Mes: junio 2026

  • Entrevista sobre “Celebrar la vida”

    Entrevista sobre “Celebrar la vida”

    Entrevista en Radio Sefarad, en el programa «Sefer: de libros y autores», en la que abordo los principales temas del libro “Celebrar la vida. Encontrar la felicidad donde no se espera” del rabino Jonathan Sacks, cuyo prólogo ha quedado publicado en una entrada anterior.

  • Aquí, donde estamos

    Aquí, donde estamos

    Sexto y último capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    A los discípulos que venían a verlo por primera vez solía contarles rabí Bunam la historia de Áisik, el hijo de Yékel de Cracovia. Después de años de terrible pobreza que no conmovieron su confianza en Dios, se le ordenó en sueños buscar un tesoro en Praga, bajo el puente que lleva al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Áisik lo obedeció y marchó a Praga. Pero en el puente había día y noche guardias, de modo que no se atrevió a cavar bajo él. Iba todas las mañanas al puente y merodeaba por allí hasta la noche.

    Ya un día, el capitán de la guardia, al que aquellos paseos le habían llamado la atención, le preguntó amistosamente si estaba buscando algo o esperando a alguien. Áisik le contó el sueño que lo había traído desde su lejano país. El capitán se echó a reír: “Y tú, pobre chico, ¿has destrozado tus botas en semejante peregrinación a causa de un sueño? Pero ¿quién se fía de los sueños? Yo habría tenido entonces que lanzarme al camino cuando un sueño me mandó una noche marchar a Cracovia y cavar en busca de un tesoro bajo la estufa del cuarto de un judío que había de llamarse Áisik, hijo de Yékel. ¡Áisik, hijo de Yékel! Fíjate, tendría yo allí, donde la mitad de los judíos se llaman Áisik y la otra mitad Yékel, que ir asaltando casa por casa.”

    Y reía y reía. Áisik le hizo una reverencia, regresó a su hogar, desenterró el tesoro y construyó la sinagoga que se llama la escuela de rev Áisik, hijo de rev Yékel.

    “Atiende bien a esta historia —solía añadir rabí Bunam— y comprende lo que te está diciendo: hay algo que no puedes hallar en ninguna parte del mundo, pero hay un lugar en que lo puedes encontrar.”

    Se trata de un cuento muy viejo, que conocemos por diversas literaturas populares, pero que unos labios jasídicos lo cuentan verdaderamente renovado. No ha sido trasplantado al mundo judío por pura casualidad y superficialmente, sino que ha quedado refundido por la melodía jasídica en la que se narra, aunque esto no es lo decisivo; lo decisivo es que así se ha vuelto como transparente y en él se revela una verdad jasídica. No es que se le haya colgado una moraleja, sino que más bien el sabio que ha vuelto a contarlo ha descubierto al fin su auténtico sentido y lo ha manifestado.

    Hay algo que solo puede hallarse en un único lugar del mundo. Es un gran tesoro que cabe llamar el logro de la existencia. Y el sitio en que se lo puede encontrar es el sitio en el que uno está.

    La mayor parte de nosotros solo llegamos en raros momentos a la plena conciencia del hecho de que no hemos conseguido gustar la plenitud de la existencia; que nuestra vida no tiene parte en la existencia verdaderamente lograda; que la hemos vivido como pasando al margen de la auténtica existencia. Pero notamos siempre cierta carencia y en cierta medida nos esforzamos por encontrar donde sea lo que nos falta. Donde sea: en cualquier rincón del mundo o del espíritu, pero precisamente no donde estamos, donde se nos ha puesto; pero justo aquí y en ningún otro lugar hay que encontrar el tesoro. El entorno que siento como mi ámbito natural, la situación que el destino me adjudica, lo que tropiezo a diario, las exigencias cotidianas: esta es mi tarea esencial y aquí está el logro de la existencia que me espera.

    De un maestro del Talmud cuenta la tradición que se le iluminaron las calles del cielo igual que las de su ciudad natal, Nejardea. El jasidismo cambia el relato: lo realmente grande es que a uno se le iluminen las calles de su ciudad como lo están las del cielo; porque aquí, en nuestro sitio, es donde hay que dejar que brille y luzca la vida divina escondida.

    Y si nos apoderáramos de los confines de la Tierra, no llegaríamos a la existencia lograda, que es lo que sí nos puede conceder una apacible relación de entrega a lo que vive cerca de nosotros. Aunque conociéramos los arcanos de los mundos superiores, no participaríamos por eso tan auténticamente de la verdadera existencia como cuando, en medio de la vida cotidiana, hacemos con santa intención la obra que se nos impone. Nuestro tesoro está enterrado bajo el horno de casa.

    Enseña el Baal Shem que en el curso de nuestra vida no hay encuentro alguno con un ser o una cosa que no encierre un significado secreto. Los hombres con los que vivimos o con los que alguna vez nos encontramos, los animales que nos ayudan en nuestros trabajos o para nuestro sustento, el suelo sobre el que edificamos, las materias naturales que elaboramos, los aparatos que utilizamos, todo alberga una secreta sustancia anímica que nos necesita para llegar a su forma pura, a su perfección. Si descuidamos esta sustancia anímica que se nos ha enviado a nuestro camino, solo tomamos en cuenta nuestros fines del momento y no desplegamos una relación auténtica con los seres y las cosas en cuya vida debemos participar como ellos en la nuestra: desperdiciamos nosotros mismos la existencia verdadera y lograda.

    Yo creo que esta doctrina es esencialmente verdadera. Por más alta cultura a que llegue el alma, quedará fundamentalmente árida e infecunda si de estos pequeños encuentros cotidianos a los que damos lo que les toca, no mana agua de vida que fluya al alma, del mismo modo que un inmenso poder es íntimamente impotencia si no se vincula secretamente a estos contactos —a la vez tan humildes y tan útiles— con los seres que nos son ajenos pero muy próximos.

    Hay religiones que niegan a nuestra estancia en la Tierra el carácter de verdadera vida. O bien enseñan que todo lo que aquí se nos muestra es solo apariencia que tenemos que traspasar, o bien que ahora se trata de la mera antesala del verdadero mundo —una antesala por la que hay circular sin poner demasiada atención en ella—. De ninguna manera enseña esto el judaísmo. Lo que hace de santo un hombre aquí y ahora no es menos importante ni menos verdadero que la vida del mundo futuro. Esta doctrina se plasmó con máximo vigor en el jasidismo.

    Rabí Janoj de Alexánder dijo: “También los gentiles creen que hay dos mundos, y por eso hablan del “mundo aquel”. La diferencia está en que ellos se refieren a que esos mundos están separados, cortados el uno del otro, mientras que Israel confiesa que ambos en verdad son uno y que han de llegar a ser uno solo con plena realidad de tal.”

    En su verdad más íntima, estos dos mundos son un único mundo. Solo es como si se hubieran separado, pero tienen que volver a ser una unidad. Para ello fue creado el hombre: para que una ambos mundos. Y actúa en favor de esta unidad viviendo santamente con el mundo en que ha sido puesto y en el sitio en que está.

    Una vez hablaban en presencia de rabí Pinjás de Korez de la terrible miseria de los pobres. Él escuchaba con creciente furor. Levantó de pronto la cabeza y gritó: “¡Atraigamos a Dios al mundo y todo eso se mitigará!”

    Pero ¿acaso cabe atraer a Dios al mundo? ¿No es una idea disparatada y loca? ¿Cómo se atreve el gusano de tierra a tocar lo que solo descansa en la gracia de Dios? ¡Con todo lo que Dios disfruta de su creación!

    También en este punto se opone la doctrina judía a la de otras religiones, y es en el jasidismo donde más hondamente lo hace. Lo que creemos es que precisamente la gracia de Dios consiste en dejarse ganar por el hombre, en que es como si se hubiera puesto en manos del hombre. Dios quiere venir a su mundo, pero quiere venir a su mundo a través del ser humano. Tal es el misterio de nuestra existencia y la suerte más que humana que se concede al género humano.

    Rabí Méndel de Kozk sorprendió una vez a ciertos eruditos que se hospedaban en su casa preguntándoles: “¿Dónde vive Dios?” Los interpelados se echaron a reír: “Pero ¡qué dices! ¿No está el mundo lleno de su gloria?” Él entonces se respondió a sí mismo: “Dios vive donde se le deja entrar.”

    Esto es lo que al final importa: dejar entrar a Dios. Pero solo podemos dejarlo entrar allí donde estamos, donde realmente estamos, donde vivimos, donde vive la vida verdadera. Si nosotros tratamos santamente con el pequeño mundo que se nos ha confiado, si ayudamos a la santa sustancia del alma a llegar a su perfección en el dominio de la creación con la que vivimos, estamos construyendo en este lugar nuestro un sitio para que Dios lo habite: estamos dejando entrar a Dios.

  • No ocuparse de sí mismo

    No ocuparse de sí mismo

    Quinto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Cuando rabí Jaim de Zans casó a su hijo con la hija de rabí Elieser, fue al día siguiente de la boda a casa del padre de la novia y le dijo: “Consuegro, ahora estamos cerca uno del otro y puedo decirte lo que apena mi corazón. Mira cómo mi cabeza y mi barba se han llenado de canas y sigo sin hacer penitencia.” “Ay, consuegro —le contestó rabí Elieser—, solo piensas en ti. Olvídate y piensa en el mundo.”

    Estas palabras dan la impresión de contradecir todo lo que hasta ahora he dicho acerca de la doctrina del jasidismo. Hemos oído que cada cual tiene que ahondar en el conocimiento de sí mismo, que escoger su particular camino, que unificar su ser, que empezar por sí mismo; y ahora se nos dice que tenemos que olvidarnos de nosotros. Pero si escuchamos más atentamente, estas palabras no solo concuerdan con aquellas otras sino que se les añaden como un miembro necesario, como un estadio necesario que se acopla perfectamente en el todo. Basta con preguntarse: “¿Para qué?” ¿Para qué debo conocerme a fondo a mí mismo, escoger mi camino particular y unificar mi ser? Y la respuesta es: no para mí mismo. De aquí que en el capítulo anterior se dijera: empezar por uno mismo. Empezar por uno mismo, pero no acabar por uno mismo; partir de uno mismo, pero no poner en uno mismo la meta; captar quiénes somos, pero no ocuparnos nada más que con nosotros mismos.

    Vemos aquí a un saddic, a un hombre sabio, piadoso, entregado, que se reprocha en su ancianidad no haberse aún convertido de veras. Tras la respuesta que recibe es evidente que se encuentra la idea de que sobreestima sus pecados y subestima la penitencia que lleva hecha por ellos. Pero lo que se le dice va más allá. Significa, de modo general: “No tienes que estarte siempre atormentando por tus errores, sino que debes emplear la fuerza anímica que gastas en esos reproches a ti mismo en actividad en el mundo, que es a lo que estás destinado. No tienes que ocuparte contigo sino con el mundo.”

    Lo primero es entender correctamente en qué concierne esto a la conversión. Ya se sabe que esta, el tikkún, está en el núcleo de la concepción judía sobre el camino del hombre. Puede renovarlo desde dentro y cambiar su sitio en el mundo de Dios, de modo que el que regresa y se convierte se eleva por encima del saddic perfecto, que no conoce el abismo del pecado. Tikkún significa mucho más que arrepentimiento y actos de penitencia, y es que el hombre que se ha perdido en el laberinto de la búsqueda de sí mismo, en la que él siempre era su propia meta, encuentra al convertir su ser entero un camino hacia Dios, es decir, el camino para cumplir la tarea especial a la que Dios lo ha destinado a él, a este hombre especial. El arrepentimiento solo es el primer impulso hacia este giro tan activo. El que se angustia en un arrepentimiento interminable y se tortura porque no le parecen bastantes las obras de su penitencia, está quitando a su conversión lo más de su fuerza. El rabí de Ger advierte con palabras intensas y atrevidas, predicando en Yom Kippur,1 contra darse tortura a sí mismo: “El que no hace más que hablar de un mal que hizo y darle vueltas —dijo—, jamás deja de pensar en su repulsiva acción; y el hombre está en eso que anda pensando, su alma está enteramente en ello; así, ese hombre se encuentra en la infamia. Es seguro que no podrá convertirse, pues su espíritu se ha hecho grosero y su corazón se ha emponzoñado. Se deja invadir por la melancolía. ¿Qué quieres? Estás venga a manejar excrementos y en eso quedas en adelante: en mero excremento. Pecaste, no pecaste, ¿qué importa eso en el cielo? En ese tiempo de mis cavilaciones podría haber amontonado perlas para alegría del cielo. Por eso está escrito: “Apártate del mal y haz el bien”. Quítate de una vez del mal, no sigas pensando en él, y haz el bien. ¿Hiciste lo que no debías? Opón a eso el hacer ahora lo que debes.”

    Sin embargo, lo que enseña nuestro relato va más allá. Al que no se cansa de torturarse porque la penitencia que ha hecho sigue siempre siéndole insuficiente, lo que esencialmente le importa es salvar su alma, o sea, cuál será su suerte particular en la eternidad. El jasidismo, cuando rechaza el proponerse esta finalidad, se limita a sacar una consecuencia de lo que enseña en general el judaísmo. Se trata de uno de los puntos principales en los que el cristianismo se ha separado del judaísmo: aquel pone como meta suprema de cada ser humano la salvación de su alma. Para el judaísmo, el alma de un hombre es un miembro al servicio de la creación de Dios, la cual debe llegar a ser el reino de Dios gracias a lo que haga el hombre. No es, pues, la meta de ningún alma ella misma, su propia salvación. Claro que nos tenemos que conocer, que purificar, que perfeccionarnos, pero no con vistas a nosotros mismos. Y así como todo ello no lo haremos por nuestra dicha en esta tierra, tampoco por nuestra felicidad eterna, sino por la obra que hay que llevar a cabo en el mundo de Dios. Debe uno olvidarse de sí y poner su pensamiento en el mundo.

    Apuntar a la salvación de la propia alma es sencillamente la figura más sublime del poner en uno mismo la meta. Nada rechaza con tanto énfasis el jasidismo, y en especial respecto de aquel hombre que se ha encontrado y formado a sí mismo. Rabí Bunam enseñaba: “Está escrito: “Tomó a Qóraj.” ¿Y qué es lo que tomó? Lo que quería era tomarse a sí mismo, con lo que ya no servirían sus actos para nada.” Por eso contrapuso al eterno Qóraj el eterno Moisés, el “humilde”, el hombre que no piensa en él mismo haciendo lo que hace. “En cada generación —decía—, vuelven el alma de Moisés y el alma de Qóraj, y cuando el alma de Qóraj se somete voluntariamente al alma de Moisés, Qóraj queda redimido.” Rabí Bunam viene a contemplar la historia del género humano de camino a la redención como un proceso en el que intervienen estos dos tipos humanos: el soberbio, cuya meta es él mismo, siquiera sea en una forma sublime, y el humilde, cuya meta es en todo el mundo. Solo cuando la soberbia se inclina ante la humildad queda el ser humano redimido; y solo cuando el hombre es redimido puede el mundo ser redimido.

    Cuando rabí Bunam murió, uno de sus discípulos, el rabí de Ger, de cuyo discurso en Yom Kippur cité antes un fragmento, dijo: “Rabí Bunam poseía la llave de todos los cielos. ¿Y cómo no, puesto que al hombre que no piensa en sí mismo se le dan todas las llaves?”

    Y el mayor de los discípulos de rabí Bunam, la figura auténticamente más trágica entre todos los saddiqim, rabí Méndel de Kozk, se dirigió así un día a su comunidad reunida: “¿Qué exijo de vosotros? Solo tres cosas: que no os volváis bizcos, que no miréis de través a los demás y que no penséis en vosotros mismos.” El significado era este: lo primero, que cada cual debe salvaguardar y santificar su alma según su peculiar índole y en el sitio en que está, sin envidiar ni otros caracteres ni otros lugares; en segundo lugar, cada cual debe respetar el secreto del alma de su prójimo y no penetrar en ella con insolente curiosidad y luego utilizarla; y en tercer lugar, que cada uno, viviendo consigo y viviendo con el mundo, tiene que cuidarse de no ponerse a él mismo como su propia meta.

    NOTAS:

    1 El Día de la Expiación, la mayor fiesta de la liturgia judía.

  • Empezar por uno mismo

    Empezar por uno mismo

    Cuarto capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Ciertos grandes de Israel se hospedaban una vez en casa de rabí Itsjaq de Worki. Hablaban de cuánto valía para dirigir una casa un sirviente honrado y hábil: cuando es bueno, todo marcha bien, como se ve en el caso de José, en cuyas manos todo florecía. Rabí Itsjaq les llevó la contraria. “Lo mismo pensé yo en otro tiempo —dijo—, pero luego mi maestro me mostró que todo depende del dueño de casa. Cuando era joven mi mujer me daba muchos quebraderos de cabeza, y aunque yo podía soportarlos, me compadecía del servicio. Así que me fui a ver a mi maestro, rabí David de Lelow, y le pregunté si debía hacer frente a mi mujer. Me respondió: “¿Pero por qué me lo dices a mí? ¡Dítelo a ti mismo!” Tuve que meditar estas palabras por un tiempo antes de entenderlas, y las comprendí cuando recordé otras del Baal Shem: “Hay pensamientos, palabras y acciones. Los pensamientos se corresponden con la esposa, las palabras, con los hijos, y las acciones, con los servidores. El que dispone debidamente estas tres cosas verá que todo le va bien.” Entonces entendí lo que había querido decir mi maestro: que todo depende de mí mismo.”

    Esta historia toca uno de los problemas más hondos y más graves de nuestra vida: el verdadero origen de los conflictos entre los seres humanos.

    Cuando surge un conflicto, empezamos explicándonoslo por los motivos de los que son concientes los que disputan que han causado su pelea, y por las situaciones objetivas y los acontecimientos que están a la base de esos motivos y en los que se han visto envueltos ambos contrincantes. O bien procedemos psicoanalíticamente y tratamos de explorar los complejos inconcientes de los que esos motivos son únicamente los síntomas, al modo en que una enfermedad ocasiona perjuicios orgánicos. La doctrina jasídica tiene en común con esta idea el ver en los problemas de la vida al exterior signos de los que se hallan en la vida interior. Se distingue, sin embargo, del psicoanálisis en dos puntos esenciales, uno teórico y otro, aún más importante, práctico.

    La diferencia teórica estriba en que la doctrina jasídica no investiga enredos anímicos particulares, sino que se refiere al hombre entero. Esta diferencia no es en absoluto cuantitativa. De lo que más bien se trata es de reconocer que desprender elementos y procesos parciales de su todo siempre es un impedimento para captar este todo, cuando es así que solo captar el todo como tal puede llevar a un cambio auténtico, a una auténtica curación que empezará por el individuo pero luego lo será de la relación entre él y sus prójimos. (Expresado paradójicamente: buscar el punto capital lo desplaza y hace fracasar todo el intento de superar el problema.) No quiere decirse que no haya que tomar en consideración todos los fenómenos del alma, pero no hay que poner ninguno tan en el centro como si todos los demás se hubieran de derivar de él. Hay más bien que hacer hincapié en todos los puntos, y no en cada uno por separado, sino precisamente en sus relaciones vitales mutuas.

    La diferencia práctica consiste, sin embargo, en que no se trata aquí en absoluto al ser humano como un objeto de investigación, sino que se lo exhorta a enmendar su vida. Lo primero que tiene que reconocer un hombre es que las situaciones conflictivas entre él y los demás son consecuencia de las situaciones conflictivas dentro de su propia alma, de modo que tiene que tratar de superar este conflicto íntimo para salir luego al encuentro de los otros cambiado y pacificado y poder entablar con ellos unas relaciones nuevas y transformadas.

    Desde luego que por naturaleza procura el hombre evitar este cambio decisivo, sin el que su relación cotidiana con el mundo es muy enfermiza, replicando a quien lo exhorta —o a su propia alma, si es ella la que lo exhorta— que en todo conflicto son dos los implicados; si se le exige a él que afronte su conflicto íntimo, hay que exigir lo mismo a la otra parte. Pero esta manera de ver las cosas, en la que cada uno se contempla a sí mismo como si fuera un individuo al que afrontan otros individuos, y no como una auténtica persona cuyos cambios ayudan a que cambie el mundo, es precisamente el error fundamental al que se opone la doctrina jasídica. Lo único que en última instancia importa es empezar por uno mismo, y en el momento de inicio no tengo que preocuparme de nada en el mundo más que del propio inicio. Si me pongo a tomar una u otra actitud respecto de algo distinto, me desvío de mi comienzo, debilito mi iniciativa y frustro toda mi valiente y poderosa empresa. El punto arquimédico desde el que puedo, permaneciendo en mi sitio, mover el mundo es cambiarme a mí mismo. Si en vez de él pongo dos puntos arquimédicos, uno aquí en mi alma y otro allá, en el alma del prójimo con quien tengo un conflicto, inmediatamente pierdo de vista aquello que había empezado a vislumbrar.

    Rabí Bunam enseñaba: «Nuestros sabios dicen: “Busca la paz en tu sitio.” No hay que buscar la paz en parte alguna más que en uno mismo, hasta hallarla ahí. El salmo dice: “No hay paz en mis huesos desde mi pecado.” Solo una vez que ha encontrado el hombre la paz en sí puede salir a buscarla en el mundo entero.»

    Pero la historia de la que he partido no se conforma con indicar de una manera general que el verdadero origen de los conflictos exteriores es el conflicto íntimo. En las palabras del Baal Shem que cita nuestro relato se dice con toda precisión en qué consiste este decisivo conflicto íntimo: es el que se entabla entre tres principios del ser y la vida del hombre: el del pensamiento, el de la palabra, el de la acción. El origen de todos mis conflictos con mis prójimos es que no digo lo que pienso y que no hago lo que digo. Así es como se vuelve cada vez más confusa y envenenada la situación entre nosotros, y al estar yo en pedazos en mi interior pierdo por completo la capacidad de controlarla y me convierto, por más ilusiones en contra que me haga, en su esclavo contra mi voluntad. Nuestra contradicción y nuestra mentira alimentan las situaciones conflictivas y les dan tanto poder que terminan esclavizándonos. Ya no queda más salida que reconocer que hay que cambiar —todo depende de mí mismo— y querer de veras cambiar: quiero enmendarme.

    Pero para que uno llegue a tan gran cosa lo primero que tiene que hacer es cortar el jaleo caótico de su vida y llegar hasta sí mismo. Tiene que encontrarse consigo; pero no con ese yo que se da por supuesto y es únicamente el individuo egocéntrico, sino con la profunda intimidad que es la persona que vive con el mundo. Todos nuestros hábitos combaten este movimiento.

    Acabaré este capítulo con un antiguo chiste que ha renovado la boca de cierto saddic.

    Rabí Janoj contaba: «Había una vez un tonto al que llamaban el Gólem de lo estúpido que era. Cuando se levantaba por la mañana le era tan difícil encontrar todas las piezas de su vestimenta que al anochecer, pensando en tal problema, solía darle miedo irse a dormir. Una noche se resolvió por fin a coger papel y lápiz y a apuntar dónde iba dejando cada parte de su atuendo. A la mañana siguiente, encantado de la vida, tomó el papel y leyó: “La gorra —y allí estaba y se la puso—, el pantalón —allí estaba y fue a por él—, y así hasta tener ya todo. “Muy bien, pero ¿dónde estoy yo? —se preguntó muy angustiado— ¿Dónde me dejé a mí mismo?” Buscó y buscó en vano y no pudo encontrarse». Y el rabí concluía: “Así nos sigue pasando.”