Día: 17 de mayo de 2026

  • Buber – El camino del hombre según las enseñanzas del jasidismo 1

    Buber – El camino del hombre según las enseñanzas del jasidismo 1

    Primer capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Cuando rabí Shneúr Salmán, el rav de Reussen, estaba preso en Petersburgo por haber sido calumniadas ante el gobierno su clarividencia y su vía por cierto dirigente de los Mitnagdim1, al ir a afrontar su interrogatorio, vio que entraba en su celda el comandante de la comisaría. El rostro impresionante y apacible del rav, quien, al principio, sumido en sí mismo, ni lo advirtió, dio ya idea a aquel observador agente de cuál era la naturaleza de su prisionero.

    Entablaron diálogo y enseguida surgieron algunas preguntas que se le habían planteado al funcionario en su lectura de la Escritura. Al final hizo esta pregunta: “¿Cómo hay que entender que Dios, que lo sabe todo, le dijera a Adán: ¿Dónde estás?” “¿Cree usted — respondió el rav— que la Escritura es eterna y que en ella están comprendidos todos los tiempos y todas las generaciones y cada ser humano?” “Lo creo”, dijo el otro. “Pues bien —siguió el saddic2—, Dios llama a cada hombre en todos los tiempos y le dice: ¿Dónde estás tú en tu mundo? Ya han pasado tantos años, tantos días que se te han concedido y ¿hasta dónde has entrado con ellos en tu mundo? Dios viene a decir: Has vivido cuarenta y seis años; ¿dónde estás?”

    Cuando el comandante oyó la cifra que era el número de sus años, se levantó a toda prisa, puso su mano en el hombro del rav y exclamó: “¡Bravo!”; pero su corazón latía desaforadamente.

    ¿Qué sucede en este relato?

    A primera vista nos recuerda las narraciones talmúdicas en las que un romano o un infiel interroga a un sabio judío acerca de un pasaje de la Biblia tratando de descubrir una supuesta contradicción en la doctrina de Israel, y recibe una respuesta que o bien aclara que no existe tal contradicción o bien refuta de algún otro modo la crítica y suele añadir alguna amonestación personal. Pero enseguida echamos de ver una importante diferencia entre los relatos talmúdicos y esta historia jasídica, que, por cierto, se nos presenta al principio mayor de lo que en realidad es. Y es que la respuesta se da aquí en un plano diferente de aquel en que está situada la pregunta.

    El comandante está interesado en descubrir una supuesta contradicción en el mundo de las creencias judías. Los judíos profesan que su Dios es el ser omnisciente, pero la Biblia pone en su boca preguntas de las que hace todo el mundo que ignora algo y desea saberlo. Dios busca a Adán, que se ha escondido; lo llama desde el Jardín y le pregunta que dónde está; luego Dios no sabe y hasta cabe ocultarse de Él y, por tanto, no es el omnisciente.

    En vez de explicar el pasaje bíblico y disolver la aparente contradicción, el rabí parte de ella y la emplea para reprochar al funcionario la vida que ha llevado hasta entonces: la falta de seriedad, la superficialidad y la carencia de todo sentimiento de responsabilidad que hay en su alma. A la pregunta sobre cierto asunto objetivo —que, aunque haya sido planteada con sinceridad, en el fondo no es pregunta alguna sino un intento de empezar una controversia— se le da una respuesta personal o, mejor dicho: en vez de una respuesta, lo que hay aquí es una amonestación personal. De los encuentros sobre los que tratan los relatos del Talmud se diría que lo único que queda es esta amonestación con que solían acabar.

    Pero miremos más de cerca esta historia. El comandante pregunta por un momento del relato bíblico del pecado de Adán. Lo que el rabí le contesta va más allá, puesto que le dice: “Tú mismo eres Adán y es a ti mismo a quien dice Dios: ¿Dónde estás?” No parece que haya dicho nada sobre el significado del pasaje bíblico; pero la verdad es que su respuesta arroja luz tanto sobre la situación de Adán, al que Dios interroga, como sobre la situación de cada ser humano en todo tiempo y en todo lugar. Al oír la pregunta bíblica y entenderla como dirigida a él mismo, el comandante no puede pasar por alto lo que significa que Dios pregunte: “¿Dónde estás?”, tanto si este interrogante se plantea a Adán como si se plantea a cualquier otro hombre. Cuando Dios hace esta pregunta no quiere que el hombre le diga algo que Él aún ignora; lo que quiere es suscitar en el hombre algo que solo esta pregunta puede mover, siempre que lo alcance en su corazón, o sea, siempre que el hombre la deje alcanzarle el corazón.

    Adán se esconde para no tener que dar cuentas, para escapar a la responsabilidad por su vida. Todos los hombres nos escondemos, porque todos somos Adán y todos estamos en la situación de Adán. Para huir de la responsabilidad por la vida que hemos vivido, los seres humanos poseemos todo un equipo de camuflaje. Al ocultarse del “rostro de Dios” cada vez más y más, va el hombre enredándose más y más en lo absurdo. Va así surgiendo una situación nueva, de día en día y de escondite en escondite más y más problemática. Se la puede caracterizar con precisión: el hombre no puede escapar de la mirada de Dios, pero al intentar esconderse de ella, se esconde de sí mismo. Es verdad que incluso entonces sigue habiendo en él algo que Lo busca, pero va haciendo a ese algo cada vez más difícil encontrarlo. Es en esta situación en la que irrumpe la pregunta de Dios. Quiere conmover al hombre y destrozar su camuflaje; quiere mostrarle en dónde ha caído; quiere despertarlo al gran deseo de salir de ahí.

    Todo depende de que el hombre se exponga a la pregunta. Desde luego, en todos, como en el comandante de nuestra historia, el corazón va a latir desaforadamente cuando la pregunta llegue a nuestros oídos; pero el camuflaje ayuda a dominar este movimiento alocado del corazón. La voz no viene en medio de una tormenta que amenace la existencia del hombre, sino que es “la voz de un silencio que se cierne”, y es fácil pasarla por alto. Si esto es lo que sucede, la vida del hombre no se convierte en camino. Por más éxito y placer de que goce un hombre, por más poder que alcance y más logros grandiosos que obtenga, su vida carecerá de camino si no se abre a esta voz.

    Adán se expone a ella, reconoce el apuro en que lo pone y confiesa: “Me he escondido”; y entonces empieza el camino del hombre. Esta resolución de ahondar en sí mismo es el comienzo del camino en la vida del hombre, es siempre el principio del camino del hombre. Pero solo es decisiva y resuelta si lleva al camino. Porque también hay un ahondar en sí estéril y que solo conduce a darse tortura, a la desesperación y a quedar cada vez más hondamente enredado en lo absurdo.

    El rabí de Guer, explicando la Escritura, al llegar a las palabras que dice Jacob a su criado: “Cuando mi hermano Esaú dé contigo y te pregunte: ¿De quién eres, qué quieres, de quién son los que te preceden?”, habló así a sus discípulos: “Atended a cuánto se parecen las preguntas de Esaú a aquello que dicen nuestros sabios: “Considera bien tres cosas: tienes que saber de dónde vienes y a dónde vas y ante quién tienes que responder.” Atended a que necesita una gran prueba el que tiene en cuenta las tres cosas: que Esaú le pregunte; porque también Esaú es capaz de preguntar por estas tres cosas y llenar al hombre de melancolía.”

    Hay una pregunta demoníaca, puramente aparente, que imita horrendamente la pregunta de Dios, la pregunta de la verdad. Se la reconoce en que no se detiene en el ¿dónde estás?, sino que sigue así: “No hay camino alguno para salir del sitio en que has caído.” Hay una manera errada y loca de ahondar en el conocimiento de nosotros mismos, que no hace que nos convirtamos y lleguemos al camino, sino que pretende mostrar que todo volver, toda conversión son imposibles y nos lleva a donde aparentemente no caben ya en absoluto; y el hombre entonces logra seguir viviendo tan solo a base de orgullo demoníaco, del orgullo de la locura y lo absurdo.

    NOTAS:

    1 Al pie de la letra, los Oponentes, o sea, el amplio movimiento que surgió del rabinato tradicional con ánimo de combatir a los Piadosos, o sea, a los Jassidim, los seguidores de un modo de vivir el judaísmo que se remonta en la Europa oriental a las doctrinas y la vida del llamado Baal Shem Tov (el Señor del nombre hermoso), muerto en Polonia sobre 1760. En esta corriente judía, derivada de la Cábala posterior a la Destrucción que significó la expulsión de Sefarad, hay una esencial tendencia mística.

    2 Tsaddiq es justo. Se denominaba así a los rabinos que presidían comunidades jasídicas. Transcribo según la costumbre actual de los filólogos españoles.