Categoría: Ética y filosofía moral

  • No ocuparse de sí mismo

    No ocuparse de sí mismo

    Quinto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Cuando rabí Jaim de Zans casó a su hijo con la hija de rabí Elieser, fue al día siguiente de la boda a casa del padre de la novia y le dijo: “Consuegro, ahora estamos cerca uno del otro y puedo decirte lo que apena mi corazón. Mira cómo mi cabeza y mi barba se han llenado de canas y sigo sin hacer penitencia.” “Ay, consuegro —le contestó rabí Elieser—, solo piensas en ti. Olvídate y piensa en el mundo.”

    Estas palabras dan la impresión de contradecir todo lo que hasta ahora he dicho acerca de la doctrina del jasidismo. Hemos oído que cada cual tiene que ahondar en el conocimiento de sí mismo, que escoger su particular camino, que unificar su ser, que empezar por sí mismo; y ahora se nos dice que tenemos que olvidarnos de nosotros. Pero si escuchamos más atentamente, estas palabras no solo concuerdan con aquellas otras sino que se les añaden como un miembro necesario, como un estadio necesario que se acopla perfectamente en el todo. Basta con preguntarse: “¿Para qué?” ¿Para qué debo conocerme a fondo a mí mismo, escoger mi camino particular y unificar mi ser? Y la respuesta es: no para mí mismo. De aquí que en el capítulo anterior se dijera: empezar por uno mismo. Empezar por uno mismo, pero no acabar por uno mismo; partir de uno mismo, pero no poner en uno mismo la meta; captar quiénes somos, pero no ocuparnos nada más que con nosotros mismos.

    Vemos aquí a un saddic, a un hombre sabio, piadoso, entregado, que se reprocha en su ancianidad no haberse aún convertido de veras. Tras la respuesta que recibe es evidente que se encuentra la idea de que sobreestima sus pecados y subestima la penitencia que lleva hecha por ellos. Pero lo que se le dice va más allá. Significa, de modo general: “No tienes que estarte siempre atormentando por tus errores, sino que debes emplear la fuerza anímica que gastas en esos reproches a ti mismo en actividad en el mundo, que es a lo que estás destinado. No tienes que ocuparte contigo sino con el mundo.”

    Lo primero es entender correctamente en qué concierne esto a la conversión. Ya se sabe que esta, el tikkún, está en el núcleo de la concepción judía sobre el camino del hombre. Puede renovarlo desde dentro y cambiar su sitio en el mundo de Dios, de modo que el que regresa y se convierte se eleva por encima del saddic perfecto, que no conoce el abismo del pecado. Tikkún significa mucho más que arrepentimiento y actos de penitencia, y es que el hombre que se ha perdido en el laberinto de la búsqueda de sí mismo, en la que él siempre era su propia meta, encuentra al convertir su ser entero un camino hacia Dios, es decir, el camino para cumplir la tarea especial a la que Dios lo ha destinado a él, a este hombre especial. El arrepentimiento solo es el primer impulso hacia este giro tan activo. El que se angustia en un arrepentimiento interminable y se tortura porque no le parecen bastantes las obras de su penitencia, está quitando a su conversión lo más de su fuerza. El rabí de Ger advierte con palabras intensas y atrevidas, predicando en Yom Kippur,1 contra darse tortura a sí mismo: “El que no hace más que hablar de un mal que hizo y darle vueltas —dijo—, jamás deja de pensar en su repulsiva acción; y el hombre está en eso que anda pensando, su alma está enteramente en ello; así, ese hombre se encuentra en la infamia. Es seguro que no podrá convertirse, pues su espíritu se ha hecho grosero y su corazón se ha emponzoñado. Se deja invadir por la melancolía. ¿Qué quieres? Estás venga a manejar excrementos y en eso quedas en adelante: en mero excremento. Pecaste, no pecaste, ¿qué importa eso en el cielo? En ese tiempo de mis cavilaciones podría haber amontonado perlas para alegría del cielo. Por eso está escrito: “Apártate del mal y haz el bien”. Quítate de una vez del mal, no sigas pensando en él, y haz el bien. ¿Hiciste lo que no debías? Opón a eso el hacer ahora lo que debes.”

    Sin embargo, lo que enseña nuestro relato va más allá. Al que no se cansa de torturarse porque la penitencia que ha hecho sigue siempre siéndole insuficiente, lo que esencialmente le importa es salvar su alma, o sea, cuál será su suerte particular en la eternidad. El jasidismo, cuando rechaza el proponerse esta finalidad, se limita a sacar una consecuencia de lo que enseña en general el judaísmo. Se trata de uno de los puntos principales en los que el cristianismo se ha separado del judaísmo: aquel pone como meta suprema de cada ser humano la salvación de su alma. Para el judaísmo, el alma de un hombre es un miembro al servicio de la creación de Dios, la cual debe llegar a ser el reino de Dios gracias a lo que haga el hombre. No es, pues, la meta de ningún alma ella misma, su propia salvación. Claro que nos tenemos que conocer, que purificar, que perfeccionarnos, pero no con vistas a nosotros mismos. Y así como todo ello no lo haremos por nuestra dicha en esta tierra, tampoco por nuestra felicidad eterna, sino por la obra que hay que llevar a cabo en el mundo de Dios. Debe uno olvidarse de sí y poner su pensamiento en el mundo.

    Apuntar a la salvación de la propia alma es sencillamente la figura más sublime del poner en uno mismo la meta. Nada rechaza con tanto énfasis el jasidismo, y en especial respecto de aquel hombre que se ha encontrado y formado a sí mismo. Rabí Bunam enseñaba: “Está escrito: “Tomó a Qóraj.” ¿Y qué es lo que tomó? Lo que quería era tomarse a sí mismo, con lo que ya no servirían sus actos para nada.” Por eso contrapuso al eterno Qóraj el eterno Moisés, el “humilde”, el hombre que no piensa en él mismo haciendo lo que hace. “En cada generación —decía—, vuelven el alma de Moisés y el alma de Qóraj, y cuando el alma de Qóraj se somete voluntariamente al alma de Moisés, Qóraj queda redimido.” Rabí Bunam viene a contemplar la historia del género humano de camino a la redención como un proceso en el que intervienen estos dos tipos humanos: el soberbio, cuya meta es él mismo, siquiera sea en una forma sublime, y el humilde, cuya meta es en todo el mundo. Solo cuando la soberbia se inclina ante la humildad queda el ser humano redimido; y solo cuando el hombre es redimido puede el mundo ser redimido.

    Cuando rabí Bunam murió, uno de sus discípulos, el rabí de Ger, de cuyo discurso en Yom Kippur cité antes un fragmento, dijo: “Rabí Bunam poseía la llave de todos los cielos. ¿Y cómo no, puesto que al hombre que no piensa en sí mismo se le dan todas las llaves?”

    Y el mayor de los discípulos de rabí Bunam, la figura auténticamente más trágica entre todos los saddiqim, rabí Méndel de Kozk, se dirigió así un día a su comunidad reunida: “¿Qué exijo de vosotros? Solo tres cosas: que no os volváis bizcos, que no miréis de través a los demás y que no penséis en vosotros mismos.” El significado era este: lo primero, que cada cual debe salvaguardar y santificar su alma según su peculiar índole y en el sitio en que está, sin envidiar ni otros caracteres ni otros lugares; en segundo lugar, cada cual debe respetar el secreto del alma de su prójimo y no penetrar en ella con insolente curiosidad y luego utilizarla; y en tercer lugar, que cada uno, viviendo consigo y viviendo con el mundo, tiene que cuidarse de no ponerse a él mismo como su propia meta.

    NOTAS:

    1 El Día de la Expiación, la mayor fiesta de la liturgia judía.

  • Empezar por uno mismo

    Empezar por uno mismo

    Cuarto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Ciertos grandes de Israel se hospedaban una vez en casa de rabí Itsjaq de Worki. Hablaban de cuánto valía para dirigir una casa un sirviente honrado y hábil: cuando es bueno, todo marcha bien, como se ve en el caso de José, en cuyas manos todo florecía. Rabí Itsjaq les llevó la contraria. “Lo mismo pensé yo en otro tiempo —dijo—, pero luego mi maestro me mostró que todo depende del dueño de casa. Cuando era joven mi mujer me daba muchos quebraderos de cabeza, y aunque yo podía soportarlos, me compadecía del servicio. Así que me fui a ver a mi maestro, rabí David de Lelow, y le pregunté si debía hacer frente a mi mujer. Me respondió: “¿Pero por qué me lo dices a mí? ¡Dítelo a ti mismo!” Tuve que meditar estas palabras por un tiempo antes de entenderlas, y las comprendí cuando recordé otras del Baal Shem: “Hay pensamientos, palabras y acciones. Los pensamientos se corresponden con la esposa, las palabras, con los hijos, y las acciones, con los servidores. El que dispone debidamente estas tres cosas verá que todo le va bien.” Entonces entendí lo que había querido decir mi maestro: que todo depende de mí mismo.”

    Esta historia toca uno de los problemas más hondos y más graves de nuestra vida: el verdadero origen de los conflictos entre los seres humanos.

    Cuando surge un conflicto, empezamos explicándonoslo por los motivos de los que son concientes los que disputan que han causado su pelea, y por las situaciones objetivas y los acontecimientos que están a la base de esos motivos y en los que se han visto envueltos ambos contrincantes. O bien procedemos psicoanalíticamente y tratamos de explorar los complejos inconcientes de los que esos motivos son únicamente los síntomas, al modo en que una enfermedad ocasiona perjuicios orgánicos. La doctrina jasídica tiene en común con esta idea el ver en los problemas de la vida al exterior signos de los que se hallan en la vida interior. Se distingue, sin embargo, del psicoanálisis en dos puntos esenciales, uno teórico y otro, aún más importante, práctico.

    La diferencia teórica estriba en que la doctrina jasídica no investiga enredos anímicos particulares, sino que se refiere al hombre entero. Esta diferencia no es en absoluto cuantitativa. De lo que más bien se trata es de reconocer que desprender elementos y procesos parciales de su todo siempre es un impedimento para captar este todo, cuando es así que solo captar el todo como tal puede llevar a un cambio auténtico, a una auténtica curación que empezará por el individuo pero luego lo será de la relación entre él y sus prójimos. (Expresado paradójicamente: buscar el punto capital lo desplaza y hace fracasar todo el intento de superar el problema.) No quiere decirse que no haya que tomar en consideración todos los fenómenos del alma, pero no hay que poner ninguno tan en el centro como si todos los demás se hubieran de derivar de él. Hay más bien que hacer hincapié en todos los puntos, y no en cada uno por separado, sino precisamente en sus relaciones vitales mutuas.

    La diferencia práctica consiste, sin embargo, en que no se trata aquí en absoluto al ser humano como un objeto de investigación, sino que se lo exhorta a enmendar su vida. Lo primero que tiene que reconocer un hombre es que las situaciones conflictivas entre él y los demás son consecuencia de las situaciones conflictivas dentro de su propia alma, de modo que tiene que tratar de superar este conflicto íntimo para salir luego al encuentro de los otros cambiado y pacificado y poder entablar con ellos unas relaciones nuevas y transformadas.

    Desde luego que por naturaleza procura el hombre evitar este cambio decisivo, sin el que su relación cotidiana con el mundo es muy enfermiza, replicando a quien lo exhorta —o a su propia alma, si es ella la que lo exhorta— que en todo conflicto son dos los implicados; si se le exige a él que afronte su conflicto íntimo, hay que exigir lo mismo a la otra parte. Pero esta manera de ver las cosas, en la que cada uno se contempla a sí mismo como si fuera un individuo al que afrontan otros individuos, y no como una auténtica persona cuyos cambios ayudan a que cambie el mundo, es precisamente el error fundamental al que se opone la doctrina jasídica. Lo único que en última instancia importa es empezar por uno mismo, y en el momento de inicio no tengo que preocuparme de nada en el mundo más que del propio inicio. Si me pongo a tomar una u otra actitud respecto de algo distinto, me desvío de mi comienzo, debilito mi iniciativa y frustro toda mi valiente y poderosa empresa. El punto arquimédico desde el que puedo, permaneciendo en mi sitio, mover el mundo es cambiarme a mí mismo. Si en vez de él pongo dos puntos arquimédicos, uno aquí en mi alma y otro allá, en el alma del prójimo con quien tengo un conflicto, inmediatamente pierdo de vista aquello que había empezado a vislumbrar.

    Rabí Bunam enseñaba: «Nuestros sabios dicen: “Busca la paz en tu sitio.” No hay que buscar la paz en parte alguna más que en uno mismo, hasta hallarla ahí. El salmo dice: “No hay paz en mis huesos desde mi pecado.” Solo una vez que ha encontrado el hombre la paz en sí puede salir a buscarla en el mundo entero.»

    Pero la historia de la que he partido no se conforma con indicar de una manera general que el verdadero origen de los conflictos exteriores es el conflicto íntimo. En las palabras del Baal Shem que cita nuestro relato se dice con toda precisión en qué consiste este decisivo conflicto íntimo: es el que se entabla entre tres principios del ser y la vida del hombre: el del pensamiento, el de la palabra, el de la acción. El origen de todos mis conflictos con mis prójimos es que no digo lo que pienso y que no hago lo que digo. Así es como se vuelve cada vez más confusa y envenenada la situación entre nosotros, y al estar yo en pedazos en mi interior pierdo por completo la capacidad de controlarla y me convierto, por más ilusiones en contra que me haga, en su esclavo contra mi voluntad. Nuestra contradicción y nuestra mentira alimentan las situaciones conflictivas y les dan tanto poder que terminan esclavizándonos. Ya no queda más salida que reconocer que hay que cambiar —todo depende de mí mismo— y querer de veras cambiar: quiero enmendarme.

    Pero para que uno llegue a tan gran cosa lo primero que tiene que hacer es cortar el jaleo caótico de su vida y llegar hasta sí mismo. Tiene que encontrarse consigo; pero no con ese yo que se da por supuesto y es únicamente el individuo egocéntrico, sino con la profunda intimidad que es la persona que vive con el mundo. Todos nuestros hábitos combaten este movimiento.

    Acabaré este capítulo con un antiguo chiste que ha renovado la boca de cierto saddic.

    Rabí Janoj contaba: «Había una vez un tonto al que llamaban el Gólem de lo estúpido que era. Cuando se levantaba por la mañana le era tan difícil encontrar todas las piezas de su vestimenta que al anochecer, pensando en tal problema, solía darle miedo irse a dormir. Una noche se resolvió por fin a coger papel y lápiz y a apuntar dónde iba dejando cada parte de su atuendo. A la mañana siguiente, encantado de la vida, tomó el papel y leyó: “La gorra —y allí estaba y se la puso—, el pantalón —allí estaba y fue a por él—, y así hasta tener ya todo. “Muy bien, pero ¿dónde estoy yo? —se preguntó muy angustiado— ¿Dónde me dejé a mí mismo?” Buscó y buscó en vano y no pudo encontrarse». Y el rabí concluía: “Así nos sigue pasando.”

  • Montaigne filma en Roma

    Montaigne filma en Roma

    He estado muy recientemente en una mesa redonda interesante, tranquila, llena de intercambios de opinión. Era en el Círculo de Bellas Artes y la organizaba VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos). El centro de las preocupaciones de muchos de los presentes era cómo animar a partes significativas de la sociedad a gozar del arte: a gozar intelectivamente, como pienso que diría nuestro Zubiri. Apenas un par de días después he encontrado una pieza artística que puede alcanzar esa meta: la última película de Paolo Sorrentino, La grazia –traducción menos equívoca sería el indulto, pero es muy preferible mantener los varios sentidos de la gracia– . Digo última también en la idea de que aquí se contiene una cima de madurez en la reflexión sobre la vejez y la retirada a lo privado, de modo que por esta dirección ya no cabe que el autor llegue más allá –salvo si sufre una transformación no esperable– . No he visto más que tres obras de Sorrentino y forman una subida hacia este lugar que es la estación término.
    Era imposible que no se hiciera amplio espacio en La gracia a la belleza de Roma, vista sobre todo desde los techos del palacio del Quirinal. El bagaje cultural del director se refleja en cada plano y parece llevarlo sobre los hombros este actor del que Sorrentino no se sabe separar cuando reflexiona en serio (Toni Servillo). Pero dejamos a un lado los excesos de color y sorpresa de La gran belleza, sin renunciar a sorpresas varias. Hay una deliciosa carga de ironía que no estorba en absoluto sino que subraya, como un condimento en un plato exquisito, todo el contenido de los pasos que va dando el guion. ¡Y qué bien escritos están los diálogos!
    El mínimo argumento es el relato de los últimos meses en que ocupa la presidencia de la República Italiana un gran jurista que ha logrado –ironía básica– la admiración y el apoyo de la inmensa mayoría de la gente. Es un viudo inconsolable después de cuarenta años de matrimonio. Es además alguien que se atiene a las verdades y las exactitudes del Derecho, porque fuera de los códigos la verdad jamás es exacta. Esta obra de arte la ha rodado Michel de Montaigne, solo que adecuadamente disfrazado de romano lleno de melancolía, ansias y hasta afanes de venganza –está convencido de que su amadísima Aurora lo traicionó una vez, hace mil años, y ha de haber sido con algún amigo próximo, de todos esos, también juristas, de los que no se puede nadie fiar, y necesita hacer su justicia con ese canalla que ha envenenado sus horas de felicidad–. Por otra parte, este Jefe del Estado que se jubila es católico y no tiene más confidente que un papa de raza indefinida –pero nada de caucásico, como ahora se dice– y que anda en un scooter con la larga coleta de su pelo al viento. Utiliza a su hija, también abogada, como su mano derecha, mientras que el hijo hizo las américas para componer música pop. El final de la magistratura tiene pendientes dos asuntos: otorgar o denegar el indulto a dos asesinos de sus respectivas parejas y firmar o dejar correr una ley sobre la eutanasia a la que va proponiendo el gran abogado enmiendas constantes.
    Un momento espléndido que el espectador verá solo casualmente es cómo lo primero que hace el señor De Santis al reintegrarse a su viejo piso en el centro de Roma, por allá alrededor de Plaza Navona, es colgarse al cuello un rosario que allí yacía guardado pero a mano. En general, cuando rezaba en el Quirinal lo vencía pronto el sueño; ahora quizá lo haya abandonado.
    El jubilado cena frecuentemente en su cocina con una amiga de su edad, que es atea, de la que intenta desesperadamente obtener la información que deje de atormentarlo.
    Lentamente va el espectador entrando en su alma al ritmo de las meditaciones, las conversaciones y los rezos del señor De Santis. La hija sondea en la cárcel a la mujer joven que mató a su marido por amor, según dice, y el Presidente la imita yendo luego a ver a la cárcel al viejo profesor rural que hizo lo mismo –según dice, claro– con su anciana mujer. Todo el pueblo, menos el alcalde y su esposa, han firmado la petición de indulto. Los diálogos sacarán probablemente la verdad y obligarán a los juristas a precisar su apego a la ley en el rango de sus demás apegos.
    ¿De quién es nuestra vida?, pregunta reiteradamente la abnegada y agotada hija del Presidente. Aquí está el quicio de la obra. Parece que si se responde que mi vida es mía y la de cada uno es de cada uno, se margina cualquier visión cristiana. No va Sorrentino a acudir estúpidamente con la respuesta final. En absoluto: lo que se afirma es tan solo que cuesta un enorme esfuerzo decir que mi vida realmente es mía. En otras palabras: hay que ser muy valiente para llegar a la lucidez de que yo, en principio en soledad, controlo mi vida libremente y bajo la advertencia de tener que ser responsable; ello, naturalmente, junto a la evidencia de cómo las circunstancias se nos imponen por ellas solas. Lo que en realidad hacen es forzarnos, mejor dicho, casi forzarnos a ser en serio personas libres con auténtica vida moral que forje en lo esencial toda nuestra concepción del mundo.
    Sin querer insultar ni a la condición humana ni a la sociedad de hoy, simplemente se recuerda que es precisa una orientación propia, una voz que no sea el repetidor de una tendencia o una fuerza que nos arrastra siempre, porque estamos exageradamente sometidos a la tentación de olvidar la realidad –nuestra realidad antes que cualquier otra –.
    Se va probando a las personas y a las cosas; se va induciendo cómo corregir el sentido de las acciones; se mantiene uno en un delicado punto de incertidumbre respecto de todo porque no se tiene certeza ni sobre lo que se esconde aún en el alma, ni sobre las contingencias providenciales que confiesa este Montaigne contemporáneo que nos vienen de todos los frentes.
    El Corso con sus gentes de todos los estilos –y sus lamentables nuevas franquicias de ropa y zapatillas–; el sol del barrio del Panteón, velado por los estores del viejo apartamento; el humo de los pitillos prohibidos; la misteriosa noche llena de torres que se avista desde la colina del Quirinal: belleza y no belleza que expresan la trama de la vida cuando se tiene la prudencia de no someterla a unos pocos conceptos violentos y, en definitiva, mentirosos.

  • Breve iniciación a las maravillas y los problemas de la filosofía de Maurice Blondel

    Breve iniciación a las maravillas y los problemas de la filosofía de Maurice Blondel

    La pretensión de Blondel eleva a la filosofía a ser la única forma de vida verdaderamente plena, quizá la única que merece llamarse de veras vida porque es la que no desobedece al mandamiento que va implícito en toda existencia humana. Si el Sócrates platónico dijo en el tercer discurso de su defensa aquello de que la vida sin examen no la podemos vivir, Blondel va mucho más allá en la misma dirección y tendría que decir que la vida sin filosofía queda necesariamente malograda.

    El examen socrático acompañará también cada jornada de cada individuo, pero su misión es, ante todo, lograr que cada acción corresponda a la finalidad global de alcanzar la bondad más perfecta; mientras que Blondel inserta la filosofía en el núcleo mismo de la vitalidad, de modo que una existencia humana al margen de la filosofía solo puede degenerar. Claro que en el caso de Sócrates filosofar es, en su base, dialogar acerca del bien supremo con todo y con todos, incluido, desde luego, uno mismo; en Blondel la filosofía debe constituirse muy laboriosamente en un sistema que es al mismo tiempo la vida completamente lograda. Aquí el problema no es el bien y la orientación a él sino un crecimiento constante de la verdad, que no puede acabarse antes de la muerte, o sea, un sistema de verdades y actos en aproximación asintótica a la meta que únicamente está allende la muerte.

    Por simpática que sea esta tesis, conviene no solo fundamentarla bien sino verle su envés y sus inconvenientes.

    El suelo del que ha partido Blondel —mucho más claramente expuesto en su ensayo de 1906 El punto de partida de la investigación filosófica que en La acción de 1893— es la distinción entre los dos modos esencialmente distintos del conocimiento, ambos perfectamente naturales, por cierto, y, por ello mismo, destinados a una colaboración que no se plantea como fácil cuando se los empieza a conocer con algún detalle. Uno es el propio del conocimiento inmediato, directo, que llamaremos también prospección; el otro es el conocimiento inverso, o sea, la reflexión.

    Ya para la descripción de la prospección —en algún momento la llama Blondel circunspección, que es término que se corresponde del todo con el que usa Heidegger en Ser y tiempo, Umschau, para referirse a lo mismo, sin la cortesía de mencionar su más que probable fuente— necesitamos una pieza doctrinal de una fuerza que tengo que considerar excesiva y que se solapa con la teoría metafísica de Aristóteles acerca del fin natural, de la causa final que al tiempoes causa formal del ser humano: que nuestra vida tiende de suyo y desde siempre a cierta meta que no conoce de manera lúcida; que la vida es un ímpetu orientado natural o esencialmente, y, añadamos aún, que ese ímpetu se traduce desde alguna temprana edad en la que denominamos nuestra voz de la conciencia —en la conciencia moral—. El objetivo inevitable y constante de la vida es su plenitud, su excelencia, su dicha, su bien. Y si Aristóteles consideraba muy importante empezar su tematización de la dicha —eudaimonía— reflexionando sobre en qué podría y, sobre todo, en qué no podría consistir, Blondel justamente niega con rotundidad que sirva aquí para algo la reflexión, como no sea para perturbar la certeza teleológica de nuestra vida. Esta certeza se manifiesta de alguna manera en la prospección, que en la infancia solo puede estar enlazada con una pulsión tan incoercible como ininteligible, es decir, precisamente no accesible al conocimiento reflexivo. Este es el que la ciencia utiliza; así que hay que sostener que no hay ciencia de la meta de la vida, aunque, como veremos, la haya de los medios que las situaciones concretas necesitan para irla a buscar. La prospección no basta siempre para encontrar los idóneos.

    En efecto, el conocimiento directo e inmediato obedece a la teleología natural, tanto si resuena esta ya en la voz de la conciencia como si todavía no lo hace. Notemos que la voz de la conciencia es hondamente silenciosa, puesto que coincide con el ímpetu básico de nuestra vida. No es fácil entender por qué, pero es evidente que sobre este impulso —que Blondel llamaba la voluntad que quiere— pueden imponerse una volición e incluso una acción —la voluntad querida— que se separen de la teleología natural.

    Como es lógico, el conocimiento directo ni siquiera se advierte atentamente, porque lo usamos como un medio de nuestras acciones. No las llevamos a cabo a ciegas, ciertamente, pero lo que propiamente mentamos es el fin al que estamos subordinando una serie de cosas, instrumentos o personas simplemente presentes, tenidas en cuenta cognoscitivamente en una verdadera circum-spectio rápida, incluso quizá momentánea. Blondel prefiere no llamarla espontánea e irrefleja, precisamente porque la advertimos —esto es evidente, aunque en realidad lo que advertimos primordialmente son sus términos objetivos; pero también podemos notar si es demasiado imperfecta, por ejemplo, y pasaremos a procurar mejorarla o nos equivocaremos fiándonos de ella sin más—.

    El conocimiento inverso, en cambio, es nuestro detenernos a analizar lo que hemos logrado actuando y, en consecuencia, la validez del método empleado. En realidad, es claro que no podemos parar la acción, sino que elevamos sobre la que seguimos llevando a cabo otra peculiar, que no fluye sino que considera objetivamente —aquí sí está adecuadamente introducido este adverbio— lo que hemos hecho en alguna acción que damos por terminada y lo obtenido gracias a ella. Aunque no estemos constantemente aplicando la reflexión, sin duda es natural que evaluemos objetivamente y que descompongamos en sus elementos muchas realidades. Para aumentar el éxito más adelante, es preciso utilizar la reflexión y lanzarla a muchos de los factores de la acción ya realizada. Lo que no es compatible es aunar en perfecto solapamiento acción —o sea, en lo que aquí interesa, prospección— y reflexión. Poner un cuidado extremo en lo que estamos haciendo no consiste, yendo al fondo del análisis, en estar objetivando la acción misma que llevamos a cabo. Es conocimiento conocido, pero no conocimiento conociente y actuante. Lo que sucede es que los resultados de la reflexión sirven luego de muchas maneras diferentes al conocimiento conociente.

    La reflexión siempre generaliza, porque, en el momento en que convierte un acto en un hecho, lo está ya clasificando, es decir, comparando con otros hechos y buscando mediante la abstracción en qué género y qué especie colocarlo. Habitualmente no captamos —es preciso insistir sobre ello, ya que es una aportación notabilísima de Blondel— la singularidad absoluta de la acción, o sea, tendemos a creer a pies juntillas en que el hecho no es sino la verdad del acto, o el acto trasladado al departamento de nuestra vida —o de nuestra conciencia— a cuyo cargo corre el conocimiento propiamente dicho. Otorgamos así a la reflexión un papel que no le corresponde. Parece que es darle demasiada importancia, pero en realidad es un modo de despotenciarla al desconocerla. En un hecho todas las partes distinguibles son capaces de repetirse indefinidamente, o sea, son casos de especies e incluso sencillamente especies últimas —a Brentano le gustaba decir, con cierta equivocidad, diferencias últimas—. Una acción no tiene propiamente partes: es un continuo en el que se dan fases con acumulaciones bien diferentes de riqueza en los matices fluyentes. Todo en la acción —y en la prospección, por tanto— es singular, irrepetible. Aunque tendremos que pedir a Blondel que reconozca que esa singularidad fluyente, pragmática y lúcida es naturalmente apta para conceder a la reflexión su materia sensible e inteligible.

    Que lo que nos rinde la reflexión sirva tanto luego a la acción y a su prospección da que pensar. Seguramente la causa última de ello está en que la vida, abandonada a su ímpetu, yerra casi de manera infalible su meta. En este sentido habría que calificar a la prospección y a la reflexión como las dos variedades de la razón, una con vocación práctica y otra con vocación teórica. Pero en todo caso la realidad misma no es objeto sino vida: vida, pues, ya siempre lúcida, incluso en sus concreciones extrahumanas, porque no podemos concebir la teleología natural tan solo en nuestra existencia, en nuestra acción, separando enteramente existencia y acción humanas del resto de lo real. Incluso si creyéramos que este resto es únicamente materia para la acción del hombre, no lograremos privar a tal materia de movimiento teleológico propio.

    No hemos estado leyendo el comienzo de Ser y tiempo, pero alguien podría creer lo contrario.

    Tema central para la discusión es el papel que se reserva a la alteridad transcendente en esta sistemática que pretende, sin más recursos que al principio de inmanencia, demostrar que no hay elemento de nuestra existencia que no surja en ella en el movimiento general de hallar la necesidad de todo —la percepción, la ciencia, la intersubjetividad— superando la inquietud básica del corazón: nuestra escisión primordial entre lo que de veras quiere en nosotros la voluntad santa y lo que de hecho queremos con nuestros errores prácticos no santos. Todo lo que no entendemos y se nos ofrece como contingencia más o menos brutal debe al final ser comprendido como un factor de la inmensa dialéctica de la acción —si es que no de la vida, incluso de la que se desarrolla fuera de lo humano—. (Nótese que en sus últimos años pudo escribir Blondel un grueso texto sobre El pensamiento que no comienza precisamente en los seres humanos, sino muchísimo antes de que ellos aparecieran.)

    Al principio del tercer artículo de la Carta sobre las exigencias del pensamiento contemporáneo en materia de apologética y sobre el método de la filosofía en el estudio del problema religioso, diez años antes, en 1896, leemos: Nada puede entrar en el hombre que no salga de él y no corresponda de alguna manera a una necesidad de expansión. Ni como hecho histórico, ni como enseñanza tradicional, ni como obligación añadida de fuera, no hay para el hombre verdad que cuente y precepto admisible que no sea de alguna manera autónomo y autóctono. Ahora bien, por otra parte, nada hay cristiano, católico salvo lo que es SOBRENATURAL —no solo transcendente en el simple sentido metafísico de la palabra…

  • Empezar a leer a Levinas (1)

    Empezar a leer a Levinas (1)

    El tema inicial de la filosofía de Levinas es común con varias de las más interesantes obras del último siglo: el subrayado poderoso del valor cognoscitivo, práctico y existencial —incluso metafísico— de la afectividad, ese asunto tan descuidado en la época moderna de la filosofía. Desde luego, Levinas lo hereda directamente del Heidegger de Ser y tiempo, que a su vez lo ha recibido tanto de Max Scheler como de Søren Kierkegaard; y lo comparte con Michel Henry. Este punto no tiene nada que ver con abrir el paso a lo irracional, como Levinas se ha esforzado muchas veces de argumentar años adelante.1

    Desde muy pronto, captó Levinas la necesidad de enmendar a su “genial maestro” con carné del partido nazi, pero sin retroceder a ningún pasado —exceptuando las fuentes literarias y proféticas del sentido—. La filosofía radical o primera no debía obviar a Heidegger. Y la experiencia del hitlerismo, la drôle de guerre y el campo de internamiento en territorio del Reich, más la incertidumbre respecto del destino de su familia, obligaron al joven pensador a descender a enigmas que cumplían su objetivo de criticar las insuficiencias de Ser y tiempo —tales y tan grandes como para no haber impedido a un hombre inteligente estar del lado del horror en los años decisivos—.

    No es solo que en la afectividad, antes que en la especulación, se anuncien los temas candentes de cada época, y así el arte cuenta con la perenne posibilidad de introducirse el primero en los nuevos campos de la ontología; sino que una construcción filosófica que no arraiga en la afectividad degenera enseguida en un más o menos complejo juego de palabras. Entre los pensamientos filosóficos el mero diálogo no es realmente diálogo: tiene que comprometer el corazón de los interlocutores, entendiendo por tal, como en el origen de nuestra tradición, el centro mismo de la existencia individual.

    No es muy discutible que la alternativa más profunda entre los afectos humanos primordiales es la que ve nuestra realidad como esencialmente dependiente de la totalidad de las cosas reales y la que la experimenta como libertad tan extrema que se atreve a desatender esa totalidad. El sentimiento original de estas ramas de la alternativa básica se expresa pronto y sobre todo en la disyuntiva que separa las religiones de esa cultura religiosa peculiar que es el judaísmo. Schleiermacher describía al hombre religioso como un análogo del niño que se siente un mero momento del sagrado Uno y Todo, o sea, en una dependencia absoluta, y no hay mucha distancia entre este concepto y los utilizados tan brillantemente por Rudolf Otto: el hallarse en la presencia del misterio tremendo y fascinante —aunque en el trabajo de Otto ha influido ya intensamente su vocación de teólogo cristiano y, por ello mismo, heredero del judaísmo—.2

    Levinas no puede explicar con solo este esquema el milagro de la filosofía griega, precisamente como fase evolutiva tardía de la mitología —sigue siendo imprescindible en este sentido la filosofía de la madurez de Schelling—. Él, como es recurrente en los mejores pensadores de los dos últimos siglos, tiende a difuminar —yo califico esto de blasfemia— la originalidad maravillosa de los filósofos griegos, en especial Platón —y su Sócrates—. Esa falta de justicia histórica importa mucho a la hora de considerar, igual que tantos otros, el cristianismo como una combinación ambigua de Atenas y Jerusalén. Pero este es tema para un análisis extenso en otro momento.

    La tendencia del desarrollo secular de la ontología ha sido, desdichadamente, la de la progresiva alienación tanto de la religión como del sentimiento de radical libertad; al menos, es lo que ocurre en la cultura popular y, por tanto, en la lucha política. Hace un siglo, como en un verdadero fin de mundo, la escena la ocupaban el hitlerismo, el fascismo y el leninismo, frente a unas democracias liberales con terrible escasez de alma.

    El segundo asunto capital de la reflexión de Levinas se ha mantenido a todo lo largo de ella, aunque ha dado lugar a inflexiones múltiples, que se encuentran entre lo más original que Levinas ha propuesto: hay que comprender que no hay liberación más difícil que la que desprende el presente del pasado, o sea, aquella que no interpreta el presente más que como una consecuencia inevitable, deductiva incluso, del pasado; y ello, en el individuo mismo. Esta liberación ni consiste ni puede consistir en la supresión del pasado, sino que se trata en ella de que el presente tenga la capacidad de saltar a algo nuevo, inédito respecto de todo pasado.

    Eso es exactamente la libertad personal. Pero la gran cuestión es la de la condición que la hace posible. ¿Acaso no tiene la libertad que estar solicitada, sugerida, atraída, apelada? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿No es entonces la liberación el eco de la acogida de esta llamada, es decir, una respuesta, una responsabilidad elemental a propósito de lo que excita al presente a saltar por encima de la sombra del pasado? Y si es así, aquí hay un punto de sorprendente coincidencia con el sentimiento alternativo de la dependencia absoluta: me libero en la medida en que soy liberado o, por lo menos, convocado a liberarme, o sea, a poner en acto mi libertad. Dependo, pues, de lo otro o del otro, aunque sea en una forma muy diferente de la que recogía la descripción clásica de Schleiermacher. Levinas se encuentra en este punto entre Henri Bergson, que no ahonda en esta solicitación de la libertad, y Franz Rosenzweig, que directamente se refiere a que el ser humano se ve forzado a responder a una llamada — es claro que puede hacerlo prescindiendo de su libertad en el mismo instante en que la ve nacer, es decir, irresponsablemente—. Hay algo de ambos antecedentes en el pensamiento de Levinas, pero sin que eso disminuya la casi violenta dosis de novedad que ha introducido —y que es esencial en su noción del judaísmo, no solo de la filosofía primera—.

    De hecho, esta cuestión no se puede abordar más que desde otra, que fue la que centró la meditación de Levinas en la época del auge del hitlerismo y la estancia en el campo de prisioneros de guerra. Me refiero a la reconsideración radical que llevó a cabo a propósito de la llamada diferencia ontológica, o sea, de la distinción, tan insistentemente exigida por Heidegger, entre ente y ser.

    Aunque hay ya datos muy interesantes en De la evasión, de 1935, es en el genial texto imperfecto De la existencia al existente donde se sistematizan, si cabe decirlo así, por primera vez.

    Este libro, publicado en 1947, es el escrito más atractivo y lleno de originalidad —dicho sea, excepcionalmente, sin matiz peyorativo alguno — que jamás publicó Levinas. No hay explicaciones metodológicas en él, ni verdadero cierre de los hondos temas tratados. Sí hay hipérboles y descripciones en el límite de lo imposible, a las que suele llamar su autor no fenomenológicas, es decir, situadas allende los alcances de la fenomenología —pero exigidas por esta disciplina si se la practica con la radicalidad afectiva y moral que es su más esencial requisito—.

    La única observación que se podría denominar metodológica dice, sin más, que se trata de fouiller l’instant, de excavar en el hecho de que el instante (presente) no es atómico —como sí lo es en última instancia la famosa archiimpresión de las lecciones de Husserl sobre la conciencia interna del tiempo—. El instante presente es la hipóstasis, el continuo nacimiento del sujeto —es obvio que, como prácticamente todos los filósofos de lengua francesa, Levinas comenta a su muy peculiar modo a Descartes—. El sujeto dice en Descartes yo soy, y Levinas propone que lo que de veras dice es yo me soy. Esto significa que el instante presente está articulado —en un momento inspirado dice Levinas que esta articulación es una luxación— porque siempre consiste en un peculiar esfuerzo: yo cargo conmigo mismo, o, en términos heideggerianos, el ente que soy ejerce ahora dominación sobre su existencia, sobre su ser, pero precisamente en los términos yo (el sujeto) y mí mismo (el ser convertido en atributo del ente, del existente). Un raro dominio, porque la experiencia del instante presente tiene el sabor afectivo constante de estar contrayendo un contrato irremisible, indenunciable.

    Mí-mismo no es, evidentemente, lo mismo que el ser o la existencia. Tiene que entenderse como la existencia ontificada de alguna manera, incluida en la hipóstasis, pero a título de carga que hay que asumir. Yo cargo no con la existencia sino con mi existencia, que se ofrece tan mínimamente “ontificada” que permanece estática, que no cambia, que es el fondo de mí como identificación, autoidentificación constante y tediosa, literalmente cargante.

    La diferencia ontológica se vive, pues, ya modificada y en el instante, y este sentido de peso abrumador e irrenunciable muestra, cree Levinas, que la experiencia del ser claro que no es teórica ni angustiante, sino sencillamente nauseabunda, incómoda y molesta, sentida como un estar a punto de vomitar, de que el corazón se te salga por la boca. El encadenamiento más radical, que suscita la necesidad desgarradora de escapar de él, pero muestra la imposibilidad individual de esta fuga, se me impone como el hecho de que, en el instante, el yo es sí-mismo. De aquí que la frase final del trabajo sobre la Evasión afirme escandalosamente que aceptar el ser es la barbarie misma —de nuevo igualando el ser con el fondo de mí mismo, al que estoy, por decirlo de alguna manera, clavado—. Es preciso, entonces, concluir que el hecho esencial de la espiritualidad humana no se expone como in-der-Welt-sein, pese a la tesis común a Husserl y a Heidegger, sino como la relación en presente del yo con su mí-mismo. Este hecho esencial es, así, el horror de ser. Afortunadamente, tiene más lados.

    La relación con el mundo, en efecto, es una distracción, ya un cierto escape de esta terrible soledad que es la intimidad del todo inmediata de mí conmigo mismo. Sin embargo, el mundo no es aún lo otro verdaderamente, sino mi mundo, mi mundo-vida, como escribía el Husserl anciano.

    Menciono inmediatamente los otros dos momentos de la hipóstasis: el advenimiento de la conciencia y el hecho capital de la posición en el mundo, o sea, el cuerpo.

    La conciencia brota de la diferencia entre yo y mí mismo, que no puede ser insensible ni indolora ni asubjetiva. La posición o el cuerpo es la localización del existente, condición de posibilidad tanto de su estar en el mundo como de su poseer conciencia. Y aunque ni la conciencia ni el cuerpo son tampoco lo otro, lo preanuncian silenciosamente y contribuyen a su posibilidad inconcebible —literalmente inconcebible, como es inaccesible para mi soledad el territorio de una auténtica evasión —. La hipóstasis está localizada en el Lugar, mas no exactamente en el Tiempo. El Tiempo es, por cierto, lo Otro, o, mejor aún, El Otro y, quizá aún más perfectamente dicho, La Otra, si parto de la masculinidad de la soledad encerrada —y El Otro, sugiero, si parto de la feminidad encerrada; habiendo cuerpo, no puede no haber sexo—.

    Pero antes de intentar justificar esta serie prodigiosa de tesis, recordemos que la hipóstasis se describe como el momento de la conversión del verbo en sustantivo —esto es, en sujeto—. Por tanto, la sugerencia es la de un pliegue sobre sí de la existencia, un rizo o bucle, una protorreflexión. Y aquí continúo hablando de la existencia, pero deberé tratar de seguir a Levinas hasta algo aún menos subjetivo, que no es ni el ser ni la nada, sino solo que hay, el Hay, el Haber —verbo aún, para la lengua humana—. En el último fondo de la realidad no hay ser y ente, sino el caos primordial, el abismo de aguas sin forma, de aguas que ni siquiera conocen la dualidad dulce-salada. Tohu va-bohu.

  • Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Es reseña de «Tú no morirás», antología de textos de Gabriel Marcel, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2026), trad. Mercedes Huarte.

    Gabriel Marcel es uno de los no tan numerosos escritores que no cabe pasar por alto. Quizá resuena su nombre, para quien no ha frecuentado sus textos, con un eco de dulzura o tibieza, posiblemente repelente, que se asocie a la etiqueta de “existencialista cristiano”. Es preciso sacudirse este prejuicio, y bastará para ello mencionar cuáles son los dos puntos de partida de su literatura. Uno, que no comentaré aquí, es el dato cierto de que a la vez soy y no soy mi cuerpo, o sea, la impugnación de que esté clara la distinción antigua entre el alma y el cuerpo. El segundo lo recojo literalmente de su pluma: La desesperación y la traición nos acechan en todo momento. Y la muerte, al final de nuestra carrera visible, como una invitación permanente a la defección absoluta, como una incitación a proclamar que nada hay, que nada vale.

    La breve y esencial antología de fragmentos —sin indicación del lugar del que se toman— «Tú no morirás» comienza y acaba con una extraordinaria oración al Espíritu de metamorfosis: Cuando intentemos borrar la frontera de nubes que nos separan del otro reino, ¡guía nuestro entusiasmo de novatos! Y cuando suene la hora prescrita, ¡despierta en nosotros el gozo del caminante que cierra su mochila mientras, tras el cristal empañado, avanza la imprecisa eclosión de la aurora! Es difícil evocar más bella e intensamente la llegada de la muerte si se ha vivido en la esperanza, esa actividad creadora que quizá nadie haya descrito nunca con la hondura con que lo hizo el filósofo.

    Ha acertado plenamente Ediciones Sígueme al decidir esta traducción y encargarla a Mercedes Huarte. Marcel no es una lectura sencilla, pero será una lectura inevitable para cualquiera que se haya introducido en su pensamiento a través de estas pocas páginas. El estilo de un escritor que avanza, se detiene, retrocede, gira según exige su diario metafísico, no permite aconsejar por dónde se acometerá mejor la comprensión global. En realidad, Marcel desprecia esta comprensión global, demasiado parecida a erigir un sistema con un material que lo repudia por principio. Lo que interesa es la meditación de un día o la meditación de un tema que se prolonga unas semanas, desaparece, emerge de nuevo un poco a otra luz… Esto es obedecer a la mordedura de lo real y sentirla de veras. De hecho, solo la compañía, la comunidad —aquí, del autor y el lector—, abre en serio la vida espiritual: si no hablamos o leemos la mordedura concreta, presente, de lo real probablemente será que no nos ha llegado a la piel.

    La realidad es sobre todo y en primer término lo que no depende de nosotros. Cuando nos afecta, es un don que suscita, si nuestra reacción no es absurda, humildad. Podemos atrevernos a pronunciar tales palabras precisamente porque la realidad del mal, el misterio del mal, sí depende de nosotros como autores o como cómplices; y ante el mal sería horrendo responder con la humildad. El mal empieza por la amenaza, sigue por la turbación, nos apuñala luego por la espalda y es la inauguración de la muerte y de su colega inseparable: la desesperación. No de la muerte en la luz de la esperanza, sino de esa otra que nos causamos a nosotros mismos al entregarnos a la acción perversa como si así exorcizáramos la amenaza. Y no se puede escapar de la desesperación mortífera replegándose sobre uno mismo —eso es sencillamente asfixiarse—: mi único recurso es abrirme a una comunión más vasta y quizá infinita, dentro de la cual el Mal que me ha visitado cambia de alguna manera de naturaleza. Se transforma en nuestro mal; mucho más aún: pasa a ser el mal sobre el que has triunfado. Tú, no propiamente yo. Contra pocas falsedades se indigna tanto Marcel como contra la noción de un Dios-objeto; y nos hace gracia de detenerse en las vueltas y revueltas que da a Dios-objeto una zona de pobre filosofía que polemiza sobre su existencia en el magín de ciertos profesores. (Estoy escribiendo la tarde misma en que una pobre chica enferma y víctima de no sé cuántos y cuáles abusos brutales ha logrado que la maten —llamar a esto eutanasia es una locura—.)

    Pasemos de locuras. Así, con esa comunión más vasta, es como se ilumina la esperanza, el tema mayor del diario metafísico de Marcel: mucho más como un don que como una hazaña mía. El don, la gracia es una llamada a la que hay que responder y que encuentro que me ha cambiado desde dentro, ha actuado respecto de mí como un principio interior a mí mismo. Ahora bien, la esperanza es una paciente actividad, es una forma peculiar de la fidelidad, y es incluso la materia misma de la que está hecha nuestra alma. No dejemos atrás que este modo de existir es dialógico desde el principio. En un momento en que Marcel se representa muy vivamente cómo la esperanza la vive siempre alguien que es al mismo tiempo cautivo y está carente de otras armas para su liberación, la describe como un recurso desesperado a un aliado que es también amor. Evidentemente aquí la palabra desesperado solo se refiere al ímpetu, a la fiereza que está en el núcleo de la auténtica esperanza. Sin ella, el mundo se siente como estancamiento, como putrefacción. Y es terrible que así lo pueda experimentar no solo el perverso sino también, aunque con otro matiz, el desdichado. (Otra vez el pensamiento y la oración van junto a Noelia, recién muerta.)

    La fidelidad y esta especie suya que es la esperanza naciendo de las lindes del mal son profecía y no mero deseo. Es claramente así en lo que antes solemos llamar fidelidad, puesto que el compromiso que la constituye necesariamente pasa por encima de las cautelas que se diría que son consejos racionales y prudentes: Sé fiel a tus promesas, sí, pero solo si la persona a quien las haces se mantiene digna de que cumplas con ella, igual que ahora mismo es digna de que deposites en ella tu confianza. Y tú mismo no debes cerrarte a la posibilidad de cambiar tanto que ya no tenga sentido mantenerte en lo que hayas prometido hace mucho tiempo, cuando eras otro… Es esencial entender que los aparentes diálogos de esta clase no son en realidad tales, sino monólogos en los que no se deja resquicio a nadie que no sea mi propia estupidez o mi propia maldad. La esperanza, en cambio, es como una brecha a través del tiempo, o sea, la entrada en su presunta corriente cerrada de algo ajeno a ella, que otros llamamos la visita de la eternidad. Marcel escribe entonces que no podemos decir que la esperanza ve lo que será —precisamente si lo hiciera solo sería un desarrollo más del tiempo clausurado sobre sí mismo—, pero afirma como si lo viera: se diría que obtiene su autoridad de una visión oculta de la que se le ha concedido informar, pero sin gozar de ella.

    Es un enigma tenebroso que cueste tanto llegar a estas verdades por uno mismo, simplemente consultando con la vida que llevamos. Siempre es verdad aquella exclamación de Sócrates: No se puede vivir la vida sin examen; pero es que sobre su sagrado texto original se han depositado capas innumerables de residuos de pensamientos, dice Marcel, aportados por fuentes cotidianas e incesantes (los periódicos, las revistas, las conversaciones, la familia, la radio, la escuela, las películas). Marcel dictamina: En la mayoría de los casos habría sido mejor quemar estos residuos como se hace con las basuras domésticas, y no es una función menor del pensamiento filosófico proceder a esta suerte de incineración. ¡No pide una abstención, como es clásico en la fenomenología, porque esos restos espurios ejercen su peligro cuando se procede con tibieza contra ellos. Sin embargo, este fuego purificador hay que dirigirlo adentro de nosotros mismos, o sea, al misterio que somos y que solo una ciencia sin cerebro y una filosofía sin corazón se obstinan en negar. Acabamos así de nombrar a ciertos adversarios muy poderosos y de difícil diagnóstico. Esta dificultad tiene que acometerla la prudencia en una de sus acepciones más valiosas. Y su paradójica aliada es esta evidencia: Allí donde la reflexión se ejerce en plenitud, es llevada a reconocer que pende de algo que la supera y que la hace posible. Mi misterio está albergado en otro de orden superior, pero hablar de misterio no es hablar de oscuridad sino, más bien, de claridad excesiva, como termina diciendo espléndidamente Marcel: Esta certeza misteriosa se desprende de la luz, pues en cierto sentido ella es la luz.

  • El arte de Ruiz de Azúa

    El arte de Ruiz de Azúa

    Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.

    No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.

    No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.

    Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.

    De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.

    He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.

    Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.

    Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.

    Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.

    Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.

    El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.

    Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.

    La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.

  • Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

    Hermann Cohen: sentimientos, razón y religión

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    Sólo en apariencia Hermann Cohen carece de relevancia en nuestro presente. Como tantos otros filósofos profundos, su repercusión, simplemente, no es visible para miradas poco atentas.

    En su momento, o sea, en las décadas de gloria y fracaso que son las primeras de la historia turbulentísima de Alemania unida (murió al término de la Primera Guerra Mundial, después de haber ocupado en Marburgo una destacada cátedra de filosofía neokantiana, de modo que fue el primer filósofo judío de primera línea en recibir tales honores producto de la Emancipación), Cohen marcó con gran fuerza la coyuntura cultural de su país y representó –a veces, con maravillosa ingenuidad– la posibilidad próxima de una simbiosis muy honda y perfecta entre Ilustración alemana, protestantismo, socialismo no marxista y judaísmo. Como ejemplo de la extraordinaria irradiación de su cátedra, conviene recordar las referencias de José Ortega y Gasset a su estancia en ella: si un joven extranjero quería aprender lo más interesante de la filosofía alemana de la época, no podía dejar al margen de su viaje Marburgo. Allí, un judío asimilado enseñaba el pensamiento de Kant –con concesiones al idealismo hegeliano– como el más contemporáneo y útil de los mensajes para el presente que se podían extraer de todo el pasado filosófico. Kant era la esperanza de reducir las ciencias positivas a un sistema en el que la investigación filosófica siguiera desempeñando un cierto papel de reina: a ella corresponde averiguar y establecer con claridad las condiciones de la posibilidad del sistema entero de la cultura como, precisamente, cultura de la razón. La filosofía era en Marburgo una epistemología, pero con pretensiones mucho más grandiosas que la teoría de la ciencia que suele practicarse en el marco de la filosofía empirista y lingüística inspirada por Russell, Wittgenstein, Carnap e incluso el disidente Popper. Las condiciones sistemáticas y racionales que hacen posible los saberes particulares se ocultan, según se pensaba en la cátedra de Cohen, en las raíces esenciales de la subjetividad, entendida no como magnitud dentro de la historia universal, sino como soporte del sentido mismo de ésta y, por tanto, en alguna manera, en continuidad (difícil) con el ámbito de lo divino.

    Pero el éxito del neokantismo como empresa común judeo-alemana, característica clave de la cultura pujante de la nueva potencia centroeuropea, no importa ahora tanto como fenómeno de los años 1870-1925 cuanto como señal en una dirección que no deberá abandonar nunca la filosofía en ningún futuro, y que, en especial, es una necesidad –relativamente poco sentida– para la filosofía de la religión. Me refiero a la reivindicación, a la exaltación, incluso, de la razón no ya como instrumento de la ciencia y la filosofía, sino como clave de bóveda de toda la vida espiritual y órgano fundamental de la misma actividad religiosa.

    Cohen, de un modo que no esperaba el público culto de su patria, redescubrió además, en los años de su jubilación, después de comentar dos veces el sistema kantiano y de levantar sobre él el propio, como variante y mejora de lo heredado, las raíces esencialmente judías de su propuesta. El mesianismo ateo de Marx podía ser contestado por un socialismo que apelaba conscientemente a los profetas de Israel como fuente primera de inspiración y que los aunaba con la tradición luterano-pietista de Alemania, en una síntesis muy superior a la dispersión en el polvo de los hechos que tendía a mostrar por el mismo tiempo la filosofía de lengua inglesa y francesa. El resonante título del gran texto póstumo de Cohen fue, nada más y nada menos, que La Religión de la Razón a partir de las Fuentes del Judaísmo. Donde Kant sugería que no faltaba a esta religión más que su propia eutanasia, Cohen pensaba demostrar, en la tradición de los sabios del Talmud, que el cristianismo, además de propagar por todo el mundo las virtudes del judaísmo, había contraído compromisos graves con lo pagano, que el mundo contemporáneo necesitaba depurar. El resultado ya no es ni judío diaspórico ni cristiano, sino algo nuevo donde, eso sí, vive todo lo realmente vivo de la sabiduría y el culto del judaísmo.

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    Nuestro propio tiempo responde con demasiada frecuencia a la pregunta por la capacidad de religión en un sujeto con cosas tales como el sentimiento, la intuición, la fe…, donde, además, han degenerado, habitualmente, los significados primitivos y verdaderos de tales términos en relación con lo religioso. Kant y Cohen, como Maimónides y Tomás de Aquino, como san Agustín y Averroes, insistieron siempre, en la misma huella de los clásicos griegos, en que no es posible que, siendo la razón la marca distintiva, específica, del hombre, quede al margen o muy postergada en la actividad religiosa –salvo que se admita, con los agnósticos, los ateos y los escépticos, que la religión es un orden cultural o de segundo nivel o, sencillamente, ilusorio; a lo sumo, de interés pasajero en la atormentada historia de cómo el hombre aprende poco a poco a habitar el mundo de manera enteramente humana–.1

    No es demasiado difícil la definición general de la razón. En primer término, es la capacidad de argumentar. Pero como se supone en quien la desarrolla la facultad de entender con perfecta evidencia la ley lógica por la que la conclusión se sigue de las premisas, esta misma evidencia de los principios de la lógica (de las leyes del ser en general de cuanto hay) queda, inmediatamente, introducida también en el concepto moderno de razón. De aquí que Kant siempre haya relacionado la razón con la maravillosa capacidad humana –universal humana– de conocer verdades necesarias que, por ello mismo, son también universales. Cuando especifica Kant luego su noción de la razón, al comprender que la aptitud para argumentar exige que no paremos de demostrar hasta no llegar a los supuestos absolutamente últimos de toda demostración e, idealmente, hasta la más lejana conclusión que se siga de ellos, añade que la característica más propia de esta facultad del sujeto es pensar lo absoluto, lo incondicionado (los primeros supuestos son, por definición, lo incondicionado que lo condiciona todo). Lo normal es que los hombres no relacionemos con perfecta claridad nuestras ideas de lo incondicionado con el funcionamiento constante de ellas, que es nuestra razón argumentando; pero la reflexión radical que se emprende en una crítica de la razón pura, o sea, de la razón cuando se la considera aislada de la experiencia sensorial concreta, saca a la luz que, en efecto, nuestra misma manera de proceder construyendo argumentos nos lleva indefectiblemente a tener que comprender qué significan las formas en las que concebimos lo absoluto, que son: el alma sustancial, simple e inmortal –sería más prudente decir: el yo, o sea, el sujeto que no es objeto sino sólo sujeto–; en segundo lugar, la causa perfectamente libre y el mundo como conjunto infinito de lo que ella condiciona (de sus efectos); y, por fin, Dios, la suma de lo real puro y, al tiempo, la inteligencia perfecta.

    Pero Kant, distanciándose, como explica Cohen, de las influencias paganas, no admite que, ya porque todo ser pensante concibe las ideas de la razón (yo, libertad, Dios), haya que aceptar que el yo, la libertad y Dios existen. Que no podamos no concebirlos no significa que quede por ello mismo demostrada su existencia. Todo lo contrario: la meta de la Crítica de la Razón Pura es probar que el mero conocimiento no logra demostrar que existan estas tres realidades que piensa inevitablemente la razón finita por ser, sencillamente, razón finita; que quien cree que las meras ideas presentes en su razón demuestran ya la existencia de sus correspondientes objetos, es víctima de la más profunda ilusión que se encuentra en el dominio de la finitud (la llama “ilusión transcendental”). Y tan iluso es quien cree, en este sentido, haber probado la existencia de Dios, la libertad y la inmortalidad, como el que cree haber probado su inexistencia. El conocimiento riguroso no alcanza más que a explorar la naturaleza y, como dirá tiempo después el atípico kantiano que fue Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”; así que conviene callar acerca de todo lo meta-natural (la inmortalidad personal, la libertad, la existencia y el modo de ser de Dios).

    Pero Wittgenstein no pudo añadir nada más positivo sobre el terreno de lo que llamó, con notable exageración y falta de cuidado, lo místico; en cambio, Kant –y Cohen– pasan mucho más allá, porque la crítica de la razón quedaría mutilada peligrosísimamente si no contuviera también una crítica de la razón práctica.

    3

    Es imposible encarecer exageradamente la importancia de este momento, reconocido, sólo que sin consecuencias tan extraordinarias, desde Sócrates: que la acción humana está impregnada de razón y, precisamente, sabe que debe dejarse dirigir por la razón. En primer lugar, que cualquier acción, en cualquier ámbito que sea, es deducida, como una conclusión, de ciertas premisas; en segundo lugar, que es irrenunciable el derecho de la razón a dictarnos esas premisas, si es que queremos que nuestra acción nos lleve a donde decimos ir.

    Kant dividía los campos prácticos del hombre en tres. Por una parte, actuamos continuamente en un sentido que podemos bien llamar técnico: el que quiere guisar un plato, hacer un puente, aprobar unas oposiciones, conducir su coche hasta Toledo, sabe que tiene que plegarse, paso a paso, a las reglas que señalan cómo se debe, cómo deben todos los seres racionales, comportarse, a no ser que quieran, en el fondo, fracasar como cocineros, ingenieros o chóferes. Tienen los buenos técnicos que adaptar sus actos a unos principios (máximas) que se comprometen internamente a seguir siempre que se vean en las mismas circunstancias; y estos principios subjetivos que cada uno hace suyos en cada oportunidad –cuya asunción reiteramos cada vez que volvemos a obrar–, los dicta en este caso el simple conocimiento de la naturaleza: el estudio de la resistencia de los materiales exige que el buen ingeniero adopte las reglas que derivan de este conocimiento.

    Es evidente que la vocación o la ocasión conducirán a unos hombres sí y a otros no a perseguir determinados fines de este primer grupo. Por imperativo que sea obedecer a las reglas de la técnica, en cualquiera de estos sentidos, sólo nos pondremos bajo su alcance en la hipótesis de que verdaderamente, por la razón que sea, intentemos un logro de esta índole; pero es claro que no rige ley ninguna que ordene para todos los hombres en toda circunstancia escoger una profesión, emprender cierta obra…

    Hay, en cambio, dos clases de objetivos que sí perseguimos todos en todos los momentos de nuestra vida, excepto cuando entran en colisión irremediable –cosa que quizá debiera suceder con más frecuencia de la que experimentamos de hecho–: la felicidad y la bondad. Mejor sería decir que la felicidad la procuramos siempre y que la bondad moral deberíamos procurarla siempre; y que cuando este segundo fin no es compatible, en la medida en que podemos formarnos de ello un juicio, con conquistar también la dicha, tenemos que abandonarlo todo para ir tras la bondad moral.

    Esta descripción, que la entenderá siempre todo hombre y sentirá que debe honrarla como la más exacta, aunque él mismo casi nunca actúe como evidentemente se debe, muestra cómo no hay tampoco obligación estricta de ser feliz, precisamente porque sí la hay de ser bueno. En efecto, aunque no sea, afortunadamente, una constante de nuestra vida, sucede que hay, sin duda, momentos en los que el cumplimiento del deber se nos presenta como una posibilidad terrible: si la realizamos, grandes esperanzas que no eran ilícitas hasta ahora se verán comprometidas o del todo anuladas; si actuamos como debemos, quedaremos desacreditados, descubiertos, humillados, y cuanto aspirábamos a ser se reducirá a polvo. No queremos el bien, pero seguimos sintiendo su reclamación santa y, por lo mismo, de alguna manera sí que lo queremos, incluso en estas condiciones extremas. Él no nos va a forzar: se limita a llamarnos, como quien te pide, a lo lejos, que lo tires todo por la borda y vayas en su compañía no se sabe a dónde –o, precisamente, a donde no te habías propuesto antes ir ni ves que te pueda proporcionar ninguna clase de bienestar: a donde en principio menos acudirías motu proprio–.

    En comparación con esta llamada desprovista de todo atractivo que no sea el deber mismo, las ganas furiosas de desoírla sí son, en cambio, una especie de violencia. Kant las representaba como un muelle o poderoso resorte que salta desde nosotros mismos y es capaz de romper la aspiración santa al bien. Una inclinación, una tendencia, una coacción que brota también de mí y que suele multiplicarse, como bola de nieve en la pendiente cuesta abajo, si cedo a su violencia.

    El bien me llama desde la altura venerable de su aislamiento y no me promete otra cosa que él mismo –que me es desconocido–; el otro ímpetu no es una voz ni es venerable en absoluto: empuja, rompe, violenta, pero no dice nada sino que sólo absorbe, apoyado en mi recuerdo de los gozos que acostumbro a gustar, o incluso presentándose ya como un deleite que anticipa otros mucho mayores si me dejo ir.

    Pero en todo esto aparece una tercera figura: yo mismo, llamado por un lado y empujado por el otro. Se diría que me llaman de lejos y que me empujan desde dentro de mí mismo; pero también es verdad, y más verdad, que la llamada encuentra un eco hondísimo en mi interior y que no termino de poder decir que sólo entra y baja hacia mí como un imperativo de lo otro que yo, como heteronomía: una ley ajena en su origen a mí mismo.

    Para entender exactamente este punto es preciso tener en cuenta algunos detalles de importancia que aún no he expresado.

    El primero es reconocer que el conflicto entre felicidad y bondad puede en ciertas ocasiones presentarse efectivamente, como una incompatibilidad plena, a la que no se ve salida alguna. Sería rebajar el problema dulcificar las cosas hablando de la dicha del deber cumplido. Y no porque no la haya, sino porque no cabe experimentarla más que pasando a través de la puerta estrecha de la acción moral, más allá de la cual no se nos ha prometido nada –justamente para que sólo nos atraiga la rara belleza del bien a secas, de lo que es justo en sí mismo y nada más que justo, como ya lo había descrito, en el primer paso de nuestra historia espiritual común, Sócrates–.

    La segunda observación es que las reglas para la felicidad al margen de la bondad no son seguras. No hay recetas universales para ser feliz, como comprueban, sin desalentarse por ello hasta que el número de los reveses no es elevadísimo, quienes recurren, por ejemplo, hoy a los manuales de autoayuda, y ayer lo hacían a los textos en los que gente de experiencia relataba autobiográficamente cómo pensaban ellos que debería vivir cualquiera que quisiera lograr una vida de plenitud de gozos. Los libros sapienciales se remontan a las primeras épocas de la literatura egipcia y están presentes por doquier. En ellos suele hallarse una mezcla indigna –así la habría llamado sin duda Kant– de recetas para el buen éxito y de recomendaciones morales. Pero lo que es preciso anotar es que, a causa de que el empeño por ser felices no tenga orígenes tan altos como la reclamación del bien, las normas para intentar el éxito carecen de valor universal, digan lo que digan quienes escriben sobre ellas. Aunque sea desalentador, es instructivo ver la más antigua de las recomendaciones sapienciales egipcias que ha llegado a nuestras manos –la humanidad, en su extravío, llama sabiduría sobre todo a este tipo de gestos, al no concebir fines más altos y más humanos–. No se espere de este texto antiquísimo una extraordinaria profundidad sobre lo que es clave en la vida. El gran visir enseña a su hijo cómo prosperar, y por más que queramos dar vueltas a sus palabras en busca de otra cosa, lo único que realmente significan es este consejo: «Hijo mío, tú, ante tus jefes, guarda silencio». Y, aparte de sentirnos en cierto modo humillados, no dejaremos de notar que esta recomendación de ninguna manera es siempre válida, o sea, útil. Aunque nada más resulte este efecto de la también antigua propaganda contra la adulación, es claro que hay formas de adular de veras que no se valen del silencio sino del desparpajo y, en apariencia, del riesgo de ser sinceros y deslenguados con los jefes. Todo depende de la índole, la experiencia y el humor cotidiano de un jefe determinado…

    De aquí se deduce la tercera observación: aunque en cierto modo debemos ser felices –porque es una esencial ingratitud a la vida renunciar a gozarla con inocencia–, las máximas para lograrlo tienen menos generalidad que las mismas máximas técnicas. La resistencia de los materiales de construcción se puede conocer objetivamente, pero no hay conocimiento objetivo de la índole de un jefe de quien dependa tanto la prosperidad como dependía del faraón la del hijo del gran visir, allá por el siglo XXV antes de Cristo. Y es muy apropiado que no haya fórmulas universales para este tener las espaldas cubiertas, las necesidades satisfechas de aquí hasta que nos muramos, que es la felicidad mundana. Es muy apropiado, precisamente como contraste con las normas inflexibles, perfectamente universales, del bien, que sí son absolutamente universales porque están preparadas para enfrentarse victoriosamente con los consejos de falsa prudencia de los manuales sapienciales y de autoayuda (no hay tal “auto” en esta ayuda, cuando sólo la adquieres comprándola…).

    En otras palabras: por violento que sea el empujón que recibimos hacia el gozo del mundo olvidándonos del deber, nunca estaremos del todo fuera del ámbito al que llega la voz del bien. No podremos disculparnos en que nuestra primera infancia fue desastrosa, nuestra educación resultó al contrario de lo que debiera y, después, la mala fortuna de los encuentros nos hizo caer en una ignorancia invencible acerca de lo que debe hacerse en la vida. El optimismo ilustrado de la doctrina de Cohen confía hasta el final en que la condición empírica, casual, contingente, de la existencia de los hombres no obnubila por completo, salvo enfermedad que cancele el ejercicio efectivo de la humanidad por un tiempo, la voz santa de la conciencia moral resonando en el fondo, o sea, desde el fondo de nosotros mismos, los empujados violentamente por el afán de los placeres –el más fuerte de los cuales es el deseo de reconocimiento, de fama, de éxito social–.

    Así, la situación profunda se expresa en un rasgo relativamente de superficie y fenoménico: la muy superior exigencia del bien se manifiesta en imperativos de alcance universal, en órdenes que no admiten excepción –aunque sí admitan ser despreciadas por nosotros, los que no lograremos jamás dejarlas de oírlas aunque nunca las hayamos intentado seguir.

    4

    De donde se sigue la más importante y novedosa tesis de los kantianos sobre el bien moral y la voz de la conciencia (la llamada condición formal de su sistema ético-religioso, tan mal entendida por la generalidad de los lectores). Consiste en enseñar que, cuando queramos comprobar si una máxima moral que hemos hecho nuestra es realmente moral –o sea, si es verdadera o es auténticamente moral–, el camino que tenemos es el socrático sólo que expresado de otra manera que nos ahorra el trabajo del diálogo efectivo con los demás y los procesos retóricos de persuasión: basta que intentemos pensar que la regla que hemos hecho nuestra se volviera regla universal para todos los hombres en todas las situaciones. Si entendemos que hay un puro problema lógico en esta universalización (o sea, que caemos en contradicción, que literalmente no podemos querer que todos se comporten como nos hemos propuesto comportarnos nosotros), es que nuestra máxima es falsa e inmoral. Si, por el contrario, logramos penetrar intelectualmente en su validez sin excepciones pensables, entonces mismo sabremos que es verdadera. Sólo procede del bien si no se mezcla el egoísmo de nadie, o sea, el deseo particular y relativizante de ningún sujeto, de ningún grupo humano. Cualquier restricción de la universalidad de una máxima que creíamos moral enseña que, en realidad, se trata de una refinada fórmula del egoísmo, es decir, de la búsqueda de la dicha renunciando al bien y olvidándonos, si hace falta, de los derechos de los demás imponiéndose como otros tantos límites infranqueables a nuestra persecución de la felicidad.

    El gozo del mundo nos aísla, afloja nuestros vínculos con los demás, justamente porque su origen está en el amor egoísta a nosotros mismos –que no merecería el alto título del amor–. La aventura del bien nos funde en la raíz de la humanidad de todos los hombres, nos solidariza en lo más hondo con ellos todos, aunque aparentemente lo que suceda es que nos quedamos también, aunque muy de otro modo, solos, incomprendidos, crucificados si hace falta.

    No asesines, dice el quinto mandamiento; no mientas, no codicies el bien ajeno, no uses el nombre de Dios en vacío. Superficialmente, son prohibiciones; realmente, vías a lo desconocido que nos liberan del peso abrumador de nuestro egoísmo. Como dicen los kantianos: los imperativos morales se nos presentan, en el primer momento, como constricciones porque estamos deseando un compromiso imposible con nuestro afán de éxito en el mundo y de placeres de toda índole; pero si se logra el casi milagro de que, sólo por la universalidad del deber mismo, sólo por respeto religioso y veneración a su mandato incondicional, probemos una vez a obedecerlos, entonces, atreviéndonos también por una sola vez a hablar como si nosotros hubiéramos franqueado efectivamente esta frontera y realizado el casi milagro –nunca más osaremos tal cosa–, diremos que el sabor real de nuestra experiencia es el más poderoso sentimiento de liberación: ¡libertad respecto del propio egoísmo! Y más vale inmediatamente callar, porque del cielo sólo hablará quien llegue a él y nadie debe jactarse de ser bueno, aunque ahora hayamos pactado por una vez con la indiscreción.

    Cohen comparte entusiásticamente este modo de plantear la cuestión del bien y de entender, por tanto, la forma tercera y más alta de la vida en la acción, más allá de las búsquedas, siempre hipotéticas y, por ello, no absolutamente humanizadoras, de los bienes de orden técnico y de orden pragmático. Hay, en efecto, la vida de la santidad, de la pureza del bien, que coincide con la vida en la plenitud de la razón y con el fomento de la humanidad misma del hombre. Porque la razón es el antiegoísmo: es lo mío que también es de todos, sin acepción de personas, sin favores inmotivados. Un hombre no es valioso en lo decisivo porque posea determinados dones de naturaleza o de fortuna. Da igual que así lo estime el mundo. El único valor es el que un hombre conquista cuando obedece a su razón y pospone, por seguirla, las violencias de la naturaleza, que lo reclaman a gozar de su juventud, de su belleza, de sus talentos, de sus relaciones en la sociedad, antes y con desprecio de las exigencias del deber santo.

    Sólo la acción nos hace valiosos, y la acción más potente es aquella en la que realmente optamos por una máxima auténticamente moral y despreciamos otra que está infectada de egoísmo en cualquier sentido. Esta elección es ya lo mismo que obrar en consecuencia: es ya acción, y lo es supremamente. La existencia se decide ahí. La razón práctica es la fuerza íntima y, al tiempo, universalmente humana, en donde reside, para decir las cosas en los términos de la teología cristiana, la gracia de Dios; o, para hablar el lenguaje de los viejos profetas de Judá y de Israel, donde sopla el espíritu del Señor.

    La razón en su uso meramente teórico, cognoscitivo, no apura la verdad final de lo real –la cosa en sí–, ni aun cuando la volvemos reflexivamente sobre nuestra propia condición. Tanto mejor. Un hombre debe ignorar su posición respecto de Dios si quiere poder actuar santamente. No ha de conocer si está cerca o lejos de Dios por su existencia ya pasada –y eso significa el auténtico conocimiento profundo de sí mismo–, o será materialmente imposible que siga actuando con total desinterés, en virtud tan sólo del reclamo santo, venerable, infinitamente imperativo e infinitamente no violento del deber. No hay mayor violencia que la que el gozo y su deseo nos imponen, y no la hay menor que la que brota de la mera razón, de la razón pura –purificada de añadidos espurios no racionales–.

    No es que Kant partiera a la construcción de la filosofía teórica con ningún prejuicio; pero no cabe duda de que los resultados que obtuvo en ese trabajo fomentan extraordinariamente bien la ruda exigencia absoluta de la santidad, que repudia toda apoyatura exterior, que sólo ofrece el atractivo tremendo, tremendum et fascinans, del deber a secas, puro, sin más promesas ni adornos. Y la habitual resistencia a las ideas de Kant no puede ocultarnos el hecho de que su descripción del verdadero rostro del bien, cuando es avistado desde esta ladera de la historia humana, contiene fragmentos de verdad impresionantes y se adecua a su objeto mucho mejor que infinidad de otras tentativas de azucarar el aspecto de la perfección, cuando en realidad tan sólo la impurifican y la rebajan.

    5

    En efecto, si revisamos el conjunto de lo que llevamos dicho y lo consideramos desde lados desatendidos hasta ahora, nos encontramos con que la situación que dibujan los kantianos, Cohen siempre incluido, es ésta: un hombre que logra entender que la ciencia y la reflexión sobre la ciencia no se extienden, metafísicamente hablando, hasta el conocimiento de cómo es en sí lo real (la cosa en sí); que, por lo mismo, no dispone de ningún argumento científico ni de ninguna experiencia rigurosa de la libertad; y que, sin embargo, no debe desconfiar de que, junto al ámbito de la razón teórica, hay el de la razón práctica, y la razón práctica significa lo mismo que la libertad.

    Se debe creer, por razones morales, en la libertad, justamente en la ausencia de apoyos extramorales de orden científico o metafísico. Quien confunda la existencia humana con el territorio de lo que la ciencia abarca (la naturaleza en su legalidad de orden necesario, en tercera persona o, mejor dicho, impersonal y neutra), ése ha optado por la inmoralidad.

    Es evidente que esta doctrina tiene su punto flaco más notable en el hecho de que ha de darse alguna clase de experiencia indudable de la diferencia entre existencia y ciencia, entre teoría y práctica. No se puede también confiar en vacío en que ocurre esta diferencia, aunque su acontecimiento no pertenezca al orden del saber científico mismo ni se pueda confundir con una creencia cotidiana sometida a toda clase de críticas epistemológicas posibles. Es precisa alguna experiencia transcendental de la existencia como punto de reunión de lo práctico y lo teórico, para que el resto de estas enseñanzas cobre pleno sentido; pero la idea de semejante experiencia equivale, para todo buen kantiano, a un hierro de madera o a un fuego de agua.

    Pues bien, aquí es donde Cohen introdujo una cuña hipercrítica en el kantismo, que, a la larga, cuando miramos las consecuencias que trajo consigo en la obra, por ejemplo, de Franz Rosenzweig –un discípulo íntimo pero no fácilmente reconocible de Cohen–, vino a derribar toda la estructura del idealismo transcendental con más efectividad que como pensó lograrlo Hegel.

    En primer término, Cohen reparó genialmente en otra carencia, en otro salto injustificado en este edificio espiritual que tanto admiraba y dentro del cual había vivido y trabajado con inmensa laboriosidad toda su larga vida. Y es que el sujeto individual no puede reprimir en sí mismo lo egoísta en nombre de lo universal si antes no se abre paso hasta la posibilidad de concebir realmente la totalidad de todos nosotros, los seres racionales, todos universalmente obligados en conciencia a adoptar una determinada máxima moral y rechazar sus contrincantes.

    Se habla con demasiada facilidad de la universalidad que la razón opera por sí sola; pero para que la razón práctica pueda ser origen de universalidad práctica –idea sin la cual, como hemos visto, se volatiliza el sentido de los mandamientos morales–, ha de haber conseguido la representación de todos nosotros. Pues bien, si la experiencia del y la del él –un segundo tú basta para que el primero, naturalmente, pase a ser él– no ocurren, son imposibles las experiencias del nosotros y del ellos. Un cuarto sujeto que comparezca, ya sea en la forma del tú o en la del él, inicia, a lo mejor, la noción del vosotros, que debe, en cualquier caso, sustanciarse en seguida, si ha de tener plena consistencia la posibilidad del imperativo categórico.

    Pero, naturalmente, estas experiencias tienen que poseer de nuevo un peso muy superior al meramente empírico: han de ser también transcendentales. De otra manera, nunca podrían arrastrar una carga significativa tan grave, que lo decide todo en materia de ética y de religión. Sin embargo, no hay nada en la Crítica de la Razón Pura que señale en esta dirección. En principio, aunque yo pertenezca al dominio de lo transcendental –tanto como unidad pura de la apercepción de todo el contenido de mi conciencia, cuanto como idea de la razón, aunque en dos formas distintas–, no recibe ninguna consideración de este rango en la filosofía original de Kant. Fichte, por ello, hubo de introducir en los primeros pasos de la doctrina transcendental del derecho la deducción pura del tú.

    Pero Cohen no se refugia en ninguna deducción del tú. Da por entendido que se necesita en este lugar central de la filosofía un choque más consistente con la alteridad que la mera idea general de su necesidad –que, por otra parte, es evidente, como hemos visto al analizar la fórmula del imperativo categórico–.

    Aquí es donde el lector comprende que Cohen gira en busca de otra posibilidad dejada, ésta sí, abierta por Kant. Se trata de los sentimientos, que de ninguna manera se restringen a notar placer y disgusto, como muchas veces se desprende de los textos kantianos. En definitiva, hemos considerado antes ya dos sentimientos que poseen necesariamente mucho más valor que el agrado y el desagrado, por el hecho de que no son a posteriori, o sea, no siguen a la consulta de lo empírico. El primero y más a la vista es el del respeto, la veneración al deber como cosa santa; el segundo es el de la liberación cuando el hombre hace cuanto está en su mano por soltarse de la horrible tutela violenta de la inclinación.

    Cohen ve con maravillosa perspicacia que la veneración a la santidad del deber supone ya otro sentimiento, no menos apriórico que éste, ya que el deber se presenta también como respeto a la condición de fin sagrado que el otro hombre ha de tener para mí. Si no descubro en algún sentimiento de este mismo orden supremo la alteridad, la intersubjetividad, no cabe que la afirme sencillamente.

    Pues bien, anterior a la experiencia de un tú es, según el espléndido texto El Concepto de Religión, de Cohen, la revelación del vosotros en el afecto de la compasión: la compasión ante el hecho de que vosotros, todos vosotros, siempre, traéis a mí la noticia de que vuestra situación me impone cargas de orden moral y práctico porque, de algún modo, yo me descubro respecto de uno cualquiera de vosotros que se me acerque –mi prójimo del caso concreto dado– una esencial menesterosidad. Da lo mismo en qué situación me encuentre, a mi vez, yo: siempre puedo y debo prestar socorro al otro próximo, sea como sea éste, nada más que porque se destaca junto a mí del horizonte de los pobres, los inocentes, todos aquellos de cuyas culpas, de cuyo mal radical, no sé íntimamente nada; mientras que acerca de mí mismo no puedo ignorar el combate entre máximas y opciones que me muestra un pecador –y hablo ya ahora el fuerte lenguaje de los profetas de los antiguos reinos de Israel y de Judá, en cuyas huellas sitúa Cohen, cada vez con mayor conciencia, su propia protesta dentro del mundo de la filosofía kantiana–.

    La experiencia excesiva –que luego describió Martin Buber como sin sospechar sus peligros– del tú singular, individuo absoluto, no puede reemplazar en el ámbito de la moral y la religión la experiencia del mero, del puro prójimo. El tú singularísimo no es el objeto inmediato del amor religioso y del cuidado moral, sino del amor pasional, que empieza, como señalaba Kierkegaard, haciendo, desde luego, la más decidida acepción de personas, la más exclusivista de las elecciones sobre el objeto del amor. No es así como se vive la religión, tan alejada, por eso, del gozo pasional de un Don Juan. Las obras del amor deben prodigarse en todas direcciones, sobre amigos y enemigos, sobre hombres de mérito y sobre criminales; en definitiva, sobre todos vosotros, los que con vuestra presencia indudable en el mundo de lo real suscitáis mi compasión activa. Porque tampoco se trata de que yo realice un acto de empatía, o sea, de conocimiento del otro, del prójimo. La carga gravita sobre la responsabilidad inmediata, inapelable, obligatoria y sagrada, que reclama la presencia de uno cualquiera de vosotros, los compadecidos por este yo que hasta ahora, en su soledad, era un punto de soberbia.

    De aquí que recaiga sobre lo afectivo de la experiencia de la intersubjetividad el acento ético-religioso: antes que el espectáculo de la humanidad como a distancia de mi ojo solitario, son la queja, la presentación de agravios, la solicitud que me manda sin duda, sin dilación, sin dejarme espacio para que sopese si me conviene o no someterme a su voz. Descubrir al prójimo es estarle ya entregando algo mío y que él necesita; aunque en un segundo momento, quizá rapidísimamente surgido, yo invierta la dirección de este don y ejercite cualquier clase de violencia sobre el otro; y la primordial será la de simplemente observarlo, clasificarlo, estudiarlo de alguna manera, sin ceder en absoluto a su mandamiento –lo que, sin duda, es ya violar éste–.

    Si Kant reducía la religión a la conciencia de lo absoluto de la imposición moral como voz del mismo Dios, Cohen la concentra en la relación social misma, según la acertada expresión que usó cincuenta años después Emmanuel Levinas, también en las huellas del viejo pensador neokantiano. Me descubro, en efecto, individuo moral absoluto, propiamente tal, en la misma medida en que acato la orden rigurosa del bien como concerniéndome ahora a mí solo –al modo en el que el buen samaritano que tropieza con el herido en mitad del desierto no puede ni por un instante fingir que la responsabilidad del socorro incumbe a uno cualquiera de los que pasan por allí y no, ya mismo, a él solo, aunque quizá no lleve en las alforjas nada muy útil para el caso–. Pero sin el descubrimiento de esta individualidad moral fuerte, no hay presencia ante Dios, o sea, ante el santo perfecto.

    6

    El hecho de que Cohen no absorba, sin embargo, en la justicia y la solidaridad para con el prójimo todo el contenido de la religión, se funda en que la compasión, en una fase necesariamente segunda, puede y tiene que volverse incluso sobre mí mismo. Una vez que haya gastado mis fuerzas en la lucha contra el mal social, trabajando por el rescate de cada uno de mis prójimos concretísimos –jamás huyendo a los puros males estructurales, sino siempre haciendo pasar mi acción política por el cuidado compasivo de cada uno de los cercanos–, también tendré el deber de compadecerme de mi propia pobreza como trabajador casi inútil en la divina obra. Porque a lo que no tengo, en cambio, derecho alguno es al pesimismo y al optimismo.

    No lo tengo al pesimismo, debido a que no hay tiempo, en el servicio del prójimo, para proyectar duda ninguna sobre mi eficacia, siendo yo un pecador. Da lo mismo que lo sea o que no lo sea, por más que conozca que lo soy: el trabajo se impone ahora a mí con absoluta seriedad, sin cálculos respecto de su posible fracaso. Pero aún sería peor que sólo lo cumpliera llevado en alas de una jactancia estúpida, que me hiciera pensar que, en efecto, yo soy el más indicado y el más experto para que esta ayuda a la que me dedico cure infalible y rápidamente la desgracia social de cada uno de todos vosotros. La realidad es que la historia seguirá mostrando un rostro gris, quizá más terrible después que antes de mi entrega a sus tareas; pero tampoco esto puede importarme ni detenerme. Sólo me debe inspirar compasión, al fin, por mí mismo, a quien debo cuidar precisamente estando alerta para que ninguna confusión se introduzca en este campo tan delicado. Que no penetren en él las ilusiones visionarias de la metafísica, que me derribarían en el sentido o del pesimismo o del optimismo. La gracia de Dios no es sino la fuerza autónoma, mía, pero increíblemente vigorosa para proceder sólo de un pecador, con la que a cada hora vuelvo a recibir, por la presencia de la injusticia, el mandamiento pleno de eficacia –que me vuelve a mí mismo un agente casi absurdamente eficaz, si logro mantenerme a salvo de las asechanzas que siempre rodean las obras de la justicia–.

    La compasión dirigida hacía mí mismo lícitamente me deja solo ante Dios, en el ámbito de su perdón que renueva a cada momento el tiempo y que me envía en todos los ahoras a la labor del mundo.

    Cohen ha estudiado larga, prolijamente, todos los factores de la religión de Israel partiendo de este foco central. Él mismo es lo que aún hoy nos importa decisivamente, incluso cuando la historia de la teoría de la verdad ha dejado atrás los fragmentos de kantismo que sobrevivían en los escritos de Cohen hasta los últimos días de su vida. La religión de los profetas, que pivota sobre la compasión interhumana, es la fuente de la moral.

    Notas

    1 Una impugnación directa y muy ingeniosa, suscitada por estas defensas clásicas, es aquella de Miguel de Unamuno en las primeras páginas del Sentimiento Trágico de la Vida, cuando escribe que ha visto más veces razonar que no llorar a un gato…

    Texto publicado en págs. 25-40 de Pensadores judíos: de Filón de Alejandría a Walter Benjamin, 2011.

  • Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    Personalismo y pensamiento judío contemporáneo

    § 1 Tensión entre socialismo y romanticismo

    El concepto de persona no recibe trato alguno de favor en el pensamiento judío actual, con la excepción notoria de Martin Buber, y, sin embargo, cabe perfectamente decir que a pocas corrientes filosóficas contemporáneas debe tanto lo que, con cierta benéfica vaguedad, llamamos personalismo como a la serie, nada uniforme, de filósofos que, partiendo todos de algún modo de la obra tardía de Hermann Cohen y habiendo recibido, en maneras diversas, el impacto de la profunda originalidad de Franz Rosenzweig, desarrollan libremente gérmenes muy distintos de ideas e intuiciones, procedentes de orígenes incluso religiosamente diversos, pero que se refieren positiva y explícitamente a la inspiración talmúdica. La situación es análoga a la que concierne a Simone Weil: a la vez la crítica más dura del personalismo sensu stricto y una de las fuentes más profundas de la filosofía que suele llamarse aún personalista.

    Hermann Cohen mismo, tan arraigado en Kant incluso en los años finales de su larga biografía, dedicados a recuperar temáticamente la religión de la razón a partir de las fuentes del judaísmo, tiene relativamente pocas reservas a la hora de emplear el concepto de persona como sujeto moral.

    Para cualquiera que siga interesado en el idealismo crítico como pensamiento orientador fundamental, los trabajos de la vejez de Cohen han de adquirir extraordinario relieve, porque, cifrados en una expresión máximamente resumida, tienen por tema central la elaboración de una filosofía de la intersubjetividad transcendental cuyo núcleo está en el espléndido descubrimiento de que cada uno de los pronombres personales remite a un significado que, habiendo sido descuidado por completo en la Crítica de la Razón Pura, es, sin embargo, básico para la construcción completa de un sistema de la filosofía crítica.

    En otras palabras, la más valiosa de las ideas de Cohen puede describirse como consistiendo en la elaboración de una reflexión transcendental que dilucida el lugar, dentro de la arquitectónica de la razón pura, que corresponde a cada uno de los referentes de los pronombres personales, tanto en singular como en plural (aunque sería exagerado decir que también el análisis llega a distinguir los significados masculinos y femeninos).

    Mientras que en las críticas originales de Kant se presta atención filosófica propia sólo a la noción de yo, bien sea para desconstruir la psicología racional mostrando sus paralogismos, bien sea para ahondar en la necesidad de la apercepción transcendental como punto polar de unidad sin el cual carece de posibilidad la sistemática misma de la razón, y él, nosotros, vosotros y ellos, con la excepción, en todo caso, del pronombre plural de la primera persona, no son tomados en cuenta ni como intuiciones, ni como conceptos, ni como ideas merecedores de especial estudio. Se deja entender, a lo sumo, a través del silencio, que , por ejemplo, es un concepto empírico, edificado sobre un suelo intuitivo que tampoco reclama mayor atención. En realidad, nuestra protesta podría elevarse hasta echar de menos un tratamiento pormenorizado de los respectivos lugares transcendentales que corresponden a la mismidad y la alteridad, por no mencionar que tampoco se desarrollen análisis acerca de la diferencia entre mismidad en general e ipseidad. Es, en el fondo, el propio aliquid transcendentale de la tradición ontológica de la Escuela que resulta muy mal parado en las Críticas, aunque en seguida le esté reservado un papel de primerísimo orden en los desarrollos idealistas de la filosofía crítica (si bien quizá siempre más como mè on que como héteron en cuanto tal).

    Cohen ha acentuado con fina perspicacia que, pese a este antecedente venerable de su propia posición filosófica (aunque sin duda gracias a las luces indirectas que Fichte, Hegel o Humboldt prestan en la perspectiva de cien años de historia especulativa), todos los pronombres personales plantean de principio otros tantos problemas de capital interés para la reflexión transcendental, que, de no ser acometidos y respondidos, dejarán un hueco imposible en el sistema de la razón, amenazado, por ello mismo, de ruina.

    En verdad, el desprestigio o la poca repercusión cultural que, relativamente, ha tenido el kantismo a lo largo del XIX, se ha debido –puede seguramente leerse entre líneas de Cohen y en las líneas mismas de Natorp– a la nula capacidad de conectarlo de modo preciso con la pedagogía social de las nuevas tradiciones de radicalismo crítico, en especial, el socialismo. La magnífica propuesta germinalmente personalista de Kant ha quedado en gran medida sin desarrollar, abandonada en las manos mucho menos sutiles de la izquierda hegeliana, por culpa de la dificultad de trasladar su rigorismo ético a moldes religiosos capaces de recibir amplia audiencia. El kantismo no ha logrado, por las mismas dificultades de su interno inacabamiento, influir en la medida en que debería haberlo hecho ni sobre la teología evangélica, ni sobre la ideología revolucionaria. Y un síntoma masivo de cuánto se ha perdido, lamentablemente, por el camino es que el panorama cultural europeo más avanzado dé muestras inequívocas y hasta feroces de incapacidad para asimilar de veras, democráticamente, el fenómeno de la persistencia del judaísmo rabínico dentro de su cuerpo social.

    Desde la propuesta kantiana de autoeutanasia del judaísmo, pasando por las desaforadas proposiciones de Marx acerca de la esencia judía, y a la vista de que no ha existido un duro romanticismo projudío hasta el mismo arranque del siglo XX (por cierto en paralelo con la obra tardía de Cohen, que reacciona críticamente, sobre todo, contra este romanticismo de nuevo cuño que es el sionismo de Herzl), el resultado ha sido la imposibilidad de la normalización democrática de la vida judía tradicional y su radical mala comprensión por parte de todas los demás fuerzas sociales de peso. El asunto Dreyfus es sólo la parte visible del enorme bloque de hielo.

    Buber, por ejemplo, apoyó, publicísticamente ya antes de la aparición de los libros de Cohen que aquí nos interesan, el romanticismo judío con su recuperación peculiar de la herencia espiritual del jasidismo. Lo que hay de muy particular en esta relectura salta a la vista cuando se la compara con la que otros autores, éstos, además, personal y familiarmente insertos en la tradición viva (y asesinada) del judaísmo oriental, han podido hacer de los mismos relatos después de la Shoá. Buber tiende a subrayar los aspectos del folklore cabalístico aún mucho más que como Wiesel tiende a que su personal subrayado haga ver que es patente que Kafka o Benjamin proceden, con o sin conciencia de ello, de esas mismas tradiciones que para Buber parecen carecer de toda seria carga crítica.

    Pues bien, de una manera que ha sido luego determinante para el porvenir de la filosofía judía en el siglo XX, Cohen sostiene que religión es aquella forma de la cultura que soporta de hecho la condición de posibilidad de la moral porque a ella compete la constitución transcendental de la intersubjetividad.

    § 2 La reentrada de la compasión en la filosofía primera

    Para la moral no hay más que el sujeto colectivo todos nosotros, que empieza por ser todos ellos, enfrentado al yo. De esta lucha ha de salir siempre la aniquilación de lo meramente empírico en el yo singular, porque el imperativo categórico ordena exactamente actuar en cada circunstancia no como mejor plazca al egoísmo sino como la humanidad racional, la persona racional, o sea, la totalidad genérica de los actores racionales posibles (todos ellos) ha de actuar sobre la base del común fundamento de determinación, que en todos los casos es la forma universal, ad omnes, del mandamiento. Y cuando un individuo se ve personalmente concernido por el mandamiento, cae, por decirlo de algún modo, en la sumisión a la totalidad racional, que pasa a ser el todos nosotros que explícitamente lo integra ya a él también, el antiguo disidente o rebelde que permanecía fuera de la comunidad ideal del reino de los fines.

    El problema religioso es, pues, el descubrimiento del significado transcendental del prójimo, o sea, de aquel sin el cual el mandamiento moral se vacía de todo sentido, puesto que cada acción toma siempre la figura de un deber que, aunque a veces se refiera a mí mismo, comúnmente lo es para con el tú próximo. Y Cohen añade un dato de decisiva importancia: en realidad, el singular se destaca de la colectividad primordial de un vosotros al que se dirige en primer término la moral. La religión, como dictaminará Levinas cincuenta años después, es la relación social, ya en el texto de Cohen; pero esta relación no comienza sin la manifestación transcendental de vosotros, todos aquellos respecto de los cuales estoy bajo el yugo de múltiples deberes incondicionales. Vosotros los santos, que me obligáis con la mera certeza de vuestra presencia cerca.

    ¿Qué modo de manifestación es el único posible para este vosotros de alcance transcendental? ¿Qué modo de manifestación corresponderá luego al tú individual de la situación de proximidad? A partir de este punto, Cohen ha de empezar a romper la sistemática de las críticas de Kant e incluso la de sus propias construcciones personales anteriores a este descubrimiento.

    Una intuición empírica no puede ser la respuesta adecuada, ya que los fenómenos no pueden poseer la carga racional que por principio toca al vosotros de la obligación moral. Pero tampoco cabe pensar en un hacer hueco apropiado en mitad de la tabla de las categorías a este aparentemente nuevo concepto del entendimiento. Más bien se trata de una idea de la razón; pero la construcción del sistema fichteano del derecho natural tampoco satisface a Cohen en este sentido, puesto la tarea no consiste en postular el yo absoluto y la contraposición del no yo como principios del pensamiento de la libertad. De hecho, el yo de la religión no es simplemente aquel para quien existís vosotros los santos, sino que es, al mismo tiempo e inseparablemente, el individuo perfectamente delimitado por sus deberes, que lo fijan a la situación existencial determinada, en relación con el prójimo en ella, de tal manera que nadie podría sustituirlo. Es, pues, el individuo cuyo aislamiento en cierto modo absoluto no puede tener más correlato auténtico que el Tú absoluto, es decir, el Tú divino, respecto del cual es mediación y símbolo el tú finito.

    Ya, desde luego, esta manera de afrontar filosóficamente las situaciones de relevancia moral reclama a gritos innovaciones de larguísimo alcance en el idealismo crítico kantiano, que lo han de hacer derivar hacia una filosofía de la existencia semejante en muchos aspectos a la que diseñó de hecho Jaspers pocos años después (aparentemente, sin conocimiento del libro póstumo de Cohen). Pero lo esencial está en que Cohen, como acabo de decir, no cree legítimo saltar sencillamente a la proclamación de que el vosotros de la religión y su tú correspondiente ensanchen el repertorio de las ideas racionales, entre otras cosas porque no se ve qué ilusión transcendental podría afectarlos. Recurrió, en definitiva, a un situación existencial, aunque sin denominarla así. Pensó no estar haciendo quizá mucho más que algo paralelo a lo que el propio Kant ya había emprendido al reconocer el valor transcendental del sentimiento de respeto o veneración por la voz del mandamiento, que al mismo tiempo se deja interpretar como veneración por la persona misma, por las personas mismas, en tanto que fines en sí dotados de dignidad intocable y jamás reducidos a la condición de cosas con precio.

    De hecho, ante todo en los textos de las lecciones sobre teoría filosófica de la religión, destinadas a teólogos, Kant había concedido a ésta verdaderos derechos transcendentales, al admitir, en modo más explícito y pascaliano que como ocurre en la Crítica de la Razón Práctica o en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, que no hay resorte humano para la moral que no esté mediado por la religión, o sea, por el sentimiento de veneración a la santidad de la ley y de la persona racional que es su portadora (en el sentido de llevar escrito sobre su frente un primordial No asesinarás, No me dañarás).

    Cohen se resuelve, pues, también él, por un sentimiento. No puede, en realidad, escoger para empezar el mismo que Kant, porque él busca aquel sentimiento que directamente se refiere al vosotros, los santos, dignos en absoluto de mi cuidado y mi veneración. El cuidado moral de los prójimos finitos que se destacan, en la situación concreta, de la situación general en la que se revelan, ha de inspirarse en el sentimiento de la compasión, entre otros motivos, porque yo mismo terminaré por ser abarcado en la comunidad del todos nosotros, los dignos de mi cuidado –quien no se cuida moralmente a sí mismo, es falso que se haya olvidado de sí en los otros: sencillamente, no ama con amor práctico a nadie al no amarse con esta clase de amor de auténtica benevolencia ni siquiera a sí mismo–.

    Pero la compasión que es el sentimiento religioso primordial sólo se puede sentir por los inocentes que sufren, e incluso por los inocentes que sufren de alguna manera debido a su inocencia misma. Sólo, se puede así decir, sufren en el sentido profundo del término los inocentes, y sólo este sufrimiento, que es un sufrimiento social, que es el dolor de los pobres, los huérfanos y las viudas, o sea, de los desamparados, de los anawim o ebionim de la Biblia, de aquellos para quienes ya no queda más recurso que el auxilio de Dios mismo; sólo este sufrimiento es digno de la compasión religiosa en la que se enciende la evidencia de cómo concierne ahora mismo al yo el imperativo moral y santo.

    La aparente paradoja es múltiple, y a Cohen le gusta recogerla de los textos de Ezequiel morosamente. Por una parte, los pobres de Dios sólo pueden ya esperar de Dios mismo su socorro, pero el grito de la profecía coloca a los hombres sus prójimos, a quienes no son tan pobres y no son santos, en el lugar mismo del servicio religioso, de la redención divina. Por otra parte, los pobres dolientes son aquellos que precisamente no merecen sufrir en absoluto, cuando, a la vez, conllevan el dolor del mundo, de cierta manera, tan sólo ellos, los únicos capaces de sufrir sin justificación de ninguna clase. Su misma inocencia los carga, como siervos u obreros de Dios, obadim adonái, con todas las consecuencias del mal moral, respecto del cual han de ser interpretados por el yo como meros sujetos pasivos. Levinas dará a esta situación una lectura inolvidable: aquel que justifica el dolor del prójimo comete el pecado extremo.

    No, pues, respecto de cualquiera, en principio, se siente la compasión religiosa, fuente de acceso a la humanidad de cuanto es santo, y fuente de la correlación individuo-Dios a la que se llama luego en plenitud religión. Esta compasión no es real ni es pura más que suscitada por la injusticia social que clama al cielo (y desde el cielo rebota en mandamiento de solidaridad hasta el final, hasta la entrega de sí mismo integral).

    Aquel hombre que carece de sensibilidad para la injusticia social, carece de toda relación con el bien santo, está fuera del ámbito de la religión y, diga lo que quiera de sus delicados sentimientos y sus terribles íntimas tragedias, aún no ha entrado en el dominio o estadio ético de la existencia. Es tan sólo un esteta, un jugador, un niño o un cínico y, por cierto, un necio, como el del salmo, que confunde a Dios con algo infinitamente diferente de Él y, por supuesto, cuando está algo lúcido, que es pocas veces, niega que este Dios de pacotilla exista. (¡Peor, muchísimo peor, es cuando semejante sujeto dice que cree en Dios!)

    En un primer momento, yo mismo quedo excluido, estoy excluido, ya sólo por ser y decirme yo, del círculo de los santos dolientes necesitados de cuidado infinitamente generoso. Yo sé de mí mismo en todos los casos que no soy ningún santo. Cohen, que acaba de pasar por encima, tranquilamente, de las diatribas de Nietzsche sobre el sentimiento de compasión, no tiene tampoco ningún empacho en hablar de culpa moral en el origen mismo del concepto de yo, y hasta piensa que el cristianismo paulino, en la medida en que apuntaba al luteranismo, ha rendido al mundo el servicio de universalizar racionalmente estos elementos de la profecía de Israel (el cristianismo que no es paganismo, a los ojos de Cohen se muestra como un instrumento en manos de su corazón judío).

    Yo, pues, que sé perfectamente en cuántos varios sentidos soy moralmente culpable, nunca puedo ver mi sufrimiento absolutamente carente de justificación. Levinas preferirá en seguida tomar por guía de su propia situación a Dostoievski y aquella afirmación convenientemente hiperbólica, conforme a la cual es de justicia que el yo eche sobre sí de alguna manera la responsabilidad de todos los males del mundo, dado que una sola culpa profunda repercute infinita y misteriosamente en la historia. El yo es contrario a la noción del inocente y, por ello mismo, en principio, al concepto de doliente y al de justo. El yo necesita redención no de su dolor sino de su culpa. La única vía accesible es dejar a un lado ésta y sus posibles secuelas de pesimismo y neurosis (el pesimismo es directamente el mal moral, grita Cohen con voz de profeta, prácticamente en el mismo sentido en que había clamado Unamuno contra la pereza unos pocos años antes).

    Seamos como seamos, la compasión por los santos inocentes sometidos a un sufrimiento en cuyo origen estamos nosotros mismos siempre de alguna manera (yo mismo siempre), ha de dinamizarnos por entero. Aunque hayamos sido hasta aquí hipócritas y criminales en un grado terrible, el deber de caridad social urge absoluta, incondicionadamente.

    El primer paso no es ir a pedir perdón, porque ya no tenemos en realidad a quién pedirlo: el perjudicado quedó cargado con su daño irreversiblemente. El trabajo social y moral es la única redención pensable, y se ha de entrar en él olvidando el pasado, entregándolo en otras manos –que en última instancia son las de Dios–.

    Naturalmente, el efecto, para quien sea un poco lúcido, del trabajo político y moral, en seguida se revela decepcionante. Jamás se da la talla cuando la reclamación del deber es atendida. No sólo sucede que el trabajo se descubre indefinidamente largo (postulado de la inmortalidad, o, como decía Unamuno, necesidad de pensar el mismísimo cielo como un purgatorio en el que siga sintiendo la universal compasión y se siga realizando el infinito trabajo de las obras del amor); es que también se comprenden dos cosas, que ha sido sobre todo Rosenzweig, el atentísimo alumno de Cohen, quien mejor las ha subrayado (y que no están en absoluto ajenas a la tradición cristiana de, por ejemplo, Kierkegaard, a quien sí había leído Rosenzweig). La primera es que nuestra devoción político-religiosa siempre es demasiado tibia y siempre se queda muy corta respecto de la intensidad que debería tener y respecto del éxito que cabe legítimamente esperar de ella en la circunstancia concreta presente. La segunda fuente del remordimiento y el consiguiente arrepentimiento es la creciente conciencia de haber empezado demasiado tarde los trabajos que nos esperaban. ¡Tarde te amé! La triste exclamación de Agustín sirve para todos los momentos de la vida moral, o sea, política, o sea, religiosa; y además tiene que combinarse con un indudable Y sigo amándote mal y poco.

    Pero se mantiene en pie, ahora más que nunca, la prohibición de pesimismo, que también ocupó tan intensamente a Kant. Aunque nos sepamos malos, eso no nos exime de un ápice siquiera de labor; no nos libera ni de una yod de la divina Ley.

    Cada presente se convierte, pues, en un ahora de culpa y de redención simultánea. Como si se tratara de un diálogo místico –y es la forma en que de hecho lo describe en las maravillosas páginas centrales de La Estrella de la Redención Rosenzweig, comentando el Cantar de Cantares, que toma como modelo primordial de toda situación dialógica en la existencia–. Cada ahora es una peculiar confesión de amor y de arrepentimiento, o de amor que renace intacto del arrepentimiento. Y por eso mismo, cada ahora está bajo la llamada previa, constante, bajo la esencial revelación de todos los momentos, en la que resuena la voz de lo absoluto, de lo santo, llamando al individuo por su nombre propio, como a Samuel en la noche. No parece que sea Dios, sino que tomamos su voz por la de cualquier prójimo que requiere de nosotros un servicio, y así debemos oírla mientras no aprendemos algo más profundo del contacto diario con el trabajo moral. Luego entendemos que se trata de un imperativo continuo, de un potentísimo ¡Ámame!, que resuena acompañado por nuestro nombre propio, que nos fuerza a responder porque no hay rincón alguno en donde nos podamos ocultar hasta no oír el grito del ahora.

    Y este grito imperativo nos libera de la culpa porque nos capacita para seguir sin mirar atrás en nuestro trabajo religioso. Al cogito apacible de la duda teórica sustituye aquí Rosenzweig un encuentro erótico inagotable entre el alma amada y su amante divino, que no puede, por cierto, prolongarse más allá de la noche, porque todo su efecto es entregar, en el día abierto, en el horizonte luminoso del mundo, una tarea infinita al alma amada. En realidad, esta alma amada, sale de su tienda en el desierto hacia las cosas como el amante del mundo entero: como el sujeto personal de toda la responsabilidad por el cuidado de todos los entes. Y si pretende prolongar la noche en las horas diurnas, entonces malogra por completo el sentido de todas las cosas y decae en un sueño religioso que es realmente una ilusión mortal y una violencia, por omisión, contra la creación entera.

    He aquí, entonces, por qué la compasión ha de extenderse, sin sensiblería que quite su nervio a la responsabilidad moral y el trabajo santo, hasta incluir al propio sujeto de la compasión respecto de los pobres de Dios. Existe el deber del amor práctico a sí mismo, persona limitada, que lucha y no puede por menos que fracasar parcialmente, pero que se recupera en seguida de cualquier desfallecimiento y continúa adelante. Este héroe desvalido es natural y es conveniente que se integre en el conjunto de los hombres por cuya redención ora a su Dios él mismo en medio de la pelea. Y de este fenómeno surge en verdad el individuo que vive su existencia en correlación con el Dios de Ezequiel y de Oseas.

    La gracia divina no consiste en ningún suplemento mágico de efectividad para nuestra acción, de la misma manera que lo sacramental o lo sacrificial no permite alianza alguna con la representación panteísta de que se encarna el Santo en la realidad mundanal o humana para sumar sus fuerzas a las de su adorador. Lejos de cualquiera de estas imágenes o ideas propias del politeísmo antiguo y que, en la opinión de Cohen, contaminan el cristianismo menos en su versión evangélica liberal, gracia es la asombrosa capacidad de eficacia de la lucha del hombre contra las consecuencias de la culpa. Asombrosa, literalmente, puesto que ningún síntoma empírico ilusorio de éxito ni de fracaso consigue perturbar al obediente al mandamiento.

    Cohen limpia así de restos de estoicismo la ética de Kant, aunque también en este sentido las verdaderas secuelas de sus tesis lleven tan lejos como para acabar de facto con el idealismo crítico y orientar a los lectores más originales en direcciones filosóficas enteramente distintas e incluso divergentes entre ellas. Cohen, efectivamente, está proféticamente penetrado de indignación, de santa cólera, contra la propuesta moral de aquellos que, únicamente preocupados por el sí mismo acogido a la divinidad del Todo de la Naturaleza, se ven impelidos por sus dogmas teóricos a considerar que el mal de los otros hombres es de suyo algo adiáphoron, un indiferente, que a lo sumo mueve la praxis del sabio si es que su cercanía molesta al ejercicio de la vida eupática de éste. Por el contrario, sólo el dolor y, en definitiva, la miseria de los demás encienden de verdad la conciencia racional en sentido práctico. No es, por tanto, de ninguna manera, la autarquía, el bastarse a sí mismo, la señal de la sabiduría, sino su estricto contrario: el desvelo permanente, acucioso, obsesivo incluso, por el bien, en todos los órdenes, de los otros hombres, jerarquizados sencillamente según el orden de su proximidad a mi existencia.

    Y, en el mismo sentido, al sufrimiento inocente es inevitable –incluso cuando se da en mí mismo parcialmente– achacarle una misteriosa, pero no mística, significación redentora, como dolor vicario que carga con el dolor que correspondería a otros, los cuales, sorprendentemente, son indignos de soportarlo. Nadie más duro contra las aspiraciones de la mística y el neoplatonismo que Cohen, pero esta visión del sufrimiento que redime se recoge en su texto como consecuencia inevitable de los fenómenos elementales de la moral. Así, aunque de ninguna manera se debe perseguir el dolor como meta, su llegada tampoco debe ser repudiada como si se tratara de la marca de la condena. Job, desde luego, tiene razón frente a su mujer y sus amigos.

    Naturalmente, no quiere decirse que entonces haya que aminorar la guerra contra la miseria, puesto que sufrir se interpreta, en última instancia, como una altísima dignidad. Otra vez se hace valer aquí el mismo principio que antes: no hay derecho ético alguno a atribuir justificaciones consoladoras y enervantes al sufrimiento ajeno, sea como sea la cualidad de la vivencia personal, nuestra, del dolor. Únicamente el amor práctico redime, porque sólo él, entre todas las realidades, tiene relación real con lo santo y el Santo. Sucede, sencillamente, que este amor práctico, como todas las formas de la inocencia, posee también, dadas las condiciones de intolerable pereza moral en las que todavía vive sumida la mayor parte de la humanidad, un vínculo irremediable con el sufrimiento.

    Dios, pues, es literalmente el Fuerte de los débiles, la Roca de los perdidos y, sobre todo, el Vengador o Redentor (la palabra es la misma en el Primer Testamento) de los pobres.

    § 3 El pacto entre socialismo y romanticismo

    Ha sido, justamente, esta visión de la persona en su realización moral y religiosa, no como una sustancia en vías de autorrelización, sino como un progresivo desvivirse en el trabajo por los inocentes que habitan, de una u otra forma, en la casa de los muertos, en las tierras de la penumbra, lo que más hondamente ha servido para caracterizar la noción peculiar de lo que nos hemos atrevido a llamar globalmente la forma judía contemporánea del personalismo.

    Por ejemplo, Buber y Levinas, en su cercanía nada exenta de diferencias que el segundo ha remarcado más de una vez, dependen muy directa, si no muy explícitamente, de la doctrina de Cohen, en general a través de la lectura profundamente subversiva o creativa de Rosenzweig. De hecho, Buber puede entenderse como una divulgación simplificadora de las abruptas perspectivas de Rosenzweig. Debe recordarse, a este respecto, cómo la visión del mundo desde la correlación yo-ello, predominante en toda la historia del pensamiento postmítico pero, sobre todo, triunfadora en la modernidad, es siempre, para Buber, una modificación, una tergiversación o culpable olvido, del par original yo-tú. El sujeto que no es capaz de ver en torno de sí nada que iguale su propia condición, de modo que convierte el conjunto entero de lo real en puro término de su representación, o sea, de su imaginación, de modo que queda ya todo ahí instalado, expuesto, preparado desde el principio para servir a los fines del yo y someterse a todas sus técnicas, es de nacimiento completamente distinto. Buber lanza, aún más claramente que Cohen, un puente hacia Rousseau, que, dadas las circunstancias históricas que le tocaron, terminó por convertirlo en uno de los más destacados partidarios del socialismo utópico de raíces saintsimonianas y fuertemente antimarxistas, en tiempos de victoria en medio mundo del presunto socialismo científico. Su fuente en Cohen, Rosenzweig y Rousseau, además de en la mística de la Cábala y la cordialidad de la devekut jasídica, permitieron a Buber, en los principios de la guerra fría, plantear la posibilidad de que existieran pronto sólo dos Mecas bien distintas del socialismo en el mundo: o Moscú o Jerusalem, o el koljós o el kibbutz.

    Porque la conciencia del hombre nace llamada por la voz del tú que, con sus palabras, termina logrando respuesta de palabras. No es el mundo de los objetos el que consigue, a fuerza de representaciones impersonales, de asaltos de sensaciones atómicas, poner al fin en marcha la pesada estatua de Condillac, que devuelve sus andanadas técnicas al mundo que la ha construido y la ha dotado de conciencia. Se nace del río de las palabras históricas y en medio de la tradición de una lengua literalmente materna, y por ello se reacciona primitivamente a la realidad como siempre dotada de personalidad y, desde luego, de boca y réplicas adecuadas. Se piensa en agradecimiento y por apelación; se interviene en la evolución del pueblo por haber sido suscitado en medio de él como un nuevo individuo marcado a fuego por el nombre personal que se oye pronunciar todo el día en torno a uno. El hombre es, antes que ojos, oídos y lengua, y cuanto es esencial se recibe y se causa en el medio de la palabra, el cual jamás es sino relacional, compartido, situado en cierto entre del que depende toda su significación.

    Es cierto que Buber malentendió el carácter originario de acontecimiento que corresponde al nacer del hombre cuando, en la fase avanzada de su teoría, propuso comprender el tú como una estructura apriórica del yo. Pero las cosas son diferentes en los comienzos de su carrera literaria. En ellos, el problema mayor es el de cómo particularizar, pluralizar y, en último término, hacer finito al tú, puesto que el sujeto de la llamada que suscita nuestra existencia al pronunciar nuestro nombre ha de ser captado como Tú Infinito. La dificultad es, más bien, la de cómo escapar del capullo de la mística y volar en un ámbito de auténticas relaciones interpersonales, donde no se está prendido y superacogido en el seno del divino Tú.

    La respuesta de Buber no creo que alcanzara nunca un estatuto especulativo suficiente. Ocurre que se aprende a diferenciar una muchedumbre de voces personales de distinto timbre, todas las cuales me llaman, pero nunca de manera continua. La continuidad la establece más bien mi conciencia, una vez despertada por este coro normalmente armonioso. Sin embargo, el problema vuelve a ser que cualquier tú, por momentáneo que después se revele, cuando entra en acción acapara todo el horizonte, se infinitiza, por así decir. La existencia aparece bajo la figura de una serie abrupta e ininteligiblemente discontinua de encuentros excesivos, de éxtasis de amor que no sólo nos transforman, como es propio de todos los acontecimientos propiamente tales, sino que nos hechizan por entero, aunque sea para en seguida defraudarnos cruelmente.

    De aquí que Buber sea más bien una interesantísima, hermosa, estación de paso hacia Levinas y Rosenzweig, y una arenga poderosa, que un reparo consistente para las exigencias de las dificultades en la teoría.

    § 4 El séptimo pronombre personal

    Levinas supo ver desde los comienzos de su producción filosófica que, en verdad, todo tú siempre es finito. Su problema es el inverso que el sufrido por la doctrina de Buber. Si para éste cualquier realidad que reclama al sujeto corre el riesgo extraordinario de ser vivida como un Dios, como Dios mismo, porque ésa es la plenitud del Tú, para Levinas Dios no puede jamás ser tú y, sin embargo, la subjetividad del hombre sigue teniendo que ser interpretada como, precisa y literalmente, sujeta a los demás, a vosotros, a tú el prójimo, de un modo principialmente absoluto, que, sin embargo, no se debe entender en términos de ontología sino, como Cohen –tan adversario de la metafísica, en la que veía una continua tentación pagana–, en términos de religión, o sea, de política de la paz y la santidad, de política del divino y profético shalom.

    La vela obsesionante del sujeto que ni siquiera piensa en sí, sino que piensa, al pie de la letra, ya en otro, en el otro, no tiene escape escéptico posible. Realiza las funciones del cogito sin emprender el camino de la representación. Es experiencia pero no evidencia; es revelación pero no aumento de poder y disponibilidad para el empleo de ninguna técnica; es noticia sin distancia que cree un ambiente para que muchos la escuchen.

    Levinas ha debatido consigo mismo largamente de qué modo fijar en conceptos esta responsabilidad previa a la libertad, esta recepción del mandamiento y toda la Torá que no concede momento de reflexión para el posible rechazo. Se ha decidido fundamentalmente a describirla –como recogiendo sus ecos a través del comentario infinito, siempre por concluir, con el que responden los hombres– en la forma de un descubrírsenos el tú próximo como santo pero no como el Santo mismo, sin que por eso debamos echar mano de ninguna variante novedosa del neoplatonismo.

    El servicio de este tú llega a los extremos hiperbólicos de la locura, pero no borra una brecha mínima, en principio no consciente, por la que se ha de colar un día un segundo tú, que empieza por ser él y que inmediatamente convierte al tú primero en un él (no el mismo que se acaba de adelantar a reemplazarlo como tú próximo). Y otra vez se repite la dificultad de que la voz imperativa de este segundo tú y, por lo mismo, de cualquier él que sea posible como futuro o como pasado tú, posee fuerza incoercible, absoluta, santa, pero ningún él es el Santo.

    Toda relación social es religión en su núcleo primero, pero ninguna relación social real es ya el divino shalom, la eternidad de la paz, el objeto de la esperanza o, como se dice en Totalidad e Infinito, del deseo metafísico, más allá, otro, que toda necesidad.

    Y desde luego que lo absolutamente santo o el absolutamente santo (su mismo carácter personal, intersubjetivo, correlativo del individuo que trabaja en el mundo, está aquí en serias dificultades) no es yo. Dicho con una fórmula que subraya convenientemente la novedad de esta situación, Dios ocupa en este pensamiento el lugar, permítaseme señalarlo así, del séptimo pronombre personal, inefable: descanso o shabat del lenguaje, distancia transcendente por excelencia y, al mismo tiempo, impulso de todas las tramas e intrigas de lo real.

    Levinas no se ha atrevido a esta fórmula, que habría manifestado con mucha claridad lo nuevo de su presuntamente clásico talmudismo, y ha preferido hablar de una illeitas según la cual Dios es algo así como el él de todo él. De su imposible presencia, de su alteridad respecto de toda sincronía, no se puede decir que queden sino huellas enigmáticas, porque el Bien es esencialmente ajeno a toda fenomenicidad; pero él, que inspira en todo momento la rebelión escéptica y la epojé que es, en definitiva, la existencia de un hombre cualquiera, al mismo tiempo (no se puede evitar este mínimo de sincronía, pace Levinas) no es susceptible de desconexión escéptica ni de ser acallado o muerto por el más decidido ateísmo del sujeto. En efecto, precisamente la huella enigmática de la paz y la santidad sí funciona como el objeto de la memoria platónica y agustiniana, en el sentido de que inquieta definitivamente, absolutamente o, si se prefiere, de otro modo que cualquier inquietud o desvelamiento. El fenómeno es la revelación, fundamentalmente auditiva, del rostro del otro finito y pobre. El enigma se diría que es el silencio sin el cual esa manifestación de una voz no puede ni empezar ni durar. No sólo es cierto que no hay huella del enigma si no hay fenómeno (y no meramente fenómenos intencionales y mundo, sino alteridad imperativa), sino que también es cierto que no hay fenómeno que no suponga el enigma, que no emerja o proceda de él, que no venga pronunciado desde él.

    De aquí que el rostro mismo del otro se pueda leer como lo dicho por un decir silente en cuyo poder está la última clave del sentido. Nada dicho, ya sea humano ya sea mundano, es directamente inequívoco, es claro y distinto, porque el decir se reserva su reinterpretación y, si así es preciso, su destrucción o desconstrucción. El oír, que es lo propio de la vela obsesiva del sujeto, del yo, es algo semejante (de nuevo estamos en los mismos bordes de resucitar a Platón contra la voluntad expresa de Levinas) a una imitación del decir original, porque se escucha incoando la respuesta, de modo que, según Heidegger enseñaba, no hay escucha, no hay comprensión, que no sea una interpretación, en riesgo de no coincidir con aquella enigmática que esté siendo la propia del decir puramente tal, del decir de la illeitas divina (la cual, incapaz de auténtica sincronía con ningún oído humano, guarda su escatológica reserva, su eterna verdad no humana –como Rosenzweig había entendido–).

    La brecha de la situación de vigilia respecto del tú finito por la que se introduce el tercero y se oye el eco de silencio del Enigma, es, justamente, la hipérbole de la vigilia, por cuya virtud Levinas piensa el nacimiento del yo como una situación de acusativo irremediablemente convertida en situación de dativo, aunque capaz de revertirse en un nominativo violento.

    La subjetividad es, de entrada, apelada, acusada, y su respuesta inevitable es donación, aunque no se crea tener nada que dar y aunque no se tenga nada. La costumbre de inmenso arraigo, conforme a la cual forjamos nuestros conceptos tomándolos todos del mundo –y en la modernidad, procurando, incluso, configurarlos según el mundo de la ciencia exacta de la naturaleza: en el sistema de eso tan de suyo imposible que es un lenguaje artificial, una lógica artificial–, cosifica siempre, sustancializa siempre el yo como ego en nominativo y última instancia de las referencias intencionales. Pero la situación de los orígenes inmemoriales, an-árquicos, no es sino algo muy próximo a lo que Michel Henry ha descrito como nacimiento transcendental del hombre en la ipseidad de lo absoluto.

    El joven Levinas forjó para esto mismo un extraño término, que parece significar lo contrario de aquello que está llamado a captar. Habló, en efecto, de la hipóstasis, o sea, de la personalización y sustantivación del yo como un violento emerger, sorprendente, casi imposible, sin acomodo, en el seno del hay, que abarca en su bordoneo impersonal, en su esenciarse sin pronombres personales, tanto el ser como la nada y es, pues, sencillamente el Todo. El hombre es, en esta descripción extraordinaria aunque lastrada con problemas filosóficos que son para otro lugar, aquello que difiere casi absurdamente del hay, justo porque es de índole personal. Su propio horror a la soledad, a la excepcionalidad, a la angustia indecible de ser lo otro dentro, de algún modo, del Hay, puede llegar al extremo de hacerle olvidar su condición y lograr su acomodo tranquilo en el interior de la totalidad. Pero el anhelo central, el tono afectivo básico de la humanidad del hombre, será en todo caso, sea o no explícito para su propio portador, la evasión, el deseo inaudito e incomprensible no de transcender hasta lo más alto o central de cuanto hay, sino de ex-cender, de saltar fuera hacia ningún fuera: de no haber nacido ahora que ya se ha nacido, o de una aventura todavía superior a ésa…

    La persona, la hipóstasis, es de otro modo que como se es, de otro modo que un ente, precisamente debido a que no puede pertenecer sin íntima protesta al hay, al esenciarse del ser de todos los entes.

    No es que la persona pertenezca a otro mundo y haya decaído hasta este; más bien sucede que la bíblica bondad de la creación está sellada, en su culmen, por alguien para quien sólo debe ser trono de su acción, campo de su trabajo y territorio de la libertad. Toda persona nace en la condición peregrina del amor que describió Platón, o sea, como la inquietud del mundo por la eternidad, como una sed inagotable de alteración, de alteridad, de otredad. En el fondo, sólo se puede reprochar a la determinación platónica del ser del hombre no haber sabido descubrir la radical ex-cendencia o evasión, sin resto de cobardía o irresponsabilidad o irrealismo, que lo marca, hasta el extremo de que ni siquiera esté del todo justificado hablar de ser para esta criatura –como tampoco lo estará trasladar ese título tradicional al Creador o al proceso mismo de creación–. La causalidad intraóntica no constituye ninguna explicación inteligible de las relaciones interpersonales, así como sólo la ética es, si se permite la expresión, la ontología de lo personal.

    Por esto mismo, las características de la existencia o ex-cendencia de la hipóstasis no tienen descripción que no sea en términos de una situación de mitzvá o, como se dice castizamente, mandamiento. La misma noción de la posibilidad existencial, como las ideas de alternativa, salto, paso entre estadios, no son ontológicas sino éticas, aunque ya la palabra ethos sugiera un exceso de resonancias ontológicas. Incluso la temporalidad y su temporización –Heidegger es el objeto que desconstruir por excelencia– han de comprenderse desde el fenómeno de la alteridad y el enigma del Bien eterno.

    De modo que el principal reproche precisamente ético que se ha de hacer a Levinas es el nulo coste moral que atribuye al acogimiento de la revelación divina o, si se quiere, a la entrada efectiva del hombre en un estadio existencial más alto que el que denominó Kierkegaard meramente estético. Sobre el modelo de la donación repentina, pura gracia incoercible, de la Torá, es como piensa Levinas la donación para la hipóstasis de la alteridad interhumana, y algunos penamos que, en este caso señaladísimo, el drama moral de una persona es todavía algunas vueltas más complicado que como Levinas nos lo describe.

    En estos asuntos, la voz de Cohen llega al texto de Levinas matizada por la interpretación de Rosenzweig, de quien ciertamente es deudor, desde la época de De la Existencia al Existente, en tanta medida como reconoció, de una vez por todas, en el prólogo a Totalidad e Infinito.

    § 5 La confianza en la vida múltiple

    Fue Rosenzweig –la mención ya quedó antes recogida– quien universalizó por completo la situación dialógica del Cantar de Cantares y, con ello, el mismo concepto bíblico de revelación. No hay realmente humanidad que no viva en la luz brillante del gran día del Señor, o sea, con el mundo y los demás y Dios mismo entregados a él en la luz primordial de la misma existencia. La comprensión original de todas las realidades las mantiene separadas (Dios, Hombre, Mundo) de modo análogo a como conviene recuperarlas ahora, en la época final de la filosofía, después de que Hegel haya procedido a rematar la tarea milenaria de ésta, para dejar que todos descubran de qué modo circular ha hurtado la filosofía el bulto al problema por cuya fuerza trágica nació. La espera de que podría curar ese pensamiento la herida de la existencia, la schellinguiana desdicha de existir, termina en el momento en que es patente que la filosofía no puede dar ya un paso más. La promesa que siguió prometiendo una generación tras otra, desde Jonia a la universidad de Jena contemporánea de la campaña napoleónica, no se ha cumplido. El ciclo se cierra, más bien, echando sal en la misma llaga que se decía estar cerrando poco a poco. Y las realidades pre-filosóficas emergen ahora de nuevo, como meta-filosóficas.

    La ambición sistemática de Rosenzweig no era menor que las de sus inspiradores, los maestros de la generación de 1800 (y los de la generación neokantiana de 1880). Lo que la vieja filosofía no ha sabido alterar, lo ha movido, sin embargo, mientras tanto, la historia misma, fundamentalmente la historia de las religiones y las artes (no puedo dejar de observar, al paso, la alergia, permítaseme esta expresión por ahora, de Rosenzweig respecto del socialismo de su íntimo colaborador, Buber). Si se quiere leer el libro de la evolución real de los problemas humanos, debe tomarse entre las manos estas historias, porque incluso sólo como un episodio desviado a partir de cierto instante de su desarrollo es como cabe entender con más hondura la realidad del modo de pensamiento llamado filosofía. (Tampoco puedo evitar mencionar cuánto recuerdan a la relación entre fálsafa y kâlam, en los siglos de oro de la cultura islámica, pero muy especialmente en Algazel y Haleví, estas ideas de Rosenzweig acerca de la cultura y la historia. Nada más natural que la cada vez más plenamente asumida imitación suya personal del destino del poeta judío medieval.)

    Pero ¿cuál es la diferencia que separa más claramente a la filosofía vieja del nuevo pensamiento, o sea, del más antiguo y que ahora florece, según la historia real de la cultura, en aquellos fenómenos que, al modo de Hegel, trata sólo de conceptuar, jamás de suscitar, la pluma de Rosenzweig moviéndose en las trincheras y los hospitales de campaña del frente del Este desde 1916? No otra que la distancia entre las nociones filosófica y religiosa, o sea, objetivista y existencial, de la eternidad y, si se quiere decir en palabra menos especulativa, del punto de fuga del anhelo metafísico humano: del objeto auténtico de la esperanza –que al mismo tiempo es el contraobjeto del espanto más profundo–.

    Y es que siempre es el hombre un ser terrenal e histórico, enredado en un laberinto de cuidados dedicados al mundo y a las personas y a lo divino, que permanece a la luz difícil de la muerte. La muerte trata de enseñar al hombre que la verdad última de todas las cosas es la forma impersonal de ser, como si el cadáver fuera la mariposa de la humana crisálida. Y caben dos clases de respuestas al enigma de la existencia: una requiere paciencia y la otra es impaciencia pura.

    Esta segunda hace el gesto inútil, soñador, vanamente utópico, de detener, porque ella así lo quiere, la existencia, para exigirle ya mismo, aquí mismo, sus credenciales y sus secretos, antes de continuar danzando en ella la danza de la muerte.

    La primera forma de respuesta acepta que la vida del hombre es constante precariedad, vida en el enigma, búsqueda de sentido sobre la base de roca de la confianza en que la vida misma es la maestra, no el propio hombre que quiere pararla y sacar de su chistera las contestaciones, olvidándose de que sólo si a sabiendas las ha escondido allí primero podrá luego hallarlas.

    La historia de la existencia personal, en el marco de la historia universal, es la trama divina entre las realidades pre-históricas que son el hombre, el mundo y Dios. La máxima fidelidad a todo cuanto de verdad es fenómeno en esta trama, equivale a la más alta forma de existencia y, al tiempo, de pensamiento. Resulta inútil e incluso pernicioso un –ismo cualquiera aplicado a las variantes del pensamiento así entendido. Y entre tales –ismos falaces están las mismas palabras religión o teología o pensamiento, por no referirnos, desde luego, a budismo, cristianismo y judaísmo, paralelos a idealismo, empirismo y criticismo. No hay sino la nuda vida humana, en medio de un paisaje ninguno de cuyos detalles vivos ha de ser negado; sólo que el hombre cae continuamente en la tentación de reducir, en la tentación, jugando un poco con la palabra, del reduccionismo. La vida del hombre es ser simultáneamente en el mundo, entre los hombres y ante Dios. Recortar lados a esta pluralidad, dedicar el esfuerzo a alguna forma del monismo o del dualismo, es malograr las fuerzas de lucidez que se nos han dado.

    Pero la lucha por ver en toda su riqueza el paisaje en torno al viaje de la vida no debe presuponer ni siquiera que todas las épocas históricas obedecen a la misma estructura y se abren a las mismas noticias. Hay, precisamente, que dejar abierta la noción de posibles épocas, de posibles eones globales, en correspondencia con los eones que experimentamos en nuestra existencia personal. Así es como debe recogerse la herencia del concepto de filosofía positiva que elaboró el viejo Schelling, el cual es, de hecho, la aurora histórica del nuevo pensamiento, porque sin las ideas de las divinas potencias primordiales y sus inversiones no se deja pensar este realismo de cuño muy original al que Rosenzweig dedicó sus energías de hombre en trance de lenta muerte, a lo largo de los quince años últimos de su vida.

    Hay un modo de pensar que ahoga en la falsa eternidad todas las diferencias, o sea, el tiempo mismo, la separación y peculiar conjunción del mundo, del hombre y Dios, los dramas de la existencia y la ciencia y la creencia. El miedo paralizante a existir sin tener en la mano, gracias a la evidencia, los resortes del poder sobre la vida, es la partera, y no Sócrates, de esta eternidad del monismo –ya sea monismo del mundo, de Dios o del hombre– que ha sido sucesivamente la historia de la filosofía.

    Y hay otro modo de pensar, que es, de entrada, pensar con, en y desde la lengua materna e histórica –que ya es difícil de no reducir a una sola de sus dimensiones, dado que hay que aceptarla, asimilarla y usarla en toda la riqueza de su contexto que hoy llamaríamos pragmático, y ésa es obra del más fino espíritu de finura que nos cabe–. Aquí la cuestión espinosa consiste en no eludir los espinos, por más peligrosos que sean; no vaya a ser que la exigencia de sentido que es la vida que grita su no a la muerte, vaya a apagársenos entre las manos por la indiscreción, o sea, por el miedo, de cualquier cortocircuito intelectual, que en este dominio es cualquier religión particular (judaísmo y cristianismo no son religiones, podría decirse –pero Rosenzweig desdeña la palabra misma–, sino las dos modalidades de la existencia lúcida y paciente, que nunca alcanza, como en la fábula de Lessing, la posesión de la verdad eterna, justamente porque la eternidad no entra invasoramente, como cuerpo extraño, en la historia, ni siquiera para declararla el velo de Maya).

    La eternidad de las promesas auténticas va en correlación con pensar que, en efecto, cada hombre porta en sí tanto sentido a cada momento como para estar maduro en todos ellos si es que Dios quiere ya juzgarlo. La eternidad real es el porvenir siempre viniendo, del que no está en nuestro poder adelantar o retrasar la llegada. No es el futuro histórico el juez del sentido de cada realidad individual; sino que cada una de ellas, cada uno de los hombres, está completo o manco en su sentido por sí mismo y sólo según viva la serie dramática, la trama de sus relaciones múltiples con las demás realidades. El hombre no está hecho para disolverse ni en el mundo ni en Dios, de la misma manera que ninguno de estos otros dos polos de la realidad está hecho para una disolución semejante en alguno de los demás. Los tres viven, cada uno en su forma, desde la creación a la redención, como denomina el realismo bíblico al comienzo de antes de todo comienzo temporal y al final de después de todo fin temporal.

    De aquí que tampoco sea posible conformarse con sostener que el hombre aspira a la misma humanidad que ahora ya tiene. Tal cosa sería olvidarse de que queda mucho futuro, mucho futuro futuro, a la trama trazada entre un hombre y los demás seres, uno de los cuales es el Dios de cuya mano debemos volver a aprender siempre cómo ir andando en paz infantil por el Jardín que más bien nos parece Exilio.

    * * *

    Es extraño que el mensaje común del peculiar personalismo de todos estos discípulos de Hermann Cohen nos sepa, ante todo, si se permite palabra tan ajena a la filosofía, a optimismo hiperbólico, justamente cuando la primera razón del interés por ellos será, casi siempre y con toda justicia, la necesidad saludable de escuchar las voces de los testigos de la Catástrofe.

    Creo, sin embargo, que el pensamiento capital de que la humanidad del hombre se apoya en cierta alianza inmemorial que quiso pactar con ella el Bien perfecto, no ha surtido en estos autores efectos de deslumbramiento que tiendan a borrar los perfiles terribles del mal. Para todos ellos vale la palabra de Cohen: Anatema sea la desesperación política.

    Texto publicado en págs. 47-66 de Religión y Persona (ponencia en las Jornadas de Diálogo Filosófico, 2005).

  • Ensayo sobre lo gratuito

    Ensayo sobre lo gratuito

    § 1 La experiencia de la muerte y la gracia

    “Ya todo es gracia”. Éstas son, como se recordará, las últimas palabras escritas por Bernanos en su espléndido y duro retrato de lo que fue en tiempos un cura rural. Con ellas expresaba el poeta más el sentimiento de alguien que asiste a la muerte de otra persona a la que ama, que la realidad peculiar de la muerte. El cura que muere, puesto que es un nuevo tipo de santo (todos los santos parecen de un nuevo tipo a sus contemporáneos), puesto que el lector comprensivo no puede tolerar la idea de que haya dado testimonio heroico de nada y en vano, tiene que haber sido acogido en un nivel más alto de realidad, de dicha, de amor sensible.

    Lo mismo nos sucede a todos con cualquier persona realmente querida. Ahí están sus restos, que no abultan más que un jarrito de ceniza; nada más humana y naturalmente inverosímil que el hecho de que una persona cuyo cuerpo se ha reducido a esta poquísima cosa, pueda continuar viva ahora mismo (como si viera con ojos que se han pulverizado; como si pensara con un cerebro que no tiene ya gota de agua; como si amara todavía, sólo que con un corazón desaparecido).

    La muerte sugiere la espantosa idea de que la vida, y sobre todo las formas más altas de ella, no es más que un adorno provisional de la materia inconsciente, un producto brillante –pura apariencia– del funcionamiento de una enorme cantidad de átomos que han entrado en complicadísimas e inestables relaciones recíprocas. Y cuando la amada se muere, el amante está todo él atravesado por la evidencia de que el polvo es pero no debe ser la realidad definitiva de la amada. Ella desaparece, incluso peor: pasa a un estado horrible de putrefacción o de ceniza; pero no hay derecho. Y se siente entonces con fuerza absoluta la necesidad de lo naturalmente imposible: el mundo visible y tangible sólo es, a lo sumo, una cara de la realidad, y no la más importante. Mas como no cabe viajar al otro lado de lo real y regresar con la noticia de que existe y es tal y como el anhelo y la necesidad moral nos dicen que ha de ser, comprendemos, con mayor o menor oscuridad, que, por encima incluso de esta necesidad de orden moral y de este anhelo absoluto de vida independiente de la muerte, es preciso el mismísimo poder de Dios para que de veras se abra en lo real el ámbito de ese otro mundo –infinitamente más consistente que el mundo en donde se nace y se muere– al que se despiertan de manera definitiva los santos y, en verdad, todos aquellos a los que alguien ama con la fuerza inmensa de un amor incompatible con la muerte.

    Sólo el que no ha sido amado no tiene parte en el mundo de Dios. Y como nosotros podemos pensarlo casi todo y podemos desear o anhelar todo, pero no tenemos la capacidad de hacer y lograr todo –y menos que nada hacer que Dios exista porque lo necesitamos–, llegados hasta aquí gritamos con Bernanos, ante la muerte, que ya todo en adelante es gracia.

    Nos olvidamos así de que también ya todo antes, desde antes de todo antes, y ahora, en el incesante ahora, es también gracia.

    § 2 Fenomenología de la gracia

    La fascinación de la muerte nos juega a veces la mala pasada de que sólo por ella, para ella, contra ella, alcancemos verdades cuya amplitud, cuyo alcance, se extiende a muchísimo más que los alrededores de la muerte. Tan definitivo como el instante del morir o del morírsenos alguien amado, es todo otro instante de la vida, este de ahora, por ejemplo. No tiene más peso uno que otro y no contiene, por ello, más o menos verdad. En cualquiera podremos o no podremos leer, si nuestra penetración llega o no a ser bastante, el significado de la realidad. Y si ante la muerte intolerable se nos escapa, como sacado de nuestra garganta por la mano de las cosas mismas, el grito que dice que ya todo es gracia, la verdad es que este grito y todos sus antecedentes son también gracia, a no ser que la exclamación de Bernanos resulte una falsedad, un consuelo para gentes demasiado fáciles de consolar.

    Gracia quiere decir don y, en especial, don no merecido, no ganado en justicia por quien lo recibe; el cual, precisamente por esta circunstancia esencial de no haberlo conquistado a fuerza de brazos y méritos, precisa de una honda y ancha capacidad de acoger y aceptar lo que se le regala; no vaya a ser que la gracia se otorgue pero el donador quede defraudado porque aquel a quien hace su regalo lo rechaza.

    Vemos, pues, que además de las dos personas que al menos han de intervenir en un suceso describible como una gracia (siempre puede un donante entregar algo único a la vez a muchos), necesitamos, en quien es objeto del don, un deseo de poseerlo algún día y la humildad de aceptar que se lo terminen regalando; porque no se desea sino lo que de algún modo, por inaccesible que esté situado, esperamos obtener. Y no se desea tampoco sino aquello a lo que realmente se tiende con la acción. Y si hablamos del más alto y atrayente objeto del deseo, entonces es seguro que nos estamos también refiriendo al objeto por el que más peleamos, con la confianza de que el heroísmo lo puede poner a nuestro alcance, aunque tenga, quizá, que combinarse con la buena fortuna y con la colaboración de algún aliado.

    Pero he aquí ahora que nos regalan el premio al que aspiraba de alguna manera toda nuestra acción. No sólo que nos ayuden en su conquista sino que, mientras somos conscientes de no haberlo merecido y, de hecho, de no haberlo ganado todavía, nos es entregado de pronto, en medio de nuestro esfuerzo enconado. ¿Es que no se necesita en este momento una abnegación terrible, heroica, para no rechazar el regalo? ¿No es acaso el titán quien se ve en el trance de tener que reconocer que alguien es mucho más poderoso que él mismo, ya que le regala el objetivo por el que está trabajando con furia casi divina? Un héroe que logra acoger un don muestra en ese hecho que él luchaba realmente por el fruto de su esfuerzo y no por la gloria, el gozo y la soberbia del esfuerzo mismo y de saberse su causa, su autor.

    Porque nos suele suceder que no combatimos tanto por la victoria como por el afán de vernos vivos y fuertes en la lucha. Claro que el fruto más alto del esfuerzo seguramente es la vida inmortal, y el que se esfuerza bregando incluso contra la muerte (jugando con ella una partida de ajedrez que parece que retrasa la misma llegada de lo que creíamos inexorable) lo hace para experimentarse inmortalmente vivo.

    Pues bien, si de verdad todo es gracia, o sea, si de verdad lo supremo es gracia –y de ahí que lo demás pueda también serlo–, el héroe que lucha por un fin que en realidad se confunde con el luchar mismo (la vida que sostiene el reto de la muerte) tiene necesidad de retorcer su heroísmo, por decirlo de algún modo, de luchar superheroicamente contra su misma heroicidad, para conseguir triunfar sobre sí recibiendo todo su premio no de lo que parece su fuente natural (la lucha misma que él lleva adelante) sino de las manos de alguien que por esta misma circunstancia se revela infinitamente más fuerte que cualquier fuerte.

    Si todo, si lo supremo, es gracia, queda dicho que el hombre posee potencialmente la esencia de este héroe que empieza venciendo a otros muchos campeones pero que termina derrotándose a sí mismo y logrando reconocer que el nervio de su empresa, la fuerza de su propia fuerza –porque esta fuerza es la vida inmortal por la que combate–, no es suya, no nace de él mismo, aunque haya tenido que creerlo así en los primeros tiempos. Este personaje de extraordinaria tensión, este auténtico varón de deseos, ha de terminar por saber que la clave misma de su existencia era ya un regalo, de modo que todo cuanto ha hecho ha nacido de algo, de alguien, mucho más real y central que él mismo. Con un saber completamente efectivo, que modifica según su tenor toda la acción, este héroe –que en realidad es uno cualquiera de nosotros, un hombre del montón, uno de tantos– termina por ver, en la culminación de su hazaña, que ni siquiera el anhelo de vida que lo ha impulsado es propiedad suya sino regalo de Otro.

    Lo que implica encontrar la sorpresa absoluta de que la propia esencia de mí no soy Yo Mismo, ya que no lo es mi poder, ni lo es el objeto de mi conocimiento y mi deseo. Literalmente, se trata de Don Quijote, el Caballero de los Leones, despertando al hecho extraordinario de que nada en él, siento todo tan infinitamente suyo, es realmente suyo: de que todo procede de Otro, no de otra parte sino de Otro u Otra Persona. Y este conocimiento extremo no lo alcanzó Don Quijote en la derrota ni ante la muerte, sino justamente cuando tuvo que demostrar, dominándose a sí mismo y sometiéndose a la más extrema ley de la caballería –la que se aplica a los vencidos–, que su sueño era real. Sólo entonces pasó de la locura a la cordura.

    Sólo es de verdad un héroe en la existencia el hombre que lleva hasta la última consecuencia su deber y entonces, como Abraham enfrentado al sacrificio de algo más que sí mismo (el sacrificio del fruto de la Promesa), entiende que todo lo que es hazaña y debe ser hazaña, es más profundamente gracia, incluidos el héroe y su Dulcinea.

    § 3 El acontecimiento como gracia

    Fijémonos bien en este punto de cuya verdad todo depende: el derecho a la capacidad de recibir la existencia como don se debe ganar en la lucha moral, y no al margen de ella o antes de ella. Y mejor que se debe ganar, debo afirmar que se gana, que así es como se tiene que ganar –si es que se gana–.

    No quiero decir que desde el principio, antes de empezar el combate heroico de la vida, no haya de estar ya presente en el hombre una semilla de tal fruto. Al contrario; sólo que precisa y necesariamente existe entonces sólo la semilla y no ya el fruto mismo.

    La confianza en la gracia es una confianza infinitamente infantil y, al mismo tiempo, que sólo florece de veras en la madurez del compromiso moral más fuerte. La confianza no es debilidad a cuatro manos sino fuerza que se recibe y se comparte por el hecho mismo de acogerla: ímpetu entre Dios y su Criatura para adelantar juntos en la obra de la Redención.

    Más intensa y verdadera que el “ya todo es gracia” de Bernanos es la frase de Schleiermacher que afirma que “milagro es el nombre religioso del acontecimiento” –o sea, que acontecimiento es el nombre profano del milagro–.

    La vida es multiplicidad de acontecimientos: acontecimientos, historia de ellos y, sobre todo, argumento, necesidad de finalidad, hilo que desde el futuro reclama los acontecimientos y les da o quita sentido. En la vida, cada instante, cada presente, o sea, cada golpe de realidad, es siempre un acontecimiento. Qué quiere decir esta palabra, lo expresó bien Ortega: el hecho de que no hay presente nuestro que no sea problemático (lo que a su vez quiere decir: que no se vive ni como necesidad pura ni como misterio impenetrable). Los filósofos dicen, tratando de formular la misma verdad, que las cosas que pasan son contingencias, o sea, que podrían haber pasado, desde el punto de vista de la lógica, siempre de otra manera, sin que por ello el mundo se desencajara de sus goznes. Una contingencia tiene cierto sentido, pero no demasiado, no un sentido total; y tampoco demasiado poco, tampoco carece del todo de sentido. Es, justamente, algo que podía pasar, aunque fuera muy inverosímil, y de hecho está pasando, de modo que nos obliga a reorientar nuestra interpretación del porvenir, porque, debido a la realidad del acontecimiento, ahora han empezado a ser mucho más probables de lo que antes eran para nosotros ciertos otros sucesos posibles, mientras que otros muchos ya han quedado relegados a la imposibilidad.

    Así, cada instante viene a forzarnos a releer de alguna manera todo el pasado y todo el futuro; tiene una parte de esperado y otra de novedad y de inesperado. En cada acontecimiento reconocemos, por esto mismo, que existe un hilo que, como el hilo del argumento, se mantiene por debajo de todo, dando rodeos, tumbos y retrocesos, muchas veces; pero que también hay la maravillosa, inconcebible, novedad continua de lo real, que jamás se ha presentado dos veces con el mismo rostro, por más que sean los miles de millones de años que hace que el mundo existe. Y esta mezcla deliciosa y sutil de antigüedad –lo esperado, el mismo hilito narrativo, los mismos tipos de las cosas y las personas– y novedad se recibe en la caja de resonancias de la existencia personal, donde todo queda, aunque en la forma, muchas veces, de olvido, y todo se proyecta y prevé de alguna manera.

    Por ello, cada acontecimiento, cada contingencia, es un problema mayor o menor y requiere acción e inteligencia de nuestra parte. Y ya sólo en esta descripción poco matizada se echa de ver que lo que los días tienen de nuevo exige ser recibido como un don, por más que coincida o más que trastorne nuestros objetivos particulares. Sólo que en este segundo caso puede presentarse como lo contrario de un regalo: un robo, los celos de la divinidad, el poder del Satán sobre la historia, el predominio del mal, incluso del mal demoníaco, sobre la marcha de ciertos acontecimientos. De aquí que sea una tendencia muy profunda de la naturaleza humana pensar que las cosas están todas incluidas en el escenario de una gigantesca batalla entre los poderes enfrentados de Dios y el Diablo, de modo que el hombre no es más que un peón de brega en la guerra cósmica.

    Y además, hay que prestar mucha atención a un lado de las cosas que pasan: el hecho de que, salvo un grupo especial de ellas, entre las que destaca la muerte, por más inexorables que se presenten, siempre son también, precisamente, un problema, o sea, una tarea. Aunque estemos tan inmovilizados y tan inermes como aquel Johnny, el herido de guerra sin brazos, sin piernas, sin cara, o sea, sin boca, ojos ni oídos, lo que sucede nos reta continuamente a darle una respuesta, deja un margen para nuestra libertad. Ese mismo personaje literario, cinematográfico, al que me refiero, ama y odia de una manera que llega a ser comprensible para los que lo cuidan o hacen experimentos sobre su cuerpo y su alma; planta cara a los acontecimientos y responde con heroísmo aparentemente suicida. No hay existencia si todo es ya necesidad o si no existe sentido que entender y al que responder.

    Vemos así el hondo derecho que asiste a Schleiermacher a exclamar que todo acontecimiento es milagro, o sea, don, del mismo modo que vemos el hondo derecho de los filósofos a decir que los milagros son acontecimientos. El pensador religioso subrayaba enormemente la pasividad, la aceptación infantil de los sucesos, el dejarse fecundar por el poder invasor de las cosas que suceden. Veía en la capacidad de ser infinitamente acogedor, pasivo e infantil ante cada acontecimiento, una reiteración de las bodas místicas del alma con Dios: Dios da sus voces en la mata que arde y no se quema nunca, al borde del camino, y el hombre suele pasar tan de prisa que ve el fuego, desde luego, pero no ve que la zarza no se consume. Schleiermacher estaba convencido experiencialmente de que la capacidad de acogimiento pasivo de las cosas despierta en nosotros la vivencia, siempre latente, de la unión mística con Dios, el Padre de todas las Criaturas.

    De aquí el significado de esta otra frase suya tan densa de sentido, tan verdadera, también, si se la sabe tomar cum grano salis (y tan falsa si se la traga sin precaución): que todo debe hacerse con religión, pero nada debe hacerse por religión. Él quería decir que la actividad se la deja la religión a otras fuerzas del espíritu: a la cognoscitiva y a la práctica, porque ella se reserva para sí la pasividad, que, por otra parte, es primordial. Sólo el que recibe todo, tiene luego la tarea posible de conocerlo todo o de transformarlo todo. Recibir el Universo como un don a cada instante: tal es la facultad de la religión; explorarlo y mejorarlo, tales son los poderes de la razón. El pensador quería decir, desde luego, que un hombre religioso que no sea además científico, metafísico, artista y héroe moral, no será tampoco religioso, salvo si las circunstancias históricas de su vida lo han situado en un estado muy peculiar (por ejemplo, en medio de una cultura preliteraria sumamente ruda). Y también quería decir Schleiermacher que un hombre de ciencia, metafísica, arte y moral pero sin religión, en realidad quedará truncado en sus esfuerzos, porque no está tomando en cuenta el hecho fundamental de toda existencia, que no es otro que el de recibir la vida y recibir en seguida, con la vida, el universo entero. Por mucho que sepa y logre, si no da su lugar en el sistema de sus conocimientos a este dato de partida, errará grandemente.

    Pero a la religión no le compete conocer ni hacer, sino recibir y quedar fecundado: sentir e intuir, como decía este notable pensador, este sentidor que influye tanto en muchos otros sentidores y pensadores desde 1800 hasta hoy. La ciencia, la metafísica, el arte y la moral tienen sus propias normas y sus propias verdades, y tratar de configurarlas religiosamente sería menoscabarlas de manera impía. Pero un metafísico o un político sin religión, en el sentido particular de esta descripción que acabamos de analizar, será sin duda un bárbaro, un nihilista o un depredador –que viene a ser lo mismo–; o sea, tendrá imposible la construcción de una metafísica con verdad y una ética con bien, porque el material de ambas es siempre el Todo del Universo, y éste ha de haberlo recibido y acogido el hombre, quiera o no, en la edad infantil y, en realidad, en cada nuevo acontecimiento, a lo largo de toda una existencia que cuenta con el Todo Universal a la vez que absurdamente se esfuerza por no ver que cuenta con él (pese a que aún ni lo conoce por completo ni lo ha transformado enteramente).

    § 4 La gracia como tarea

    Pero hoy importa, más aún que subrayar los aspectos pasivos, infantiles, de la existencia –que jamás pasarán de moda ni dejarán de ser decisivamente relevantes–, poner el acento sobre los activos y heroicos, tanto en la dimensión de la sabiduría como en la dimensión especial de la santidad.

    Los tiempos que corren son tiempos de negación de la libertad y de recortes en el optimismo de los poderes del conocimiento. Y cuando digo que son tiempos poco propicios para la libertad y la teoría, para la utopía y la filosofía, quiero decir que lo son, me temo, en todos los ámbitos, incluidos aquellos en los que oficialmente se entiende que se hace la defensa de estas magnitudes de la vida por oficio y profesión, como puedan serlo la universidad o las iglesias.

    Hoy sigue en pie, como siempre, pero quizá más agudamente que en otras épocas, aquella exclamación del sufí: un hombre no empieza a saber lo que significa tener relación íntima con la verdad más que cuando un millar de justos han jurado contra él ante el tribunal y lo han declarado culpable, blasfemo, ignorante. La cruz toma hoy muchas veces el aspecto sorprendente de una prédica en el desierto, de una locura a la que no se debe prestar el oído, de una quijotada en busca de la metafísica y la redención cuando ya todos sabemos, más o menos, qué es verdad y qué no y qué políticas conducen a lo que de veras persigue el hombre y cuáles otras no.

    La pasividad impávida del sujeto infantil de Schleiermacher hoy puede muy bien tomar la forma de falta de miedo ante el exceso de verdades teóricas y prácticas que llenan un mundo donde la auténtica libertad y el deseo auténtico de verdad son peor que sospechosos. Y repito que temo que el fenómeno es universal, que impregna ya todas las culturas y subculturas, y que sería ridículo aceptar que existen evidentes círculos sociales de los que está excluido por principio. Tanto más importa recordarlo en el interior de ambientes especialmente proclives a esta tentación de ver la brizna en el rostro del otro pero no la viga en el ojo de nosotros mismos. La autocomplacencia es la madre de todos los males, precisamente porque, muy de verdad, timor Dei initium sapientiae.

    Volvamos la mirada hacia nosotros mismos. ¿Cuál es la pregunta decisiva que nos dirigimos en cualquier momento de la vida? Y fijémonos: siempre ya una pregunta. La reflexión misma tiene la figura de una pregunta, pero su objeto, o sea, nuestra vida en el presente reflexivo, también siempre se parece más a una pregunta que a cualquier otra cosa. Estamos viviendo en determinada situación afectiva, con cierto grado de tranquilidad, con algunas expectativas; pero si se nos ocurre reflexionar sobre nuestra situación real, en seguida a la pregunta ¿cómo estoy?, ¿quién soy realmente ahora?, le responde otra pregunta más difícil de formular con sencillez, pero que se parece a algo de este estilo: “Mira, me encuentro así y así, ya lo sabes, ya lo sé; pero ¿de verdad vivo como debería vivir? ¿De verdad se cumplirán mis esperanzas? ¿Las tengo puestas en lo mejor?”

    Sócrates concentraba este punto de una forma en realidad insuperable. Él decía que la máxima pregunta del hombre a sí mismo, la pregunta que cada uno propiamente somos, aunque tendamos a plantearla con radicalidad demasiado poco (y de ahí su peculiar misión en el Estado, que dura hasta el día de hoy), es la cuestión del alma, de la verdad y del ser, que también se deja simplificar en la cuestión del bien. El alma no es sino la esencia y la causa de la vida, lo vivo de la vida; la verdad, el ser y el bien enfocan el problema de si el alma, así entendida, persigue como debe, sin errores, sin falsas apariencias, sin mala voluntad que todo lo eche a perder, la suprema excelencia de sí misma, la culminación de su existencia.

    ¿Cómo se debe vivir? He aquí la pregunta de todos los momentos y de todas las épocas de nuestra vida. La cuestión es, pues, el cuidado del alma, de la verdad, del ser, del bien. Porque el punto de partida evidente es que ninguno de nosotros está ya en el cielo, salvado; ninguno conoce lo suficiente de la verdad como para poder en adelante despreocuparse de que su conocimiento pueda decaer y convertirse en pura ideología que apoya un modo de vida lamentable pero autojustificado. Ninguno de nosotros está en la plenitud posible de su ser, y todos, al mismo tiempo, sabemos oscuramente que la falta de preocupación por el bien y la verdad es ya en sí misma una pérdida progresiva y rápida de bien y de verdad.

    Se nos ha concedido graciosamente vida, o sea, alma, o sea, relación consciente, siempre inquieta, siempre susceptible de cuidado y preocupación, con el ser, la verdad y el bien. Somos hijos vivos de la Vida, cuya interioridad comprendemos que es la interioridad de Dios mismo. Somos, en este sentido inalienable, hijos de Dios, el Viviente, el que Es, el que Asistirá para siempre, mucho más que hijos de nuestros padres humanos. Con nuestros padres, en el fondo, tenemos una relación más de hermandad que de filiación, porque compartimos con ellos esta condición peregrina y precaria, problemática, de la existencia, que es el habernos sido entregada para que nosotros la cuidemos con cuidado exquisito –para el cual nos hace falta, ante todo, una relación auténtica con la verdad–. Nuestros padres han engendrado en nosotros sobre todo las circunstancias contingentes de nuestra educación, nuestras relaciones, nuestras dotes de cuerpo y de talento; pero el don originario de la vida nos es sencillamente común con ellos. Nosotros y ellos somos vida que se relaciona consigo misma en el modo del cuidado por la verdad y el bien: vida no absoluta, vida que tiene certeza radical de que ha de afrontar la muerte, vida puesta y regalada pero no autoviviente. La imagen misma de la salvación es para cada uno de nosotros la de una vida sin cuidado, sin muerte, sin la posibilidad de decaer en la mentira, el error y el mal hasta malograrse definitivamente.

    Queremos vivir, aunque de otro modo que como ahora. Vivir es ya querer vivir. Mas si intentamos penetrar en qué significa este querer vivir pero de otro modo, de un modo que nunca hemos aún gustado, nos quedamos perplejos. Vivir, ya sea en la tierra mortal, ya sea en el cielo inmortal, quiere decir, en su núcleo de significación, tener sabor, saber, de sí: abrazarse, si cabe tal descripción: estrecharse a sí mismo, no perderse respecto de sí; pero todo ello, gozando de lo absolutamente diferente de mí, de lo que se me regala no menos que se me regala su goce. Sentirse sintiendo lo otro, en una exaltación progresiva, como en un éxtasis a cada momento más intenso. No encuentro mejores palabras para la dicha inexpresable de la salvación a que aspiramos. Sólo que este éxtasis creciente no será posible sin la conciencia de que ya no queda mal en ningún rincón del orbe, de que el peligro, el odio y la muerte están definitivamente vencidos; de que el amor ha arrasado todo lo que le hacía obstáculo.

    ¡La vida viva, que cantaba san Agustín; la vida sin alternativas de dolor deprimente, que es el objeto final del pensamiento de Michel Henry; la vida que se equipara al amor, tal como, en sus formas tan aparentemente distintas la alaban y examinan Fichte y Kierkegaard!

    Desde esta ladera del monte Carmelo, es fundamental que observemos al mismo tiempo el carácter misterioso, extremado, del objeto de nuestra esperanza, y que recapacitemos en cómo este don culminante de la gracia exige con absoluto imperio una actividad heroica de nuestra parte; o mejor que heroica, santa.

    El primero de estos aspectos del asunto es relativamente fácil de ver, aunque doloroso y rodeado de angustia, en muchos casos. Me refiero a que hablamos muy mal, muy inconscientemente, cuando decimos que el supremo objeto del anhelo central del corazón del hombre es vivir; porque vivir significa, ante todo, vivir como ahora lo hacemos, o sea, en peligro de fracaso, dirigidos sin duda hacia la muerte. Y si añadimos que se trata de vivir para siempre, entonces caemos quizá en una ingenuidad aún peor, porque vivir sin tener que morir, sin poder morir, es literalmente espantoso y ni siquiera lo imaginamos. Ya sabéis que Borges lo ha representado en un cuento célebre, que tituló Los Inmortales. ¿Para qué querría Homero seguir cantando proezas si está seguro de que va a poder componer versos un número perfectamente infinito de días en el futuro? Hasta el más elocuente de los hombres abandonaría el hablar en tales circunstancias, porque si el tiempo no avanza hacia la muerte las posibilidades dejan de ser posibilidades, las circunstancias se vuelven indiferentes, todo da lo mismo, nada amenaza: no se puede esperar sino, precisamente, que se conceda de nuevo a un ser tan desgraciado la gracia de la muerte tal como ahora la vivimos: inminente pero inesperable, dando su sabor de cosa única a cada paso de la vida, haciendo irreversibles y, por eso mismo, infinitamente interesantes y problemáticos cada uno de nuestros movimientos en la existencia.

    Pero tampoco podemos decir que deseamos morir y quedar muertos. La muerte universal sería tanto como la certeza de que toda la vida que hubo en el mundo no fue sino una broma macabra: un cúmulo de gozos y sufrimientos que en realidad no tenían sentido alguno; una especie de juego horrendo que un dios infantil y aburrido ha jugado con sus soldaditos de plomo. No podemos tolerar la muerte sin sentido de las personas queridas, pero tampoco la nuestra y, en definitiva, ninguna muerte. La necesidad de sentido es central en nuestras vidas, y esto significa casi lo mismo que futuro, y futuro vivo.

    Luego no queremos vivir y no queremos morir. Queremos morirnos y vivir después, pero jamás una vida como ésta, destinada a nueva muerte. De hecho, la melancólica imaginación de algunos metafísicos indios ha pensado esta posibilidad de muertes dentro de la muerte, mientras que otros metafísicos de la misma procedencia religiosa y no menos melancólicos, han concebido la condenación como la rueda imparable de los renacimientos y las remuertes.

    No sabemos lo que queremos. Literalmente, nuestro corazón ansía, como el ciervo perdido en el desierto, como el caminante por el páramo samaritano, un agua que no es de esta tierra, porque su sabor, sin cansar, evita, sin embargo, tener de nuevo la dicha de poder beber sediento. Queremos más de lo que sabemos; el corazón pide imposibles. Lograr conciencia plena, casi plena, de hasta qué punto es así, realmente es esencial para poder medir, aunque sea paupérrimamente, la hondura de la gracia en nuestra vida.

    Nada más extraordinario que este don de necesitar lo imposible y de poder orientar la vida entera, como los niños y los locos lo suelen hacer, hacia lo imposible necesario. Como si por nuestro esfuerzo fueran todos los desgraciados a ser redimidos, aunque hayan vivido miles de años antes de nuestro nacimiento; como si sólo porque nosotros lo queremos con toda nuestra alma fuera a ser realizable esa vida sin muerte y sin tedio que ni comprendemos cabalmente, pero sin la cual, universalmente disfrutada, como el banquete eterno al que todos los pobres fueron invitados, no le encontramos sentido, en última instancia, a nada.

    Se blasfema de la esperanza cuando no se la piensa como aquello que más dinamiza la vida. La confianza con la que impregna los actos y las actitudes de un hombre es, si realmente está basada en la esperanza hiperbólica, exagerada, absoluta, santa, una confianza llena de energía y de cuidado, infinitamente preocupada por el bien y por la verdad.

    Porque de la cuestión de la verdad tampoco se desliga ni un momento la esperanza auténtica, como algunas descripciones han pretendido. Y de hecho, aquí ha estado muchas veces la cruz dramática de muchos hombres extraordinarios. Porque os recuerdo que a la pregunta fundamental por la excelencia de la vida humana, por la areté, por cómo se debe vivir a cada hora para vivir, en conjunto, bien, los filósofos clásicos de Grecia encontraron básicamente tres respuestas, quizá cuatro, que los demás hombres venimos repitiendo de unas y otras formas desde entonces, incluso cuando nos dejamos inspirar por fuentes culturales no griegas. Y la más antigua de estas soluciones posibles a la gran pregunta fue la de dedicar la vida a la verdad para terminar descubriendo que la universal verdad es la que hoy llamaríamos la respuesta de las ciencias naturales. El hombre que ha entendido que debe basar la esperanza en la verdad, se encuentra al fin con que no hay más verdad que la de la química, que la de la naturaleza, dentro de la cual todo nace y muere a su turno y en el lugar y el tiempo y la condición que el Principio Dominante, ingenerado e inmortal, pero también impersonal, ha destinado para las infinitas realidades fugaces que componen los ciclos perdurables de los mundos.

    Tal fue la verdad de Anaximandro y de Heráclito, y así sigue siendo la verdad de muchos contemporáneos, y no precisamente de los peores, porque se trata de las gentes que temen el poder de violencia de los sueños y tratan de ajustar sus vidas, aunque sea desconsoladamente, a lo que consideran que realmente se demuestra o se refuta, queramos los hombres lo que queramos. Y no debe haber dudas respecto a que rechazar el wishful thinking siempre es cosa buena y santa.

    La segunda solución clásica a la cuestión de cómo se debe vivir es la cínica de los sofistas, muy comprensible, si se viene hasta ella de la verdad amarga de las ciencias naturales absolutizadas. Y consiste en la certeza de que, mucho antes de ocuparse con la verdad universal de las cosas reales, al hombre le importa no sufrir por los ataques de los otros hombres, no ser dañado por ellos en ningún sentido, sino, al contrario, expandir su natural egoísmo y poner a su servicio las vidas, antes amenazadoras, de los demás. A cada uno lo que más nos importa es liderar a los otros, o sea, marcar nuestro tiempo con nuestro nombre, dejar de nosotros un recuerdo imborrable, decidir sobre otras vidas y sometérnoslas, en definitiva. Queremos no sufrir por el egoísmo ajeno, y el medio mejor es hacer depender a los demás de nosotros mismos y nuestros fines, que ellos deberán creer que son también los suyos. Éxito, fama, honores, votos, persuasión, encuestas, dinero, placeres, cargos, menciones… Cuando ya se tiene esto, empiezan a interesar ociosamente las demás verdades; y en el fondo de los templos egipcios, en el corazón del lujo y de su calma, se instala la primera biblioteca, se inician las observaciones estelares, se ponen las bases de las matemáticas y se estudia el mundo no humano; pero no antes. La verdad no es tan necesaria como el no recibir daño de las fieras de nuestra misma especie. La verdad es adorno espléndido de la vida segura, provista de cuanto es necesario para su evolución estable.

    La tercera solución es la de Sócrates: que el bien consiste en la verdad, sólo que la verdad acerca de nosotros mismos no se confunde con la presunta verdad acerca de la naturaleza como conjunto de realidades químicas. El mal no es el que se recibe sino el que se hace, y se hace daño en la misma medida en que se trata a las personas sin suficiente conocimiento de ellas mismas y, sobre todo, de su bien. La pregunta por el bien no es la misma que la pregunta por la realidad de la naturaleza, debido a que quien consiga responder la primera, no por ello se hace bueno ni se libra de tener que volver a realizar toda su investigación un día después, una hora después. El bien tiene la propiedad de no dejarse aferrar jamás, mientras se vive. Por mucho que se haya trabajado por desprenderse de ignorancia en este sentido, no se está nunca más allá de la necesidad de un nuevo diálogo filosófico sobre el bien y los medios precisos para intentar darle alcance. Sea cual sea el momento de nuestra vida en el que nos encontremos, todavía estamos a tiempo de malograrla (o salvarla), lo que significa que la verdad acerca del bien tiene una esencial condición huidiza, que no conviene, en cambio, a las verdades matemáticas, físicas, químicas, médicas. La certeza respecto de la mejor vida posible es cuestión de diálogo a la vez que de acción: ambos métodos son del todo inseparables; y ni el uno ni la otra están acabados mientras la vida continúa. Las obras acrecientan la inteligibilidad del bien, y el diálogo sobre él estimula las obras. La vida debe crecer en coherencia entre aquello que reconocemos como la verdad y aquello que con nuestra misma acción sostenemos de hecho que es la verdad; porque cada acto libre, cada acción, es una tesis sobre el bien, y nada suele revelar mejor que los actos de un hombre lo que en realidad éste piensa sobre el bien perfecto, o sea, sobre la divinidad.

    Reconocerse, pues, siempre a distancia del bien divino, pero siempre su amante, su buscador incansable, ya desde el principio alcanzado por su amorosa flecha, es saberse un hombre, nada más que un hombre, nada menos que un ser elevado por encima del nivel de todos aquellos otros que, aunque llenan a nuestro lado las medidas de la naturaleza, no viven, como nosotros, entre la mera naturaleza y la divinidad, como en un salto dificilísmo fuera del espacio de las cosas y todavía muy por debajo del espacio de Dios. Reconocer los límites de la ciencia natural y los muy diferentes de la moral, es empezar a vivir en la encrucijada extrema, heroica, apasionante, llena de amor auténtico, que es y debe ser el hombre.

    La cuarta respuesta clásica, que sólo algunos pocos filósofos paganos han ensayado suficientemente, consiste en extender la ciencia humana hasta abarcar en su interior a Dios mismo. Es la versión más popular y más desastrosa de la metafísica, en realidad panteísmo inmoralista y sueños de visionarios de mal agüero.

    Lo filosófico fue siempre aspirar con máximo deseo a la contemplación de las verdades y de la verdad eterna, pero muy a sabiendas de que la condición de esta teoría suprema es la vida moral llevada hasta el último rigor de su exigencia. Como lo ha recogido en sus fórmulas admirables Kierkegaard, cuando el hombre deja de jugar al panteísmo, al desconsuelo insincero de las ciencias naturales, al puro juego de la política como si todo en la vida consistiera en ella, se abre ante él el ancho y duro campo de la moral, que en realidad es infinito; y sólo más allá de este enorme ámbito se encuentra la puerta real de la esperanza absoluta, la existencia propiamente religiosa, capaz de ver como pura gracia el conjunto todo de la realidad.

    Los espirituales lo han sabido hace mucho, e Ignacio de Loyola lo recoge compendiosamente en sus máximas: se trata de vivir como si nosotros lo pudiéramos todo y lo debiéramos todo y Dios no existiera, pero en la confianza, superior a cualquier otra fe, de que realmente Dios lo es todo y hace todo en todos –y nuestro trabajo agotador no es más que una cadena de perezas e ilusiones, con algunos saltos impetuosos adelante y algunos ratos de reflexión profunda acerca de la verdad–.

    La gracia nos ha situado en este estado hondo de perplejidad, asombro gozoso y búsqueda; nosotros, en cambio, nos sustraemos casi continuamente a este espectáculo de las profundidades y volvemos nuestra existencia un plano que no ve más horizontes que los del mundo. Pero también es gracia el hecho de que ni el más plano y superficial de los hombres consiga olvidar del todo la dimensión de la profundidad.

    Y es ello así, fundamentalmente, porque aún es una gracia que salta más a los ojos el encuentro con tantas personas que, como los símbolos más claros de lo divino dentro del horizonte cercano, nos regalan su amor, su cuidado, a cada paso. Ninguno de nosotros merece la cantidad enorme de consideraciones que recibe de otros día tras día, desde una mirada de acogimiento y comprensión a un recuerdo silencioso, desde un abrazo a un leve gesto de reconocimiento. Nadie es de suyo tan interesante como para inspirar un amor apasionado, que se nos dedica sólo a nosotros, como habiéndonos diferenciado por lo que nos es más peculiar de entre millones de otras personas que no entendemos que sean en realidad tan distintas como para quedar del todo excluidas de esta predilección maravillosa. Nadie, sobre todo, es lo bastante bueno como para que en cada momento se le esté regalando la presencia de gentes, anónimas o no, respecto de las cuales sabe tan profundamente que es su deber no dañarlas. Si es desgracia no ser amado, incomparablemente mayor desdicha es no amar; pero a esta tragedia provee el nervio divino de lo real simplemente con la donación del prójimo, del realmente otro con quien me tropiezo, cuyo encuentro es ya un acontecimiento de aparición indudable del deber de caridad, del principio de toda justicia.

    Pero estos aspectos del problema general de la gracia pertenecen menos al núcleo de su esencia que al desgranarse de los múltiples fenómenos en los que ésta se expone y se vive. Bástenos con registrar el hecho capital de que el deber de caridad y justicia y, a la inversa, el amor y el cuidado que recibimos gratuitamente, además de ser dones de gracia que constituyen el elemental viático de nuestra vida, tienen la virtud poderosa de simbolizar con máxima eficacia cuál es la verdad última de las cosas. Nadie la deja de percibir, aunque sea como un eco lejano en sus oídos ya desacostumbrados o mal acostumbrados; de modo que sería inútil que volviera nadie de los territorios de ultratumba a relatarnos qué sucede en ellos.

    Texto publicado en págs.15-32 de Una Mirada a la Gracia (Curso en El Escorial de la Facultad de Teología San Dámaso, 2005).