Mes: mayo 2026

  • Decisión

    Decisión

    Segundo capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Un jasid del “Vidente de Lublin” ayunaba de sábado a sábado. A media tarde de un viernes le sobrevino una sed tan espantosa que pensó morir. Vio un pozo y se acercó a él con ánimo de beber, pero inmediatamente caviló en que por una hora escasa que le quedaba por aguantar iba a destruir cuanto había trabajado toda aquella semana. No bebió y se alejó del pozo. Y se jactaba, orgulloso por haber superado la prueba; y cuando se dio cuenta de cómo se sentía, se dijo: “Más vale que vaya y beba, que no que mi corazón caiga en la soberbia.” Regresó y llegó hasta el pozo. Cuando ya se inclinaba para sacar agua, notó que su sed había desaparecido. Al empezar el sábado, entró en la casa de su maestro, y este, al verlo en el umbral, le gritó: “¡Qué chapuza!”

    Cuando oí por primera vez esta historia siendo joven me chocó lo duramente que trata en ella un maestro a un alumno tan celoso y aplicado. Había hecho este un esfuerzo ascético extraordinario; se había sentido tentado a romperlo; había superado la tentación; y lo único que cosechó después de todo ello fue un juicio despectivo del maestro. El primer obstáculo había surgido del poder del cuerpo sobre el alma —un poder que hay que vencer—, pero el segundo había surgido del motivo más noble: mejor el fracaso que caer en la soberbia por tener éxito. ¿Cómo cabe regañar a alguien que ha sostenido tal combate interior? ¿No es exigirle demasiado?

    Mucho después, como unos veinte años más tarde, cuando yo mismo me puse a la tarea de pasar la tradición contando esta historia, comprendí que en ella no se trata de exigirle nada a nadie. El saddic de Lublin era precisamente conocido como amigo de la ascética y lo que se propuso su jasid no lo hizo, por cierto, para agradarle sino porque esperaba subir por ese camino a un nivel superior de su alma; y que el ayuno puede servir para este fin en el estadio inicial del desarrollo personal y luego en ciertos momentos críticos, lo había escuchado de la boca del “Vidente”. Pero lo que este dijo a su alumno tras observar, sin duda con perfecta comprensión, cómo se habían desarrollado los acontecimientos de aquella empresa audaz, significaba realmente: “De esta manera no se llega a un nivel superior.” Advertía a su alumno sobre algo que necesariamente le impedía obtener su propósito. Está bastante claro de qué se trataba. La censura se dirigía a que se hacían avances y luego se echaba uno atrás; lo que no estaba bien era este ir y venir en zigzag de la acción. Lo que se opone a la “chapuza” es el trabajo que va directo adelante sin titubeos. Pero ¿cómo se lleva a cabo un trabajo así? Con un alma unificada.

    De nuevo nos asalta la pregunta de si no se ha tratado con esto demasiado duramente a un hombre. Porque las cosas en nuestro mundo van de tal modo que uno —dígalo como quiera: por “naturaleza” o por “gracia”— tiene un alma unificada, un alma que va derecha adelante sin titubeos y lleva a cabo por ello obras unitarias, obras de un solo trazo directo, porque así se lo concede un alma que tiene esa condición y lo hace capaz de tales obras. Otro, en cambio, tiene un alma múltiple, compleja y contradictoria, que determina, claro está, cómo actúa: los obstáculos y las perturbaciones que experimenta proceden de los obstáculos y las perturbaciones de su alma: la inconsistencia de ella se plasma en la inconsistencia de ese hombre. ¿Qué puede hacer un hombre nacido así más que esforzarse por superar las tentaciones que se le presentan cuando se encamina a cualquier fin que se haya propuesto? ¿Qué otra cosa puede hacer que, en mitad de su acción, como suele decirse, procurar “concentrarse”, o sea, reunir una y otra vez su alma dispersa para dirigirla a su fin y estar dispuesto, como el jasid de nuestra historia, a sacrificar su fin para salvar su alma cuando lo invade la soberbia?

    Analicemos de nuevo desde estos puntos de vista la historia. Vemos entonces enseguida la doctrina que se oculta en la crítica del “Vidente”. Y es que el hombre sí puede unificar su alma. Un hombre con el alma múltiple, compleja y contradictoria no está perdido: lo más íntimo de ella, la fuerza de Dios en lo hondo del alma, puede actuar eficazmente y cambiarla; puede atar unas a otras a las fuerzas que se combaten mutuamente en ella; puede fundir los elementos que pugnan en direcciones opuestas y así unificarlos. Esta unificación tiene que llevarse a cabo antes de que un hombre emprenda un trabajo fuera de lo común. Solo con el alma unificada conseguirá que su obra no sea una chapuza sino que esté hecha directamente y sin titubeos. El reproche que el “Vidente” hizo al jasid es, pues, que se lanzó a su audaz intento con el alma dispersa, y ya en medio de él no se consigue unificarla. No hay que creer que la ascesis puede aportar esta unificación; puede limpiar y concentrar, pero no hacer que esto que sí consigue se preserve hasta lograr la meta. No puede proteger al alma de sus propias contradicciones.

    No hay que perder de vista además que no existe una unificación del alma que sea definitiva. Igual que el alma que ya desde el nacimiento está muy unida se ve asaltada a veces por dificultades interiores, tampoco la que lucha más duramente por su unidad llegará jamás perfectamente a ella. Sin embargo, toda obra que realizo partiendo de un alma unida, tiene su efecto sobre mi misma alma: es eficaz a propósito de una unificación nueva y más alta. Toda obra de esta naturaleza me lleva, aunque sea dando rodeos, a una unidad más estable que la que la precedió. Se llega así a un momento en el que dejamos a su aire a nuestra alma porque ya tiene tal unidad que supera sus contradicciones como quien juega. Hay que seguir estando también entonces alerta, pero en una alerta distendida.

    Uno de los días de Janucá1 llegó inesperadamente rabí Nahum, uno de los hijos del rabí de Rizin, a la casa de estudio y encontró a sus alumnos jugando a las damas, que estaban de moda en aquella época. Cuando vieron entrar al saddic, se detuvieron confusos. Él les hizo, sin embargo, un gesto amable y les preguntó: “¿Conocéis las leyes del juego de las damas?” Y como la vergüenza y el respeto no les dejaban abrir la boca, continuó: “Os diré cuáles son las leyes del juego de las damas. La primera es que no se pueden dar dos pasos a la vez; la segunda, que siempre hay que avanzar y nunca que retroceder; y la tercera, que cuando se llega arriba ya puede una dama moverse a donde quiera.”

    Se entendería radicalmente mal lo que significa la unificación del alma si se tomara por “alma” algo que no sea el hombre entero, cuerpo y espíritu. El alma no está realmente unificada si no lo están todas las fuerzas del cuerpo y todos sus miembros. El versículo: «Todo lo que tu mano encuentra que hacer, hazlo con tu fuerza» lo explicaba así el Baal Shem: lo que uno hace, debe hacerlo con todos sus miembros, o sea, que tiene que participar en la acción el cuerpo entero; nada de él debe quedar al margen. La obra del hombre que ha llegado a ser tal unión de cuerpo y espíritu es la que se hace toda recta, de una vez y sin titubeos.

    NOTAS:

    1 Que conmemora la dedicación (janukká) del Segundo Templo y evoca la rebelión macabea contra los reyes griegos de Siria.

  • El camino particular

    El camino particular

    Segundo capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Una vez, rabí Bär de Radoschitz pidió a su maestro, el “Vidente” de Lublin: “¡Enséñame un camino universal para servir a Dios!” El saddic contestó: “No conviene decir a un hombre qué camino debe seguir, porque hay un camino que es servir a Dios enseñando; otro, mediante la oración; otro, por el ayuno; y otro por la comida. Cada uno ha de atender a qué camino lo atrae su corazón y luego debe decidirse por él con todas sus fuerzas.”

    Estas palabras hablan en primer lugar de nuestra relación con el servicio auténtico de Dios que ha habido antes de nosotros. Tenemos que venerarlo, tenemos que aprender de él; pero no debemos seguirlo tal cual. Lo que de grande y de santo se ha hecho es para nosotros ejemplo porque pone ante nuestros ojos lo que son la grandeza y la santidad; pero no se trata de un modelo que tengamos que repetir. Por poca cosa que sea lo que consigamos rendir nosotros, si lo medimos con el metro de lo que nuestros padres hicieron, su valor está en que lo hemos llevado a cabo a nuestro modo y con nuestras propias fuerzas.

    Un jasid preguntó al maguid1 de Zloczow: “Está escrito que todos en Israel estamos obligados a preguntarnos cuándo alcanzarán nuestras obras a las de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob. ¿Cómo hay que entenderlo? ¿Acaso nos es lícito atrevernos a pensar que podemos igualarnos con los Padres?” El maguid le explicó: “De la misma manera que los Padres fundaron nuevos modos del servicio divino, y cada uno el suyo conforme a su naturaleza —uno el del amor, otro el de la fuerza, otro el del esplendor—, así también debemos nosotros innovar, cada uno conforme a su naturaleza, a la luz de la doctrina y del servicio, para no hacer lo que ya se ha hecho, sino lo que hay que hacer.”

    Con cada ser humano queda puesto en el mundo algo nuevo, algo que aún no ha habido, algo serio y único. “Es deber de cada cual en Israel saber y meditar que él tiene una índole que es única en el mundo, que aún no ha habido sobre este mundo nadie igual a él, porque si ya lo hubiera habido, no habría tenido necesidad de venir al mundo. Cada individuo es un ser nuevo en el mundo y debe en él realizar perfectamente lo que él es. Porque, en verdad, el hecho de que no es así es lo que retrasa la venida del Mesías.” Este ser uno y único es nuestra tarea configurarlo y ponerlo en obra, mientras que no lo es hacer de nuevo lo que otro, por grande que fuera, llevó a cabo. Ya anciano, cuando se había quedado ciego, dijo una vez el sabio rabí Bunam: “No querría cambiarme por el padre Abraham. ¿Qué sacaría Dios en limpio si nuestro padre Abraham se convirtiera en el ciego Bunam y el ciego Bunam en Abraham?” Y aún con más fuerza dijo lo mismo rabí Susia, cuando exclamó poco antes de morir: “En el mundo que viene no se me preguntará por qué no he sido Moisés: lo que se me preguntará es por qué no he sido Susia.”

    He aquí una doctrina que se basa en el hecho de que los hombres son de suyo distintos y, en consecuencia, no quiere que hagan lo mismo. Todos los seres humanos tienen su acceso a Dios, pero cada uno uno diferente. Es precisamente en esta variedad de los hombres, en la diferencia de cómo son y a qué tienden, en la que estriba la gran oportunidad concedida a nuestra especie. La inmensidad de Dios que todo lo abarca se despliega en la infinita multiplicidad de los caminos que llevan a Él, cada uno de los cuales está abierto para una sola persona.

    Cuando algunos discípulos de un saddic que murió vinieron al “Vidente” de Lublin y quedaron perplejos al ver que sus costumbres no eran como las de su maestro, él les dijo: “¡Vaya un Dios sería el que no tuviera más que un camino por el que se le pudiera servir!” Pero al poder ir cada hombre a Dios desde el punto que ocupa, desde lo que es de suyo, es el género humano como tal el que logra llegar a Dios avanzando por todos los caminos.

    Dios no dice: “Este es el camino que lleva a mí y este no”, sino que dice: “Todo lo que haces puede ser un camino hacia mí siempre que lo hagas para que te traiga a mí.” Pero qué sea esto que puede y debe hacer este preciso hombre y ningún otro, solo se le revela desde él mismo. Solo puede desviar aquí, como queda dicho, el ponerse a mirar lo lejos que otro ha llegado y tratar de imitarlo. Haciendo esto pierde un hombre cuál es la vocación única que solo a él ha sido dada. El Baal Shem dice: “Cada cual debe conducirse según el nivel que tiene. Pero si no es así y uno se piensa puesto en el nivel de otro viajero y desecha el propio, no podrá llevar a término ninguno de los dos.”

    Nada puede, pues, decir a un ser humano por qué camino llegará a Dios, sino el conocimiento de lo que él mismo es, de su índole propia y de a qué se inclina. “En cada uno hay algo precioso que no está en ningún otro.” Pero qué sea esto “precioso” en él solo podrá descubrirlo si capta de verdad qué siente con más fuerza, que desea más que nada, qué es lo que mueve lo más íntimo que hay en él.

    Es cierto que con frecuencia reconoce el hombre lo que siente con más fuerza solo en la figura de una pasión especial: en la figura del “impulso malo” que quiere seducirlo. Lo natural es que el ansia más poderosa de un hombre empiece lanzándose por el ansia de las cosas en torno que prometen calmársela. Lo que importa es que dirija a lo absoluto la fuerza de ese mismo sentimiento; que oriente este ímpetu de lo contingente a lo necesario, de lo relativo a lo absoluto. Así es como encuentra su camino.

    Un saddic enseña: “Cuando termina el libro del Eclesiastés, está escrito: “Al final es cuando se entiende la totalidad de las cosas: ¡teme a Dios!” Cuando llegues al final de lo que sea, justo al acabarlo, escucharás esta sola palabra: ¡Teme a Dios!, y ella es la totalidad. No hay nada en el mundo que no te muestre un camino hacia el temor de Dios y hacia Su servicio. Todo es mandamiento.” De ninguna manera puede ser nuestra auténtica tarea en el mundo en el que se nos ha puesto dar la espalda a las cosas y los seres con que nos encontramos y que atraen a ellos nuestro corazón; lo que tenemos es que entrar en contacto con todo esto, con cuanto en todo se revela de belleza, de gozo, de placer, santificando nuestra relación con el mundo. El jasidismo enseña que la alegría por este mundo, cuando lo santificamos con todo nuestro ser, lleva a la alegría por Dios.

    En el relato del “Vidente” parece que hay la contradicción de que entre los caminos se pone los ejemplos del que pasa por comer y el que pasa por ayunar. Pero si tomamos en consideración el conjunto entero de la enseñanza jasídica, vemos que alejarse de la naturaleza, abstenerse de la vida natural puede, desde luego, alguna vez ser el inicio del camino de un hombre, e incluso que puede serlo en las encrucijadas de la vida un necesario aislamiento; pero no cabe que sea así todo el camino. Hay quien puede comenzar ayunando y estar repitiendo su ayuno una y otra vez porque no tenga más remedio que liberarse mediante la ascesis de su estar esclavizado al mundo y porque solo por este medio pueda llegar a conocerse de veras profundamente a sí mismo y, partiendo de ambas cosas, a unirse a lo absoluto; pero jamás le es lícito al ejercicio ascético reclamar una posición de dominio sobre la vida de un ser humano. El hombre solo debe alejarse de la naturaleza para regresar a ella renovado y hallar el camino a Dios a través del contacto santificado con ella.

    La frase de la Escritura que dice de Abraham cuando recibe a los ángeles como sus huéspedes: “Estaba sobre ellos bajo el árbol y ellos comían” la interpretaba rabí Susia en el sentido de que el hombre está sobre los ángeles porque conoce, y ellos la ignoran, la intención de la comida que la santifica. A los ángeles, que jamás habían comido, Abraham les lleva ventaja por la intención con la que solía siempre consagrar a Dios la comida. Toda acción natural lleva, cuando se la santifica, a Dios, y la naturaleza necesita del hombre para que realice en ella lo que ningún ángel puede llevar a cabo: santificarla.

    NOTAS:

    1 Maggid es predicador.

  • Conocerse a sí mismo

    Conocerse a sí mismo

    Primer capítulo de una introducción espiritual al jasidismo escrita por Martin Buber meditando después de la Segunda Guerra Mundial las historias que llevaba cuarenta años narrando y unos sesenta escuchando. La traducción es mía.

    Cuando rabí Shneúr Salmán, el rav de Reussen, estaba preso en Petersburgo por haber sido calumniadas ante el gobierno su clarividencia y su vía por cierto dirigente de los Mitnagdim1, al ir a afrontar su interrogatorio, vio que entraba en su celda el comandante de la comisaría. El rostro impresionante y apacible del rav, quien, al principio, sumido en sí mismo, ni lo advirtió, dio ya idea a aquel observador agente de cuál era la naturaleza de su prisionero.

    Entablaron diálogo y enseguida surgieron algunas preguntas que se le habían planteado al funcionario en su lectura de la Escritura. Al final hizo esta pregunta: “¿Cómo hay que entender que Dios, que lo sabe todo, le dijera a Adán: ¿Dónde estás?” “¿Cree usted — respondió el rav— que la Escritura es eterna y que en ella están comprendidos todos los tiempos y todas las generaciones y cada ser humano?” “Lo creo”, dijo el otro. “Pues bien —siguió el saddic2—, Dios llama a cada hombre en todos los tiempos y le dice: ¿Dónde estás tú en tu mundo? Ya han pasado tantos años, tantos días que se te han concedido y ¿hasta dónde has entrado con ellos en tu mundo? Dios viene a decir: Has vivido cuarenta y seis años; ¿dónde estás?”

    Cuando el comandante oyó la cifra que era el número de sus años, se levantó a toda prisa, puso su mano en el hombro del rav y exclamó: “¡Bravo!”; pero su corazón latía desaforadamente.

    ¿Qué sucede en este relato?

    A primera vista nos recuerda las narraciones talmúdicas en las que un romano o un infiel interroga a un sabio judío acerca de un pasaje de la Biblia tratando de descubrir una supuesta contradicción en la doctrina de Israel, y recibe una respuesta que o bien aclara que no existe tal contradicción o bien refuta de algún otro modo la crítica y suele añadir alguna amonestación personal. Pero enseguida echamos de ver una importante diferencia entre los relatos talmúdicos y esta historia jasídica, que, por cierto, se nos presenta al principio mayor de lo que en realidad es. Y es que la respuesta se da aquí en un plano diferente de aquel en que está situada la pregunta.

    El comandante está interesado en descubrir una supuesta contradicción en el mundo de las creencias judías. Los judíos profesan que su Dios es el ser omnisciente, pero la Biblia pone en su boca preguntas de las que hace todo el mundo que ignora algo y desea saberlo. Dios busca a Adán, que se ha escondido; lo llama desde el Jardín y le pregunta que dónde está; luego Dios no sabe y hasta cabe ocultarse de Él y, por tanto, no es el omnisciente.

    En vez de explicar el pasaje bíblico y disolver la aparente contradicción, el rabí parte de ella y la emplea para reprochar al funcionario la vida que ha llevado hasta entonces: la falta de seriedad, la superficialidad y la carencia de todo sentimiento de responsabilidad que hay en su alma. A la pregunta sobre cierto asunto objetivo —que, aunque haya sido planteada con sinceridad, en el fondo no es pregunta alguna sino un intento de empezar una controversia— se le da una respuesta personal o, mejor dicho: en vez de una respuesta, lo que hay aquí es una amonestación personal. De los encuentros sobre los que tratan los relatos del Talmud se diría que lo único que queda es esta amonestación con que solían acabar.

    Pero miremos más de cerca esta historia. El comandante pregunta por un momento del relato bíblico del pecado de Adán. Lo que el rabí le contesta va más allá, puesto que le dice: “Tú mismo eres Adán y es a ti mismo a quien dice Dios: ¿Dónde estás?” No parece que haya dicho nada sobre el significado del pasaje bíblico; pero la verdad es que su respuesta arroja luz tanto sobre la situación de Adán, al que Dios interroga, como sobre la situación de cada ser humano en todo tiempo y en todo lugar. Al oír la pregunta bíblica y entenderla como dirigida a él mismo, el comandante no puede pasar por alto lo que significa que Dios pregunte: “¿Dónde estás?”, tanto si este interrogante se plantea a Adán como si se plantea a cualquier otro hombre. Cuando Dios hace esta pregunta no quiere que el hombre le diga algo que Él aún ignora; lo que quiere es suscitar en el hombre algo que solo esta pregunta puede mover, siempre que lo alcance en su corazón, o sea, siempre que el hombre la deje alcanzarle el corazón.

    Adán se esconde para no tener que dar cuentas, para escapar a la responsabilidad por su vida. Todos los hombres nos escondemos, porque todos somos Adán y todos estamos en la situación de Adán. Para huir de la responsabilidad por la vida que hemos vivido, los seres humanos poseemos todo un equipo de camuflaje. Al ocultarse del “rostro de Dios” cada vez más y más, va el hombre enredándose más y más en lo absurdo. Va así surgiendo una situación nueva, de día en día y de escondite en escondite más y más problemática. Se la puede caracterizar con precisión: el hombre no puede escapar de la mirada de Dios, pero al intentar esconderse de ella, se esconde de sí mismo. Es verdad que incluso entonces sigue habiendo en él algo que Lo busca, pero va haciendo a ese algo cada vez más difícil encontrarlo. Es en esta situación en la que irrumpe la pregunta de Dios. Quiere conmover al hombre y destrozar su camuflaje; quiere mostrarle en dónde ha caído; quiere despertarlo al gran deseo de salir de ahí.

    Todo depende de que el hombre se exponga a la pregunta. Desde luego, en todos, como en el comandante de nuestra historia, el corazón va a latir desaforadamente cuando la pregunta llegue a nuestros oídos; pero el camuflaje ayuda a dominar este movimiento alocado del corazón. La voz no viene en medio de una tormenta que amenace la existencia del hombre, sino que es “la voz de un silencio que se cierne”, y es fácil pasarla por alto. Si esto es lo que sucede, la vida del hombre no se convierte en camino. Por más éxito y placer de que goce un hombre, por más poder que alcance y más logros grandiosos que obtenga, su vida carecerá de camino si no se abre a esta voz.

    Adán se expone a ella, reconoce el apuro en que lo pone y confiesa: “Me he escondido”; y entonces empieza el camino del hombre. Esta resolución de ahondar en sí mismo es el comienzo del camino en la vida del hombre, es siempre el principio del camino del hombre. Pero solo es decisiva y resuelta si lleva al camino. Porque también hay un ahondar en sí estéril y que solo conduce a darse tortura, a la desesperación y a quedar cada vez más hondamente enredado en lo absurdo.

    El rabí de Guer, explicando la Escritura, al llegar a las palabras que dice Jacob a su criado: “Cuando mi hermano Esaú dé contigo y te pregunte: ¿De quién eres, qué quieres, de quién son los que te preceden?”, habló así a sus discípulos: “Atended a cuánto se parecen las preguntas de Esaú a aquello que dicen nuestros sabios: “Considera bien tres cosas: tienes que saber de dónde vienes y a dónde vas y ante quién tienes que responder.” Atended a que necesita una gran prueba el que tiene en cuenta las tres cosas: que Esaú le pregunte; porque también Esaú es capaz de preguntar por estas tres cosas y llenar al hombre de melancolía.”

    Hay una pregunta demoníaca, puramente aparente, que imita horrendamente la pregunta de Dios, la pregunta de la verdad. Se la reconoce en que no se detiene en el ¿dónde estás?, sino que sigue así: “No hay camino alguno para salir del sitio en que has caído.” Hay una manera errada y loca de ahondar en el conocimiento de nosotros mismos, que no hace que nos convirtamos y lleguemos al camino, sino que pretende mostrar que todo volver, toda conversión son imposibles y nos lleva a donde aparentemente no caben ya en absoluto; y el hombre entonces logra seguir viviendo tan solo a base de orgullo demoníaco, del orgullo de la locura y lo absurdo.

    NOTAS:

    1 Al pie de la letra, los Oponentes, o sea, el amplio movimiento que surgió del rabinato tradicional con ánimo de combatir a los Piadosos, o sea, a los Jassidim, los seguidores de un modo de vivir el judaísmo que se remonta en la Europa oriental a las doctrinas y la vida del llamado Baal Shem Tov (el Señor del nombre hermoso), muerto en Polonia sobre 1760. En esta corriente judía, derivada de la Cábala posterior a la Destrucción que significó la expulsión de Sefarad, hay una esencial tendencia mística.

    2 Tsaddiq es justo. Se denominaba así a los rabinos que presidían comunidades jasídicas. Transcribo según la costumbre actual de los filólogos españoles.