Categoría: Cine

  • El arte de Ruiz de Azúa

    El arte de Ruiz de Azúa

    Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.

    No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.

    No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.

    Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.

    De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.

    He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.

    Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.

    Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.

    Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.

    Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.

    El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.

    Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.

    La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.

  • El mal no es nunca banal, y hay arte que tampoco lo es

    El mal no es nunca banal, y hay arte que tampoco lo es

    La película que parece que cierra la impresionante carrera de Clint Eastwood como director, Jurado Nº 2, no contiene alardes técnicos de ninguna clase. Es, desde el punto de vista del arte cinematográfica, un trabajo cotidiano, la banalidad del buen hacedor de una clase compleja de productos. Una banalidad virtuosa, inocente, al servicio de retratar una historia banal, diaria, corriente, pero llena de la perversidad que casi pasan por alto las conciencias de las personas mediocremente honestas. Es una prueba de madurez: la vida cotidiana está plagada de maldad, pero hay cosas cotidianas que pueden pintarla con perfecta honradez. Desde luego, lo que se presenta en la pantalla no merece más que algunos leves subrayados musicales –como acostumbra a incluir Eastwood hace tiempo–, pero ningún acompañamiento de la belleza deslumbrante que, por ejemplo, empleó Malick para contar la santidad en Una vida oculta. Unas personas junto a otras, cada cual cumpliendo con su vulgar trabajo, parecen incapaces de pasar a ningún relato lleno de sentido. Sin embargo, esta impresión es perfectamente errónea. La película de estas gentes corrientes no tiene ni un plano ni una escena ni un diálogo que no se encuentren plenos de sentido. El intérprete de lo que dice Jurado Nº 2, o sea, cada espectador, pasa a entender que la mera distancia leve que establece un arte humilde respecto de una realidad humana cualquiera obliga a una reflexión moral inesperada y de terrible fuerza. Tal es la hazaña de quien ha repetido esta acción moral en obras de arte tan formidables como Los puentes de Madison o Gran Torino; solo que ahora, para acabar de rodar películas, Eastwood reduce toda brillantez hasta no dejar más que verdad. Como si el funcionario del juzgado le hubiera hecho jurar, ya que es un testigo, que solo va a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

    Kant habló, en su estilo seco pero muchas veces conmovedor, de la impureza del corazón, que mezcla motivos buenos y motivos turbios a la hora de la acción, para que resulte un acto que nadie, en principio, podrá censurar y llevar ante ningún tribunal de este mundo. Pero quien obra así solo está disimulando, quizá incluso ante sus propios ojos, su maldad; una maldad que puede tener repercusiones monstruosas en el daño a otros cuando las circunstancias toman ciertos giros. Por ejemplo, cuando se es fiscal, jurado, acusado, juez, y cuando se está acompañando como terapeuta a un exalcohólico, y cuando se es madre joven tras haber fracasado muy dolorosamente en el pasado.

    El jurado número dos piensa haber chocado contra un venado en un puente, de noche, en la tormenta y después de luchar contra la tentación de ahogar en güisqui la pena que comparte con su pobre mujer. En ese puente donde detiene el coche al notar el impacto un cartel advierte de que bajan a beber del arroyo justamente por allí los ciervos. Imposible ver en la profundidad del barranco al animal con el que se ha topado y que no ha gritado.

    La fiscal tiene delante un proceso fácil con el que remachar su victoria en las elecciones que inmediatamente se van a celebrar en el condado: han detenido al violento novio de una chica asesinada en ese puente del camino, y lo han grabado minutos antes, en los billares, a punto de pegar borracho a la mujer de la que jura estar enamorado. Y a unos cincuenta metros del puente vive un anciano insomne que se dio cuenta de que un coche se detenía la noche del asesinato y salía de él a mirar el barranco justamente ese chico sentado en la barra de los acusados.

    Desde el inicio del juicio, el jurado número dos comprende que él atropelló a la muerta y luego llevó su coche a reparar sin pensar estarse delatando. Quizá lucha moralmente un momento, pero la persona que cuida su restablecimiento le advierte de las consecuencias fatales que tendría para él delatarse a esta altura, sobre todo teniendo en cuenta el abandono en que dejaría a su mujer, a punto de terminar felizmente el embarazo. Quizá ni lucha moralmente el jurado número dos.

    El abogado del turno de oficio que defiende el caso comprende que el acusado no ha cometido ningún crimen. O, mejor dicho, siente profundamente, aun sin mayores pruebas, que no está delante de un arrepentimiento interesado ni de una hipocresía excitada por el peligro de ser condenado a prisión de por vida.

    Nadie presta atención a las evidencias y a la falta de ellas. El número dos se esfuerza por lograr la aparente justicia de que se declare inocente –duda razonable– al chico violento que no ha hecho esta vez nada; pero empieza a notar en su espalda el aliento de las investigaciones que otro jurado, policía jubilado, ha emprendido. Este antiguo policía quizá solo juega a mostrar la impericia de todo el aparato de investigadores que ha intervenido en la detención del único sospechoso, pero sigue el rastro de los coches con la carrocería averiada. Su presunto colaborador en la exculpación del acusado, o sea, el jurado número dos, consigue que echen a la calle al jubilado por estarse dedicando a lo que la ley no permite. Pero las huellas del verdadero homicida involuntario van aún a ser seguidas.

    Nada más parir, la joven madre goza de su hijo con la tranquilidad añadida de que al fin se haya pronunciado sentencia condenatoria contra ese machista poco controlado, mientras su inocente marido, tan buena persona en realidad, queda al margen de lo que podría haber pasado si el juicio hubiera tenido que declararse nulo. No, este marido responsable ha cambiado sus argumentos hasta conseguir la unanimidad de sus colegas de jurado, cuando la mitad de ellos estaba ya dudando –y quienes no dudaban lo hacían por motivos personales e irracionales–.

    ¿Ha valido la pena? Es el mensaje en la tarjeta que acompaña a un ramo de flores que el defensor derrotado deja a su colega, la fiscal. El final del juicio ha ayudado mucho a que esta tenaz jurista sea reelegida. Ella ha escrito, para agradecer el nombramiento, que la justicia no es sino la verdad en acción.

    La trama puede recomenzar gracias a esa enhorabuena discreta.

    La pequeña ciudad de Georgia –yo diría que es mucho más pueblerina y chica que Atlanta– rebosa de males banales, de graves sufrimientos y de pecados y crímenes diabólicos. Todo tan cotidiano y tan vulgar como el lenguaje cinematográfico que ha empleado esta vez Eastwood. Pero solo así, con este método que nadie nota, se puede obtener la distancia precisa en la que se ve los corazones impuros y un corazón, solo uno, que está atravesando un momento de pureza. Quizá se alíe al fin con algún otro. Pero eso es exactamente lo que deja Eastwood que ignoremos; mejor dicho, que lo esperemos sin prueba alguna.

    Es reseña de la película de Clint Eastwood Jurado Nº 2 / Juror #2 <+info>.