Mes: marzo 2026

  • Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Los ojos no ven la luz. Una iniciación a Gabriel Marcel a través de la antología «Tú no morirás»

    Es reseña de «Tú no morirás», antología de textos de Gabriel Marcel, publicado en Ediciones Sígueme (Salamanca, 2026), trad. Mercedes Huarte.

    Gabriel Marcel es uno de los no tan numerosos escritores que no cabe pasar por alto. Quizá resuena su nombre, para quien no ha frecuentado sus textos, con un eco de dulzura o tibieza, posiblemente repelente, que se asocie a la etiqueta de “existencialista cristiano”. Es preciso sacudirse este prejuicio, y bastará para ello mencionar cuáles son los dos puntos de partida de su literatura. Uno, que no comentaré aquí, es el dato cierto de que a la vez soy y no soy mi cuerpo, o sea, la impugnación de que esté clara la distinción antigua entre el alma y el cuerpo. El segundo lo recojo literalmente de su pluma: La desesperación y la traición nos acechan en todo momento. Y la muerte, al final de nuestra carrera visible, como una invitación permanente a la defección absoluta, como una incitación a proclamar que nada hay, que nada vale.

    La breve y esencial antología de fragmentos —sin indicación del lugar del que se toman— «Tú no morirás» comienza y acaba con una extraordinaria oración al Espíritu de metamorfosis: Cuando intentemos borrar la frontera de nubes que nos separan del otro reino, ¡guía nuestro entusiasmo de novatos! Y cuando suene la hora prescrita, ¡despierta en nosotros el gozo del caminante que cierra su mochila mientras, tras el cristal empañado, avanza la imprecisa eclosión de la aurora! Es difícil evocar más bella e intensamente la llegada de la muerte si se ha vivido en la esperanza, esa actividad creadora que quizá nadie haya descrito nunca con la hondura con que lo hizo el filósofo.

    Ha acertado plenamente Ediciones Sígueme al decidir esta traducción y encargarla a Mercedes Huarte. Marcel no es una lectura sencilla, pero será una lectura inevitable para cualquiera que se haya introducido en su pensamiento a través de estas pocas páginas. El estilo de un escritor que avanza, se detiene, retrocede, gira según exige su diario metafísico, no permite aconsejar por dónde se acometerá mejor la comprensión global. En realidad, Marcel desprecia esta comprensión global, demasiado parecida a erigir un sistema con un material que lo repudia por principio. Lo que interesa es la meditación de un día o la meditación de un tema que se prolonga unas semanas, desaparece, emerge de nuevo un poco a otra luz… Esto es obedecer a la mordedura de lo real y sentirla de veras. De hecho, solo la compañía, la comunidad —aquí, del autor y el lector—, abre en serio la vida espiritual: si no hablamos o leemos la mordedura concreta, presente, de lo real probablemente será que no nos ha llegado a la piel.

    La realidad es sobre todo y en primer término lo que no depende de nosotros. Cuando nos afecta, es un don que suscita, si nuestra reacción no es absurda, humildad. Podemos atrevernos a pronunciar tales palabras precisamente porque la realidad del mal, el misterio del mal, sí depende de nosotros como autores o como cómplices; y ante el mal sería horrendo responder con la humildad. El mal empieza por la amenaza, sigue por la turbación, nos apuñala luego por la espalda y es la inauguración de la muerte y de su colega inseparable: la desesperación. No de la muerte en la luz de la esperanza, sino de esa otra que nos causamos a nosotros mismos al entregarnos a la acción perversa como si así exorcizáramos la amenaza. Y no se puede escapar de la desesperación mortífera replegándose sobre uno mismo —eso es sencillamente asfixiarse—: mi único recurso es abrirme a una comunión más vasta y quizá infinita, dentro de la cual el Mal que me ha visitado cambia de alguna manera de naturaleza. Se transforma en nuestro mal; mucho más aún: pasa a ser el mal sobre el que has triunfado. Tú, no propiamente yo. Contra pocas falsedades se indigna tanto Marcel como contra la noción de un Dios-objeto; y nos hace gracia de detenerse en las vueltas y revueltas que da a Dios-objeto una zona de pobre filosofía que polemiza sobre su existencia en el magín de ciertos profesores. (Estoy escribiendo la tarde misma en que una pobre chica enferma y víctima de no sé cuántos y cuáles abusos brutales ha logrado que la maten —llamar a esto eutanasia es una locura—.)

    Pasemos de locuras. Así, con esa comunión más vasta, es como se ilumina la esperanza, el tema mayor del diario metafísico de Marcel: mucho más como un don que como una hazaña mía. El don, la gracia es una llamada a la que hay que responder y que encuentro que me ha cambiado desde dentro, ha actuado respecto de mí como un principio interior a mí mismo. Ahora bien, la esperanza es una paciente actividad, es una forma peculiar de la fidelidad, y es incluso la materia misma de la que está hecha nuestra alma. No dejemos atrás que este modo de existir es dialógico desde el principio. En un momento en que Marcel se representa muy vivamente cómo la esperanza la vive siempre alguien que es al mismo tiempo cautivo y está carente de otras armas para su liberación, la describe como un recurso desesperado a un aliado que es también amor. Evidentemente aquí la palabra desesperado solo se refiere al ímpetu, a la fiereza que está en el núcleo de la auténtica esperanza. Sin ella, el mundo se siente como estancamiento, como putrefacción. Y es terrible que así lo pueda experimentar no solo el perverso sino también, aunque con otro matiz, el desdichado. (Otra vez el pensamiento y la oración van junto a Noelia, recién muerta.)

    La fidelidad y esta especie suya que es la esperanza naciendo de las lindes del mal son profecía y no mero deseo. Es claramente así en lo que antes solemos llamar fidelidad, puesto que el compromiso que la constituye necesariamente pasa por encima de las cautelas que se diría que son consejos racionales y prudentes: Sé fiel a tus promesas, sí, pero solo si la persona a quien las haces se mantiene digna de que cumplas con ella, igual que ahora mismo es digna de que deposites en ella tu confianza. Y tú mismo no debes cerrarte a la posibilidad de cambiar tanto que ya no tenga sentido mantenerte en lo que hayas prometido hace mucho tiempo, cuando eras otro… Es esencial entender que los aparentes diálogos de esta clase no son en realidad tales, sino monólogos en los que no se deja resquicio a nadie que no sea mi propia estupidez o mi propia maldad. La esperanza, en cambio, es como una brecha a través del tiempo, o sea, la entrada en su presunta corriente cerrada de algo ajeno a ella, que otros llamamos la visita de la eternidad. Marcel escribe entonces que no podemos decir que la esperanza ve lo que será —precisamente si lo hiciera solo sería un desarrollo más del tiempo clausurado sobre sí mismo—, pero afirma como si lo viera: se diría que obtiene su autoridad de una visión oculta de la que se le ha concedido informar, pero sin gozar de ella.

    Es un enigma tenebroso que cueste tanto llegar a estas verdades por uno mismo, simplemente consultando con la vida que llevamos. Siempre es verdad aquella exclamación de Sócrates: No se puede vivir la vida sin examen; pero es que sobre su sagrado texto original se han depositado capas innumerables de residuos de pensamientos, dice Marcel, aportados por fuentes cotidianas e incesantes (los periódicos, las revistas, las conversaciones, la familia, la radio, la escuela, las películas). Marcel dictamina: En la mayoría de los casos habría sido mejor quemar estos residuos como se hace con las basuras domésticas, y no es una función menor del pensamiento filosófico proceder a esta suerte de incineración. ¡No pide una abstención, como es clásico en la fenomenología, porque esos restos espurios ejercen su peligro cuando se procede con tibieza contra ellos. Sin embargo, este fuego purificador hay que dirigirlo adentro de nosotros mismos, o sea, al misterio que somos y que solo una ciencia sin cerebro y una filosofía sin corazón se obstinan en negar. Acabamos así de nombrar a ciertos adversarios muy poderosos y de difícil diagnóstico. Esta dificultad tiene que acometerla la prudencia en una de sus acepciones más valiosas. Y su paradójica aliada es esta evidencia: Allí donde la reflexión se ejerce en plenitud, es llevada a reconocer que pende de algo que la supera y que la hace posible. Mi misterio está albergado en otro de orden superior, pero hablar de misterio no es hablar de oscuridad sino, más bien, de claridad excesiva, como termina diciendo espléndidamente Marcel: Esta certeza misteriosa se desprende de la luz, pues en cierto sentido ella es la luz.

  • Recensión de «Nueva carta sobre la apologética»

    Recensión de «Nueva carta sobre la apologética»

    La Nueva carta sobre la apologética de Emmanuel Falque no se contiene en el librito que ha titulado así y ha publicado hace pocos meses (París, Cerf, 2025). En esta nueva salida al público del impetuoso y fecundo pensador no hay apologética ninguna, sino más bien el registro de cómo su obra anterior, y en especial sus tres libros integrados en el Triduum philosophique (2015), configuran tomados en conjunto una apologética relativamente nueva. El aspecto menos simpático de nuestro simpático amigo es justamente este de dedicar muchas páginas a la autocita y el autocomentario, y esas páginas nos privan del placer de aquellas otras que podría emplear en nuevos desarrollos de sus interesantes ideas capitales. Falque escribe bien y solo un poco menos nerviosamente que como habla.

    Quizá lo más nuevo de esta peculiar Carta está en que toda ella se concibe como un diálogo con Henri de Lubac y, en menor medida, con Maurice Blondel, como renovadores de la apologética. Falque trata de prolongar las obras de ambos antepasados siguiendo parcialmente sus mismos principios, aunque es bien conciente de que su tesis esencial está en grave contradicción con la de Blondel y corrige profundamente alguno de los conceptos clave en Lubac. En realidad, Falque está explícitamente más de acuerdo con Jean-Yves Lacoste que con estos mentores que ha escogido.

    Estas concordancias y estas discordancias tienen que ver con el profundo anclaje que tanto Lacoste como Falque han hallado en Heidegger. Hay, sin embargo, una diferencia: para Lacoste, Heidegger —así me lo dijo directamente— es ante todo alguien que da que pensar, que hasta obliga en cierto modo a ello; para Falque es mucho más, porque aceptó desde el principio que las descripciones de la finitud en Ser y tiempo son el retrato adecuado del hombre tout court. Es algo cercano a la naturaleza pura de la que hablaron bastantes tomistas de hace más de un siglo.

    Cuando Blondel va abriendo en nuestra existencia —y en nuestra misma conciencia— la brecha entre la voluntad realmente querida y la voluntad realmente queriente, Falque no lo sigue. Con razón ha dejado esta vez sin mencionar a Miguel de Unamuno. Y así no nos queda de Blondel más que el buen deseo de partir desde abajo en su antropología y permanecer —el famoso método de inmanencia— en cómo vivimos, por decirlo con una peligrosa sencillez, en los prolegómenos de hacer la experiencia de alguna transcendencia divina. Falque no critica lo que aquí es claramente criticable: que cualquiera vive unitaria aunque inadecuadamente en el mero dominio de lo finito y en mucho más que el ansia de lo infinito. Lo que Falque no admite es que sea potencialmente universal esta ansia, porque entre la finitud desnuda y su metamorfosis lo que hay es que la resurrección de Cristo lo cambia todo —y el nuevo libro no es, desdichadamente, el lugar en que se expone cómo ocurre esto, puesto que reiteraría las partes segunda y tercera del mencionado triduum—.

    El célebre Drama del humanismo ateo, de Lubac, lleva la fecha de 1944 y no se hace eco de Heidegger. Estas décadas que han pasado desde entonces han cambiado el sentido del humanismo excluyente porque el actual se limita a no mencionar siquiera a Dios, falto de todo interés por él. En ese sentido, ofrecen otros muchos puntos de apoyo a Falque, que aquí no leeremos más que apenas enumerados: Deleuze, Badiou, Benoist, Foucault, incluso Merleau-Ponty —a diferencia de Sartre, Camus, Nietzsche, Marx, Comte—. Hubiera sido muy instructivo que, en vez de una lista, se nos ofreciera una polémica, aun con reiteraciones de cosas dichas en tantos otros libros previos. Y el reproche me atrevo a extenderlo a los aliados de Falque, que en realidad no lo son tanto si se atiende bien a sus obras: Marion, Levinas, Chrétien.

    Falque presupone desde la primera página la enseñanza de Ignacio de Loyola: que el buen cristiano ha de estar más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla. Es una declaración que abre el apetito intelectual y que luego nos pinta cara de decepción cuando acabamos la lectura. Es verdad: no se puede transformar uno a sí mismo —dejando al margen la metamorfosis que opera Dios mismo— más que asimilándose las proposiciones de esos prójimos. Al menos, aquí se enuncia una condición necesaria —hay más igual de necesarias y quizá algunas sean aún más importantes—. El método de la nueva apologética ha de ser, pues, el diálogo y, como buen deseo, la mutua transformación —y esto sí es blondeliano—.

    Hay otro principio general de la pretensión de Falque, igualmente verdadero, salvada la exageración que le echaría en cara seria y razonablemente Chrétien: si los que siguen creyendo en Dios ya no hablan de Dios, desaparecerá de la cultura tanto como del pensamiento: Dios ya no tendrá medios para encontrarnos, porque es empleando palabras humanas como viene para transformarnos.

    El punto que permite a Falque no reconocer en el arranque de su pensamiento que ha regresado al concepto nada teológico de naturaleza pura es precisamente lo que denomina pasar el Rubicón, es decir, apropiarse de tesis teológicas antes de tratar de justificarlas filosóficamente —en la medida en que esa imposibilidad tenga algún buen sentido—. La creación divina no se puede comprender sino como anticipo de la resurrección de Cristo, lo que implica recurrir a algo bien próximo a las ideas de otros ilustres colaboradores en su tarea: la presencia ignorada en el centro secreto, prepersonal, del ser humano de lo que un día se manifestará quizá como naturae desiderium (Tomás de Aquino) de ver a Dios. Falque ve en esta posibilidad la mejor exposición de su lema: cuanto más peso se da a la inmanencia del mundo, más potente se hace la transformación operada por la transcendencia de Dios.

  • Notas sobre el espíritu y su vida

    Notas sobre el espíritu y su vida

    Publicada en págs. 17-19 del número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    Hay un espléndido momento en el diario metafísico de Gabriel Marcel correspondiente al año 1931 —Ser y tener— en que repentinamente se atreve a definir la que él mismo llama vida espiritual: sería esta el desasimiento progresivo de cuanto se tiene, para reducirse a ser y, de esta manera, vacío de lastres, quedar en la plena disponibilidad respecto de cuanto sea real —y por real, sin duda no auténticamente malo ni dañino, aunque quizá sí doloroso y excesivo o enormemente gozoso, y, a lo mejor, desbordante, transcendente— y nos visite.

    Se ha usado hasta volverla insignificante esta pareja: ser y tener. Si nos arriesgamos a mirar su interior, veremos que ante todo tenemos necesidades, a las que debemos aplicar la honda división de Epicuro: muchas de ellas, aunque las llamemos así, no son verdaderamente necesarias; otras son carencias naturales que dan lugar a tendencias igual de naturales hacia lo que las calma; pero solo alguna de estas carencias naturales origina verdaderas necesidades de las que es absurdo desprenderse. El desasimiento progresivo, que iguala a la vida espiritual Marcel, deja fuera de su alcance tan solo a estas necesidades del tercer grupo. En los casos de las otras dos formas de carencia, tenemos, en efecto, tanto la necesidad como aquello con que la saciamos, y la necesidad renace continuamente, de modo que tratamos de encontrar una y otra vez el alimento que la aplaca por un poco de tiempo. Todo cuanto tenemos en estos dos sentidos muy próximos entre sí se puede emplear para describirnos con una serie de predicados que parecen una flora de mala índole que ha brotado a lo que de veras somos. Y entonces se ve que esto que somos —y que apenas nos describe como individuos, porque radicalmente lo compartimos con el resto de los humanos, aunque sea tan frecuente que pensemos que somos prácticamente lo que tenemos—, vemos que somos, digo, seres lábiles, indigentes, pero también dotados con el poder formidable de una libertad capaz de transformarnos hasta dejarnos como en carne viva, desasidos de lo que no sea real y, por tanto, disponibles abierta, casi absolutamente, ojalá que absolutamente a entrar en relación plena con toda la realidad.

    La primera bienaventuranza del Sermón del Monte se refiere a los pobres en cuanto al espíritu y les adjudica en presente —las demás bienaventuranzas están en futuro— la estancia en el reino de Dios, o sea, una vida albergada en el Dios que un día lo será todo en todos. En efecto, la humilde disponibilidad hace de nosotros un símbolo, en la acepción primitiva de ser nada más que un pedazo de cierto todo real. El otro pedazo es todo eso que existe fuera de nosotros y que van reconociendo nuestros ojos —los de la carne y los del alma— más y mejor a medida en que quedan limpios de lo que nos deja indisponibles para el ser. Si pudiéramos detenernos un momento en el estado de humilde disponibilidad total, veríamos que lo que es en sentido fuerte es lo demás, lo externo, mientras que nosotros, meras mitades anhelantes, solo — momento de elocuencia maravillosa de Marcel— sub-somos, sub-existimos. Tener es tener para sí y aislarse; ser es ser para lo otro, estar ya siendo en trama con lo otro, pero precisamente sin reducirlo a polo de nuestras necesidades no necesarias, sin teñirlo de nosotros mismos ya recubiertos de adherencias prescindibles. Lo que quiere decir que la realidad se deja hacer: o se enlaza a nuestro ser disponible para volverlo tan real de veras como ya lo es ella, o permite que parcialmente la transformen nuestras ignorancias y nuestros afectos incontrolados y se deje tener por nosotros. En este caso solo podemos creer que lo real soy yo mismo. Quien se detenga un espacio de tiempo suficiente sobre el significado de esta frase, notará cómo se le hiela la sangre en las venas y le viene el deseo de quebrar esa realidad única, sola, en constante crecimiento —como hinchándose salvajemente en cada instante de la vida—. La aparente muerte de la persona disponible —una como muerte, una como renuncia previa a la vida entramada con la realidad exterior— es, en cambio, su renacimiento: el comienzo de una vida realmente real, ansiosa de cosas auténticamente reales, cada vez menos tentada a hacer ofensa a la realidad rebajándola a algo que pueda yo tener, yo, el único que en ese caso soy —es decir, que ni es ahora, ni fue todavía nunca, ni podrá ser si no ejecuta una conversión tremendamente poderosa respecto del giro que ha dado a su vida—.

    Que la vida espiritual sea, pues, ejercicio de la libertad no la aparta de recibir una ayuda, un impulso inmenso desde lo exterior ya existente. La exagerada identificación del infante con su cuerpo recibe la sugerencia temprana de que no es verdadera, de que debe ser dejada atrás. Algo nos sugiere que somos libres e incluso que debemos empezar a realizar nuestra libertad, hasta entonces inexistente. Paradoja básica de la libertad: no existe más que cuando la iniciamos, así que es suponer demasiado afirmar que nacemos potencialmente libres. Más bien sucede que nacemos ayudados —per-donados— por la realidad, dentro de la cual somos naturalmente casi reales, en el sentido de las descripciones anteriores. Es imposible que no la acojamos desde que nacemos, dada la indigencia de nuestra naturaleza; pero ello es el inicio de que quede abierta la puerta para que nuestra relación con lo real desborde, casi solo por ella misma, los avatares de la posesión y el alimento. Hay problematicidad en la historia misma de este apoderarnos de lo que sentimos como alimento de nuestras carencias; y los problemas tiran de la razón, la activan. En un segundo momento, la razón distingue los meros problemas de otros aspectos de la realidad que ella misma nos dice que se encuentran en ámbitos diversos. Hay enigmas y su misión no es alimentarnos sino, más bien, como pasó a los humanos que primero recibieron el impacto de la presencia cercana de las Musas, convertirnos en seres puramente extasiados, que se olvidan de comer, beber y dormir y gastan lo que les queda de vida en cantar. La divinidad se apiada de ellos y los vuelve cigarras para que no tengan conciencia de la brevedad y la profunda inutilidad de sus vidas gastadas en el deslumbramiento de la belleza y de los abismos que se adivinan en los otros seres humanos. Y ya antes, seguramente, de este estado de perplejidad, curiosidad y gozo que no se parece al de alimentarse, se insinúan en la vida humana los misterios, que llamó perfectamente Karl Jaspers situaciones límite. No porque sean peak experiences, sino porque son los horizontes de todas las situaciones de la vida, aunque no se tenga noticia clara de ellos desde el principio. Posiblemente aún ahora el anciano no termina de reconocer nuevos horizontes a su situación, allende los ya experimentados.

    Cuando Marcel habla de la disponibilidad y cuando una corriente poderosa de la tradición teológica habla de la humildad, los correlatos de estas actitudes básicas de nuestra vida apenas son los problemas, sino casi únicamente los enigmas y los misterios. En ellos se realiza una, diríamos, concentración de lo que significa realidad. Es cierto que el que llamó Epicuro grito de la carne exige calor, agua y pan, pero él mismo era bien conciente de que grita además en nosotros, y con un vigor supremo, la voz que nos manda buscar verdad. La verdad que nos atrae es la difícil y recatada de cuanto es enigmático y de cuanto es misterioso. La gracia, el don enorme consiste, en primer término, no solo en que hayamos nacido sino en que, sin más método que abrir los ojos y adelantar oídos y manos, se mete en nuestra vida apenas existente la riqueza plural de la realidad y casi parece que ella misma formula, como en la sensibilidad, enigmas y misterios. Joseph Joubert escribió que la razón no razona, y es que la razón que despierta a su propia realidad resolviendo problemas no es el arma más útil para absorberse en lo enigmático y para responder no inadecuadamente a lo misterioso. La razón, pero sin razonar, quería decir el agudo observador de la vida, es la luz que nosotros echamos sobre estas maravillas en los bordes de la maravilla misteriosa de nuestra vida. Las argumentaciones solo preparan —cuando no enmarañan, entorpecen y posiblemente hasta impiden— las visiones del espíritu.

    La mitad, pues, de la que define Marcel como vida espiritual sucede ya fuera de nosotros y procura extraer de nuestra pasividad el ejercicio de la libertad para la visión intelectual de todo aquello de lo que pende aún más que del alimento nuestra existencia: la verdad, el enigma, el misterio. La naturaleza y la historia son ya vida espiritual, aunque no la colmen más que cuando queremos nosotros con toda nuestra alma aprender de esta vida las pautas de nuestra propia vida individual.

    Pero no solo de gracia vive el hombre; vive también gracias a su valentía, la cardinal entre las virtudes cardinales. No por efecto de algún acto aislado de valentía, sino como consecuencia del hábito que se va adquiriendo al hacer frente a cada situación de la vida. La Juana de Arco de Péguy, viéndose ya condenada y sin ayudas, en vez de lamentar el fraude que la ahogaba, exclama llena de convicción y de fuerza: por todas partes hay una cobardía infinita. Ella hace velozmente cómplices que intentan no darse cuenta de lo que les está sucediendo, y así se manifiesta el poder terrible de este mal que llevamos a cabo tantas veces sin ningún esfuerzo, como si surgiera de la naturaleza del alma en su apego al cuerpo y, al mismo tiempo, también del cuerpo en su control sobre el alma. Si se vive dentro del ejército inmenso cuya bandera es el miedo, queda cerrada la vía de cualquier vida espiritual.

    La cobardía no podría alcanzar a tanto si no fuera porque crece siempre a la sombra de la muerte, o sea, en el terreno mismo de lo que es misterio para todos nosotros. Aunque la historia de las religiones y cada una de las historias individuales de los seres humanos estén desbordantes de conjuros contra la muerte, evocar cómo ha sido posible, incomprensiblemente, haber no existido desde antes del principio del tiempo hasta ahora, es ya esbozar un gesto de burla hacia tales conjuros. Lo mismo que no eras antes de vivir serás después de morir, sugiere la cadena de los días insignificantes, que así remueven su falta de interés a base de llenar de aversión por la vida al pobre hombre. No es simple miedo a morir y a estar de nuevo muerto: es desesperación ante el recuerdo de que nada ni nadie permanecerá. Pero esta aversión y esta desesperación se consuelan iniciando la personal fuga lo más lejos posible de la muerte. De misterio que es, la convertimos entonces en el problema que debemos esquivar todo el tiempo que estamos vivos. Se trata de un movimiento estúpido y ya, propiamente, cobarde, que nos vuelve integralmente cobardes. En un segundo momento nos diremos que no solo hay que vivir rehuyendo la muerte, sino tratando de sacar el máximo partido, el máximo gozo a estos trechos que la muerte y la vida nos van por ahora concediendo. El fin último de nuestras acciones es la imposible perpetuación de mí mismo en el estado de más disfrute posible de los bienes que tango cerca. Ya soy yo para siempre —salvo que un milagro, un perdón lo remedie— lo único que venero, aquello a cuyo objetivo someto todo lo demás que existe: hombres y cosas. Convertí la desesperación en vulgar miedo y este me hizo dios de mí mismo. La cobardía que me impide afrontar la muerte como misterio es a la vez necesariamente crueldad: todos y todo han de estar al servicio de mi fuga por mitad de la existencia.

    Me tengo, pues, miedo a mí mismo. La vida me regala a manos llenas dones infinitos. Desde siempre he sido querido aquí en la Tierra; desde siempre he vivido al borde de los enigmas mayores, tocado por el genio de lo sensible, visitado continuamente por el genio de la inteligencia. Mi lengua materna es hermosa y tan rica como el mar. ¡Mi memoria mantiene enérgicas tantas experiencias! Yo, sin embargo, juego con los márgenes de lo oscuro y lo débil algunos días tristes, pesados como la melaza y el betún. No me sé estar quieto y dejar que la plena realidad santa me invada, me tenga, me duerma como en un ahogo. Siempre me encuentra haciendo alguna finta para no escuchar, para sentirme sin sentir las cosas que limpian de los sueños.

    Los buenos permiten que el Sol los bañe y que la sencilla verdad los respire y deshaga todas sus mínimas historias. Colaboran con la obra directa de la justicia amante y no se notan porque son enteramente esa obra misma que ellos no han diseñado.

    Cuando me indigno conmigo, las lágrimas abren la herida de que soy en el más profundo centro amor. Sacar esa raíz a través de los estratos y los fósiles de una vida inquieta parece más duro que excavar la roca. No quiero de ninguna manera la mitad de mis actos, agrios como un ácido que salpica a los cercanos y quema el suelo común. ¿De dónde tanta piedra negra y tanta agua venenosa? ¿Es que quiero dañar, destruir, matar? ¿Es que soy dos voces y hay en mí dos humanidades?

    No define al humano sino su obra, desde la santidad al crimen monstruoso y desde la pureza ingenua hasta la perversión más sucia. A cada instante se agranda esta definición imposible que toca a Dios y construye los infiernos, y a mí me lleva dentro de sí y yo también la dilato y meto en ella a mis hermanos desdichados y dichosos. Nadie puede parar esta tormenta que resuena desde hace un millón de años. Solo esos miles de kilómetros de hielo en los polos están en calma. Yo podría caer allí, donde no se puede vivir, y produciría una gota de horror en la existencia de los osos y los zorros. Vaya donde vaya, es más rápido mi viaje por dentro, sin espacio y en un tiempo únicamente mío, por el que cruzan los demás.

    Ser significa misterio; mundo significa enigma; otro semejante a mí es mi máxima diferencia y mi obsesión.

    En el momento culminante de la infancia descubrí lo irreversible de la vida y su final en la muerte. El niño quedó rodeado de misterios, y su existencia estuvo acechada, urgida y visitada, desde la revelación de la muerte, por lo Otro y el Otro.

    Por esto es la infancia el territorio de los sufrimientos más inconsolables: unas penas que ni siquiera pasan a oraciones: son soledad. La divinidad se va dibujando al fondo, como la figura del más mayor de los mayores, del último recurso en la solicitud desesperada de un abrigo en que resguardarse por completo otra vez; y es así justamente porque nadie ofrece resguardo completo, retorno a antes de haber nacido.

    La cuestión candente es para cada uno de nosotros luego la de decidir ahora qué respuesta tenemos que dar a las cosas que nos están pasando. Hay en lo que sucede mucho ya familiar, pero siempre algo de nuevo. La sorpresa de lo que se me viene encima desborda el marco de la regla. No hago nunca exactamente lo que sé ni lo que quiero.

    La vida ha tomado ya desde siempre una orientación inevitable hacia la plenitud de la dicha y del sentido; pero yo me he formado una figura de ellas, y esta idea global a la que he encomendado la guía de mis actos es quizá solo un error parcial.

    La sabiduría consiste en el regreso a la ingenuidad perfecta de la vida tal como ella se adentra, sin haberlo podido querer, en la realidad. Lo realmente real es lo no deformado por mi deficiente conocimiento y mi más que deficiente cadena de voliciones concretas. Me voy fabricando un mundo y no quisiera. Llega siempre el momento en que se me hace evidente que tengo que deformar la deformación que yo he introducido: hay que desaprender los males.

    Y sin embargo soy libre y tengo una extraordinaria capacidad de transformar el antemundo de mi nacimiento en un mundo de inédita belleza, plena utilidad y deslumbrante perfección moral. Estos ideales nos están propuestos al mismo tiempo al antemundo y a mí, la humanidad. Son nuestra gloria. La realidad básica de nosotros dos es la de ser potencias que, conjuntadas, anhelan un florecimiento, un acto enérgico que se encuentra preformado en el ser mismo de la humanidad y de la naturaleza.

    Este acto se llama amor: buscar ardiente, inagotable y constantemente el bien de otro.

    El amor busca sencillamente al otro mismo. Primero solo quiere su bien; después, se adelanta al otro como para cerciorarlo de que la plenitud de su bien es la plenitud de él mismo, y para contemplar lleno de gozo esa posibilidad. La esperanza y la contemplación del amante inspiran la esperanza del amado. El amante quiere esta plenitud, incluso si comporta que él, aunque haya contribuido en algo, quede atrás y olvidado. Yo te quería simplemente a ti en tu plenitud. Tú no eres tú mismo más que en la dicha perfecta que te corresponde.

    Llamo Dios a la fuente de la gracia, de la vida, de la presencia de los otros, del amor y de la libertad que derrota al miedo y sale de la desesperación. Dios habla y yo puedo y debo responderle. Su silencio es su manera de hablarme, y a mí me gusta emplear viejas palabras tradicionales para irle hablando también yo, aunque con menor constancia que la suya.

  • Una entrevista sobre literatura espiritual

    Una entrevista sobre literatura espiritual

    Encuesta publicada en el número 949-950 de la revista Ínsula (Enero-2026), dedicado a: Variaciones sobre el espíritu y el ensayo en el siglo XXI.

    1. ¿Cuáles han sido sus principales reflexiones sobre la experiencia espiritual en los últimos años?

    He pasado mi vida concentrado en este asunto. No puedo hablar, pues, de ninguna modificación real justo y solo en los últimos años. En todo caso, la muerte de Juan Martín Velasco me dejó sin mi maestro, sin una fuente de inspiración y de consulta o control que hacía veinte años que me estaba cercanísima. Y Juan señalaba indefectiblemente hacia los clásicos, en especial, a los místicos españoles del siglo XVI. En comparación con ellos, el presente aparecía como cosa liviana y más de aparato y sobra de palabras que de sustancia. Siempre prefiero a los grandes teólogos y los grandes metafísicos, que no a los escritores espirituales que hacen cierto ruido en el mundo de hoy. Jaspers, Jüngel, Barth, De Lubac… Viven hoy Jean-Yves Lacoste, Emmanuel Falque. Hace muy poco murió el extraordinario pensador Jean-Louis Chrétien.

    Por su novedad, los pensadores de la ortodoxia (Olivier Clément, Ioannis Zizioulas) y del judaísmo (Emmanuel Levinas, Franz Rosenzweig) aportan mucho. Los primeros, en el sentido de hacer ver la creación entera sobreelevada a un plano metafísico nuevo por la resurrección de Cristo. La edad del Espíritu se manifiesta como las primicias, ya experimentables, de lo escatológico. Y en cuanto a los grandes pensadores judíos, transforman el panorama de la acción con su captación de la alteridad radical del otro en la misma vida cotidiana. Gracias al otro, los mandamientos están encarnados constantemente en el paso de un tiempo lleno de acontecimientos de revelación, de profecías, de promesas.

    2. ¿Cree que la acentuada presencia del ensayo espiritual en el panorama editorial del siglo XXI tiene relación con las condiciones históricas y sociales de este tiempo concreto?

    He escrito en varias oportunidades que una historia que tiene que vérselas con la Shoá, la reiteración de los exterminios, la degradación de la naturaleza y la presencia de armas de destrucción total, además de con el fracaso criminal de las ideologías que se entendieron como liberadoras, no solo hace del siglo pasado el “cementerio del futuro”, sino que deja a los seres humanos el sabor desastroso —en gran parte injusto, pero en buena parte justo— del fracaso de los pilares de la civilización de Occidente y, por tanto, a la espera de dioses nuevos. Estos dioses se ha aceptado de modo bastante general que podían acercársenos desde el Lejano Oriente, aparentemente no contaminado ni cancelado por la sangrienta catástrofe de nuestras tradiciones. De ahí la amplitud con la que las técnicas y las ideas de las religiones de origen indio se han introducido en nuestro panorama. Hay ya reacciones judías y cristianas no eclécticas, pero en general creo que puede decirse que la ansiedad por tener una espiritualidad nueva, presuntamente inocente, es lo que está en las bases de que, en efecto, se haya acentuado la presencia de los llamados ensayos espirituales. Los cuales tienen habitualmente un nivel superior en Francia (por ejemplo, el joven Rémi-Michel Marin-Lamellet) y en Italia (en especial, Giuseppe Forlai) que entre nosotros, debo decir, salvando la gran excepción de las traducciones en Ediciones Sígueme de los maestros del Cercano Oriente antiguo y la Edad Media latina.

    3. Escoja un párrafo de su libro y coméntelo libremente.

    Si no queremos terminar, porque no podemos quererlo, pero tampoco queremos seguir para siempre así, porque tampoco podemos quererlo, ¿qué es entonces lo que queremos? ¿Qué es lo que calmaría la sed de nuestra existencia —tierra reseca que grita su necesidad de agua—? Porque —y éste es el otro aspecto esencial de nuestra experiencia ontológica— el caso es que nosotros andamos toda la vida queriendo, toda la vida inquietos y buscando, por más que nos sepamos encerrados en este dilema tremendo.

    No podemos querer la absoluta extinción de nosotros mismos, ni siquiera cuando nos hallamos en el fondo de la desesperación. En la más triste canción popular española se dice de pronto: «No quiero, si desaparezco, que nadie recuerde quién fui». Una imagen engañosa pero naturalísima de la paz del desesperado… Pero tampoco podemos querer que la forma actual que tiene nuestra vida dure para siempre. Menos mal que tenemos que morirnos, aunque jamás, como decía Unamuno, nos dé la gana de morirnos. Y tras la muerte esperamos lo que no cabe esperar: lo que no se imagina ni apenas se piensa, lo que no se ha visto, oído ni tocado; lo que ni siquiera constituye el anhelo más profundo y sincero del más puro corazón humano. Vida, sí, pero tan nueva que no tenga ya muerte y eso no la convierta en el espanto que sería que nuestra vida de hoy no pudiera morirse. La eternidad, Dios, el Amor como ámbito en que seguir siendo yo, pero de un modo que, gracias a Dios, no puedo representarme. Gracias a Dios, porque Dios existe en la misma medida en que es el objeto de nuestra esperanza en lo inesperable. Así es Dios transcendente y actuante en el fondo de mí ya hoy. Pero tememos demasiado la consideración de la muerte, ese muy bien que Dios pronunció sobre Adán recién creado.

  • El arte de Ruiz de Azúa

    El arte de Ruiz de Azúa

    Ha surgido en España una directora de cine extraordinaria. Más que directora hay que llamarla guionista excepcional, aunque también será suyo el mérito de escoger grupos de intérpretes de una calidad admirable y narrar con ellos con tanta agilidad.

    No me explico bien cómo esta mujer, Alauda Ruiz de Azúa, logra que sus ideas encuentren productores sin grave problema, pero es que no me he interesado por su biografía y otras circunstancias. Sencillamente, quedé fascinado por la hondura y la verdad de Los domingos y ahora me ha absorbido una obra incluso superior, en cuatro horas: la serie Querer. Hay alguna otra sorpresa en el más bien gris cine español actual, pero a mucha distancia. Y la suerte ha querido que haya visto simultáneamente la última obra de Isabel Coixet, que en otros momentos me proporcionó las sorpresas de que hablaba. Lamentablemente, entre Tres adioses y Querer, que no están lejos en temática, la diferencia es inmensa.

    No me detendré en la película de Coixet más que lo imprescindible para justificar mi juicio poco agradable: es un sermón, una tesis que se apoya mal y superficialmente en personajes sin relieve muy bien interpretados. Las exquisiteces estéticas tampoco son nuevas, con la excepción o casi excepción del vuelo de unas bandadas de estorninos que no puedo atreverme a afirmar que no existen en Roma aunque las veamos. Si pensamos con algún detenimiento en los personajes, inmediatamente advertiremos su inconsistencia, que solo remedian las desgracias que sufren, alguna de las cuales es culpa —pero incomprensible— de ellos mismos. Que se aprenda algo, por fin, cuando un matrimonio se hunde sin mayor razón o cuando se diagnostica un cáncer ya incurable, no es precisamente una innovación. Me rodeaba en la sala de cine un público previamente entregado —yo también casi lo estaba antes de dormirme un par de veces— que quería reír con cada rasgo de ingenio de Coixet, pero la directora estaba en un momento de tacañería a este respecto.

    Con un aprobado tipo 6,5 va bien calificada esta película, mejor dicho, esta nota es benévola. Coixet sabe hacer cine, no cae en el mal gusto por regla general, siempre deja un sabor de rebeldía contra los males de la vida —como quien canta sin esperanzas a una vida con V mayúscula de la que no desea formarse ninguna representación—. Y, por favor, véase su película, en caso de osadía y de sobra de euros, siempre en italiano.

    De tanta tesis pasamos a la mera realidad sin tesis de la familia de Bilbao que retrata Ruiz de Azúa. Se está en la nuda realidad, llena, como suele, de matices y cambios sutiles. Los actores entienden maravillosamente la densidad de sus personajes y no se nos presentan perplejos y dubitativos acerca de lo que sienten y dicen —a diferencia de Alba Rohrwacher, la Marta de Tres adioses—. En algún momento clave pondría yo reparos a Bernardeau, que no nos transmite el terrible descubrimiento que su conducta para con su hijo le revela de improviso. Su personaje ha atravesado ya antes situaciones espantosas que no lo han transtornado hacia la verdad, pero el desvalimiento de su niño por fin lo sacude y hace que la derrota general que se nos cuenta quede en un triunfo de la realidad y el amor con el que ya no contábamos.

    He afirmado que no hay una tesis, quizá por contagio con la apasionante Los domingos. No la hay, en efecto, salvo la de que se necesita muchísimo la verdad y hay que ser muy valiente para pasar de la necesidad por carencia a la búsqueda real.

    Una circunstancia extrema mueve por fin la voluntad de una mujer madura que ha tardado muchos años en reconocer que lleva prácticamente todo su largo matrimonio siendo víctima de la violencia física y espiritual de su marido. Se dobla el cabo del miedo pánico y se comprende que el divorcio no es bastante: hay que denunciar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas. De hecho, las remata en el juicio el hijo mayor, que tampoco ha entendido que está reproduciendo la conducta paterna en su propia familia y, desde luego, para con su madre.

    Ruiz de Azúa entra hasta el fondo en lo que es la perversidad más atroz y universal de ahora y probablemente de siempre: el terror, la coacción, la humillación dentro de las paredes infranqueables de la casa familiar. Claro que este espanto lo es porque contrasta con la desdicha, la bondad, la delicadeza y la valentía de al menos un miembro de esa misma familia.

    Lo que se ve sin entender y fríamente en el conflicto matrimonial de la película de Coixet, aquí se vuelve angustia y sufrimiento para el espectador. Tres horas de angustia y una de paz. El miedo queda vencido y la protagonista derrotada en el tribunal se sumerge en la oscuridad de su barrio poco recomendable, plena noche, sin temblar.

    Nagore Aranburu, que actúa también en Los domingos, alcanza la perfección y conmueve con su rostro seco y sus labios apretados, como emociona cualquier víctima de abusos experta en sufrimientos. El marido brutal es un personaje que muy difícilmente podrá superar Pedro Casablanc por más que trabaje: concita un odio incontenible.

    El guion, tan atento a cada detalle de la vida cotidiana como lo está la vida misma, denota mucha familiaridad con este saber imprescindible pero indeseable que se llama hoy victimología.

    Hay aún arte popular exigente en España, e incluso en constante alza.

    La imagen muestra a la actriz Nagore Aranburu en un fotograma de la serie Querer, de Alauda Ruiz de Azúa.