He estado muy recientemente en una mesa redonda interesante, tranquila, llena de intercambios de opinión. Era en el Círculo de Bellas Artes y la organizaba VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos). El centro de las preocupaciones de muchos de los presentes era cómo animar a partes significativas de la sociedad a gozar del arte: a gozar intelectivamente, como pienso que diría nuestro Zubiri. Apenas un par de días después he encontrado una pieza artística que puede alcanzar esa meta: la última película de Paolo Sorrentino, La grazia –traducción menos equívoca sería el indulto, pero es muy preferible mantener los varios sentidos de la gracia– . Digo última también en la idea de que aquí se contiene una cima de madurez en la reflexión sobre la vejez y la retirada a lo privado, de modo que por esta dirección ya no cabe que el autor llegue más allá –salvo si sufre una transformación no esperable– . No he visto más que tres obras de Sorrentino y forman una subida hacia este lugar que es la estación término.
Era imposible que no se hiciera amplio espacio en La gracia a la belleza de Roma, vista sobre todo desde los techos del palacio del Quirinal. El bagaje cultural del director se refleja en cada plano y parece llevarlo sobre los hombros este actor del que Sorrentino no se sabe separar cuando reflexiona en serio (Toni Servillo). Pero dejamos a un lado los excesos de color y sorpresa de La gran belleza, sin renunciar a sorpresas varias. Hay una deliciosa carga de ironía que no estorba en absoluto sino que subraya, como un condimento en un plato exquisito, todo el contenido de los pasos que va dando el guion. ¡Y qué bien escritos están los diálogos!
El mínimo argumento es el relato de los últimos meses en que ocupa la presidencia de la República Italiana un gran jurista que ha logrado –ironía básica– la admiración y el apoyo de la inmensa mayoría de la gente. Es un viudo inconsolable después de cuarenta años de matrimonio. Es además alguien que se atiene a las verdades y las exactitudes del Derecho, porque fuera de los códigos la verdad jamás es exacta. Esta obra de arte la ha rodado Michel de Montaigne, solo que adecuadamente disfrazado de romano lleno de melancolía, ansias y hasta afanes de venganza –está convencido de que su amadísima Aurora lo traicionó una vez, hace mil años, y ha de haber sido con algún amigo próximo, de todos esos, también juristas, de los que no se puede nadie fiar, y necesita hacer su justicia con ese canalla que ha envenenado sus horas de felicidad–. Por otra parte, este Jefe del Estado que se jubila es católico y no tiene más confidente que un papa de raza indefinida –pero nada de caucásico, como ahora se dice– y que anda en un scooter con la larga coleta de su pelo al viento. Utiliza a su hija, también abogada, como su mano derecha, mientras que el hijo hizo las américas para componer música pop. El final de la magistratura tiene pendientes dos asuntos: otorgar o denegar el indulto a dos asesinos de sus respectivas parejas y firmar o dejar correr una ley sobre la eutanasia a la que va proponiendo el gran abogado enmiendas constantes.
Un momento espléndido que el espectador verá solo casualmente es cómo lo primero que hace el señor De Santis al reintegrarse a su viejo piso en el centro de Roma, por allá alrededor de Plaza Navona, es colgarse al cuello un rosario que allí yacía guardado pero a mano. En general, cuando rezaba en el Quirinal lo vencía pronto el sueño; ahora quizá lo haya abandonado.
El jubilado cena frecuentemente en su cocina con una amiga de su edad, que es atea, de la que intenta desesperadamente obtener la información que deje de atormentarlo.
Lentamente va el espectador entrando en su alma al ritmo de las meditaciones, las conversaciones y los rezos del señor De Santis. La hija sondea en la cárcel a la mujer joven que mató a su marido por amor, según dice, y el Presidente la imita yendo luego a ver a la cárcel al viejo profesor rural que hizo lo mismo –según dice, claro– con su anciana mujer. Todo el pueblo, menos el alcalde y su esposa, han firmado la petición de indulto. Los diálogos sacarán probablemente la verdad y obligarán a los juristas a precisar su apego a la ley en el rango de sus demás apegos.
¿De quién es nuestra vida?, pregunta reiteradamente la abnegada y agotada hija del Presidente. Aquí está el quicio de la obra. Parece que si se responde que mi vida es mía y la de cada uno es de cada uno, se margina cualquier visión cristiana. No va Sorrentino a acudir estúpidamente con la respuesta final. En absoluto: lo que se afirma es tan solo que cuesta un enorme esfuerzo decir que mi vida realmente es mía. En otras palabras: hay que ser muy valiente para llegar a la lucidez de que yo, en principio en soledad, controlo mi vida libremente y bajo la advertencia de tener que ser responsable; ello, naturalmente, junto a la evidencia de cómo las circunstancias se nos imponen por ellas solas. Lo que en realidad hacen es forzarnos, mejor dicho, casi forzarnos a ser en serio personas libres con auténtica vida moral que forje en lo esencial toda nuestra concepción del mundo.
Sin querer insultar ni a la condición humana ni a la sociedad de hoy, simplemente se recuerda que es precisa una orientación propia, una voz que no sea el repetidor de una tendencia o una fuerza que nos arrastra siempre, porque estamos exageradamente sometidos a la tentación de olvidar la realidad –nuestra realidad antes que cualquier otra –.
Se va probando a las personas y a las cosas; se va induciendo cómo corregir el sentido de las acciones; se mantiene uno en un delicado punto de incertidumbre respecto de todo porque no se tiene certeza ni sobre lo que se esconde aún en el alma, ni sobre las contingencias providenciales que confiesa este Montaigne contemporáneo que nos vienen de todos los frentes.
El Corso con sus gentes de todos los estilos –y sus lamentables nuevas franquicias de ropa y zapatillas–; el sol del barrio del Panteón, velado por los estores del viejo apartamento; el humo de los pitillos prohibidos; la misteriosa noche llena de torres que se avista desde la colina del Quirinal: belleza y no belleza que expresan la trama de la vida cuando se tiene la prudencia de no someterla a unos pocos conceptos violentos y, en definitiva, mentirosos.
Mes: abril 2026
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Montaigne filma en Roma
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Empezar a leer a Levinas (1)
El tema inicial de la filosofía de Levinas es común con varias de las más interesantes obras del último siglo: el subrayado poderoso del valor cognoscitivo, práctico y existencial —incluso metafísico— de la afectividad, ese asunto tan descuidado en la época moderna de la filosofía. Desde luego, Levinas lo hereda directamente del Heidegger de Ser y tiempo, que a su vez lo ha recibido tanto de Max Scheler como de Søren Kierkegaard; y lo comparte con Michel Henry. Este punto no tiene nada que ver con abrir el paso a lo irracional, como Levinas se ha esforzado muchas veces de argumentar años adelante.1
Desde muy pronto, captó Levinas la necesidad de enmendar a su “genial maestro” con carné del partido nazi, pero sin retroceder a ningún pasado —exceptuando las fuentes literarias y proféticas del sentido—. La filosofía radical o primera no debía obviar a Heidegger. Y la experiencia del hitlerismo, la drôle de guerre y el campo de internamiento en territorio del Reich, más la incertidumbre respecto del destino de su familia, obligaron al joven pensador a descender a enigmas que cumplían su objetivo de criticar las insuficiencias de Ser y tiempo —tales y tan grandes como para no haber impedido a un hombre inteligente estar del lado del horror en los años decisivos—.
No es solo que en la afectividad, antes que en la especulación, se anuncien los temas candentes de cada época, y así el arte cuenta con la perenne posibilidad de introducirse el primero en los nuevos campos de la ontología; sino que una construcción filosófica que no arraiga en la afectividad degenera enseguida en un más o menos complejo juego de palabras. Entre los pensamientos filosóficos el mero diálogo no es realmente diálogo: tiene que comprometer el corazón de los interlocutores, entendiendo por tal, como en el origen de nuestra tradición, el centro mismo de la existencia individual.
No es muy discutible que la alternativa más profunda entre los afectos humanos primordiales es la que ve nuestra realidad como esencialmente dependiente de la totalidad de las cosas reales y la que la experimenta como libertad tan extrema que se atreve a desatender esa totalidad. El sentimiento original de estas ramas de la alternativa básica se expresa pronto y sobre todo en la disyuntiva que separa las religiones de esa cultura religiosa peculiar que es el judaísmo. Schleiermacher describía al hombre religioso como un análogo del niño que se siente un mero momento del sagrado Uno y Todo, o sea, en una dependencia absoluta, y no hay mucha distancia entre este concepto y los utilizados tan brillantemente por Rudolf Otto: el hallarse en la presencia del misterio tremendo y fascinante —aunque en el trabajo de Otto ha influido ya intensamente su vocación de teólogo cristiano y, por ello mismo, heredero del judaísmo—.2
Levinas no puede explicar con solo este esquema el milagro de la filosofía griega, precisamente como fase evolutiva tardía de la mitología —sigue siendo imprescindible en este sentido la filosofía de la madurez de Schelling—. Él, como es recurrente en los mejores pensadores de los dos últimos siglos, tiende a difuminar —yo califico esto de blasfemia— la originalidad maravillosa de los filósofos griegos, en especial Platón —y su Sócrates—. Esa falta de justicia histórica importa mucho a la hora de considerar, igual que tantos otros, el cristianismo como una combinación ambigua de Atenas y Jerusalén. Pero este es tema para un análisis extenso en otro momento.
La tendencia del desarrollo secular de la ontología ha sido, desdichadamente, la de la progresiva alienación tanto de la religión como del sentimiento de radical libertad; al menos, es lo que ocurre en la cultura popular y, por tanto, en la lucha política. Hace un siglo, como en un verdadero fin de mundo, la escena la ocupaban el hitlerismo, el fascismo y el leninismo, frente a unas democracias liberales con terrible escasez de alma.
El segundo asunto capital de la reflexión de Levinas se ha mantenido a todo lo largo de ella, aunque ha dado lugar a inflexiones múltiples, que se encuentran entre lo más original que Levinas ha propuesto: hay que comprender que no hay liberación más difícil que la que desprende el presente del pasado, o sea, aquella que no interpreta el presente más que como una consecuencia inevitable, deductiva incluso, del pasado; y ello, en el individuo mismo. Esta liberación ni consiste ni puede consistir en la supresión del pasado, sino que se trata en ella de que el presente tenga la capacidad de saltar a algo nuevo, inédito respecto de todo pasado.
Eso es exactamente la libertad personal. Pero la gran cuestión es la de la condición que la hace posible. ¿Acaso no tiene la libertad que estar solicitada, sugerida, atraída, apelada? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿No es entonces la liberación el eco de la acogida de esta llamada, es decir, una respuesta, una responsabilidad elemental a propósito de lo que excita al presente a saltar por encima de la sombra del pasado? Y si es así, aquí hay un punto de sorprendente coincidencia con el sentimiento alternativo de la dependencia absoluta: me libero en la medida en que soy liberado o, por lo menos, convocado a liberarme, o sea, a poner en acto mi libertad. Dependo, pues, de lo otro o del otro, aunque sea en una forma muy diferente de la que recogía la descripción clásica de Schleiermacher. Levinas se encuentra en este punto entre Henri Bergson, que no ahonda en esta solicitación de la libertad, y Franz Rosenzweig, que directamente se refiere a que el ser humano se ve forzado a responder a una llamada — es claro que puede hacerlo prescindiendo de su libertad en el mismo instante en que la ve nacer, es decir, irresponsablemente—. Hay algo de ambos antecedentes en el pensamiento de Levinas, pero sin que eso disminuya la casi violenta dosis de novedad que ha introducido —y que es esencial en su noción del judaísmo, no solo de la filosofía primera—.
De hecho, esta cuestión no se puede abordar más que desde otra, que fue la que centró la meditación de Levinas en la época del auge del hitlerismo y la estancia en el campo de prisioneros de guerra. Me refiero a la reconsideración radical que llevó a cabo a propósito de la llamada diferencia ontológica, o sea, de la distinción, tan insistentemente exigida por Heidegger, entre ente y ser.
Aunque hay ya datos muy interesantes en De la evasión, de 1935, es en el genial texto imperfecto De la existencia al existente donde se sistematizan, si cabe decirlo así, por primera vez.
Este libro, publicado en 1947, es el escrito más atractivo y lleno de originalidad —dicho sea, excepcionalmente, sin matiz peyorativo alguno — que jamás publicó Levinas. No hay explicaciones metodológicas en él, ni verdadero cierre de los hondos temas tratados. Sí hay hipérboles y descripciones en el límite de lo imposible, a las que suele llamar su autor no fenomenológicas, es decir, situadas allende los alcances de la fenomenología —pero exigidas por esta disciplina si se la practica con la radicalidad afectiva y moral que es su más esencial requisito—.
La única observación que se podría denominar metodológica dice, sin más, que se trata de fouiller l’instant, de excavar en el hecho de que el instante (presente) no es atómico —como sí lo es en última instancia la famosa archiimpresión de las lecciones de Husserl sobre la conciencia interna del tiempo—. El instante presente es la hipóstasis, el continuo nacimiento del sujeto —es obvio que, como prácticamente todos los filósofos de lengua francesa, Levinas comenta a su muy peculiar modo a Descartes—. El sujeto dice en Descartes yo soy, y Levinas propone que lo que de veras dice es yo me soy. Esto significa que el instante presente está articulado —en un momento inspirado dice Levinas que esta articulación es una luxación— porque siempre consiste en un peculiar esfuerzo: yo cargo conmigo mismo, o, en términos heideggerianos, el ente que soy ejerce ahora dominación sobre su existencia, sobre su ser, pero precisamente en los términos yo (el sujeto) y mí mismo (el ser convertido en atributo del ente, del existente). Un raro dominio, porque la experiencia del instante presente tiene el sabor afectivo constante de estar contrayendo un contrato irremisible, indenunciable.
Mí-mismo no es, evidentemente, lo mismo que el ser o la existencia. Tiene que entenderse como la existencia ontificada de alguna manera, incluida en la hipóstasis, pero a título de carga que hay que asumir. Yo cargo no con la existencia sino con mi existencia, que se ofrece tan mínimamente “ontificada” que permanece estática, que no cambia, que es el fondo de mí como identificación, autoidentificación constante y tediosa, literalmente cargante.
La diferencia ontológica se vive, pues, ya modificada y en el instante, y este sentido de peso abrumador e irrenunciable muestra, cree Levinas, que la experiencia del ser claro que no es teórica ni angustiante, sino sencillamente nauseabunda, incómoda y molesta, sentida como un estar a punto de vomitar, de que el corazón se te salga por la boca. El encadenamiento más radical, que suscita la necesidad desgarradora de escapar de él, pero muestra la imposibilidad individual de esta fuga, se me impone como el hecho de que, en el instante, el yo es sí-mismo. De aquí que la frase final del trabajo sobre la Evasión afirme escandalosamente que aceptar el ser es la barbarie misma —de nuevo igualando el ser con el fondo de mí mismo, al que estoy, por decirlo de alguna manera, clavado—. Es preciso, entonces, concluir que el hecho esencial de la espiritualidad humana no se expone como in-der-Welt-sein, pese a la tesis común a Husserl y a Heidegger, sino como la relación en presente del yo con su mí-mismo. Este hecho esencial es, así, el horror de ser. Afortunadamente, tiene más lados.
La relación con el mundo, en efecto, es una distracción, ya un cierto escape de esta terrible soledad que es la intimidad del todo inmediata de mí conmigo mismo. Sin embargo, el mundo no es aún lo otro verdaderamente, sino mi mundo, mi mundo-vida, como escribía el Husserl anciano.
Menciono inmediatamente los otros dos momentos de la hipóstasis: el advenimiento de la conciencia y el hecho capital de la posición en el mundo, o sea, el cuerpo.
La conciencia brota de la diferencia entre yo y mí mismo, que no puede ser insensible ni indolora ni asubjetiva. La posición o el cuerpo es la localización del existente, condición de posibilidad tanto de su estar en el mundo como de su poseer conciencia. Y aunque ni la conciencia ni el cuerpo son tampoco lo otro, lo preanuncian silenciosamente y contribuyen a su posibilidad inconcebible —literalmente inconcebible, como es inaccesible para mi soledad el territorio de una auténtica evasión —. La hipóstasis está localizada en el Lugar, mas no exactamente en el Tiempo. El Tiempo es, por cierto, lo Otro, o, mejor aún, El Otro y, quizá aún más perfectamente dicho, La Otra, si parto de la masculinidad de la soledad encerrada —y El Otro, sugiero, si parto de la feminidad encerrada; habiendo cuerpo, no puede no haber sexo—.
Pero antes de intentar justificar esta serie prodigiosa de tesis, recordemos que la hipóstasis se describe como el momento de la conversión del verbo en sustantivo —esto es, en sujeto—. Por tanto, la sugerencia es la de un pliegue sobre sí de la existencia, un rizo o bucle, una protorreflexión. Y aquí continúo hablando de la existencia, pero deberé tratar de seguir a Levinas hasta algo aún menos subjetivo, que no es ni el ser ni la nada, sino solo que hay, el Hay, el Haber —verbo aún, para la lengua humana—. En el último fondo de la realidad no hay ser y ente, sino el caos primordial, el abismo de aguas sin forma, de aguas que ni siquiera conocen la dualidad dulce-salada. Tohu va-bohu.
Notas
1 Un lugar central para comprobarlo es el ensayo con el que se abre el libro Difícil libertad: Ética y espíritu (1952)
2 De nuevo anticipo una tesis explícita de 1957, en Una religión de adultos, el segundo de los textos reunidos en el volumen Difícil libertad: “Lo sagrado que me envuelve y me transporta es violencia”.
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Prólogo a la nueva edición de «Celebrar la vida»
Es prólogo a la nueva edición española de Celebrar la vida, del rabino lord Jonathan Sacks (publicación prevista para junio de 2026, en Nagrela Editores).
What we have loved,
Others will love, and we will teach them how.A quienes escriben mucho concede a veces Dios el don de las frases perfectas y breves. Es como la respuesta más favorable que recibe la larga oración en que consiste en el fondo el empeño del escritor asiduo. Y cuando un sabio decide lanzarse a la empresa complicadísima de transmitir con máxima sencillez las mejores claves de su propia vida, necesita absolutamente de la belleza de esas frases perfectas.
Selecciono algunas de este libro, en la certeza de que no van a estropear al lector su placer, sino que lo incitarán a no dejarlo debajo de la pila de las lecturas inminentes que se haya propuesto.
Dios ha pasado a formar parte de la industria del ocio. Ocurre este desastre de mil modos, todos supersticiosos, ridículos e incluso criminales. Criminales, en el sentido de que semejante transformación de Dios en la actualidad infama la historia de muchos santos y la esperanza de incontables millones de personas sufrientes. No hay una desesperación más completa que la que se ignora a sí misma y, por eso mismo, no se nota como un dolor terrible, sino nada más que como una gota de tedio que se hace presente en todas las horas de una vida. Vivimos en uno de esos momentos en los que nuestras conciencias son más sabias que nuestra cultura.
El rabino Sacks (q.e.p.d.) tenía que reaccionar con toda su energía, y para ello no convenía redactar un ensayo erudito, sino aprovechar las columnas de alguno de los periódicos más leídos y prestigiosos del Reino Unido y trasladar luego lo esencial de ellas a las páginas de un libro que en definitiva es un rosario de meditaciones que piden ser leídas cada día: una para cada día, sin la preocupación de cómo se enlacen ni de si acaban al final con todas las raíces del desconsuelo profundo de nuestro mundo. Ni siquiera convenía entrar demasiado en el lugar judío común de la reflexión global sobre la historia de la persecución y la Shoá, ni sobre el debate en torno al sionismo y la política de Israel. Tampoco había que comentar talmúdicamente pasajes de la Escritura —o del mismo Talmud—; no era lo mejor disfrazarse de jasid ni de tzaddiq y limitarse a recontar historias yíddish. De todo ello hay algo, desde luego, en este libro, y algo esencial discretamente mencionado; pero el estilo procede más bien de las genialidades de Chesterton y Lewis.
La espiritualidad es la poesía del alma; la religión es la prosa. La espiritualidad es el encuentro directo con Dios; la religión es la conducta que adoptamos cuando expresamos el sentimiento de pertenencia a un grupo que, en un momento clave de su historia, encontró a la divinidad. He ahí una definición tan generosa como crítica de estas dos realidades. En ella se basa el talante de todo este libro, que intenta hacer constantemente el viaje de la una a la otra y, así, universaliza su mensaje hasta que es accesible a quienes sospechan que carecen tanto de religión como de espiritualidad. Muy a la manera del Natán de Lessing, Sacks cuenta cómo un gran rabino a quien consultó de joven los dilemas de su compleja vocación le respondió que, a la mirada penetrante, las religiones son como las joyas: hay una que es la tuya, pero todas son preciosas.
La joya de Sacks es la fe judía, desde luego, e insistentemente ofrece tanto su concepto como su peculiar experiencia. Una y otra vez definen estas páginas lo que significa fe, pero quizá nunca mejor que en este rodeo: Lo que se opone a la fe es la certeza superficial de que lo que conocemos es todo lo que hay.
Y ¿cómo sabemos de eso que no conocemos? Mejor no recurrir a expresiones filosóficas que corran el riesgo de muchos malentendidos. La clave está en aquello que hizo nacer la fe judía y sigue siendo hoy su nervio: ver en el cosmos el rostro de lo personal y comprender entonces que Dios no se encuentra tanto en la naturaleza como en la sociedad. De modo que el fundamento de la fe es ser la creencia en la realidad objetiva de lo personal, o, lo que en realidad equivale: la capacidad de pasar del yo al nosotros. Pero ¿cómo se descubre lo personal, si ha de ocurrir este acontecimiento al margen de la ciencia, al margen del conocimiento estrictamente dicho? Tiene que tratarse de un descubrimiento más evidente, aunque de otra índole, que las certezas que hemos ya tachado de superficiales.
Sacks está aquí muy cerca de Gabriel Marcel, a quien no cita, pero prefiere apuntar a varias vías que conducen a lo personal. La primera, la que ocupa más espacio en estas páginas, es la felicidad, porque esta vive en un reino llamado No-yo, y no donde justamente suele buscarla el hombre actual: no en la soledad, en el egoísmo ni en el mal silencio —que no es el que concedemos a la escucha de lo que otro nos dice—. Sacks procura aportar pruebas y más pruebas, indicios y más indicios de que su tesis lleva razón. Muchas de estas pruebas son relatos personales que cuenta con la falta de adornos propia de la sinceridad y del recuerdo de la conmoción sufrida por una serie de circunstancias difíciles de su vida, en las que el socorro de los demás —incluida la Palabra divina— fue la curación.
La segunda vía especifica que la felicidad reside en el bien que hacemos, muy probablemente en respuesta al bien que antes hemos recibido incluso sin conciencia de estarlo recibiendo. Sacks no quiere detenerse en el heroísmo moral, porque prefiere hablar a cualquier prójimo, que nos parecerá siempre que es el hermano gemelo de aquel pobre al que destinaron a Screwtape como su diablo tentador.
Si unimos esos dos caminos, obtenemos un tercero que expresa maravillosamente la esencia del judaísmo: el matrimonio es el paradigma de la fe; porque aquí se combinan la fidelidad —que tan perfectamente describió Marcel— con la dicha inmediata —que tan perfectamente describió Kierkegaard— y con la aventura moral de recorrer dos juntos, más los frutos de la mutua fecundidad, el laberinto de peligros y gozos que es la existencia humana.
Poder decir a boca llena que la fe es una disciplina continua de reflexión sobre el milagro de la existencia es el regalo, el milagro incluso, que se otorga a quien corre el peligro de vivir atravesando las pesadumbres de tanta falta de bien y de belleza, de valentía y amor, como las que nos asaltan a diario. Celebrar la vida no es ninguna obviedad ni algo que se conquista a bajo precio, pero sí una posibilidad que está más cerca de nosotros mismos que el tedio y la desolación que quiere imbuirnos la lectura no de la Escritura, sino de los libros de historia y los periódicos.
Screwtape fracasó porque lo natural en el ser humano es comprender mensajes como este del rabino Sacks.
Consideremos ahora de nuevo los dos versos de Wordsworth con los que titulo esta invitación a la lectura: dicen una abismal verdad filosófica.

