doy testimonio en contra de la verdad, precisamente cuando esta verdad hace una falta infinita a todos y debería ser servida siempre por testigos a los que nada hiciera retroceder. Lo que funda mi vida y todas las vidas está siendo ridículamente olvidado por quien no lo olvida ni un instante. ¿Qué poder hay en mí que se rebela así contra la verdad, contra mi anhelo, contra lo que espero? Somos todos los seres creados –incluyo a los animales, a las plantas, a las rocas, el mar, los cielos y los astros– como gargantas sedientas de bien, de paz, de gozo; pero una extrañísima debilidad (basar, sarx, caro, carne) induce a algo rebelde en nosotros a ordenarnos que nos quedemos quietos, como si la sed terrible estuviera calmada.
    Es una desgracia –¡tantas cosas son desgracia!– que el cristianismo haya confundido con frecuencia esta noción de la carne con el cuerpo, y haya además confundido la carne con el pecado, hasta situar en el cuerpo la fuente del pecado y llegar cerquísima de la vieja concepción órfica, la verdadera tradición dualista dentro de las bases de nuestra cultura: que el cuerpo, soma, es como el sepulcro y su podredumbre, sema, porque procede de las cenizas de los demonios –los Titanes– a los que fulminó Dios Padre cuando atentaron contra su Hijo (Dióniso). Hay algo directamente divino en nosotros, sigue el relato órfico, pero también y sobre todo hay algo diabólico que rodea, ciega y perturba la divina chispa del alma. Y considerad que el orfismo no dice que el ser humano sea a imagen de Dios (en su unidad de ser humano), sino que afirma que realmente el alma del hombre es divina y el cuerpo del hombre es demoníaco. El cristianismo jamás se atreverá a decir ni una cosa ni la otra, mientras se comprenda aún un poco a sí mismo (aunque hay que reconocer que las dos cosas, con apenas matices y distingos, sí las han dicho algunos escritores cristianos, y con ellas han influido sobre el espíritu de una parte de la historia cristiana –como una superstición pervive en el fondo, como el paganismo resiste siempre por debajo de lo cristiano).
    Cuando llamé, como hace Kierkegaard, desesperación al mal más profundo del pecado, no me estaba refiriendo directamente a esa forma del mal que no es ya mortal porque vive en plena conciencia de contradicción, dolorosamente, con un sentimiento justo de angustia, o incluso en el límite del agnosticismo –y entonces el sentimiento es trágico: ni siquiera sé si creo de veras en la posibilidad del bien perfecto, y las acciones de mi vida no se unifican en ninguna dirección clara, como si por momentos deseara que todo fuera muerte y por momentos luchara de verdad contra la muerte de todas las cosas y, por tanto, en la confianza real sobre la existencia posible del bien perfecto–.
    La desesperación no es ni la angustia de la contradicción ni la tragedia del agnosticismo real, sino la calma con la que se está cuando se ha abandonado de verdad todo combate por el bien ideal. El mal llena la vida, pero disimulado, sin aflorar en el dolor, sino, a lo sumo, en algún estado de tedio que luego se disipa con cualquier distracción. Cuando el mal está presente, pero no como mal sino disfrazado, entonces, sin dolor, es cuando nada tiene sentido, pero el hombre no sufre por ello, no experimenta el estado al que, con cierto abuso, llamamos desesperación habitualmente. Desesperar es no esperar nada realmente nuevo, sin que para ello haga falta sentirse desdichado. Al contrario, cuando la desesperación empieza a doler, su remedio empieza a estar al alcance. Un remedio trágico o un remedio angustiado, pero ya no esta calma, esta seguridad idiota en que se ha estado dañando a todo y a todos, sobre todo, a sí mismo, en la certeza de que nada vale la pena, ninguna pena, porque el amor en todas sus formas no es más que un afecto adolescente que no sirve para mayor cosa que para suspirar y, a lo sumo, para conquistar una breve posesión de un cuerpo.
    Si nos preguntamos ahora por el verdadero origen del mal, lo primero con lo que nos encontraremos es siempre con el miedo: miedo a la aventura, miedo a la entrega, miedo a subir en las alas de Eros, miedo a los demás (que parece que nos matan en vida con su desprecio). Por tanto, miedo a la pobreza, miedo a la mala fama, miedo a la muerte en cualquiera de sus muchas formas. Sólo que el miedo es un afecto insufrible, que tiende por naturaleza a convertirse en calma, a olvidarse de sí mismo, a renegar de sí y revestirse con las ropas de su contrario: la crueldad, la audacia, la falta absoluta de compasión o entrañas, la huida de toda situación en que se vea bien claro que la justicia ha sido violada y está exigiendo a voz en grito que alguien la repare.
    En el miedo (miedo a la vida en toda su amplitud divina) se anuncia la llegada del mal, y por eso duele tanto y se enmascara tanto. Cuando el mal se apodera del lugar, todo su esfuerzo consiste en disimularse, en que no haya conciencia de lo que está pasando.
    Sentirse trágicamente un posible aliado de la muerte, cuando desearía uno aliarse absolutamente con la vida y el amor contra la muerte, es un duro sufrimiento, parecido al de Prometeo a solas con su buitre, crucificado allá en el desierto de las cimas del Cáucaso. Sentirse angustiado y avergonzado porque los pequeños miedos de la vida cotidiana (al hambre, al desprecio, a los golpes, a la enfermedad, a la decrepitud, a la muerte –permitidme llamar pequeño al miedo a la muerte y hasta disminuir lo doloroso del miedo a la decadencia física y mental–) nos han hecho caer en contradicción, es también muchas veces una dura pena. Pero el reconocimiento de la propia debilidad, que debería acompañar siempre estos dolores, es ya una oración, es ya la adoración del Bien Perfecto.

    Publicado en la revista Crítica, Año 62, Nº. 981, 2012, págs. 27-31.

  • Autobiografía de Sócrates en Fedón 96a ss.

    Autobiografía de Sócrates en Fedón 96a ss.

    En la página 96a de Fedón, Sócrates, a punto de morir, trata de responder convincentemente a Cebes, un joven tebano de tendencias pitagóricas, acerca de cómo se debe atacar la gran cuestión de la cosmología. No importa la aparente falta de tiempo ni hablar de semejante problema en tal ocasión quiere decir escapar en ningún sentido a lo realmente primordial. Y sin embargo, para que la contestación sea suficiente, se hace necesario relatar muy desde el principio, dice Sócrates, lo que a mí me pasó respecto de lo preguntado.

                Siendo yo joven, tuve un asombroso deseo de esa sabiduría que llaman “investigación sobre la naturaleza” (perì physeos historían). Me parecía que era algo brillantísimo saber las causas (aitías) de cada cosa: por qué nace y por qué muere y por qué existe. Muchas veces era como si me pusiera a mí mismo del revés cuando empezaba a examinar cuestiones como éstas: ya que lo caliente y lo frío sufren una especie de putrefacción, como dicen, ¿es entonces cuando se engendran los animales? ¿Es quizá la sangre aquello con lo que pensamos, o es el aire o el fuego; o no es ninguno de ellos, sino que el cerebro proporciona las sensaciones de oír, ver y oler, de las que surgen la memoria y la opinión, y de la memoria y de la opinión, una vez que se estabilizan, nace así la ciencia? Pasaba luego a examinar cómo se corrompen todas estas cosas y lo que sucede en el cielo y en la tierra. Al final, llegué a la opinión de que era imposible haber nacido con menos disposición que yo para este género de investigaciones.

                Voy a darte una prueba contundente. Me hice tan ciego examinando todo esto que cuanto en el tiempo anterior sabía con claridad, según yo creía y según creían también los demás, lo desaprendí de tal forma que dejé de saber lo que antes pensaba que sabía, por ejemplo, entre otras muchas cosas, por qué crece un hombre. Antes pensaba que esto era claro para todos: comiendo y bebiendo, ya que por los alimentos se añaden carnes a las carnes, huesos a los huesos y, por el mismo discurso, se añade a lo demás lo que es propio de cada uno; y así, lo que al principio tenía poco bulto tiene luego mucho. Y de este modo es como el hombre pequeño se hace grande. (…)

                Pero considera también esto otro. Yo pensaba que estaba suficientemente bien mi opinión de que cuando un hombre alto se pone junto a otro bajo, le saca la cabeza, y lo mismo pasa si se trata de dos caballos. O algo aún más evidente que eso: creía que 10 es mayor que 8 porque a los 8 se añaden 2, y que 2 codos es más que 1 codo porque supera a éste en una mitad. (…) Por Zeus, estoy muy lejos de pensar que sé la causa de estas cosas, cuando ni siquiera sé si al añadir 1 a 1 es este segundo 1 el que se hace 2 o si se hacen 2 el 1 añadido y el 1 al que se añade el otro 1, precisamente por el hecho de añadir algo otro a algo otro. Pues me asombro de que cuando estaban separados era cada uno 1 y no había entonces 2 alguno, pero cuando se acercaron mutuamente surgió la causa de que llegaran a ser 2, o sea, la confluencia de quedar puestos cerca el uno del otro. De otro lado, cuando alguien parte 1, tampoco soy capaz de convencerme de que haya surgido la causa de que lleguen a ser 2, o sea, la partición, ya que la que surge es la causa contraria a la primera, o sea, a la del nacimiento del 2: antes fue que se reunieron mutuamente cerca y algo otro se puso junto a algo otro, y ahora es que se aleja y separa lo otro de lo otro. Y tampoco tengo la convicción de saber por qué surge el 1, ni, para decirlo de una vez, por qué nace, muere y es nada, cuando sigo este modo de metodología. Lo que hago entonces es que me forjo a la buena de Dios otra, ya que por aquélla no avanzo nada.

                Pero una vez oí leer de cierto libro que, decían, lo había escrito Anaxágoras, y allí se afirmaba que la inteligencia es quien ordena todo el cosmos y la causa de todo. Me agradó esta causa, pues me pareció que de algún modo estaba bien que la inteligencia fuera la causa de todas las cosas. Pensé que, de ser así, la inteligencia que dispone el cosmos habría ordenado todo y habría dispuesto cada cosa como mejor hubiera de ser. Así, si uno quería encontrar la causa de por qué algo nace o muere o existe, lo que necesitaba era encontrar lo mejor para esa cosa: existir o sufrir o hacer lo que fuera. Partiendo de ese discurso, al hombre no le convenía examinar, a propósito de cualquier cosa que fuera, sino lo mejor y lo más hermoso; y era también necesario que ese mismo hombre supiera lo peor, ya que es la misma la ciencia sobre ambas cosas. Discurriendo así, disfrutaba porque pensaba que había hallado a un maestro, Anaxágoras, acerca de la causa de los seres según la inteligencia. Él empezaría por decirme si la tierra es plana o curva y, una vez que me lo hubiera dicho, me explicaría muy bien la causa y la necesidad de ello aduciendo lo mejor y que una de estas alternativas es mejor que la otra. Me diría después si la tierra está en medio, explicándome muy bien que le es mejor estar en medio. Si me lo mostraba, yo estaba dispuesto a no volver a echar de menos ninguna otra especie de causa. (…) Pues no iba yo a pensar que quien dice que estas cosas han sido ordenadas por la inteligencia fuera a ofrecer otra causa para ellas que el hecho de serles lo mejor ser como son. Al exponer la causa de cada una y la que es común a todas, pensaba yo que explicaría muy bien lo que es mejor para cada cosa y lo bueno común a todas. ¡No habría cedido así como así de mis esperanzas! Cogí con todo afán aquellos libros y los leí lo más aprisa que pude, para llegar inmediatamente a saber qué es lo mejor y qué lo peor.

                ¡Ay, amigo, cómo tuve que perder esta maravillosa esperanza! Al ir adelante en la lectura, veo que el hombre no emplea para nada la inteligencia ni le achaca las causas del orden de las cosas, sino que hace su responsable a los aires, a los éteres y las aguas y a otras muchas cosas extrañas. Me pareció que le había pasado exactamente lo mismo que a uno que dijera que Sócrates hace cuanto hace con la inteligencia, pero luego, al intentar aducir las causas de cada una de mis acciones, empezara diciendo que ahora estoy aquí sentado porque mi cuerpo se compone de huesos y nervios (…) y descuidara señalar las verdaderas causas, o sea, que ya que a los atenienses les ha parecido que lo mejor era condenarme, por eso mismo a mí me ha parecido mejor estar aquí sentado y quedarme a sufrir su condena. Pues, ¡por el perro!, pienso que hace ya mucho que estos nervios y estos huesos andarían por Mégara o Beocia, llevados por la opinión de lo que es mejor, si hubiera yo pensado que era más justo y hermoso huir y salir corriendo que aceptar la condena del estado, fuera cual fuera la que me impusiera. (…) Y es que una cosa es la causa real y otra, aquello sin lo cual la causa no sería causa. (…) La potencia por la que han sido dispuestas del mejor modo las cosas que existen ahora, ni la buscan ni piensan que posea una fuerza demónica, sino que creen que van a encontrar un Atlas más fuerte y más inmortal que ése, que mantenga unidas todas las cosas mejor que él, y para nada piensan que lo verdaderamente bueno tenga que ligar y mantener unidas las cosas. A mí, en cambio, nada me habría gustado más que hacerme alumno de quien fuera, para conocer tal causa. Sin embargo, como me había quedado sin ella al no ser capaz ni de encontrarla por mí mismo ni de aprenderla de otro, ¿quieres que te exponga, Cebes, la segunda navegación en busca de la causa y cuanto hice en ella? (…)

                Tenía que tener cuidado, no me pasara como a los que observan un eclipse de sol, a algunos de los cuales se les estropean los ojos si no miran la imagen (eikona) del sol en el agua o en algo afín a ella. (…) Temí, en efecto, volverme completamente ciego de alma si miraba las cosas con los ojos y procuraba tocarlas con las sensaciones todas. Me pareció que había que recurrir a retirarse a los discursos para examinar en ellos la verdad de los entes. Pero quizá de alguna manera no es válida esta comparación que tomo, porque de ningún modo concedo que el que ve los entes en discursos los vea más en imagen que en acción (eikosi / ergois). La cuestión es que a ello me dediqué con todo afán: siempre supongo (hypothémenos) el discurso que considero más firme, y cuanto me parece que concuerda (symphoneîn) con él lo pongo como siendo verdad, tanto acerca de la causa como acerca de todo lo demás; y cuanto me parece que no concuerda, lo pongo como no siendo verdad.